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Hay ocasiones en las que la imaginación vuela más allá de las estrellas, veces en las que simplemente creas y creas cantidad de leyes diferentes a las conocidas, mundos inauditos, a los que desas dar imágen y validez. Nada mejor que otros vean aquello que piensas para que sea valorado. Disfruten de los universos que se crean aquí y relaciónense con ellos. Vean qué afecta en su vida, qué es igual, cómo lo cambiarían y qué harían en el lugar de x personaje. No sean tímidos y dejen lo que su mente piense en el momento. Sean felices siempre.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Nadie me entiende



Nadie me entiende

Me encontraba acostado sobre mi cama. Un sudor pegajoso, abundante, frío y doloroso comenzó a recorrerme el cuerpo; las indetenibles y potentes sacudidas que los escalofríos me ocasionaban me hacían temblar interna y exteriormente. Me erguí con dificultad y dolor para sentarme en el borde del colchón. Mi respiración era agitada e irregular, pareciendo que con cada segundo que transcurría, incrementaría de velocidad, hiperventilándome. Poco a poco, descubrí que algo me pasaba; algo dentro de mí.


Me tomé el estómago con terror y agonía lazando un desgarrador grito de sufrimiento al sentir desgarradoras laceraciones en él, que no sólo fueron incrementando cruelmente, sino que se pasaron a mi hígado, luego al páncreas y así sucesivamente, hasta que embargaron cada uno de mis órganos. Un penetrante y fétido aroma invadió mis fosas nasales. Mis sistemas, tejidos y órganos interiores se deterioraban a velocidad descomunal y, aterrado, me le levanté por completo para, como pude dado el daño, correr a la sala.

Mi apresurado andar me orilló a trastabillar y caer al suelo de la sala de estar, desorientado y aterrado. Sentía cómo los gusanos iniciaban su festín, devorando mis células muertas, bailando contentos por mi desgaste. Mareado por el inmundo hedor, procuré incorporarme, mas no hubo resultado. Arrastrándome si dejar de sentir la tortura dentro mí, llegué a la mesita a un lado del sillón de la sala, donde descansaba el teléfono; apoyándome en ella conseguí descolgar el aparato con mano temblorosas y marcar al 911. Mi voz se oyó cargada de suplicio, angustia y desesperación cuando hablé:

—Necesito ayuda. Estoy muriendo…


Ya estando en la camilla, en el hospital, dos médicos hablaban mientras me lanzaban miradas poco discretas; sonreí. Decían que padecía de delirio nihilista. ¿Ellos qué sabían? No habían sentido lo que yo.

Fin