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Hay ocasiones en las que la imaginación vuela más allá de las estrellas, veces en las que simplemente creas y creas cantidad de leyes diferentes a las conocidas, mundos inauditos, a los que desas dar imágen y validez. Nada mejor que otros vean aquello que piensas para que sea valorado. Disfruten de los universos que se crean aquí y relaciónense con ellos. Vean qué afecta en su vida, qué es igual, cómo lo cambiarían y qué harían en el lugar de x personaje. No sean tímidos y dejen lo que su mente piense en el momento. Sean felices siempre.

jueves, 13 de febrero de 2014

Lazos de Sangre




Lazos de Sangre

Capítulo 1
Valeria Velaz, salió del consultorio médico sintiéndose feliz. La gran noticia que el médico le había dado era inesperada. Se detuvo a medio pasillo sin darse cuenta que estorbaba el paso a los demás clientes que transitaban por el único acceso a los diferentes consultorios, donde era posible que los especialistas ya los estuvieran esperando.

Se sintió empujada hacia un lado por un hombre que, manipulando una silla de ruedas, le pidió lo dejara pasar, ya que la silla apenas sí cabía en ese estrecho pasillo. Valeria se sonrojó por su torpeza y ocultando una pequeña sonrisa, se quedó pegada a la pared para que el hombre continuara su camino empujando la silla de ruedas en donde una pequeña se volvió a ella y le regaló una abierta sonrisa de simpatía. Valeria dejó entonces salir su sonrisa y miró desaparecer al hombre y a la pequeña en un lugar donde este pasillo daba vuelta para tomar pasillos más anchos. Suspiró. Bajó la mirada a su vientre y luego, con un súbito movimiento, colocó sus manos allí.

¡Un hijo! ¡Esperaba un hijo!

Volvió a suspirar antes de volver a emprender la marcha para salir de ese pasillo que causaba claustrofobia. Además, tenía que correr para llegar a casa y darle esta magnífica noticia a su esposo. Ya podía ver la mirada de Benjamín cuando supiera que iba a ser padre.

Con su sonrisa más grande, llegó al estacionamiento, subió a su pequeño auto y salió a la avenida para dirigirse a su casa. No sabía cómo darle la noticia a Ben. Todavía no decidía si dársela llegando a casa o planear una cena romántica, con un delicioso platillo, el preferido por él, por supuesto, unas velas en el centro de la mesa, mantel largo, flores y amor… mucho amor. Y luego entonces, después de hacerlo muy feliz, acrecentar su felicidad dándole la noticia. Se la susurraría al oído dulcemente.

Sí, la cena. Era el mejor cuadro para tan feliz noticia. Después de dos años de matrimonio, por fin eran bendecidos por el tan deseado hijo. Por fin tendrían con quién compartir tanto amor que se tenían uno al otro.

Así, muy enamorada, igual o más que el que sentía el día en que se casó, detuvo su auto al frente de la casa. No pudo entrar a la cochera porque su lugar estaba ocupado por un auto que reconoció muy bien. También reconoció el auto de Ben. Los dos estaban uno al lado del otro en la cochera, sin embargo, el auto de Catalina, su mejor amiga, fue el que le llamó la atención. ¿Qué estaba haciendo Cat a esta hora del día en su casa?

De seguro había venido a ver qué le había dicho el médico. Valeria llevaba días sospechando lo del embarazo, y algo le había comentado a Cat, sin embargo, no recordó haberle dicho que hoy iría con el doctor para confirmarlo.

Muy preocupada por el pensamiento de que tal vez Cat le mencionara la sospecha de embarazo a Ben y así echara a perder sus planes para decírselo ella misma, entró a la casa y sin saber por qué, lo hizo en el mayor de los silencios. Antes de dar un paso, miró a su alrededor como buscando a su esposo y a su amiga, pero al no verlos, comenzó a caminar, igual en completo silencio. Sus pasos sigilosos por el pasillo, cuyas paredes estaban adornadas con diferentes cuadros de paisajes, fotografías, y otras cosas que ahora no eran importantes y que después lo serían todavía menos, se detuvieron ante la habitación que compartía con Ben. Los susurros y suspiros que salían de allí hicieron que su corazón dejara de palpitar por un momento.

Pudo reconocer qué suspiros eran esos y los susurros que llegaron a sus oídos fueron tan claros en las palabras pronunciadas, que lastimaron no sólo sus oídos, sino también su corazón, su ser, todo lo que ella era. Con los ojos desorbitados abrió la puerta de esa habitación en donde había pasado días y noches felices al lado de ese ser que ahora le daba una muerte dolorosa en sentido emocional, porque lo que vio en el interior de la habitación, la fulminó totalmente.

No pudo gritar, porque la sorpresa y el agudo dolor en su pecho, en su corazón, en sus entrañas, la enmudecieron. Solo permitió que la imagen que Ben y Cat le daban desde la cama, desnudos y haciendo el amor, llenara sus ojos lagrimosos y de allí pasara a su mente en donde quedó fija como si hubiera sido plasmada con un sello de marcar al rojo vivo y supo a ciencia cierta que si esa imagen plasmada en su mente sanaba algún día, quedaría por siempre la cicatriz, lo cual significaba que nunca, jamás, dejaría de existir, así que en ese momento también comprendió algo:

¡No perdonaría jamás a ese traidor llamado Benjamín Herrera, ni a la que se hacía llamar su amiga!

Tal vez un sollozo salió de su apretada garganta, porque en ese instante Ben levantó su cabeza y la descubrió parada en el umbral de la puerta, lista para salir corriendo de allí.

— ¡Val! —gritó sorprendido Ben, saltando de la cama con rapidez, sin importarle su desnudez—¡No te esperaba!

Val observó a Ben. El cabello color rojo de él estaba alborotado, lo que evidenciaba que Cat se había complacido en juguetear con sus manos también allí y el dolor que sentía fue suplido por el deseo de golpearlo, no sólo a él, sino a esa mujerzuela que se había atrevido a meterse con su marido. La miró lanzando chispas de odio. Catalina Contreras enfrentó la mirada por un breve momento, luego, tomando la sábana de la cama para envolver su desnudo y bonito cuerpo, se levantó, tomó apresurada sus prendas de vestir que habían quedado dispersas por todos lados y salió de la habitación con la mirada baja, sin decir ni una sola palabra. Val se movió lo más lejos de ella cuando pasó a su lado.

Al quedarse solos, Valeria acudió presurosa al closet de donde tomó una maleta. Ben se puso detrás de ella y tomando sus hombros por detrás, murmuró apenado:

—Val… Yo…

Valeria se soltó con ira de sus manos y mirándolo con desprecio, pidió:

— No te atrevas a tocarme, infame

Y a pesar de todo, su voz salió suave, calmada, sin dejar vislumbrar el deseo enorme de gritar, de llorar, de ponerse histérica… de matar.

—Val, lo siento. No sé por qué lo hice,  sabes que te amo.

“¿Amor?”, pensó ella llenando furiosa la maleta con sus prendas de vestir. Ni siquiera miró que cosas lanzaba a la maleta, solo quería terminar y salir de esta casa para siempre, porque si se quedaba, su dignidad de mujer humillada sería pisoteada. Sabía que su amor por Ben jamás terminaría. Lo amaba. Lo amaba como al aire que respiraba. Lo amaba más que a su propia vida. Por ello evitaba mirar su magnífico cuerpo desnudo, porque no era tan fuerte y muy en el fondo de su ser lastimado, humillado, deseaba correr a sus brazos, deseaba sentir la calidez de esos brazos y escucharlo pedirle perdón una y otra vez, con sus labios sobre los de ella.

Sin embargo, no podía perdonarlo aunque sus traidores sentimientos casi le exigieran que sí, así que sin mirarlo ni una sola vez, terminó de llenar su maleta, la cerró con fuerza y con ella en mano, salió de esa habitación. Casi corrió por el pasillo sintiendo la respiración de Ben en su nuca, porque él iba detrás, muy cerca de ella pisándole los talones, reacio a dejarla ir. La amaba, por eso se había casado con ella.

— ¡Val, por favor! ¡Perdóname, no te vayas! ¡No me dejes! ¡Perdóname!

Valeria llegó a la puerta que le permitiría salir a la calle, la abrió y salió para siempre de allí. Ben se quedó en el umbral mirándola abordar su auto. Su desnudez le impidió seguirla más allá de esa puerta. Esta fue la última vez que la vio. Los días siguientes estuvo como loco buscándola. No la encontró. Era como si la tierra se la hubiera tragado.

No obstante, la tierra no fue la que se la tragó, sino la gran ciudad a donde se fue a vivir. Valeria y Ben vivían en un tranquilo pueblo, a miles de kilómetros de la gran ciudad, la capital del país. Cuando dejó a Ben, se fue a la enorme urbe en donde por varios días, estuvo buscando trabajo. Se había quedado sola. Su único pariente había muerto un año después de casarse con Ben, así que no tenía a nadie, solo a ese futuro bebé que a pesar de todo lo que había sucedido, esperaba con anhelo, y su auto, el que vendió a un bajo precio para mantenerse un par de meses y pagar la carísima renta de un departamento.

Después de buscar sin éxito, había encontrado trabajo en un pequeño restaurante. La jornada como mesera era larga y cansada. Lo peor del trabajo era que solía enfrentarse a la prepotencia de algunos clientes que la trataban con una total falta de misericordia y ni propina le daban. Las exigencias de esos clientes solían llenarla de tristeza y el recuerdo de Ben la hacía llorar todas las noches. Poco a poco su salud física y mental se vio sometida a prueba, pero soportaba todo por ese bebé. Ese bebé que fue el causante de su despido en el restaurante cuando comenzó a notársele el embarazo. Tuvo que comenzar otra vez a la búsqueda de un nuevo trabajo, el que se le dificultó más encontrar. Nadie quería emplear a una mujer embarazada y el dinero conseguido con la venta del auto, ya se había terminado. A estas alturas, estaba viviendo con lo poquito que logró juntar con su trabajo de mesera y ese poquito se terminaría a fin de mes, cuando diera lo del alquiler del departamento, así que si no conseguía trabajo, también se quedaría sin un lugar en donde vivir.

En eso estaba pensando sentada en la banca de un parque, después de haber recorrido calles y calles para acudir a los lugares en donde solicitaban a una empleada, sin haber tenido éxito. Con los zapatos fuera de sus pies, porque estos estaban muy inflamados de tanto caminar, miró con tristeza al grupo de niños que jugaban alegres en los juegos del parque. Un día, su bebé también estaría como esos niños y ella sería como esas madres que estaban allí cuidando de sus hijos. Se acarició el vientre. Había cumplido ya  los siete meses de embarazo.

La angustia se apoderó de su ser. ¿Cómo iba a mantener a esta criatura si no conseguía trabajo? Miró por última vez a los niños que jugaban y se levantó de la banca colocándose los apretados zapatos. En ese momento, un agudo dolor en el bajo vientre la hizo doblarse y un gemido salió de su garganta. Miró abajo, entre sus piernas. Un líquido tibio bajó por sus piernas empapando el suelo en donde estaba parada. Miró a su alrededor y gritó:

— ¡Por favor! ¡Alguien ayúdeme!

Pero nadie pareció escucharla. Volvió a gritar:

— ¡Ayuda! ¡Necesito ayuda!

Nadie. Ni un par de ojos se volvió a mirarla. La algarabía de los niños era tanta, que sus gritos se sumaron a los suyos pasando inadvertidos. Valeria lloró mientras el agudo dolor se incrementaba. Volvió a mirarse las piernas. El líquido se había hecho rojo. Había comenzado a sangrar. Se movió de allí caminando encorvada, ya que no podía enderezarse porque entonces el dolor se volvía insoportable. Sujetándose el vientre con las dos manos, salió del parque arrastrando los pies. Se detuvo en el borde de la banqueta para cruzar la avenida, pero los autos tenían luz verde y no dejaban de pasar, hasta que por fin el tránsito fue deteniéndose cuando el semáforo cambió a rojo. Como pudo,  cruzó la avenida. Se introdujo por una amplia calle sin notar que se había metido a una lujosa zona residencial, de las más prestigiadas de la ciudad. Se detuvo ante una puerta y tocó con fuerza mientras miraba detrás de ella el caminito de sangre que había dejado en su recorrido. Volvió a tocar y casi al instante, una mujer que vestía un uniforme de sirvienta, le abrió. Ella, débil por el susto y el dolor, cayó en los brazos de la mujer y esta lanzó una exclamación de susto.

— ¡Julio!—gritó la sirvienta con fuerza— ¡Julio! ¡Ven, ayúdame!

— ¿Qué sucede, Imelda?—preguntó un hombre de cabello blanco, asomándose por una puerta que daba acceso a otra parte de la casa.

—Ven, ayúdame. Esta mujer está por dar a luz.

El llamado Julio corrió a ayudarle a Imelda y ambos introdujeron a Val al interior de un hermoso y amplio jardín que parecía un parque público por las proporciones. Julio cargó a Val y la llevó a un área apartada de la casa. Para ello, tuvo que atravesar el parque- jardín.

— ¿Dónde la pongo?—preguntó el hombre cuando llegaron enfrente de varias puertas.

—En mi habitación—dijo Imelda mientras abría la puerta de su habitación y Julio llevaba a Val a la cama. La recostó con suavidad.

Valeria los miró agradecida. Su mirada brillante estaba opacándose cada vez más.

—Está muriendo—musitó Julio—¿Qué hacemos?

—Llamar al doctor, pero no hay tiempo para esperarlo. Tendremos que ayudarle a dar a luz. Tanto ella, como el bebé, están en peligro, si no nace pronto, pueden morir.

—Dime qué quieres que haga—dijo muy valiente Julio.

—Hay que mantenerla despierta. Tendrá que pujar para que el bebé nazca—luego, dirigiéndose a Val, le preguntó —¿Escuchó lo que tiene que hacer?

Ella asintió dispuesta a poner todo de su parte. Podía sentir como poco a poco la vida se le escapaba de su joven cuerpo. Las lágrimas brotaron. Debía salvar a su bebé, así que siguiendo las indicaciones de los que la ayudaban, logró finalmente dar a luz. Antes de que la vida la dejara para siempre, conoció a su pequeñita hija. Una hermosa niña de cabello negro como la noche y mirada negra profunda, la que la miró con ojos brillantes. Con el último aliento de vida, Val acarició a su hijita, se quitó un costoso collar que llevaba colgado en el cuello y se lo puso a su bebé, murmurando:

—Patricia, así debe llamarse —miró con ansiedad a Imelda —. Jure que le hablará de mí.

—Lo juro —prometió Imelda con voz quebrada e inmediatamente después, Valeria murió.


Capítulo 2
17 años después

— ¡Patricia, despierta!

La joven abrió sus grandes y negros ojos sintiendo bastante sueño todavía, así que somnolienta, miró a su madre. Tomó la sábana y se cubrió el rostro cerrando de nuevo los ojos para continuar con el dulce sueño que estaba teniendo. Soñaba que Gerardo, el hijo de sus patrones, le pedía que fuera su novia.

— ¡Patricia!—casi le gritó Imelda— ¡levántate! El joven David te necesita. Parece que hizo un desastre en su habitación con la jarra de agua. Quiere que vayas a poner orden.

Patricia bajó con rapidez la sábana y abriendo mucho los ojos, miró a su madre y dijo molesta:

— ¡Mamá! ¿Por qué ese petulante muchacho nos molesta hoy? ¡Se supone que es domingo, nuestro día de descanso!

Imelda Iturbide se retiró del rostro un mechón de su rubia cabellera y suspiró. A ella también le molestaba que se les interrumpiera de ese grato descanso que sólo podían tener los domingos. Los demás días de la semana trabajaban como esclavas, sirviendo a sus patrones, Reinaldo y Tania Velar  y a sus dos consentidos hijos, David el mayor y Gerardo, el menor.

—Tienes razón en sentirte molesta, hija—dijo Imelda retirando las sábanas de la cama para obligar a Patricia a levantarse—. Pero ellos son los que mandan, así que, ¡arriba!

Sintiéndose como una fiera, con deseos de gritar de impotencia, Patricia saltó de la cama y se dirigió al baño para lavarse el rostro y los dientes. Se miró en el espejo que colgaba sobre el lavamanos y frunció el ceño. Ya sospechaba por qué ese cretino quería que fuera a su habitación. Últimamente, David Velar buscaba cualquier oportunidad para estar a solas con ella. ¡Maldito! Ella no tenía por qué soportar sus insinuaciones sexuales. Lo peor de todo, era que sólo lo hacía para molestarla. Siempre fue así. Creció al lado de él y de Gerardo, pero la diferencia entre ellos y ella era una muy grande.

Ellos eran los hijos de sus patrones y ella,  la hija de la sirvienta.

Se lavó el rostro mientras recordaba su infancia al lado de esos dos. ¿Cuántas veces no la habían hecho llorar cuando recalcaban esa diferencia entre ellos? ¿Cuántas veces no la habían despreciado sólo por ser la hija de Imelda Iturbide? Par de prepotentes y orgullosos dictadores. Lo malo era que a pesar de todos sus desprecios, ella había cometido la tontería de enamorarse del menor de ellos.

Suspiró enamorada, sintiéndose de pronto muy tonta. ¿Cómo había permitido que su corazón quedara en manos de ese presumido? Terminó de lavarse y salió del baño para volver a la habitación en donde concluyó el arreglo, vistiéndose unos jean que resaltaban sus bien proporcionadas caderas y una blusa en corte clásico que hacía parecer su cintura aún más pequeña de lo que ya era. En verdad, era una chica muy hermosa. Además, su negra cabellera caía larga, brillante y sedosa, haciendo un atrayente juego con su negra y profunda mirada.

—Nos vemos después, mamá—se despidió de Imelda, quien había entrado al baño.

—Sí, hija, no vemos—le respondió la mayor con voz dulce.

Patricia caminó por el enorme jardín. El área donde los sirvientes tenían sus habitaciones estaba bastante retirada de la casa principal, en donde vivían los Velar. El extenso jardín los separaba, así que Patricia se introdujo de lleno en el jardín sintiendo como siempre, esa sensación de que daba un paseo por el bosque, sensación que pronto la dejó al divisar la casa principal.

Llegó a una puerta, la que daba acceso a los sirvientes, porque era obvio que no iban a entrar a la casa por la misma puerta que los patrones, y antes de entrar, miró a Julio que trabajaba en el jardín, cerca de allí.

— ¡Tío! ¡Buenos días!—le gritó ella—¿A ti también te quitaron tu día de descanso? ¿Qué creen? ¡No somos de su propiedad!

El hombre de cabello blanco sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y limpió el sudor que perlaba su rostro por el esfuerzo generado por el trabajo y con tranquilo acento, le contestó:

—Siempre renegando, ¿eh, preciosa? Un día de estos te vas a meter en problemas por esa lengua que tienes. Nadie me quitó mi día de descanso. Yo opté por ponerme a trabajar, no tengo nada más que hacer.

—Sí, claro—dijo Patricia irritada y sin dejar de murmurar, entró a la casa —Ay, tío, estás como mamá. ¡Siempre defendiendo a esta gente!

—Nosotros no necesitamos que nadie nos defienda, Patricia—le dijo una voz fría, bastante fría. Tan helada, que la joven se detuvo congelada—Además, estás demorada, llevo horas esperándote. ¿Piensas acaso que tengo tu tiempo?

Apretando las manos en un puño, Patricia se volvió a mirar al atractivo moreno, de unos veinte años que la miraba con… lascivia, a pesar del frío tono de su voz. Se sonrojó bajo la mirada de él. Parecía que la desnudaba con tan sólo verla. Patricia apretó los labios y entre dientes, dijo:

—Yo tampoco tengo tu tiempo, así que dime, ¿qué rayos quieres? ¿Por qué me molestas hoy que es mi día de descanso?

David levantó las cejas y la miró. Una sonrisa torcida apareció en sus labios. Con sorna dijo:

—Cuida tu lengua, niña. Sabes que puedo despedirte…

—Sí, sí—lo interrumpió ella— El mismo cuento de siempre. Ya me lo sé—enfrentó su mirada con valentía—Ahora, si no me vas a despedir, dime qué quieres.

La sonrisa de él se hizo más torcida. Le gustaba el espíritu de esa mocosa. No conocía a ninguna otra chica que fuera como ella, sin embargo, no era su tipo, o en cierto sentido, era su tipo,  pero ese tipo que servía para divertirle. Por eso últimamente trataba de hacerle la vida imposible, todavía más imposible que cuando eran niños y vaya que él era muy feliz al hacerla enojar.

—Te necesito en mi habitación—le informó él y no añadió más.

“Como no sea que me necesite en su cama”, pensó Patricia más molesta, tratando de fulminarlo con la mirada. Se dio la vuelta para caminar a la escalera que la llevaría a la planta alta, en donde estaban las lujosas habitaciones. En el pasillo, trató de desplazarse en silencio. Era muy temprano y de seguro que los padres de David estaban aún dormidos, así que no le permitió a sus pies hacer ruido sobre el suelo de mármol pulido, bello a la vista. David iba detrás de ella. Ambos se detuvieron ante la puerta de la habitación de él y aparentando galantería, le indicó que entrara primero.

Ella entró a una habitación por demás lujosa. Estaba amueblada con buen gusto, propio de un hombre. Los tonos oscuros de la decoración daban a conocer un poco el carácter de David. Un carácter serio, huraño incluso, dado a reír poco, a menos que ella lo divirtiera, claro. No obstante, no fue la decoración lo que le llamó la atención, sino la silueta del joven que, sentado en la cama, hizo saltar su corazón aceleradamente. Se detuvo mirando con ojos bien abiertos a Gerardo Velar, una más joven versión de David. Gerardo era de su edad, unos seis  meses mayor que ella y era tan… perfecto, que le alteraba todos los nervios cuando lo veía. No por nada su corazón la había traicionado con él.

— ¿Qué significa esto?—le preguntó a David, mirándolo sorprendida.

—No encontramos otra manera de hacerte venir a la casa en domingo—le informó David, sarcástico y ese sarcasmo puso en alerta a Patricia. Algo se traían esos dos—. Lo que sucede, es que aquí mi hermanito quiere decirte algo muy importante.

Gerardo se levantó de la cama y caminó hacia ella lanzándole una mirada de… ¿enamorado? Patricia se movió inquieta mientras su corazón latía más de prisa, tanto así, que sintió que podía notársele a través de la blusa. Parpadeó para tratar de ocultar la emoción que esa mirada le causó y también reprimió el temblor que la sacudió cuando Gerardo llegó ante ella y tomándole una de sus manos, se la llevó hasta su pecho y apretándola con suavidad, le dijo con voz dulce:

—Patricia, lo que quiero decirte es que te amo, te amo tanto que no puedo vivir sin ti.

Ella abrió más los ojos al escucharlo, perpleja. Este era uno de sus sueños. Estaba todavía en su cama y no tardaría en despertar para darse cuenta que sólo era un sueño más. Parpadeó cuando las lágrimas hicieron brillar su mirada. Una excitante emoción hizo a un lado su perplejidad y en un susurro, preguntó:

—Gerardo, ¿cómo dices? ¿Escuché bien?

Él apretó más su mano contra su pecho. Su mirada relampagueó de manera extraña y respondió con suavidad:

—Sí, Patricia. Te amo. Creo que no puedo vivir sin ti.

Mientras ella trataba de retener las lágrimas por la emoción, sintió como un profundo rubor plagaba su rostro. No podía creerlo, sin embargo, Gerardo la pegó a su cuerpo e inclinó la cabeza para besarla. Ella cerró los ojos en espera del tan ansiado beso, pero de pronto, Gerardo comenzó a reír y separándose de ella, rió a carcajadas. Patricia, sin entender nada, abrió los ojos y los miró. A los dos.

Ambos se carcajeaban y Gerardo dijo entrecortadamente, porque la risa no lo dejaba hablar bien:

—Tenías razón, hermano. Has ganado. Esta loquita se muere por mí.

El corazón de Patricia estalló deshaciéndose en pedazos. Así lo sintió. Su pecho se contrajo por el dolor y sin poder detener más las lágrimas, los miró por última vez con una mirada llena de sufrimiento y ellos…

Ellos rieron más sin importarles el daño que le habían causado. Patricia salió casi corriendo de la habitación, luego salió de la casa a la calle, por la puerta principal, por donde no le estaba a ella permitido entrar o salir. ¿Qué le importaba esa estúpida regla? Ahora lo único que le importaba era desaparecer para siempre. Se moría de vergüenza, de humillación. Jamás esperó esto de los Velar. Era cierto que la trataban mal, o se burlaban constantemente de ella, pero esto había sido el tiro de gracia. Habían matado con crueldad sus sentimientos.

Pasó la calle dirigiéndose veloz a la casona que, situada enfrente de la mansión de los Velar, se levantaba majestuosa, tan grande o más que la de los Velar y cuya diferencia era que esa mansión, llevaba algún tiempo abandonada. En un lugar de esa casona, Patricia había encontrado su rinconcito para llorar sus penurias y sufrimientos. Allí corría cada vez que los hermanos Velar la hacían llorar y nadie sabía de esto, sólo ella y esa soledad pacífica que encontraba en dicho lugar. Entró por un hueco que había en la puerta. Como tenía más de cinco años abandonada, la madera había dejado de ser fuerte al ser devorada por la polilla. El intenso olor a abandono inundó su nariz y la más completa soledad la recibió, pero ella se sentía bien allí, aunque las lágrimas no dejaron de brotar y su corazón roto rebozaba de dolor.

Fue a sentarse en la gran fuente que, en medio de lo que había sido el jardín, yacía seca. Sus lágrimas cayeron adentro de la fuente y esta las recibió manifestando su enorme sed, ya que las lágrimas se evaporaron apenas tocaron el suelo. Los rayos de sol iluminaron su hermosa cabellera, la cual caía sobre su rostro, el que permanecía inclinado sobre su pecho en una actitud tan triste, que incluso los pajaritos que habían hecho sus nidos en unos árboles, pudieron sentir, pues habían interrumpido su canto en cuanto ella entró al seco jardín.

Allí permaneció buen tiempo ensimismada en su dolor, sin poder dejar de llorar, en la misma posición, pensando a veces y otras en blanco. Ideando planes y deshaciendo planes. Maldiciendo en voz alta y guardando periodos de silencio. Hundida hasta el fondo en el pozo de su desdicha. Por ello fue que no escuchó los pasos que se acercaron, ni las voces alegres que se escucharon.

— ¡Vamos, Gabriel!—dijo la voz de una joven rubia—vayamos a explorar el interior de la casona. Papá y mamá andan recorriendo las habitaciones.

—Ve con ellos, Gemma—respondió el llamado Gabriel— Yo quiero explorar el jardín. ¿Has visto cuán grande es? ¡Es más grande que la misma casa! Creo que  papá hizo bien al comprar esta mansión.  Me gusta.

— ¿Pero cuál jardín, hombre? Yo sólo veo una gran cantidad de mala hierba. ¡Qué feo! Quédate, si quieres. Yo voy con mamá y papá. El jardín no me gusta, pero la casa, quizás.

Así, los dos hermanos se separaron. Gabriel sonrió un poco mientras veía desaparecer a su hermana gemela en el interior de la abandonada casona. Él por su parte, se dirigió a inspeccionar los alrededores de la mansión. Estos eran extensos y visualizó cómo se vería cuando cobraran vida.

Se quedó quieto. Observando hacia un lugar en medio del  seco jardín, apreció con detenimiento la extraña estatua que estaba sentada en la orilla de la fuente. La estatua era de un colorido sorprendente y parecía muy real.

Entonces, los sollozos que escuchó provenientes de la estatua, lo sorprendieron y la repentina pregunta de si las estatuas lloraban, surgió en su mente, asimismo la respuesta. Solo si eran de carne y hueso.

—Hola —Saludó levantando un poco la voz  y se acercó con sigilo a la estatua.

Patricia levantó con rapidez el rostro, sorprendida por la voz. Su mirada negra se encontró con unos maravillosos ojos azules que terminaron por acercarse y posarse desde lo alto sobre ella. Esos ojos brillaron al mirarla y los labios del joven dibujaron una contagiosa sonrisa.

— ¿Estás llorando? — Preguntó lo evidente— ¿Por qué lloras?

Patricia se sintió avergonzada por la pregunta. Se levantó de la fuente y miró con detenimiento al recién llegado. Aún cuando ya se encontraba de pie, él le sacaba con varios centímetros, así que no solo era alto, sino que tenía una abundante y rubia cabellera que ahora parecía confundirse con los mismos rayos de sol que le llegaban por detrás. Además de eso, tenía un hermoso color de piel, uno dorado que hacía resaltar el azul inmenso de sus ojos, los que la veían con detenimiento.

“Una ventana al cielo”, pensó Patricia perdiéndose en esa mirada.


Capítulo 3

— ¿Por qué lloras?—volvió a preguntar él. Su voz era muy suave, como si temiera lastimarla con su pregunta y eso pudiera incrementar su llanto.

Patricia parpadeó asombrada por la noble actitud del chico. Con una mano limpió sus mejillas que seguramente se veían horribles por tanto llorar. Ni pensar en los ojos que ya le palpitaban irritados, además de la nariz, la cual sentía escurrir también. ¡Qué vergüenza! La espantosa imagen que se presentó en su mente de ella misma, hizo que su rostro ardiera de bochorno. La timidez la invadió.

“!Oh!”, pensó Gabriel. “Es la estatua más hermosa que he visto en mi vida”. Sin embargo, hizo a un lado el pensamiento para preguntar:

— ¿Puedo ayudarte? ¿Te duele algo?

Patricia negó con la cabeza de un lado para otro. Se aclaró la voz y murmuró:

—No, gracias. Estoy bien.

Pero la penetrante mirada de Gabriel le hizo saber que no le creía, así que se movió inquieta para marcharse de allí, pero de pronto se dio cuenta que el rubio estaba muy cerca de ella, casi invadiendo su espacio personal y le bloqueaba el paso. Atrás de ella la fuente la retenía prisionera. Retuvo al aliento al momento de pedirle:

— ¿Puedes moverte para que pueda irme?

Lejos de moverse, Gabriel acercó más su rostro al de ella sin dejar de mirarla con fijeza. Regalándole una sonrisa de oreja a oreja, le dijo al momento de tomar su mano y sacudirla de arriba para abajo:

—Soy Gabriel Herrera.

Patricia trató de encontrar con la mirada su mano, pero la mano de él era muy grande y había sepultado la suya sin dejar de moverla hacia arriba y hacia abajo en un eufórico saludo que hizo que le doliera todo el brazo.

—Soy Patricia Iturbide—dijo con rapidez, con la esperanza de rescatar su mano al dar su nombre, lo que así sucedió.

