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Hay ocasiones en las que la imaginación vuela más allá de las estrellas, veces en las que simplemente creas y creas cantidad de leyes diferentes a las conocidas, mundos inauditos, a los que desas dar imágen y validez. Nada mejor que otros vean aquello que piensas para que sea valorado. Disfruten de los universos que se crean aquí y relaciónense con ellos. Vean qué afecta en su vida, qué es igual, cómo lo cambiarían y qué harían en el lugar de x personaje. No sean tímidos y dejen lo que su mente piense en el momento. Sean felices siempre.

miércoles, 3 de abril de 2013

Un Cuento de Hadas Desesperado



Un Cuento de Hadas Desesperado

Prólogo

“El amor al noble le hará retornar.”

“Sin damisela a quien rescatar ese mundo quedará.”

“Quien el círculo se atreva a romper, un sacrificio hará.”

“El propósito inicial, cualquier barrera destrozará.”


Una habitación oscura era adornada por un lecho bien cuidado, un estante grande con libros de diferente color y grosor, y una pequeña mesa de apuntes a un lado de él, donde descansaba uno de aquellos libros con sus páginas abiertas, un tintero y su pluma. Allí, un hombre se mantenía sentado en el suelo con las piernas cruzadas, en el centro del cubículo. La capucha del color de las penumbras que gracias a las cortinas cerradas imperaban en el lugar, ocultaba su rostro más de lo que las sombras lo harían. Frente a él, una bola de cristal de quince centímetros de diámetro reposaba en el suelo. El hombre no hacía movimiento que no fuera el tamborileo constante entre sus dedos. La quietud en el ambiente era palpable, así como cierta tensión.

De pronto, la bola de cristal se elevó eventualmente, suspendiéndose en el aire, cerca de treinta centímetros, y desde su interior, simultáneos y alternos colores se apreciaron antes de que éstos rompieran cualquier ley física y atravesaran las paredes interiores del cristal, para que los colores también se vieran fuera de la esfera. Los colores, que no eran más que la condensación de poder, rodearon el objeto y al hombre al tiempo que las paredes se cimbraban. El lecho, el estante y la mesa se movieron con brusquedad, logrando que lo que fuera que estuviera sobre ellos comenzara a caer. Entonces, tal como había iniciado todo, en un segundo se detuvo y la bola volvió a su lugar en el suelo, por lo que la oscuridad volvió a reinar. Fue entonces que el hombre dejó su tarea de tamborileo, quedándose quieto.

—Ha llegado.

La frase quedó encerrada en el mismo cuarto, quedando sola cuando él, en un parpadeo, se alzó con velocidad y tomando un extremo de su capa, dio un giro sobre su propio eje y desapareció. La hora de que el comienzo se llevara a cabo había llegado, y como especial y único encargado, debía asegurarse que las cosas marcharan de manera adecuada.



No un cuento cualquiera

Acomodó con precisión las plumas y los lápices que había utilizado para los apuntes y ejercicios de esa materia en el pequeño estuche que ayudaba a una mejor organización de los mismos. Luego, con cuidado guardó el estuche en la bolsa frontal de su mochila, teniendo cuidado de que encajara en el lugar correspondiente sin que las otras cosas se desordenaran. Sonrió con felicidad cuando lo consiguió.

—¡Hey, lenta! ¿Qué tanto haces?

A su lado se colocó una joven de cabellos rubios cenizos, dueña de un par de ojos azules como el cielo y poseedora de una piel blanca como la porcelana. Le sonrió.

—Lo lamento, Mina, arreglaba todo. ¿Nos vamos?

—Claro —se pusieron en camino saliendo del aula, dispuestas a dejar la universidad—. ¿Qué pasa contigo, Ruth? Eres una aficionada al orden. A veces eres un poco aburrida, ¿sabes? Me pregunto si no serás de la realeza —Ruth rio con delicadeza—. ¿Ves? Hasta te ríes como alguien de la alta sociedad.

—Por supuesto que no, pero soy alguien con clase.

—¿Qué significa eso? ¿Que yo no tengo clase? ¡Mírame! ¿Qué hay de malo conmigo?

Ruth la miró. Ese día vestía una camisa roja de tirantes dado el calor, unos jeans y calzaba unos converses. Su largo cabello siempre lo mantenía atado en una coleta alta. Ella solía vestir más conservadoramente. Negó con la cabeza.

—No hay nada de malo contigo, Mina. Luces bien.

—Me importa más la comodidad —aceptó continuando con el paso—. Odio los vestidos y las faldas. No puedes moverte con libertad. Son como esos grilletes con grandes bolas de hierro que usaban para los presos en... no sé qué año.

—¿Se usaban?

—¿Qué no? Lo vi en la tele.

—¿En caricaturas?

—Ajá —Ruth volvió a reír—. ¿De qué te burlas? Realmente no te entiendo...

Siguieron caminando hasta que en un descuido, al momento de pasar por un grupo de personas, a Ruth la chocó una chica que tenía una malteada de fresa y ante el impacto, ésta tiró el vaso manchándose un poco la camisa, el pantalón y las botas.

—¡Estúpida! —Chilló la chica con rabia—. ¿Por qué no te fijas por dónde vas, ciega?

—Lo lamento mucho —se disculpó Ruth, avergonzada.

—No tendrías que hacerlo si prestaras más atención, torpe. ¿Qué harás ahora para pagar tu error?

—Oye —Mina se enfrentó a la quejona—. Fuiste tú quien la chocó, no ella.

—No es verdad...

—Sí que lo es. Y no puedes ir insultando a la gente así como así.

—Pero ella...

—¿Qué quieres? ¿El dinero de la malteada? Bien —Buscó  el efectivo en el bolsillo del jean.

—Mina... —Ruth estaba por decir algo, pero ella le indició que guardara silencio.

—No hay problema. Aquí está.

Le extendió un billete a la gritona y ella iba a tomarlo cuando Mina lo soltó y cayó en el líquido rosado esparcido por el suelo.

—¡Ups! Se me cayó, pero ahí está si te interesa todavía.

—¡¿Pero qué...?!

—Adiós.

Mina tomó a Ruth de la mano y se fue corriendo de la escena del crimen, no sin antes pisar el dinero caído, ensuciándolo más. Mina estaba que reventaba de risa, ya una vez alejadas del tumulto.

—No debiste hacer eso —la reprendió Ruth.

—¿Por qué? Ella fue muy grosera contigo. Tan sólo te defendí. Deberías aprender a hacerlo.

—Pero...

—No es malo. Sabes que no causo alboroto. Sólo actúo cuando la ocasión lo amerita. No esperes a que tu príncipe azul venga y te salve... Oh, mira la hora. Hay que ir con la señora esa hoy, ¿no?

—Sí. Hay que limpiar el ático de la casa de su difunta madre antes de que la venda.

—¡Ah, qué pereza! —Mina se estiró un poco—. Ni hablar, vamos ya o se nos juntará con otra diligencia.

Ninguna de ellas contaba con un trabajo fijo a medio tiempo, pero dado la necesidad del dinero para solventar un poco el gasto de la universidad, a veces iban de casa en casa ofreciéndose para hacer algún tipo de trabajo lo suficientemente agotador como para que los dueños no lo hicieran y estuvieran dispuestos a pagar a alguien más para hacerlo. Ya tenían experiencia juntando las hojas de los patios en otoño, apaleando nieve en invierno, dando mantenimiento al jardín en verano, archivando documentos, entre otras cosas. En esa ocasión irían a limpiar aquel ático, el que les sacó un suspiro de cansancio prematuro en cuanto vieron la cantidad de cosas, cajas, libros, ropa y demás que había almacenado allí. ¡Manos a la obra que había mucho que arreglar!

Gran parte de la tarde  se les fue acomodando, quitando polvo y preguntándole a la dueña con qué se quedaría, qué botaría o qué deberían llevar a la tienda de segunda mano. Ruth acomodaba unos artículos de un extremo del ático en tanto Mina abría unas cajas y las revisaba, del otro lado del lugar. Comenzó a sacar cada una de las piezas que había en las cajas, al tiempo que las desempolvaba. Sacó un pequeño y delgado libro de pasta dura, azul clara y sin chiste, que no tenía nada que no fuera el título del libro.

— “Un cuento de hadas desesperado” —leyó Mina y giró el libro en sus manos unas veces, alzando la ceja y sin dignarse a hojearlo—. Oye, Ruth, te gustan los cuentos de hadas, ¿verdad?

—Sí, bastante.

—Ya decía yo, vives como en uno. Tal vez quieras quedarte con este. Tiene un título que no había visto antes. A lo mejor vale la pena. Sabes que no soy de esa clase de historias.

—Primero deberías preguntar si ya no lo querrán antes de ofrecerlo a la gente, Mina.

—Ah, sí, bueno. Al rato preguntamos para que te lo lleves.

Ruth rodó los ojos. Su amiga era simplemente imposible. Minutos más transcurrieron y Ruth recibió una llamada inesperada

—De acuerdo, voy para allá —colgó su celular y se dirigió a la rubia con mirada preocupada y voz temblorosa—. Mina, me voy. Todd cayó de las escaleras de la escuela y está en el hospital.

—¿Todd? —Repitió recordando al chico de doce años—. Anda, yo aguanto aquí.

Ruth asintió y se fue de allí a prisas, dejando sola a Mina, quien continuó con su labor un poco más antes de que la jefa temporaria subiera a verla.

—Puedes irte si quieres. Luego vienen las dos a terminar.

—¿En serio? —la emoción no pudo ocultarse y la mujer sonrió divertida—. Gracias.

Se levantó e iba a bajar imitando a la señora, pero antes fijó su atención al librito azul.

“Se le olvidó”, pensó y sin pensarlo mucho, lo alzó y finalmente bajó al pasillo de la casa. Buscó a la dueña.

—Oiga, ¿este libro lo necesita para algo? —le extendió el susodicho y apenas la mujer vio el título, se lo devolvió.

—No, ha de ser algo que mamá leía a los nietos cuando la visitaban. Ahora no hay necesidad de conservarlo. Puedes deshacerte de él.

—¿Me lo puede regalar? Es decir, si lo va a tirar de todos modos, puedo quedármelo.

—Sí, te lo doy. En fin, ¿te vas?

Mina asintió, no queriéndose sentir corrida y se encaminó a su casa, sin que pensamientos relevantes revolotearan por su mente. Lo más importante sería hacer su tarea, pero esa también entraba en el grupo “trivialidades”. Llegó  y dado que la tarde era avanzada, se recalentó la comida que su madre había preparado. Su padre llegaría mucho después. Al terminar de comer, se dio un baño y se encerró en su habitación a hacer sus labores escolares, pero como allí tenía una portátil, primero vio su perfil en una página social muy popular en la que tenía una cuenta. Desafortunadamente no había muchas novedades. Ruth ni siquiera había puesto cómo estaba su hermano ni nada.

Vagó unos instantes más, sin muchos deseos de enfrascarse en la tarea, pero decidió que era hora de empezar, por lo que inició con las investigaciones y cualquier ejercicio que tuviera que hacer por computadora; no obstante, se aburrió más rápido de lo que pensó. Se recargó en el respaldo de la silla movible en la que estaba y se estiró de nuevo, disfrutando de la sensación en sus músculos. Miró el mismo escritorio que usaba, pero de lado derecho, que era un espacio libre sin nada sobre él, en el que hacía sus problemas y ensayos. Allí había dejado el librito. Frunció la boca y el ceño, pensativa. No acostumbraba leer esa clase de cuentos, pero no le haría daño a nadie si lo intentaba y mucho menos moriría, ¿verdad? Así que segura de sí misma, lo tomó y se echó sobre su cama.

Lo miró con detenimiento unos instantes. Tan sencillo y simple. Parecía haber sido impreso el siglo pasado, o tal vez era más viejo. Cuando finalmente lo abrió y descubrió las hojas de un color amarillento, se dio cuenta que tenía razón. Sin embargo, por la rigidez de las mismas, pareciera como si no hubiese sido leído nunca, o en el caso, muy pocas veces. Pasó la hoja que repetía el título del libro, el cual aún le parecía extraño, y pasó la hoja que siempre estaba en blanco y de la que seguía la verdadera historia. Escasas palabras leyó antes del primer pestañeo y con ese, frente a ella, un escenario diferente apareció. Un cuarto totalmente diferente al suyo.

—¡¿Eh?! —No ahogó su sorpresa y ese grito lo demostró.



Bienvenida, princesa



Miró con confusión total su entorno. Una habitación con grandes ventanas, anchas y casi del alto de la pared, cuyas pesadas y elegantes cortinas recogidas dejaban ver la luz del día, iluminándolo todo. Estantes y estantes llenos de libros, apilados uno sobre otro tapizando las paredes. Al fondo, algo parecía hervir en un caldero, lo que ocasionaba un olor poco común en el ambiente, pero sin llegar a ser desagradable. Sobre el caldero, una repisa sobresalía en la que había frascos que contenían líquidos brillantes y de extraños coloridos. ¿Dónde rayos estaba? Se miró a sí misma. Incluso su ropa había cambiado. Ahora vestía con lo que parecía ser un remedo de vestido color chocolate, desgastado y manchado, junto con un delantal igual de sucio y unos zapatos ligeros a punto de acabarse.



—¿Qué demonios…?



—Oye…



Una voz masculina resonó por el lugar al tiempo que sentía que alguien la sujetaba del brazo. Otro grito escapó de su garganta cuando descubrió una figura humana que usaba una capucha negra hasta las rodillas y cuyo gorro ocultaba su rostro.



—¿Quién eres? —preguntó con susto.



—Tare…

—¿Qué quieres? ¿Qué es este lugar? ¡¿Por qué estoy aquí?! ¡Hey! —La desesperación comenzó a hacerla su presa y se movió inquieta, intentando librarse del desconocido.

—¡Qué escándalo! —Dijo él bajando el gorro de la capa, mostrando sus ojos de un inusual tono rojizo, cabello negro como el ónix y piel tostada—. ¿En verdad eres una princesa?

—¿Estás loco? —ella se zafó del agarre y miró al hombre joven, aunque un poco mayor que ella, con extrañeza—. ¡Por supuesto que no lo soy! Soy Mina y soy una estudiante normal de universidad, para tu información.

—Lo sé —aceptó sin más Tare, lo que desencajó a Mina todavía más—. Has sido llamada a este mundo para que cumplas el papel de princesa, ¿entiendes?

—Oh… Princesa, ¿eh?

Un silencio más que incómodo, fuera del sentido común, se apoderó del entorno unos segundos antes de que, con velocidad sorprendente, Mina se dirigiera a un estante y lo empujara con fuerza logrando un desastre, captando la atención del que creía era su captor y así tener la oportunidad de salir de ese cuarto tan raro del que afortunadamente ya había ubicado la puerta.

—¡Espera! —gritó Tare al verla salir.

Obviamente ella no hizo caso al llamado y corrió alejándose de allí, con incomodidad por estar usando un vestido e importándole un rábano que no sabía dónde estaba, así que simplemente tomó el camino a la izquierda al salir de la estancia y luego giró en otro pasillo. No necesitaba saber de arquitectura para concluir que esa casa era muy grande y ostentosa. Una mansión, quizás. En eso, su captor apareció frente a ella deteniendo su paso, asombrándola. ¿Cómo llegó allí tan rápido? Antes de que se girara y volviera a correr en dirección contraria, él volvió a sujetarla.

—¡Suéltame! —exigió forcejeando con fuerza.

—Déjame explicarte todo.

—¡Ni hablar! Estás enfermo de la cabeza, realmente enfermo. Por mi salud mental me alejaré de ti.

—¿Qué clase de princesa dice esas cosas?

—¡Ya te dije que no soy una princesa, maldita sea!

—Tare.

Su cazador, de una vestimenta que no había visto más que en libros parecida a una túnica de una pieza, pero en lugar de falda era un pantalón azul eléctrico y llevaba atado a la cintura un cinturón grueso de lino negro que combinaba con la capucha, además del par de zapatos poulaines, es decir, con la extremidad puntiaguda, se detuvo en seco al oír su nombre, por lo que Mina, instintivamente también detuvo el forcejeo. Los dos dirigieron su vista al dueño de la voz, encontrando a un joven hombre, tal vez de la edad de Mina, alto, atractivo, de penetrantes ojos verdes y que vestía de manera fina y lujosa.

—¡Príncipe Kadin! —exclamó sorprendido Tare de verlo allí.

—¿En serio? ¿Príncipe? —inquirió Mina por demás incrédula, sarcástica y hastiada de todo aquel tema de la realeza.

—¿Quién es la joven? —preguntó Kadin hallándose interesado en ella al ser consciente de su presencia.

—Nadie —se apresuró a decir Tare y tomando un extremo de su capa con una mano y sujetando el brazo de Mina con la otra, giró sobre su eje y desaparecieron de la vista del príncipe.


—¿Eh? ¿Ah? ¿Qué…?

Mina se vio mareada y desorientada de un momento a otro. ¿Qué había hecho ahora ese tipo? Se giró varias veces para ubicarse y paró en seco cuando una estructura amplia, grande y majestuosa, de construcciones variadas, se presentó ante sus ojos. ¡Era un palacio en todo el sentido que la palabra encerraba! Jardines verdes, llenos de flores y bien cuidados se extendían a metros a la redonda, junto con un pequeño estanque de un lado y los hermosísimos senderos de piedra pulida y brillante que los dividía y permitía el acceso y salida de tan esplendoroso lugar. Mina estaba por demás sorprendida. No creyó que en su vida sería capaz de ver semejante clase de obra maestra en la arquitectura. A su lado, Tare permaneció en silencio, observando también el palacio y una que otra vez a ella, agradeciendo que la impresión la tranquilizara un poco. ¡Vaya persona más problemática le había tocado!

—Oye, tú —habló entonces Mina saliendo de su ensimismamiento—. ¿Cómo llegamos aquí? Quiero decir, hace nada estábamos dentro de allí, ¿no? —Señaló el palacio—. ¿Cómo de pronto llegamos aquí? —Señaló donde estaba parada.

—Transportación inmediata. Una de las tantas habilidades que poseen los magos.

—Ah, ya veo…. ¡¿Qué?! ¿Magos? —Él asintió impasible—. No, no, no —negó ella caminado de un lado a otro frente a Tare—. ¡No intentes pasarte de listo conmigo! Soy lo suficientemente despierta como para no dejarme engañar, ¿me oyes? —lo apuntó con el dedo.

—Es grosero hacer eso —le dijo y bajó su mano—. No pretendo engañar a nadie. Es por ello que debo explicarte.

—¿Explicarme qué? Nada de lo que digas tendrá sentido.

—Antes de venir aquí, leías un cuento, ¿cierto? —Con ese comentario ganó todo su interés. Ella asintió—. Bueno, ese cuento es este —Tare extendió sus brazos mostrando todo lo que Mina pudiera ver—. Sin embargo, debido a que fuimos víctimas de una maldición provocada por propósitos egoístas, el cuento se ha quedado sin el personaje principal que cumple el papel de princesa. Es por ello por lo que estás aquí. Para tomar ese papel.

—Alto, alto, ¡alto! ¿Piensas que voy a tragarme esa historia? ¡Está fuera de toda lógica!

—Puede ser, pero es la verdad…

—No, no, no —volvió a negar y ahora se concentró en dar vueltas alrededor de Tare—. ¡No puedo creerlo! Y en caso de que hubiera una remota posibilidad de que fuera cierto…

—Lo es.

—Déjame terminar. Si fuera cierto, ¿por qué yo? Yo no sirvo para esto de las princesas.

—No se elige a quién sí y a quién no. Cualquiera que abra el libro entrará en él.

—¿Y los chicos?

—No aplica. El papel faltante es de la princesa, no del príncipe.

—Bien, y supongamos que lo abre una niña de cinco años o una anciana de sesenta. Bonitas princesas vas a presentarle al príncipe, ¿no? Una que bien podría ser su hija y la otra su abuela.

—La maldición está bien hecha. No importa la edad original, se ajusta a una conveniente para que el cuento corra como debería.

—Tienes que estar de broma. Dime que sí, que es una cruel broma —suplicó ella aferrándose a la capa de él.

—Lo siento.

Ella suspiró alejándose de él y un abatimiento se apoderó de su ser.

—Significa que no volveré a casa, ¿eh? —susurró con pesar.

—Negativo. Lo harás.

—¿De verdad? —La ilusión volvió, pero el enojo la suplió al instante—. ¿Por qué no me lo dijiste antes? En este tipo de situaciones es lo primero que debe contarse, rayos. ¿Y? ¿Qué hago para regresar a casa?

—Terminar con el cuento.

—Ok, terminar, terminar —dio unos pasos, meditativa—. ¿Terminar? —Abrió los ojos con sorpresa y espanto—. ¿Significa que tengo que casarme con el príncipe? Todo cuento termina así.

—No necesariamente. Con el beso final basta.

—¿Beso? Supongo que puedo estar un poco más tranquila… aunque aún me desconcierta tener que besar a un desconocido… Pero, ¿por qué un beso?

—¿Qué? ¿No leías cuentos de hadas cuando eras pequeña? El beso en un cuento es principalmente importante. Es aquel que puede despertar del sueño eterno, levantando un muerto y deshacer cualquier maldición o hechizo. Es el beso el que permite que se escriba el “y vivieron felices para siempre”.

—Ahora en verdad estoy desmotivada. Es demasiado cursi. No creo que lo haga, ¿sabes?

—Debes hacerlo. La maldición no sólo dicta que no hay princesa, sino que, como tal, sin una protagonista que cumpla el cuento, este mundo no verá propósito y será destruido.

—Eso suena feo, pero no tengo la culpa.

—Ya estás involucrada. No hay problema, sólo sigue la historia.

—¿Y cómo se supone que lo haga? No terminé de leer… Es más, ni siquiera leí la primera página. No sé de qué va esto.

—¿Conoces la historia de Cenicienta?

—Sí. Vi la película cuando cuidaba a una cría malcriada.

—Haz lo mismo.

—¿Lo mismo? ¿Quieres decir, vivir bajo la opresión de mi madrastra y mis hermanastras, rebajándome a ellas, hacerles el trabajo y cumplir con sus caprichos?

—Exacto.

—Adiós, gracias por todo.

Y se habría ido de no ser porque Tare lo sujetó del brazo otra vez.

—No puedes huir de la responsabilidad.

—¡Que la responsabilidad se vaya al cuerno! No quiero una vida así. No me importa que este mundo se vaya al traste.

—¿Cómo puedes ser tan egoísta? ¿No deseas volver a casa?

—Sí, pero…

—No hay otra forma.

—No es justo. Este papel es muy difícil. Tú no tienes que hacer nada.

—¿De qué hablas? Soy el único en todo el reino que sabe sobre la maldición. Soy el único que carga el peso de ella. Soy el único que puede hacer que las cosas sigan su curso. Mi función es la más importante. Además, como tu prospecto mágico personal debo cuidar de ti.

