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Hay ocasiones en las que la imaginación vuela más allá de las estrellas, veces en las que simplemente creas y creas cantidad de leyes diferentes a las conocidas, mundos inauditos, a los que desas dar imágen y validez. Nada mejor que otros vean aquello que piensas para que sea valorado. Disfruten de los universos que se crean aquí y relaciónense con ellos. Vean qué afecta en su vida, qué es igual, cómo lo cambiarían y qué harían en el lugar de x personaje. No sean tímidos y dejen lo que su mente piense en el momento. Sean felices siempre.

viernes, 3 de enero de 2014

La Promesa

La Promesa

Capítulo 1

Capítulo 1


Sora y Andrita corrieron a treparse al auto de su padre, quien ya las esperaba tras el volante para llevarlas al colegio. Ambas se sentían muy contentas, pues en dos semanas más, terminaba el ciclo escolar y estaban deseosas de disfrutar las vacaciones de verano.

 Todos los años, su padre las llevaba a la playa y ellas amaban el mar. Su padre tenía una gran casa en una de las costas más turísticas del país, elevada en una pequeña colina que daba una bella vista de la ciudad y las dos hermanas solían disfrutar esos días de arena, mar y sol, siendo Sora la mayor con doce años y Andrita tenía diez. 


Las hermanas eran entre sí muy diferentes, tanto en el físico como en personalidad. Sora era blanca, cabello en un tono caoba que armonizaba con un corte en pequeñas capas que rozaba sus hombros, ojos miel y bonitas facciones, apreciándose ya que en unos dos o tres años se desarrollaría en una hermosa joven que luciría un espléndido cuerpo, además de poseer un carácter seguro, optimista y audaz.

En cambio Andrita era morena. Su cabello largo y negro siempre lucía en una cola de caballo y unos mechones rebeldes se negaban a dejarse sujetar por la liga y siempre estaban fuera de lugar. Ojos café oscuro, grandes, con miopía declarada, por lo que debía usar gafas, nariz pequeña y boca de labios delgados listos para sonreír cuando la ocasión se presentaba. De carácter algo tímido y también opacado por el de su hermana, a quien amaba y admiraba mucho, pues según ella, Sora era la niña más bonita que había en la tierra, además, su linda hermana tenía la estatura correcta, pero ella era alta para su edad y ya sobrepasaba a Sora como con veinte centímetros, así que en general, la morena era una niña alta, delgada y desgarbada, pero no solo eso, sino que parecía ser muy torpe, pues tenía el defecto de que todo resbalaba de sus manos, ganándose el sobrenombre en la familia de “manos de mantequilla”.

Pero hasta el momento, esas diferencias no parecía afectar a ninguna de las dos y así como subieron al auto del señor Miles, asimismo bajaron cuando éste se estacionó enfrente del colegio, en donde un gran número de niños se apresuraba a la entrada para estar a tiempo en los salones correspondientes.

—¡No corran! —les gritó el padre a las dos niñas que corrían a la entrada— ¡Pórtense bien! ¡Nos vemos a la salida!

—¡Sí papá! ¡Gracias! —Respondieron Sora y Andrita sin detener la carrera y sin volverse a mirar a su padre.

En el interior del colegio, las hermanas se separaron. Sora cursaba el sexto año, así que su salón no era el mismo que el de Andrita, quien iba en cuarto y aunque se llevaban bien, tampoco compartían el mismo ambiente. Sora por ejemplo, por ser una de las niñas más populares del salón, tenía la atención de todos sus compañeros, quienes se complacían en darle gusto en todo, tratándola, si no como a una reina, sí como a una princesa y como compartía clases con dos de sus mejores amigas: Isabel Gallego y Alejandra Limón, pasaba el tiempo en su compañía.

Con ellas estaba también Joel Yoxall, el niño más deseado por las niñas de su salón, aunque él sentía preferencia por Sora, así que siempre se les podía ver juntos. Se rumoraba que eran novios, sin embargo, Sora desmentía el rumor bastante molesta, pero a ella lo que en realidad le mortificaba, era que él nunca le había pedido que lo fuera, porque siendo sincera con ella misma, Joel le gustaba mucho.