—¡Patricia!—Exclamó Gabriel—¡Bienvenida a mi casa!

Los ojos negros se abrieron enormes. Miró a su alrededor y balbuceó:

— ¿Tú casa? ¿Vas a vivir aquí?

— ¡Claro!—asintió Gabriel sin dejar la sonrisa—Ahora ven, déjame presentarte a mis padres.

Volvió a tomarla de la mano y casi la arrastró por el jardín ante la perplejidad de Patricia que lo único que pensó en ese momento fue que ese rubio loco le iba a quitar su rinconcito donde por años lloró sus sufrimientos. ¿Ahora donde encontraría un rinconcito igual? ¿Qué rinconcito escucharía sus lamentos? ¿Quién guardaría sus secretos? Esos secretos que en medio del jardín gritaba a los cuatro vientos, porque sabía que esa casa jamás dejaría salir nada secreto de ella. La indignación que sintió por sentir que le estaba robando algo preciado para ella, hizo que se detuviera bruscamente y con voz potente, gritó:

—¡Suéltame! ¿Quién te crees que eres? ¡No quiero conocer a tu familia! ¡Y tú no deberías estar aquí! ¡Esta casa es mía!

La ira no le permitió darse cuenta que decía incoherencias. La casa no era suya, aunque fue la única que la visitó por cinco años. La casa había estado en venta por algunos meses y finalmente alguien la había comprado. La familia Herrera la había adquirido por un exorbitante precio, a pesar de su abandono.

Adentro de la casa, Gemma, al escuchar los gritos de Patricia, dijo:

— ¿Escuchan esos gritos, mamá, papá?

Sus padres, Benjamín  Herrera y Catalina Contreras de Herrera, asintieron preocupados. Dejaron su inspección de la casa para mirarse unos a otros, asombrados.

—Solo falta que el que nos vendió la casa nos haya mentido y este no sea un barrio tranquilo—dijo Ben pasándose una mano por el rojo cabello—vamos a ver qué demonios pasa allá afuera.

—Esos gritos vienen del jardín—informó Cat tomando el brazo de su esposo para salir— ¡Mira! Allá está Gabriel y la chica que está con él es la que grita.

— ¡Lárgate, Gabriel Herrera! —Gritaba ahora Patricia— ¡Esta es mi casa! ¡No voy a permitir que me la quiten!

— ¿Qué pasa aquí?—preguntó Ben al acercarse a la histérica joven y al asombrado de su hijo, levantando también la voz para hacerse escuchar—¿Qué es eso de que ésta es tu casa?

Gabriel y Patricia se volvieron a mirarlos. Ella le lanzó una mirada llena de odio a Ben y con voz aguda le preguntó:

— ¿Es usted el que compró esta casa? Pues lo siento. No puede tenerla ¡Es mía! ¡Miserables! ¡Ladrones!

—No puede ser—dijo Ben, correspondiendo la mirada de Patricia—El dueño no tiene hijos, de hecho, no tiene familia, así que mientes. Ahora, haz el favor de salir de mi propiedad.

—Papá…

— ¡Cállate, Gabriel!—lo silenció Ben—esta chica no debería estar aquí y menos que sea tan grosera.

Acto seguido se acercó a ella, la tomó por el brazo y ahora fue  él quien  la arrastró por lo que restaba del jardín introduciéndola al interior de la casa para luego conducirla por un ancho pasillo y finalmente lanzarla con mucha violencia a la calle. Como había unos escalones que accedían a la casa, Patricia perdió el equilibrio por la fuerza que Ben empleó para lanzarla y cayó sobre estos aterrizando en la banqueta. El golpe de la caída fue muy doloroso, además de humillante.

— ¡Papá!—gritó Gabriel indignado detrás de Ben—¿Qué has hecho?

Luego quiso pasar por un lado de su padre para ir a ayudar a Patricia a levantarse, pero Ben lo detuvo tomándolo por el brazo y le ordenó con frialdad:

—Ve con tu madre.

Las miradas de padre e hijo se enfrentaron. Gabriel sintió arder su alma por la ira ante la actitud de su padre. Miró a Patricia que sentada en el suelo, permitía que las lágrimas brotaran nuevamente. Los azules ojos del joven lanzaron destellos de irritación y sin importarle la dureza de su padre, trató de desprenderse de Ben, para ir al lado de ella, pero el hombre lo movió con fuerza hacia adentro y gritó:

— ¡Dije que vayas con tu madre!

La ira de Gabriel creció, lo que le permitió sostenerle por unos breves segundos la mirada a su padre, sin embargo cedió ante la dureza de Ben y retrocedió un par de pasos al interior, pero no se fue. Se quedó mirando impotente como Patricia se levantaba y miraba a Ben con odio.

— ¡Esto no se va a quedar así!—le gritó ella secando las lágrimas de sus mejillas con gran furia—Voy a vengarme de usted así se me vaya la vida en ello.

En ese preciso momento, enfrente de la acera, en la mansión Velar, un auto salía de la cochera. Desde el interior, los hermanos Velar miraron con curiosidad a Patricia que, parada en actitud desafiante en medio de la banqueta, lanzaba amenazas contra el hombre que sería su nuevo vecino.

— ¿Ahora que hizo esa mocosa?—preguntó David deteniendo el auto a un lado de la banqueta, enfrente de su mansión—Sólo falta que nos meta en problemas con los nuevos vecinos. Escuché en el club que el que compró esta casa, es alguien muy importante y su reputación de dureza y crueldad lo persigue. Según dicen, no tiene compasión por nadie, ni siquiera por su propia familia.

—No sabía que se había vendido esa casa—murmuró Gerardo sin dejar de mirar a Patricia que seguía en su empeño de intimidar a Ben, quien por cierto, ya ni siquiera la escuchaba, pues estaba muy atento mirando al auto de los vecinos. Había escuchado decir que la familia Velar, sus nuevos vecinos, eran personas importantes e influyentes, así que le convenía hacer amistad con ellos. Antes de comprar la casa, había investigado a casi todos en el vecindario. Le gustaba saber qué clase de vecinos tendría.

—Casi nadie lo supo— le informó David— Ven, vamos a ver qué demonios está haciendo esa despreciable mocosa. Hay que mandarla a casa a que limpie los pisos. Es allí donde debe estar, no aquí buscándonos problemas con estas honorables personas.

Los Velar se bajaron del moderno auto, último modelo, una marca de las más lujosas y atravesaron la calle para ponerse justo detrás de Patricia.

— ¿Ustedes conocen a esa loca?—les preguntó Ben muy molesto.

— ¿Le está causando problemas, señor?—le preguntó a su vez David, cerca del oído de la enojada Patricia.

Patricia estaba tan absorta en encontrar más palabras de amenazas para lanzarlas en contra de ese cruel monstruo que la había tratado con total falta de consideración, y que además le había robado su rinconcito de los secretos, que no escuchó ni sintió a los Velar pararse detrás de ella, así que cuando escuchó hablar a David muy cerca de su oído, dio un gran salto y se volvió a mirarlos con la negra mirada brillante por la irritación.

—Soy Benjamín Herrera—se presentó el nuevo vecino— Y esa joven dice que esta casa es suya, que le pertenece.

Los morenos se miraron con los ojos bien abiertos, luego sin poderlo evitar, soltaron las carcajadas. Tanto así rieron, que tuvieron que sostenerse el vientre porque les dolió y lo peor fue que no podían parar de reír. Jamás habían escuchado algo tan Insólito y ridículo.

—Lo sentimos, señor—se disculpó David tratando de controlarse—pero eso que dijo nos ha divertido mucho. Permítame presentarme. Soy David Velar. El es mi hermano Gerardo y ella… Ella es…

Un nuevo ataque de risa lo interrumpió. Desde el umbral de la puerta, Gabriel observaba la escena, más furioso que antes. Se dio cuenta que los Velar se burlaban de Patricia y eso le dolió. Su padre había bajado a la banqueta para tomar la mano de David en un saludo de bienvenida. Claro, esto fue cuando la risa dejó a los hermanos.

—Bienvenido al vecindario—dijo Gerardo cuando aceptó la mano de Ben—y no se preocupe por ella—señaló a Patricia despectivamente— Es nuestra sirvienta. Lamentamos si le causó alguna molestia.

—Con que la sirvienta, ¿eh?—murmuró Ben mirando a Patricia con desprecio—no entiendo como pueden tener a su servicio a personas como esta.

—Lo entiendo—dijo David con seriedad—. Ella suele ser muy grosera cuando se lo propone. Pero como dijo mi hermano, no se preocupe por ella, le daremos su llamada de atención.

En medio de este intercambio de palabras, el rostro de Patricia cambiaba de color. Ya estaba colorado, ya pálido, ya verde y hasta logró alcanzar un amarillo raro. Hablaban de ella como si de una mascota, o de una esclava, o de una idiota se tratase. Pero lo que más la avergonzó fue notar sobre ella la extraña mirada azul que parecía querer decirle algo. Alzó la suya hacia el umbral de la puerta y lo miró. Gabriel estaba muy quieto, solo mirándola. Muy serio. Ya no le sonrió. ¿También la iba a despreciar porque era la sirvienta? Sintió de pronto como su corazón, el que ya de por sí sentía hecho pedazos por lo que le hicieron esa mañana los Velar, se quebraba, pero ahora los pedazos rotos fueron los que se fragmentaron, haciéndose definitivamente  polvo.

—Ve a casa, Patricia—escuchó que le ordenaba Gerardo— Deja en paz a esta distinguida familia. Ve a limpiar la casa.

Ella inclinó el rostro, luego dando media vuelta, con el corazón hecho polvo, cruzó la calle y entró a la casa por la puerta de servicio. No se dio cuenta que lloraba hasta que llegó a la habitación que compartía con Imelda, la cual no estaba, gracias a Dios, porque no quería que la viera así y se arrojó a la cama, estremeciéndose de dolor, desilusión y humillación. ¡Malditos fueran todos los ricos bastardos!

Algún día todos ellos se la pagarían. Tanta humillación clamaba venganza. El dueño de la cabellera roja llenó su mente. Se sentó en la cama y apretando una mano contra la otra, con furia descontrolada, clamó en voz alta:

— ¡Maldito! ¡Empezaré contigo! ¡Te odio!

Y el odio reflejado en su voz, la sorprendió a ella misma.

Capítulo 4

Claro que su venganza, la cual ni siquiera sabía cómo sería, tenía que esperar y mientras tanto, la remodelación de la mansión de enfrente, su rinconcito adorado, estaba llevándose a cabo con una rapidez asombrosa, transformándola en una elegante y enorme vivienda que era justo el marco perfecto para el nuevo y presumido dueño de cabellera rojiza, por supuesto, cuando finalmente ese hombre y su familia se mudaran a vivir allí.

Todos los días muy temprano, al pasar por la que había sido su escondite secreto para tomar el bus que la llevaría a la preparatoria, en donde cursaba su último semestre, se detenía y miraba el ir y venir de los trabajadores, sintiendo como la rabia se anidaba en su completo ser. Extrañaba su rinconcito para llorar. Los Velar eran cada vez peor con ella. Todo había empeorado desde esa terrible mañana en que su corazón se hizo polvo. Ahora que ellos conocían sus sentimientos por Gerardo, este no dejaba de atraparla contra las paredes de la casa para tratar de robarle un beso y aleccionado por David, se sentía súper galán.

—Anda, sólo uno —Le decía Gerardo aprisionándola contra la pared o donde quiera que la encontrara—. Después de todo, sería un beso de amor. ¿No te mueres por mí?

Y ella quería gritar de impotencia y acusarlo con sus padres y con Imelda, pero sabía que no le creerían. Los hermanos Velar sólo manifestaban esa actitud cuando estaba sola en la casa, trabajando en sus labores. Ahora no solo luchaba con un acosador, sino con dos. Tenía que huir apresurada de las insinuaciones, sintiéndose temblar de amor, de rabia, de tristeza. Todo a la vez. ¡Qué fácil sería ceder a la tentación! Ceder a la presión de Gerardo.

— ¡Maldición!—murmuró esta mañana, temblando ante el recuerdo de los Velar mientras detenida en el mismo lugar donde lanzó las amenazas al de cabello rojo, miraba con ojos lagrimosos su transformado rinconcito, que finalmente ya estaba listo para recibir a sus nuevos dueños— Mi rinconcito se ha transformado en un palacio —musitó ahora airada— ¿Qué le han hecho? ¡Malditos! ¡Han arruinado mi rinconcito!

Sujetó con fuerza las correas de la mochila que colgaba en su espalda. Las lágrimas de su desdicha no pudieron permanecer en sus ojos. Estas se deslizaron por sus mejillas.

— ¡Hey, Patricia!—escuchó la conocida voz de David—¿Admirando tu nuevo palacio?

Ella se volvió y miró el auto que se había detenido a su lado. Los burlones rostros de los Velar, hizo que sus lágrimas dejaran de salir. Su orgullo herido pudo más que su desdicha. Desde ese día que se había comportado como una loca diciendo que esa casa era suya, ellos no desaprovechaban la oportunidad para recodarle el ridículo que hizo.

— ¡Púdranse en el infierno!—les gritó furiosa comenzando a caminar para alejarse de ellos.

— ¡Vamos, cariño!—le gritó Gerardo con sorna—¿No quieres que te llevemos? ¿O vas a decirnos que de tu mansión saldrá tu chófer particular para llevarte?

Las carcajadas de los Velar  hicieron que sintiera enormes deseos de matarlos, pero siguió caminando sin volverse a mirarlos ni una sola vez. Escuchó el acelerón del auto y las carcajadas se alejaron cuando al auto cobró velocidad llevándose a esos demonios.

Maldiciéndolos e ideando mil maneras de atormentarlos, se dirigió a la parada del bus sin darse cuenta que Ben y Cat, sus nuevos vecinos, llegaban para tomar posesión de su nueva y remodelada mansión, así que ajena a eso, llegó a la parada justo para subir al bus. Un poco más y no lo alcanza. Suspiró cansada al irse a sentar a un asiento y mirando por la ventanilla, fue pasando varias paradas hasta que le tocó la suya, sin embargo, al momento de bajar se vio aprisionada en medio de otros pasajeros que subieron y la volvieron a empujar hacia adentro.

— ¡Detenga el bus!—gritó al operador cuando el vehículo comenzó a moverse— ¿Me escucha? ¡Maldición! ¡Qué detenga el bus!

— ¡Deja de gritarme, niña!—gritó el operador deteniéndose— ¡No estoy sordo!

— ¡Pues eso dice usted!—le replicó Patricia dirigiéndose a la puerta de salida, empujando a los demás pasajeros que hacían imposible moverse— ¡Y es ilegal atestar el camión con tanta gente! ¡Como usted va muy cómodo allí! ¡Dígame con quien tengo que levantar una queja! ¡Nos tratan como a animales!

— ¿Vas a bajar si o no?—refunfuñó el operador irritado

Patricia llegó por fin a la puerta y de un salto salió del aprieto. No dejó de lanzar represalias contra el operador ni aún después de que el bus desapareció entre los otros vehículos que circulaban con mucha prisa. Y prisa era la que ella debía tener, porque al mirar en torno se dio cuenta que  la había dejado dos cuadras más allá de la preparatoria. Tenía que correr para llegar a tiempo a clases, las que empezarían en breve.

— ¡Un minuto!—gritó mirando el pequeño reloj de pulso que adornaba su fina muñeca— ¡Diantres! ¡El profe me va a reprobar!

Así es que se apresuró a llegar al instituto privado donde había estudiado los últimos dos años y medio. Estaba sudando cuando llegó a la puerta del instituto y su enfado creció al encontrarse allí a Gerardo, quien le bloqueó la entrada.

— ¡Vaya, princesa!—le dijo él sarcástico—Tienes que conseguirte otro chofer. ¡Mira qué tarde has llegado!

Patricia lo empujó para abrirse paso y entrar al interior del plantel. Sin mirarlo directamente, pudo notar que él estaba muy atractivo. Con razón se sentía súper galán. Su corazón saltó enamorado y se dio a la tarea de alejarse de él, pero Gerardo la siguió. Por desgracia, compartían la mayoría de las clases, así que debía soportarlo.

—Siempre me pregunté por qué Imelda se empeñó en mandarte a la misma escuela que nuestros padres escogieron para David y para mí, Patricia—le dijo él caminando a su lado y mirándola con frialdad— ¿Nunca le has mencionado que tú no encajas aquí? ¡Nunca dejarás de ser lo que eres! Tienes que bajar a Imelda de las nubes y hacerle ver que su hija no vale mucho.

Patricia apretó los labios. Sus manos se cerraron en un puño y a punto estuvo de dirigir uno de ellos a ese rostro que resplandecía de crueldad, pero se contuvo. Ella podía soportar ser echada de la casa Velar por golpear a uno de los amos, pero su madre no. Y era por ella que soportaba todo esto.

—Tú no eres mejor que yo—se conformó con replicar—Vales mucho menos.

Con eso, corrió al salón dejando a un Gerardo boquiabierto. El atrevimiento de ella al hablarle así era insultante, pero eso le gustaba de Patricia. ¿Cómo que eso le gustaba? Algo  perplejo y distraído por la pregunta interna, entró al salón y su cuerpo dio contra el de Patricia, quien había quedado inmóvil en medio del salón mirando un lugar al fondo.

Al entrar, Patricia había quedado estática, mirando deslumbrada la rubia cabellera que le recordó el mismo maravilloso sol y pudo perderse otra vez en esos ojos azules que le abrieron la misma ventana al cielo.

“Es mi estatua”, pensó Gabriel sin parpadear, temeroso de que si parpadeaba, ella se desvaneciera. Era inesperado encontrársela en este instituto. Este era su primer día de clases aquí y lo primero que notó al llegar, es que esta preparatoria era privada y de alto nivel económico, por eso su padre los había enviado a él y a Gemma, a estudiar aquí.

—Señorita Iturbide y señor Velar—tronó la voz del profesor de geometría analítica—cuando quieran, podemos comenzar con la clase.

Gerardo la empujó para ir a tomar su lugar mientras los compañeros de clase soltaban una risa baja. Patricia también fue a sentarse y descubrió que su asiento, el que siempre ocupaba, estaba a un lado del rubio y del otro lado, la rubia. Quedó sentada en medio de los Herrera y no supo por qué, pero se sintió incómoda.

—Gracias, señorita Iturbide, señor Velar—habló el profesor con frialdad—Ahora, comencemos la clase con la presentación de estos dos nuevos alumnos.

Gabriel y Gemma se presentaron ante la clase y todos les dieron la bienvenida, excepto Patricia que sólo los miró resentida al recordar el ridículo que hizo el primer día que se conocieron, después de eso, la hora de explicaciones por parte del profesor y trabajos por parte de los alumnos, se hizo eterna, sin embargo llegó a su fin y comenzó otra clase mucho más aburrida,  después otra peor todavía y finalmente, llegó el ansiado receso.

Todos salieron del salón para disfrutar del almuerzo. Todos, menos Patricia que se quedó sentada, inmóvil, mirando un punto fijo al frente, pero sin ver en realidad nada. Por lo regular, salía poco del salón en los recesos. Gerardo tenía razón. Ella no encajaba allí. Durante años estuvo rodeada de este ambiente y sin embargo nunca había aprendido a tratar a esos jóvenes adinerados, altivos e irresponsables que no sabían hablar más que de dinero, autos y chicas en el caso de ellos y en el caso de ellas, de dinero, novios y modas. Eran unos cabezas huecas. Ya quería ella verlos trabajar con sus propias manos para ganar el sustento de cada día, pero ¡qué va! No conocían lo que era una ampolla en las manos por el duro trabajo. Estaban acostumbrados a tenerlo todo, a que otros les sirvieran, a que sus padres los sacaran de los problemas en que se metían, a hacer y deshacer.

Estaba amargada, lo sabía. Su dura vida al servicio de los Velar, la había convertido en una joven dolida, resentida con la vida, con todos, principalmente con aquellos que tenían el poder del dinero. Se miró las manos y masajeó las ampollas que tenía en la palma. La tarde anterior, ella y su madre habían hecho limpieza general en la mansión Velar y esas ampollas eran la recompensa obtenida por tan duro trabajo. Aunque como decía su madre, no debía quejarse. Con ese trabajo ganaban lo suficiente para cubrir el elevado costo de sus estudios en este tipo de instituciones.

—Hola, Patricia.

Levantó la mirada y miró a Gabriel, quien le tendía un emparedado envuelto en una servilleta de papel, con una pequeña sonrisa dibujada en el rostro. Ni siquiera lo había sentido entrar al salón.

— ¿No vas a almorzar?—le preguntó él señalando el emparedado—Te invito a…

Ella lo interrumpió dando un manotazo de rechazo al emparedado. Tomado por sorpresa, Gabriel soltó el emparedado. Su sonrisa no se borró, sino que se acrecentó y con voz tranquila, dijo:

—Perdona, se me ha caído. Mi torpeza crece cada día más.

A continuación, se agachó y tomó el emparedado del suelo, luego, sacando otro emparedado de una bolsa que había dejado sobre su pupitre, dijo:

—No importa, mira, traigo otro. Tú te comes éste y yo el que se cayó. No soy delicado. También compré unas bebidas diferentes, para que escojas la que más te guste.

Sacó las bebidas y las puso junto con el emparedado ofrecido, sobre el pupitre de ella. Se sentó a su lado y comenzó a desenvolver el emparedado magullado por  el golpe y la caída.

—Me dijeron que los emparedados que venden aquí están muy buenos, así que no pude resistir comprarnos unos.

Hasta ese momento, Patricia salió de su asombro. Le había sorprendido la actitud de él. Esperaba que con el grosero rechazo que le mostró, él se alejara y la dejara tranquila, pero Gabriel no se había inmutado.

— ¿Tú compraste un almuerzo especialmente para mí?—le preguntó ella, casi admirada.

Nunca nadie le había comprado especialmente a ella un almuerzo. Claro que no lo necesitaba. Ella traía su propio almuerzo desde la casa, pero el gesto de él la conmovió hasta el punto de que sintió como sus ojos se iluminaban por las lágrimas. Para ocultar su turbación, tomó el emparedado que Gabriel había dejado para ella y desenvolviéndolo, le dio una mordida. De reojo miró la gran sonrisa del joven y él también comenzó a comer sin dejar de mirarla.

— ¿Por qué me miras tanto?—le preguntó ella después de unos momentos de silencio.

— ¿Por qué no?—le preguntó él con la boca llena—Lo hermoso se hizo para admirarse.

Patricia se ruborizó ante el cumplido. Arqueó las cejas. Nunca nadie la había llamado hermosa. Terminaron de almorzar en silencio. De pronto, ella comenzó a sentirse cómoda a su lado. Volvió a levantar las cejas, algo perpleja, pensando que nunca antes se había sentido cómoda al lado de uno de esos jóvenes que consideraba presumidos, altaneros y arrogantes, aunque esos calificativos significaran lo mismo, pero le gustaba utilizarlos para recalcar el hecho de que a sus ojos, sus compañeros eran así, ellos y ellas… pero no. Al parecer este rubio no era así. Era diferente. Era muy atractivo, pero aparte de eso, era agradable, sencillo, risueño, sincero y de mirada limpia, quizás esa fuera la razón de por qué siempre que lo veía a los ojos, creía entrar al mismo cielo. O tal vez fuera porque nunca,  y aquí estaba otra vez ese “nunca” que se había repetido con él, había visto unos ojos tan azules como esos, y ese “nunca” hacía la gran diferencia.

La llegada de los compañeros de clases evitó que Patricia siguiera pensando, porque ya se estaba enredando con todos esos “nunca”. Así tuvieron el resto de las actividades y cuando terminó el día de clases, Gabriel volvió a sorprenderla:

—Vamos, Patricia—la tomó de la mano con gran naturalidad, como si llevaran toda la vida de conocerse o como si fueran muy amigos—Te llevo a tu casa.

Toda sorprendida, Patricia se dejó llevar. Detrás de ellos iba Gemma, también sorprendida por la actitud de Gabriel. Era cierto que su hermano era muy sociable, pero por lo general, era muy tímido con las chicas. Parecía que no con Patricia. La chica de cabello oscuro le caía bien, así que no objetó que los acompañara en el recorrido a casa a bordo del auto deportivo que su padre les había regalado para trasladarse a la preparatoria, o al club o a cualquier otro lado que quisieran ir. Hablando de comodidades, su padre los tenía muy consentidos, pero cuando hacían algo que no estaba bien a los ojos de Ben, él era duro y cruel con ellos, como lo fue unos minutos después, cuando los vio llegar en compañía de Patricia, ya que dio la casualidad de que Ben y Cat, que habían salido de compras, iban llegando también a la casa.

Mostrando la ira en el rostro, Ben bajó de su auto y se acercó a sus hijos y a Patricia, que también habían bajado del vehículo.

— ¿Qué están haciendo en compañía de ésta?—les preguntó con voz helada— ¿Cómo se atreven a hacer amistad con una sirvienta?

Su voz llena de frialdad, no ocultó el desprecio que por Patricia sentía y para ella, fue como un látigo que la golpeó inclemente.

Capítulo 5

—Ben—pidió Cat acercándose a su esposo, algo avergonzada porque esta escena estuviera dándose en la calle. Menos mal que no había vecinos a la vista—no seas tan duro con ellos. Yo no veo nada malo en esta joven…

— ¡Guarda silencio, mujer!—siseó Benjamín, mirando con dureza a Cat—por eso ellos siempre hacen lo que se les da la gana, porque tú siempre les permites todo. No voy a tolerar que se me desobedezca. No quiero volverlos a ver con esta muchacha, ¿entendido?

Catalina se ruborizó y guardó silencio, como siempre. Ni ella ni sus hijos tenían mucho que decir ante el juez implacable que era Ben.

—Ahora, ustedes se van a su habitación. ¡Están castigados! ¡Sin privilegios todo el fin de semana!

Gabriel y Gemma se pusieron colorados. Su padre los estaba tratando como niños pequeños. No parecía que en unos días cumplirían los dieciocho años.

—Papá. Creo que esto es…

—Gabriel—lo interrumpió Ben, aparentemente con voz sosegada, pero sus ojos lanzaban ira al por mayor—No voy a repetir la orden.

— ¡Esto es injusto!—Lloró la joven rubia mirando a Patricia con algo de enojo, culpándola del castigo obtenido. No reprimió el impulso de gritárselo en la cara— ¡Todo esto es tu culpa! ¡No vuelvas a acercarte a nosotros!

Patricia parpadeó por la injusta acusación. Había tratado de mantenerse al margen de esa discusión. Había tratado de reprimir la cólera que la llenaba por el trato despectivo de ese odioso pelirrojo, pero el que Gemma la culpara, hizo que su fuerte carácter, acompañado por sus sentimientos heridos, saliera a flote y con un valor admirable se enfrentó a Ben, mirándolo con frío desdén.

—Usted no tiene derecho de tratarme así—le dijo con voz firme, aunque su nerviosismo se notó en la manera en que sujetó las correas de su mochila —Haga lo que quiera con sus hijos, pero a mí tráteme con respeto.

Ben sostuvo su mirada y no se supo cual sentimiento de desdén era más fuerte. Si el de Ben o el de Patricia. El hombre apretó la mandíbula. El atrevimiento de la sirvienta no tenía comparación. Sin desviar su mirada, Ben habló entre dientes, arrastrando las palabras de manera insultante:

—No eres digna de respeto. No vales nada. Gente como tú sale sobrando en este mundo.

La mirada de Patricia se inundó de lágrimas, pero las contuvo y firme en sostenerle la mirada, dijo de la misma manera que él:

—Sin gente como yo, ustedes no existirían, porque son unos inútiles que no saben hacer nada, siempre dependiendo de gente como yo…

Patricia fue interrumpida cuando, sin previo aviso, una grande mano se estrelló contra su rostro. La fuerte bofetada que Ben le dio la arrojó hacia atrás y sin poder sostener el equilibrio, cayó al suelo sobre la mochila, lo que fue bueno, ya que amortiguó la caída.

— ¡Papá!—gritó Gabriel con grande enfado y corrió a socorrer a Patricia— ¿Cómo te atreves a tratarla así?

— ¡Ben!—siseó Cat también indignada, mientras Gemma sólo miraba con los ojos bien abiertos— ¿Qué te sucede, Ben?

Patricia se dejó ayudar por Gabriel y ya de pie, trató de secarse con las manos las lágrimas que ya corrían por sus mejillas. Nuevamente humillada por ese bruto de cabellera roja. Volvió a mirarlo y sus negros ojos lanzaron destellos de amenaza. Y cuando habló, su voz sonó firme a pesar del nudo que sentía en su garganta.

—Míreme bien—le dijo alzando la barbilla con dignidad—no olvide mi rostro, porque le prometo que—se señaló el rostro con el dedo índice—este rostro, esta mirada, estas palabras que escucha usted hoy de estos labios—ahora lo apuntó a él—le perseguirán por el resto de su vida. Le prometo que hasta en sus sueños, estaré.

A continuación miró a Gabriel y lo que vio en su mirada la hizo estremecer de alegría. ¡Gabriel la miraba con admiración! En cambio Ben tembló de ira y sin reprimirla ni siquiera un poco, gritó amenazante:

— ¡Lárgate de mi propiedad, chiquilla insolente! ¡Pagarás caro si vuelvo a verte con mis hijos! ¡Gabriel, retírate de ella!

—No estoy en su propiedad, estoy en la vía pública, así que no tiene derecho de correrme y soy libre de juntarme con sus hijos, si quiero—se mofó Patricia mirándolo con burla, luego volviéndose a Gabriel, le dijo—Anda, bebé. Obedece a tu papi.

Gabriel enrojeció hasta las orejas mientras Patricia sonreía con ironía mordaz. Aquí, en este momento comenzaba su venganza contra Ben. El hombre tenía unos hijitos muy obedientes, y por lo que había notado, muy inocentes, siempre sometidos a él. Bien. Eso terminaría. Ella se encargaría de volverlos contra su padre. No terminaría con él hasta que su familia estuviera destruida, así tuviera que destruir también a Gabriel ¡Qué lástima! Porque el chico en verdad le agradaba, pero tenía que sacar ventaja de la atracción que Gabriel sentía por ella.

Sin importarle parecer una loca, comenzó a reír a carcajadas por los maquiavélicos pensamientos. En medio de las risas, le dijo a Gabriel colocando así la primera pieza de su malvado plan.

—Nos vemos mañana, bebecito—luego, mirando con frialdad a Ben, le dijo—nos vemos, juez y verdugo, no se le olvide soñar conmigo.