—¿Prospecto mágico personal? —una risilla burlona y malévola la asaltó—. ¿Te refieres a que eres mi hada madrina?

—No…

—Tienes razón. El calificativo perfecto es hada padrino.

—Es mago.

—Lo que tú digas, hada padrino.

—Suficiente, es hora de ir a tu nuevo hogar.

Mina iba a reprochar algo más, pero volviendo a realizar la trasportación inmediata, ella y Tare arribaron a otro lugar.





Inicia el papel


—Qué pocilga.

Fue la primera impresión de Mina al ver el cuartito pequeño y con apenas las comodidades básicas, como la cama y… En realidad, sólo había una cama y la rubia pensó que si la tenía era por caridad. A un lado, un montón de ropa vieja y percudida se dejaba ver. Por lo menos estaba doblada cuidadosamente. Del otro lado había un espejo agrietado de apenas cuerpo completo, ya que la esquina superior izquierda le faltaba. A un lado de éste había una silla con uno que otro accesorio para el cabello, como una liga, un broche grande, un par de sujetadores pequeños y un cepillo.

—Este lugar es horrible.

—Es tu habitación… o lo será a partir de hoy. Es el ático.

—Estas mujeres son más crueles que las de Cenicienta. Por lo menos está limpio, aunque me temo no será por mucho tiempo.

—Cenicienta es muy limpia.

—Sí y olvidas que no soy ella. Por cierto, tengo una duda desde hace rato. ¿Por qué no me presentaste con el príncipe antes? No era mejor para solucionar todo esto de una buena vez.

—No, Kadin no debe conocerte antes de tiempo. La historia no estaría en orden si eso pasa.

—Eres muy especial con todos esos detalles, ¿no? —Mina suspiró y se estiró una vez más—. Ya qué. Haré lo que pueda.

Tare asintió. Quizás no sería tanto problema como creyó. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien del conocido mundo real había ido al suyo. Se aseguró de que aquella persona guardara el libro en lo más recóndito, escondiéndolo. Nada bueno salía de aquello. Como pasaba siempre, ambos, príncipe y princesa terminaban enamorándose y luego ella debía regresar a donde pertenecía quedando con el dolor de la separación de un amor, sin vuelta atrás. En el mundo de Tare no había problema, él retornaba todo al inicio, en expectación de que la historia se repitiera. Era la vida de todo personaje en un cuento.

—Entonces…

—Mina regresó.

Una vocecilla chillona interrumpió a Tare y cuando los dos dirigieron su visión hacia donde provenía, dos pares de ratones se dejaron ver en la cama, sacándole un grito de pánico e impresión a Mina, quien como acto reflejo, se subió a lo primero que la mantendría lejos de los roedores, que fueron los brazos del mago.

—¿Q-q-qué es eso? —apuntó desesperada a los animalitos, aferrándose al cuello de Tare.

—Ratones —obvió él.

—Yo sé eso. A lo que me refiero es, ¿por qué hablan?

—¿En verdad conoces Cenicienta? —preguntó escéptico.

—Ya te dije que sí, pero… ratones parlanchines… ¿Por qué debe haber de esos aquí también?

—Para que todo cuento sea llamado como tal, debe cumplir con los estandartes y entre ellos están, como puedes ver, los animales que hablan.

—Mina, ¿estás bien?

—Sí, luces pálida —dijeron los ratoncitos, preocupados.

—Vaya, se adaptan a las nuevas caras —comentó con sorna—. Me tratan con tanta familiaridad y ya hasta saben mi nombre.

—Como dije, la función de un mago es importante.

—¿Tú los preparas?

—Desde que soy consciente de la nueva princesa. Ahora, ¿mis brazos son cómodos?

—De hecho sí.

—Voy a soltarte.

—Vale, me bajo, me bajo.

—Una princesa no es tan desvergonzada —dijo en cuanto Mina lo liberó.

—¡Qué lata! Yo no soy una princesa.

—Recuerda que ahora lo eres y hablando de eso, te llaman.

—No es ver…

—¡Mina! ¡Mina! ¿Dónde estás, tonta? —se oyeron voces desde la planta baja.

—Disfruta tu estadía.

Y con aquella palabras, Tare se despidió desapareciendo de su vista. Escuchó que las voces seguían llamándola, cada vez más molestas, insultantes y fastidiosas. Volvió a suspirar.

—Por favor, dame fuerzas para soportarlas o aquí correrá sangre.

Mina salió de su cuarto y bajó las escaleras del mismo, luego buscó las escaleras para bajar al primer piso, de donde descubrió provenían las voces. Tardó un rato en encontrarlas. Parecía ser que también vivía en un estilo mansión, lo que no la extrañó al recordar que el padre de Cenicienta era bastante próspero hasta que murió, quedando todo en manos de su esposa, que era su madrastra y las hijas, dejándola a merced de ellas, hundiéndola en la más grande desdicha.

“A buena hora se te ocurrió colgar los tenis, padre querido”, pensó con sarcasmo.

Al ir descendiendo las escaleras, en la base vio a tres mujeres. Una de edad madura con cara de malvada, claro, y un par más jóvenes con la misma expresión y relativamente lindas; por supuesto que ella lo era mucho más. Y una pregunta llegó a su mente. Si una chica que entraba allí era fea, ¿las demás se volverían más feas que ella? Se suponía que Cenicienta era la más bella del reino, ¿no? Sonrió divertida. Sería genial ver aquello. Sacudió la cabeza con ímpetu. No era momento de pensar en semejantes estupideces. Debía inhalar y exhalar para tranquilizarse de antemano y mentalizarse. Había estado pensando que se trataba de un sueño, pero no estaba tan segura ahora.

—¿Qué pasa contigo, tortuga? —era una de las hermanastras, tenía una voz… ¿cómo describirla? Como si un montón de mocos le taparan la nariz, sí, así era.

—¿No has fregado los pisos todavía, Mina? —inquirió la madre con porte de dignidad, orgullo y crueldad. Por un momento la turbó a tal grado que la llevó a responder con voz baja y sumisa:

—No, señora.

—¿Y qué esperas, inútil? —dijo la otra hermana, con voz chillona, demandante y consentida.

“Fresa”, pensó Mina al oírla.

—Estoy en eso —volvió a responder con voz tímida. Se sorprendió de lo buena actriz que era.

—Pues date prisa, adefesio —la apuró la de la nariz obstruida.

“¿Se ha visto en un espejo?” Mina no estaba feliz por el adjetivo.

—Vamos, Mina, no tenemos todo el día —siguió diciendo la madrastra—. Esta noche tenemos visitas muy lejanas. Los parientes de tu padre vienen y hay que darles una buena impresión. Es una pena que tus amigos te hayan invitado a salir y no nos acompañes en la cena.

—¿Lo hicieron?

Se dio cuenta que no debió preguntar cuando la mujer le lanzó una mirada llena de ira y las dos hermanas carcajearon, burlonas y déspotas.

—Pero qué imbécil eres —dijeron las supuestas damiselas—. ¿Cómo ibas a tener amigos en primer lugar?

—Mina, no toleraré esa insolencia. Ahora no sólo friegas el piso, sino que lavas las ventanas y sacudes el polvo de cada mueble —dijo la madrastra, ocasionándole casi un infarto a Mina. ¡En su vida había hecho tanto trabajo!

—Pero…

—Sin reclamos. No tienes derecho en esta casa —volvió a hablar la mujer—. Si vuelves a hacer otro comentario te echaré. Ni se te ocurra acercarte a la reunión de hoy o volveré a encerrarte en tu habitación bajo llave.

—En verdad eres idiota.

Las risas hicieron eco en su cabeza y apretó los puños bajando la mirada. Era demasiado y no lo decía por la limpieza, sino por esa actitud de ellas hacia su persona. ¿Por qué tenía que dejarse degradar? Ah, sí, por ese estúpido cuento en el que se había metido y sin desearlo.

—Ileana, Sea, vámonos, hijas.

Las jóvenes caminaron junto a su madre y le volvieron el rostro a Mina al pasar a su lado, indicando la poca cosa que era como para siquiera verla directamente.

—Bola de arpías.

El susurro fue más claro de lo que pensó, o por lo menos para los expertos oídos de la mayor, quien se detuvo y se volvió un poco a ella para mirarla.

—¿Has dicho algo, Mina?

—En absoluto, señora. Si me disculpa.

Mina hizo una torpe reverencia y se alejó, dispuesta a cumplir con las labores que se le habían encargado, soltando entre dientes mil y un maldiciones hacía ese trío del demonio. En ese momento desearía tener los mismos poderes que Tare. Como imaginó, ese día trabajó como burro y prometió que no volvería a rechistar de los quehaceres domésticos que le tocaban en casa. Tuvo que terminar todo sin descansar, puesto que sobre ella estuvieron las tres villanas del cuento, apresurándola y al final del día habría explotado contra ellas de no ser porque terminó más molida que la papilla y porque descargó todas sus energías en las tareas. La corrieron poco después, pues los invitados estaban por llegar. Con mucho sacrificio llegó a su espacio personal. ¡Nunca había odiado tanto las escaleras! Se miró las manos y descubrió las ampollas. Realmente le dolían, así como la espalda, los brazos, las piernas, la cabeza… ¡Qué rayos! Le dolía el cuerpo entero.

Se recostó en el lechito que funcionaba como cama y un gemido de dolor acompañó la acción. Lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Nunca había sido una persona dada al llanto con facilidad, pero ese día había rebasado su límite en todo sentido. No sólo lloraba por las punzadas que azotaban cada músculo, sino que la rabia y la impotencia también la llevaron a soltar aquellas gotas como las mismas emociones reprimidas. Cuántas veces quiso golpear a esas habladoras insensibles con la escoba o lazarles el agua sucia para callarlas. Y eso que apenas era el primer día. Sintió pesar por Cenicienta y al mismo tiempo admiración. Aguantar semejante maltrato y no suicidarse, ¡increíble! La veía con otros ojos. Con esa clase de pensamientos, mientras una cuestión surgía en su mente a la que decidió preguntarle después a Tare, sus ojos no soportaron el impacto y la fatiga del día, por lo que sus párpados bajaron, evitando cualquier visualización y quedó profundamente dormida, sin importarle el bullicio que en la planta baja comenzaba a formarse.


En una habitación en penumbras, como solía dejarla, Tare sostenía su bola de cristal en la mano derecha, en la que podía apreciarse la silueta durmiente de Mina, tan clara y nítida que parecía que la oscuridad no reinaba en el cielo.

— “Qué linda se ve durmiendo.”

Una voz se escuchó tras él, sobresaltándolo un poco, aunque se controló. Se volvió y vio a un zorro adulto, cuyo pelaje era del color de sus ojos.

—Eepa —lo llamó y el zorro se sentó a su lado en el centro del cubículo.

—Es lo que estás pensando, ¿no? “Qué linda se ve durmiendo” —repitió el zorro.

—Nada de eso.

—¿Entonces qué piensas?

—Que quiero acabar con esto de una vez.

—¿Y volver a lo mismo? ¿Repetir el círculo?

—Sí, volver a lo mismo. Repetir el círculo.

—Cobarde.


Tare fingió no escuchar lo último y con otra mirada a la durmiente Mina, la esfera volvió a su estado original. 




El príncipe Kadin





Un tono agradable fue colándose al mundo de los sueños, logrando que poco a poco recuperara la consciencia. Había dormido de una toda la noche, no obstante, cuando se movió un poco, descubrió que aún se mantenía agotada por todo lo del día anterior y con el dolor presente. La musiquita que había atravesado su descanso se hizo más clara y continuando acostada, se giró para darle la cara a la ventana, donde un día claro y azul, resplandeciente por el sol, se mostraba. Digna descripción de un día de cuento de hadas. También vio que los pajaritos que le cantaban deseándole buenos días, picoteaban el vidrio para que abriera. Ella sonrió y con todo su pesar, porque en verdad su cuerpo pesaba como el plomo, abrió la ventana dejando que las avecillas entraran a la habitación.



—Y ustedes son los amigos de Cenicienta, ¿eh? —Les dijo acariciándolos con suavidad y ternura—. Ahora entiendo por qué nunca estaba triste a pesar de no socializar. Creo que sin ustedes se habría vuelto emo.



—Mina —un ratoncito se le acercó—. Debes bajar o tu madrastra te regañará. Ya es tarde.


—¿Tarde? ¿Qué horas?

—Hm… la siete, tal vez. Ya llevas una hora de retraso.

—¿Una hora? Van a matarme, si me dejo. Rápido, rápido.

Se vistió con algo limpio. El día anterior ni tuvo tiempo de cambiarse de ropa de lo rendida que estaba. Se sintió rara teniendo que vestirse frente a animales que hablaban, pero no tenía que perder ni un segundo, por lo que lo dejó estar. Ni siquiera sabía cómo iba a bañarse. Ese mundo era complicado, muy complicado. Bajó y en cuanto pisó la primera planta, el grito de tres voces penetró sus oídos.

—¿Qué estuviste haciendo, inservible? —repelaron Ileana y Sea.

—¿Dónde está el almuerzo, Mina? —exigió la madrastra.

—Me quedé dormida. Ahora lo preparo.

—¿Te quedaste dormida? —Ninguna dio crédito a lo que escucharon.

—Sí, ¿qué hay de malo? Que ustedes no sean humanas no significa que yo no lo sea.

—¡Silencio! —Rugió la madrastra—. ¿Qué respuestas son esas?

—Las que se merecen…

—¡Cállate! —ahora fueron las hijas la que ordenaron, luego siguió Sea—. Ahora irás a lavar toda nuestra ropa al río, la secas, la doblas y repites lo que hiciste ayer porque no quedó bien.

—Háganlo ustedes, mujeres buenas para nada. Por eso quieren que yo haga todo. Porque no saben hacer nada bien y no quieren que nadie sepa de su inutilidad, ¿cierto? Son unas…

Una bofetada la silenció y con expresión airada, tanto ella como la madrastra se miraron.

—¡Eres una insolente! Eres tú la buena para nada. Hoy no sales de tu habitación.

Iba a tomarla del brazo, pero ella se lo impidió, alejándose.

—Bien, que así sea. No necesita escoltarme, sé cómo llegar.

Y con porte de dignidad, aunque furiosa, subió las escaleras sin prestar atención a las amenazas e insultos de las otras. Definitivamente se había levantado del lado equivocado de la cama. O es que no iba a adaptarse a un nuevo estilo de vida de la noche a la mañana y menos si debía guardar silencio y ser una princesa indefensa en espera de su príncipe para que la rescatara. No, ella funcionaba incluso mejor como un caballero salvador en lugar de una damisela en peligro. Incluso comenzaba a pensar que también podría hacer un buen papel de villana. ¿Y de hada madrina?

Ante el pensamiento, recordó a Tare. ¿Qué estaría haciendo en ese momento? Era raro, lo conoció apenas ayer, no lo había visto en pocas horas y lo extrañaba. Poco a poco volvió a caer en un sopor agradable y como todavía no descansaba del todo bien —y es que ella necesitaba por lo menos diez horas de sueño—, volvió a dejarse atrapar por Morfeo. Al tiempo se despertó y como dejó abierta la ventana, el calor que entraba de ella le dijo que pasaba del medio día y tenía hambre. El rugido del león que habitaba su estómago se lo confirmó. Según su madre, era una lombriz, pero no, ella sabía que era un león o quizás un dragón. Se levantó de su lecho, dispuesta a ir a comer algo, lo que habría conseguido de no ser porque la puerta no cedió por mucho que la empujara, la jalara o lo que fuera. ¡Encerrada con llave y en su presencia!

—Esas brujas —masculló con fastidio.

Su estómago volvió a oírse acompañado de un dolor. Las tripas comenzaban a comerse la una y la otra. Fue de aquí para allá pensando qué hacer. No iba a quedarse con hambre. No existía fuerza humana que la hiciera desistir en sus deseos de comer, por lo que soltando sarta de insultos a sus secuestradoras, bajó las cortinas de la ventana, sacó las sábanas de la camilla y alguna ropa. Comenzó a anudar fuertemente cada extremidad para fabricar una cuerda improvisada. La ató en la baranda del balconcillo que tenía la ventana y comenzó a practicar su conocimiento en alpinismo, el cual realmente era nulo. Rio en sus adentros con satisfacción, aunque con un poco de fastidio e incomodidad por el vestido. ¡Era un incordio! Pero estaba feliz porque afortunadamente aterrizó entera al patio lateral de la casona. Estaba segura de que a Cenicienta nunca se le ocurrió aquello y si sí, no lo habría intentado. Menos mal que ella era una cenicienta mucho más atrevida.

Ante aquello, no hubo más barreras que le impidiera salir de los territorios de su madrastra, así que recorrió con libertad las calles del reino. Todos parecían muy felices. Sí, la única con problemas era ella. Ahora debía encontrar una manera de conseguir un poco de dinero para comer. Era una novata en el lugar, sin dinero y a punto de desfallecer de hambre. Supuso debió pensar un poco mejor las cosas antes de irse así como así. Lo peor del caso era que no quería una muerte tan dolorosa como la que seguramente sería la muerte por hambre, ¡y por hambre! Con lo que más delicada era. No, debía actuar ya, no se dejaría vencer ahora. Había enfrentado a la déspota de su madrastra y su séquito de descerebradas, algo así no la derrotaría. Se dio la vuelta con rapidez para iniciar su búsqueda cuando chocó con un pecho ancho y fuerte.

—Lo siento —se disculparon tanto ella como el chocado. Se miraron—. Eres tú —volvieron a decir los dos, mirándose asombrados.

Frente a ella, el príncipe Kadin la interrogaba con la mirada llena de asombro. Se movió a un lado y al otro varias veces, más nerviosa que nada. ¿Qué hacer, qué hacer, qué hacer? Tare le había advertido que no debía verse con el príncipe hasta su debido momento o el cuento no estaría en orden. Giró y giró sobre su eje a punto de llorar. La iba a regañar, sí que lo haría.

—Tú eres la chica de ayer —habló finalmente Kadin con voz suave, melodiosa y curiosa—. ¿Cómo te llamas?

—M-Mina, a sus órdenes, alteza —hizo una reverencia rara.

—Llámame Kadin y es todo lo contrario. Estoy a tus pies.

Kadin le sonrió con amplitud, logrando que sus ojos esmeraldas brillaran hermosamente, mientras le tomaba la mano y depositaba un dulce beso en el dorso, inclinándose ante ella de igual forma.

“Bueno, al menos es educado, galante y guapo”, se consoló Mina al recordar el sacrificio que tenía que hacer para volver a casa.

—Y su alteza…

—Kadin.

—Kadin —Mina se alegró de que lo dejara llamarlo por su nombre. No encajaba con las formalidades—. ¿Qué haces aquí? Creía que alguien de tu categoría estaría todo el tiempo en el palacio o atendiendo cosas… importantes.

Realmente no recordaba que el príncipe saliera de su lugar en todo el cuento de Cenicienta. Kadin rio con humor.

—Supongo que sí, debería estar allí. Sin embargo, no he podido sacarte de mi mente desde que te vi y pensé que si salía, sería afortunado y te vería.

—Ah —Se sintió halagada, muy halagada, pero al mismo tiempo un poco incómoda. No estaba acostumbrada a los piropos.

—Aunque es curioso —siguió diciendo él, alegre—. En cuanto se lo dije a Tare, intentó convencerme de no salir.

—¿Tare?

—Sí, es el mago del reino, pero también mi consejero y más íntimamente, un buen amigo.

“Estoy hundida”, aceptó finalmente con ansiedad al oír aquello.

—¿Y qué haces por aquí?

Iba a decir que nada cuando el león volvió a rugir. Bajó la cabeza, avergonzada completamente y se cubrió el estómago con las manos, intentando apaciguar a la bestia. Kadin volvió a reír, divertido.

—¿Me harías el honor de invitarte a comer algo?

—¿De verdad? —un brillo especial inundó sus celestes. Kadin asintió—. Sí, sí, por favor.

¡Al diablo con el hecho de que era el príncipe y no podía estar con él! Le iba a pagar la comida y eso no podía desaprovecharse. Además, estaba segura de que como parte de la nobleza, Kadin la llevaría a un gran y lujoso restaurante en el que habría platillos de diferente tamaño, sabor y textura; exóticos y cada uno de ellos delicioso. Se le hizo agua la boca de sólo pensarlo. Sin embargo, sus ilusiones se vinieron abajo cuando entraron a una fonda simple y acogedora.

—¿Aquí? —no reprimió la pregunta, pero Kadin no lo tomó a mal y respondió:

—Así es. Entiendo tu reacción. ¿Cómo es que alguien como yo elige comer aquí? Bueno, soy muy sencillo de corazón.

Y seguramente cualquier chica estaría lanzando suspiros de enamorada ante aquella declaración. ¿Qué mejor que un príncipe rico y humilde al mismo tiempo? Para Mina, muchas cosas lo eran, entre ellas los alimentos que pudo haber disfrutado ese día y que se fueron al retrete. Estaba decepcionada de Kadin. ¿En verdad no pensaba que todo aquel que viniera de la clase pobre o media no querría cambiar de aires a uno más ostentoso? Parecía ser que no. De cualquier modo, disfrutó una buena comida. Nadie le quitaba el hecho de que era gratis, así que aprovechó a comer lo que pudo. Las conversaciones no pudieron faltar y gran parte del tiempo, Mina hizo reír sonoramente a Kadin. ¡Por fin alguien con simpatía y sentido común! De estar con Tare, su madrastra y sus hermanastras, había creído que todos allí eran unos amargados sin causa.

Cuando terminaron de comer, su tiempo de caridad continuó un rato más ya que Kadin la llevó a un par de atracciones, como a un pequeño teatro donde se mostraban algunos talentos de la gente, como traga llamas, malabares y demás trucos. Según él, eran cien por cierto habilidades propias y sin magia. También fueron a una obra de marionetas muy cómica. Casi al final de la tarde se hallaron a un grupito de músicos y aunque al inicio, al parecer de Mina, las melodías eran dignas de un acto fúnebre, ella se acercó y pidiendo una flauta comenzó a entonar una sinfonía de su mundo obviamente, que era muy movida, logrando que los demás la siguieran. Su madre la había obligado a tomar clases de flauta desde niña y para no amargarse la existencia, aparte de aprender las canciones clásicas, aprendió muchas modernas adaptándolas al instrumento.

La alegría de ella era contagiosa para cualquiera que se le acercara, fue lo que Kadin pudo apreciar mientras veía a las personas que se acercaban a bailar la pieza que Mina encabezaba. Luego la miró a ella, sintiéndose completamente cautivado por su energía. Feliz de que sus clases obligadas fueran de utilidad después de todo, Mina regresó con Kadin con la misma flauta que había estado tocando; se la había regalado.

—Es tarde, ya me voy —le dijo al estar frente a él.

—Te acompaño a casa —se ofreció, pero ella negó rápidamente.

—No, no hace falta, en serio. Me voy sola.

—Pero…

—Adiós.