Andrita en cambió, no era tan popular. Si bien no era ignorada, tampoco era tomada en cuenta cuando no era necesario. En su clase había un niño que solía molestarla con frecuencia. Respondía al nombre de José Yoxall y le gustaba llamarla, “cuatro ojos, palo de escoba, y fea”, lo que irritaba a Andrita, pero el mejor amigo de José, Gilberto Márquez, solía también defenderla cuando la veía muy afectada. Así que para ella, el rubio Gil era más como su guardián y le había tomado mucho cariño.

Pero por supuesto, no tanto cariño como al hermano de José Yoxall. Su pequeño corazón latía veloz cada vez que veía a Joel Yoxall, al que veía con frecuencia, no sólo en el colegio, sino en la calle, porque la familia Miles y la familia Yoxall eran vecinas. Las casas estaban una frente a la otra. Y como a unas dos cuadras, al lado de la casa Yoxall, vivía la familia Márquez. Enfrente de esta familia, vivía la familia Gallego y a un lado de la familia Gallego, vivía la familia Limón, así que en realidad todos eran vecinos y podían verse hasta el hastío, además de que compartían también el mismo origen, pues eran descendientes de mexicanos radicados en Italia.

Así, Andrita disfrutaba en sumo grado la vista que le ofrecía todo el tiempo el mayor de los Yoxall, y nunca se cansaba de mirarlo. Sus grandes ojos detrás de las gafas brillaban de emoción al verlo, buscando siempre la oportunidad para estar a su lado en el recreo, a la salida, cuando jugaban en la calle, en las fiestas, en los picnic que hacían a veces las familias, en la feria y donde pudiera, aunque su corazoncito también sufría al ver la preferencia de Joel por Sora y aún cuando era pequeña, podía entender que su hermana sentía algo por Joel.
Lo que no sabía, era que Joel la soportaba y era atento con ella, a causa de Sora, siendo así durante muchos años y durante todo ese tiempo, la morenita vivió en la ignorancia, pero así fue feliz, no obstante, esa felicidad que le otorgaba su mundo de fantasía, se vendría abajo de una manera tan dolorosa, que ese día el receso anunciado por el trepidante timbre, fue el peor de su vida.

Todos los niños, como si se tratasen de unos ciervitos enjaulados, salieron a tropel de todos los salones, saltando y corriendo por los pasillos, deseosos de salir al patio del colegio. Entre ellos iba Andrita, buscando a Sora para tomar el almuerzo en su compañía, pues casi siempre lo compartían, no obstante, había ocaciones en que Sora hacía planes con sus amigas y al parecer esa mañana los había hecho, así que dudó un instante, pero hizo a un lado la duda y se acercó.

—¡Sora! —la llamó con esa vocecita suya que tendía a ser muy dulce.

Sora se volvió a mirarla y frunció el ceño.

—Andy, estoy ocupada. Ándate por tu lado, ¿sí?—le dijo con frialdad.

Andrita se ruborizó mientras se tocaba las gafas, nerviosa. Su hermana la intimidaba cuando le hablaba y la miraba así. Isabel y Alex rieron al ver la timidez de la más pequeña.

—¿Por qué no te vas por allí a jugar y me dejas tranquila esta vez? —Y sin hacerle más caso, Sora se concentró en la plática que tenía con sus amigas y que había quedado a medias cuando ella las interrumpió.

Dejando caer los hombros, Andy se alejó de las chicas. Salió al patio y buscó en donde descansar encontrando un lugar libre bajo la sombra de un frondoso árbol. Se sentó en el suelo, se recargó en el grueso tronco del gigante y sacando su sándwich de la bolsa que lo mantenía fresco, se dispuso a comerlo y mientras lo devoraba con ansiedad, como si fuera el último emparedado que fuera a comer en su vida, pensó en que tal vez se animara a ir a buscar a Joel, a quien no había visto en el grupo de Sora.

 Cuando su hermana la despachaba como en esa ocación, buscaba a Joel, aunque claro, siempre y cuando no estuviera con ella y hasta llegó a agradecer que Sora prefiriera no pasar el receso en su compañía, pues de esa manera tenía el pretexto de buscar la compañía del muchacho y él siempre la aceptaba, estuviera con quien estuviera o en donde se encontrara. Él era muy lindo en su trato con ella. Siempre.