Después de eso, se dio la vuelta y atravesó la calle para desaparecer en la mansión Velar, dejando a Ben sofocado por la ira, a Cat y a Gemma perplejas y a Gabriel, irritado. Muy irritado. ¿Cómo que bebé? Y no se había limitado a decirle sólo bebé, sino “bebecito”. Apretó las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Miró a su padre con resentimiento. Era por su culpa que Patricia lo viera así. ¿Podía culparla? ¡No! ¡Su padre era el único culpable! Sintiendo que el resentimiento oprimía su pecho, entró a la casa mientras el sentimiento de la vergüenza se unía al resentimiento. Su padre no sólo había humillado a su hermosa estatua, sino que también lo había humillado a él.

—Gabriel—lo llamó su padre detrás de él con voz molesta—ven a mi despacho, quiero hablar contigo y con Gemma.

Aún sollozando, Gemma siguió a su padre por el pasillo que los llevaría al despacho de Ben. Gabriel permaneció inmóvil, reacio a obedecer, pero Cat, situándose a su lado, lo tomó por el brazo y dándole un animador apretón, le dijo:

—Ve, hijo. Haz lo que dice. Tú nunca has desobedecido una orden suya.

Gabriel miró a su madre visiblemente herido. Con la mirada le reprochó que ella lo apoyara en todo, hasta cuando se portaba como juez y verdugo, como lo había llamado Patricia, sin embargo él añadiría también, dictador.

— ¿Por qué mi padre es así, mamá?—quiso saber el joven, sintiendo de pronto que el peso de ser su hijo, era demasiado para él—Papá espera mucho de mí. Yo tengo mi propia vida, no puedo ser lo que él quiera. ¡Es mi vida!

Cat sintió el dolor de su hijo. Sabía de lo que Gabriel le hablaba. Ben esperaba que su joven hijo tomara su posición en la corporación Herrera. Por eso era duro con él. Ben esperaba que Gabriel se hiciera cargo de la corporación familiar tal y como él lo hacía.

—Antes, tu padre no era así, Gabriel—le dijo su madre con un suspiro de nostalgia—Cuando yo lo conocí, era tan diferente.

—Sí, mamá. Es algo que ya me has contado, pero permíteme dudar otra vez de tus palabras. No me imagino a mi padre siendo diferente a como es.

Unas repentinas lágrimas asomaron a los ojos de Cat. Movió la cabeza y muy triste, dijo:

—Lo era, hijo. Tu padre era un hombre de carácter muy agradable, risueño, tranquilo, cariñoso, respetuoso y estaba muy enamorado.

El nudo en la garganta le impidió continuar, pero haciendo un enorme esfuerzo, terminó en un susurro:

—Yo le robé todo eso.

—Mamá, no entiendo por qué dices eso—Gabriel sintió el dolor de su madre—Pero lo que sí entiendo, es que también a ti te ha hecho sufrir mucho, ¿verdad?

Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Cat. Parpadeó y miró a su hijo fingiendo una sonrisa alegre.

— ¡Claro que no! ¡Olvida lo que dije!—le pidió llevándolo por el pasillo hacia el despacho, apresurando el paso cuando escucharon a Ben gritar:

— ¡Gabriel! ¡Te estoy esperando!

Cat lo dejó en la puerta y dándole un beso en la mejilla, le murmuró al oído:

—Tu padre ha sido un excelente esposo y aunque por el momento no lo creas, un buen padre también.

“¡Sí, cómo no!”, pensó Gabriel entrando al despacho sin Cat. El asunto era entre padre e hijos. Miró a su padre que, sentado detrás del amplio escritorio, esperó impaciente a que él fuera a sentarse en uno de los dos sillones que estaban frente al escritorio, donde ya Gemma permanecía sentada y en silencio.

—No quiero volver a repetir esta plática—comenzó Ben con absoluta seriedad—Ni esta plática, ni la siguiente orden. No quiero por ningún motivo, que ustedes hagan amistad con la muchacha de enfrente. Pueden hacer amistad con los hermanos Velar, pero con ella, no. La asociación con ella mancha su buena reputación. Les da mala imagen. En nuestro círculo social no entran esa clase de personas. Ustedes saben eso, entonces…

Los miró con fiereza. La seriedad lo dejó para permitirle gritar con voz atronadora:

— ¿Qué demonios estaban haciendo con ella? ¿Han olvidado lo que les he enseñado?

— ¿Cómo olvidarlo?—preguntó Gabriel enojado—tú siempre te encargas de que no lo olvidemos. Diriges nuestros pasos robándonos nuestra propia vida.

— ¡Porque sé lo que les conviene, así que lo que ustedes harán será obedecerme! Ahora, no quiero verlos más. ¡Retírense de mi presencia!

Así los despidió sin darles oportunidad de defenderse, o de que expusieran sus puntos de vista, o sus sentimientos. Tratándose de Ben, ellos eran un cero a la izquierda. Para él, los sentimientos, las ilusiones, los sueños, los deseos, la libertad y en fin, las emociones de sus hijos, carecían de valor, no eran importantes.

Gemma y Gabriel salieron del despacho. En el pasillo, Gabriel dijo:

—No sé que harás tú, hermanita, pero yo no voy dejar que me quite la libertad de escoger a mis amigos. No esta vez.

— ¡Gabriel!—exclamó ella perpleja—¿Vas a ir en contra de la orden de papá? ¡Oh! Esto se va a poner feo.

—Más feo no puede estar, para empezar, el trato opresivo que nos da es horrible. No pienso vivir así toda mi vida.

Con eso, se despidió de Gemma y se fue a su habitación. Allí, se sentó enfrente de la mesa de trabajo, encendió su PC, sacó su celular de la bolsita protectora que siempre colgaba del cinturón que ceñía su pantalón y sacó la tarjeta del móvil para introducirla en la PC. Casi al instante aparecieron varias fotografías de Patricia en la grande pantalla de plasma. Suspiró en cuanto las vio. Se las había tomado sin que ella se diera cuenta, antes de entrar al salón para ofrecerle el emparedado.

Sonriendo un poco, algo estúpidamente, fue pasando las fotografías. No eran muchas, pero en cada una de ellas pudo captar las diferentes expresiones que en ese momento pasaban por el rostro de la joven, sin embargo, la que más le llegó al corazón, fue una donde ella aparecía con una expresión de total tristeza. Su mirada y su rostro despedían tristeza absoluta.

En esa foto se miraba las manos. La tristeza en su rostro estaba combinada con algo de dolor. Más tarde, cuando terminaron las clases, pudo darse cuenta a qué se debía el dolor. Un dolor físico que él sintió al tomarla de la mano. La piel suave de la mano de él pudo palpar sin equívocos, las grandes ampollas y la piel maltratada de la mano de ella.

—Patricia—musitó  tocando el triste rostro de la pantalla. Con sus dedos, recorrió las facciones  con una ternura que cualquiera que lo mirara, pensaría que tocaba a la persona real—tu vida está llena de mucho sufrimiento, de mucho rencor, de mucha amargura.

Suspiró una vez más, luego frunció el ceño y dejó de tocar la imagen, incluso desvió la mirada de ella para decir algo molesto:

—Y me has llamado bebé, ¡qué digo bebé! ¡Me has llamado bebecito!

Y su corazón le dolió porque no quería que Patricia lo viera como un bebé, sino como un hombre. Un hombre que podía protegerla de todos aquellos que le infligían daño. Volviendo la mirada a la pantalla, tocó los labios de ella y murmuró con voz ronca:

— ¡Ya te demostraré yo que no soy ningún bebé!

Capítulo 6

Sí, le demostraría a Patricia que no era un bebecito. Con este último pensamiento, pasó la noche en los brazos del descanso que brinda un sueño reparador, por ello pudo despertarse a primera hora y arreglarse con calma para acudir al instituto.

En cambio Patricia se había quedado dormida. Al reloj se le había agotado la pila a media noche y no había sonado la alarma, así que para cuando abrió los ojos, llevaba media hora de retraso en su rutina matutina.

— ¡Mamá!—gritó alarmada la joven al mismo tiempo que saltaba de la cama— ¡Nos hemos quedado dormidas!—tomó el reloj y lo sacudió airada— ¡Mamá! ¡Es muy tarde, ya levántate! ¡Voy a llegar tarde al instituto y tú tarde al trabajo!

Como lunática entró al baño y se dio una ducha rápida, mientras Imelda se arreglaba para ir a trabajar, vistiéndose el uniforme acostumbrado que la identificaba como la sirvienta, consistente en un vestido de color azul fuerte que le llegaba a las rodillas y tenía al frente, atado de la cintura, un mandil blanco. A este uniforme lo acompañaba un par de zapatos por demás incómodos, por lo alto del tacón, sin embargo no podía dejarlos porque eran parte del uniforme.

Patricia terminó de arreglarse, tomó su mochila para colgársela como siempre, de los hombros y salir apresurada, casi corriendo de la habitación, ante las palabras de despedida de Imelda que la seguía sin poder alcanzarla.

— ¡Cuídate!—le gritó por último Imelda desde la puerta, asomada a la calle, mirando como la que había criado como su hija, corría a la parada del bus.

E impaciente, Patricia llegó a la parada y sin dejar de mirar su reloj, balbuceó maldiciones de irritación. Llegaría tarde y lo peor era que a primera hora tenía examen. ¡Y el camión no pasaba! Caminó de aquí para allá sumamente molesta. ¡Maldito autobús! Pero sabía que el transporte no tenía la culpa. Ella la tenía por quedarse dormida. El autobús que acostumbraba tomar ya había pasado y ahora quién sabe cuánto más tendría que esperar. ¡Maldito examen reprobado! Ni siquiera iba a tener la oportunidad de demostrar que había estudiado mucho para sacar excelente calificación. ¡Maldito profesor que se le ocurrió poner el examen precisamente hoy que se quedó dormida! ¡Maldito el instituto por estar tan lejos! ¡Maldito el tiempo por...!

—Buenos días, Patricia, sube, te llevo.

Patricia se volvió a mirar el auto que se había detenido casi junto a ella y que no había notado por estar peleándose en su interior, maldiciendo lo que no tenía justificación de maldecir. La rubia cabeza de Gabriel fue lo primero que vio cuando él abrió la puerta y bajó del deportivo. Ella miró asombrada como Gabriel rodeaba el auto para abrirle la portezuela y con gesto amable por parte de una de sus manos, la invitaba a subir y con el mismo tono de voz, suave y tranquilo, le decía:

—Anda, sube. No querrás que lleguemos tarde al examen.

Muy perpleja, Patricia titubeó. Nunca, y aquí estaba otra vez ese nunca, nadie la había llevado así a la escuela. ¡Oh, sí! Los Velar se habían atrevido a invitarla a subir a su auto para darle aventón a la escuela, pero siempre fue para burlarse de ella, pues sabía que ellos nunca iban a permitir que ella profanara su lujoso auto con su humilde persona. Ahora, aquí estaba Gabriel, permitiendo que ella profanara su auto con su humilde persona, no sólo esta vez, sino ya dos veces con esta. ¡Oh! De pronto se sintió  bien. Muy bien.

—Se está haciendo más tarde—dijo Gabriel muy paciente, lo que en sí, le sorprendió a él, porque conocía su propio carácter, impaciente y hasta cierto grado, impetuoso, no obstante, al lado de Patricia lo envolvía la paz y sólo deseaba quedarse tranquilo, percibiendo todas las emociones de ella.

Ella le sonrió por fin y aceptó subirse. Esa sonrisa fue más que suficiente para Gabriel que le alegró más el día, el que ya de por sí era alegre, porque allí estaba otra vez a su lado. Al lado de su estatua.

— ¿No viene  Gemma?—preguntó Patricia mirando el asiento de atrás.

—No—respondió Gabriel dirigiéndose al tráfico—Es decir, si fue al instituto, pero la dejé allí. Cuando vi que no habías llegado, decidí venir por ti.

Una vez más, la perplejidad la enmudeció. ¡Caramba! Con este joven nunca terminaban las sorpresas. Nunca… ¡Oh, no! ¡Basta ya de nuncas! Había cosas más importantes en que pensar, como su venganza, por ejemplo. Primero, ¿qué estaba haciendo Gabriel? ¡Le estaba ayudando fácilmente a vengarse de Benjamín! Segundo, ¿estaba lográndose tan pronto su plan? Es decir, ¿podía así de rápido ponerlo en contra de su padre? Y tercero, debía saber qué esperar exactamente de Gabriel. Qué tan difícil sería ponerlo contra Ben.

—Tu padre dijo...—comenzó a decir ella.

—Olvídate de mi padre, Patricia—la interrumpió él—No debe importarnos lo que él diga. Yo tengo derecho de escoger a mis amigos.

Bien, bien. La cosa no iba a ser tan difícil. Patricia se recargó en el asiento, satisfecha. La palabra amigos fue descartada de inmediato de su pensamiento. Ella no podía dejar que sentimientos de amistad, mucho menos de amor, deshicieran su propósito. Su venganza contra Benjamín era primordial y Gabriel,  bueno, Gabriel era su hijo, la pieza clave en todo esto.

Y debía estarle muy agradecida, porque gracias a él no perdió el examen. Más tarde, en el receso, Patricia fue al baño. Al salir, se encontró con quien menos deseaba encontrarse.

—Así que llegaste con él, con ese rubio inocente que se babea por ti—le recriminó Gerardo. Era como si la hubiera seguido, buscando la oportunidad de abordarla— ¿Qué esperas conseguir de él, Patricia? ¿Que te saque de la miseria en la cual vives? ¿Crees que sus padres le permitan andar con alguien como tú?

—Hazte a un lado, Gerardo.

Gerardo no sólo le impidió el paso, sino que la tomó de la mano y la condujo a la fuerza a un lugar más privado. El deseo de gritar de ella se vio sofocado porque no quería hacer escándalo. De cualquier modo, sabía que nadie la ayudaría. Todos esos jóvenes se apoyaban en sus fechorías.

— ¡Suéltame, Gerardo!—siseó ella tratando de soltarse de la poderosa mano que apretaba la suya, haciéndole daño— ¿Qué te propones? ¡Canalla! ¡Suéltame!

Gerardo se detuvo cuando ya nadie los miraba, detrás de unos árboles y la acorraló contra el troco de uno de ellos, con sus manos apoyadas en el árbol fabricando un cerco cerrado para Patricia. Sus ojos encendidos la miraron y su voz ronca musitó en su oído:

—Sólo quiero un beso, Patricia. ¿Qué tiene de malo? Tú me amas y yo empiezo a sentir algo por ti.

Patricia tembló emocionada. Esas palabras, "empiezo a sentir algo por ti", hicieron saltar su enamorado corazón, pero no. No volvería a caer en su juego. Gerardo trató de tomar sus labios con los suyos, pero Patricia movió la cabeza a un lado, sintiendo arder su sangre, no sólo de deseo por ese beso, sino de irritación, más contra ella misma por no poder dominar sus sentimientos.

—Te odio, Gerardo—murmuró ella a punto del llanto, luchando para que ese deseado beso no le fuera robado, porque sería una cruel burla.

Entonces de pronto, alguien se metió en medio de ellos y Patricia quedó bien aplastada contra el tronco y la espalda de su salvador, mientras que éste quedaba aplastado contra su pecho y el pecho de Gerardo.

—Siento interrumpir— se escuchó decir a Gabriel—las clases han empezado, pero Gerardo, si tanto quieres un beso, yo puedo dártelo.

— ¡Gabriel!—gritó Gerardo con ira, separándose  y matando a Gabriel con la mirada— ¡Imbécil! ¿Quién te llamó a este asunto?

Gabriel no se movió, por lo que Patricia siguió aplastada contra el árbol, pero no le importó porque sin desearlo, se sintió segura y protegida, bien pegadita a esa espalda que de pronto se le hizo amplia y fuerte y como para cerciorarse de que tenía razón, puso las palmas contra la espalda y comenzó a palparla, sobre la camisa, maravillándose por los definidos músculos que encontró con los dedos.

Gabriel se quedó sin aire por los dedos de ella recorriendo su espalda, sin embargo, se concentró en Gerardo que furioso, lo miraba con deseos de pelea física, no obstante, Gerardo se dio cuenta de que por el momento, lo mejor era retirarse, así que con un:

—Me pagarás esto, Gabriel.

Se fue de allí.

Gabriel se volvió para quedar de frente a Patricia, pero al hacerlo no se retiró ni un milímetro de ella, por lo que quedaron ahora pecho contra pecho, las manos de ella apoyadas  allí, sus dedos nerviosos comenzaron a jugar con los botones de la camisa de él. Levantó la oscura mirada y encontró los ojos azules que la miraban brillantes, sin embargo, la mirada limpia de él no cambió.

“¿Cómo puede ser?”, se preguntó ella asombrada. “¿Por qué tiene esa mirada tan pura, aún cuando siento su deseo por mí? No he conocido a nadie así, sólo a él”

Atrapada por sus pensamientos y la mirada de él, levantó su ruborizado rostro y le ofreció sus labios. La mirada azul pareció lanzar chispas de regocijo y aceptó la invitación. Gabriel tomó los labios de ella en un beso explosivo. Sí, explosivo, porque ambos sintieron que a su alrededor estallaban fuegos artificiales y sus corazones palpitaron juntos en la misma sintonía. Sus respiraciones hicieron eco a ese palpitar y sus deseos…

Bueno, uno de los dos debía dominar esos deseos, así que fue Gabriel quien se retiró de ella tomando grandes bocanadas de aire. Patricia sintió la vergüenza de su proceder.

—Yo quería besarte, Patricia—le dijo él al notar su vergüenza—y fue un beso maravilloso.

Incapaz de hablar, Patricia sólo asintió. No quería pensar mucho en eso de que fue un beso maravilloso, porque  de veras había sido maravilloso y lo que era peor, deseaba repetirlo. Muy confundida por el deseo, miró a Gabriel. La piel dorada de su rostro lucía ruborizada, lo que le daba un cierto toque de inocencia.

— ¿Sabes, Gabriel?—dijo ella con voz enronquecida—No sé tú, pero me voy. No quiero volver a clases.

—Yo estaba pensando en lo mismo—dijo Gabriel con media sonrisa—Te invito a dar la vuelta por allí. Vamos a pasear a algún parque y luego a comer. ¿Te parece?

Se fueron y pasaron una tarde muy divertida. Los dos procuraron no hablar del beso, ni de nada que pudiera hacerlos caer en la tentación, aún cuando entre ellos podía sentirse una fuerte atracción física, aunque poco a poco, fueron descubriendo que esta atracción iba más allá de lo físico. Al paso de los días, sus sentimientos comenzaron a potenciarse a medida que se conocían mejor. Esto preocupó a Patricia. Se suponía que ella estaba enamorada de Gerardo, pero lo que comenzaba a sentir por Gabriel era algo muy diferente, además, debía evitar a toda costa enamorarse de Gabriel. En sus planes no entraba ese sentimiento que lo único que haría, sería hacerla débil y ella no quería ser débil, quería llevar su venganza hasta el fin.

Estos sentimientos encontrados la tenían muy mal humorada, así que un sábado por la noche, cuando ya estaba en su habitación después de un pesado día de limpieza en la casa Velar, sus gritos rompieron la paz nocturna:

—¿Cómo que mañana los Velar tienen fiesta? ¡Me niego a trabajar mañana! ¡Es domingo! ¿Por qué nos ponen a trabajar en domingo? ¡Me importa poco si tienen fiesta o no! ¡No pienso trabajar!

Imelda suspiró consternada. Miró con reproche a su hija y dijo:

—Patricia, por favor. No te pongas así. Podrás descansar en la mañana. Yo me ocupo de hacer la mayor parte de los preparativos por la mañana y tú me ayudas con los últimos detalles en la tarde, ¿te parece?

Patricia miró molesta a Imelda, sin embargo, la culpa la conmovió y suspirando con resignación, dijo:

—No, mamá. No voy a dejarte con todo el trabajo a ti sola. Yo quería todo el día de mañana para estudiar, sabes que el lunes tengo el examen de enlace a la universidad. ¡Malditos patrones! ¡No entiendo como si tienen tanto dinero, no emplean a más sirvientas para que nos ayuden! Tú eres la que hace casi todo en esa casa  ¡Un rayo los parta!

—Patricia…

—Lo siento, mamá. Sé que no te gusta escucharme hablar así, pero… ¡Diantres! ¡Los odio a todos ellos! Te prometo, mamá, que si un día yo tengo la oportunidad de vengarme, lo haré.

—Patricia, hija. No es que no hayan querido emplear a alguien más para que nos ayude en el trabajo. Sabes que si se emplea a alguien más, entonces nos pagarían menos y lo que nos pagan apenas sí cubre el costo de tus estudios, estudios que por cierto deseo que aproveches, pues parece que tu lengua mal educada empeora cada día más. No te he mandado a las mejores escuelas para que te comportes y hables así.

—Lo siento, mamá, tienes razón. Debo comportarme como toda una señorita de sociedad, aunque vista un espantoso uniforme que me identifica como la sirvienta. ¡Maldito uniforme! ¡Lo odio!

—Bueno, pues—suspiró derrotada Imelda—vamos a dormir. Tú no tienes remedio.

Al parecer, no. Al día siguiente, ya por la tarde, después de haberle dado otra buena limpia a la casa grande, Patricia, de pie ante el espejo, se miraba con el ceño fruncido y sus negrísimos ojos relampaguearon de ira. A su ama se le había ocurrido que para atender a los invitados en la fiesta, debían usar un uniforme negro y unos zapatos tipo zapatillas. ¿Quién soportaría unos zapatos así cuando se trataba de atender a cien invitados exigentes que las traerían de acá para allá, llevándoles bocadillos y trayéndoles bebidas, además de andar limpiando cualquier cosa que esos desconsiderados desparramaran por el piso? Y por si eso fuera poco, los invitados podían sentarse, ellas no, y como serían solo ellas dos las que los atendieran, no pararían en toda la noche. ¡Malditos!

— ¡Un rayo los parta!—exclamó por último antes de salir de la habitación para dirigirse a la puerta principal de la casa Velar y postrarse ahí para recibir a los invitados, tomarles sus abrigos, o cualquier pobre animal que pasaba como abrigo, porque eso sí, muchos de esos invitados se enorgullecían en lucir costosos abrigos fabricados con esos exóticos animalitos que no tenían la culpa de gustar tanto entre esta gente desalmada. Después de recibir a los animalitos, es decir, los abrigos, y bueno, también a los otros animales, porque más animales eran los invitados, debía hacerlos pasar hasta donde estaban sus patrones esperando para darles la bienvenida.

Después de recibir a varias familias de la mejor alcurnia, o eso creían ellos,  que eran de la mejor ralea, pasó a recibir a la más especial para ella. La familia Herrera. Doblemente especial. Primero, porque su corazón saltó al mirar a Gabriel, quien se veía muy atractivo y refinado adentro de su traje de etiqueta negro, lo que lo hacía parecer más bronceado y sus risueños ojos azules le dijeron muchas cosas agradables al mirarla. Ya conocía bien esa noble mirada. El no traía abrigo a pesar del frío que comenzaba a sentirse afuera. Quizás no lo traía porque vivía enfrente y en la casa no hacía frío. Sin embargo, Ben y Cat, así como Gemma, si traían sus abrigos y fue Ben quien tomó los abrigos de ellas para después lanzárselos a Patricia con desagradable violencia al momento de decirle con desprecio:

— ¡Hasta que veo que ocupas el lugar que te corresponde, muchacha!

Capítulo 7

Patricia retiró los abrigos que habían caído sobre su cabeza. Esa era la segunda razón de por qué para ella esta familia era doblemente especial. Cada vez que veía a Benjamín Herrera, cobraba fuerza su deseo de venganza. Lanzándole una mirada de odio, estuvo a punto de replicar, pero no fue necesario. Gabriel, plantándose a su lado, dijo con voz fría:

—Se llama Patricia, papá y te pido que la trates con respeto. ¡No tienes derecho de tratarla con este desprecio!

El desprecio en el semblante de Ben, se tornó en asombro. No podía creer lo que había escuchado por parte de su hijo y menos podía creer que se atreviera a hablarle así delante de otras personas. ¿Desde cuando Gabriel se atrevía siquiera a mirarlo de frente con esa actitud de desafío? ¡Mucho menos a hablarle de esa manera! Miró a Gabriel y luego a Patricia para finalmente detener la airada mirada en su hijo. Entre dientes le hizo saber:

—Hablaremos de esto en casa. Ahora, vamos con los anfitriones.

Conteniendo su ira, Ben mostró una hipócrita sonrisa cuando se dirigió a la familia Velar, pero se dio cuenta que Gabriel no los siguió, contraviniendo así su orden. Se había quedado con Patricia. De reojo miró como su hijo sacó del interior del esmoquin, un par de flores, un clavel rojo y un tulipán rojo, engarzados uno con el otro y se lo dio a Patricia, quien con una brillante sonrisa las recibió, mirando a Gabriel… ¿enamorada? Ben apretó las manos. ¿Qué era todo esto? Miró en torno y enrojeció por el aumento de la ira, ahora aunada la vergüenza y la humillación. Muchos invitados habían notado ese gesto de galantería por parte de su hijo hacia la sirvienta. Imaginó los comentarios que circularían entre sus amigos y socios. Un Herrera galanteando a la sirvienta de los Velar. Sus sentimientos lo cegaron y pensó en matar a su hijo en cuanto regresaran a casa. Por ahora, debía soportar la vergüenza del humillante espectáculo y poner su fingida e hipócrita sonrisa de: “no pasa nada”.

— ¿Puedes hacerme un favor?—le preguntó Gabriel a Patricia, quien apretando con suavidad las flores contra su pecho, asintió sorprendida—quiero que investigues el significado de estas flores. ¿Lo harás?

Ella volvió a asentir y él entonces, con una gran sonrisa, se despidió de ella para ir a reunirse con los Velar y agradecerles por la invitación a la fiesta.

— ¿Qué fue todo eso, Herrera?—le preguntó Gerardo, apartándolo un poco.

Gabriel había notado su mirada de ira, y no sólo la de él, sino también la de Ben, pero estaba en una etapa de que no le importaba nada lo que pensaran de él y Patricia. Ni su familia, ni los Velar, ni los invitados— ¿Flores para la sirvienta? ¿No te da vergüenza? Todo el mundo lo ha visto. Lo que tú hiciste es una humillación, no sólo para tu familia, sino para mi familia, para mí y demás invitados.

El tono despreciativo de Gerardo divirtió un poco a Gabriel. Mirándolo con atención, le preguntó:

— ¿Por qué es una humillación para otros mostrarle aprecio a una persona? ¿No es ella una persona con sentimientos, deseos, pensamientos e ilusiones, como lo somos nosotros? ¿Acaso nosotros no sentimos, no tenemos deseos, ni pensamientos, ni ilusiones? ¿Qué somos entonces?

— ¡No me refiero a nosotros!—masculló Gerardo— ¡Me refiero a ella! ¡Es la sirvienta! ¡Es inferior a nosotros!

No pudo controlarse, Gabriel rio a carcajadas al escucharlo. Sin dejar de reír, preguntó:

— ¿Inferior dices? ¿Inferior, según quién?—colocó sus manos en los hombros de Gerardo y mirándolo risueño y divertido, discursó—vaya, compañero. No se quién, si tus padres, tu hermano, o tus amigos, o quizás el ambiente en el que creciste, te ha lavado el cerebro y te ha hecho creer que eres superior a otro cualquiera. Mírate, Gerardo. Mira a tu alrededor. ¿Qué ves? Personas. Quítales a todas lo que visten y, ¿qué queda? Lo mismo en todas ellas. ¿Cuál es la diferencia? ¿El dinero? ¿La posición social? ¿Las joyas? ¿La alta costura? ¿Los modales hipócritas? ¿Qué? Lo que cuenta, mi amigo, es lo que hay debajo de toda esa mencionada basura. Eso es todo.

Gerardo lo miró sin poder creer lo que escuchaba. Rescató sus hombros de las manos del rubio y alejándose un poco de él, le dijo:

—Ella es la que te ha lavado el cerebro. Pobre de ti. Serás despreciado por todos. Ella sólo te está utilizando para salir de la vida que tiene. Es ambiciosa y trepará sobre ti para escalar a una mejor posición. Intentó hacerlo con mi hermano y conmigo.

Gabriel dejó la sonrisa. Su mirada azul oscureció de recelo. Miró a Gerardo con desprecio y su voz se enfrió al decir:

—No tomaré en serio esas palabras, Gerardo. Habla tu cobardía. Tú sientes algo por ella, pero tienes miedo de lo que dirán tus padres, tus amigos y tus conocidos. ¡Cobarde!

— ¿A quien llamas cobarde, cobarde?—gritó Gerardo, herido en su amor propio—ahora te muestro quien es realmente el cobarde.

No pudo demostrárselo porque los padres de ambos, que habían observado la actitud extraña de sus hijos, se acercaron rápidamente a ellos cuando miraron a Gerardo haciendo el intento de sacarse la parte superior del esmoquin que lucía.  La madre de Gerardo ordenó que la orquesta que habían contratado para el baile, comenzara a tocar, invitando así a varios invitados a abrir el baile y desviando la atención de los jóvenes.

—Esto no quedará así—le advirtió por último Gerardo.

—Cuando quieras—respondió Gabriel retirándose de allí, muy irritado. No soportaba que nadie hablara así de Patricia. Se calmó dando vueltas por todo el salón de baile, el cual era inmenso y además, brillaba por una rigurosa higiene. La irritación volvió transformándose en ira. Seguramente Patricia había invertido muchas horas de trabajo en este hermoso salón.

—Gabriel.

El joven se volvió a mirar a su padre, que acompañado de un hombre y una jovencita como de su edad, venían hacia él.

—Mira, quiero que conozcas a uno de los socios de la corporación Herrera. Jacob Marín y su hija, Rosa.

La joven, muy bonita por cierto, hizo una reverencia y Gabriel asintió, aceptando su saludo. Tomó la mano del señor Marín y dejó que este apretara la suya con una fuerza tal, que le dolió su mano. Después de las presentaciones, Ben le dijo:

—Quiero que te quedes con Rosa. Su padre y yo tenemos un asunto que tratar.

— ¿Por qué no se queda con Gemma?—preguntó Gabriel aburrido. Su padre le lanzó una mirada de advertencia, como diciéndole que no soportaría más mal comportamiento de su parte, pero a Gabriel pareció no importarle, pues continuó—de seguro ella se sentirá más a gusto con mamá y Gemma.

—Con Gemma no puede bailar, así que anda—Ben controló la ira en su voz—sácala a bailar—Gabriel lo estaba avergonzado delante de su socio.

Rosa estaba muy ruborizada. Se había dado cuenta de inmediato que no era de la simpatía del rubio, así que balbuceando, dijo:

—Por favor, si no quiere bailar conmigo, yo entiendo. Tampoco me importaría quedarme con su hija y esposa, señor.