Y sin darle oportunidad de siquiera ir tras ella porque era muy rápida, Mina se alejó del lugar lo más velozmente que pudo, volviendo a injuriar el vestido que llevaba. Pidiendo indicaciones —sí, reconoció que hubiese sido mejor que Kadin la acompañara—, llegó a su casa. Rogó mentalmente que ninguna de las víboras que vivían allí se hubiese dado cuenta de su fuga, le quitaran la cuerda de ropas y la dejaran allí afuera. Soltó el aire, aliviada, cuando vio la cuerda. Se preparó a escalarla y descubrió que era mucho más difícil subir que bajar, pero no se dio por vencida y llegó a la ventana de la habitación. Cuando estuvo a salvo, dejando que el dolor en sus brazos se apoderara de ellos, encendió una velita que colgaba en un pedazo de hierro del techo. Estaba a salvo, no había sido descubierta y no había manera de que se enteraran de su escape.

—Pues ya me enteré.


La profunda y aparentemente serena voz a su espalda la hizo saltar del susto. ¡Estaba frita!




Momentos juntos




Se giró con lentitud ansiosa, deseando que no se tratara de quien creía, mas era seguro que no iba a ser nadie más. En efecto, sentado a lo largo de la baranda del balconcito, apoyando su espalda en el muro, Tare la miraba con sus rubíes llameantes de frustración, dándoles un toque de mayor viveza e ira la llama de la vela al reflejarse en ellos. Mina se encogió de hombros.



—¿Qué onda con esa mirada de reproche? —preguntó haciéndose la desentendida.



—¿Qué onda? —Tare frunció el ceño y bajando del barandal se acercó a ella—. Estuviste con Kadin.


—No es mi culpa.

—Sí que lo es.

—No, debiste impedir que dejara el palacio.

—Quien no debía salir de su habitación en primer lugar eres tú.

—¿Y qué se supone que hiciera? ¿Pudrirme aquí y soportar el hambre? Gracias, pero no gracias. No puedo adaptarme a mi nuevo estilo de vida de un día a otro.

—Tienes que hacerlo.

—Te digo que es imposible, vaya.

—No estás consciente ni un poco del problema. ¿Qué fue esa actitud para con la madrastra? No debiste.

—Estaban sacándome de mis casillas. O era esa respuesta o me las agarro del chongo a las tres en ese momento.

Tare se llevó una mano a sus cabellos, revolviéndolos al tiempo que negaba con la cabeza.

—Eres imposible. No cumples para nada con los requisitos básicos de una buena princesa.

—¿Y qué me dices de ti? —Mina lo rodeó un par de veces, analizándolo con detalle—. Tampoco tienes los clichés propios de un mago. ¿Dónde está el palo ese o la vara que siempre tienen? ¿Y la larga barba y el sombrero puntiagudo con estrellitas? Además, eres demasiado joven. Los magos que yo conozco son reliquias del pasado. ¿Nunca oíste hablar de Merlín?

—¿Qué más da la apariencia? Lo importante es la función que desempeñan. Y te aclaro que he vivido más de lo que piensas.

—¿Ah, sí? ¿Cuánto?

—Fácilmente seis veces más que tú.

—¡Increíble! —Mina sonrió—. ¿Y cómo te conservas con esa cara? ¿Algún truco especial? ¿Cirugía?

—Nadie en un cuento envejece.

—¿De verdad? Vaya, por fin oigo algo agradable en todo el tiempo que estoy aquí. Significa que no tengo que preocuparme porque me salgan arrugas, ¿eh?

—Lo que sea. No vuelvas a escaparte. Estás alterando el orden de todo.

—¿Por qué no puedes ser un poco más flexible?

—La situación no lo permite.

—Eres un estirado.

—Simplemente no vuelvas a salir hasta que el tiempo adecuado llegue.

Y con esa última advertencia, Tare volvió a desvanecerse de la vista de ella.

—Rayos… Ni siquiera me dejó preguntarle lo que quería —se dijo con un puchero de niña inconforme. Se acercó a la ventana y miró el cielo estrellado, deleitándose en él—. Realmente debería relajarse un poco.

Un nuevo día llegó y Mina se levantó temprano, esta vez gracias a los amiguitos animales a los que les pidió la levantaran a la hora que debía ser normal para ella. Para esa hora, la puerta ya estaba abierta y su madrastra le advirtió que no quería más comportamientos como el del día anterior. Su primera tarea fue la de hacer el desayuno y cuando terminó, las abusivas la mandaron al río a lavar cantidad considerable de ropa maloliente y mugrosa. Una mueca de asco no se apartó de sus facciones en tanto se dirigía al río. Si por ella fuera, las hubiese dejando sin ropa al negarse a lavar semejantes pestilencias, pero necesitaba un baño y podía tomar uno en el río. Tallaba las prendas en una roca a la orilla de la masa de agua, mientras ponía otra a secar bajo el sol en las ramas de los árboles del bosquecito aquel. Los dedos estaban acalambrándosele.

—En serio no le daban un respiro a Cenicienta —se quejó Mina con dolor soltando sus penas—. Y ese Tare, se cree que puedo habituarme sin problemas. ¡No es sencillo! Soy una joven universitaria que en lugar de estar lavando esta porquería tendría que estar en un centro recreativo. Me crie en el siglo veintiuno, maldición. Pero claro, Tare no comprende eso y me obliga a cumplir con esto y sin diversión de por medio, todo porque si no lo hago el fin del mundo llegará. ¡Agh! Es un aburrido, amargado y pesimista.

—Lamento ser todo eso.

Gritó al escucharlo, soltando la prenda que lavaba. Giró ciento ochenta grados y lo vio sentado en la rama alta de un árbol.

—¿Cuándo dejarás de darme esos sustos? —Reprochó tocándose el pecho—. Casi se me sale el corazón.

Él bajó del árbol y se posó en una roca alta, retirado de Mina, observando el agua del río correr.

—¿Qué haces aquí? —indagó ella con curiosidad retomando su labor.

—Te vigilo. Debo asegurarme que no cometas otra tontería.

—Ah, así que andas de niñera.

—¿No puedes usar el término guardián? En todo caso, también es una de mis tareas como mago.

—Es verdad. Mi hada padrino vela por mi bienestar.

—Es mago.

—Pues yo no querría ser un viejo mago cascarrabias y sin sabor de la vida.

—Es mejor que ser una princesa mediocre.

—Puedo ser mediocre, pero soy divertida, no como otros que son más tediosos que una clase de historia antigua y que tienen la misma actividad ociosa que la de una roca.

—¿Quién quiere ser un bufón del que todos se burlan? ¿O cómo lo llaman ustedes? ¿Payaso mediocre?

—¡Párale con lo de mediocre!

—Tú empezaste.

—Es que realmente no tienes sentido del humor.

—¿Para qué sirve?

—Te diré para qué.

Mina dejó de lavar y con rapidez se acercó a Tare e iba a empujarlo con la intención de que cayera al agua, lo que habría funcionado de no ser porque al interceptarla desde antes, él dio un paso hacia un lado, y a pesar de que no había dónde apoyarse, flotó, al tiempo que ella usaba fuerza para tirarlo, perdiendo el equilibrio al empujar la nada. Mina manoteó en el aire intentando estabilizarse. No era justo. No sabía que Tare podía volar. Sus esfuerzos por no irse abajo no sirvieron de nada, por lo que cayó al agua haciendo un gran “splash”. Tare se sentó en el aire con las piernas cruzadas y tamborileó sus dedos uno contra otro, su habitual posición.

—Esa es otra cosa que hace mejor a un mago de un bufón. El tamaño del poder. No puedes engañarme —dijo esperando verla emerger del agua—. ¿Mina?

Un rato más de expectación en el que él comenzó a preocuparse y ella finalmente se vio, pero con problemas para mantenerse sobre la superficie.

—¡Auxilio! ¡No sé nadar!... ¡Me ahogo!

—¡Mina!

Tare se dirigió a ella, dispuesto a ayudarla o moriría, pero cuando estuvo inclinado sobre ella, la rubia sonrió con malicia, se aferró a su cuello y lo arrastró al agua, hundiéndolo junto con ella. Mina se echó a reír como loca.

—No puedo creer que cayeras completito —le dijo nadando con profesionalidad—. Ese truco es más viejo que tú.

—No deberías jugar con los sentimientos de las personas —le dijo Tare mirándola con disgusto.

—¿Qué? ¿Estabas preocupado? Eso lo hace todavía más divertido.

—Eres cruel.

—Mejor que no saber reír.

Mina tomó un poco de agua con sus manos y se la lanzó al rostro. Él también se defendió y así comenzó una guerrilla entre ambos, más parecida a la de un par de niños, la que hubiese sido pareja de no ser porque usando su poder, Tare formó olas más grandes y se las lanzó a Mina.

—¡Qué tramposo! Juega limpio, sin magia —reprochó ella.

—¿Te recuerdo tu papel?

—No empieces… ¿Eh? —Mina miró una prenda que era llevada por la corriente del río, alejándola de ella. Luego se le sumó otra y otra—. ¡La ropa! ¿Ves lo que haces con tus olas?

—¿Yo? Es tu culpa por no prestar atención.

—Vamos, ayúdame con ella o se perderá y me regañarán.

—Me niego.

—¿Pero qué…? ¡Olvídalo! No gastaré mi tiempo contigo.

Mina nadó hasta la ropa para recuperarla. Desde su lugar, Tare observó como ella batallaba y cómo lanzaba exclamaciones poco dignas de una princesa, y una sonrisa apareció en su rostro. Esa chica era en verdad y con todo lo que ello implicaba, fuera de ese mundo. Cuando hubo salvado toda la vestimenta, salió del agua al igual que Tare; ambos empapados hasta los huesos y ya hasta algo arrugados. Tare hizo que una ventisca cálida lo rodeara, secándolo al instante.

—¡Wow! Eso es práctico. Vamos, sécame a mí —demandó Mina aún empapada.

—No me dan ganas —respondió Tare volviendo su rostro al bosque para no ver lo mucho que el vestido se ajustaba su cuerpo.

—¿Por qué no? No seas malo. Anda… —un fuerte estornudo la interrumpió, haciéndola estremecer.

—Bien, sería un problema que te enfermaras. Si así apenas haces lo que deberías, no quiero ni pensar qué pasará si te da un resfriado.

—¿No piensas en otra cosa?

Tare volvió a llamar a la ventisca para secar a Mina, quien tuvo que sujetarse la falda del vestido para que no se le viera nada más. ¡Por eso eran un fastidio! De esa manera quedó libre de cualquier gota de humedad, sin embargo, su cabello vio los resultados de eso cuando se esponjó a lo mucho, dándole un aspecto gracioso y la risa de Tare lo confirmó.

—¿De qué te ríes?

—De tu cabello. Pareces un león con esa melena rebelde.

Mina se acercó a la orilla del río para ver su reflejo en el agua. Intentó arreglar un poco su desastre de cabello, siendo inútil y sacándole muecas de niña caprichosa, lo que hizo reír más a Tare. Mina lo miró unos segundos con disgusto, antes de que su mohín se suavizara, una sonrisa apareciera en su rostro y ésta se volviera al final una pequeña risa.

—¿Ahora de qué te ríes tú? —le preguntó Tare ya cansado de tanto reír. Ella negó.

—Nada, nada. Supongo que es la sorpresa. Sabes reír, ¿quién lo diría? Ese es el poder de un bufón —miró el cielo y dedujo que ya había pasado mucho tiempo—. Tengo que darme prisa. Todavía tengo que hacer otras cosas —recogió toda la ropa en un canasto—. Nos vemos, hada padrino.

Tare se despidió de ella sacudiendo la mano y la vio desaparecer entre los árboles, aun manteniendo una sensación de bienestar que poco le duró, pues sus pensamientos se enfocaron en otra cosa y su seriedad volvió.

—Ella tiene razón —dijo una voz detrás de él y al virar se encontró con Eepa el zorro—. Hacía mucho tiempo que no te veía tan feliz.

Tare permaneció silente e inmóvil. Eepa lo miró con tristeza, suspiró y siguió:

—Supongo que vivir lo mismo una y otra vez no puede más que borrarte la sonrisa. Es asombroso el efecto que puede ocasionar un simple mortal. Es bueno salir de la rutina.

—No siempre lo es —declaró Tare comenzando a caminar.

—¿A dónde vas?

—A casa.


Eepa lo vio perderse en el bosque. Lo siguió en silencio y a una prudente distancia. Si no usaba la trasportación inmediata era porque necesitaba pensar.




Escape frustrado, salida exitosa

Ese día tampoco había sido el mejor. En realidad, desde que estaba en ese mundo ningún día que pasaba era bueno. Volvió a levantarse con el pie izquierdo. Parecía ser que su paciencia era lo suficiente para dejarse mandar y maltratar por veinticuatro horas sin explotar o querer romper todo a su alrededor, porque ese día no se quedó con los brazos cruzados como buena princesa a las exigencias de su madrastra y su prole. No, sino que en cuanto la mandaron a hacer el desayuno, una idea macabra atravesó su mente. Oh, sí, ya se encargaría de darles un desayuno digno de ellas.

Hubiese preferido tener un buen veneno en su poder —aunque el purgante también parecía una buena opción—, pero como no y como no sabía mucho acerca del tema de la cocina ni nada, tan sólo comenzó a hacer el desayuno con algunos ingredientes diferentes a los que solía usar. Como el agua, en lugar de agua normal, usó la que quedaba después de limpiar todo el piso. En lugar de especias, usó unos cuantos pelos de roedores que había visto en su habitación y en lugar de carne de res, pollo, puerco o lo que fuera, gastó sus energías en cazar nutritivos insectos llenos de proteínas. Obviamente, escondió todo aquello echándole más cosas al guiso, como verduras y eso, pero no había manera de que se dieran cuenta de sus intenciones.

O eso creyó hasta que la invitaron a comer junto con ellas.

Casi se le cae la quijada ante la sorpresa. Nunca habían tenido la humanidad de siquiera darle un plato lo suficientemente lleno y esa mañana la invitaban a sentarse en la misma mesa. ¡Y justamente ese día! Cabe mencionar que usó mentalmente todas las palabras existentes y habidas por existir que denotaran su mal momento. Las cosas nunca parecían salirle bien. Lo que siguió después puedo predecirse de inmediato. Ella negó acompañarlas; ella preguntaron por qué; no creyeron sus excusas; la obligaron a sentarse y a ser la primera en comer; no soportó el mal sabor y devolvió todo; regaños, amenazas y gritos. Como resultado, ahora estaba en su habitación encerrada bajo llave de nuevo. Cosía una prenda en la que había estado trabajando desde su llegada y cuando tenía tiempo libre, lo que era casi nunca. Suspiró y se estiró un poco.

—No es posible que me pasara esto. ¿Cómo iba a saber que hoy era el aniversario de la muerte de “mi padre”? Su actitud para conmigo era muy sospechosa. ¿De verdad no sabrían ya lo del guisado? ¡Nah! No son tan inteligentes… bueno, las hijas no; la madrastra es de tenerle cuidado, ¿no creen, chicos?

Miró a los ratoncitos y pajaritos, quienes asintieron dándole la razón. Cada vez se le hacía más fácil conversar con ellos. A las cosas agradables era más simple acostumbrarse.

—¡Lo terminé! —anunció feliz extendiendo un pantalón, el que había fabricado con la tela de un vestido. Se lo puso y modeló frente al espejo—. Así está mejor. Me siento más libre.

Escuchó pasos y risas fuera de su cuarto.

—Mina —eran Ileana y Sea—. Estamos partiendo al cementerio. Qué mal que no puedas venir a ver a tu padre por tu atrevimiento, idiota. Ojalá te la pases bien allí y te diviertas sola.

Más risas acompañaron los buenos deseos y cansada de ese par, Mina arrojó el peine hacia la puerta, sacado más risas a las mujeres, que fueron haciéndose más quedas al alejarse. Por ella se podían ir a donde quisieran, con tal de no volver a verlas. Incluso se sentía hasta cierto grado feliz de estar allí. Eso sí, no significaba que iba a hacer caso e iba a quedarse como boba encerrada sin hacer nada. Tenía hambre e iba a buscar algo de comer. Preparó de nuevo la cuerda atando todo lo que pudo. La amarró fuertemente a la barandilla y comenzó a descender. Ahora era mucho más simple con el pantaloncillo que se hizo. No obstante, apenas logró llegar a mitad del trayecto cuando la detuvo una voz familiar.

—¿A dónde crees que vas?

Aun sujetándose de las telas, giró un poco con dificultad para encarar a Tare, quien volaba, la miraba con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Sonrió con aparente inocencia. ¿Por qué siempre aparecía en los momentos inoportunos?

—Tare, yo… Pues, verás… —balbuceó un momento—. ¡Ah, sí, mira! Mi nuevo pantalón —Estiró su pierna izquierda hacía él, colocándola sobre el hombro masculino—. Me quedó bien, ¿no? Yo lo hice.

—Una princesa no debe usar pantalones —dijo él sacándose la pierna de ella.

—Pero los vestidos son molestos.

Tare suspiró y acercándose a ella, la tomó por la cintura en un rápido movimiento que la sorprendió, por lo que soltó las prendas y eso lo aprovechó él para llevarla de regreso a su alcoba.

—¡Espera! ¡No! ¡Suelta, suelta, suelta! —se quejó ella moviéndose como lombriz y pataleando. Tare la saltó al llegar al interior—. ¿Por qué no me dejas hacer lo que quiero?

—Porque lo que quieres perjudica el curso de esta historia. Te dije que no salieras si no debías.

—No pienso quedarme.

Dio unos pasos para acercarse a la ventana dispuesta a realizar sus deseos, pero él la detuvo.

—Una princesa no ignora los castigos ni los consejos —le advirtió con enfado.

—Y un caballero no toca el pecho de una dama —dijo ella, abochornada.

Tare llevó su vista a la mano con la que la retenía y descubrió que, en efecto, estaba sobre el pecho de ella. Su rostro adquirió el color de sus ojos y rápidamente la retiró. Ella retrocedió un paso y se cubrió el busto con sus brazos de manera inconsciente. Un momento de incómodo silencio los acompañó hasta que Tare se aclaró la garganta y habló:

—Tan sólo no salgas y ya.

—Pero…

—Si quieres evitarte problemas, no hagas cosas innecesarias.

—No soy innecesarias. Es defensa, sabes lo que implica, ¿no? ¡Oye!

Tare salió del cuarto y cerró la ventana tras de sí. Ella fue a abrirlas y descubrió que no podía. También estaban aseguradas. Miró al joven, quien frente a ella, estaba sentado de piernas cruzadas y la miraba con una sonrisa de victoria.

—¡No es justo! ¿Cómo puedes ser tan insensible? ¿Realmente planeas dejarme cautiva?

—Momentos desesperados, medidas desesperadas.

—Por favor, déjame salir. Haré lo que sea.

La mirada y voz de Mina cambiaron a unas de ruego, mirándolo con ojos brillantes y lastimeros, como si se tratara de un borreguito a punto de ir al degüello. Tare giró sobre su eje sin dejar su posición, dándole la espalda.

—No pienso caer esta vez. Allí te quedas y punto.

La expresión de Mina se transformó en una de ira. ¿Creía en verdad que iba a aceptarlo así como así? Ella no era derrotista. Luchaba por aquello que quería y no había muro que se le pusiera enfrente, y esa estúpida ventana no iba a ser la excepción.

Tare mantenía la vista frente sí, sin ver nada en realidad. Había cumplido una misión más, ya no tenía nada qué hacer e iba a desaparecer cuando escuchó un estruendoso ruido a su espalda. Con asombro se giró y lo primero que sus ojos vieron fue cómo una silla caía al suelo junto con miles de pedazos de vidrio y madera rota; después vio que de la ventana destrozada, Mina saltaba hacia él con gran impulso, siendo su coordinación tan perfecta, que cayó justo sobre su regazo, aferrándose fuertemente a su cuello, temerosa de caer, aunque excitada por lo que había hecho. Él no pudo más que asir con firmeza su cintura.

—¿Estás loca? Eso fue peligroso.

—¡Qué importa! Momentos desesperados, medidas desesperadas. Y al fin salí.

—Y vas a volver.

—No, no, no —pataleó y manoteó con desespero, golpeando por accidente a Tare un par de veces y dificultándole un poco el seguir suspendiéndose en el aire.

—¡Cálmate o harás que caigamos!

—Vale, vale —se tranquilizó—. Te propongo algo. Déjame ver el reino desde las alturas y no volveré a intentar escapar, ¿qué tal?

—¿El reino?

—Sí. ¿Sabes? Quiero aprovechar a hacer muchas cosas aquí que no podré hacer en mi mundo. Allá puedo viajar en avión, pero no es lo mismo a que vea el reino en tus brazos.

—¿Tienes idea de lo extraño que suena eso? Además, ¿significa que sólo soy tu transporte?

—Eres mi mago.

—¿Al fin lo reconoces? —Tare la miró un momento de soslayo—. ¿Y dices que no volverás a escapar?

—Lo prometo.

Suspiró cansino.

—De acuerdo.

Mina sonrió rebosante de alegría y rodeó más su cuello, abrazándolo en señal de agradecimiento. Tare le dijo que se sujetara bien y comenzó a elevarse más y más hasta que gran parte del territorio del rey se dejó ver, maravillando a Mina, quien como una niña pequeña y llena de curiosidad, comenzó a señalar diferentes lugares preguntándole qué era aquello, qué hacía la gente allí y demás cuestiones. Tare pasó un buen rato intentando explicarle lo mejor que pudo algunas de las funciones que cumplían los súbditos del reino. Tan bien se la pasó que olvidó el peso de ella y le fue sencillo moverse de aquí para allá, dejando apreciar una que otra zona que se mostraba lejana.

El tiempo pasó más rápido de lo que cualquiera de los dos hubiese imaginado y ya comenzaban a apreciar una hermosa puesta de sol a varios metros sobre la superficie, estando Mina cómodamente sentada sobre las piernas cruzadas de Tare y usando su pecho como respaldo.

—Oye, Tare —lo llamó ella después de varios momentos de silencio placentero. Su voz fue suave y tenue, como si tuviera miedo de arruinar aquella tranquilidad que los envolvía—. Te quería hacer una pregunta.

—Hazla —respondió con el mismo tono de voz.

—No es como las anteriores. Es algo más delicada.

—No importa.

Guardó unos segundos de silencio, pensando cómo formularla. Se relamió los labios.

—Estaba pensando en todo lo que me has dicho del cuento, la maldición y eso. Dijiste que todo pasó por pensamientos egoístas. ¿Es posible que… la princesa, la originaria de este mundo, renunciara a su puesto?

Mina sintió que él se tensaba bajo ella. Subió la mirada y giró su cabeza un poco para verlo. Su mohín había cambiado a uno de disgusto con el ceño fruncido.

—Lo siento, no debí preguntar —se disculpó sintiéndose de pronto mal.

—No, está bien —Se relajó más—. Así es. Renunció.

—¿Por qué?