Al otro lado del árbol había un grande bote circular que servía para colocar la basura y un pequeño grupo de muchachos estaban sentados también en el suelo y tanto el depósito como el tronco, los ocultaba de la vista de Andy, pero ella pudo identificar una voz que sobresalió de las demás, no porque fuera grandioso su tono, sino porque para ella, era muy especial, era de hecho muy amada.

—No, amigos —dijo esa voz especial—, no me he declarado a Sora.

—Vamos, vamos —dijo otra con sonriente son— ¿Acaso no te gusta? ¡Es la mejor de nuestra clase!

—Lo sé —respondió la especial—, pero no es que no me guste. Me gusta y mucho.

—¿Entonces? —inquirió otra voz diferente.

—Su hermana me detiene. Esa niña es un estorbo, qué digo, ¡es una carga! Tengo años fingiendo que me agrada y creo que estoy llegando al límite. 

—¿Y por qué soportas a esa feíta? —preguntó otra de tono distinto—. Parece una sanguijuela, siempre pegada a ti todo el tiempo. ¿Le gustas, verdad?

—Me temo que sí. ¡Pobre! Créanmelo amigos, ya no sé que hacer con esa niña.
 Andrita Miles no es más que un fastidio. ¡Cómo me irrita! ¡Cómo la detesto!

El bocado que estaba en la boca de Andy se quedó allí, haciendo agua. No pudo tragarlo porque un nudo en la garganta la traspasó, cerrándola por completo mientras las lágrimas inundaban sus ojos. Rápidamente, las gafas quedaron empañadas por el llanto. Con manos temblorosas, dejó a un lado el sándwich, escupió el bocado y se quitó las gafas para limpiarlas con la playera del uniforme, luego lentamente se levantó para, con pasos inseguros, salir de detrás del tronco, rodeando el contenedor de basura y quedar así justo enfrente del grupo formado por Joel y tres de sus amigos.
 
—¡Andy! —exclamó Joel al verla.

Lo primero que el chico notó, fue la mirada llena de lágrimas de esa niña que lo miró con mucho dolor. Los labios de ella temblaban por el esfuerzo que hacía por detener los gemidos del mismo llanto. Joel se levantó y acercándose a Andy, preguntó:

—¿Escuchaste lo que dije?

Ella sólo se limitó a mirarlo sin poder ocultar el inmenso sufrimiento que sus palabras le habían causado y Joel no tenía siquiera la más mínima idea de cuánto era. El pequeño corazón de Andy se había roto a tan corta edad y la sensación de pérdida fue terrible. Sin poder contener más los gemidos, Andy los dejó salir, aturdiendo los oídos de Joel y uno de los compañeros de él, dijo algo molesto.

—Hey, niña, no es para tanto.

—Andy.

Andy miró el intento de Joel de consolarla tendiéndole una mano, pero las palabras, “¡Es un fastidio!” ¡La detesto!”, retumbaron en su mente. Retrocedió rechazándolo y después, llorando a mares, se dio la media vuelta y corrió para alejarse del amor de su corta vida y sus compañeros. Como las lágrimas la cegaban, además de que las gafas se habían vuelto a empañar, no miró bien por donde iba, así que se tropezó y cayó quedando allí tendida, con el rostro pegado a tierra, pues quedó boca abajo sintiéndose destrozada por dentro y sin ánimos de levantarse.

Casi al momento, fue rodeada por los compañeros de colegio y uno de ellos colocó su pie debajo de su estómago y trató de levantarla, diciendo:

—Hey tú, ¿por qué lloras? Levántate.

—¡Abran paso! —pidió Sora pasando en medio de los compañeros— ¡Andy! ¿Qué sucedió? —Se acuclilló a su lado— ¿Alguien te golpeó?

Andy, sin dejar de llorar, ocultó el rostro en sus brazos y pensó:

“No sólo me golpearon, una daga se ha clavado en mi corazón y se ha quedado ahí, no obstante, no dijo nada. Sora la levantó y la condujo a la enfermería para que le atendieran las heridas que se hizo en las rodillas por la caída.