—Está bien, no importa—dijo Gabriel, dándose cuenta de que estaba lastimando los sentimientos de la joven—ven, bailemos.

La tomó de la mano para conducirla a la pista de baile, deseando que esta joven de hermoso cabello castaño claro y lindos ojos color café oscuro, fuera Patricia. La buscó con la mirada y la encontró ofreciendo bebidas a los invitados. Su rostro tenía un ligero gesto de dolor. Deseó correr a su lado para investigar a qué se debía ese gesto.

—Yo te he visto en el instituto—le dijo Rosa con voz suave—te veo todos los días.

El desvió su atención de Patricia para mirar a Rosa. Sí, él también creía haberla visto, pero como no compartían materias, estaban en salones separados.

Desde su lugar de servicio, Patricia miró a Gabriel bailar con Rosa, una de sus compañeras del instituto. En los años de estudio allí, no habían cruzado más de tres palabras. Su corazón palpitó dolorosamente cuando vio la bonita pareja que hacían. De seguro, Ben sí aprobaría su relación ¿Era ese el plan de Ben? ¿Qué Gabriel se enamorara de Rosa para que se olvidara de ella? ¿Ya sabía Ben lo que su hijo sentía por ella? Se le amargó la noche, no sólo por observar lo bien que bailaba Gabriel en brazos de esa chica, sino porque ella deseó ser esa chica. Deseó en ese momento estar en los fuertes brazos de Gabriel y al compás de la hermosa música que la orquesta tocaba, hacer de esa noche, una noche especial, una noche para ellos dos, pero ella solo era la sirvienta y además, los zapatos la estaban matando.

El anuncio de que la cena estaba lista, la distrajo de sus tristes pensamientos. Las próximas dos horas las pasó muy ocupada, entrando y saliendo de la cocina, llevando al gran comedor, bandejas llenas de ricos manjares que fueron devorados por los hambrientos invitados. Después de la cena, mientras los invitados volvían al salón para continuar con el baile, los chismes y las críticas, Patricia se quedó en el comedor levantado todo el desorden. Imelda se encargó de limpiar la cocina, ayudándole a la cocinera, pues lo único que Imelda no hacía era cocinar, y la cocinera lo único que no hacía, era limpiar, así que para cuando las dos terminaron de limpiar, era muy tarde ya y aún podía escucharse la fiesta en el salón.

Patricia se dejó caer en una de las sillas de uno de los largos y anchos comedores, había tres, y se quitó los zapatos para masajear sus cansados pies. Estos la estaban matando desde hacía horas. Apenas sí podía sostenerse en ellos.

—Patricia—le dijo Imelda entrando al comedor—Ve a descansar. Mañana tienes ese examen. Yo me encargo de hacerles llegar cualquier cosa que los pocos invitados que quedan, necesiten.

Patricia miró agradecida a su madre, aunque la culpabilidad la invadió. Su madre se veía muy agotada. ¿Cómo dejarla sola? Además, al día siguiente habría mucho trabajo. Después de una fiesta, el trabajo se incrementaba.

—Mamá. Solo déjame ir a cambiar mis zapatos y vuelvo, no quiero dejarte sola con todo esto. Aún falta un buen rato para que te vayas a la cama.

—Pero, hija…

Patricia se levantó de la silla diciendo:

—No se diga más. Vuelvo enseguida.

Salió del salón y luego de la casa para introducirse en el jardín, el que en partes estaba oscuro, pues la luz artificial de las lámparas no podía alumbrarlo todo. Estaba pasando cerca de una de esas áreas en penumbras cuando escuchó de allí, un ruido que la asustó. Se volvió y gritó:

— ¿Quién está ahí?

Una alta silueta se dejó ver al salir de las sombras.

— ¡David!—balbuceó Patricia, sintiendo un poco de miedo.

El se acercó a ella,  demasiado cerca. Su mirada oscura la recorrió de arriba abajo y habló arrastrando las palabras, lo que indicó que estaba ebrio:

— ¿Te dije lo bonita que te ves con ese uniforme?

Patricia retrocedió, pero él la tomó por el brazo evitando que se alejara más. La acercó a sí para… para…

Ni siquiera David sabía para qué había hecho eso. Lo único que sabía, era que ella estaba muy hermosa y que cada vez le gustaba más.

¡Oh, no! Estaba bastante ebrio. ¿Cómo que le gustaba más? Ella no era su tipo.

—No—le dijo moviéndose de un lado para otro por el efecto del licor—tú no eres mi tipo, no obstante… te encuentro cada día más irresistible, dime, ¿a mí sí me darías un beso?

Y se inclinó para robarle un beso, pero menos mal que siempre estaba detrás de ella su salvador. Gabriel, como lo hizo con Gerardo, se metió en medio de ellos y arrugó la nariz cuando el aliento alcohólico de David lo golpeó de lleno en pleno rostro.

—Vamos, David—le dijo Gabriel con voz apaciguadora— ¿Por qué no te vas a la cama? A penas si te puedes sostener en pie. ¿Quieres que te ayude a llegar a tu habitación?

David rió con fuerza. Soltó a Patricia y retrocediendo, se marchó tambaleante, diciendo:

—No, muchachito, tú no me ayudas a nada, es más, no me sirves para nada, pero ella… ella  se ha puesto muy hermosa, me deslumbra su hermosura, su encanto.

Ya no lo escucharon. Patricia se abrazó a si misma cuando se estremeció, no solo de frío, sino de miedo. De veras se había asustado. De pronto pensó que David la atacaría y la forzaría.

—Tranquila—murmuró Gabriel abrazándola con ternura—ya pasó. No te hará daño.

Ella se sujetó con fuerza de la solapa del esmoquin y colocando la cabeza en su pecho, se dejó consolar, pero de pronto, unas manos le arrebataron la seguridad de sus brazos. Asombrada, miró como Gerardo arrojaba con ira mal controlada a Gabriel, quien tomado también por sorpresa, fue a dar con toda su humanidad al suelo.

— ¡Te lo advertí, Gabriel!—siseó Gerardo rabioso—te dije que no se quedaría así, ¡levántate y pelea!

Gabriel se incorporó lentamente, midiendo a su oponente con la mirada. Con una tranquilidad sorprendente, tomó el moño que acompañaba el esmoquin para sacarlo del cuello, al igual que la parte superior de éste. Lo mismo hizo Gerardo y Patricia, bastante preocupada, habló fuertemente:

—Chicos, por favor. No peleen.

Pero los dos la ignoraron. Parecían fieras defendiendo su supremacía, luchando por la hembra. El pensamiento humilló a Patricia.

—Déjalos, preciosa—escuchó a su espalda—Déjalos que se maten, así serás para mí solito.

Patricia se volvió a mirar a David y su irritación creció. Ya lo creía soñando con los angelitos. Se apartó cuando David se acercó a ella, en ese afanoso intento de robarle el beso.

—Ven, no huyas. Tienes que regalarme ese beso. Solo uno, no pido más.

Un fuerte golpe con un puño en la mejilla, lo lanzó al suelo. David miró a su agresor desde abajo y se levantó, sacudiéndose el traje con las manos, como si pudiera ver las briznas de pasto que se habían adherido a la tela.

—Gerardo, Gerardo—dijo David, sonriendo de medio lado—No esperaba esto de ti.
 

Capítulo 8

—El único beso que ella va a dar, será mío, David, así que aléjate de ella.

—Tú también aléjate de ella, Gerardo—dijo Gabriel, quien permanecía en guardia esperando el ataque de cualquiera de los dos hermanos.

—Hermanito—dijo David—creo que el que más sale sobrando, es este rubio metiche. Desde que llegó, Patricia ha cambiado, ¿lo has notado? Ya no es sólo para nosotros dos, ahora tenemos que compartirla con él.

— ¡A mí nadie me comparte, cretino!—gritó Patricia ofendida—¡No soy un objeto que tengan que estar compartiendo!

—Yo más bien pienso que David te la quiere quitar, Gerardo—dijo Gabriel con aparente indiferencia—Al principio los dos jugaban con ella, pero ¿notaste? Ahora quiere jugar él solo. Ya le estorbas.

Gerardo miró con ira a David. Su voz seca se escuchó:

—Es verdad. Escuché con mis propios oídos cuando dijiste, “deja que se maten” y, “serás para mi solito”. Gabriel tiene razón, ¡me has traicionado, hermano!

Se lanzó contra David, pero el mayor, aún cuando apenas podía sostenerse en pie por la embriaguez, fue haciéndose hacia atrás, moviendo con rapidez la cabeza de un lado a otro, eludiendo así los golpes que Gerardo le lanzaba con los puños. El sonido que producía cada lanzamiento del golpe en el aire, mostraba que iba con todo su poder, por ello, cuando Gerardo lo alcanzó con un golpe en plena boca, David fue arrojado con fuerza al suelo, cayendo boca arriba. El mayor de los hermanos se sentó y sonriendo de manera siniestra, escupió la sangre que pudo probar. El sabor de su propia sangre se mezcló con el sabor a vino que llenaba su boca.

—Mmmm—murmuró, saboreando la sangre—. No sabe tan mal.

A continuación, se levantó con agilidad y utilizando esa misma agilidad, ahora fue él quien se lanzo contra Gerardo. El menor retrocedió siguiendo la misma técnica que David había utilizado momentos antes para evadir los golpes, sin embargo, la rapidez de David con el ataque fue superior a la suya y no sólo recibió el puñetazo de su hermano en la nariz, sino que después del puñetazo, recibió una poderosa patada en el estómago que lo lanzó por el aire, permitiéndole aterrizar en el suelo, también boca arriba.

Ahora fue su turno sentarse y probar su sangre, la que goteaba desde su nariz, pasando por sus labios.

—No tienes razón—le dijo a David, mirándolo desde el suelo con mirada hostil—. La sangre sabe horrible. ¡Esto no te lo perdonaré!

Mientras Gerardo se levantaba y enfrentaba furioso a David, Gabriel aprovechó para, muy despistadamente, acercarse a Patricia y ponerse a su lado.

—Vamos, Patricia—le susurró en el oído y el suave aroma de ella que le llegó desde su persona, distrajo su atención de la pelea y en lo único en lo que se complació, fue en ese agradable aroma que embriagaron sus sentidos—. Larguémonos de aquí. Déjalos que se maten, así te libras de una vez por todas de sus abusos y…

Un par de patadas sorpresivas en la espalda, lo interrumpieron. Fueron tan dolorosas, que el pobre rubio lanzó un fuerte gemido de dolor al momento de irse hacia adelante y caer de bruces contra unos rosales. Gritó cuando sus manos se clavaron en las espinas. Sintiendo como la ira comenzaba a circular por todo su ser, se levantó del rosal sin darle importancia a las gotas de sangre que salieron de las pequeñas heridas causadas por las espinas y se enfrentó a  los hermanos. Los muy ventajosos habían utilizado muy bien sus pies para golpearlo, pues la espalda le palpitaba de dolor.

— ¡Qué cobardes!—gritó Gabriel con ira—¡Casi me rompen las vértebras!

Los tres en guardia, se observaron entre sí, mirando lo poco que la luz de las lámparas les permitía apreciar de cada oponente.

—Yo opino que acabemos con él, Gerardo—dijo David, sin perder de vista a Gabriel—Patricia siempre ha sido nuestra, él no tiene por qué venir a quitárnosla. Es nuestra.

— ¡Te equivocas, David!—gritó Patricia bastante mortificada al escucharlo— ¡Nunca he sido de ustedes! ¿Por quién me han tomado? ¡No soy una muñeca!

— ¡Eres nuestra muñeca, Patricia!—gritó Gerardo, concentrado en cualquier movimiento que Gabriel pudiera hacer, por ello, no miró a la joven—. Tienes razón, David. Terminemos con este ladrón de corazones.

David sonrió satisfecho. Aún tenía mucho poder sobre su hermano menor. Aún podía manipular su mente. Ya después se encargaría de él. Ahora lo importante era sacar de en medio a ese rubio galante que les estaba robando el corazón de su Patricia. De manera discreta, llevaba días observando a la joven y había descubierto que su actitud, su mirada, su sonrisa y su semblante, cambiaban por completo cuando veía, o estaba con Gabriel. Eso, por algún motivo, le había dolido, pero su orgullo, su grande y terrible orgullo, había sepultado ese dolor. Si antes la acosaba por pura diversión, ahora lo hacía por… ¡Esa era la incógnita! Se sentía confundido y eso lo ponía de mal humor, por eso deseaba exterminar al rubio y a su hermano y a cualquiera que mirara a Patricia, así que a una orden suya, él y Gerardo se fueron contra Gabriel, quien retrocedió hábilmente, rechazando los golpes que David y Gerardo le dirigieron con los puños, utilizando los brazos como barrera para protegerse y moviéndose con rapidez, pero a pesar de su habilidad en la defensa, no pudo rechazarlos todos. En una de esas, el puño de David se clavó en su costado derecho mientras el puño de Gerardo lograba darle de lleno en la mandíbula, del lado izquierdo. Gabriel se dobló de dolor descuidando la defensa, por lo que los Velar, utilizando ahora los pies, le propinaron un par de patadas que lo lanzaron al pasto, donde quedó todo adolorido, sintiendo el peso de los últimos dos golpes, en pecho y estómago. Esos Velar sí que sabían usar los brazos y piernas, sin embargo aún faltaba mucho para que lo sacaran de en medio, porque no se daría por vencido. Patricia los miraba y sintió su afligida mirada sobre él.

Y en medio del dolor, una pregunta surgió en su mente. ¿Patricia lo estaba mirando como a un bebé? ¿Seguía él siendo para ella, un bebecito? ¡No! ¡Él no era un bebecito! Era un hombre que le demostraría que podía sentirse protegida, estando con él. Así que en el nombre del amor, se levantó y con ira controlada, aparentando una serenidad admirable, se enfrentó a los Velar con valor. La presencia de Patricia y el deseo enorme de que ella lo viera como a un gran hombre, lo impulsó a ir contra los hermanos, que recibieron ahora la agresión de los golpes de él. Gabriel utilizó de manera sorprendente los puños y los pies, logrando dar una fuerte patada a David en el pecho y un buen puñetazo a Gerardo en la mejilla. David cayó al suelo, pero Gerardo sólo se tambaleó sin llegar a caer.

David se levantó aspirando profundamente para jalar el aire que Gabriel le había robado con el golpe. Una vez más, los tres quedaron en guardia, mirándose entre sí, midiéndose, planeando el próximo ataque.

Ataque que llevó a cabo David, quien precipitándose contra Gabriel, lo atacó nuevamente con los puños, sin darse cuenta que había subestimado a su hermano, porque pronto, sólo él y Gabriel peleaban, pues Gerardo, manifestando una inteligencia innata, fue a acorralar a Patricia contra un árbol.

—Vamos, Paty—le dijo en voz baja—. Vámonos tú y yo y dejemos a estos dos. Te prometo que me portaré bien contigo.

Lo cual no era cierto, porque no dejó su empeño de robarle el beso. Inclinó su cabeza hacia ella para tomar sus labios con los suyos. Quizás por fin hoy…

Quizás nada. Un puñetazo en la mejilla por parte de Gabriel, lo lanzó de lado y otro puñetazo en la otra mejilla, ahora de David, lo regresó al mismo lugar. Patricia, ya con un amargo sabor de boca y con los ojos llenos de espanto, se escapó del asedio de los Velar y corrió a esconderse detrás de unos arbustos, pero luego recapacitando, lo que debió de haber hecho desde un principio, corrió a su habitación, la que ya no estaba lejos. Se metió en ella y cerró la puerta con seguro.

Temblaba por lo sucedido. Llevándose las manos al pecho, sintió latir su acelerado corazón. Había sido una tonta por no haber actuado así cuando comenzó la pelea, pero la preocupación por Gabriel la había mantenido sin reaccionar. ¿Cómo dejarlo solo en manos de esos ventajosos hermanos? Al principio, pensó que lo harían papilla, pero Gabriel demostró ser un gran peleador. Se sintió orgullosa de él y por ello, una vez que recapacitó, pensó que su presencia motivaba a los Velar a la violencia. Tal vez si ella ya no estaba presente, esta espantosa pelea pronto terminara, aunque lo dudó. Hasta la habitación podían oírse los golpes, gemidos y maldiciones de los tres. Unos ligeros golpes en la puerta la asustaron. Con voz tenue y algo temblorosa, preguntó:

— ¿Quién es?

—Soy Julio, Patricia. ¿Escuchas ese alboroto?

—Lo escucho, tío—respondió ella sin abrir la puerta—. Creo que se están peleando. ¿Por qué no vas a ver qué sucede?

—No sé. Escucho las voces de los jóvenes Velar. ¿Qué tal si me reprenden por meterme en sus asuntos? Sabes que tenemos prohibido hacerlo.

—Pero tío—suplicó Patricia, deseosa de que Julio fuera a ayudar a Gabriel—¿Qué tal si están matando a alguien?

Las carcajadas de Julio al escucharla, la irritaron. Se recargó en la puerta y gritó enfadada:

— ¡Qué no es broma tío! ¡Me parece que los Velar están matando al vecino!

— ¿Estás segura de eso? ¿Tú cómo sabes?

—Cuando venía, los vi a los tres y por lo que escucho, creo que así es. ¡Por favor, tío! ¡Nada te cuesta ir a ver! ¡Escucha esos sonidos! ¡Son golpes y quejidos!

—Está bien, no te preocupes. Voy para allá. De cualquier modo, no salgas de aquí.

“Ni loca”, pensó Patricia, mientras escuchaba decir a Julio:

—Que pases buenas noches, hija.

—Buenas noches, tío.

Patricia se retiró de la puerta, se quitó los molestos zapatos y se lanzó en la cama. Se sentía muy cansada. Cerró los ojos y ensordeció sus oídos para no escuchar a los cretinos, sólo los Velar, Gabriel no era cretino, que se peleaban por… No quiso pensar por qué. Era muy bochornoso.

Los cretinos pararon de pelear cuando Gabriel dijo de pronto, limpiándose con la manga de la camisa, la sangre que brotaba de su nariz:

— ¡Aguarden! Yo ya estoy cansado y no hay para cuando terminar, además, por quien peleamos ya no está presente. Y ya que está en la seguridad de su morada, no me interesa continuar.

En realidad, los tres se sentían agotados. Se habían molido a golpes y como había dicho Gabriel, la cosa iba para largo.

— ¿Cómo así que Patricia ya no está?—preguntó Gerardo mirando a su alrededor—¡Se ha ido!

—Como quieran—dijo David, mirando también en torno para buscar a la chica que tenía la culpa de sus confusos sentimientos, a la vez que se acomodaba el esmoquin que no se había quitado para pelear. Después de eso, se sacudió otra vez con las manos las briznitas de pasto y terminó con voz aburrida—. De cualquier modo, me estoy muriendo de sed. Me parece mejor dejar esto para otra ocasión.

—A mí me parece que la resaca te está llegando, hermano—dijo Gerardo burlón, actuando como si nada hubiera pasado.

— ¿Quieres que aquí le dejemos o le continuamos, hermanito?—habló con sequedad David, irritado por el tono burlón del menor. Y es que Gerardo tenía razón. Comenzaba a sentir la fuerte resaca y su cabeza palpitante estaba a punto de ser atacada por un terrible dolor. El esfuerzo físico de la pelea había apresurado los síntomas de la resaca. Ahora lo único que quería, era ir a dormir.

—No dije nada. Dejemos esto para después—Concluyó Gerardo, quien sintiendo palpitar el rostro por los golpes, lo único que quería era ir a tomar un par de aspirinas. La nariz le palpitaba dolorosamente, además del resto del cuerpo. Lo que era malo, porque dentro de poco, tenía que ir a la preparatoria. Tenían el examen de enlace.

En eso mismo estaba pensando Gabriel, quien tomando la parte del esmoquin que se había quitado, se la echó sobre un hombro y dijo:

—Entonces, cuando quieran le continuamos. Lo único que les digo es que no voy a renunciar a Patricia. Gerardo, tú tuviste la oportunidad de tenerla, me di cuenta de los sentimientos de ella por ti, ahora esa oportunidad la has perdido. David, francamente, amigo, tú ni oportunidad tuviste.

Las miradas de los tres se cruzaron, desafiantes. Sabían que no terminaba aquí. Uno de los tres conseguiría  el amor de Patricia. Ese amor que de pronto, confundía a los Velar. Ese amor que, cuando menos, Gerardo pudo haber tenido. Quizás Gabriel tuviera razón. Ya habían perdido su oportunidad.

—Bien—dijeron los tres al unísono, luego también—buenas noches.

Así por hoy, terminó la diferencia entre ellos. Diferentes emociones sentían los tres. David, atormentado por las palabras de Gabriel, sentíase muy triste. Gerardo sentía más que nada, ira contra él mismo. ¿Cómo se había atrevido a jugar con los sentimientos de Patricia? Gabriel en cambio, sentía un amor limpio, sincero y pleno por esa chica de mirada linda. En ese momento, Julio se alejó de ellos. Los había observado algunos minutos y como no había necesitado intervenir en la pelea, se regresó a su habitación, murmurando:

—Patricia, Patricia, ¿en qué lío te has metido ahora?

Paty, que finalmente podía estar tranquila porque ya no escuchaba el escándalo en el jardín, tomó su laptop y con ella en las piernas, sentada en la cama, entró al internet  e investigó el significado de las flores que Gabriel le había dado. Un tulipán rojo y un clavel rojo.

Su rostro enrojeció de emoción al leer el significado. El clavel rojo significaba, “corazón que suspira” y el tulipán rojo, “declaración de amor”. Sintiendo que su corazón golpeaba dentro de su pecho, pero ahora de ilusión, se llevó las manos a la boca para no gritar de alegría, incluso tuvo que reprimir el deseo de saltar sobre la cama porque en ese momento, llegó su madre.

Capítulo 9

Mientras ella sepultaba el enorme deseo de gritar y saltar por el júbilo obtenido gracias al significado de las flores, Gabriel era esperado en  casa por su furioso padre. Al abrirse la puerta, un par de minutos después de dejar la mansión de los Velar, Ben introdujo al joven rubio con violencia, sin poder seguir controlando su ira. Cat y Gemma presenciaron esto, primero sorprendidas y después asustadas. Nunca habían visto tan descontrolado a Ben.

— ¿Quieres explicarme qué significa el espectáculo que montaste con la sirvientita esa?—gritó Ben con el rostro transformado por la ira —¡Me has puesto en ridículo!

Tomado por sorpresa, Gabriel se había ido de bruces cayendo al suelo. Ben se acercó a él y le propinó una patada en el vientre al momento de decir con voz también transformada, casi ahogada por la furia:

—¡No sólo me avergonzaste, sino que además, te atreviste a contradecirme en todo! —Y le dio otra patada, ahora en las costillas del lado derecho, sin importarle que  su hijo ya estaba bastante golpeado y que su rostro se veía algo desfigurado por la inflamación a causa del ataque de los Velar.

— ¡Ben! —Gritó Cat acercándose al hombre para tratar de detenerlo, pero Ben, levantando el brazo, la arrojó sin dificultad, apartándola de él —¡Por favor, Ben! —Sollozó la esposa, pegándose a la pared del pasillo, que era donde estaban, temerosa de volver a interceder por su hijo —¡Detente, por favor!

— ¡Papá! —Pidió Gemma, con voz ahogada por el llanto —¡Detente, ya!

—Además de eso—dijo Ben, sin dejar de dar patadas a Gabriel, quien trataba de protegerse lo mejor que podía, encorvando su cuerpo y utilizando sus brazos como escudo—, te atreves a faltarle al respeto al matrimonio Velar, golpeando a sus hijos ¿Crees que no nos dimos cuenta de lo que sucedió entre ustedes? ¿Fue por ella? ¿Te liaste a golpes con los Velar por esa mocosa?

A pesar del dolor provocado por los golpes, Gabriel no lanzó ninguna queja. Soportó el ataque de su padre con un valor admirable. No importaba qué hiciera Ben. No lograría apartarlo de Patricia. Tendría que matarlo para apartarlo de ella. Y tal vez lo hubiera matado en ese momento a golpes, pero su madre, adquiriendo valor al ver el maltrato, volvió a intervenir y arrojándose sobre Gabriel, se puso ante los pies de Ben, sin medir las consecuencias de su heroico acto. Un pie de Ben le dio en la espalda y ella lanzó un grito de dolor, pero no se apartó. Siguió cubriendo a Gabriel, sin embargo, el joven, al sentir el cuerpo protector de su madre sobre él y al sentir caer las lágrimas de ella sobre sus propias manos que utilizaba para cubrirse el rostro, sintió como la furia cobraba fuerza dentro de él. Se puso de pie y ayudó a Cat a levantarse mientras Ben gritaba:

— ¡Apártate, Cat! ¡Apártate o te doy otro!

— ¡A mi madre, no!—Gritó el joven, enfrentándose a Ben y colocando a su madre detrás de él para protegerla— ¡Puedes matarme a mí, si quieres, pero a mi madre y a mi hermana no las golpeas!

Ben se encolerizó más, así que le arrojó un puñetazo a Gabriel, pero él logró esquivarlo sin dejar de cubrir a su madre, mientras Gemma, tapándose la boca con las manos para sofocar el llanto que quería salir en gritos, se retiró de manera prudente de ellos.

— ¿Cómo te atreves a desafiarme así?—inquirió Ben, entre dientes —¡Soy tu padre y me debes respeto!

Acto seguido, le lanzó otro puñetazo. Ahora, Gabriel lo detuvo utilizando sus manos. El puño de Ben se estrelló en una de las palmas del joven, mientras la otra, reforzaba por detrás la mano que utilizó para detener el golpe. Al mismo tiempo, Gabriel replicó:

—Un padre debe ganarse el respeto de sus hijos y tú…

Otro veloz puñetazo lo interrumpió. Esta vez, Gabriel logró bloquearlo colocando sus antebrazos enfrente de su rostro y pecho.

— ¡Eres un mal hijo!—murmuró Ben con voz insultante.

— ¡Y tú, un mal padre!—respondió Gabriel, en el mismo tono de voz.

El feroz puño de Ben le dio en la mandíbula, castigándolo así por sus palabras. Gabriel se estremeció de dolor. Su rostro ya no estaba para recibir más golpes, no obstante, lo soportó a causa de su madre, a la que podía sentir casi pegada en su espalda. Sus quedos sollozos lo conmovieron, al mismo tiempo que un potente sentimiento de odio crecía en su interior por su padre. Jamás le perdonaría que hiciera llorar así a su madre.

— ¡Te odio!—gritó Gabriel— ¡Puedes matarme, pero nunca impedirás que sea yo! ¡No seré como tú quieras! ¡Es mi vida y la viviré como me plazca!

Ben enfrentó la mirada azul. Los ojos de Gabriel reflejaron su firme resolución y la mirada de Ben manifestó la ira que, lejos de disminuir, estaba aumentada al máximo. Los ojos del hombre se entrecerraron mientras evaluaba la situación con inteligencia. Los golpes dados a su hijo, lejos de hacerlo entrar en razón, lo habían hecho más rebelde. Gabriel nunca se hubiera atrevido a comportarse como lo había hecho esta noche y mucho menos gritarle su odio. Comprendió que no lograría someterlo con violencia física. Con fuerza, apretó las manos en un puño para refrenar el impulso de darle más golpes. Debía buscar otra manera. Tal vez… ¡No! ¡Maldita Patricia! ¡Todo era su culpa! El mal comportamiento de su hijo había comenzado desde ese día que reprendió a sus hijos por traer a Patricia de la preparatoria. La rebeldía de Gabriel había comenzado con aquellas palabras que no había podido olvidar:

— “¿Cómo olvidarlo?—le había preguntado Gabriel, enojado, cuando les recordó a sus hijos sobre la educación que les había dado—tú siempre te encargas de que no lo olvidemos. Diriges nuestros pasos, robándonos nuestra propia vida…”

¡Maldita sirvienta! ¡Ojala se muera! ¡Nunca había tenido problemas con sus hijos! Pero desde que apareció ella, todo había cambiado. Estaba haciendo de su hijo, un debilucho y un soñador. Alguien así no servía para quedar al frente de la corporación Herrera y él no estaba dispuesto a renunciar a su sueño de poner a Gabriel al frente de la corporación, así que debía encontrar otro método para recuperar a su hijo. De pronto, una idea brilló en su mente. Sonrió satisfecho. La solución había llegado.

—Harás tus estudios superiores en un instituto militar—le dijo con dureza—En cuanto te gradúes de la preparatoria, te irás de esta casa. Espero que en la milicia, aprendas a ser un verdadero hombre.

Gabriel refrenó el impulso de gritar. ¿Un verdadero hombre? Un verdadero hombre no golpea a una mujer, mucho menos a su esposa. No. No quería ser un verdadero hombre, no desde el punto de vista de su padre. Quería ser él. Gabriel Herrera. Una persona con sentimientos, emociones y deseos. Una persona libre, con un gran potencial de dar y recibir amor. ¿Qué de malo había en eso?

—Vamos, Cat—ordenó por último Ben, sin desviar la mirada de la de su hijo—. Estoy cansado. Vamos a dormir un poco, en unas horas tengo una reunión de negocios muy importante. Gemma, vete a la cama. Quiero una nota alta en el examen de enlace—entrecerró los ojos cuando le dijo a Gabriel—lo mismo espero de ti.

Gabriel se mordió la lengua para no responder. Lo que ahora importaba, era que el castigo había cesado. Miró a Ben darse la media vuelta para marcharse a su habitación. Cat salió de detrás de él y mirándolo con mucha tristeza, murmuró:

—Gracias, hijo.

Gabriel movió la cabeza de un lado para otro, también triste. Deseaba hacer más por su madre. Ella no podía seguir al lado de ese tirano, de hecho, ninguno de ellos debía seguir al lado de él. Sin embargo, no dijo nada. Sabía lo mucho que su madre amaba a su padre y era ese amor el que la inducía a soportarlo. Miró a Cat retirarse por el pasillo, seguida de Gemma, quien había permanecido muda todo el tiempo. No había deseos de decir palabra alguna.

Al quedarse solo, Gabriel sintió unas lágrimas tibias que caían por sus mejillas. Sorprendido, las secó con la mano mientras se dirigía a su habitación. Allí, entró al baño y se dio una ducha. El agua golpeó su lastimado cuerpo, pero no le dio importancia. Asimismo le restó importancia a su rostro cuando, al mirarse en el espejo, éste le devolvió su reflejo. Estaba desconocido hasta para sus propios ojos. Los moretones e inflamación lo desfiguraban, sin embargo, eso no lo detuvo cuando, a la hora de siempre, en compañía de su triste hermana, abordó su auto y se fue a la preparatoria. Al pasar por la parada del camión, se extrañó de no verla esperándolos. Desde la primera vez que la había llevado a la preparatoria, habían acordado que ella los esperaría allí para irse con ellos, pero esta vez, no estaba.