—Porque tienes razón —Mina lo miró confundida—. No es fácil cumplir un papel, mucho menos el de una princesa y peor aún si debes repetir lo mismo una y otra vez.

—¿Todos saben que deben hacer lo mismo? Creí que eras el único que sabía lo de la maldición y lo demás.

—Hoy sí, pero no siempre fue así. Antes de la maldición, todos sabíamos cuántas veces habíamos representado el cuento, por ello la princesa original se fastidió y renunció sin importarle las consecuencias de sus actos, llevándonos a la desesperación. Tomo la responsabilidad de borrar las memorias de todos por mi cuenta, para evitar otra desgracia.


El silencio entre ellos volvió a formarse y aunque no fue desagradable, no fue lleno de quietud como el anterior y eso porque los dos se sumieron en sus pensamientos. Mina se dio cuenta de la gran carga que Tare llevaba sobre sus hombros y por sí mismo. Tal vez no era hora de actuar con inmadurez y era mejor ayudarlo a acabar las cosas bien. Era quien más se lo merecía, después de todo. La desconocida calidez que con el paso de los días se había formado en su interior conforme pasaba tiempo con Tare, creció mucho más y pensó que a pesar de todo, le gustaría que el reloj se detuviera y se quedaran así los dos, dependiendo el uno del otro. Con esos pensamientos quedó dormida, acurrucada en los brazos de él, quien al percatarse de ello, la llevó a su habitación y la depositó con inusual delicadeza sobre su cama. La miró unos instantes antes de desvanecerse cual suspiro.




Los sentimientos prohibidos florecen

Tare caminaba con paso veloz por los muchos pasillos del palacio, frustrado, incrédulo y demás. Las cosas estaban saliéndose de control. Llegó a la sala del rey y tocó para dar constancia de su presencia. Usaba un poco más de formalismos con él que con Kadin. Un “adelante” se dejó oír del otro lado de la estancia y las puertas se abrieron, dejándolo pasar. Divisó a sus majestades el rey y la reina, rodeados de guardias, y frente a él vio a Kadin. Ninguno de los tres mostraba una sonrisa de felicidad.

—¿Ha solicitado mi presencia, señor? —preguntó después de una reverencia al más alto poder de gobernación presente.

—Así es, Tare. Tal vez puedas hacer entrar en razón a Kadin y pido que lo hagas como amigo más que cualquier otra cosa.

—¿Sobre el tema del baile, mi señor? —volvió a preguntar para estar seguro. El rey asintió. Se dirigió a Kadin—. ¿Qué es eso de que no quieres realizar el baile que tu padre planeó?

—No quiero un baile que sirva para comprometerme. La verdad es que mi corazón ya le pertenece a alguien.

—¿No será un capricho? Ni siquiera es de la nobleza —se escandalizó la reina.

—Déjate de eso, mujer. El simple hecho de desobedecerme es lo que me molesta —dijo el rey sintiéndose herido en el orgullo como padre—. Antes habrías aceptado el baile.

—Antes, ya no y he dicho. No celebraremos un baile con el propósito de compromiso.

Kadin se fue dejando a sus progenitores con las palabras en la boca. Tare lo siguió.

—Kadin.

—No vas a convencerme de lo contrario, Tare.

—Necesitas hacer el baile.

—Ya dije que no y si vas a seguir con lo mismo, ahórratelo. No haré caso.

—Entiende que...

—No tengo tiempo. Debo ir al pueblo.

—¿De nuevo? Es la quita vez esta semana.

—Sí —una sonrisa soñadora se adueñó del rostro del príncipe—. Mantengo la esperanza de volver a encontrarme con Mina.

Tare frunció la boca. Era genial que Kadin se hubiese fijado en Mina, era la idea del cuento, pero no fuera de tiempo. Ya decía él que aquel encuentro de los dos iba a acarrear problemas futuros y ya estaban presentándose. Si no se hubiesen conocido, Kadin nunca habría osado enfrentar la decisión de su padre con respecto al baile, pues no estaría interesado en nadie, y las cosas seguirían con su curso. Pero claro, eso no había pasado. Cuando menos acordó, caminaba solo. Kadin se le había escabullido. En serio, los problemas no hacían más que empezar.


Mina se encontraba en el gran patio trasero de la casa, en el que podía apreciarse un magnífico jardín cubierto de verde y brillante césped, además de las diferentes y coloridas clases de flores. ¿Cómo había tan bello paraíso en aquella casa de mala muerte? Bueno, lo que hacía en ese momento respondía la pregunta. Le daba mantenimiento ante las exigencias de las mujeres “dueñas” de todo. Se habría negado de no ser porque le gustaban los espacios verdes y floridos. Desde que estaba allí, era la primera vez que disfrutaba tanto hacer una tarea ordenada por ellas. Sacaba la mala hierba, recortaba algunas flores para que crecieran más rápido, etcétera. Cogió un balde con el pensamiento de llenarlo en el pozo y regar la tierra, pero al girarse y emprender su camino, chocó con un aparecido.

—¡Tare! Deja de aparecerte de esa manera —le reprendió, pero él no hizo ningún caso a su tono de voz y la pasó de largo—. ¿Qué tienes? Estás raro.

—Hay problemas.

—¿Más? ¿No puedes venir a dar una buena noticia de vez en cuando? ¿Qué pasa?

—Kadin no quiere hacer el baile donde se suponía se verían por primera vez.

—No veo el problema. Ya nos conocemos, ¿cierto? No hace falta el baile.

—Se nota que no entiendes. Otra cosa indispensable de los cuentos son los bailes, quizás quedan en el segundo lugar en orden de importancia.

—¿Y eso?

—En los bailes, las princesas se realizan como mujeres de la manera más elegante y pura posible. Además, en ellos, los sentimientos del príncipe y la princesa se hacen manifiestos en su punto más alto, florecen.

—Muy bien, ahora sé que son elementales. ¿Por qué Kadin no quiere hacerlo?

—Precisamente porque ya te conoce. El propósito del baile es encontrarle una futura esposa. Se niega a llevarlo a cabo porque has cautivado su corazón desde el primer momento en que te vio.

—¿No es una exageración asegurar eso?

—No, Kadin ha hecho su trabajo enamorándose a primera vista de la princesa. Quien no ha podido quedarse quieta es alguien más —la miró con seriedad y ella se movió incómoda sobre su lugar.

—Bueno... ¿Y no pueden cambiar el propósito del baile? Quizás para que yo vaya y sepa más de mí. No sé, dónde vivo o algo.

Tare se llevó una mano al mentón, masajeándoselo pensativo.

—Es buena idea, puede ser.

—¿No lo habías pensado?

—No.

—¡Ah! —Mina soltó un suspiro largo y tendido—. ¿Sabes? Entiendo que tengas preocupaciones y eso, pero en serio deberías relajarte un poco. Tantas inquietudes están matándote las neuronas. Tengo una idea. Espera aquí.

Tare iba a preguntar a dónde iba, pero Mina se alejó rápidamente de él sin darle oportunidad de nada. No tuvo que esperar mucho, pues ella regresó con un palo de madera apoyado en su hombro y una pequeña bolsa de papel. Vio con curiosidad que sacaba cinco pequeñas esferas forradas de tela y un extraño guante de cuero.

—¿Para qué los proyectiles?

—No son proyectiles. Son pelotas y un bate.

—Son armas.

—En instancia sí, pero en mi mundo los usamos para jugar al béisbol.

—¿Jugar? ¿Cómo puedes jugar con un palo y bolas?

—Es lo que voy a enseñarte. Encontrar el bate fue muy fácil, cualquier palo sirve, pero tuve que hacer las pelotas desde cero, así como el guante. Toma —le extendió el bate en tanto se colocaba el guante —Colócate lejos de mí. Yo te digo cuánto.

Tare parpadeó confundido, pero tomando el palo hizo caso y se alejó de ella hasta que le indicó que se detuviera.

—Bien, ahora lo único que tienes que hacer es golpear las pelotas que voy a lanzarte lo más lejos que puedas y correr de donde está el pozo, a donde están las margaritas y de allí a donde están los rosales, para finalmente regresar a tu puesto inicial antes de que te toque con la pelota que golpeaste.

—Es correr mucho, ¿no?

—De eso se trata el juego. Por eso tienes que golpearla lo más fuerte posible, ¿entiendes? —Tare asintió—. ¡Allá va!

Mina se preparó para lanzarle una curva interior a la que definitivamente no iba a poder darle. Se quedó con la boca abierta cuando vio que Tare sí la golpeó, pero mucho más anonadada quedó al ver que la pelota se perdió en el cielo, en la lejanía, a kilómetros de allí. Lo miró incrédula.

—¿Ya gané?

—¿Cómo se supone que ganes con trampas? No puedes usar magia para golpear la pelota.

—¿No?

—Claro que no.

—¿Cómo quieres que le dé, entonces?

—¿Cómo? Es obvio que como puedas. Por ti, tus habilidades físicas, no mágicas.

—¿No hace eso más complicado el juego?

—Es la idea. Cielos, no es posible que esté teniendo esta conversación. Vuelve a tu sitio. Lanzaré una vez más. Intenta darle sin usar tus poderes.

Tare cabeceó en conformidad y se preparó. Primera bola, no la tocó. Segunda, abaniqueó. Tercera... esa ni siquiera la vio pasar. Mina gritó de alegría. Ya decía ella que su mago no podía ser tan bueno en un juego desconocido.

—Me toca batear —dijo acercándose a él para tomar el bate—. Ve por las pelotas.

—No encuentro lo divertido de esto —dijo en tanto alzaba las pelotas del suelo.

—Para mí lo es porque estoy ganando. Vamos, te demostraré lo buena que soy defendiendo.

Tare se colocó donde Mina estaba antes y se dispuso a lanzar. Mina hizo unos calentamientos, preparándose y asintiendo le indicó a Tare que estaba lista. Era un as con el bate, no podía fallar. Tres segundos después, no sintió nada más que tres ráfagas seguidas que pasaban a su lado a tal velocidad, que escuchó rompían la barrera del sonido. Un tic se apoderó de su ojo derecho.

—Listo, es mi turno —le dijo Tare caminando a ella.

—¡Estás loco! ¡Tampoco puedes usar magia para lanzar las pelotas!

—Qué aburrido.

—Ve por ellas y lánzalas bien.

No hubo necesidad, con un chasquido Tare las tuvo en sus manos otra vez y volvió a lanzarlas. Esta vez no usó su poder, pero las arrojó a un punto inalcanzable para Mina, obviamente fuera de la zona strike.

—¡Tare!

—¿Qué? Se supone que debo arrojarlas para que no las golpees.

—Pero todo tiene sus reglas. Eres un novato, más que un novato. No puedo jugar contigo. No eres de ayuda.

—¿Ah, no? Ahora verás lo bueno que soy.

Tare hizo que las pelotas volaran alrededor de Mina, golpeándola levemente una que otra vez, sacándole exclamaciones de inconformidad en tanto intentaba sacárselas de encima moviendo el bate de un lado a otro como desquiciada. Tare estaba tan divertido con el cuadro que ella mostraba, que no se fijó que Mina pudo darle a una bola y ésta se dirigió directo a él, golpeándolo en pleno rostro. La rubia sí que se fijó y como él perdió la concentración, las pelotas dejaron de seguirla. Fue el turno de ella reír por lo ocurrido.

—Esta vas a pagarla —dijo él con voz de fingida molestia, mirándola juguetón.

—No es mi culpa.

Ella corrió de allí no dispuesta a dejarse atrapar por el joven, pero olvidó que él podía llegar a donde fuera que estuviera y en un parpadeo se colocó frente a ella.

—Te tengo.

—¡No!

Mina retrocedió por inercia y tropezó con una roca. Alcanzó la capa de Tare intentando obtener apoyo, pero ni él mismo pudo sostenerse, por lo que los dos se vinieron abajo, quedando él sobre ella. Ambos rieron un poco ante lo ocurrido hasta que sus ojos se encontraron. Zafiros contra rubíes. Mina miraba aún con una sonrisa el rostro de Tare, detallando lo bien parecido que era, al tiempo que intentaba regularizar su jadeante respiración de la carrera pasada, pero que su corazón latiera como desesperado no ayudaba en nada. Tare, mientras tanto, se deleitaba en apreciar la belleza de ella. No pudo contener el  impulso y alzando la mano acarició su mejilla. Como imaginó, era suave y agradable al tacto. El rubor en las mejillas de Mina incrementó y él pensó que se veía sumamente preciosa. Posó su vista en los rosados labios entreabiertos de la joven, seductores, instándolo a besarlos.

—Tare...

Su voz fue la razón que necesitaba y volviendo en sí, se levantó velozmente, liberándola. Le dio la espalda en tanto abría y cerraba los puños en un intento de calmarse.

—Estoy rompiendo las reglas —susurró para sí mismo, pero lo suficientemente fuerte para que ella lo escuchara.

—Tare...

—Debo irme.


Tare desapareció dejando a Mina sola, en el suelo y con un sentimiento extraño en su pecho. Como sospechó, se había enamorado de su hada padrino.




Declaraciones y posiciones

Mina limpiaba la fuente que había en el patio delantero de la casa. Ese día no había tenido las fuerzas suficientes para oponerse a las brabuconas con las que vivía. Se mantenía demasiado ocupada en sus cavilaciones y sentimientos como para tener que preocuparse por ellas, así que simplemente se mantuvo callada, sumisa e hizo todo lo que pidieron. No podía dejar de pensar en Tare, en realidad, su mente estaba totalmente puesta en él. Tan sólo pensar en él la hacía sentir un cosquilleo extraño en el estómago y no, no era hambre. Pensando en el rey de Roma, en un “puf” se materializó frente a ella. Lo miró desde donde estaba sentada en el borde de la fuente. Él estaba a su lado, de pie y no la miraba. Quedaron en un silencio, uno muy incómodo.

—Vengo a decirte que Kadin llevará a cabo el baile, así que prepárate.

Mina bajó el rostro. ¿Sólo para eso iba a verla? ¿A darle noticias?

—Es todo. Me voy.

—Espera —se levantó con brusquedad. Él no la miró—. Yo... no, creo que no iré.

No es que fuera del todo verdad, pero quería retenerlo un poco más y sabía que nada mejor para eso que llevarle la contraria. Funcionó. Tare posó sus ojos sobre ella, pero éstos eran fríos y por un momento se arrepintió de hacer que la mirara.

—¿Sigues con tus pensamientos egoístas?

—¿Qué más puedo hacer en una situación así? No me gustan los bailes.

—No es cuestión de gustos, es del deber.

—El deber esto, el deber lo otro. ¡Estoy harta! Además, no sé bailar.

—¿No? —enarcó una ceja y la máscara de frialdad se suavizo un poco por la de curiosidad.

—Claro que sí.

—¿Entonces mentiste? —ahora frunció el ceño, irritado.

—No.

—No te comprendo —dijo finalmente confundido.

—Ah, bueno. Claro que sé bailar, pero no creo que los bailes que yo sé se usen aquí. Por ejemplo, está el rock —Mina comenzó a mover todo su cuerpo de aquí para allá, imaginando que tocaba una guitarra eléctrica—. Está el baile tecno —Aquí imitó a un robot con otros pasos revueltos.

—Es suficiente —la detuvo Tare—. Es aterrador. Esos bailes están tan locos como tú.

—Gracias... supongo. ¿Ves? No tienen nada que ver con los de aquí, ¿cierto?

—Para nada. Este es un baile tranquilo y elegante.

—Es una pena. Me hubiera gustado ir.

—Te enseñaré.

—¿Eh? —Tare la tomó de una mano, la sujetó de la cintura e hizo que colocara su otra mano en su hombro—. Espera, te sugiero que no. Soy torpe con los bailes lentos. Te pisaré.

—No te preocupes. No hay demasiada magia. El hombre es quien dirige, la mujer sólo debe acoplarse a él, seguir los movimientos, volverse uno, ¡ouch!

—Perdón. Te dije que te pisaría.

Mina veía los pies de los dos, temiendo que si no lo hacía, volvería a pisarlo.

—No puedes bajar la vista cuando estés con Kadin. Debes mirarlo a los ojos.

—¿Por ley? —lo miró aunque él veía un punto sobre su cabeza.

—Por ley.

—¿Ahora por qué?

—Manteniendo la vista fija en el otro se perderán en sus emociones, en su amor. Verán la intensidad y la veracidad de lo que sienten. Además, es una manera de mostrar que el afecto es recíproco.

—Vaya, los cuentos tienen más significado de lo que pensé. Cada detalle cuenta.

—Por supuesto, los cuentos son lo más hermoso que se ha creado.

—Suenas como un verdadero abuelo.

—Qué molesta. ¿Tienes que arruinarlo todo?

—Por favor, te encanta que te moleste.

—Sí, claro —rodó los ojos.

La risa de Mina lo cautivó y enfocó su visión ella. Una sonrisa apareció en su rostro, logrando que Mina mantuviera la suya. La tensión parecía haberse ido. Continuaron con el baile inundados en la mirada del otro, reflejándose y ese ambiente que se suponía debía haber entre Kadin y Mina, los envolvió a ambos. Tare lo sintió y antes de que no pudiera haber marcha atrás, se detuvo alejándose de ella, sorprendiéndola.

—Ahora sabes lo básico del baile, así que no faltes. Me voy.

—Aguarda —Mina lo sujetó por la parte de atrás de la capucha para que no desapareciera. Ninguno de los dos movió un músculo—. No soy una persona que guarde para sí lo que siente y sé que sólo te causará más problemas, pero debo decirlo. Por todo lo que ha pasado hasta ahora, me he enamorado de ti.

—No puedes. Debes amar a Kadin.

—No puedo mandar sobre mi corazón.

—Aprende a hacerlo.

—¿Cómo puedes ser tan estricto?

—El mundo peligra.

—No me importa lo que le pase al mundo.

—Debes regresar a casa.

—No quiero ir a casa, quiero estar aquí contigo.

—No hay razón en lo que dices. Aun si te quedas, el mundo se destruirá.

—No es verdad. Nunca ha pasado, no puedes estar seguro. Además, esto es un cuento. Este mundo no existe.

—¿No existe? —Tare la tomó por los hombros e hizo que lo mirara fijamente—. ¿Después de todo lo que has vivido te atreves a decir que no existe? No es una ilusión. Ves las cosas, las hueles, las tocas, me sientes. ¡No digas que no existe! Este mundo es tan real para mí como lo es el tuyo para ti, y por tu culpa va a ser destruido y tú junto con él.

—Pues que la fregada nos lleve a los dos.

—¿Cómo puedes ser tan egoísta?

—¡Porque te amo! Y si amarte es un crimen, soy culpable. Si es un pecado querer estar contigo, seré una pecadora, no me importa. Sí, soy egoísta, muy egoísta y el que me lo hagas saber vez tras vez me dice que tienes envida. Envidia de mí porque yo sí puedo serlo y tú no. Porque yo lucho por lo que quiero y tú no eres más que un cobarde.

—No sabes lo que dices —Tare la soltó.

—Jamás estuve tan segura de algo en mi vida. Te amo, Tare, es en serio.

Tare negó con la cabeza y miró el cielo antes de desaparecer de la vista de ella. Ya sola, Mina hizo un puchero de disgusto, mostrándose molesta, pero con ella misma. ¡Bonita manera de declarársele al chico que amaba a base de gritos e insultos! ¿Por qué Tare siempre tenía que ver el lado negativo de las cosas? No bromeaba en nada. Quería estar junto a él. La emoción de regresar a casa no era nada comparada con la felicidad de estar junto al mago. Ya no podía verse sin él. Pateó el balde con los accesorios de limpieza. La vida era injusta, muy injusta. Había herido los sentimientos de Tare y eso era algo que jamás iba a perdonarse, pero tuvo que sincerarse con él. Además, ella también estaba herida. La sequedad y personalidad inmutable de él para con ella la hería. ¿Es que realmente no sentía absolutamente nada por ella? ¿Simplemente la veía como un objeto para terminar aquel cuento?

Preguntas cuyas respuestas no conocía en ese momento asaltaron su cabeza en lo que restó del día. Hallándose en su habitación una hora antes del ocaso, decidió que no podía seguir atormentándose de aquella manera y a pesar de que había prometido que ya no lo haría, volvió a escapar de su prisión. Se sintió mal, sí; pero no era peor que estar tras cuatro pequeñas paredes carcomiéndose la conciencia con pensamientos pesimistas y destructivos. Ella no era esa clase de chica. La depresión no iba con ella, así que salió y vagó por el pueblo. Debía hallar algo con qué mantenerse ocupada y afortunadamente lo encontró. El mismo grupito musical de la vez pasada.

Estaba tan agradecida con ellos por darle la flauta tan linda la otra vez que se había fabricado una bolsita de tela para mantenerla allí, la que había llevado ese día, así que se acercó a ellos y comenzó a tocar una de sus piezas favoritas de baile movido que se sabía, haciendo que la alegría que el grupito emanó se hiciera evidente por los alrededores. Estaban por su cuarta canción desde que Mina arribó cuando de entre la multitud, ella reconoció un par de ojos verdes que brillaban con emoción. Dejó de tocar y se dirigió a Kadin.

—¿Por qué estás aquí? —le preguntó ella.

—Vengo todos los días. Tenía la certeza de que si lo hacía, volvería a encontrarme contigo.

—Ya veo — “Parece que no era una broma, después de todo”, pensó al ver la honestidad del hombre.

—Mina, ¿escuchaste del baile?

—Sí, es para comprometerte, ¿no?

—Es idea de mi padre. Yo realmente no lo deseo, pero si tú vas todo se arreglaría.

—¿Yo? ¿Compromiso?

—Sí —Kadin sujetó las manos de ella y la miró con intensidad—. Mina, yo te amo y me gustaría pasar el resto de mi vida contigo.

—Bueno... —rio con nerviosismo. No todos los días le pasaba esto—. Es algo repentino.

—Te daré tiempo, el que necesites para que aprendas a quererme si es el problema; pero asiste, por favor. Me harías la persona más dichosa del universo.

Kadin le besó el dorso de las manos y le brindó una sonrisa reluciente.

“Si me lo pides con esa sinceridad y esa sonrisa, Kadin... Supongo que puedo intentarlo”.

—Hm, está bien. Iré.


El rostro del príncipe se iluminó mucho más y sin poder controlarse a sí mismo, la abrazó agradecido. Mina se sorprendió un poco. Se suponía que un príncipe no tenía esos impulsos, ¿no? Sin embargo, no prestó demasiada atención al acto y se sumió en sus pensamientos. Kadin era una buena persona y ese abrazo le había confirmado una cosa. Le quería. Le quería tanto como quería a Ruth o cualquier otro amigo, nada más. El asunto no hacía más que empeorar.