Andy pasó el resto de las clases en la enfermería. Al término de ellas, sintió un gran alivio cuando su padre fue a recogerlas. Se pasó toda la tarde llorando en su habitación, tanto que sus padres, bastante preocupados, llamaron al médico para que la examinara. El rostro de Andy lucía demacrado, pero era por toda la tristeza que sentía su alma.

Al día siguiente engañó a sus padres fingiéndose enferma para no asistir a clases, consumiéndose por la tristeza, la que se agravó, pues después de ésta, vino la amargura y ese agraz le hizo sentir un horrible resentimiento hacia Joel Yoxall. ¡Oh, sí! 

El resentimiento le dio las fuerzas para volver a su vida normal. O no tan habitual, porque su relación con Joel había cambiado. Dejó de buscarlo aprendiendo a dejarlo en paz, tragándose el cariño, el amor que su tierno corazón sentía por él, sepultándolo en lo más oculto de su interior.

—Eres sólo una niña —se dijo un día, cuando por la ventana de su habitación miró a Joel que en la calle, lavaba el auto de su padre en compañía de José—. Dentro de algunos años, ya ni te acordarás de este dolor.

Su corazón se estrujó cuando miró salir de la casa a Sora, luciendo linda en sus short y playera ajustada, para reunirse con los hermanos Yoxall. Con lágrimas en los ojos miró como Joel le daba la bienvenida a su hermana, lanzándole un chorro de agua con la manguera.

—¡Malvado! —gritó Sora acercándose a José para quitarle la manguera y mojarlo ahora ella.

—¡Hey! —gritó José cuando por estar peleando por la manguera, un chorro de agua fue para él— ¡Yo no juego!

Sora y Joel se miraron con complicidad y después, ambos dirigieron la manguera a José y le dieron un buen baño.

—¡No es justo! —gritó José risueño— ¡Son dos contra uno! ¡No se vale!

Andy bajó la cortina que sostenía con la mano y los borró así de su vista. Secándose las lágrimas de los ojos, metiendo el dedo índice por debajo de las gafas, musitó en voz baja, agrio el sabor de su boca.

—Voy a olvidarte, Joel Yoxall. Sé feliz con mi hermana.

A continuación, se arrojó en la cama y lloró desconsoladamente.

Lloró hasta quedar agotada. Después hizo la siguiente promesa:

—Prometo que jamás volveré a derramar una lágrima por ti, Joel Yoxall. Lloraré por lo que quieras, por todo, lo que sea, menos por ti. ¡Lo prometo!

Así que, fiel a su promesa, trató de pasar muy bien las vacaciones de verano en la playa. Disfrutó lo más que pudo de la arena y el mar. Nadó, surfeó, paseó en velero, se asoleó todo lo que pudo sin importarle quedar más morena, juntó conchas y fue buena hermana, tanto así, que cuando las vacaciones terminaron, Sora le dijo:

—Creo que estas vacaciones han sido las más divertidas.

Andy suspiró y respondió.

—Sí, Sora. Lástima que han terminado. ¡Cómo me gustaría quedarme a vivir aquí!

—Te entiendo. La vida en la playa es maravillosa. A mí me gustaría vivir también aquí, pero ya sabes, no puedo. Eso implicaría dejar de ver a…

No terminó la frase, pues no fue necesario. Andy sólo sonrió con brevedad. Sora no quería dejar de ver a Joel. ¿Le dolió? Sí, pero fue pasajero, porque su corazón se había cubierto con una gruesa capa fabricada con los más fuertes sentimientos del olvido que lo protegía de Joel Yoxall, aunque no eliminaron su amor por él.

Capítulo 2

Andrita se estiró para relajar sus músculos que estaban en tensión por los nervios que sentía. Miró a las otras jóvenes que esperaban su turno para mostrar su habilidad como bailarinas de ballet en la audición que se estaba llevando a cabo para escoger el protagónico de una obra de ballet llamada Zoroastre, innovadora en su tiempo, porque fue la primera en suprimir el diálogo. Su autor fue Jean Philippe Rameau, uno de los compositores más célebres de actos de ballet.