—Te llevo, Gemma—le dijo a su hermana—te dejo en el instituto y regreso por Patricia. Quizás se quedó dormida otra vez. Anoche trabajó en exceso.

Pero no era eso. En ese momento, Imelda deseaba hablar con Patricia.

—Mamá, ¿no puedes esperar a platicar conmigo cuando regrese? Se me hace tarde y Gabriel ya me estará esperando.

Su mirada se volvió soñadora al nombrar el preciado nombre. Aún se sentía flotar de regocijo por el regalo de las flores. Imelda movió la cabeza de un lado para otro, nerviosa, sin notar que la joven estaba algo distraída. Distracción que cedió paso a la preocupación al notar la inquietud de su madre, la que creció más cuando unas lágrimas inundaron los ojos de la mujer mayor.

— ¡Mamá! ¿Qué sucede?

Imelda se aclaró la voz, pero aún así, se escuchó ronca al decir:

—No puedo esperar ni un minuto más, Patricia. Lo que tengo que decirte, fue algo que juré cuando tú llegaste a este mundo, sin embargo, no encontré el momento adecuado para informártelo, así que me prometí decirte esto el día que tú cumplieras dieciocho años. Hoy es ese día y no puedo seguir callando esta verdad por más tiempo, se lo juré a ella y no he cumplido con ese juramento. Yo sé que debo esperar a que hagas ese examen, sé que no debe haber nada que te perturbe, pero hija, no puedo callar más. Un minuto más de silencio es demasiado por la tortura que ha implicado guardar este secreto, pero sobre todo, el no cumplir con el juramento que hice.

—Pero mamá. ¿De qué hablas?  ¿Qué juramento es ese? ¿A qué verdad te refieres? ¿Qué secreto? ¿Tienes cáncer? ¿Estás desahuciada? ¿Vas a morir? ¿Qué es, mamá?

—De una verdad que tú debes saber. Sólo te pido que cuando la sepas, no me odies por no habértelo dicho antes.

Las lágrimas ya eran abundantes y Patricia tuvo dificultad para entenderle por los continuos sollozos que sofocaban o desfiguraban su voz. Muy preocupada, abrazó a Imelda y le dijo, sintiendo como un nudo en la garganta se le atravesaba, amenazando con hacerla llorar también:

—Por favor, mamá. Me preocupas demasiado. Dime lo que tengas que decirme.

Imelda se separó de su abrazo y fue a su tocador. Del fondo del cajón, de debajo de unas prendas de vestir, tomó un collar y lo miró por unos segundos. Limpiándose las lágrimas que caían sobre el collar, se volvió a mirar a Patricia, quien muy sorprendida, observó el collar en las manos de su madre. Manos que temblaron cuando, alzándose hacia Patricia, le dio el collar. La joven lo tomó, también con manos temblorosas. Jamás en su vida había visto un collar tan hermoso. La cadena era de oro engarzada con pequeñitas piedrecitas, semejantes a rubís. De la cadena colgaba un pequeño óvalo también de oro, coronado alrededor con las mismas piedrecillas que la cadena, no obstante, el collar no se veía ostentoso, sino que había sido hecho con una refinación especial, lo que lo hacía bello y agradable a la vista.

— ¡Qué hermoso collar, mamá! —exclamó Patricia, acariciándolo con los dedos de manera delicada, a pesar de sentirse nerviosa — ¿De quién es? ¿Es tuyo? ¿De donde lo sacaste? Nunca te lo había visto.

Sus nerviosos dedos tocaron el pequeñísimo broche que, a un lado y por debajo de una piedrecilla, abría el óvalo. Lo movió a un lado y la parte superior del óvalo saltó abriéndose, formando dos óvalos separados, unidos ahora por finas y pequeñitas bisagras, invisibles a los ojos cuando el óvalo se cerraba.

— ¡Es un porta retratos!—exclamó ahora Patricia, mirando en el interior de un óvalo, la fotografía de una hermosa joven que muy sonriente, la miró. La fotografía tenía el tamaño justo para llenar el óvalo— ¿Quién es, mamá? ¿Quién es esta hermosa mujer? ¿Y por qué este otro óvalo está vació? ¿No debería ir también una foto aquí?

Levantó la mirada para ver a su madre. La palidez de Imelda la asustó.

— ¡Mamá! ¿Qué…?

—Ella es tu madre, Patricia—soltó Imelda, sintiendo como su corazón se partía en pedazos por el dolor. Ella amaba a Patricia y la había criado como si fuera su verdadera hija y esa sensación de sentirse madre, la había privado de hablarle antes de esa verdad —. Esa hermosa mujer es tu verdadera madre.

— ¿Qué?—los negros ojos se abrieron al máximo por la incredulidad— ¿Qué dices? ¡Mamá, no bromees!

Imelda la miró. Sus ojos nublados por las abundantes lágrimas suplicaron clemencia. Era muy duro para ella revelar esta verdad, pero no podía seguir viviendo en una mentira, además, ella había hecho un juramento en un lecho de muerte.

—No, no es broma. Esa mujer de la fotografía es tu verdadera madre. Hace dieciocho años, tu madre llegó a tocar la puerta de esta casa. Estaba embarazada de ti, a punto de darte a luz. Era una desconocida que necesitaba nuestra ayuda. Julio y yo te trajimos al mundo. Tu madre murió al darte a luz, pero en su último aliento de vida, se quitó este collar que traía y te lo puso, de igual manera, murmuró tu nombre, Patricia y me hizo jurarle que te hablaría de ella.  Me hizo saber que su última voluntad era que tú debías conocer esta verdad. Por eso he sufrido todos estos años al no revelártela.

Patricia no pudo decir nada. Miles de preguntas azotaron su mente, pero no tuvo voz para preguntar. Lo único que hizo fue apretar el collar, como si de este pudieran salir las respuestas a las mudas preguntas que deseaba hacer, que necesitaba hacer.

—Patricia…

—Tengo que irme, mamá. Se me ha hecho muy tarde.

Al escuchar su propia voz, fue lo que le hizo tomar conciencia de que lloraba en abundancia. Las lágrimas brotaban sin control haciendo que temblaran sus delgados hombros por los fuertes sollozos que tampoco podía controlar.

—Nos vemos, mamá… Imelda.

Se dio la vuelta y salió casi corriendo de la habitación. Estaba confundida. No tenía madre. La que creía su madre, no lo era. No tenía ni madre, ni tío. No tenía familia  ¡No tenía nada!

Capítulo 10

Como sonámbula, caminó por la calle sin notar el auto de Gabriel que se acercó a ella.

—Patricia.

Ella no lo escuchó tampoco. Siguió caminando sin detenerse siquiera para cruzar una avenida, más allá de donde acostumbraba esperar el camión. Preocupado, Gabriel detuvo el auto y bajó para seguirla, caminando de prisa. Ahora, Patricia estaba a media avenida y los autos, que por fortuna el semáforo en rojo detenía, no tardarían en pasar veloces por allí, sin embargo, la joven sólo tenía interés en mirar ese bello collar que contenía la foto de su verdadera madre.

— ¿Quién eres?— le preguntó a la fotografía en un murmullo, con voz llena de llanto, observando la sonriente imagen del portarretratos abierto. Pasó el dedo índice por el rostro de la joven mujer y suspiró— ¿De dónde llegaste?

— ¡Patricia!—gritó Gabriel con voz angustiada, sin lograr llegar a su lado— ¡Cuidado!

La voz de Gabriel y el claxon de los autos que venían hacia ella, la sacaron de su ensimismamiento haciéndola actuar con rapidez, así que volviendo sobre sus pasos, corrió hasta Gabriel que, con los ojos bien abiertos, la miraba asustado.

— ¿Qué te pasa?—preguntó el joven, permitiendo que el miedo de verla atropellada, se esfumara y en su lugar, quedó la irritación por la actitud imprudente de ella. La tomó de los hombros y la zarandeó con fuerza— ¡Pudiste morir!

Ella se dejó zarandear sin queja alguna. Lo único que hacía, era llorar y Gabriel, pensando que lloraba por el maltrato que le estaba dando, la abrazó con ternura y le dijo arrepentido:

— ¡Perdóname! ¡No quise maltratarte! Es sólo que… ¡Sentí mucho miedo!

Gabriel la sintió temblar en sus brazos. Necesitada de ese amor, se abrazó a su tórax y apretándose contra él, musitó con voz temblorosa:

—Perdona, no quise asustarte, yo…

Se interrumpió avergonzada y ocultó su rostro en el cuello de él. Gabriel percibió su turbación. La separó un poco y puso su mirada penetrante en la de ella.

— ¿Qué pasa Patricia?—le preguntó con voz ligera.

Ella volvió a ocultar su rostro en el cuello de él, abrazándolo con fuerza. Gabriel sintió la humedad en su hombro por las lágrimas de ella, pero no le importó. Tampoco le concernió que las personas pasaran junto a ellos y les lanzaran miradas de curiosidad. Mucho menos le afectó que estaban muy cerca de su casa, en donde en cualquier momento podían ser divisados por su padre, si es que este volvía pronto de sus negocios, los cuales había ido a atender a primera hora. Algo más que no le interesó, fue darse cuenta que se había pasado la hora de llegar puntuales al instituto y que estaban por perderse el examen que tenían programado para este día y por supuesto, tampoco le incumbió experimentar el dolor de los golpes de la noche anterior, cuando ella lo apretaba con sus brazos.

Lo único importante ahora era ella, porque se dio cuenta que algo muy grave le ocurría y deseó saber qué era, así que volvió a separarla de él. Ella levantó su rostro y las diferentes emociones de su gran pesar fueron canalizadas por Gabriel, quien con voz ronca, pidió:

—Cuéntamelo, Patricia. ¿Qué es?

Ella le mostró el collar. Él lo tomó de sus manos y lo miró con interés.

—Es un collar muy hermoso. ¿Es tuyo?

—Perteneció a mi madre, Gabriel—informó ella, secándose las lágrimas — A mi verdadera madre. Acabo de enterarme que Imelda no es mi madre.

El llanto volvió y con mayor abundancia. Por el momento, Gabriel no pudo decir nada. Sólo volvió a abrazarla mientras ella murmuraba:

—Resulta que no tengo en realidad a nadie, Gabriel. No sé quien fue mi verdadera madre, ella murió al darme a luz. No tengo una verdadera familia. Mi vida es una mentira. Si antes era hija de la sirvienta, ahora no soy ni eso. Soy nadie.

—Patricia, escucha—la interrumpió Gabriel con apacibilidad— ¿Quién te crió? ¿Quién te cuidó de pequeña cuando enfermaste? ¿Quién estuvo a tu lado cuando lo necesitaste? ¿Quién te educó y te enseñó de la vida? ¿Quién te aconsejó y te disciplinó? ¿Quién te ayudó a levantarte cuando caíste? ¡Dime, Patricia! ¿Quién? ¿Quién está allí, a tu lado, apoyándote día y noche? ¿Quién escucha sobre tus alegrías? ¿Sobre tus angustias? ¿Sobre tus preocupaciones? ¿Quién, Patricia? ¿Quién lo hace?

Patricia no necesitó separarse de Gabriel para decir:

—Ese quién es Imelda, mi madre, Gabriel. Y también está a mi lado siempre, Julio.

—Entonces Patricia, ellos son tu familia—le dijo él, separándola para mirarla con profundidad—Nunca pienses lo contrario, porque entonces, sería traicionar los principios que te dieron, la educación que te dieron. Sería traicionarte a ti misma, porque ellos, aunque no son tu familia consanguínea, son tu verdadera familia, porque lo son en los sentidos más importantes, emocional, mental y espiritual. Ahora—continuó el joven, colgando del cuello de ella, el collar—, conserva este collar y debes sentirte afortunada, no todos tenemos el privilegio de saber que tenemos dos mamás.

Con su mano derecha, Patricia tomó el pequeño portarretratos, que ya colgaba de su cuello, y lo apretó con suavidad. Gabriel tenía razón en todo. Suspiró absorbiendo con fuerza para limpiarse la nariz que estaba inundada a causa del llanto. Pensó de pronto en el primer día que conoció a Gabriel. Estaba en igual situación, llorando a más no poder y en ese entonces, pensó que se veía horrible. Justo como ahora. Poco a poco, un intenso sonrojo fue coloreando sus mejillas y él, sin poderlo evitar, pensó:

“¡Oh, Dios, qué hermosa es!”

—Gabriel—musitó ella cuando él la tomó con vehemencia entre sus brazos y la besó con gran pasión. Demostrándole así que no podía vivir sin ella.

—Patricia—murmuró su nombre sobre sus labios—. Patricia, te quiero. No, querer es poco. Te amo. Patricia, cásate conmigo. Este fin de semana.

Temblaba por el beso apasionado, pero sus palabras, su pedimento, la dejaron helada por la incredulidad. No podía creer lo que había escuchado. Lo miró con los ojos turbios por la zozobra que sintió. La mirada de Gabriel brillaba, pero de pasión, de deseo de convertirla en su esposa.

—Es en serio—Le aclaró él con voz ronca—. Quiero que seas mi esposa.

—Pero, pero…

—No quiero escuchar eso de que somos muy jóvenes, la responsabilidad, la universidad y todo eso. Hace un par de meses cumplí los dieciocho años y sé lo que quiero. Quiero que seas mi esposa.

—Pero, Gabriel, yo…

—Mira, Patricia, quiero ser claro. Papá no aprueba nuestra relación y ha decidido que tengo que irme a la milicia en cuanto me gradué. Quiere mandarme lejos, separarme de ti. Por eso, necesito casarme contigo. Ya. Este fin de semana.

La mirada de ella oscureció ahora ante la mención del padre de él. Maldito Ben. No lo dudaba ni poquito que le había ido mal con su padre en cuanto abandonaron la fiesta. Sintió tristeza por Gabriel, por tener un padre como Ben, pero por otro lado, Gabriel le estaba dando en bandeja de plata, la oportunidad de entrar a formar parte de esa familia. Podría estar más cerca de Ben y así, hacerle la vida imposible todos los días. Tal vez la idea de casarse no fuera tan loca. Además, ella, aunque le costara reconocerlo, se había enamorado de Gabriel, aunque la venganza contra su padre, a veces parecía ser superior a su amor. Sin embargo, había un gran problema, no podían casarse legalmente. Eran menores de edad. En algunos países, se podía alcanzar la mayoría de edad a los dieciocho años, pero no en este país. En este país serían mayores de edad a los veintiún años, no antes.

—Gabriel—le dijo Patricia muy triste—mientras seamos menores, no podemos hacer nada. No importa que ya tengamos dieciocho años,  tú seguirás sujeto a tu padre y sin su consentimiento, no podemos casarnos.

— ¡No!—masculló Gabriel indignado—¿Qué hacemos entonces? ¡Fuguémonos! No, maldición. Olvida eso. Debo proteger tu reputación.

—No me importaría fugarme contigo—le dijo ella, ilusionada.

— ¡Patricia! ¡No hablas en serio!

Sujetándose las manos contra su pecho, Patricia lo miró sonriente y cabeceó afirmativamente, mientras reforzaba con la voz:

—Sí, me fugaría contigo.

— ¿De veras? ¿Cuándo?—preguntó él, bastante incrédulo.

—Ahora mismo—balbuceó ella, con timidez—pero sólo lo haría contigo. No pienses mal de mí. No me iría con nadie más.

—Yo no pienso mal de ti, al contrario, soy muy afortunado. Esto demuestra que me amas y que soy el hombre más feliz del mundo, así que vamos, allí está mi auto. Nos fugaremos. Nos iremos a donde mi padre no nos encuentre.

Así, sin que importara nada más, sin pensar en las consecuencias de esto que estaban por hacer, fueron a subirse al auto y se fueron de allí. No al instituto, que es en donde ya deberían estar, haciendo un importante examen. Gabriel manejó hasta la tarde. No llevaban un rumbo definido, sólo el deseo de marcharse lo más lejos que pudieran de Ben, no obstante, si querían seguir huyendo, y no ser encontrados, debían ser inteligentes, así que avanzada la tarde, Gabriel dejó el auto y decidieron seguir por auto stop, aunque así fue más difícil, pues no cualquiera se detuvo para llevarlos. A media noche, el sujeto que se animó a recogerlos de la carretera, los dejó en un hotel de paso y Patricia aprovechó para llamar a Imelda.

— ¡Patricia, hija!—la voz de su madre por la línea, se escuchó distorsionada por el llanto —¿Dónde estás? ¡Estoy muy preocupada por ti! ¡Vino el padre de Gabriel a hablar conmigo! Hija, ¿qué han hecho? ¿Está Gabriel contigo? ¡Su padre está furioso!

—Sí, mamá. Gabriel está conmigo. Tranquila, por favor. Estoy bien y no te preocupes por mí.

— ¿Qué no me preocupe por ti?—gritó Imelda— ¡Aquí en la casa todo el mundo se ha vuelto loco. Los jóvenes Velar andan de un genio, con decirte que ninguno de ellos ha comido nada en todo el día. Patricia, ellos te quieren como a una hermana y están muy preocupados por ti. ¡Hablan de matar a Gabriel cuando lo vean!

¿La querían cómo a una hermana? ¡Sí, como no! A ellos lo que les dolía, era pensar que otro tendría lo que ellos no pudieron tener. ¡Malditos egoístas! ¡Siempre pensando en ellos mismos! ¡Exactamente igual que Ben!

—Mamá, estoy bien. Ya te dije, no te preocupes por mí. Volveré a llamarte en cuanto pueda. Cuídate. Te quiero. Adiós.

Colgó el teléfono con fuerza. Se sentía irritada. La sola mención de los Velar, le daba un sabor amargo en la boca. ¿Cómo pudo soportar tantos insultos y burlas por su parte? ¿Y cómo se le había ocurrido enamorarse de Gerardo? El imbécil era más frío, tajante y arrogante que cualquiera que hubiera conocido. No más que Ben, por supuesto, pero sí seguía él al igual que David.

— ¿Todo bien?—preguntó Gabriel saliendo del cuarto de baño, envuelto tan sólo en una toalla que lo cubría de la cintura para abajo.

Patricia se quedó muda, pero pudo asentir con la cabeza. Su mirada no logró despegarse del cuerpo semidesnudo del rubio. La dorada piel de él aún lucía húmeda por la ducha y brillaba de manera atrayente. Sus tórax podía verse bien desarrollado, quizás por el ejercicio con las pesas y, qué sabía ella que más hacía para verse así. Lo único que sí sabía, era que no por nada sus ojos se negaban a apartarse de él. Era un ejemplar perfecto.

—Yo… yo…—Quería decir muchas cosas, como que necesitaba un baño con agua fría, de preferencia, pero no logró articular palabras.

Se mojó los labios que de pronto sintió resecos, con la lengua, lo que fue suficiente para que Gabriel posara allí su mirada ardiente. La lengua, pasando por los labios, fue como una invitación para él, y sin ánimos de rechazarla, se acercó a ella y se detuvo muy cerca, tanto así, que ambos podían sentir el calor de sus propios cuerpos. Un calor no provocado por el clima cálido de la habitación, la cual contaba con un sistema de calefacción para disipar el frío del exterior, sino por el mismo deseo que circulaba por sus venas, haciendo que todos sus sentidos despertaran al máximo, pero a la vez, que esos sentidos se enfocaran solamente en ellos mismos, por ello, dejó de existir todo a su alrededor. No había nada más que no fueran ellos y lo que sentían el uno por el otro.

—Patricia—murmuró Gabriel, pronunciando su nombre con sensualidad—¿De veras quieres hacer esto?

Ella continuó muda, pero volvió a asentir con la cabeza. En realidad, no había necesidad de que dijera algo, su mirada lo decía todo. Jamás Gabriel había visto una mirada tan comunicativa. Con ella le dijo todo lo que necesitaba saber, para poder dar el siguiente paso.

Y el siguiente paso fue quitarse la toalla que definitivamente ya le estorbaba, y despojarla de sus prendas de vestir que aún le estorbaban más e inmediatamente después, las paredes de esa habitación fueron testigos mudos de lo que ahí sucedió. Había sido un largo día, pero el resto de la noche fue divina.

Capítulo 11 

Abrió los ojos. Un sopor desacostumbrado la mantuvo entre las cálidas sábanas de la cama. Miró alrededor de la habitación descubriendo que la luz solar entraba a raudales por la ventana, a pesar de que las cortinas que colgaban de ella, se mantenían corridas.

A su lado, Gabriel dormía plácidamente. Su respiración profunda era el indicio de que seguía descansando en los brazos de Morfeo. Las mejillas de Patricia se tornaron rojizas cuando recordó la noche pasada. Entrecerró la soñadora mirada al posarla sobre él. Con cuidado, se puso de lado levantándose un poco, para apoyar su codo izquierdo sobre la almohada y colocar su mejilla izquierda sobre su mano, para de esta manera, utilizar su mano derecha y pasarla con suavidad por el rubio cabello que lucía desordenado. Suspiró. Jamás pensó que haría una cosa así. Fugarse con alguien. Pero no se trataba de un alguien cualquiera. Se trataba de Gabriel y él había hecho que las palabras, jamás y nunca, aparecieran en su diccionario. Con Gabriel, todo era posible.

Él abrió los ojos al sentir la mano de ella. Clavó la mirada en el sonrosado rostro de Patricia y este se sonrojó más, lo que provocó una pequeña sonrisa en él. ¿De donde salía tanto color?

—Buenos días—la saludó, con voz soñolienta.

—Buenos días—respondió ella tímida,  aunque durante un buen tiempo de la pasada noche, esa timidez había desaparecido por completo.

Y volvió a desaparecer por el resto de la mañana. A medio día, abandonaron la habitación y fueron a buscar algo para comer. Gabriel moría de hambre y sorprendió a Patricia por su buen apetito.

— ¿Qué vamos ha hacer?—preguntó ella, después de comer, pero permaneciendo sentados ante la mesa del pequeño restaurante perteneciente al mismo hotel, que de milagro existía por este lugar tan apartado de la civilización.

—Seguiremos nuestro viaje.

— ¿A dónde?

Gabriel se encogió de hombros. Al parecer, no le preocupaba mucho llegar a algún lado, sólo seguir el viaje.

—Iremos a donde mi padre no nos encuentre.

Patricia lo miró con las cejas arqueadas. No quería sonar represiva, pero su voz sonó así cuando preguntó:

— ¿Y dónde es eso?

Gabriel desvió su mirada de ella. Con voz seria, dijo:

—Algún lugar tiene qué existir, en donde él no nos alcance.

—Sí, pero ¿dónde es ese lugar?

Gabriel retiró la silla y se levantó. Miró ahora a Patricia con frialdad, la que se reflejó en su voz cuando le dijo:

—Tenemos qué buscarlo, Patricia. Nadie dijo que esto iba a ser fácil.

Los ojos de ella se llenaron de lágrimas. Era la primera vez que Gabriel la veía y le hablaba así, con tanta frialdad. Parpadeó para alejar las lágrimas. Era una tonta por pensar que todo sería amor y puro amor. ¡Por supuesto que en su relación, tenía que haber de todo! Gabriel no era perfecto… bueno, físicamente sí. Una sonrisa brotó en sus labios al recordar las horas pasadas.

— ¿Vienes?

La voz de Gabriel la sacó de sus pensamientos. El ya se encontraba en la puerta del restaurante, a punto de salir de allí. Patricia se levantó preguntándose cómo había sido posible que se perdiera así en sus pensamientos. No había duda, andaba en las nubes. Lo alcanzó y él la tomó de la mano para caminar juntos, hombro a hombro, por la orilla de la carretera, donde se pusieron a hacer auto stop. Media hora después, tuvieron la suerte de que un matrimonio que pasaba por allí, aceptara llevarlos. Por la noche, los dejaron en otro hotel de paso, donde alquilaron una habitación. Pasaron la primera parte de la noche muy activos, después, se sumieron en un profundo sueño.

Por la mañana, fue Gabriel quien despertó primero, esta vez, él se complació en ver dormir a Patricia, la que se veía muy bonita a pesar de tener el cabello desordenado y dormir un tanto con la boca abierta. Distrajo su atención de ella cuando de pronto, escuchó unos pasos apresurados por el pasillo que se detuvieron justo ante la puerta de su habitación, a la vez que una voz preocupada, dijo:

—Señores, ustedes no pueden entrar así a la habitación de mis clientes.

— ¡Abra esa puerta ahora o la derrumbamos!—ordenó otra voz con dureza—¡Ábrala antes de que levante una demanda contra usted por alquilar habitaciones a menores!

Gabriel palideció al reconocer la voz de su padre. Escuchó la llave en la cerradura y con voz apremiante, al mismo tiempo que sacudía a Patricia con descuido, dijo:

— ¡Patricia! ¡Levántate! ¡Mi padre nos ha encontrado! ¡Maldita sea! ¿Cómo es que nos encontró tan rápido?

Patricia abrió los ojos sintiéndose confundida. Se irguió para quedar sentada y miró a Gabriel que había saltado de la cama y se ponía los pantalones con rapidez. Ella, lo único que alcanzó a hacer, fue cubrirse con las sábanas de la cama hasta el cuello, mirando ahora espantada como tres hombres se introducían en la habitación. Llevando la delantera entre ellos, Ben se acercó hasta la cama. Su mirada oscurecida por la ira, se clavó en Patricia. Ella levantó más la sábana hasta que sólo se le vieron los ojos, abiertos al máximo. Se puso roja de vergüenza por encontrarse desnuda bajo la sábana y sin poder levantarse para enfrentar al odioso hombre que, parándose al lado de la cama donde estaba ella, le cruzó el rostro de una fuerte bofetada lastimando su labio, el que se abrió por el impacto de su mano.

— ¡No, papá!—clamó Gabriel con la clara intensión de ir contra su padre y regresarle la bofetada que le había dado a Patricia.

—Sáquenlo de aquí. Llévenlo al auto—ordenó Ben a los dos hombres que lo acompañaban y ellos al instante, tomaron a Gabriel y a rastras, lo sacaron de la habitación en medio de las amenazas del joven.

— ¡Maldito seas, Ben! ¡Esto te va a costar caro! ¡Desde este momento dejas de ser mi padre!

Patricia permaneció sin poder decir nada. Las lágrimas rodaban ya por su rostro en muestra clara de su bochorno y humillación, pero refrenó el impulso de llorar a gritos, por ello sintió como el nudo en su garganta le provocaba dolor, así como a sus quijadas, las que tenía fuertemente apretadas. La humillación que sentía creció cuando Ben, sacando su billetera, tomó un puño de billetes y se los arrojó a la cara, diciéndole con frío desdén:

—Aquí tienes, cóbrate por tus servicios. Has ayudado para que mi hijo crezca como hombre en este sentido. Ya era tiempo de que tuviera su primera experiencia. Espero que con esto, te des por bien pagada.

Patricia palideció por el insulto. Mirando a Ben con un gran dolor reflejado en su mirada, dijo con voz trozada por el llanto y ahogada por la sábana que mantenía arriba:

—No soy una prostituta para…

—No, claro que no—la interrumpió Ben, con un tono de voz cruel —Eres peor que eso.

Sin agregar nada más, se dignó lanzarle una última mirada con ese aire de superioridad que lo caracterizaba, después se dio la vuelta y se fue saliendo de la habitación, dejando la puerta abierta.

Al quedarse sola, Patricia dio rienda suelta a sus gemidos provocados por el llanto y pudo deshacer, poco a poco con estos gemidos de angustia, dolor y tristeza, el nudo atorado en su garganta. Los fuertes sollozos sacudieron su cuerpo. Incapaz de controlarlos, se cubrió el rostro con la sábana y lloró sin consuelo, mientras su pecho quería reventar de puro sufrimiento. No comprendió cómo es que Ben los había encontrado tan pronto.

Una silenciosa figura se paró en el umbral de la puerta y unos ojos negros la miraron desde allí, pero Patricia no se percató de ello, hasta que la conocida voz la llamó:

—Patricia.

Ella se descubrió el rostro y con los ojos llenos de lágrimas y muy irritados, miró a David. El rubor volvió a cubrirla al verlo.

—Vístete, Patricia—le ordenó él, sin emoción en la voz—. Te esperaré en el lobby.

Cerró la puerta antes de irse. Distraída por la presencia de David, mitigó un poco el llanto y se levantó de la cama para vestirse con lentitud. Miró sobre el sillón la camisa de Gabriel, que no había alcanzado a ponerse. Los hombres lo habían sacado semidesnudo de la habitación. Con manos temblorosas, tomó la camisa. Se la acercó a su rostro y enterró en ella la nariz, aspirando con fuerza para poder oler el aroma de su rubio querido. El llanto volvió a arreciar. Se sentó en la cama abrazando la camisa con fuerza, como si así pudiera hacer presente al amado ausente

—Gabriel.

Su voz cargada de amargo sufrimiento, se escuchó hueca y las paredes de esa habitación que antes habían atestiguado su felicidad, no pudieron contener el sonido de los agudos sollozos que se escucharon hasta el pasillo y David, que se había quedado junto a la puerta, pudo oír con bastante claridad. La expresión de él al escucharla, permaneció inalterable, no así su mirada. Los negros ojos se oscurecieron más.

— ¡Oh, Gabriel!—musitó ella, con voz temblorosa— ¿Te veré otra vez? Gabriel, Gabriel.

El intenso dolor identificado en su voz, hizo que David no pudiera seguir escuchando más. Se retiró de la puerta para alejarse por el pasillo, con la intensión de esperarla en el lobby, tal como le había dicho.

Ella llegó al lobby como media hora más tarde. Llevaba su rostro enrojecido de tanto llorar y aún podían verse las lágrimas acumuladas en los oscuros ojos que por el momento, lucían pequeños e inflamados. Patricia no lo miró, pero permitió que la condujera hasta el estacionamiento del hotel, en donde le sostuvo la puerta para que ella entrara a su auto. Patricia titubeó en subir. David Velar nunca le había permitido subir a su auto. En medio de su dolor, recordó todas esas veces que, habiéndosele hecho tarde para ir a la escuela, él jamás se ofreció para llevarla, al contrario, tanto él como Gerardo, se burlaban de ella cuando la veían correr apresurada a esperar el siguiente camión, porque el que solía tomar ya había pasado. Ellos no tenían problemas para llegar puntuales a la escuela. Podían irse de la casa quince o veinte minutos antes de la hora de entrada, pero ella debía irse con una hora de antelación, por motivo de todas las paradas que el camión hacía.

—Sube, Patricia—le pidió él al ver su titubeo.

— ¿Por qué?—preguntó ella, mirándolo sorprendida —¿Por qué estás aquí? ¿Cómo me encontraste?