El baile

Se hallaba sola en la mansión y en lugar de pasearse de un lado a otro sintiéndose libre, se quedó en su cuarto, meditativa. No es que fuera la primera vez que se quedaba sola, pero el motivo era diferente a los anteriores. Esa noche era el baile tan esperado que se había anunciado se llevaría a cabo en el palacio. Todas las mujeres de la edad de Kadin habían sido invitadas y claro, sus hermanastras no iban a faltar, por lo que ya habían partido junto con la madrastra. Obviamente no la dejaron ir, aunque igual no es como si estuviera rebosante de dicha por asistir. Se lo había prometido a Kadin, pero no era lo que deseaba. De hecho, el anhelo de volver a ver a Tare era lo más grande que su pecho albergaba.

—¿Lista para el baile?

Se sobresaltó al escuchar la añorada voz y dirigiendo su vista a donde lo escuchó, lo vio sentado a lo largo de la barandilla de la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho, apoyándose en la pared y observando el exterior. Ella suspiró.

—Creí que no volvería a verte por lo de ayer —confesó tranquila.

—Estoy ligado a los deseos de la princesa. Mi deber es cumplirlos lo mejor posible.

—¿Entonces puede mi deseo de estar siempre a tu lado cumplirse?

—No, ese queda fuera de mi poder —Calló un momento—. ¿Irás al baile?

—No tengo muchas opciones, ¿o sí? Aunque no tengo vestido.

—No hay problema.

Tare bajó de la baranda y la miró un momento antes de chasquear los dedos. Al instante, Mina se vio usando un hermoso vestido azul celeste sin mangas. La parte superior se ajustaba perfectamente a su pecho y vientre hasta la cintura, de allí, la falda se extendía amplia hasta los tobillos. Sus brazos estaban cubiertos por unos guantes largos que terminaban cuatro dedos arriba del codo y de un color más claro que el vestido. Su peinado era alto, sujeto de arriba con un moño del mismo color del vestido, haciendo que sus caireles dorados cayeran sobre su espalda. Calzaba unas zapatillas del color de los guantes. Posó frente al espejo, asombrada.

—Cielos, tienes mejor gusto para estas cosas que yo.

—Gracias. Ahora pareces toda una princesa —halagó colocándose tras ella.

—¿Sí? No me siento como una —su expresión se apagó—. Siento que estoy traicionándome a mí misma, traicionando mis sentimientos, traicionándote —Lo miró con dolor a través del espejo. Él apartó la vista.

—No pienses eso. No traicionas a nadie.

—¿Significa que no sientes nada por mí? ¿No me quieres un poco al menos?

—No tengo por qué responder eso.

—¿Eso es un sí?

—Es un dejemos el tema. Tu carroza te espera.

Tare llevó a Mina fuera de la casa, frente a la puerta principal. Allí aguardaba una carroza blanca en forma de rosa jalada por caballos blancos y con un chofer que vestía del mismo color.

—¿De verdad tenemos que atenernos a cada paso del cuento? Esto es por demás ridículo. ¿No me digas que también se deshará a la medianoche? ¿Vamos a cantar “bibidi, babidi, bu”? ¿Y las zapatillas de cristal?

—Dada la situación actual no he puesto límite de tiempo. Las zapatillas ya no se ajustan a la dirección que ha tomado el cuento y en cuanto a cantar... Sería extraño incluso para mí.

—Oh, el señor “sigue las reglas al pie de la letra” ha pasado de ellas. Eso sí es motivo suficiente para creer en el fin del mundo.

—¿Y de quién crees que es la culpa?

—Sólo sabes quejarte. Te gusta hacerme sentir culpable —Mina entró en la carroza.

—Muchas damas estarán rodeando al príncipe exigiendo su atención. Podrías pasar por un momento difícil.

—¿No estarás?

—Alejado, como simple espectador. Es hora. Disfruta la velada.

—Tare —la seriedad con la que dijo su nombre lo hizo posar su atención en ella—. Quiero ser feliz, no importa qué, quiero serlo.

Y con esas palabras flotando en el aire, Mina se retiró. Llegó al palacio en cuestión de minutos. La música de orquesta se oía desde la puerta principal, y eso que el extenso jardín la dividía del interior. Bajó de la carroza y caminó por los senderos del jardín, en el que había una columna de guardias inmóviles a lo largo del que la conduciría adentro. Se colocó frente a un guardia y éste no se movió ni un poco. Pasó su mano frente a él y nada. No podía existir un humano que no parpadeara siquiera, ¿o sí? ¿Eran alguna clase de máquinas? Hizo muecas graciosas, como si quisiera hacer reír a un bebé, sin resultados. Escuchó risas tras ella. Eran otras jóvenes que también caminaban por allí y que la habían visto, en tanto murmuraban cosas como “extraña” o “tonta”. Bueno, por lo menos supo que sus gestos eran divertidos.

Recordó que no estaba allí para probar el buen funcionamiento de la guardia real, así que siguió con su camino hasta que finalmente entró al gran salón donde la fiesta se llevaba a cabo y era como se imaginó que sería una fiesta de la nobleza: aburrida. Las mujeres sólo hablaban de chismes seguramente; no importaba si se trataban de pobres o burócratas, los chismes siempre serían un tema popular entre las féminas. Al fondo del salón había dos personas, las que dedujo eran el rey y la reina por su costosa vestimenta y se mantenían sentados conversando con las recién llegadas, dándoles la bienvenida. No vio a Kadin por ningún lado.

—Espero que el príncipe haga su aparición pronto —escuchó una voz familiar cerca de ella.

—Sí, ya quiero verlo. ¡Qué emoción! —Esa también le era familiar... ¡Era la voz congestionada de Ileana!

Miró a donde provenían las voces y en efecto, allí estaban las villanas del cuento. Rápidamente se alejó de ellas mezclándose entre la multitud. Si la descubrían estaría arruinada. Caminó a la mesa de comida. Pensó en ir a saludar apropiadamente a los reyes, pero en cuanto vio la comida, todo pensamiento que no fuera el de degustar aquel manjar se esfumó de su mente. Tomó un bocadillo y se lo llevó a la boca. Lágrimas de felicidad casi salen de sus ojos en tanto adquirían un brillo único y de ilusión. ¡Sus papilas gustativas habían ascendido a la gloria! Comió otra cosa y otra, cada una más deliciosa que la anterior, lo que ya de por sí le parecía imposible. Haber asistido a ese baile no había sido mala idea después de todo.

—Oiga, oiga —se acercó a uno de los inmutables guardias que rodeaban el salón—. ¿Dónde está el chef que preparó esto? —Le mostró un plato con diferentes clases de alimentos de la mesa—. ¿Puede llevarme con él, por favor? Tengo que felicitarlo por tan exquisito banquete, ¿sí, sí?

Usó su carita de corderito a punto de ser degollado y afortunadamente con ese guardia sí funcionó.


Kadin se miró una vez más en el espejo. Se arregló el saco, se sacudió el polvo inexistente, desarrugó las mangas, se pasó los dedos por el cabello para que continuara arreglado.

—Te digo que te ves bien —le dijo Tare recargado en el umbral de la puerta y con los brazos cruzados—. Eres más vanidoso que una señorita.

—Tal vez —Kadin sonrió—. Pero quiero verme perfecto para ella. Quiero que se lleve la mejor impresión de mí.

—Con este retraso lo dudo. Vamos, no hagas esperar más a los invitados.

Kadin asintió y salió de su habitación para dirigirse al salón con Tare detrás de él. Atravesaron los pasillos y cuando pasaban de largo el que conducía a la enorme sección de cocinas, Tare escuchó una voz escandalosamente familiar. Se volvió sobre sus pasos y se le desencajó la quijada al distinguir la silueta de Mina, quien conversaba con los chefs. ¿Por qué no estaba en el salón?

—¿Pasa algo, Tare? —preguntó Kadin al ver que se detuvo e iba a caminar hacia él.

—No, no. Por favor, Kadin, adelántate, es a ti a quien esperan. Tengo un asunto que atender, pero ya te alcanzo.

Kadin lo miró confundido, pero no objetando continuó su camino. Tare se dirigió a paso veloz a la cocina, molesto.

—¡Mina! —Gritó al entrar.

—Tare —Ella sonrió con alegría al verlo.

—¿Qué se supo...? —No terminó la pregunta porque un pedazo de carne se adentró a su boca, cortesía de Mina.

—¿Verdad que está bueno, Tare? También me sorprendí cuando lo comí la primera vez.

—No estoy aquí para... —Algo más acabó en su boca, esta vez una verdura.

—Esa es dulce y veamos... Esta es salada.

Con la boca todavía llena, Tare movió sus brazos con exasperación antes de tomarla del brazo y salir de la cocina con una leve reverencia hacia los chefs.

—Espera, aún no pruebo el cangrejo —se quejó Mina, mas él la ignoró. Llegaron a un pasillo solo.

—Deberías estar en el baile.

—Sólo quería felicitar al chef por su trabajo. Iba a regresar.

—Pudiste haberle mandado las felicitaciones.

—Es más bonito cuando se toman el tiempo de felicitarte personalmente. ¿Qué prefieres tú?

—No importa mi preferencia.

—A mí me importa, por eso te pregunto.

Tare bajó la mirada y la enfocó en las manos de ella. Estaban llenas de comida y salsa.

—¿Cuál es tu costumbre al comer? Tienes las manos sucias. Así no puedes bailar con Kadin.

Mina se las miró e hizo ademán de limpiárselas en el vestido, pero Tare la detuvo.

—¡No te limpies en el vestido! —Mina lo miró y extendió sus palmas hacia él—. ¡Tampoco en mi capa! —Mina miró ambos lados y se dirigió a una ventana—. ¡Tampoco en las cortinas!

—¿Entonces?

Tare hizo aparecer un balde de agua y Mina se lavó allí. Él chasqueó la lengua.

—En verdad tengo que estar cuidándote todo el tiempo.

—Sí y estoy feliz de que lo hagas. No me avergüenza decir que te necesito.

Tare miró los ojos de ella, lo que supo fue un error cuando quedó sumergido en ellos, perdiéndose. El ambiente se llenó de sentimientos reprimidos que luchaban por salir. Lo único que los separaba era el pequeño recipiente que Tare sostenía en sus manos a la altura del pecho. No midiendo ninguno de los dos las consecuencias que podrían traer, sus rostros fueron acercándose, dispuestos a unir sus labios en un beso de no ser porque...

—Oh, una parejita. Lo siento, no quería interrumpir.

Tare se apartó de Mina en un salto y miró a la persona que los había visto. Palideció.

—Su... s-s-u su alteza —tartamudeó mirando a la reina con los ojos bien abiertos.

—Oh, Tare, eres tú —La mujer tomó confianza acercándose a ellos y vio a Mina con una sonrisa—. ¿Es tu novia?

—No —se apresuró a negar el mago.

—Vamos, no tienes por qué negarlo. Me parece genial. Ya decía yo que necesitabas una. Empezaba a preocuparme.

—No, no, su majestad, se equivoca. Ella es a quien Kadin pretende.

—¿Eres tú? —La reina pareció observarla con más detalle.

—Así es su alteza —Mina hizo una pronunciada reverencia—. Mi nombre es Mina y cumplo un importante trabajo como bufón.

A Tare se le fue el alma a los pies. ¿Qué rayos estaba diciendo Mina?

—¿A qué te refieres? —la mujer no comprendió.

—A nada, nada en especial. Olvide lo que dijo —volvió a intervenir Tare.

—¿Entonces le digo que soy una criada?

—¡Criada! —se escandalizó la reina.

—No le haga caso, su majestad —volvió a apresurarse a decir Tare y miró a Mina con reprensión—. ¿Por qué no te adelantas y ves a Kadin? ¿No mueres por verlo?

—¿No puedo mejor quedarme aquí? —la mirada de Tare se intensificó—. Bien, con su permiso, su dignidad.

Mina volvió a inclinarse pronunciadamente y se alejó por el pasillo, dejándolos solos.

—Su alteza, le pido que no tome en cuenta esta pequeña escena. Si Kadin la ha elegido es porque en realidad es una buena chica. A decir...

—No me preocupa eso. Me preocupa lo que vi cuando llegué. ¿Qué fue eso?

—Absolutamente nada, mi señora.

—No parecía un nada.

—Pero es lo que era. Nada.

La reina lo miró unos momentos sin descubrir nada tras la máscara de seriedad del mago al que tanto aprecio le tenía.

—Bien, si dices que es nada, es nada. ¿Volvemos al baile?

—Por supuesto.


Tare ofreció su brazo a la mujer y ella lo tomó, por lo que ambos regresaron al salón. La noche no acababa todavía.



El resto de la velada

Mina caminaba por los pasillos del palacio, perdida. ¿Cómo se le ocurría a Tare pedirle que volviera al salón de baile ¡si no tenía la más mísera idea de dónde estaba!? Creía que su mago era más atento, aunque con el aprieto en el que lo había metido supuso no debía esperar otra cosa. Pero se había molestado mucho. ¿Por qué la reina tuvo que aparecer en el momento menos indicado? ¡Tare había estado a punto de besarla! Suspiró. Estar en ese mundo estaba volviéndola una cursi enamoradiza. Vagó un rato más hasta que consiguió escuchar a lo lejos la orquesta. Esa era buena señal, ahora sólo debía seguir el sonido de la música.

Apresuró un poco el paso y la poca experiencia usando zapatillas la hicieron trastabillar un par de veces. Cansada de ellas se las quitó y cuando iba a tomarlas para llevárselas en la mano, sintió que alguien la sujetaba por ambos brazos con brusquedad tapándole la boca. Miró a ambos lados sorprendida e incapaz de gritar. El asombro se transformó en coraje cuando descubrió a su madrastra y sus hermanastras, quienes eran las que la sujetaban. Forcejeó para soltarse y ellas lo hicieron cuando llegaron a una habitación sola. La arrojaron al suelo con fuerza.

—¿Qué estás haciendo aquí, Mina? —demandó saber la madrastra con ira.

—Parece que no me cuidé lo suficiente —aceptó Mina levantándose y mirándolas con irritación.

—Mamá te preguntó qué haces aquí, inútil —exigió una respuesta Sea.

—¿Están ciegas? Vine al baile.

—¿Cómo osas aparecerte aquí y con esas ínfulas? —La madrastra se acercó a ella, amenazante.

—¿Qué va a hacerme? ¿Realmente planea ponerme una mano encima en este lugar?

La mujer se detuvo un tanto sorprendida por la astucia de Mina. Era verdad, Mina era intocable si estaban en el palacio. Rechinó los dientes con rabia e intentó controlarse, mas la sonrisa altiva de la rubia no la ayudaba.

—Madre, ¿vas a dejarte? —chilló Ileana.

—¡Silencio! Y tú, Mina, no te atrevas a volver a casa, ¿escuchas? Si te apareces por allí tengo el poder suficiente para demandarte y que te metan al calabozo. Además, fue una tontería que siquiera vinieras a un sitio como este. No eres más que basura. Nadie se molestaría en fijarse en alguien como tú. Eres insignificante.

Mina apretó los puños, iracunda. Desgraciadamente, así como ella no podía ser tocada, ella tampoco podía defenderse con un buen puñetazo o patada y eso su madrastra lo sabía.

—Vámonos, muchachas. Debemos conocer al príncipe.

Con porte orgulloso, las tres salieron de la habitación aquella, que parecía un estudio. Mina bufó con rabia total. Las odiaba como jamás creyó odiar a nadie y una simple, aunque complicada palabra se apoderó de su mente. Venganza. Deseaba hacerles pagar por todo. Ya no tenía nada que perder, ya la había privado de todo, lo que la inquietaba, pero se ocuparía de ello después. Caminó de un lado a otro del cubículo pensando qué hacer, cómo llevar a cabo su venganza. Una idea cruzó su mente. Miró a su alrededor y halló unos estantes de libros grandes. Le pidió perdón a Tare mentalmente y a sí misma por lo que iba a hacer y porque definitivamente iba a doler.


Kadin se mantenía ocupado saludando a todas las jóvenes que con una sonrisa soñadora y encantada se acercaban a él, dispuestas a iniciar una conversación. Tuvo que esforzarse por que su expresión de contento continuara en su rostro. La verdad era que no veía a Mina por ningún lado y eso lo deprimió. Lanzó una rápida mirada a donde Tare estaba, que era detrás de los asientos de sus padres, siendo el más apartado de la reunión. El mago simplemente se encogió de hombros ante la mirada llena de interrogantes del príncipe, dándole a entender que no sabía nada y que poco le importaba, lo que no era más que una vil mentira.

Tare estaba preocupado, molesto y desesperado. ¿Por qué Mina no llegaba todavía? Caminó de un lado a otro. Esa chica era un desastre, el caos personificado. Le había advertido que regresara al baile, ¿por qué no podía hacerle caso una vez un su vida? Entonces, recordando bien las cosas, la realidad lo golpeó y fue como si un balde de agua fría lo bañara por completo. La había mandado regresar cuando no conocía nada del palacio. Se golpeó el rostro con la mano. ¿Cómo fue capaz de comete semejante error? Dirigió una vista veloz a Kadin, quien saludaba ahora a la madrastra y hermanastras de Mina, luego miró a los reyes, quienes también platicaban con unas damas. Lo mejor sería ir a buscarla. Dio unos pasos hacia la puerta que lo sacaría del salón cuando una imagen aterradora, preocupante e increíble apareció frente a sí, logrando que abriera los ojos y la boca desmesuradamente. Alguien lanzó una exclamación de sorpresa entre el público y todas las miradas se enfocaron en lo que Tare miraba con tanta estupefacción.

Frente a él, una Mina que llevaba ya no un hermoso vestido porque partes de éste estaban desgarradas en muchos lugares, especialmente en la falda dejando ver parte de sus piernas; los guantes también se mostraban con muchos agujeros y se deshilaban; estaba descalza; el peinado estaba desordenado, con el moño echo a un lado y los caireles a punto de desaparecer. Además de que podían visualizarse unos moretones y raspones en toda su piel.

—¡Mina! —exclamó Kadin al verla, quedándose estático al igual que los demás. Incluso la música dejó de oírse.

La rubia dirigió sus ojos azules a los verdes de Kadin y sonrió con autosuficiencia al ver a las mujeres al lado de él; después, puso la expresión más miserable que tenía, la que a los ojos de Tare fue extremadamente falsa, y con una sobreactuación lamentable acortó la distancia entre ella y el príncipe.

—¡Oh, Kadin! —dijo con voz dolorosa al estilo novela dramática barata, en tanto se llevaba una mano a la frente, fingiendo estar a punto de desfallecer.

—¿Qué ha pasado? —exigió saber Kadin, apurado.

—No puedo decirlo, es tan vergonzoso —continuó con su pobre actuación.

—Exijo saberlo. ¿Qué te ha puesto así? ¿Quién es el infame que te hizo esto?

—Bueno ya que insistes —accedió al final sin sufrir y Tare sintió deseos de matarla en ese momento. Mina señaló a Ileana, Sea y su madrastra—. Ellas son las culpables de mi desdicha. No sólo me hacen trabajar para ellas sin descanso desde que mi padre murió, sino que ahora me golpean. Es horrible —y volvió fingir desmayo.

—¡Es una blasfemia! —Se defendieron las tres—. No la hemos tocado jamás. Nunca lo haríamos, su majestad.

—¿Entonces qué es esto? —Mina se señaló los moretones y raspones—. ¿Insinúan que me los hice yo misma?

—Es obvio que no —aseveró Kadin iracundo.

“Es obvio que sí”, pensó Tare comenzando a preocuparse verdaderamente por la salud mental de Mina.

—¿Cómo se insolentan a poner una mano sobre ella y en mis dominios? —inquirió Kadin indignado.

—Pero no es verdad…

—¡Silencio! Por la autoridad que se me confiere como futuro rey del reino, las condeno a pasar el resto de sus días en el calabozo.

—¡No puede hacerlo!

—He dicho. Guardias.

Los guardias, presurosos al llamado de Kadin, se acercaron a las tres y se las llevaron a pesar de la resistencia, los reproches y las amenazas de ellas. Desde su lugar, Mina les sacaba la lengua en señal de triunfo. A veces la violencia contra otros no era necesaria, sino la violencia contra sí mismo. No podía reírse a carcajada viva porque su teatro se caería, aunque igual… Vio a Tare un momento y la mirada llena de molestia de él, le indicó que no iba  a salvarse de un buen regaño.

—Mina —Kadin la llamó y lo miró—. Mina, ¿estás bien? Hay que atender esas heridas.

—Ah, eso. No, no, no te preocupes. Estoy perfectamente.

—Pero…

—Te digo que estoy bien. Mira —Mina saltó y movió sus brazos sin aparente problema—. ¿Ves? Lamento los inconvenientes…

“No lo haces”, volvió a pensar Tare que escuchaba todo, de hecho, todos escuchaban todo.

—… Ah, supongo que me sentiré un poco sola en esa casa tan grande para mí sola —dijo Mina sarcástica. Era indiscutible que no iba a estar nada sola, pero como siempre, Kadin no lo entendió por lo que invitó:

—No es necesario. Para que no experimentes esa soledad puedes quedarte aquí en el palacio.

—¡¿Eh?! —la exclamación no sólo salió de Mina, sino de absolutamente todos los presentes, por demás incrédulos.

“Que diga que no. Que diga que no. Que diga que no”, rogó Tare en su interior al ver la expresión pensativa de la rubia.

—¿Podré comer todos los días así? —Mina señaló la mesa de comida.

—Así y más, si lo deseas.

—Entonces bien.

Los vítores se dejaron oír al tiempo que Tare se apoyaba en la pared más cercana que tenía, sintiéndose de pronto cansado, muy cansado. Todo lo que implicara Mina terminaba por agotarlo sobremanera.

—Esto hay que festejarlo entonces —siguió Kadin y se dirigió a la orquesta—. Lo que les enseñé, muchachos.

Ellos asintieron y una alegre sinfonía se dejó oír por toda la estancia. Una muy familiar para Mina.

—Hey, esa es…

—Exacto —Kadin la interrumpió con una sonrisa—. Es la misma canción de nuestra primera tarde juntos. Costó un poco prepararla, pero lo conseguí a tiempo.

—¿Y qué esperamos? Esto sí puedo bailarlo.

Y llena de energías, tomó a Kadin de la mano y lo llevó a la pista de baile, que se hallaba sola, y comenzó a bailar intentando enseñarle al príncipe cómo hacerlo. Desde donde estaba, Tare negó con la cabeza mientras una sonrisilla adornaba sus labios. Parecía ser que Mina había olvidado que era el hombre quien dirigía el baile, pues ella hacía lo que quería con Kadin. Simplemente no podía seguir bien las reglas. Vio que ella forzaba a algunas chicas a acompañarlos en el baile para que fuera más divertido. Tare pudo ver que el ambiente entre Kadin y Mina era bueno, muy bueno con esas atenciones y las sonrisas que se dedicaban, lo que definitivamente estaba bien porque debía ser así, por mucho que en ese instante la imagen que presenciaba lo hiriera. Sacudió la cabeza, no podía sentirse así con respecto a eso, no era correcto. Sin embargo, el vacío que su corazón sintió fue demasiado, por lo que sintiéndose mal, prefirió retirarse de la habitación con sus rubíes emanando dolor y frotándose el pecho, como si de aquella manera pudiera menguar lo que lo hacía sufrir.