—Estoy muy nerviosa —le dijo la chica que estaba a un lado de ella, ejercitando las piernas en la barra, una pieza larga y delgada de metal—, pues hay mucha competencia.

Andy solo asintió. Soltó los brazos y los sacudió mientras se recriminaba por no haberse dado el tiempo de practicar lo suficiente. Había dado por supuesto que sería fácil para ella presentarse a la audición, confiando en que desde los diez años, había estado practicando ballet, pero como su instructora decía: jamás se practica demasiado, así que el desempeño por ser la mejor, nunca debía relegarse, mas ella estaba por el momento dividida y al recordar el motivo, frunció el ceño al pensar que debía decidirse qué escoger. Como bailarina de ballet, se destacaba bastante bien y era buena, pero como jugadora de baloncesto femenil, aún mejor. Y ese era el problema del porqué no había practicado a grado cabal para la audición.

Había estado muy ocupada, junto con su equipo, ejercitándose para ganar el campeonato de basketball entre las universidades. Lo habían ganado por dos años consecutivos y esperaban ganarlo este año también, porque habían conseguido la victoria de los partidos jugados hasta el momento y el enfrentamiento final sería el próximo domingo, así que estaban en vísperas de seguir conservando el campeonato o ceder el triunfo al equipo que también había llegado a la final, demostrando así que eran de lo más selectivo, buenas en lo que hacían.

Por lo tanto, no sería fácil ese juego, como tampoco lo era esa audición, pues al observar los ejercicios de sus compañeras, notó lo hábiles que eran y la destreza de sus movimientos estuvo por preocuparla, pero rechazó cualquier sentimiento de desánimo y concentró sus pensamientos en los logros obtenidos que, si bien la hacían sentir una especie de orgullo por sí misma, también le producían nostalgia, pues su vida estaba tan ocupada, que por dos años y medio no había vuelto a la casa que la vio nacer.

Durante los últimos dos años, sus padres fueron los que la visitaron, a veces un fin de semana, otras, una semana en lo que era la época de vacaciones y que no existían realmente para ella, pues entre las clases, el baloncesto y el ballet, no se daba tiempo para nada, pero no era la única hija que sus padres habían dejado ir, pues lo mismo sucedía con Sora, sólo que ella vivía ahora en el extranjero, en Estados Unidos, en Hollywood, un distrito de la ciudad de los Ángeles y la visitaban mucho menos que a ella.

Su hermana se había convertido en una prestigiada y reconocida modelo que se la vivía en las pasarelas, en sesiones fotográficas para las revistas de renombre o en actos sociales. A ella, hacía unos tres años que no la veía, sólo en las revistas, o en la televisión cuando pasaban al aire los desfiles de alta costura. O de invitada en algún programa importante, así que su relación era ahora muy distante, lo que le venía bien, pues había algo en la vida de Sora que realmente no le interesaba.

Al recordar a su amada familia, Andy suspiró melancólica. Sus padres se habían quedado solos, pero ¿qué podían hacer? Tanto ella como Sora habían hecho su vida. La mayor en el extranjero y ella en Italia, pues sus padres habían decidido continuar en la villa que las vio nacer y todas las veces que la menor los invitó a vivir con ella, ellos se negaron pretextando que una de las leyes de la vida era que los hijos eran prestados y debían independizarse al ser mayores, abrirse paso por sí mismos y formar su propio hogar, su propia familia, o sea, conseguirse un esposo y tener hijos, a lo que Andy replicaba que esa ley no era para ella, porque los amaba y extrañaba en damasía y los quería a su lado, porque ellos eran su familia, la rama principal que la produjo a ella, no obstante, no había nada que pudiera decir para convercer a sus padres de cambiar de opinión, ellos eran felices en la villa.

Volvió a suspirar mientras ensayaba las cinco posiciones básicas de las piernas. La primera posición consistía en mantener los dos pies en línea recta, unidos por los talones. La segunda posición se trataba de mantener los pies en la misma línea recta, pero separados por unos treinta centímetros. La tercera, los pies juntos, unidos por su parte media uno delante del otro. La cuarta, los pies separados en línea vertical hacia delante, separados unos veinticinco centímetros y la quinta, los pies unidos en sentido inverso; ambos talones mirando hacia afuera, juntándose así los dedos del pie de uno con el talón del otro. Amaba el ballet y adoraba el baloncesto. ¿Con cual quedarse? No podía seguir con los dos, era muy pesado y todos los días terminaba exhausta.