—Sube—le ordenó  con frialdad.

—Primero dime, ¿qué hay detrás de esta amabilidad? Tú nunca has sido amable conmigo, al contrario…

— ¡Maldición, Patricia!—siseó David, molesto— ¡Deja de estarme interrogando y sube ya al maldito auto! Preocúpate mejor en lo que vas a hacer. Mis padres no te quieren ya en la casa. Has deshonrado a la familia. ¡Mis padres te querían como a una hija!

Patricia se enfureció al escucharlo. ¿Una hija? ¡No era estúpida para creer eso! El matrimonio Velar siempre la trató como lo que era, la sirvienta. ¡A una hija no se le trata con fría superioridad! ¿Deshonrar a la familia? ¡Hipócritas! ¡Ella nunca fue de esa familia! Fue la esclava, la que les complació sus más mínimos deseos. Y en sus dieciocho años de vida, no hicieron nada bueno por ella, solo ponerla a trabajar, como si ellos fueran sus dueños ¡Maldición! No como si fueran, se creían sus dueños, tanto de ella, como de su madre.

—Entonces, no volveré allí—dijo furiosa, retirándose del auto—Lárgate, no te necesito. Nunca te he necesitado. ¡No necesito a ninguno de ustedes!

La expresión de David mostró una leve molestia, sin embargo, su voz fría no mostró indicio de ello:

—Deja de hacerte la heroína y sube ya al auto. Hablaré con mis padres para que te acepten de vuelta. Debes mostrar agradecimiento.

— ¡Ah!—se burló ella— ¡Que generoso! ¿Qué te sucede, David? ¿Te mortifica tanto perder a tu juguete preferido? ¿Temes no encontrar a otra tonta que te divierta tanto como yo? ¿Por eso me ayudas?

David la miró un momento antes de ir hacia ella para tomarla de manera inesperada en brazos y alzarla para llevarla al auto.

— ¡Suéltame, maldito! ¡Bájame!

Lo golpeó en el pecho, pero David, sin mostrar signos de dolor, cumplió con su propósito y la arrojó adentró del auto. Cerró la portezuela con fuerza y luego, le dijo helado:

—Juro que si bajas del auto sin mi consentimiento, iré detrás de ti y te daré una paliza que te mandará derecho al hospital.

Ella enfrentó su oscura mirada y supo así, que él cumpliría lo dicho, por lo que, tragándose su digno resentimiento, se quedó quieta en el asiento y miró como David rodeaba el auto para entrar y colocarse detrás del volante, poniendo el vehículo en marcha, de vuelta a la casa Velar. Patricia no pudo evitar llorar otra vez al ir pasando por los lugares donde estuvo con Gabriel, pero se esforzó por tragarse las lágrimas. No se derrumbaría delante de David.

Capítulo 12

Tampoco tenía ganas de hablar, así que se hizo la dormida durante todo el tiempo que duró el viaje. De vez en cuando, David le lanzó una mirada. Su tranquila expresión no mostraba nada de lo que pensaba, pero en el interior era un mar de indignación. Se sentía furioso, con Patricia y Gabriel, sin embargo esa furia iba principalmente dirigida hacia él mismo. Porque no había retenido el impulso de buscarla, lo que implicó  contratar a un par de detectives, como lo había hecho Ben y una vez localizada, ir por ella y ahora, llevarla de regreso a su casa. A pesar de la oposición de sus padres y de su hermano. Para ellos, Patricia ya no era digna de pertenecer a la servidumbre. Había profanado ese privilegio con la deshonra.

Apretó con fuerza el volante; pero su semblante permaneció pasivo. Las palabras de Gerardo aún resonaban en su mente:

— ¡Se ha convertido en una mujer profana!

La familia completa había quedado reunida después de la partida de Ben de la casa Velar, cuya presencia se había debido a la búsqueda de su hijo, aunque quedó patente que su presencia más bien se debió al deseo de gritarles con descaro, el desprecio que sentía por Patricia y hacerles ver la indigna clase de personas que tenían a su servicio. Ben había hablado pestes contra Patricia y sus padres, e incluso Gerardo, le habían dado la razón en todo, sin embargo, él había permanecido en silencio. Lo que tenía qué decir, se lo diría a Patricia, cuando la encontrara, pero no había podido decirle nada. El dolor de ella era tanto que sin saberlo, había herido su propio corazón, porque se dio cuenta que ella en verdad, amaba a Gabriel y se dio cuenta de algo más, que él, David Velar, amaba a Patricia.

Esa era la razón por la que sentía tanta ira contra Patricia y por ello también, deseaba matar a Gabriel. Le había robado al amor de su vida. No, no le había robado nada. Patricia nunca fue de él. Gabriel tuvo razón cuando, esa noche de la fiesta, le dijo que él ni siquiera tuvo oportunidad con ella.

Aceptando eso, concluyó que no importaba. Él no iba a abandonar a Patricia, no, aunque sintiera esa ira que amenazaba con descontrolarlo, haciéndolo tener el deseo de gritar, de insultar, de quitar vida. Se tragó todo ese deseo, manteniendo su actitud en calma, tratando de mitigar el dolor de su corazón destrozado. Tarde se había dado cuenta que su corazón pertenecía a esa joven rebelde que había crecido con él. ¿En qué momento comenzó a amarla? Quizás siempre la había amado y era por eso que la fustigaba diariamente. Su tonto orgullo lo había cegado al no permitirle aceptar antes que la buscaba para molestarla porque precisamente, la amaba.

Ahora sentía esa necesidad de protegerla, e iría en contra de sus padres si era necesario. Patricia no tenía más hogar que el de los Velar. Sabía que no sería fácil convencer a sus padres para que la aceptaran de nuevo en la casa, y hasta que estuvo delante de ellos, se dio cuenta que no sólo era difícil, estaba resultando casi imposible llegar a convencerlos.

— ¿Cómo qué Patricia está de regreso? —gritó su padre, lleno de cólera a causa de su hijo mayor, porque se había atrevido a traer de vuelta a la joven inmoral — ¡Bien claro quedó que no la queremos aquí!

Al llegar a la casa, David había hecho que Patricia fuera a su habitación y le había ordenado que no saliera de ahí, hasta que él se lo indicara.

—¡David! —Gritó ahora su madre, airada por la desobediencia de su hijo —¿Cómo te atreviste a traerla de vuelta? ¡Seremos el hazme reír de todos! ¿Te imaginas si alguien se llega a enterar que esta muchacha, con sus malas mañas, embaucó al hijo de los Herrera y lo atrapó en sus redes? Desde la noche de la fiesta se han escuchado rumores de que es una caza fortunas ¿Qué dirán de nosotros si saben que la seguimos empleando? ¡No, David! ¡Ella no puede quedarse!

La familia Velar se encontraba reunida en la biblioteca. Desde el pasillo, Imelda pudo escuchar la discusión, a pesar de que la puerta estaba cerrada. Unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Apenas pudo controlar el dolor de su ser al pensar en Patricia, pero más difícil fue controlar el impulso de entrar y enfrentar a sus patrones para defender a su hija. Patricia no era una caza fortunas, ni una cualquiera. Había cometido un error, sí, pero lo había hecho por amor.

— ¡Ella tendrá que irse, David!—ordenó el señor Velar con un tono de voz que no admitía réplica.

David fulminó a su familia con la mirada. Se había limitado a escuchar todo lo que ellos tenían que decir, pero ahora habló él y lo hizo con una voz tan segura y tranquila, que le causó envidia a Gerardo, quien apoyaba a sus padres en su decisión:

—Muy bien. En ese caso, tendré qué llevármela a vivir a mi departamento de soltero. O mejor aún, le rentaré un departamento para ella sola. No sé que prefieren. Que se murmure que Patricia atrapó en sus redes al hijo de los Herrera, o al hijo de los Velar. ¿Qué es peor para ustedes? ¿Que se hable porque la aceptaron de vuelta o que se hable porque su hijo mayor vive con ella?

Los padres palidecieron de ira. El señor Velar amenazó:

—Haz eso y te desheredo.

—No me importa—dijo David con indiferencia—Sabes que no necesito de ti para sobrevivir. Cuento con mi propia fortuna gracias a la tía abuela que me heredó todo al morir. Y sabes también que si vivo con ustedes, es sólo por la costumbre, así que ustedes deciden.

David miró como sus padres palidecían. No le importó. Ahora más que nunca estaba resulto a defender a Patricia. Había dicho bien, podía llevársela con él, pero por primera vez, no pensó en él, ni en sus propios deseos, sino en ella. Llevársela con él implicaría poner más al descubierto a Patricia. Las lenguas afilarían su filo y la reputación de Patricia quedaría más dañada, si es que no lo estaba ya.

—Está bien—dijo finalmente el señor Velar—puede quedarse. Pero no tendrá privilegios, es decir, si quiere continuar aquí, tendrá que trabajar de horario corrido, como Imelda. Ya no podrá disponer de medio día para estudiar. Será tratada como lo que es, una sirvienta.

—Deja eso, papá—lo interrumpió David molesto—Nunca fue tratada de otra manera. Le informaré a Patricia.

David salió de la biblioteca sintiéndose furioso contra sus padres. No cabía en su cabeza que ella no pudiera seguir con sus estudios. Casi chocó con Imelda, quien al verlo, se ruborizó por ser descubierta:

—Lo siento—murmuró ella, apresurada—No era mi intensión…

—Ahórrese la disculpa, Imelda. ¿Escuchó todo?

Ella asintió.

—Bien. Vaya a comunicárselo a su hija. De ella depende seguir aquí o no. Escuchó la condición de papá. Si se queda, no podrá seguir estudiando.

—Se lo diré—dijo Imelda, luego se retiró a su habitación, en donde encontró a Patricia sentada en la cama y sumida en un mar de lágrimas.

La joven había sacado de la mochila la camisa de Gabriel y la mantenía apretada contra su pecho. La única esperanza de verlo, era en el instituto. Faltaba poco para la graduación y no creía que Ben fuera capaz de sacarlo de allí a estas alturas.

—Patricia.

Sus ojos lagrimosos se volvieron a mirar a su madre, quien observó el sufrimiento de su hija con una enorme tormenta de dolor en sus ojos.

—Mamá, por favor, perdóname lo que hice—avergonzada, desvió su mirada.

—Escucha, Patricia. Deja eso. Lo que importa es tu futuro. David logró que sus padres te aceptaran de vuelta, pero hay una condición.

Patricia se limpió las lágrimas antes de volver a mirar a Imelda una vez más, aunque de manera breve. La vergüenza que sentía ante la mujer que la crió como su hija, era mucha.

— ¿Qué condición, mamá?—preguntó, con voz débil.

—Tendrás que trabajar horario corrido, sin permiso para ir a la escuela.

—¿Qué?—gritó la joven exaltada, al mismo tiempo que se levantaba de la cama—¿Pero quienes se creen estos malditos ricos sin sentimientos? No voy a perder todo el año sólo porque ellos quieren, además, es allí donde podré ver a Gabriel.

Una cosa era perder sus estudios por el sueño de vivir al lado del amor de su vida, y otra muy distinta era perderlos a causa del capricho de esas prepotentes personas.

— ¡Qué se frían, los mal nacidos!—masculló furiosa —No evitarán que yo siga mis estudios, así tenga que buscar otro trabajo, pero ¡qué demonios! ¿Por qué se creen con derecho de manejar mi vida los muy…? Pero nadie es más maldito que Benjamín Herrera ¡Él es el causante de toda mi desdicha!

Guardó silencio. Miró la hora en el pequeño reloj despertador, que yacía sobre el buró y dirigiéndose a la puerta, salió de la habitación.

— ¡Patricia!—gimió Imelda, saliendo detrás de ella— ¿A dónde vas? ¿Qué vas a hacer?

—Ya regreso, mamá. Voy a la casa de enfrente. Veré a Gabriel. Supongo que no hace mucho que llegaron él y su padre.

— ¡Patricia!—la palidez de Imelda era muy notoria — ¡Estás loca! El señor Velar no te quiere, por favor, no vayas.

— ¡Claro que iré!—gritó a su vez la joven, sintiendo como la furia la invadía y la hacía tener esa firme resolución de no permitir que ningún rico bueno para nada, dictara su vida. Si ella quería seguir estudiando, estudiaría. Si ella quería luchar por su amor, lucharía. Enfrentaría a todos, ¡qué rayos! No se daría por vencida y no tenía que esperar hasta mañana para tratar de ver a Gabriel, no cuando lo tenía enfrente— ¡Estos estúpidos! ¿Cómo se atreven?

Sin dejar de maldecir, llegó a la casa Velar. Con impaciencia pulsó el timbre y cuándo la puerta se abrió, empujó a la joven que servía en la casa. Su intensión no era lastimar a la muchacha, pero por el fuerte empujón, la derribó al suelo, no obstante, no se inmutó. Pasó por su lado sin mirarla siquiera y se introdujo hasta adentro. Tampoco se dio cuenta que Imelda la había seguido y muy avergonzada, ayudaba a la joven derribada a ponerse de pie. Patricia miró a su alrededor y desconoció la casa.

Las lágrimas la asaltaron. Su rinconcito de los secretos estaba completamente transformado. Ya no quedaba nada de lo que había sido la mansión. La decoración era muy diferente, muy a lo moderno y el estilo colonial que ella recordaba, había desaparecido. ¡Su rinconcito de los secretos había dejado de existir!

— ¡Ben!—llamó como loca— ¿Qué demonios le hiciste a mi rinconcito? ¡Maldito seas, Benjamín Herrera! ¡Te odio! ¿Me escuchas, Ben? ¡Y no creas que voy a renunciar a Gabriel! ¡Es mío y tú no me lo vas a quitar!

—Patricia—balbuceó Imelda al escucharla, con el corazón estrujado por el dolor

El odio en la voz de Patricia fue cortante y pudo escucharse a través de las paredes. La servidumbre acudió presurosa para tratar de sacarla, entre ella, la muchacha a la que había derribado. Sus gritos llegaron hasta el cuarto de Gabriel

Su corazón saltó de alegría al escucharla. Intentó abrir la puerta para salir, pero recordó que apenas habían llegado, su padre lo había encerrado bajo llave, haciéndolo sentir furioso y avergonzado por ello. Lo estaba tratando como si él fuera una doncella de la edad de piedra. ¡Por Dios! Ni siquiera Gemma, que sí era una hermosa doncella, era tratada así. ¡Qué humillación tan grande! Había tratado de escapar por la ventana, pero no había manera. No había nada que sirviera de apoyo. La ventana se encontraba en una pared por completo lisa.

— ¡Patricia!—gritó, decepcionado, furioso e impotente— ¡Patricia! ¡Aquí estoy!—quiso derribar la puerta, dándole varias patadas.

Abajo, Patricia se escapó de la servidumbre, corriendo escalara arriba, escuchando los golpes de la patadas que Gabriel daba a la puerta de su cuarto. Estaba a punto de llegar a la puerta, cuando dos enormes hombres la sujetaron con fuerza. Ella los miró. Eran los mismos que habían sacado a Gabriel de la habitación del hotel.

— ¡No, malditos sean! ¡Suéltenme! ¡Gabriel!

En el interior de su habitación, Gabriel se revolvió como fiera salvaje que está prisionera en una jaula. Siguió golpeando la puerta, logrando con ello, hacerse daño en el pie, porque la puerta era inmune a sus golpes por lo grueso de la madera.

— ¡Patricia!—gritó rabioso al escuchar con cuánta desesperación, ella lo llamaba. La impotencia le arrancó las lágrimas— ¡Patricia! ¡Maldición, Ben! ¡No te atrevas a ponerle la mano encima!

Patricia fue obligada a descender por la escalera, levantada en vilo por los dos sujetos. Abajo, Ben la esperaba visiblemente furioso. Su dura mirada se clavó en ella y con voz pastosa por la ira, le dijo:

— ¡Maldita sirvienta! ¿Cómo osas irrumpir así en mi casa?

— ¡Deje a mi hija!—gritó Imelda, tratando de escabullirse de la sujeción de la tres sirvientas que la detenían fuertemente— ¡No se atreva a hacerle daño!

La mirada de Patricia brilló por la cólera. Sin medir las consecuencias, escupió el rostro de Ben, quien lanzando odio por su mirada, se limpió la saliva a la vez que musitaba con voz ronca:

—Maldita, vas a pagar por esto.

— ¡No, Ben!—gritó Cat, que en ese instante regresaba de recoger a Gemma del instituto y pálida, tanto ella como su hija, observaban como Ben levantaba su mano y cerrándola en un puño, lo iba a estrellar en el rostro de Patricia, justamente sobre la nariz.

Todos quedaron mudos ante la violencia del hombre. Patricia sintió partirse su nariz y el dolor arrancó las lágrimas de sus ojos. Faltó poco para que se desmayara, sin embargo, luchando contra el mareo y las náuseas provocadas por tragar su propia sangre,  fijó su mirada llena de odio en el hombre, y volvió a escupirlo. De no haber estado sujeta por los hombres, hubiera utilizado sus puños, sus uñas y sus dientes. La saliva que arrojó sobre Ben se mezcló con la sangre de la nariz, que chorreaba en abundancia.

Ante humillante acción, Ben la tomó por el cuello de la blusa para acercarla a él y darle otro golpe, pero de pronto,  algo llamó su atención. Junto con el cuello de la blusa, cogió una cadena muy hermosa. La cadena era de oro, engarzada con pequeñitas piedrecitas semejantes a rubís. La mano que sujetaba el cuello de la blusa, con todo y cadena, tembló y su puño se detuvo en el aire. Reconoció esa cadena enseguida. La mano que había estado empuñada bajó y tomó la cadena. Sacó el resto del collar que permanecía oculto debajo de la blusa. De la cadena colgaba un pequeño óvalo, también de oro, coronado alrededor con las mismas piedrecillas que la cadena. Parpadeó estupefacto, mientras boquiabierto, miró a la portadora de ese collar.

Capítulo 13

Acarició el pequeño óvalo antes de buscar el pequeño broche para abrir el portarretratos, sin poder dominar el temblor que no solo estaba en sus manos ansiosas, sino en el resto de su cuerpo. Se sobresaltó cuando el óvalo se abrió y todo su ser se sumió en un laberinto de sensaciones por los recuerdos que comenzaron a aflorar, trayendo consigo dolor, amargura y sufrimiento. Todos esos sentimientos vinieron a desalojar la ira que lo invadía.

Todo a su alrededor desapareció cuando su ávida mirada se posó en la bella fotografía que desde el óvalo, lo miró. Sus ojos se llenaron de lágrimas al musitar con angustia:

—Valeria —Aquella sensación de ser un hombre feliz y completo se asomó a su ser. Por un momento se sintió como era antes de perder a Valeria.

Su mente se sumió en los recuerdos. Le había regalado ese collar a Valeria el día que le pidió que fuera su novia. Y desde que él mismo se lo puso, nunca se lo quitó. Miró a Patricia que lo miraba con odio profundo y de pronto, sin saber por qué, ese odio fue para él como una daga que desgarró su corazón. Con voz desconocida, aún a sus propios oídos, le preguntó:

— ¿Tú… conoces a esta mujer?

Desde su lugar, Cat se estremeció, mientras ella también reconocía el collar. ¿Cómo olvidarlo si Valeria se lo había mostrado llena de felicidad ese mismo día que Ben se lo dio? Palideció. Un repentino y fuerte dolor presionó su pecho. Su mirada desorbitada se posó en Patricia. Se llevó las manos al pecho, como queriendo quitar de allí ese dolor que comenzaba a sofocarla, en tanto a su mente, acudían las palabras de Valeria:

— ¡Cat! ¡Soy muy feliz! ¡Creo que estoy esperando un hijo!

No podía ser que Patricia fuera…

— ¡Qué le importa a usted si la conozco o no!—rugió en eso la joven, con furia, sin darse cuenta de que Ben estaba por completo transformado—Ahora, dígale a sus bestias que me suelten.

Un gesto de Ben hizo que ellos la soltaran. Patricia jaló la cadena para sacar el óvalo abierto de las manos de él y dijo despectiva:

— ¡Ahora, deje de tocar mi collar, maldito! ¡Lo ensucia con sus manos!

Estiró tan fuerte, que la cadena se rompió y al momento en que Ben soltó el óvalo, éste salió de la cadena y fue a caer al suelo.

— ¡Estúpido!—gritó Patricia llorando, pero en sí, más despectiva—no le bastó romper mi nariz, sino mi collar también.

Se inclinó para tomar el óvalo. Al tomarlo, se quedó petrificada. La fotografía de Valeria se había salido del interior del óvalo y en su lugar, quedó otra fotografía, una que había estado oculta por años debajo de la fotografía de Valeria. Palideció al reconocer al hombre, más joven, pero era él. Miró a Ben y luego la fotografía, así, una vez, dos veces, tres…Tratando de convencerse de que sus ojos la engañaban.

— ¿Qué significa esto?—preguntó, con voz ahogada— ¿Por qué su fotografía está debajo de la de mi madre?

— ¿Tu madre?—preguntó a su vez Ben, torturado por sus palabras. Con rostro desencajado, se retiró de la joven, tambaleante, mientras la daga en el corazón, se clavaba más profundo— ¿Tú madre?

Cat palideció al máximo. Cerró los ojos. Finalmente el día que tanto miedo le daba, había llegado. Controlando el malestar general que la hacía sentir enferma, se aclaró la voz y dijo:

—Por favor, salgan todos los que no pertenezcan a la familia—Se volvió a Imelda—Por favor, señora, usted quédese, tú también, Patricia.

— ¡No!—gritó Patricia, rebelde— ¡Usted no va a darnos órdenes, señora!

—Por favor—pidió Cat, con voz temblorosa. Lo único que deseaba era llorar, tal vez así ese dolor físico en su pecho, desapareciera, pero se sintió en el deber de decirle a Ben que Patricia era su hija—quédate… yo… nosotros—miró a Ben con ojos cargados de sufrimiento—conocimos a tu madre—Se volvió a Gemma, quien no se había movido de su lugar cuando todos los demás habían salido—Gemma, hija, ve por Gabriel, él también debe saber esto.

—¿Gabriel?—preguntó Patricia, emocionada —¿Van a dejarme que vea a Gabriel?

Miró a Ben, quien ni siquiera la miraba. Había recogido la fotografía de Valeria del suelo, donde había quedado y ahora la acariciaba con uno de sus dedos, perdido en un mundo donde él había sido feliz.

—Valeria—se le escuchó murmurar— ¿Qué fue de ti? ¡Jamás logré encontrarte!

El corazón de Cat no podía estar más deshecho al escucharlo. Sabía que él nunca había olvidado a Valeria. Sabía que él nunca la había amado como la había amado a ella, pero lo aceptó así. Ella era la culpable, no sólo del sufrimiento de él, sino el de ella misma y por consiguiente, el de sus hijos. Después de aquel día en que Valeria los encontró juntos, descubriendo así la infidelidad, Ben no había vuelto a ser el mismo. No importó cuánto hizo ella para hacerlo feliz, nunca lo logró. Ben se sumió en una actitud dura, fría y cruel. Despojándose así de cualquier sentimiento humano. Por eso, ella tuvo mucho miedo confesarle que…

— ¡Gabriel!—gritó Patricia cuando vio descender al joven por la escalera. El la miró y bajó de dos en dos los escalones. Abajo, Cat lo detuvo cuando él iba a abrazarla.

—Hay algo que tienen que saber todos ustedes—les comunicó, ignorando la mirada de resentimiento que su hijo le lanzó—pasemos a la biblioteca. Ben, vamos—lo tomó del brazo y lo condujo. Este Ben no era ni la sombra del de minutos atrás. Parecía seguir perdido en su propio mundo—Por favor, señora Imelda, síganos. Vamos hijos, vengan.

Patricia obedeció por Gabriel. Además, podía sentir ese extraño ambiente de expectación angustiante que caía sobre ellos y esa quietud de Ben la sorprendía. ¿Dónde había quedado su ira? ¿Dónde habían quedado sus aires de superioridad? Ahora, a lo que se parecía, era a un perrito dócil y obediente.

Entraron a la biblioteca y Cat los hizo sentar a todos. Después, se aclaró la voz, antes de preguntarle a Imelda:

—Señora, Imelda. Tanto mi esposo como yo, conocemos a la mujer de la fotografía. Se llama Valeria Velaz. Dígame, señora Imelda, ¿cómo la conoció usted? ¿Está Valeria bien? No la he visto por…

—Deje de dar vueltas al asunto, señora—la interrumpió Imelda—Vayamos al grano. La mujer de la fotografía, esa que usted llama Valeria, es la madre de Patricia. Hace dieciocho años, ella llegó a la puerta de la casa de enfrente. Estaba a punto de dar a luz. Yo misma recibí en brazos a la pequeña, a Patricia. Antes de morir esa joven, le puso ese collar a su recién nacida hija y también la llamó Patricia.

— ¿Murió?—preguntó Ben, con voz ronca— ¿Valeria murió? ¿Y… estaba embarazada?—su voz se quebró. Su mirada quedó perdida en un punto indefinido.

—Sí, señor. Murió el día que esta criatura nació. Yo la crié como a una hija, pero por lo que he visto, usted y la madre de Patricia eran… algo. Su fotografía también está en el portarretratos. Aunque yo nunca lo descubrí. Ella logró ocultarla muy bien, poniéndola debajo de su propia foto.

—Ben es el padre de Patricia, señora Imelda.

— ¿Qué?—preguntaron los tres jóvenes al mismo tiempo, mirando a Cat, cada quien con diferentes expresiones.

La mirada de Ben siguió extraviada, pero su mente era una completa confusión de pensamientos. El nunca supo que Valeria estaba embarazada, ella nunca le dijo. Patricia, su hija. ¡Oh, Dios! La miró y los recuerdos de cómo la trató, hicieron que por fin las lágrimas saltaran de sus ojos ¡No! ¿Qué había hecho con esa joven? Puso sus manos sobre la cabeza en un gesto de amargo dolor. Patricia, la hija de Valeria. Su hija

— ¿Tú sabías que Valeria estaba embarazada cuando me dejó?—le preguntó a Cat con voz quebrada y regresó su mirada del extravío, para clavarla en ella— ¿Lo sabías?

Cat asintió, sintiéndose más enferma bajo la mirada acusadora de Ben. Pudo sentir su desdén. ¡No! No soportaría que él la odiara. Muy dolida se cubrió el rostro y se derrumbó en un mar de lágrimas. Ella misma se había acusado por ser tan mal amiga. Había vivido años de tormento, había buscado un perdón que nunca obtuvo, ni siquiera de ella misma. Durante años, había vivido en una mentira, engañándose con ese amor que Ben no le había dado. No como ella quería. Porque su corazón siempre había pertenecido a Valeria.

— ¿Tengo una media hermana?—preguntó Gemma sorprendida y emocionada al mismo tiempo— ¿De verdad es Patricia mi hermana?

— ¿Somos hermanos?—preguntaron asustados Gabriel y Patricia, con voz sofocada. Un repentino bochorno los invadió al recordar las dos noches que pasaron juntos.

—¡No!—gritó Patricia sintiéndose enferma, sucia, avergonzada… pecadora—¡No!—repitió, mientras las lágrimas brotaban sin control, reacia a aceptar esa verdad, pero a la vez lastimada en el alma, en su espíritu, por tan grave pecado—¡No!

Gabriel, pálido como la cera, trataba de asimilar la relación que ahora tenía con Patricia. ¿Su hermana? ¿Cómo que su hermana? La miró y su corazón saltó de amor. Era el amor que le tiene un hombre a una mujer cuando se ha enamorado de ella. No sintió amor fraternal. Gimió atormentado.

Miró ahora a Ben y el odio que ya sentía por él, creció en su corazón. Se levantó colérico del sillón y fue directamente a Ben. Su ira, mayor que su raciocinio, lo convirtió en un salvaje. Se le dejó ir a Ben y le dio un buen puñetazo en el rostro. Ben no logró reaccionar a tiempo, o no quiso reaccionar, mejor dicho, porque también estaba estupefacto, digiriendo esta verdad que lo convertía en un monstruo. Había tratado tan mal a Patricia. Al producto de su amor con Valeria, la mujer que siempre amó. Estaba tratando de asimilar su muerte, la que lastimaba en lo profundo de su corazón.

Sintió la fuerza del golpe que Gabriel le dio. Se llevó la mano a la nariz y se miró la sangre en los dedos. Sonrió con un poco con ironía. ¿No le había roto él la nariz a su hija? Otro golpe del puño de Gabriel, sacudió su quijada. ¿No le había dado un golpe semejante a su hijo, esa noche de la fiesta? ¿No le había prodigado a Gabriel, un trato injusto? Permitir que su hijo lo golpeara, ¿le daría el perdón que necesitaba? No lo creía, pero igual, no metió las manos.

— ¡Maldito seas, Ben!—vociferó Gabriel, dándole otro puñetazo al rostro de su padre— ¡Siempre hiciste hasta lo imposible por separarme de ella! ¿Qué tienes que decir? ¡Lo lograste, maldito! ¡Tu sangre nos separa para siempre!

Otro fuerte puñetazo y Ben, no hizo nada por defenderse, ni cubrirse, ni levantarse. Sólo miró a Gabriel y pensó que la vida era cruel. ¿Cómo una debilidad suya en el pasado, había traído tan graves consecuencias a su presente y futuro? ¡Allí estaba su obra! ¡La suya y la de Cat! La sonrisa irónica se convirtió en carcajadas de locura.

— ¡Cat!—gritó Ben, sin dejar de reír— ¿Ves lo que hemos logrado? ¡Disfruta del espectáculo, Cat! ¡Es nuestra obra!

Finalmente, Imelda fue la que salió de su incredulidad, incredulidad provocada por descubrir que Gabriel y su hija eran hermanos, incredulidad aumentada por ver cómo ese hijo, golpeaba a su padre.

— ¡Señora!—le gritó a Cat—¿No piensa hacer algo? ¡Su hijo está matando a su padre!

Gemma lloraba y Patricia no podía salir de su dolor. Gabriel, su hermano. ¿Cómo había llegado a ser esto así? Cat había entrado en un estado de choque. Sus ojos, bien abiertos, miraban la escena sin parpadear, pero sin verla en realidad. Su respiración se había hecho más difícil y el miedo podía verse en sus ojos. Su pensamiento estaba perdido en una cuestión que le importaba más que lo que sucedía a su alrededor. No quería que Ben la despreciara y la odiara más de lo que tal vez, ya la despreciaba y la odiaba. ¿Cómo hablar? ¿Cómo decir lo que la atormentaba?  No quería perder a Ben, no quería perder a sus hijos, no quería que su familia se viniera abajo.