Mina se masajeó sus partes mallugadas mientras observaba con fascinación la habitación que le habían ofrecido. Era enorme. La cama era amplia y ancha, cobijada por sábanas lujosas, además de los cuatro pilares que tenía en cada extremo del colchón y que sostenían un toldo de cortinas finas con la que podía aislarse del resto de la habitación. En medio de la habitación había una salita pequeña, en una esquina estaba un escritorio y a un lado de éste había una pequeña biblioteca. En la pared opuesta a la cama había un armario movible de madera con diseños bien elaborados y bien tallados. A un lado de éste estaba un tocador blanco e igual de detallado con un gran espejo.

—Esta habitación está exagerada. Uno puede perderse incluso aquí —se dijo asombrada, sentándose en la cama.

—Es lo que debes esperar si vas a quedarte aquí.

La voz la sobresaltó y miró a su alrededor buscando al dueño, a quien vio cuando éste salió de una sección oscura del cuarto. Mina tragó duro al verlo con el ceño fruncido.

—Tare…

—No debiste aceptar quedarte.

—¿Cuál es el delito esta vez, señor juez?

—El delito es que no está bien. Quiero decir… Este es un cuento de hadas. ¿En qué cuento el príncipe y la princesa viven bajo un mismo techo sin estar casados? ¿Dónde queda la moralidad?

—¿Moralidad? —Mina lo miró escéptica—. ¿Es en serio? No es como si fuéramos a hacer nada malo. ¿Qué clase de mente cochambrosa tienes?

—¿Yo? ¿Mente cochambrosa? Eso deberías preguntártelo a ti misma. Acabo de ver el desorden que hiciste en el estudio. ¿Cómo pudiste desgarrarte tú sola el vestido y tirarte encima el estante de libros?

—Bueno, acepto que lo último no fue mi mejor idea.

—¿Tu mejor idea? Ha sido la peor que has tenido. ¿Qué tal si quedabas inconsciente o no podías salir?

—Pero no pasó nada.

—¿Y si sí? Nunca puedes estar cien por ciento segura de algo. ¿Qué habrías hecho si te pasaba algo en verdad grave?

Mina no puedo evitar sorprenderse un poco ante los reclamos de Tare. Estaba muy preocupado por ella. Su actuar imprudente lo había preocupado. Eso quería decir que sí era importante para él, ¿no? Un poco por lo menos. Saber eso la hizo feliz, pero la culpabilidad también la embargó. No quería causarle más preocupaciones de las que ya tenía. Bajó la mirada, arrepentida.

—Tienes razón. Fue una estupidez tremenda de mi parte. Lo siento.

Tare suspiró al escuchar su disculpa apacible. ¿Por qué no podía comportarse así más a menudo? Aún sentada, Mina se fijó al fin que Tare tenía unas zapatillas en sus manos. Eran las suyas.

—¿Qué haces con eso? —apuntó el calzado.

—Ah —Tare las miró—. Estaban cerca del estudio.

—Sí, me las quité porque no podía caminar con ellas. Son una tortura.

—¿Por qué no te gusta usar lo que una princesa debe usar? —inquirió acercándose a ella.

—Porque yo no soy una princesa.

Tare puso los ojos en blanco. No tenía que recordárselo. El joven se arrodilló frente a ella y le colocó las zapatillas.

—Creí que no haríamos la escena de las zapatillas —dijo ella extrañada.

Tare se sonrojó. Había sido un impulso ponérselas. Carraspeó al tiempo que se ponía de pie.

—El suelo está frío. Te enfermarás si sigues descalza —se excusó avergonzado.

—Está alfombrado.

—La alfombra está sucia.

—Creí que la limpiaban todos los días.

—No molestes.

Tare fue a abrir la puerta de vidrio que daba acceso al gran balcón. Necesitaba aire fresco. Mina sonrió un poco ante la actitud de él. Era tan tímido. Se levantó de la cama y tomó algo que había dejado en la mesa de la salita para después colocarse a un lado de Tare, quien miró el objeto de soslayo manteniéndose más concentrado en el cielo estrellado.

—¿De dónde sacaste esa flauta?

—Se la pedí a alguien de la orquesta.

Mina se llevó el instrumento a la boca y comenzó a tocarlo. Tare escuchó la melodía en silencio. No era como las anteriores que Mina había representado; esta no era alegre y divertida, más bien estaba cargada de un sentimiento de soledad y desconsuelo. Por un momento el vacío en el corazón de Tare creció y se sintió identificado con la composición. Mina terminó de tocar después de unos minutos, dejando suspendidas en el aire las últimas notas.

—Parece una canción triste —observó él.

—De hecho lo es. Trata de un amor prohibido.

—Oh… —Ahora entendía mucho.

—Tare.

—No.

—¿No qué? Ni siquiera he dicho nada.

—Sea lo que sea, no.

—Pero…

—He dicho que no.

Mina lo miró con lástima. ¿Por qué siempre tenía que decir a todo no? Dirigió sus ojos al firmamento y al momento, una luz brillante lo atravesó.

—¡Una estrella fugaz! –gritó encantada y velozmente colocó sus manos juntas y cerró los ojos.

—¿Qué haces? —quiso saber él.

—¿No lo sabes? Si ves una estrella fugaz debes pedir un deseo para que se te cumpla. Tal vez ella tenga el poder suficiente de cumplirme el mío de quedarme a tu lado siempre.

Tare suspiró y cerró los ojos. ¿Cómo podía ser tan abierta con esos temas? Abrió los ojos una vez más y descubrió la insistente mirada de ella sobre él. Enarcó una ceja.

—¿Qué?

—¿También pediste lo mismo?

—¿Por qué iba a hacerlo?

—¿Eh? Pues porque si dos personas piden el mismo deseo, la estrella tendrá más peso para cumplirlo, ¿no?

—Eres muy extraña —Tare negó con la cabeza con una sonrisa en el rostro—. Es muy tarde ya. Me iré a dormir, haz lo mismo.

—Ok, sueña conmigo.

—No quiero tener pesadillas.

—Pues qué pena porque las tendrás.

—Bonitos deseos los tuyos —Mina rio—. Buenas noches.

—Descansa, hada padrino.


Tare rodó los ojos antes de desaparecer de la vista de Mina, quien manteniendo una sonrisa en sus labios, volvió a dirigir su atención al cielo nocturno, no dispuesta a dormir esa noche, en espera de volver a ver más estrellas fugaces para pedir su añoranza más grande y que la posibilidad de que se volviera realidad fuera de cien.




La decisión del mago



Tare se movía inquieto a lo largo de la habitación. Como siempre, las pesadas y oscuras cortinas cerradas no dejaban que un atisbo de luz las atravesara, por lo que no podía saberse si continuaba siendo de noche o el astro rey volvía a gobernar sobre la superficie, aunque francamente poco le importaba al joven. Se hallaba sumamente ocupado en sus pensamientos como para prestar atención a nimiedades. Sabía que había estado dándole vueltas al mismo asunto durante horas, lo que lo privó del sueño, mas no era como si no estuviera acostumbrado a los constantes desvelos. En esta ocasión, sin embargo, parecía estar considerando las cosas más de lo que debería y todo estaba estrechamente conectado con una persona en concreto.

Jamás había dudado de su posición y su trabajo, ¿por qué ahora la daba tantas vueltas al asunto? ¿Por qué de pronto la idea de que todo se fuera al diablo no parecía tan irrazonable? Durante décadas él y los demás habían estado haciendo lo mismo una y otra vez y era agotador, frustrante, deprimente. ¿Hasta cuándo continuaría con la misma rutina? Descubrió en todo caso, que quien realmente sufría era él y estaba harto. Además, ¿quién era él para borrar los recuerdos de todos? Sus intenciones no eran perversas, pero no es como si tuviera derecho a manipular la mente de los demás. Asimismo, ¿quién era para decidir la destrucción de un mundo falto de culpa y de miles de personas inocentes? La carga era enorme, el deber tenía que cumplirse, la vida del reino entero estaba en juego y a pesar de todo, las razones no le parecían lo suficientemente fuertes como para sobrellevar el sacrificio que haría si continuaba como debía. Antes no perdió nada, ahora sentía lo perdería todo. Las cosas no iban bien.

Suspiros incontables lazó en aquellas horas y uno más se sumó a la lista, en tanto un sentimiento de sofocación lo invadía. No tenía idea de qué hacer. Continuaba dentro de sus cavilaciones cuando la puerta se abrió bruscamente, sobresaltándolo.

—¡Tare!

—¿Que no sabes tocar? —Inquirió un poco molesto al ver que se trataba de Mina.

—Miren quién habla. La persona que se aparece de la nada en mi cuarto.

—No tengo el tiempo suficiente como para perderlo en trivialidades.

—Traduciendo, significa que no tienes los modales suficientes.

—Por supuesto que tengo modales, no soy como alguien que conozco. Además, ¿qué haces aquí? ¿Cómo supiste que esta era mi habitación?

—Preguntando se llega a Roma. Supuse vivías aquí y le pregunté a los guardias dónde encontrarte, pero eso es lo de menos. ¡Mira este lugar! ¿Cómo puedes vivir entre penumbras?

—Me gusta así.

Mina se dirigió a las cortinas para abrirlas y el despejado cielo azul y el brillante sol lo iluminaron.

—¿Cómo puede gustarte tanta oscuridad? Con razón eres tan pesimista.

—¿No te enseñaron a respetar lo ajeno?

—¿Qué más da? Si tú me quitas mi privacidad, ¿por qué no puedo quitarte yo la tuya? Además, ¿creí que  las hadas adoraban la luz?

—Yo no soy un hada. Soy un mago. MAGO. ¿Te lo deletreo?

Mina ignoró los reproches de Tare y miró alrededor ubicando la bola de cristal sobre una mesa.

—¡Ah! —gritó emocionada dirigiéndose a la esfera y tomándola—. Por fin veo que tienes algo propio de los magos. ¿Cómo lo usas? Enciéndela, préndela, ponla a funcionar o lo que sea. Anda, anda.

Tare no dejaba de sorprenderse de lo infantil que ella a veces podía ser. Se hubiera negado, pero la mirada llena de curiosidad que le lanzó lo hizo aceptar, por lo que la puso a funcionar.

—Oh, creí que debías decir algo especial, un conjuro o algo así —Mina vio que la imagen se hacía poco a poco más clara hasta que logró distinguir el lugar—. ¿Eh? Es mi habitación en la casa de mi madrastra, ¿por qué?

—Tengo que mantener mis ojos sobre ti. Eres problemática.

Mina miró un momento más su habitación antes de dirigir su visión a Tare, quien vio que los ojos de ella destellaban llenos de una mezcla de reproche y resentimiento. Arqueó una caja.

—¿Ahora qué?

—Muy bien, suelta la sopa —Mina puso las manos en su cintura—. ¿Cuántas veces me viste desnuda?

—¡¿Qué clase de pregunta es esa?! —el rostro de Tare se tiñó del carmín más intenso.

—Por favor. Teniendo una oportunidad como la tuya, nadie la desaprovecharía.

—¡No soy ese tipo de personas!

—Estoy tan decepcionada. Y anoche intentabas darme una clase de moral. No puedo creer lo falso que eres.

—¡Te digo que no haría esas cosas!

—Pervertido.

—¡No soy un pervertido!...

—Lamento interrumpir tan simpática escena.

La voz se escuchó de una de las esquinas del cuarto. Los dos se volvieron y vieron a Eepa el zorro. Tare deseó que la tierra se lo tragara o golpearse contra la pared hasta quedar inconsciente y no tener que pasar por tan bochornoso momento.

—¡Aww! ¡Un zorro! —Exclamó Mina al verlo y caminó a él sin prestarle mucha importancia al hecho de que hablara, se había acostumbrado—. ¡Qué lindo!—Se arrodilló y comenzó a acariciarlo—. Me recuerda a uno de peluche que tenía cuando era niña, solo que ese era gris, no rojo.

Estático en su lugar, Tare observó la escena y una expresión de irritación lo invadió, por lo que no pudo reprimirse preguntar con acidez:

—¿Te lo pasas bien, Eepa?

—Bastante —aseguró el animal con sorna—. ¿Celoso?

—¿Celoso? —repitió Mina mirando a Tare.

—Claro que no —dijo volviendo su rostro a un lado.

—Ya veo. También quieres cariñitos —entendió Mina levantándose.

—Claro que no —volvió a negar, sonrojado.

—Vamos, todo el mundo necesita un abrazo de vez en cuando —ella se acercó a él con una mirada pícara.

—Aléjate —ordenó él comenzando a sudar de los nervios, retrocediendo.

—Vamos, no seas tímido. Ven aquí, hadita bonito.

Mina se le lanzó encima y Tare la esquivó por poco. Una persecución, que a los ojos del zorro no podía ser más que divertida, inició entre ambos donde ella se esforzaba por alcanzar al mago y darle el tan ansiado abrazo, al tiempo que él hacía hasta lo imposible por evitarlo. En un descuido, Mina estuvo a punto de alcanzarlo, pero usando finalmente la cabeza, desapareció del cubículo en un parpadeo. Ella bufó molesta.

—Collón. A veces realmente odio esa habilidad suya.

—¡Señorita Mina! ¡Señorita Mina! –escuchó que la llamaban a lo lejos.

—Me buscan. A puesto a que quieren que cumpla todo eso de las princesas —puso una cara de espanto—. Bueno, hora de jugar a las escondidas. Adiós, zorrito.

Mina salió del cuarto y se perdió en los pasillos. Al instante, Tare volvió a aparecer, suspirando.

—Linda forma de enfrentar los problemas —observó Eepa con sátira.

—Limítate a decirme por qué estás aquí —dijo Tare con sequedad. El silencio que precedió su petición se volvió tenso—. ¿Eepa?

El rostro del zorro mostraba nada que no fuera inquietud desesperada y eso lo preocupó.

—Ha comenzado —habló finalmente con un tono de voz vacío, oscuro—. La destrucción del mundo ha comenzado.


Ante las palabras oídas, el ambiente se cargó de una densidad perturbadora. La incredulidad proveniente de los reyes era palpable, así como la perplejidad que sus facciones dejaban ver. Estando en su sala, frente a ellos tres informantes se arrodillaban en señal de respeto mientras terminaban de dar la noticia más reciente. A su lado, Kadin se hallaba tan o incluso más asombrado que sus padres. El único que no mostraba una expresión de sorpresa era Tare, quien se apoyaban en una pared con los brazos cruzados sobre el pecho, sino que mostraba un mohín de zozobra.

—No puede ser —finalmente logró articular el rey—. ¿Cómo es que algo así existe?

—No estamos seguros, mi señor —dijo uno de los informantes—. Las cosas son como le dijimos. Dados los reportes de los habitantes de que algunos de sus vecinos estaban volviéndose locos, fuimos a investigar y descubrimos que así es. Algunas personas simplemente no tienen control sobre sí, no razonan, la demencia los domina por completo, destruyendo todo a su alrededor, hiriendo a los demás, matando.

—¿Y no saben de dónde viene esta extraña enfermedad? —inquirió esta vez Kadin.

—Me temo que no, joven príncipe. Los testigos afirman que el actuar desquiciado se presentó de la nada. Hemos decidido llamar a esto Demencia, pero de lo que estamos seguros es que se está extendiendo a niveles preocupantes.

—¡No debemos dejar que tome a más de nuestra gente! —Aseveró el rey con firmeza—. Continúen la investigación y encuentren su origen. Tare, debes encontrar un método de que este lamentable estado no se propague.

—Cuente con ello, su alteza —Era el único que sabía el porqué de todo y cómo detenerlo.

—Yo también ayudaré —se ofreció Kadin—. Es mi deber.

El rey asintió y los despachó. Afuera de la sala, Mina esperaba impaciente a que salieran. Todo el palacio estaba bajo una tensión que ya no soportaba. Necesitaba saber qué pasaba allí. Vio a Tare y se acercó a él.

—Tare, ¿qué pasa? ¿Por qué todos actúan tan raro?

—No tengo tiempo… No queda tiempo —dijo con dureza pasándola de largo.

—Pero…

Tare no se detuvo a mirarla siquiera y continuó. Mina se extrañó mucho más. ¿De qué iba todo aquello? Vio a Kadin y se le acercó, tal vez él sí pudiera aclarar sus dudas.

—¿Qué pasa, Kadin? ¿Todos se ven ansiosos?

—No tienes nada de qué preocuparte, Mina —le brindó una sonrisa reconfortante—. Todo va a salir bien. No pienses en ello.

—Pero…

—No dejaré que pase nada, te lo prometo. A ti, a nadie le pasará nada.

—¡Kadin! —la voz apremiante de Tare a lo lejos se dejó oír.

—Nos vemos.

Kadin besó su mano y se alejó. Mina quedó mucho más confundida. ¿Por qué todos le escondían las cosas? ¿Porque no querían preocuparla? ¡Los partiera un rayo! Por eso odiaba a las princesas. Siempre siendo excluidas de todo lo importante y la acción. Sabía que algo grande estaba corriendo por allí, lo presentía. La cuestión era qué. Fue a preguntar en otro lugar, esperando que alguien pudiera decirle algo, pero nada. Ni los de servicio sabían, ni los cocineros, ni los jardineros… ¿A quién engañaba? A ninguno de ellos iban a decirle cosas significativas, eran personajes irrelevantes. Con disgusto pensó que eso significaba que ella también lo era. ¿Y se suponía era la protagonista? En serio, detestaba los cuentos de hadas.

Vagando por el palacio se encaminó al patio delantero. Ver el jardín podía ayudarla a despejarse un poco o se volvería loca. Caminaba por los senderos empedrados cuando vio que un hombre, un jardinero, se hincaba sobre el suelo, sujetándose la cabeza al tiempo que un grito desgarrador y cargado de dolor salía de su garganta. Se acercó a él, presta a  ayudarlo.

—Oiga, ¿está bien, señor?

Cuando lo tocó, el hombre la miró con ojos desorbitados, expresión de locura y espuma salía de su boca.

—¿Qué demo…?

Mina se interrumpió a ella misma cuando, con reflejos dignos de una buena jugadora de béisbol, esquivó las grandes tijeras que el tipo usaba para podar los arbustos y así evitar que la hiriera. Manteniéndose alerta, Mina vio que él volvía a prepararse para atacar. Retrocedió unos metros. ¿Qué estaba pasando en ese mundo de locos? Miró su entorno fugazmente, buscando algo con lo que pudiera defenderse. Lo más cercano que tenía eran rocas. Tal vez funcionaran. Tomó unas velozmente.

—¡Mina!

La voz la distrajo momentáneamente al girar su cabeza para ver al dueño, pero al sentir el grito del jardinero cerca, muy cerca de ella, se arrepintió de su acción y con terror vio que las tijeras estaban por clavarse en ella, mas no lo lograron porque un cuerpo se interpuso entre el suyo y el arma.

—¡Kadin! —gritó preocupada al ver la sangre correr por el brazo y costado de él.

El príncipe había sido herido en un punto debajo de la axila al tiempo que alejaba a Mina del peligro. Casi enseguida, unos guardias arribaron y sometieron al jardinero, acercándose a Kadin.

—¡Su alteza! —exclamaron al ver el líquido brotar cual fuente.

—Estoy bien, estoy bien —intentó calmarlos, mas fue obvio que mentía cuando su rostro adquirió el color de la nieve y perdiendo radicalmente las fuerzas, cayó al suelo.

—¡Kadin!

—Hay que llevarlo al palacio. Parece que le dieron en una vena principal.

Los guardias lo alzaron con cuidado y entraron a la enorme construcción. Mina se sentía realmente mal. Le daba la sensación de que era su culpa. Se encontraron con Tare.

—¿Qué pasó? —Una mortificación más se añadió a su rostro. Los hombres le explicaron todo—. Que un médico lo atienda de inmediato, estaré allí dentro de poco.

Ellos asintieron y se alejaron, dejando solos a Mina y Tare. Ella lo miró con todas sus interrogantes hechas un lío.

—¿Qué está pasando aquí, Tare? ¿Por qué ese sujeto se comportó tan raro? Creo que merezco saberlo.

Él la miró con impaciencia. Desafortunadamente ya no podía seguir ocultándole las cosas, por lo que tomándola del brazo y usando la trasportación inmediata, la llevó a su sombría habitación.

—¿Por qué estamos aquí?

—Calla y observa. Es el reino en su situación actual.

Tare dejó la bola de cristal en la mesa y le dijo que se acercara. Mina así lo hizo y a través de ella pudo ver la Demencia en su apogeo. Las personas, fuera de sí por completo, corrían por las calles gritando infinidad de palabras sin sentido; unos corrían desnudos. La escena cambió y se enfocó en un grupo de desquiciados que destruían los negocios y puestos en el centro de la ciudad. Muchos otros lanzaban piedras a las casas, golpeaban a los pacíficos transeúntes. Un último escenario. Una escuela primaria siendo incendiada con los infantes en el interior, quienes no podían más que gritar desesperados, llamando a sus padres en busca de ayuda. Mina se llevó las manos a la boca para retener el grito que se atoró en su garganta. Era horrible. Sus ojos brillantes, bien abiertos y su rostro desfigurado por la incredulidad de lo anteriormente visto se enfocaron en Tare.

—¿Por qué? —logró articular con dificultad.

—Es el fin del mundo. El cuento debió acabar hace tiempo.

Mina abrió más los ojos. ¿El fin del mundo era así?

—¿Quieres decir que es mi culpa?

—Exacto —Tare la miró con frialdad—. ¿Ves las consecuencias de tu egoísmo?

—¿Y cómo se supone que supiera que esto iba a ser así? Debiste decírmelo.

—Yo tampoco lo sabía. No puedo creer que sigas pensando sólo en ti. ¿No tienes suficiente?

—Pero está bien. Esto tiene arreglo, ¿no? Sólo debo terminar el cuento, ¿cierto? Lo haré y todo se arregla.

Tare rio nada divertido.

—¿Me tomas por estúpido? ¿Cuántas veces has dicho eso y no has hecho nada por probarlo?

—¿No confías en mí?

—No —su seca respuesta y sin signo de duda hirió a Mina—. No hay tiempo ya para juegos y me temo que he sido una distracción enorme. Es por ello que borraré tus recuerdos de mí y con ellos, tus sentimientos.

Mina lo miró desconcertada, extrañada, dolida, desesperada, aterrada. Todo al mismo tiempo. Negó con la cabeza.

—No —susurró acortando la distancia entre ellos y tomándolo por la capa en tanto las lágrimas fluían de sus zafiros sin reparos—. No puedes hacerlo. ¿Por qué decides las cosas por ti mismo sin tomar en cuenta lo que quieren los demás? —Explotó en llanto—. Yo no quiero olvidarte. Conocerte ha sido lo mejor que me ha pasado. Sería feliz con tus recuerdos aún si regreso a casa. Los momentos junto a ti son lo más valioso que tengo. Por fin sé lo que implica querer a alguien de verdad y es un sentimiento bonito, no quiero que me lo arrebaten. Prefiero morir mañana sabiendo lo mucho que te amo que vivir mil años sin saberlo. Tare, por favor, no quiero olvidar cuánto te quiero.