Su madre la reprendía cada vez que la veía. Para su madre, estaba demasiado delgada, o flaca, como decía ella, pero Andy le hacía notar que no es que estuviera flaca, lo que sucedía es que en su cuerpo no había nada más de grasa que la que requería. El duro ejercicio al que se sometía, no le permitía acumular ni un gramo más de lo debido, pero sí unos músculos bien firmes, aunque muy discretos.

Su cuerpo se había desarrollado muy bien. Piernas largas y bien torneadas, cintura pequeña, vientre plano y firme y busto con la medida adecuada, ni más ni menos, de acuerdo a su físico. Ya no usaba gafas, pues las había suplido por unos lentes de contacto. Su largo y negro cabello, seguía luciendo la mayor parte del tiempo en la cola de caballo, pero en ese instante lo llevaba en un elegante moño a la altura de la nuca y el ligero maquillaje en su rostro, le daba a su morena belleza, un aire de elegancia, además, ataviada con un corto vestido gasa con maillot en un tono azul cielo, unas medias blancas y las zapatillas de punta, la hacían verse encantadora.

Todas las chicas arregladas por el mismo estilo, aunque la mayoría lucía la falda tutu, esperaban ansiosas el llamado de su nombre, para pasar a la siguiente sala y dar lo mejor de sí. Andy ahora, estaba a punto de utilizar la barra cuando desde su bolso, que yacía en una esquina del salón de práctica, junto con el de las demás chicas, se escuchó la conocida música de su celular, el que identificó porque la melodía que traía era una de Josep Tal, un compositor de música para ballet que había muerto el veinticinco de agosto del dos mil ocho. 

Acudió presurosa a su bolso y tomó el celular. Lo abrió y miró en la pantalla, “número desconocido”. La máquina no identificaba el número cuando la llamada era del exterior del país.

—Diga —dijo con voz suave.

—¡Andy! ¡Necesito verte!

Andy retiró al celular de su oído y lo miró por unos segundos, algo incrédula. En los Ángeles estaría muy avanzada la madrugada.

—¡Sora! —murmuró, regresando el celular a su oído. No era común que ella y su hermana se hablaran por teléfono. Sus ocupaciones ni siquiera les permitían hacer eso, pues desde que se independizaran, se había roto la comunicación que años atrás tuvieron— ¿Qué pasa?

La voz de Sora se escuchó rota por el llanto cuando dijo:

—¡Necesito que tomes el primer avión y vengas a Hollywood, te necesito!

Andy abrió grande los ojos sin poder creer lo que escuchaba. Ella no podía ir a ningún lado, porque tenía que presentarse a esta audición que era muy importante para ella y un partido que ganar.

—Sora, ¿qué sucede? No puedo viajar ahora.

—Andy —sollozó la mayor y su voz, ahogada por el llanto, se escuchó distorsionada por la línea—. Se trata de Joel.

El corazón de Andy saltó al escuchar el nombre. Allí estaba ese algo en la vida de su hermana que no le interesaba. Hacía años que no sabía de él y hacía también mucho tiempo que su pensamiento no lo recordaba. Ese nombre, así como a su dueño, lo había encerrado en lo más profundo de su mente, así que enfrentarse ahora a su recuerdo, la dejó muda. De pronto, sintió la súbita necesidad de colgarle a Sora. No le importaba. No quería saber. Deseaba seguir en la ignorancia de todo lo que se relacionaba con Joel Yoxall.

—¡Andy! ¡Por favor! ¡Ven, te necesito!

Andy apretó con fuerza el celular luchando contra el deseo de cerrarlo y apagar así la voz de Sora. Cerró los ojos y su mente volvió a ese día, cuando tenía diez años. Cuando hizo esa promesa de no volver a derramar una lágrima por él. Esa promesa implicaba no dejarse manipular por sus sentimientos hacia él. “¡Por Dios!”, se dijo irritada. “¿Cuáles sentimientos?”