Imelda se levantó del asiento para ir a detener a Gabriel, para que éste ya no siguiera golpeando a Ben. Se sentía espantada por tan dramática escena, a parte de que un pensamiento seguía hostigando su mente. Patricia y Gabriel se habían enamorado, pero eran hermanos y habían cometido un gran pecado. Todos parecían haber enloquecido. ¡Dios santo! ¡Esto se había convertido en un verdadero manicomio!

— ¡Gabriel!—gritó finalmente Cat, levantándose del sillón, sintiendo como el terrible dolor, hacía crisis en su pecho— ¡Gabriel! ¡No! ¡Basta ya!

Apretó las manos sobre el pecho y se dobló. La palidez en su rostro se incrementó y poco a poco, fue inclinándose hasta caer de rodillas, con el rostro descompuesto por el dolor y los ojos desorbitados por el sufrimiento.

—Ga… briel.

El joven había escuchado el llamado urgente de su madre y al volverse, se espantó de verla en el suelo. Imelda se había apresurado a socorrerla, pero la difícil respiración de Cat le indicó que necesitaba un médico.

—Llamen una ambulancia—pidió y el único que pudo hacerlo, fue Gabriel.

—Mamá—dijo él, acercándose a Cat— ¿Qué tienes? Perdóname, mamá.

Cat lo miró desde el suelo, donde Imelda la había recostado. Su mirada, brillante por las lágrimas que rodaban por el ángulo de los ojos, mostraba una extraña emoción que Gabriel interpretó como el deseo de hablar.

— ¿Qué es, mamá? ¿Qué quieres decirme?

Cat no pudo hablar. El dolor le hacía difícil pronunciar palabras. Miró a Gabriel en agonía. No quería morirse. Lo que debía decir era muy importante. ¡Dios! Si tan sólo pudiera hablar. O si tan sólo contara con algo más de tiempo.

Iba a morir. La sabía. La respiración era apenas lograda por sus pulmones, los que sentía muy comprimidos. Podía sentir también como su corazón, clavado por el dolor, aminoraba sus palpitaciones. Podía sentir esas palpitaciones en sus propias sienes, en su pulso, en los puntos clave de su cuerpo y eran cada vez más leves, con menos energía. Eso le indicó con claridad, que la vida se le estaba escapando.

No quería morir. No, no era tiempo. Primero, debía hablar de algo muy importante, debía pedir perdón. No quería morir sin el perdón de Ben ¡Tiempo! ¡Necesitaba tiempo! ¿Dónde estaba esa ambulancia que tardaba en llegar? ¿Dónde estaban esos paramédicos que la atenderían? ¡Necesitaba atención de inmediato! ¡Se estaba muriendo! ¡Y no quería morirse!

Los demás parecían haber salido de su locura. Ahora, todos la rodeaban, por lo que Ben, bastante dañado del rostro, pidió, con voz opaca:

—Retírense. Le están robando el oxígeno.

No me están robando nada”, pensó Cat cerrando los ojos, sin poder hablar. La opresión en el pecho no solo le había extinguido la voz, sino estaba a punto de robarle también la vida. Las lágrimas no paraban de brotar. “Yo les robé algo, a cada uno de ustedes”, siguió pensando mientras se esforzaba por introducir aire a sus pulmones. “Un día, yo le robé a su esposo, a mi mejor amiga”

Sintió como Ben pasaba una mano por su rostro para retirar unos mechones del cabello oscuro que caía en él. “Ben”, pensó, dejándose llevar por la oscuridad que comenzaba a rodearla. “Ben, perdóname, porque a ti, no sólo te robé una esposa, sino que también te robé una hija”

—Hay que levantarla, Ben—escuchó decir a Gabriel—Pongámosla en un lugar cómodo—el corazón de Cat le dolió más al escuchar a su hijo. No había llamado padre a Ben. Su familia se estaba desintegrando.

“Hijo, Gabriel”, pensó ahora Cat, sintiendo el contacto suave de la mano de Ben, limpiando el frío sudor que perlaba su frente. “Perdóname, Gabriel, porque a ti te he robado a tu novia, la mujer que amas. Te la he robado”. Abrió la boca para hablar, pero de su garganta, sólo salió un débil y doloroso gemido.

—No podemos levantarla—escuchó decir a Ben, con voz muy triste—. Podemos dañarla más.

“Patricia, perdóname, porque te he robado al amor de tu vida, perdóname también, por haberte robado una madre y un padre. Gemma, hija, perdóname, porque te robé la oportunidad de tener un padre amoroso,  a ti y a tu hermano les robé esa oportunidad, por mi culpa tu padre es como es. Valeria, donde quiera que estés, perdóname, porque te robé una vida de felicidad. Por favor, perdónenme todos. Perdónenme. Perdónenme…

La silenciosa súplica se perdió en la nada, como se fue perdiendo su existencia. No hubo nada que se pudiera hacer. Nadie logró devolverle la chispa que le daba vida. Ni llanto, ni ruegos, ni atención médica. Nada.

Cat murió allí, esa misma tarde, en ese duro suelo, en esa misma casa, donde supo la identidad de la hija de su amiga, su mejor amiga, Valeria.

Capítulo 14


A partir de ese momento, una nube de tristeza y amargura cubrió el hogar Herrera. Después del funeral, Ben se encerró en su habitación y se negó a las visitas, aún a la de su hija, quien no paraba de llorar al mirar que su familia no era la misma, que su familia se había roto. Se sentía sola y abandonada. Lo más preocupante era que su padre solo salía de la habitación para bajar al bar, de donde tomaba una botella de vino y regresaba a encerrarse. Terminaba los días ebrio y exaltado.

Gabriel, por su lado, comenzó a vivir sólo para arrancar de sí, el amor que sentía por Patricia. Ese amor prohibido que cada vez se hacía más fuerte. Abandonó los estudios y le dio por arriesgar la vida en los deportes suicidas. Se había hecho de una peligrosa moto y a primera hora, antes de salir el sol, se montaba en ella y recorría las carreteras a alta velocidad. Si no estaba en las carreteras, estaba en los concursos de acrobacia con motos, pero todo fue inútil. El peligro y la adrenalina corriendo por sus venas no era mayor que el sufrimiento que rasgaba su completo ser.

Y Gemma era quien debía sufrir las consecuencias de la actitud de su padre y su hermano. Y ella sentía que no era tan fuerte para soportar todo esto, por ello, una noche, mes y medio después de la muerte de su madre, esperó a Gabriel hasta altas horas de la noche para hablar con él, rogando que esta vez, él estuviera dispuesto a escucharla, pues un intento anterior había terminado en fracaso. No se daría por vencida. Gabriel tenía qué hacer algo con Ben y con ellos mismos.

Gabriel miró con desagrado a Gemma, cuando llegó a las tres de la madrugada y la encontró levantada.

—Te he dicho que no me importa nada, Gemma —le reclamó en cuanto la vio, sin darle tiempo de decirle nada.

—Gabriel, por favor. Deja ya esta actitud—suplicó ella, siguiéndolo a su habitación—. Tienes que hacer algo para ayudar a papá. Está enloqueciendo. Tiene pesadillas, ve a esa mujer llamada Valeria y a mamá. Y lo peor es que no deja de llamar a Patricia

—Patricia…—Musitó Gabriel, opacándose su mirada por el dolor al escuchar su nombre. Se detuvo a medio pasillo, ya en la planta alta y sin volverse a mirar a Gemma, dijo amargamente: — Ben tiene lo que se merece. No puedo hacer nada.

—Gabriel, por favor.

Gemma lloró acongojada. Miró suplicante la espalda del rubio, pero él, sin volverse, comenzó a caminar otra vez con la única intensión de recluirse en su habitación, para seguir llorando en privado, su amor imposible.

No alcanzó su puerta. En ese instante la puerta de la habitación de Ben se abrió y salió éste. A la débil luz de la lámpara de techo que iluminaba el pasillo, Ben dio la impresión de ser un espectro. Su rojo cabello estaba alborotado y crecido, más que de costumbre. La barba de semanas también crecida, le daban un aspecto descuidado. Las ojeras alrededor de sus ojos eran profundas y sus ojos lucían irritados y extraviados, además de eso, había perdido peso y su delgadez hacía sobresalir sus pómulos, lo que daba la apariencia de que las cuencas de sus ojos, parecieran muy profundas.

En sus manos tenía una botella vacía. Gabriel frunció el ceño al verlo. Hacía muchos días que no lo veía y se sorprendió por su aspecto. Ben en cambió, pareció no verlos. Su extraviada mirada estaba concentrada en la botella vacía que había levantado a la altura de su rostro. Estaba muy ebrio e iba por más vino al bar. Con pasos tambaleantes pasó al lado de sus hijos balbuceando palabras con un tono de voz angustiado:

— ¡Ah! Señorita Patricia. No…. Usted no es ninguna sirvienta,  no señor. Usted es mi hija… y yo… la he tratado a usted… muy mal… muy mal…

Su voz fue rota por los sollozos. Ben le hablaba a la botella, la cual seguía sosteniendo a la altura de su rostro. Se detuvo, tratando de no caer por la ebriedad. Levantó la mano y con el dedo índice, señaló la botella y continuó hablando con voz pastosa y poco entendible:

—Señorita Patricia, recuerdo sus palabras. ¿Sabe cuales? “Míreme bien”, sí, hija. Te veo bien… “No olvide mi rostro”. Eso me dijiste. “Por que le prometo que este rostro, esta mirada, estas palabras que escucha usted hoy, le perseguirán por el resto de su vida. Le prometo que hasta en sus sueños, estaré”.

El hipo lo interrumpió. Luego, bajando la botella, emprendió su camino al bar, diciendo:

—Te sueño, Patricia. No dejo de soñarte. Extraño a tu madre. Extraño a Valeria, mi verdadero amor. Yo no sabía… Yo no sabía… ¡Cat! ¡También te extraño!

Más balbuceos incomprensibles a medida que se alejaba por el pasillo.

—Gabriel—dijo Gemma, muy afectada—papá se está destruyendo. No lo reconozco.

Gabriel se dignó mirar a su hermana. Con voz ahogada, respondió:

—No creí que fuera tan débil —susurró él con un tono de voz lleno de desprecio— En todo caso, no es el único que se está destruyendo. Ve a dormir, Gemma. ¿No tienes que ir al instituto?

Ella asintió sin dejar de llorar. ¿Qué podía hacer para que Gabriel dejara esa fría indiferencia? El joven se volvió incapaz ya de mirar a Gemma que lo miraba como si él fuera la única solución para resolver todos sus problemas. No era un súper hombre. Ni siquiera podía ayudarse a sí mismo, ¿cómo entonces podía ayudar a otros?

Dejó a Gemma y entró a su habitación. Se quitó la chaqueta negra. Desde el funeral, el negro no lo había dejado. Iba muy acorde con lo que sentía. Su alma yacía en la terrible sombra del dolor. Se sentó en la cama y se inclinó, apoyando sus codos en las rodillas para poder así, cubrirse el rostro con las manos y dejar fluir con tormentosos gemidos de llanto, lo que destruía cada sentimiento de esperanza y felicidad.

—Patricia—musitó en silencio, sintiendo como la opresión en su corazón, provocada por el sufrimiento, aumentaba, en vez de disminuir— ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que ser así? Mamá, no quiero culparte de nada, pero…

No durmió. El resto de la madrugada se la pasó recriminándole a Ben, a la vida, y a las circunstancias, su desolación. Antes de salir el sol, ya estaba montado en su moto, corriendo veloz por la carretera. Lo hacía así, porque no quería encontrarse con Patricia. Desde la muerte de Cat, no la había visto. Deseaba verla, pero sabía que él también era muy débil. No podría controlar el impulso de tomarla en brazos y complacer ese deseo infame que recorría sus venas. Quería besarla, empaparse con ella, hacerle el amor.

¡No! ¡Maldición! Sabía que no debía sentir eso, pero lo sentía y no le importó pecar con sus pensamientos. La amaba y siempre la amaría.

— ¡Patricia!—gritó a los cuatro vientos sobre la carretera, sintiendo debajo del casco que protegía su cabeza, las ardientes lágrimas que sus ojos no podían evitar— ¡Te amo, Patricia! ¡Te amo!

Y una vez más se preguntó, ¿qué estaba haciendo su amada? ¿Cómo estaba enfrentando la situación?

 No podía saber que la situación para Patricia había empeorado. Esta mañana se sentía enferma y como venía sucediendo desde hacía una semana, apenas  abrió los ojos, la sensación de náuseas que se apoderó de ella fue tan fuerte, que la obligó a saltar de la cama y correr al baño, en donde vomitó hasta que la acción del esfuerzo le hizo brotar las lágrimas y llorando, salió del baño.

Imelda la miró preocupada. La joven había adelgazado y la palidez era ya característica en su semblante. Patricia había dejado también los estudios. Desde que supiera la verdad, nada parecía importarle. Perder a Gabriel de esa manera, había terminado con su rebelde fortaleza. El trabajo en la mansión Velar era lo único que lograba calmar la ansiedad que sus sentimientos le provocaban. Se mataba trabajando hasta altas horas de la noche y por la mañana muy temprano, ya se le veía laborando, limpiando incluso hasta donde ya había limpiado. Se había vuelto una fanática de la limpieza. Temía salir de la casa. Tenía miedo de encontrarse con Gabriel. No sabía si podía permanecer impasible ante su presencia o si se apresuraría a correr a sus brazos, lo cual estaba prohibido para ella.

—Patricia—dijo Imelda con un brillo extraño en su mirada— Me temo que esas náuseas matutinas sólo se deben a una cosa.

Patricia no la miró. Se concentró en amarrarse el mandil del uniforme con una lentitud desesperante. Sí. Ella ya sospechaba a qué se debían esas náuseas matutinas, y no solo matutinas. Algunos aromas se las provocaban también. Además, su periodo se había atrasado, pero quería seguir ciega a la realidad.

—Es tarde, mamá. Debemos ir a trabajar.

—Patricia, hija, escúchame, por favor…

—Luego, mamá. Ahora debemos irnos.

—Es domingo. No hay por qué ir a trabajar. ¿Dónde está esa protesta tuya por trabajar los domingos? Patricia…

Patricia le lanzó una mirada airada a su madre, lo cual la silenció. Imelda ya había intentado de varias maneras hablar del asunto de Gabriel y su verdadero padre con ella, pero Patricia se había encerrado en un mutismo que la hacía actuar como si nada hubiera sucedido. No mencionaba a Gabriel, ni a Ben y tampoco le permitía a ella mencionarlos. Imelda pensaba que Patricia debía vivir con su verdadera familia, sin embargo, sabía también que eso era difícil, en vista de lo que sentían Gabriel y su hija. ¡Qué situación tan cruel! Pero lo peor de todo, era que le dolía mucho ver a su hija trabajar como condenada, como si fuera parte de un castigo y no sabía como ayudarla.

—Tienes razón, mamá—le dijo la joven, desviando su mirada—Tú no tienes por qué ir a trabajar. Quédate un rato más en la cama. Nos vemos más tarde.

Pero Imelda sabía que no la vería, sino hasta la noche. Patricia quería matarse con el trabajo. La joven salió apresurada de la habitación y no vio llorar a su madre, quien sentándose en la cama, lloró su impotencia.

—Buenos días, Patricia—la saludó Julio que ya andaba en el jardín, recogiendo las hojas secas que algunos árboles dejaban caer—¿Otra vez trabajarás en domingo?

—Buenos días, tío—le respondió ella, simulando una sonrisa que no engañó a Julio—como bien me dijiste un día, no hay más qué hacer.

Julio asintió triste. Imelda le había informado de todo y como quería mucho a la joven, lamentaba en serio su situación. Patricia se despidió con un:

—Nos vemos luego, tío. Ya voy tarde.

Julio volvió a asentir y la miró alejarse por el jardín. Patricia llegó a la mansión y sin perder tiempo, se puso a trabajar. Trabajo que hizo en balde, porque todo relucía de limpio.  No le importó hacer ruido tan temprano. El matrimonio Velar estaba de viaje de negocios y estarían ausentes por toda la semana, así que los únicos en la mansión, eran los hijos de los Velar, a los cuales por cierto, no le importó despertar.

— ¡Patricia!—gritó Gerardo desde su habitación, muy enojado, pero ella, con el ruido de la aspiradora, no le escuchó— ¡Maldición Patricia! ¡Apaga esa maldita máquina! ¡Déjame dormir!

Ella se encontraba en la habitación contigua a la de Gerardo, aspirando la alfombra que cubría el piso. No se dio cuenta que un Gerardo muy enojado, vestido en sólo bóxer, se perfilaba en el umbral de la puerta y la miraba con ira, aunque después, esa ira se transformó en algo ajeno al muchacho. Los últimos sentimientos por ella no habían cambiado y a pesar de haber apoyado a sus padres cuando no quisieron recibirla de vuelta, se sintió algo contento de su regreso. Sin embargo, la tristeza de ella era como un muro que enviaba señales de “mantente lejos de mí”, por lo que se había mantenido lejos de ella desde su regreso, además de que sus padres, les habían prohibido hablar mucho con ella. Ahora en cambio, no pudo refrenar el impulso de acercarse a la joven y, apagando la aspiradora, la acorraló contra la pared, como era costumbre antes de sentir algo más que diversión por ella. Sus padres no estaban, ¿por qué no aprovechar la oportunidad que se le presentaba?

— ¡Gerardo!—exclamó Patricia sorprendida y enojada por encontrarse prisionera entre el torso desnudo del moreno y la pared— ¿Qué pretendes? Creí que ya habías superado estas niñerías.

La mirada negra de Gerardo brilló por el interés repentino de conocer qué cosa la había alejado de Gabriel Herrera. Era obvio que Patricia sufría por él.

— ¿Qué sucedió, Patricia?—le preguntó, hiriente— ¿Gabriel logró llevarte a la cama, pero ahora no quiere saber de ti? Fue muy inteligente el rubio. Más inteligente que mi hermano y yo. Ahora bien, si él te tuvo, ¿por qué yo no? Aunque debí ser el primero.

Patricia reprimió un sollozo. Preferible era que todos pensaran eso a que supieran que eran hermanos. No quería imaginarse lo que hablarían las malas lenguas, por ello, todo permanecía en secreto.

— ¡No Gerardo!—gimió, cuando el joven se apretó contra su cuerpo y en esta ocasión, ella no pudo esquivar sus labios que se posesionaron de los suyos, en un beso salvaje. La fuerza de Gerardo se puso de manifiesto e hizo comprender a Patricia que si antes, el joven no había logrado su objetivo de robarle un beso, era porque hasta cierto límite, la había respetado, hoy sin embargo, la falta de ese respeto se hizo patente por la fuerza bruta de él, que sin importarle nada más que satisfacerse, la obligó a moverse hacia la cama.

—Sí, Patricia, sí—murmuró él contra sus labios, mientras ella sentía como sus piernas topaban con la cama y un súbito terror la cubrió—Yo sé que te va a gustar. Seré mejor que Gabriel.

Patricia empleó todas sus fuerzas para huir de los brazos de Gerardo que se habían convertido en una reducida prisión, pero él era más fuerte. La hizo caer sobre la cama y ella miró su mirada llena de bajos instintos y su expresión desquiciada. Se echó hacia atrás en la cama para levantarse y escapar, pero Gerardo la atrapó por un brazo y la regresó a la cama.

El grito de espanto no alcanzó a salir de su garganta porque de pronto, Gerardo voló por el aire y fue a dar contra el gran tocador, parte de la recamara que adornaba la habitación, derrumbando un hermoso florero de cristal que yacía en medio del tocador. El sonido del florero al estrellarse contra el suelo y hacerse añicos, fue mínimo ante la potente voz de David:

— ¡No vuelvas a tocarla! ¡Te mataré si vuelves a hacerlo!

Gerardo, desprendiendo ira por todos sus poros, se enderezó ignorando el dolor que el golpe con el tocador, había provocado en uno de sus costados. Enfrentó la fría mirada de su hermano. David aparentaba una calma superficial, pero Gerardo, que lo conocía bien, supo que por dentro bullía de agitación.

—Ya veo—dijo, mirando a Patricia, que con los ojos muy abiertos, observaba a David como si de un héroe se tratase—La quieres para ti, ¡Claro! Y ella te prefiere a ti. Sabe que heredaste una cuantiosa fortuna, no permitiré eso, tendrás que vencerme primero.

La fría mirada de David relampagueó con desagrado. Sin alterar la voz, dijo:

—No quiero pelear contigo, Gerardo, pero si eso quieres…

Ambos se pusieron en guardia, en tanto Patricia sentía como regresaban las náuseas. Se levantó de la cama y tratando de controlar el malestar, gritó angustiada:

— ¡Basta ustedes dos! ¡No deben pelear! ¡No por mí! ¡Estoy embarazada!

Dicho esto corrió al baño y vomitó, aunque de su estómago, sólo salió un líquido amarillo que le supo muy amargo. Probó el sabor amargo y descubrió que no era muy diferente al que había tomado su vida.

Capítulo 15

Temblorosa y pálida, se derrumbó en el suelo, mientras las lágrimas caían sobre su regazo. Se hizo ovillo junto al retrete. Sin ningún deseo más que de quedarse allí para siempre. No podía ocultar más el terrible dolor que oprimía su pecho y que amenazaba con aniquilarla por completo emocionalmente. Se había mantenido fuerte por su madre, pero estaba llegando al límite. ¡Había llegado al límite!

“¡Dios!”, suplicó en silencio, con una horrible sofocación que le dificultaba respirar. “¡Dame las fuerzas que necesito para soportar esto!”

Más que verlos, sintió la presencia de los Velar. Los dos se habían acercado a la puerta y la miraban. Su frágil figura, más pequeña aún por la posición enroscada que había tomado, logró conmoverlos. David entró y con cierta ternura, la levantó del suelo para cargarla y llevarla a la cama en donde Gerardo, de manera inesperada,  la recibió con las sábanas levantadas. Patricia se dejó recostar, sin ánimos de nada; sólo cerrar los ojos y no volverlos a abrir nunca más.

—Descansa, Patricia—le dijo David. Su voz fue muy baja y en apariencia, sin emoción, pero mostró emoción cuando, sentándose en la orilla de la cama, retiró el cabello de su pálido rostro, con dedos muy gentiles. La mirada oscura de ella; llena de dolor, lo miró avergonzada, después se volvió a mirar a Gerardo y le sorprendió descubrir que él la miraba con compasión, aunque rápidamente él escondió esa emoción detrás de su fría fachada.

—Iré a cambiarme—informó Gerardo, deseoso de pronto de salir de esa habitación, de esa casa. Sus sentimientos eran un complejo laberinto de confusión—. David, saldré, así que no te preocupes si no regreso en todo el día.

No le dio tiempo a David de decir algo. Salió de la habitación. Al quedarse solos, David tomó una de las manos de Patricia y con rostro impasible, dijo:

—Cásate conmigo.

El repentino pedimento sacudió a Patricia. La palidez la dejó cuando un tenue rubor cubrió sus mejillas. Con mirada bien abierta, preguntó incrédula:

—¿Qué me case contigo?—trató de rescatar su mano de las de él, pero David, apretándola con firmeza, la miró con ansiedad, reflejando en sus ojos la tormenta de sus emociones.

—Escúchame—le dijo, sin alterar su voz—. Ésta será la única vez que te lo voy a pedir. Cásate conmigo. Seré un buen padre para tu hijo. Seré también un buen esposo. Seré mejor que Gabriel. Si fuera él, nunca te hubiera abandonado.

Ella jadeó con indignación al escuchar lo último. Con brusquedad, se soltó de sus manos. Se sentó en la cama para bajar los pies del lado contrario al lado de David, dispuesta a levantarse y salir de allí. No soportaba que se pensara mal de Gabriel.

—No sabes lo que dices—le dijo ella, con voz temblorosa, mientras el llanto volvía a fluir—Gabriel no me abandonó. Nosotros…

—¿No te abandonó?—la interrumpió él, imperturbable—entonces, ¿por qué no está contigo? ¿Sabe que esperas a su hijo? De seguro, prefirió hacerle caso a su padre en vez de luchar por su amor.

—¡No!—gritó Patricia, con voz agonizante—No luchó contra Ben por mí porque…

Su llanto fue más vigoroso, lo que le hizo imposible continuar hablando. David se levantó y rodeó la cama para quedar enfrente de ella. La sujetó por los brazos y la levantó, luego tomó su mentón y la obligó a mirarlo. Escudriñó con mirada ansiosa el rostro enrojecido por tantas lágrimas, deseando descubrir qué era lo que ella ocultaba.

—Pobre niña—murmuró con aflicción— ¿Qué es lo que ha sucedido entre ustedes? Hay tanto sufrimiento en ti.

La abrazó con fuerza y Patricia lo sintió temblar. Jamás pensó que él llegaría a tratarla con tanta ternura. No después del trato que en el pasado le dio. ¡Cuánto habían cambiado todos! Reposó la cabeza en su pecho y en un susurro, dijo:

—El amor entre Gabriel y yo es imposible. Ben es mi padre.

Al escucharla, la separó inmediatamente para mirarla con incredulidad. Ella asintió.

—¿Son hermanos?—preguntó, con voz áspera.

Ella parpadeó varias veces, en un intento de detener las lágrimas. Volvió a asentir.

—¡Dios, mío!—fue lo único que pudo decir, antes de que una voz histérica, llegara hasta ellos:

—¡Patricia! ¡Patricia! ¡Por favor! ¿Dónde estás? ¡Patricia!

Los gritos en la planta baja eran estruendosos. David y Patricia salieron de la habitación y caminaron apresurados por el pasillo, deteniéndose en la orilla de la escalera que conducía a la planta baja.

—Señorita Gemma. No grite, por favor. Ahora voy por Patricia—estaba diciéndole Imelda a la joven—. De haber sospechado que haría tal alboroto, no la dejo entrar.

La joven rubia, parada al pie de la escalera, levantó la mirada y los vio. Patricia descendió para llegar hasta Gemma, no muy complacida de verla. Su deseo era no volver a ver a ningún integrante de la familia Herrera, por el dolor que le representaban. David bajó detrás de ella.

—¿Qué pasa, Gemma?—le preguntó, al estar frente a ella.

Gemma se arrojó a los brazos de Patricia, tomándola por sorpresa. En medio de gemidos dolorosos, le dijo:

—Por favor, Patricia. ¡Ayúdame! Papá se está dejando morir y Gabriel quiere matarse.

El corazón de Patricia se detuvo por un instante. Imaginar a Ben muerto no le pudo en absoluto, pero Gabriel, sí.

—¿Qué dices, Gemma? ¿Cómo que Gabriel quiere matarse?

Gemma se separó de ella y asintió. Limpiándose las lágrimas con las manos y absorbiendo fuertemente, informó:

—Gabriel se hizo de una moto y sale a la carretera a gran velocidad. He sabido que también va a esos concursos de acrobacia. No quiere escucharme.

—¡Dios mío!—gimió Patricia. Se estrujó las manos con fuerza. No soportaba pensar que algo malo le sucediera a Gabriel. ¡No! Eso no podría soportarlo —¡Dios mío! ¡No, por favor!—sobre sus hombros, a su espalda, sintió las suaves manos de David. Se volvió a mirarlo y la súplica en su mirada, causó honda impresión en él.

—Iré a buscarlo—le dijo, incapaz ya de sostenerle la mirada—Lo traeré de vuelta.

Ella lo miró agradecida, pero ya David se dirigía a la puerta.

—Gracias, Patricia. Ahora, acompáñame a ver a papá. Él te llama como loco.

Patricia retrocedió espantada al escucharla. No sabía Gemma lo que le pedía. Movió la cabeza, pero Gemma, tomándola por un brazo, le suplicó con voz destrozada por el sufrimiento:

—Por favor. Yo sé que te hizo mucho daño, pero él es tu padre. Tienes que venir a verlo, te está llamando.

—¡No! ¡No puedo! Yo…

“Lo odio”, quiso gritar; pero el sufrimiento de Gemma se lo impidió. Gemma amaba a su padre y no tenía la culpa de nada. Ya había perdido a su madre y sufría demasiado al pensar que podía perder a su padre o a su hermano.

—Patricia—gimoteó la rubia con voz apesadumbrada—.Por favor, ven a casa conmigo.

Repentinamente, Gemma cayó ante Patricia de rodillas, mirándola con sus azules ojos, transparentes por las lágrimas y por la súplica. Patricia se apresuró a levantarla, sintiendo la impotencia de no poder negarse.

—Anda, hija—le susurró Imelda a su lado—.La señorita Gemma tiene razón. El señor Ben es tu padre. Te necesita ahora.

Gemma la haló y la llevó consigo, conduciéndola afuera de la casa, la hizo atravesar la calle y finalmente la introdujo a la casa que un día, fue su rinconcito de los secretos. En todo momento, Patricia se dejó conducir; como si la hubieran despojado de su voluntad. De hecho, sus mismos sentimientos eran contradictorios. ¿Podía soportar ver a ese hombre, del que un día juró vengarse? ¿Podía olvidar el daño que le hizo con sus desprecios?

Se sintió desfallecer cuando, al ir subiendo por la escalera, escuchó la voz de Ben, en un tono desconocido para ella. Era una voz llena de ansiedad, de amargura, de locura.

—¡Patricia! ¡Patricia! —La llamaba.

Gemma y Patricia se detuvieron ante la puerta. Patricia sintió la necesidad de correr y salir de esa casa que ahora le daba escalofríos. Gemma la miró, asustada también.

—Lleva horas pronunciando tu nombre—le informó la rubia—Su risa se escucha más desquiciada y temo que se corte las venas con una botella. Hace rato escuché cómo rompía una. No ha estado sobrio ni un día desde el funeral.

—¡Patricia! ¡Gabriel! ¿Dónde están? ¡Perdónenme!

Gemma interrumpió a Ben al tocar en la puerta, con fuertes golpes.

—¿Quién eres?—gritó Ben y su voz se escuchó llena de amargura—¿Eres tú Patricia?

—Papá—Habló Gemma con voz fuerte para hacerse oír a través de la puerta—Soy Gemma. Patrcia está conmigo. Patricia viene a verte.

Adentro de la habitación, se hizo un silencio total. Luego, la voz de Ben les llegó y Patricia tuvo que retener las lágrimas al notar en esa temblorosa voz, un tono candoroso,  como si fuese la de un niño que espera algo con ansias.

—¡Patricia! ¿De verdad es ella?