—No puedo arriesgarme más.

—No es justo —Mina escondió su rostro en el pecho de él, sollozando—. Eres muy injusto, Tare. Se supone que tu papel era conseguir la felicidad de la princesa a cualquier costo. ¿Por qué me la niegas, entonces? ¿Por qué me lastimas así?

“Porque no soy un buen mago”, aceptó él con desazón en sus pensamientos. No había sido un buen mago desde que ese círculo inició. Había cometido muchos errores. Se había involucrado demasiado con Mina. Se había metido en asuntos que no debía. Se había fijado en ella como mujer. Y su peor error. La había hecho llorar. Él debía ser el pañuelo que limpiara las lágrimas, no la fuente que las provocara. Al verla tan vulnerable, deseos inmensos de abrazarla por primera y última vez lo embargaron, pero no podía; no debía. Sabía que si lo hacía, no la soltaría y no haría lo que se había dictado.

—Lo siento —susurró con voz atormentada.

Mina levantó su rostro para verlo y de soslayo vio que él formaba una bola de energía de múltiples colores. Lo miró suplicante, no con aquella carita de cordero a punto de ser degollado, no; sino que sus ojos mostraban verdadero ruego, deseo de obtener una segunda oportunidad y evitar aquel castigo. No obstante, los ojos de Tare mostraban decisión absoluta y con pesar Mina reconoció que  no iba a hacerlo cambiar de opinión. Lo conocía lo suficiente. Siempre sería el señor “sigue las reglas al pie de la letra”.

—Entonces diré esto una vez más porque ya no tendré la oportunidad. Tare, te amo mucho. Te amo como jamás creí amar a alguien. Perdona los problemas y gracias por los tiempos que pasamos juntos. Aún si no te recuerdo en mi memoria, en mi corazón siempre estarás presente. Cada vez que me veas recuerda mi cariño. Cada vez que me veas hacer algo, sábete que lo hago por ti aunque yo misma no lo sepa. Recuerda lo mucho que te amo por mí, por favor.

Y para demostrarle que lo que decía era verdad, se colocó de puntitas para darle un beso, pero viendo sus intenciones, Tare echó la cabeza para atrás, por lo que los labios de ella se posaron en su barbilla. Temeroso de que el arrepentimiento lo asaltara ante el rose, Tare llevó la colorida bola de energía a la nuca de Mina, a quien la sorprendió una somnolencia aguda así que no pudo sostenerse a sí misma y se desplomó en los brazos del mago. Tare la miró unos instantes con sus facciones llenas del desconsuelo más grande nunca imaginado. Su mundo interior, así como el físico, estaban viniéndose abajo.



Corre el tiempo



La habitación era enorme y muy parecida a la de Mina, con el mismo tipo de cama con sábanas y cortinas lujosas, con muebles de madera maciza y bien tallados con bordados y exquisitamente pintados, con un armario grande e imponente. Allí, tres personas podían observarse. Kadin, quien se encontraba recostado sobre su cama, despierto aunque pálido, débil y ojeroso. Su madre, la reina, sentada a su lado en el borde de la cama, con rostro preocupado y dolido. Y finalmente, Tare de pie a un lado de la gran ventana, con los brazos cruzados y expresión seria.

—En verdad estoy bien, madre —volvió a asegurar el príncipe con voz queda e intentando sonreír.

—¿Cómo vas a estarlo? Apenas lograron salvarte la vida. Casi mueres desangrado.

—Los médicos y Tare hicieron un buen trabajo.

—Lo sé —la reina miró al mago—. Nuevamente, muchas gracias.

—No me las debe, mi señora —Tare hizo una pequeña reverencia—. Kadin es mi mejor amigo. No lo dejaría morir…

“No debe morir”, tuvo que morderse la lengua para no soltar aquello. No debió haber estado en peligro de muerte en primer lugar, sin embargo, los “debería” ya no aplicaban en ese ahora.

—Regresa al lado de papá, madre —volvió a sugerir Kadin.

—¿Por qué tu insistencia de correrme? —inquirió ella indignada.

—No creo que quiera decir eso, su alteza —intervino Tare—. Además, es preciso que Kadin descanse, sería apropiado que nos retiráramos para que lo logre. En realidad, yo me voy ya. Si me disculpan.

Volvió a hacer una reverencia para despedirse de la mujer más que nada y se encaminó a la puerta.

—Espera, Tare —lo llamó Kadin y deteniéndose giró sobre su eje para mirarlo—. ¿Han descubierto algo respecto a la Demencia?

—Las investigaciones siguen en curso, no te inquietes. Todo volverá a la norma…

La puerta se abrió con fuerza y brusquedad, interrumpiéndolo, aunque no fue en sí la puerta abrirse, sino el hecho de que estaba perfectamente colocado detrás de ella, por lo que el ala de madera lo golpeó en pleno rostro, siendo su nariz la principal receptora de los daños.

—¡Kadin!

La voz de Mina resonó por toda la habitación en tanto la chica corría al lado del joven de ojos verdes. Tare salió de detrás de la puerta con la nariz colorada y a punto de ponérsele morada. ¿Todavía tenía que soportar esto?

—¡Qué irrespetuosa! —Se escandalizó la reina—. ¿Qué manera de entrar a la habitación de mi hijo es esa?

—Oiga, debería estar agradecida de que viniera a verlo. ¿Tiene idea de cuánto batallé para llegar aquí? ¡Qué poco prácticos son los palacios!

—¡Silencio! —Exigió la reina—. Además, es tu culpa que Kadin esté así.

—¡Madre! —fue el turno de Kadin indignarse—. No digas eso. Mina, no le creas, lo hice porque deseaba salvarte.

—Entiendo, entiendo —se acercó a él mirándolo con ternura—. ¿Cómo te sientes?

—Renovado al saber que tu atención está puesta en mí, gracias.

—Yo debería agradecerte, pero no es justo que vivieras esto por lo que está pasando en el reino. Ah, espera. Sé que todo puede reparase, lo sé, lo sé —Mina hizo ademán de pensar; por alguna razón esa mañana se había levantado con los pensamientos hechos un desastre—. Para terminar con todo debo… debo… era algo importante… ¡Ah, sí! Debo darte un beso.

Un silencio sepulcral reinó en tanto Kadin enrojecía de vergüenza y Tare y la reina ponían cara de espanto.

—Sí, eso era. Entonces bien.

Mina se inclinó sobre Kadin para unir sus labios con los de él, pero un jalón de cabello la apartó de él.

—¡Ouch! ¡Ouch! ¿Oiga, qué le pasa? —preguntó mirando a la reina con irritación. Le importaba un bendito cacahuate que estuviera hablando con la soberana de ese lugar.

—¿Cómo te atreves a intentar besar a mi hijo en mi presencia? Sus labios no son públicos. Además, hay espectadores presentes.

La reina señaló a Tare, quien se tensó cuando Mina lo miró un instante antes de volver a ver a la dama.

—Pues si no quieren ver, váyanse —volvió a inclinarse y otro estirón la alejó—. ¡Ay! Ya le gustó hacerme daño, ¿verdad?

—Bien merecido lo tienes. No creas que dejaré que mancilles a mi unigénito.

—¿Mancillar? ¡Es un miserable beso, por Dios! Nadie va a morir por eso.

—No es un simple beso —siguió la reina—. No hay beso que sea simple. En un beso se cargan los sentimientos de amor de dos personas. Las emociones de la gente son complejas por naturaleza.

Una jaqueca atacó a Mina. Por alguna razón sentía que ya había escuchado palabras similares, pero no recordaba dónde ni quién se las dijo. ¿No sería el llamado Déjà Vu?

—Es por ello que no puedes besarlo así como así. Si tanto lo deseas, deberás casarte con él.

—¿Casarme? ¡Tiene que estar de broma!

Tare se llevó una mano al rostro y negó con la cabeza. La reina no debió decir eso. Mina había aceptado desde un principio un beso, pero no un compromiso. Las cosas se complicaban más y más. ¿Borrar sus recuerdos no serviría de nada?

—Madre, estás exagerando las cosas —habló finalmente Kadin.

—Nada de eso. ¿No eras tú el que deseaba casarse con ella?

—Así es, pero…

—Sólo así se darán un beso.

—¡Ustedes están locos! —Mina los apuntó—. Son demasiado conservadores. ¿Cómo aceptaré algo así? ¡Agh! Me voy.

—¡Mina!

A pesar de los llamados de Kadin, Mina no se detuvo, sino que pasó de largo a la reina y Tare para salir de la habitación. ¿Casarse? ¿En verdad creían que iba a decir que sí? Si se casaba iba a quedar apartada para siempre y nunca tendría novio cuando volviera a casa. Su conciencia no se lo permitiría… Ok, quizás exageraba un poquito las cosas. Pero la palabra compromiso la asustó de pronto, no quería. Otra punzada de dolor en las sienes. Esa mañana se había levantado rara. Recordaba lo que pasó con Kadin y su herida, de hecho era lo último que recordaba y eso había sido en la tarde. ¿Dónde quedó el resto del día? Salió al patio delantero. Le encantaba ir allí por el pasto y las flores.

—¿Relajándote?

Se volvió al escuchar la voz y vio a Eepa. Ladeó la cabeza, mirándolo pensativa. Abrió los ojos cuando su mente recordó algo.

—¡Zorrito! Fuiste tú el que me dijo lo de la Demencia y cómo acabar con ella, ¿cierto? Lo del beso también.

—¿Yo?

—¿Cómo pude olvidarlo? ¿Sabes? Me levanté muy confundida. No fue como si no supiera donde estaba, lo sabía… lo sabía todo. Kadin, el palacio, el ataque, la Demencia; sin embargo, siento que estoy olvidando algo importante y no puedo recordarlo.

—Si fuera tan importante no lo habrías olvidado.

Eepa tenía un punto y ella lo sabía, pero de pronto sus palabras la hicieron sentir fatal. La hicieron reprocharse por olvidar algo que no tenía que olvidar, ¡pero era ridículo!

—Supongo que tienes razón —sonrió un poco—. No ha de ser nada.

—Debes volver adentro. Kadin dijo que mientras no se calmaran las cosas era mejor que no salieras.

—¿En serio? Creo que está siendo paranoico.

—Está preocupado por ti.

—Lo sé, es realmente atento. Me pregunto por qué no me he enamorado de él hasta ahora.

—No es demasiado tarde para intentarlo.

—Es verdad. Debo gozar el tiempo que queda, ¿eh?

Mina miró el cielo un momento, tranquila, luego una sensación extraña la invadió y miró a su alrededor, ansiosa.

—¿Qué pasa?

—No… De pronto sentí que me miraban. Creo que soy yo la paranoica. Será mejor que entre.

Eepa la vio partir, luego se dirigió al árbol más cercano.

—¿Estás bien con esto? —miró la copa, donde Tare descansaba en una rama.

—Estoy bien.

—Tu voz así lo indica, mas tu rostro dice lo contrario.

—Estoy bien. Es lo mejor para todos.

—¿Cuándo escucharé un “quiero” salir de tu boca?

—Quiero terminar el cuanto como es debido.

—No hay nada más triste que ver a una persona que no es honesta consigo misma, Tare. Y debo decir que tu caso es el peor y eso que he visto muchas cosas a lo largo de mi vida.

Eepa se fue dejando a Tare con su auto tortura.


Mina caminaba por los pasillos del palacio. Acababa de almorzar y cabe decir que, como se lo había prometido Kadin en el baile, el desayuno había estado espectacular. Se detuvo un momento al recordar la noche del baile. Recordaba haber llegado, la pelea con su madrastra y hermanastras y que bailó con Kadin toda la noche. Eso era exactamente lo que había pasado, ero lo que a su mente acudía, mas sentía que no encajaba del todo. Faltaban piezas.

—Creo que estar demasiado tiempo en este mundo está afectándome. Tal vez estoy mezclando recuerdos de mi mundo con los de aquí.

Lo que la molestaba mayormente era el dolor de cabeza que no la había dejado desde que se levantó de su cama, lo que consiguió que otra interrogante se sumara a la lista. ¿Cómo había llegado a su habitación? No recordaba haberse acostado. Quizás estaba demasiado cansada. Se detuvo sorprendida al ver que por el pasillo se acercaba Kadin con paso tambaleante.

—Hey, ¿qué haces aquí? —Se acercó a ayudarlo a apoyarse bien con cuidado de no lastimarlo—. Deberías estar descansando.

—No puedo quedarme quieto sin hacer nada.

—Bueno, en eso definitivamente nos parecemos, pero en serio deberías reposar o no te curarás.

—Soy más fuete de lo que piensas, no te preocupes.

—Dices eso, pero…

—¿Te gustaría dar un paseo? —la interrumpió él sonriente. Mina parpadeó varias veces.

—¿Un paseo?

—Sí, en caballo.

—¿Eh? Yo no sé andar en caballo.

—Te subes en el mismo que yo y te sujetas bien. Soy bueno con ellos, no debes tener miedo.

—¿Piensas controlarlo en tus condiciones? No, gracias.

—No estoy tan débil, un solo brazo es suficiente para controlar mi corcel. Es realmente manso.

—Estarías desobedeciendo las órdenes, ¿lo sabes?

—Si voy a estar contigo bien lo vale. De hecho, me gustaría mostrarte el reino desde una colina que me encanta. La vista es de ensueño. La amarás.

—¿En serio? —Mina pareció meditarlo un poco mejor, de pronto la idea no le pareció tan descabellada—. Bien, pero sólo un rato y volvemos antes de que nos echemos encima a tu madre.

Kadin asintió y el par de rebeldes se dirigieron a las caballerizas en donde montaron el corcel del joven. Un hermoso y fuerte pura sangre blanco. A Mina casi se le sale una expresión sarcástica al verlo. ¿Es que todos los príncipes de los cuentos tenían caballos blancos? Allí iba otro cliché. A paso lento ante la condición de Kadin, se alejaron del palacio y del reino, andando por un sendero que los llevó a las afueras de la extensión territorial, en una colina alta y de la que, al llegar a la cima, pudieron apreciar la belleza del reino en todo su esplendor. Con sus hogares, sus campos, sus arquitecturas. Parecía mentira que sus habitantes estuvieran perdiendo la razón. De pronto, una punzada mucho más intensa que las anteriores atacó a Mina, como si un martillo la estuviera golpeando reiteradas veces. Esa imagen del reino la había visto antes, en algún lugar. Tan parecida y diferente. ¿Cuándo? ¿Dónde? Fracciones de una atardecer en las alturas se clavaron en su memoria y fue como si se las taladraran, por lo que con suplicio y frustración de no saber qué le pasaba, cayó al suelo de rodillas al tiempo que se sujetaba la cabeza con fuerza. Gemidos de aflicción salieron de su boca.

—…Mina… Mina. ¡Mina! —La voz de Kadin la atrajo a la realidad, desechando la confusión de un segundo atrás.

—¿Qué? ¿Qué pasó? —preguntó mirando entorno, desconcertada.

—Es lo que quiero saber —la miró preocupado—. ¿Estás bien? ¿Qué fue eso?

—Ah… No tengo idea —Kadin la miró extrañado—. No, olvida eso —rio un poco—. Lo siento, me levanté con una migraña muy fuerte, me gustaría regresar ahora, si no te molesta.

—Para nada. Debiste decirme que te sentías mal. No te habría sacado y habrías podido descansar.

—No, está bien. Fue una linda vista… creo —susurró lo último para sí mismo, no estando del todo segura.

Montaron de nuevo en el caballo y regresaron al hogar de Kadin. Se dirigieron a las caballerizas.

—Me disculpo otra vez —volvió a decir Mina desmontando—. Se supone que iba a ser divertido.

—Para mí lo fue de cualquier modo.

Kadin iba a bajar también, pero quiso hacerlo como habitualmente lo hacía sin prestar atención a su herida, lo que la causó un dolor agudo, que lo desequilibró y habría caído de no ser porque Mina lo ayudó a mantenerse en pie, aunque igual él peso de él la hizo retroceder y chocó con la puerta del corral, así que Kadin la aprisionó con su cuerpo.

—Lo siento —se disculpó avergonzado, mirándola.

Mina negó y también lo miró. Tenía ojos muy bonitos. Verdes cual esmeralda, mas el borde era de un tono más fuerte, lo que le concedía una singularidad simpática. Además del brillo y calidez tan suyos que los caracterizaban. Observó que él estaba enrojeciendo demasiado. Intentó sofocar una risa burlona. Supuso la situación era demasiado comprometedora e íntima para él. Sin embargo, el ambiente era el perfecto para un beso. El beso que acabaría con el cuento. Otra molestia en las sienes llegó y vio que Kadin, a pesar de su natural despiste, también notó la atmósfera y con lentitud e inseguridad fue acercando su boca a la de ella. Repentinamente una alerta en el interior de la rubia se encendió y sin poder controlarse a sí misma ni poder pensarlo de antemano, lo empujó con fuerza, haciéndolo caer de posaderas y sacándole un grito de dolor. Mina miró sus manos, perpleja.

—Kadin, lo siento, yo no…

—No, tienes razón en enfadarte. Intenté aprovecharme.

—No. Se supone que esto no debió pasar. Kadin.

—No me mires ahora, me siento humillado conmigo mismo. En verdad lo lamento —el joven se levantó y se alejó con rapidez.

—Espera, Kadin.

Mina extendió su brazo con la intención de tomarlo del saco, pero otro dolor se presentó junto con otro fragmento. Ella en esa misma posición, sosteniendo una prenda, una capa, una capa negra. Parpadeó ofuscada y cada pestañeo incrementó el dolor. ¿Qué demonios estaba pasándole? Salió de las caballerizas y entró al palacio para ir a su habitación. No entendía nada. ¿Por qué alejó a Kadin? Si lo hubiese besado habría acabado todo, era su mayor deseo, ¿por qué no lo permitió? ¿Por qué su corazón dolió tanto en ese momento? Se miró en el espejo del tocador. ¿Qué estaba mal con ella? Lejos de que las pulsaciones menguaran se hicieron cada vez más constantes haciéndola gritar mientras se sujetaba la cabeza, desesperada y lágrimas de sufrimiento brotaban de sus ojos.

—¡Señorita! ¡Señorita! —Al escuchar su escándalo, algunos de la servidumbre que rondaban por allí entraron al cuarto a verla—. ¿Qué le pasa? ¿Está bien?

Intentaron acercarse y tocarla, pero ella se apartó con brusquedad, como si cualquier tipo de contacto la quemara.

—¡No me toquen! ¡No me toquen! —exigió fuera de sí.

—Pero señorita…

—¡Váyanse! No quiero ver a nadie.

—Pero…

—¡Que se larguen!

Mina cogió lo primero que vio y se los lanzó. Aun cuando ellos se fueron, ella continuó armando un desastre. Sacó los libros de los estantes y los arrojó con violencia a las paredes, deshizo la cama, quitó las cortinas, volcó la mesa y las sillas de la salita. Estaba cansada de ese dolor de cabeza y quería que se fuera, tal vez si se agotaba con otra cosa caería rendida y descansaría, sin embargo, el dolor aumentó y con otro grito de lamento ya no pudo soportarlo más y cayó desmayada sobre el suelo alfombrado. Paz al fin.


—¿Ahora qué? —preguntó Tare estando en su habitación mirando a Eepa. Nunca le había molestado tanto que el zorro fuera a verlo como en las últimas horas.

—Mina está dudando, Tare. Parece que sus sentimientos son más fuertes de lo que parecían. Tal vez pueda romper el hechizo.

—Imposible. Es irrompible.

—No cuando se hace con vacilación.

—Yo no vacilé.

—¿Por qué te empeñas en mentirte a ti mismo?

—Porque sólo así esto puede concluir.

—Ajá y te conduces al más miserable de los calvarios arrastrando a Mina contigo. ¿Tienes idea de lo insoportable que es vivir con la incertidumbre? ¿Sentir que algo le falta a tu vida y no saber qué es? ¿Intentar recordar y nunca lograrlo?

—Ya no sigas.

Eepa decía todo aquello porque Tare era su amigo, no quería verlo sufrir como lo hacía en ese momento. Habría continuado de no ser porque la puerta se abrió.

—¡Tare!

—¿Kadin? Deberías estar en cama. ¿Por qué…?

—¡Tare! —la urgencia en su voz y el pánico en su rostro pálido lo hicieron dejar los regaños de lado. Nunca lo había visto con esa expresión tan perturbadora.

—¿Qué pasa? —Kadin tardó en responder y cuando lo hizo fue con lentitud desesperante.

—Es Mina.

El corazón de Tare dio un vuelco y un terror lo embargó.

—¿Qué tiene? —preguntó en un hilo de voz. Kadin negó con la cabeza.

—No estoy seguro.

—¿Dónde está?

—En su habitación.

Tare salió de la suya para dirigirse hacia allá con Kadin detrás de él y con el corazón latiéndole con frenesí.

—Intenta explicarme lo que sabes.

—Yo sólo… Los empleados me dijeron que de repente ella perdió la razón y comenzó a gritar y a arrojar cosas de aquí para allá. No sé más.

Permanecieron en silencio hasta que llegaron a la recámara de Mina, quien se mantenía recostada en su cama, sudorosa, con la respiración jadeante, fiebre alta, y moviéndose con angustia, como si estuviera teniendo pesadillas. El alma de Tare se hizo pedazos al verla en aquel estado.

—¿Qué podrá pasarle, Tare? —Kadin sollozó abatido—. No es Demencia, ¿verdad? La Demencia no la ha tomado a ella, ¿cierto?

Tare tembló de sólo pensarlo. No podía ser. Todo menos eso. ¿Qué pasaría si la Demencia se apoderaba de ella o de Kadin? Sería el verdadero fin. Se aclaró la garganta ya que un nudo se le formó.

—Estará bien. No dejaré que le pase nada. Llama a los doctores, por favor.

Y con eso se dispuso revisarla, deseando por primera vez con todas sus fuerzas que estuviera bien. Queriendo que estuviera bien.



Las lágrimas de ambos


Tare miró a través de la ventana una vez más. Era un día espléndido. Las aves cantaban, el sol brillaba radiantemente sin ninguna nube en su camino, calentándolo todo, excepto el interior del mago. Ahora enfocó su atención en la cama donde yacía Mina. Era el segundo día y ella no se dignaba abrir los ojos. La había examinado con cuidado y no había encontrado una razón para su estado. Había confirmado que no era Demencia, lo que indiscutiblemente lo alegraba, pero la sombra seguía al asecho. ¿Por qué no despertaba todavía? Estaba cansado de que le hicieran esa pregunta. Todos la hacían una y otra vez. Los sirvientes, los reyes, los guardias, Kadin, él se la hacía y no encontraba la respuesta, cosa que estaba volviéndolo loco.