Pasos tambaleantes y luego, el sonido del seguro cuando el picaporte giró, permitiéndole abrirse la puerta. Patricia ahogó un gemido de sorpresa y aflicción cuando sus ojos se posaron en el hombre que, parado en el umbral de la puerta, la miró con triste melancolía. Su deprimente aspecto la dejó pasmada. ¡Ese no era Benjamín Herrera! Y sin embargo, el color rojo de su cabello, a pesar de notarse grasoso por la falta de limpieza, era de él. El aliento alcohólico, mezclado con el fuerte olor corporal de Ben, las golpeó horriblemente y las náuseas de Patricia amenazaron con volver. La joven tuvo que llevarse una mano a la nariz para sofocar el fuerte olor y poder controlar el deseo de vomitar.

—Lo siento—susurró Gemma en el oído de Patricia—.Tiene días que no se baña.

—¡Patricia!—volvió a balbucear Ben y ahora, su mirada reflejó pesar. Levantó una mano temblorosa con la intensión de tocar a Patricia, pero antes de hacerlo, la dejó caer y con lágrimas en los ojos, musitó — Perdón… Perdóname—e inclinó el rostro sobre su pecho, en una actitud de total arrepentimiento y súplica.

Las lágrimas llenaron los ojos de la joven. Su resentimiento contra Ben murió aquí; en este momento. La triste figura del hombre lastimó más su corazón. Sus buenos sentimientos sofocaron su sed de venganza. Tal vez la sangre de él llamara la suya. Era su padre.

—Patricia, hija ¡Perdóname!—volvió a pedirle, al momento que la abrazaba fuertemente, temblando emocionado. Patricia no pudo opacar más el penetrante olor que la aturdió, así que sin control sobre su estómago, vomitó sobre el hombro y pecho de Ben, pero a él no le importó. El abrazo de oso no cedió ni un milímetro—¡Mi hija! ¡La hija de Valeria y mía!

Gemma se secó las lágrimas que corrían por su rostro. Ni por un momento sintió algo más que no fuera emoción por ver la escena. Ni siquiera el vómito de Patricia sobre su padre la sacó de su estado de ensoñación.

—Por favor—suplicó Patricia, sintiendo más ganas de vomitar al llegarle ahora también, el pestilente olor de su propio vómito, haciéndola sentir en verdad muy enferma—Necesito  aire.

—Papá, papá, déjala ya—pidió Gemma tratando de ayudarla a soltarse del abrazo de su padre—, la estás asfixiando. Déjala respirar.

Y Gemma se vio de pronto envuelta en el abrazo de oso y ahora las dos, tuvieron que soportar unos momentos más, la desagradable mezcla de olores.

—¡Gemma! ¡Mi hija! ¡La hija de Cat y mía!

Patricia estaba en verdad sorprendida, pese a su malestar físico. Ben parecía un niño que se regocija con sus juguetes queridos. Había perdido su dureza cruel.

—Papá—dijo Gemma, frunciendo la nariz—. Creo que es hora de que te bañes, de hecho, creo que todos debemos darnos un baño.

Patricia se miró y notó que también ella estaba llena de su propio vómito y Gemma, cuando Ben la abrazó, no pudo evitar también mancharse.

—Yo… creo que me iré—empezó a decir Patricia.

—¡No!—se exaltó Ben y sus ojos mostraron tristeza—Por favor, no te vayas. Quédate.

¡No! ¡Patrcia no quería quedarse! Sin embargo, la mirada de Ben y el rostro angustiado de Gemma, cortaron de tajo su deseo de irse. No pudo negarse y sintió un gran peso que la sofocó. Supo en este instante que no sería fácil liberarse del yugo que había adquirido mediante los lazos de sangre que la unían a esta familia.

—Ven Patricia. Te prestaré ropa. Creo que somos de la misma talla.

A partir de ese momento, Patricia se vio inmersa en contra de su voluntad, en un plan de actividades al lado de Gemma y cuando quiso actuar para salir de esa manipulación, Gemma lloró suplicante, tocando hasta el más escondido sentimiento de su sensibilidad. Sin embargo, lo peor no fue eso. Lo peor fue cuando Gabriel llegó a casa. Había sido encontrado y llevado por David, quien lo dejó en la puerta de la casa, a salvo.

El joven rubio se encontraba molesto. David y él habían tenido una larga conversación sobre la responsabilidad y David le hizo ver que estaba siendo muy irresponsable con la actitud que había tomado. Odió a David, pero reconocía que tenía razón. Ben, Gemma y la misma Patricia, lo necesitaban. Eso le había dicho el moreno. También le dijo que tenía que aprender a vivir con las nuevas circunstancias. Tenía que aprender a dominar su dolor y no permitir que éste lo dominara a él. Lo único que no le dijo, fue que Patricia esperaba un hijo de él, así que Gabriel continuó ignorante del hecho.

—¡Maldición!—maldijo Gabriel al entrar a la casa —Como si fuera tan fácil seguir sus consejos. Además, quién lo mete donde no le importa ¿Y por qué Patricia tuvo que contarle sobre el lazo que nos une ahora?

Y hablaba así, porque se sentía frustrado, abatido y sin fuerzas para luchar contra ese sentimiento de resentimiento que amargaba su ser. Lo único que le importaba, era ella, su hermosa estatua que le había sido arrebatada de la manera más cruel. Su bella Patricia que noche a noche soñaba, reviviendo una y otra vez esos maravillosos momentos que pasaron juntos.

—Gabriel.

Él se quedó inmóvil en medio de la sala al escuchar su voz. Cerró los ojos. Estaba rememorando sus sueños tan a la perfección, que ya hasta escuchaba. Se estremeció de congoja. Si tan sólo fuera verdad y pudiera verla,  una vez más.

—Gabriel—repitió Patricia su nombre, con voz ahogada por la desesperación. Allí estaba su rubio. Mantenía los ojos cerrados y su expresión mostró lo confundido que estaba, porque finalmente había detallado que ella estaba allí, en esa casa, muy cerca de él. Sólo bastaba que abriera sus ojos y volviera la mirada a donde ella, inmóvil también, en el pasillo que conducía al comedor, lo miraba con el rostro cruzado por todas las emociones que su alma sentía. Alegría por verlo, tristeza y dolor por no poder correr a sus brazos como era su deseo; desesperación por no poder escapar de sus sentimientos de amor, nostalgia por lo vivido a su lado y anhelo por volverlo a vivir. Muy lentamente, acortó la distancia que había entre ellos y cuando él la sintió a su lado, abrió los ojos y ella pudo mirarse en la mirada azul.

“Mi ventana al cielo”, pensó Patricia, sintiendo como las lágrimas llenaban sus ojos, “o al infierno”, concluyó ahogando un doloroso gemido.

Capítulo 16


—Patricia—susurró Gabriel, luchando contra el impulso de abrazarla. ¡Cuánto la había extrañado! —¿Qué haces aquí?

—¡Gabriel!—gritó alegre Gemma, quien tanto ella como Ben, los miraban desde el umbral de la puerta del comedor—¡Estás aquí!

Gabriel levantó la mirada de Patricia para dirigirla a su hermana. Se sorprendió de ver a Ben. Éste se había bañado, rasurado y parecía sobrio. Se veía presentable a pesar de lo demacrado de su rostro y su delgadez. Miró a Patricia nuevamente. Ese milagro era de ella. Sintió un nudo en la garganta por la generosidad de Patricia. Si ella había perdonado a Ben, que la había tratado como a una escoria, ¿por qué él no podía hacerlo?

—Ven, Gabriel—dijo Gemma, caminando hacia él—estamos por cenar y nos gustaría que nos acompañaras. ¿Verdad, Patricia?

“¿Qué es esto”?, se preguntó el joven con irritación, mientras se dejaba conducir por Gemma al interior del comedor. “¿Ahora vamos a fingir que somos una familia feliz”? De reojo, miró a Patricia, quien no se había escapado de ser tomada por la rubia, también por el brazo y al igual que él, era llevada contra su voluntad, a compartir una cena que los representaría como lo que eran, una familia.

“! Maldición!”, pensó Gabriel tratando de pasar el nudo de su garganta. “Yo no quiero ser el hermano de Patricia ¡Quiero ser su esposo! Quiero ser el amor de su vida, ése que la ame y la proteja hasta el fin de su vida”.

“¡Dios mío!”, gimió Patricia en un doloroso silencio, “¿qué estoy haciendo aquí?” “¿Por qué me dejo torturar de esta manera cuando lo único que deseo es salir corriendo y desaparecer este dolor que está terminando con mi ser? ¿Debo aprender a vivir al lado de Gabriel viéndolo como mi hermano?”.  Lo miró de reojo, pero dejó de hacerlo al descubrir que él la miraba de igual manera. “¡No! ¡No puedo verlo como a mi hermano! ¡No puedo, no puedo!” Y con un supremo esfuerzo, se tragó las lágrimas que ansiaban salir.

Se sentaron ante la mesa y una de las sirvientas les llevó la cena, consistente en un asado de res, sopa de champiñones y fruta de temporada, pero nadie pudo comer mucho, ni siquiera Gemma que se veía feliz, lo que puso de manifiesto que era pura actuación la suya.

—Tenemos que hablar—dijo Ben, después de que el último plato fue retirado de la mesa—Necesitamos hablar, nuestra situación es delicada.

Gabriel lo fulminó con la mirada. No estarían en esa situación si él hubiera sido más responsable en el pasado. Ben enfrentó la mirada de su hijo y luego la desvió, sintiéndose muy avergonzado. Jamás pensó que Gabriel pudiera hacerlo sentir tan mal con sólo una de sus miradas. Sabía que no tenía derecho de decir algo, pero tanto Gabriel como Patricia eran sus hijos y estaban sufriendo y él tenía que buscar la manera de ayudarlos a encontrar una solución para que pudieran convivir sin sufrir tanto, pero ¿existía esa solución? Tenía qué existir, porque no iba a permitir que Patricia volviera a la casa Velar. Ella era su hija y su lugar estaba aquí, en esta casa. No sería la sirvienta de nadie, nunca más.

—Por mí, no tienes de qué preocuparte—dijo de pronto Patricia mirando a Ben, sin ninguna emoción—Sé que tu deseo es que viva aquí con ustedes, pero no va a ser posible. David Velar me pidió matrimonio y voy a casarme con él.

Gabriel contuvo la respiración, luego, mirándola con ira, arrojó la silla hacia atrás y levantándose, le gritó:

—¡Qué pronto has encontrado consuelo! ¡Qué falsa resultaste ser!—y sintiendo cómo los celos lo sofocaban, salió del comedor sin dejar de hablar con resentida ira—¡Falsa! ¡Tu amor era falso!

Patricia dejó fluir las lágrimas. No tomó en serio las hirientes palabras del rubio, porque sabía que las había dicho cegado por los celos, el dolor y el resentimiento. Gabriel no podía aceptar que fuera de otro. Eso, Ben también lo supo, por ello, cambiando el rumbo de sus pensamientos, dijo:

—Muy bien, Patricia. Si es tu decisión, así será. En ese caso, nosotros nos iremos de aquí—se volvió a Gemma y le preguntó con una pequeña sonrisa que no logró llegar a sus ojos —¿Hija, te gustaría ir al extranjero? Si te gusta, podemos vivir allá.

Gemma asintió, acompañando a Patricia en su llanto.

—Bien. Nos iremos después de tu boda, Patricia.

Ahora, fue Patricia la que asintió.
 Después de eso, todo fue muy rápido para su gusto. David se sorprendió cuando ella le hizo saber que se casaría con él. Cuando le propuso matrimonio, estaba seguro que ella no lo aceptaría, pero ella lo había aceptado.
—¿Por qué te casas con ella, David?—le preguntó Gerardo una avanzada tarde, mientras el día fijado para la boda se acercaba —Ella no te ama, creo que ni siquiera te quiere, además, está embarazada.

—No lo comprenderías, Gerardo—le respondió David con sequedad, sin mostrar sus sentimientos, los cuales le dolían al darse por enterado que era verdad lo que su hermano le decía. Era posible que Patricia ni siquiera sintiera gusto por él. ¿Podía recriminarle eso? Tanto él como su hermano la habían tratado muy mal, se podría decir que peor que Ben, porque ellos la trataron mal durante años.

—¡Pero, David! ¡Está embarazada! ¿Cómo puedes aceptar a una mujer que ya fue de otro?

David le lanzó una mirada de advertencia. El más joven sonrió, luego, con voz pacífica, murmuró:

—Tienes razón, no lo comprendo, pero es tu decisión y la respeto. En cuanto a mí, desde que supe que está embarazada, dejé de sentir atracción por ella. Sin embargo,  siento por Patricia algo que podría decirse es amor fraternal. Después de todo, no puedo olvidar todos esos años que convivimos con ella. ¿Te acuerdas cómo era de pequeña? Una linda niña que se enfadaba con tanta facilidad porque no queríamos jugar con ella. ¿Te acuerdas cuando ella…?

—Gerardo —lo interrumpió David con dureza —, si tienes un mínimo de vergüenza, mejor cállate. El trato que tú y yo le dispensamos, no fue muy digno, que digamos.

Gerardo se ruborizó. Se encontraban sentados en la terraza de la habitación de David, la cual daba al hermoso jardín. Las penumbras de la noche comenzaban a llegar, tomando el lugar de la luz solar. El más joven se levantó de la cómoda silla y dijo:

—Tienes la suerte de que nuestros padres no se opusieran, desde que supieron que es hija de Ben, la tratan como si fuera una princesa, hasta olvidaron el grave pecado que cometió al fugarse con su hermano.

—¡Gerardo!—soltó David entre dientes, a punto de perder la paciencia con su hermano y sofocando el impulso de darle una buena paliza—¡Jamás vuelvas a decirlo!

—Vale, vale. Perdón. Ya sé que esto debe quedar en secreto. Nadie debe saber que Patricia es hija de Ben. Nuestros padres prefieren las críticas de que te casas con la sirvienta en lugar de que te casas con la mujer que pecó al fornicar con su hermano.

—¡Gerardo!—gritó ahora David, levantándose furioso de la silla—¡Te lo advertí!

Soltando las carcajadas, Gerardo salió de la terraza a toda velocidad y luego de la habitación. David respiró con agitación unos momentos, por la ira, pero después, recobrando su respiración normal, volvió a ocupar la silla y miró distraído hacia el jardín. Si todo seguía como hasta ahora, el próximo sábado, estaría frente al altar al lado de Patricia. Solo tres días más.

Ben se había empeñado en que Patricia viviera esos días en su casa y sabía que ella lo había aceptado porque sólo serían pocos días, no obstante, al visitarla todas las tardes, había descubierto que ella sufría mucho y en el par de ocasiones que vio a Gabriel, descubrió que el pobre también sufría a más no poder.

Y al verlos, la duda entraba en él como enfermedad crónica. Esos dos se amaban con locura y eso lo entristecía a él. Estaba seguro que Patricia jamás llegaría a amarlo. Su corazón siempre le iba a pertenecer a Gabriel. ¿Estaba él dispuesto a sacrificarse por ella? ¿Estaba dispuesto a vivir a su lado, durante el resto de su vida, sin amor por parte de ella? ¿Hizo lo correcto al pedirle matrimonio?

“¿Estoy haciendo lo correcto al casarme con David?”, se estaba preguntando Patricia en ese momento. Había estado ayudando durante todo el día a Gemma a guardar sus cosas en grandes maletas. El domingo, muy temprano, la familia Herrera saldría de viaje al extranjero. Cuando se lo comunicaron a Gabriel, a él pareció no importarle. En realidad, desde que supo que se iba a casar con David, él parecía un zombie. Iba y venía como sonámbulo, sin tomarle importancia a nada.

—Ven, Patricia, vamos a la habitación de Gabriel a guardar sus cosas. Si dejamos que él lo haga, nunca lo hará. Se vive encerrado en su mundo.

—Gemma—dijo Patricia, con voz cansada—¿No podemos hacerlo mañana? Me siento muy cansada y quiero dormirme ya.

—Verás, Patricia—dijo Gemma, parpadeando para secar unas lágrimas que asomaron a sus ojos—yo quería pedirte mañana, si me haces el favor, de ayudarme a guardar las cosas de mamá. Mi padre no las ha guardado. En realidad, no sabemos que hacer con sus cosas. Ella ya no las necesita.

Su voz se quebró y Patricia sintió ternura por ella. La abrazó con cariño. En los últimos días, habían pasado mucho tiempo juntas y un fuerte cariño había brotado entre ellas.

—Tranquila, Gemma. Yo te ayudo a guardar sus cosas, mañana guardamos las de Gabriel y las de tu madre.

—Gracias, Patricia, hermana.

Se despidieron así y se retiraron a descansar. Como las últimas noches, Patricia no logró dormir muy bien. Tenía insomnio y lo poco que lograba dormir, era para tener pesadillas. Pesadillas sobre el día de su boda. Se veía en el altar, a un lado de Gabriel, luego, después de haber aceptado pasar el resto de su vida al lado de él, Gabriel la besaba, pero en el transcurso del beso, descubría que David había tomado el lugar de Gabriel y el beso recibido no era el de su rubio y ella se sentía dolorosamente triste.

Despertaba muy afectada. Si en el sueño, ser besada por David la afectaba así, no quería saber qué sería en la vida real. Prefería no dormir, porque el sueño se repetía vez tras vez, por ello, muy temprano al día siguiente, ya se encontraba levantada y ese día no fue la excepción.

Salió al jardín a esperar que todos los demás se despertaran. En cuanto lo hicieron, ella y Gemma se pusieron a trabajar en las cosas de Gabriel. Patricia intentó permanecer serena al tomar las cosas personales de él en sus manos, pero no sólo no perdió la mente acariciando sus prendas de vestir, sino que se enfrascó en oler todo lo que le pertenecía, a tal grado que Gemma le dijo irritada:

—¡Basta, Patricia! ¡Estás haciendo el ridículo!

Patricia se ruborizó y pestañeo repetidas veces para ocultar el brillo de ilusión que agrandaba sus ojos. Por un momento había creado en su mente un mundo donde solo eran ella y Gabriel, sin esos lazos de sangre que los separaban. Se ordenó mantener el sentido común, así, al terminar con las cosas de Gabriel, se pasaron a la habitación de Ben, quien iba saliendo con una carpeta en las manos.

—Patricia, quiero darte esto—le entregó la carpeta—.Es mi regalo de bodas.

Patricia miró la carpeta y luego a Ben con sorpresa. No quería que él le regalara algo. Su mejor regalo sería ese viaje que la familia Herrera haría al extranjero. Deseaba sacarlos de su vida.

—No necesito una negativa de tu parte, Patricia. Es posible que no volvamos a verte, así que por favor, acepta mi regalo.

La voz de él era suplicante. Desde que supiera que era su hija, Ben no había vuelto a su dureza. Era un hombre por demás diferente al que había conocido. Pero a pesar de eso, ella no lograba llamarlo, “padre”. Miró nuevamente la carpeta y la abrió. Encontró unas escrituras. Levantó la vista y la clavó en Ben con incredulidad. Él asintió al momento de decir:

—Sí, Patricia. Son las escrituras de esta casa, así como las de otras propiedades que están en el centro de la ciudad. Te estoy heredando en vida, Patricia. Déjame darte todo lo que no te di en estos años, aunque sólo sea materialmente. Sé que no podré borrar todo el daño que te he hecho y no quiero que pienses que con darte este regalo, es lo que quiero hacer, no Patricia. No habrá nada que yo haga para borrar tanto dolor y sufrimiento.

Ella lo miró muy afectada emocionalmente. Este Ben podía llegar a conquistarla. No por lo que pudiera darle, sino por sus sentimientos de arrepentimiento.

—Esta casa es tuya, Patricia. Haz con ella lo que quieras. Remodélala, conviértela en tu rinconcito. Desde un principio supe que esta casa era importante para ti. Ahora sé que por eso, ese primer día que nos conocimos, la llamaste, mi casa. El día que Cat murió, la llamaste, mi rinconcito. Te lo devuelvo, hija y perdóname, nunca debí quitártelo.

Patricia no pudo soportarlo más. El hombre se veía tan ridículamente sentimental, que la obligó a lanzarse a sus brazos y con ello lo aceptó como su padre. Ben la abrazó y ambos lloraron,  los tres lloraron hasta que Gemma, perturbada por la emoción, dijo:

—Ya basta de tanto llanto. En esta casa no se hace más que llorar. ¿Será posible que dejemos esto y continuemos trabajando?

Se separaron y Ben se retiró a su despacho mientras ellas entraban a la habitación. Consiguiéndose maletas, se concentraron primero en sacar y empacar todas las cosas de Cat, las cuales eran muchas. Pronto llenaron tres enormes maletas. De vez en cuando, Gemma dejó escapar las lágrimas y estuvo como Patricia en la habitación de Gabriel. Gemma abrazaba de pronto alguna prenda de su madre y lloraba sobre ella, o hablaba de algún recuerdo y Patricia sólo se limitó a escucharla. Jamás le dijo que era ridícula.

—Uf, creo que vamos a necesitar otra maleta—dijo Patricia mirando las tres maletas llenas—aún nos falta lo de allá arriba—señaló la parte más alta del closet—abre otra maleta. Yo me subo al banco y te voy dando las cosas y tú las vas metiendo a la maleta.

Poco a poco, las cosas guardadas en esa sección del closet, fueron pasando a la maleta, así también, poco a poco, quedó al descubierto una pequeña caja. Patricia la tomó y la examinó con curiosidad.

—¿Qué es eso?—preguntó Gemma mirando la caja, forrada con una papel estampado en corazones y varios lazos de diferentes colores—nunca la había visto. Déjame verla.

Patricia le pasó la caja al momento de bajar del banco, atraída por la bonita caja, la cual se destapaba levantando la parte de arriba. Gemma quitó esa parte y descubrieron que era una caja de zapatos y el interior también estaba forrado de igual manera como el exterior. Había varias cosas en la caja. Un cuaderno tipo diario, un sobre con fotografías, unas pequeñas conchas de mar, un anillo muy valioso, unas tarjetas dedicadas y una carta arrugada.

—¿De quien son estas fotografías?—preguntó Gemma mirándolas una a una, pasándoselas luego a Patricia. Un hombre rubio y Cat, aparecían en esas fotografías y se veían muy felices—Ese hombre se parece a Gabriel, pero…

—No es Gabriel, Gemma—murmuró Patricia con voz temblorosa, a la vez que palidecía. Ambas chicas se miraron sorprendidas e igual de pálidas. Se sentaron en la cama y Gemma, tomando la carta arrugada, la desdobló y leyó en voz alta:

“Lo siento, Catalina”, empezaba así la carta, “es verdad que te amo, pero no sé si sea capaz de sentar cabeza. La noticia que me diste de que esperas un hijo mío, no me complace mucho. No estoy preparado para ser padre. No quiero ser padre todavía, así que no me esperes más. Me iré muy lejos. Tú decides qué hacer con ese hijo que estás esperando, no esperes nada de mí…

Gemma no pudo seguir leyendo. Estrujó la carta a la vez que lágrimas de dolor brotaban de sus ojos. Patricia le quitó la carta y desarrugándola, continuó leyendo:

“No esperes nada de mí, no puedo ayudarte. Siempre voy a recordarte. Sé feliz. Tuyo para siempre, pero en ausencia, Guillermo”.

Gemma no podía dejar de llorar al comprender lo que la carta significaba.

—Gemma—dijo Patricia, muy sorprendida—esto debe ser un error. Mira, quizás en el diario de tu madre encontremos algo más.

Con gran rapidez, Gemma tomó el diario de Cat, lo abrió y pasó las páginas hasta encontrar lo que le interesaba. Leyó en silencio derramando las lágrimas sobre las hojas del diario.

—¡No!—gimió dolida—Ben no es nuestro padre, Patricia. Ese tal Guillermo es nuestro padre, mira.

Le pasó el diario a Patricia y ella leyó:

“No sé cómo van a tomar esta noticia mis padres”, había escrito Cat. “No esperaba que Guillermo me dejara así como lo hizo, estoy embarazada y no sé qué hacer, además, esto no es todo lo que me mortifica, sino el echo de que me he dejado consolar por mi mejor amigo. Mi tristeza y la compasión de él, nos han llevado a compartir la cama, pero él es el esposo de mi mejor amiga. El es muy dulce, a medida que paso más a su lado, más siento como me hace olvidarme del abandono de Guillermo. Ben es un gran hombre,  pero es esposo de Valeria, mi mejor amiga y ella me ha dicho que es posible que esté embarazada”.

Patricia adelantó un par de hojas y leyó de allí:

“Finalmente, Valeria nos ha encontrado a Ben y a mí en la cama, en su propia casa, en su propia cama. Ella ha abandonado a Ben y él está como loco. La ha buscado por todos lados. Está muy mal. No come, no duerme, la llama, la extraña, la ama y a mí me dan celos horribles porque me he llegado a enamorar de él, por eso, aprovechando que nunca le dije que espero un hijo de Guillermo, le he dicho que estoy embarazada y no puede dejarme. Voy a darle a él, un hijo…”

—¡Oh, Dios!—balbuceó Patricia, dejando de lado el diario. No necesitaba leer más para darse por enterada que Gabriel y Gemma, no eran hijos de Ben.

Su corazón tembló al percatarse de la sublime esperanza que poco a poco se fue haciendo más real ante ella.

—¡Gemma!—gritó, levantándose a la vez que sentía como algo de júbilo llenaba su tan sufrida alma—¡No somos hermanos, Gemma!

Gemma levantó la mirada hacia ella y sus ojos acuosos la miraron sin entender.

—¡Gabriel y yo! ¡No somos hermanos! —comenzó a brincar, ya sin poder retener esa alegría que fue presentándose haciéndose incontrolable—¡No somos hermanos!

Salió del cuarto gritando lo mismo. No cabía en sí de felicidad. No podía creerlo. Era como un hermoso sueño y no quería despertar de él. En la habitación, Gemma tomó la caja y guardó allí el diario, la carta y las fotos, luego, con ella en manos, salió de la habitación caminando detrás de Patricia que no dejaba de girar y saltar alegre, repitiendo lo mismo. ¡No somos hermanos! Estaba enloquecida de felicidad, lo que provocó que el dolor de Gemma, por descubrir el engaño de su madre, le doliera menos. Patricia bajó a la sala y danzó de aquí para allá, perdida en su alegría.

—¡Patricia! ¿Qué sucede?

Recobrado de pronto su antiguo ímpetu, fue hasta donde Ben la miraba boquiabierto y tomándolo de los brazos, lo hizo dar vueltas con ella por toda la sala, en un baile de gozo total. Gemma llegó hasta ellos y Patricia lo soltó, pero siguió danzando sola mientras Gemma le entregaba la caja a su padre.

—Tienes que ver esto, papá. Así entenderás la alegría de Patricia.

Ben miró la caja, luego a Patricia, finalmente se retiró a su despacho. Gemma fue a detener el baile de Patricia. La tomó por los hombros y le dijo, mirándola airada:

—No olvides que vas a casarte con David Velar.

El brillo de felicidad en la mirada de Patricia se cubrió de sombras. Volvió a la realidad. Las sombras de su mirada se transformaron en angustia. ¿Cómo pudo olvidar eso?

—Iré a decirle ahora mismo que no puedo casarme con él.

El timbre en la puerta, se escuchó. La sirvienta fue a abrir y David entró, imponiéndose con su sola presencia. Patricia parpadeó al verlo. ¿Tan tarde era? ¿Ya era hora de la visita de él? Miró hacia la ventana y notó que el sol estaba bastante alto, así que no era todavía la hora de su visita. ¿Qué hacía aquí?

—Patricia—habló él y su voz fue fría, como casi siempre lo era—Creo que tu felicidad no está a mi lado, así que te devuelvo tu palabra. No nos casaremos.

Sin rodeos, directo. Patricia lo miró boquiabierta. Ese era David. Puso su felicidad de pretexto para hacerle entender que quien no sería feliz a su lado, era él. Lo entendió, porque detrás de la oscura mirada, aparentemente fría, descubrió el amor que él le tenía a ella y descubrió que él sabía que  nunca lo amaría como él la amaba.

 David. Un gran hombre. Podía reconocerlo ahora. Se había convertido en un gran tipo que cuando lo necesitó, estuvo allí para ella. Se sintió muy conmovida y muy agradecida con él, por ello fue a darle un gran abrazo, uno que no fue correspondido al momento porque lo tomó por sorpresa, pero cuando ella le dio un beso en la mejilla, él correspondió al abrazo y con todo su amor, le murmuró al oído:

—Sé muy feliz.

—Lo seré, David—respondió ella—Te lo prometo, Gabriel y yo, no somos hermanos. Muchas gracias.

El la miró, por un momento triste, pero después, una pequeña sonrisa asomó a sus labios y sin decir más, la soltó y se retiró, sintiéndose perdido sin Patricia, pero satisfecho porque ella finalmente sería feliz. Finalmente había concluido que un matrimonio sin amor, no era para él.

Y la felicidad  hizo lucir radiante a Patricia el día de su boda con Gabriel. Ambos se encontraban recibiendo las felicitaciones de sus conocidos, después de la ceremonia. Patricia había pedido que la boda fuera discreta y Ben la complació en todo. Fue un día muy ajetreado, pero al final del día, Gabriel y Patricia se vieron solos, lo que deseaban desde que descubrieron que no eran hermanos, pero no habían encontrado la oportunidad dado que Ben arregló lo de su boda para que ésta se efectuara sin pérdida de tiempo, por lo que habían estado muy ocupados con los preparativos.

—¡Al fin! —murmuró Gabriel tomándola en brazos para cargarla y pasar con ella el umbral de su habitación, en donde se cambiarían los trajes de la boda por unos más cómodos, ya que en unas horas, debían tomar un avión para hacer su viaje de luna de miel.

Patricia se dejó cargar y se estremeció de emoción. Miró al rubio con todo su amor. Su oscura mirada tembló por un momento por la amenaza de las lágrimas.

—Creí que te perdía para siempre—murmuró contra su pecho—No sabía como iba a vivir sin ti.

—Olvidemos esos horribles días—aconsejó Gabriel llevándola a la cama—mejor pensemos como vamos a mejorar esas dos noches que pasamos juntos, cuando nos fugamos.

Patricia se ruborizó deliciosamente. Su mirada lanzó chispas por la anticipación del momento y preguntó con voz sorprendida y bajísima:

—¿Se puede mejorar?

—¿Te lo muestro?—preguntó él a su vez, con expresión sensual.

—Pero el avión…

—No te preocupes. Hay más aviones.

Y prefirió mostrarle lo mucho que se podían mejorar esas mencionadas dos noches, a estar a tiempo en el aeropuerto para hacer su viaje de luna de miel. Para ellos, su luna de miel ya había comenzado.
F I N…


—¡Aguarda!—gritó Gabriel en medio de la oscuridad, mucho, mucho más tarde—¡No pongas fin todavía! ¿Voy a ser padre? ¡Patricia! ¿Vas a darme un hijo? ¡Oh, Patricia! ¡Que feliz me haces! ¡Creo que voy a…!
F I N