Inhaló con profundidad cerrando los ojos. Necesitaba tranquilizarse. Si continuaba pensando lo peor estallaría y sería a él a quien la Demencia lo atacara, por lo que ayudar a Mina sería imposible. No podía permitírselo. Lo necesitaba. Abrió los ojos una vez más cuando escuchó pequeños gemidos de dolor. Miró a la rubia, quien hacía gestos y se movía inquieta bajo las sábanas. Poco a poco dejó ver sus celestes. Un alivio inmenso embargó a Tare, quien se habría echado encima de ella a abrazarla de no ser porque se controló. Mina acostumbró sus ojos a la iluminación para recorrer la habitación hasta ponerlos sobre Tare. La cabeza le dolió.

—¿Dónde estoy? ¿Qué pasó? —preguntó con voz baja y ronca bajando sus párpados ante las pulsaciones.

—¿Qué recuerdas? —inquirió él con tono de voz increíblemente suave.

—No mucho… Nada de hecho… ¿Me desmayé?

—Así es.

—¿Por qué?

—Agotamiento.

“Agotamiento mental”, pensó Tare. Es lo que Eepa le había asegurado.

—¿Agotamiento? ¿Quién se desmaya por eso? ¡Agh! —Otra punzada—. En fin, ¿quién eres tú? ¿El enfermero?

—No, soy el mago.

—¿Mago? Ahora sí lo he visto todo en este sitio. Oye, mago, ¿cuánto he estado en cama? Siento que me duele todo.

—Dos días completos.

—¡¿Dos días?! —Gritó asombrada—. ¡Ni hablar! Me largo.

Se quitó las sábanas y se puso de pie súbitamente, por lo que un mareo la asaltó y volvió a caer a la cama.

—Hey, no hagas eso. No estás en condiciones. Debes descansar.

—¿Estás loco? Van a salirme yagas de tanto estar acostada —volvió a erguirse.

—He dicho que te quedes a descansar.

—Estoy bien.

—No lo estás.

—¿Y tú qué sabes? No eres doctor; además, me conozco lo suficiente como para decir que estoy bien.

Tare ya no dijo nada sino que se limitó a fruncir el ceño en desacuerdo. Mina tenía un punto, pero estaba preocupado. Quería que reposara un poco más; no obstante, estaba en controversia. Por esa clase de situaciones en las que no debía haber opinado estaban como estaban. No podía seguir cometiendo el mismo error. Como debió hacer desde el principio, decidió dejarla hacer lo que quisiera.

—¿Sabes dónde está Kadin? —la voz de Mina lo sacó de sus pensamientos.

—¿Kadin?

—Sí, necesito decirle algo importante.

—Es como el mediodía, debe estar en la biblioteca. Lee para relajarse.

—¿Eh? ¿Cómo puede relajarse con eso? —Mina puso un mohín de asco.

Tare sonrió de medio lado. Sospechaba que Mina no era muy afecta a la lectura, es decir, ¿qué persona no había leído algún cuento de hadas en su vida? Vio que ella salía de la habitación y la sensación de vacío se repitió en él. Cada día el hueco en su pecho se hacía más y más profundo. Se dispuso salir también cuando notó que Mina regresaba. Enarcó una ceja, confundido, mas antes de exponer su interrogante con palabras, ella habló.

—No sé dónde queda la biblioteca. ¿Me guías?

Ante su propia restricción lo mejor era negarse, pero le habían parecido eternos ese par de días que no había visto aquellos hermosos orbes azules, así que no pudo negarse a ellos y la condujo a la biblioteca. En el camino, Mina injurió de mil y un maneras las instalaciones.

—¿Es que a quién se le ocurre hacer semejantes construcciones? ¡Son muros de laberintos dentro de más muros! ¿Que no pensaron que la gente podría perderse? Estúpidos arquitectos idiotas.

—Eres sólo tú quien se queja. ¿No te hace eso la única idiota?

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Buscas pelea?

—No, lo siento. Se me salió.

—¿Se te salió? ¿Qué significa eso?

—Nada, olvida lo que dije.

—Qué mago más extraño.

Como Tare imaginó, estando con ella no era consciente de sus acciones. No se controlaba. Por eso necesitaba alejarse. Arribaron a la biblioteca e ingresaron abriendo  las grandes puertas. Allí, sentando en una de las tantas mesas, Kadin leía con expresión tranquila, pero en cuanto supo tenía compañía, dejó la lectura y miró a los recién llegados. Se levantó presuroso en tanto la dicha se imprimía en sus facciones.

—¡Mina! —gritó emocionado acercándose a ella con velocidad.

—¿Qué tal…? —el fuerte abrazo de él, como si tuviera miedo de que se esfumara si la soltaba, la interrumpió.

—¡Oh, Mina! Estaba tan asustado. Temí perderte para siempre —sollozó contra el cuello de la rubia.

—Estoy bien, estoy bien. Lamento preocuparte tanto.

Incómodo ante la situación —en realidad más herido que nada—, Tare decidió retirarse, pero Kadin lo detuvo.

—Espera, Tare, ¿por qué no me avisaste que ya había despertado? Te pedí que me lo dijeras.

—Su despertar fue repentino, además, pidió verte de inmediato.

—¿En serio? —la ilusión se reflejó en los verdes ojos mirando a Mina.

—Ah, sí. Kadin, escucha esto porque no le repetiré. Es un poco extraño a lo que estoy acostumbrada, pero por alguna razón siempre me vi a mí misma diciéndolo, así que no importa —Mina se colocó frente a él en posición de firmes y lo miró directo a los ojos—. Kadin, ¿te quieres casar conmigo?

Más estupefactos no podían estar, no pudiendo dar crédito a lo que escucharon. No creyendo lo que oyeron. Uno ante la felicidad que las palabras le causaron y el otro, por el contrario, por lo dolorosas que a sus tímpanos resultaron ser.

—¿De verdad? —apenas pudo articular el príncipe ante la alegría.

—Totalmente.

—¡Sí! ¡Sí, sí! ¡Claro que quiero casarme contigo!

—Bien, entonces vamos.

—¿Eh? ¿Ya, ya? ¿Ahora mismo?

—Entre más pronto mejor.

—Pero esto lleva planificación. ¿Y la ceremonia?

—¿De verdad? ¿Es necesaria?

—Es la costumbre del reino.

—¿Y cuánto tiempo llevará eso? ¿No puede estar listo para, veamos…mañana?

—Si nos movemos rápido, sí. Tare, puedes llevar a cabo la ceremonia, ¿cierto?

—¿E-eh?

—¿Él? ¿El juez? —Mina lo miró—. Pues sí tiene pinta.

—Perfecto, ¿lo ves? Eso ya está listo. Ahora vamos, arreglemos lo demás.

—¿No puedes encargarte tú? No soy buena para estas cosas. Mis gustos no son del todo elegantes y no quiero algo muy grande.

—Tus gustos también cuentan, no importa cómo sean. Quiero saber tu opinión. Es nuestra boda, Mina.

Y entre más comentarios sobre la preparación del casorio, los dos salieron de la gran estancia, dejando solo a Tare, quien no pudo más que bajar el rostro al tiempo que crispaba las manos en puños. Se le había olvidado que otra de sus funciones era la de unir al príncipe y la princesa frente al altar.

—¡Maldición! —exclamó con un amargo sabor en la boca. Toda la situación estaba matándolo lentamente.


La noche había caído y Mina observaba las estrellas desde su balcón. Eso de planificar una boda era agotador y más complicado de lo que creyó. Sonrió escéptica a sí misma. No era posible que realmente fuera a casarse. Estaba definitivamente mal de la cabeza si realmente lo había aceptado para terminar el cuento, pero no había otra manera. Debía regresar a su mundo.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión? —la voz a su espalda la sorprendió y al volverse se encontró con Eepa.

—No me asustes así, zorrito.

—¿Por qué decidiste comprometerte con Kadin?

—¿Cómo que por qué? Es obvio. Para volver a casa. Quiero salir de este sitio. Tengo una vida, ¿sabes?

—¿Es lo más importante para ti? ¿Retornar a tu lugar de origen es tu más grande deseo?

—Claro, ¿debería estar algo más en primer lugar?

—No, supongo que no, pero me sorprende un poco.

—No lo estés. Es para hacerlo rápido. Kadin no me besaría jamás de otra forma. Es un lento.

—Tienes razón.

—Muy bien. Es hora de dormir. Debo estar lista para mañana. Se supone será el día más importante de mi vida.

De esta manera un nuevo día tocó las puestas de todos y como se había estado planeando de manera fugaz el día anterior, la boda estuvo lista para esa tarde. Mina llevaba el típico vestido blanco con velo de cola larga, muy larga, el que sujetaba un par de niños de los que no tenía idea de dónde salieron. De hecho había dejado a Kadin a cargo de todo, lo único que ella arregló fue el ramo de diversas flores del mismo jardín del palacio, que había cortado. No obstante, cuando entró en la gran sala al paso célebre de la marcha nupcial, se arrepintió de no haber estado presente en los arreglos. Ella quería una boda sencilla y allí estaba prácticamente todo el reino.

En tanto caminaba tomando del brazo al que sería su “suegro”, miró frente a ella a Kadin, quien la esperaba con una sonrisa reluciente vistiendo un traje negro, muy elegante. Le pareció extraño verlo así. Él tendía usar colores claros, de alguna manera le quedaban mejor. En realidad, pensó que él debía estar usando el blanco. ¿No decían que era el color de la pureza? Indiscutiblemente allí el más puro de los dos era él. Luego miró al juez, al mago. Su típica vestimenta de túnica azul eléctrico y capa oscura contrastaba enormemente con el resto de los presentes. ¿Que el sujeto no tenía algo de sentido común? Llegó a su lugar a un lado del novio.

—Creía que sería una ceremonia pequeña —le susurró a Kadin.

—Mamá se enteró y tuvo que agrandarla un poco.

“¿Un poco?”, pensó con sarcasmo volviendo a mirar el público. Así que las suegras, venidas del vulgo o la realeza, siempre serían unas entrometidas, ¿eh? Tare se aclaró la garganta.

—Bien, queridos amigos, familiares y compañeros. Estamos aquí reunidos para presenciar la unión entre estos dos individuos…

—Oye, oye —lo interrumpió Mina en voz baja—. ¿Podrías darte un poco más de prisa? No es necesario que hagas una pausa considerable entre cada palabra, ¿sabes?

Tare la miró con algo de disgusto, pero tenía razón. Quería retrasar lo más que pudiera al asunto, aunque no tenía que hacerlo. Al final sólo alargaría su sufrimiento. Era mejor acabar con todo de una vez.

—Es verdad, me disculpo.

Volvió a aclararse la garganta e inició el discurso con velocidad normal; el tiempo pasó y la hora de las preguntas de confirmación llegó.

—Kadin, ¿aceptas a esta mujer por espo…?

—¡Acepto! —no dejó ni terminar la pregunta. Estaba seguro de lo que decía. Los presentes rieron un poco. Parecía un desesperado.

—Bien, Mina, ¿aceptas a Kadin como esposo? —la garganta y el corazón le dolieron al hacer la pregunta.

Mina mantenía su vista en el ramo y no respondió. Un momento de tensión. ¿Se habría arrepentido?

—¿Mina? —Kadin entró en pánico y la movió un poco.

—¿Eh? ¿Ah? ¿Qué? Me perdí.

—¿Qué estás haciendo? No has respondido. ¿Ya no quieres casarte conmigo?

—Ah, lo siento. No puse atención. La voz del juez es tan aburrida que me quedé dormida con los ojos abiertos.

—Eso duele —se quejó Tare mirándola con desaprobación.

—Lo siento por ser honesta —le sonrió divertida—. ¿Decías?

—¿Que si aceptas a Kadin por esposo?

—Acepto.

La pequeña esperanza que sabía no tuvo que albergar en su interior se esfumó al oír la contestación. No había marcha atrás… o después del último requisito no lo habría. Trago duro. No quería decirlo, de manera muy directa era una invitación para él. Abrió la boca y sus labios temblaron antes de encontrar el valor necesario.

—Si hay alguien que se oponga a este matrimonio, que hable ahora o calle para siempre.

Era más que predecible que nadie diría que se oponía. Era la boda del querido príncipe, no podía existir alguien que no quisiera que se llevara a cabo o lo correcto era decir, no debía existir nadie. Una opresión atacó a Tare y miró al público con un atisbo de súplica en sus rubíes.

—¿Nadie se opone?

No, no debió hacer la pregunta por segunda vez y los presentes lo supieron, por lo que se miraron entre ellos, confundidos, en tanto un murmuro se alzaba envolviendo el lugar. Sin embargo, Tare los ignoró por completo y ese inútil deseo de que alguien se levantar y diera por concluida aquella farsa siguió presente.

—¿Nadie?

—¿Tare? —lo nombró Kadin extrañado.

—Vamos, Tare, continúa —dijo el rey desde la primera fila elevando un poco la voz, más el joven parecía ausente—. ¡Tare! —casi gritó.

—¿Eh? —Tare salió de su mundo—. Ah, en ese caso, dado que nadie se opone yo… yo…

Las palabras se atoraron en sus órganos vocales. ¿Realmente iba a dejar que esto continuara? No, no era si iba o no a continuar, es que debía continuar, ¿pero por qué las cosas tenían que ser así? ¿Por qué no podía gozar un poco más de libertad? ¿O es que ya la tenía y lo que le faltaba era algo más? Apretó los puños con fuerza.

—…Tare… ¡Tare! —el rey había dejado su lugar y había caminado hacia el mago, zarandeándolo—. ¡Acaba ya!

—Los declaro marido y mujer —soltó finalmente con tal velocidad que apenas pudo entendérsele.

Aun así, fue lo suficientemente claro porque los gritos de alegría no se hicieron esperar entre los presentes. A Tare lo golpeó otra ola de dolor. Lo había dicho. Ahora sí no había vuelta atrás.

—Puedes besar a la novia, Kadin —otorgó con voz a medio quebrar y rápidamente se alejó del par.

No quería ver cuando Kadin la besara, aún si eso implicaba que no volvería a verla. Con ese beso se cerraba el círculo, ella retornaría a su mundo y ese volvería al principio en espera de un nuevo y reiterado comenzar. Era triste, pero así debía ser. En efecto, dado que ya se mostraba retirado, no vio cuando Kadin levantaba el velo de la rubia y con la expresión más feliz del mundo, se inclinó para sellar su matrimonio con el anhelado beso que fue aclamado por los invitados. No, Tare no lo vio, pero sí pudo sentir una extraña onda que lo batió, y como de pronto todo quedaba en un silencio sepulcral. Alzó la vista de tenerla abajo y atónito descubrió que nadie se movía, se habían quedado congelados en su lugar, cada uno con diferentes expresiones y ademanes.

—¿Qué demonios…?

Caminó por entre ellos intentando llamarlos o moverlos, sin resultado. Esto no debía estar pasando. Nunca antes había ocurrido algo similar, ¿por qué ahora? Se dirigió a donde Kadin e igual, estaba como estatua; entonces notó algo. Mina no estaba. ¿Habría vuelto a su mundo?

—Espero que no hayas cometido algún error, Tare, o juro que te mataré.

Era la voz de Mina, lo que quería decir que seguía allí. Inició su búsqueda pasando por entre el mar de personas en tanto ella lo guiaba al seguir hablando.

—Quiero decir, eras el más interesado en terminar el cuento. Lo pienso y lo pienso y creo que en serio deseabas correrme. Antes no me mandaste a volar de una patada. De cualquier modo, no quiero que me salgas con algo como que no podré volver ahora después de lo que tuve que hacer.

Tare llegó a la mesa de comida y allí la vio, de espaldas a él. Se acercó a paso rápido y tomándola del brazo hizo que girara para quedar frente a frente. Ella le sonrió.

—Sería realmente triste que pasara eso, ¿no? —concluyó apuntándolo con una brocheta. Tare se sintió morir.

—Recuerdas. Me recuerdas —No era ni una pregunta.

—Sí —respondió dejando la brocheta en la mesa.

—¿Cómo? ¿Por qué? ¿Cuándo? —Tare no lo entendía. El hechizo era inquebrantable o eso se suponía.

—¿Cómo? ¿Por qué? No lo sé, pero sí sé cuándo. Después de desmayarme los dos días —El rostro de Tare se ensombreció. Mina lo golpeó levemente en el brazo—. Pero tú sí que eres cruel, ¿eh? Decirme tan abiertamente que no confiabas en mí. ¿Es que no tienes tacto? Eso realmente me hirió, ¿sabes? —Mina volvió a centrarse en los alimentos y cortó un pedazo de pastel—. Por eso me dije a mí misma cuando recuperé la memoria que no iba a dejarme vencer por ti. Dije: “Ah, conque mi hada padrino no confía en mí, ¿eh? Bueno, ya le demostraré yo que soy alguien de fiar”, y heme aquí. Lo conseguí, ¿no? Finalmente acabé con el cuento… finalmente todo terminó…

Su voz se apagó. Detrás de ella, Tare observó cómo sus hombros comenzaban a sacudirse con violencia, la hizo mirarlo una vez más y descubrió las cascadas que bajaban por sus mejillas. Mina señaló el pedazo de pastel, al que le faltaba un mordisco.

—Está salado. Amargamente salado.

Soltó el plato y vino a estrellarse contra el suelo con un sonido sordo que resultó más fuerte de lo que era ante la quietud del salón. El llanto incrementó y sintiéndose avergonzada de sí misma por ser tan débil, se cubrió el rostro con las manos.

—Decidí terminar con el cuento, pero después de todo, no es lo que añoraba —se sinceró con aflicción y sin dejar de llorar—. Mi mayor deseo sigue siendo el de quedarme contigo. Soy verdaderamente egoísta. A pesar de que me sentí mal al ver la Demencia y sus efectos, no me importó realmente. No me importaba lo que a todos les pasara. Por mí podían irse al infierno los demás; pero no podía decir lo mismo de ti, no puedo decir lo mismo. Ya habías sufrido suficiente cargando con todo ese peso de la maldición sobre tus hombros que no podía hacerte padecer más. No quería verte siendo víctima de la Demencia y para ello debía sacrificarme como lo has estado haciendo tú. Duele, duele como nada me ha dolido antes, pero estoy bien sabiendo que lo hice por ti. Por la persona que amo…

El sorpresivo abrazo que la envolvió la interrumpió. No pudo evitar asombrarse al verse rodeada por Tare con tanta ternura, pero lo que definitivamente la privó de aliento fue el escuchar los sollozos de él justo en su oído y la humedad que sintió mojaba parte de su cuello.

—Oh, Mina —dijo Tare con voz tormentosa y llorosa acariciando el dorado cabello—. ¡Cuánto lo siento! El único egoísta aquí soy yo. Soy tal como lo dijiste una vez, un simple cobarde. Me dio miedo. Saber cuál era el fin del mundo me dio miedo. Me asustó ser parte de esa gente irracional, sólo pensé en mí y te hice sufrir por ello. Si hubiese sido más honesto con mis sentimientos quizás esto habría terminado diferente.

—¿Honesto con tus sentimientos?

—Sí, Mina —Tare la separó un poco de él y se miraron con las gotas de agua salada haciendo su recorrido en sus rostros—. La verdad es que también me enamoré de ti.

La rubia abrió los ojos, impactada. Durante tanto tiempo esperó oír esas palabras y si no exactamente esas, unas que se les asemejaran, que la hicieran saber que era importante para él. De hecho, cuando Tare dudó al declararlos a ella y Kadin como marido y mujer se sintió feliz, sintió que por lo menos iba a extrañarla. Ahora las escuchaba y no sabía cómo sentirse. Tuvo que ser precisamente en ese momento que todo culminaba. Su llanto incrementó y lo golpeó débilmente en el pecho, inconforme.

—En serio no tienes nada de sentido común. ¿De qué sirve que me lo digas ahora? Es demasiado tarde.

—Lo siento —volvió a disculparse abrazándola, no queriendo dejarla ir jamás.

Se mantuvieron fusionados en ese abrazo, ese que sería el primero y el último entre ellos hasta que sintieron otra onda colisionar en sus cuerpos. Aún abrazados, vieron que nada ni nadie del reino estaba a su alrededor. Una simple zona en blanco los rodeaba. Se separaron y ambos notaron que la vestimenta de Mina había cambiado. Ya no usaba el vestido blanco, sino que llevaba puestos sus jeanes, su blusa roja y sus converses.

—Parece que es hora del adiós —susurró Tare con desconsuelo.

—No, Tare —Mina lo miró con profunda tristeza—. No quiero irme, quiero estar junto a ti.

—Yo también lo deseo —Los ojos de ambos estaban cargados de sufrimiento. Él tomó el rostro femenino entre sus manos—. Escúchame bien, Mina. No he vivido momentos más placenteros que los que pasé contigo. Estoy feliz de haberte conocido y tienes que recordar, por mí, que en este mundo hay alguien que estará pensando en ti todos los días; alguien que puede vivir centenas más gracias a las memorias que tiene de ti; alguien que te ama como jamás creyó amar a alguien. Te amo, Mina.

Y para cerrar la declaración con broche de oro, Tare se inclinó y la besó; sin embargo, en cuanto sus labios se rosaron, ella se desvaneció y no hizo más que tocar el aire.


Mina abrió los ojos y se halló en su habitación en casa con el rostro empapado. Negó con la cabeza.

—No. ¡No! —miró el libro que tenía en sus manos y lo abrió—. No puedo, no puedo entrar —se dirigió a la última página y leyó—. “De esa manera, el príncipe y la princesa vivieron felices para siempre.” ¿Qué es esto? Este no es mi final feliz. ¡Devuélvanme mi final! ¿Qué clase de cuento es este? ¡Tare!

Mina abrazó el librito y se hizo un ovillo sobre su cama, dejando que todo su suplicio se drenara en lágrimas. Ya no tenía una mísera duda. Aborrecía los cuentos de hadas.


En el otro mundo, en su oscura alcoba, Tare se mantenía de pie en el centro de ésta, con los brazos en jarras, con el gorro de la capucha sobre su cabeza, ocultando parte de su rostro y la cabeza baja. Apretó los puños.

—¡Maldición! — soltó con pena incapaz de retener el agua que salía de sus orbes.

Sí, maldición. Odiaba esa maldición a la que estaban sujetos. La odiaba porque era una tortura mantenerla y más ahora que no tenía más que recuerdos de un amor que pudo haber sido diferente, o tal vez no. No lo sabía con certeza. No podía estar seguro de que aceptar sus sentimientos los habrían conducido a un final menos doloroso o por el contrario, los habría aferrado a ambos, los habría hecho permitir el fin del mundo con tal de continuar con su amor. Cualquier opción era válida y pudo haber pasado, mas él no lo había querido así y se arrepentía con todo su corazón. Se dio cuenta demasiado tarde. Ahora viviría una eternidad lamentado el hecho de que perdió a alguien con quien pudo pasar tiempo de deleite si lo hubiese aprovechado mejor. Esa sería su maldición exclusiva, propia de él. Su bendita maldición.