—Lo lamento, no puedo viajar ahora. El domingo tengo un partido y están a punto de llamarme para una audición. ¿Puedo llamarte más tarde?

—¡Oh, Andy! —susurró Sora en medio de su llanto—. Perdona, no sabía que estabas tan ocupada. Entonces, nos vemos, ahora mismo tomaré el primer avión.

Andy volvió a apretar el celular con fuerza. ¿Sora regresaba a Italia? Se estremeció de inquietud. ¿Por qué de pronto deseó que Sora permaneciera para siempre en Estados Unidos?

—Sora, ¿de veras es necesario que vengas? Digo, a lo mejor no es tan grave y… ¿Qué tal tu trabajo, tus compromisos?

—¡En este momento me vale un cacahuate mi trabajo! —gritó Sora airada— ¡Estoy sufriendo mucho y necesito a mi familia! ¡Joel Yoxall me ha dejado, Andy! ¡Rompió toda relación conmigo y no puedo con eso!

Andy no supo qué decir y ni falta hizo. Sora le colgó y ella se quedó mirando el celular, leyendo una y otra vez el pequeño letrero de la pantalla que decía, “fin de la llamada.” Lentamente cerró el móvil y lo regresó al bolso. 

La última vez que supo de Joel, fue cuando él se marchó a Estados Unidos para representar al país de residencia en el festival internacional de bellas artes, que se llevaría a cabo en América. Joel se había convertido en un experto en las artes plásticas y se hizo muy hábil en pintura al óleo, escultura y dibujo. Ganó el premio al presentar una obra al óleo que fue considerada como la mejor. Le gustó Estados Unidos y no regresó. Eso había sucedido cinco años atrás y en ese entonces, el hombre contaba con diecinueve años. Unos meses después, con el despego de su carrera como modelo y ganando éxito rápidamente, a Sora se le abrieron las puertas para viajar a USA firmando un contrato con una de las casas de modas más famosas, así, Sora y Joel, al encontrarse en Estados Unidos, continuaron con su romance, por que sí, al final, ya de adolescentes, el muchacho se le había declarado a la joven y por años fueron novios y obviamente que en América, se fueron a vivir juntos.

Afortunadamente, sus padres se habían dado por enterados que a Andy no le gustaba platicar de esa relación, así que evitaban mencionarla. Ellos nunca preguntaron por qué y ella tampoco nunca les dijo. Sus padres eran muy respetuosos en cuanto a los sentimientos de sus hijas, aunque eso no los hiciera ciegos y bien que se dieron cuenta del sufrimieto de la menor de sus hijas.
Ahora, después de la llamada de Sora, una extraña sensación la oprimió y no logró deshacerse de ella sino hasta que la llamaron. Tenía que estar concentrada en la rutina que presentaría, así que no podía pensar en nada más que no fuera obtener el protagónico

Sintiéndose muy nerviosa, pero con expresión relajada, pasó a la sala, la que estaba muy bien iluminada y tomó su lugar ante los cinco jueces, dos mujeres y tres hombres. Aspiró profundo y dominó sus nervios. Los jueces la miraron con dureza, por lo que supo que ellos no iban a mostrar compasión a la hora de calificarla, así que soportó las miradas con valor. Colocó las piernas en la primera posición, levantó los brazos sobre su cabeza formando un elegante semicírculo y elevando su barbilla, esperó la música.

Al sonar la melodía que ella misma había escogido, comenzó su danza mostrando a los jueces esos movimientos claves, haciendo notar también, la diferencia que había entre el ballet y otras danzas. En el ballet, la bailarina no se limita sólo a mover brazos y piernas, sino que, cualquier movimiento que se ejecuta, hace participar invariablemente las manos, los brazos, el tronco, la cabeza, los pies, las rodillas y de hecho, todo el cuerpo, hasta sus más mínimas partes, en una conjunción de dinámica muscular y mental. 

Y Andy ejecutó maravillosamente bien su danza, interpretando
conmovedoramente la pieza musical que se escuchaba. Su concentración para dominar su cuerpo, la flexibilidad, la coordinación y el ritmo, se mantuvieron perfectos, pero eso fue lo de menos, lo más importante fue que danzó con gran sentimiento.

La joven terminó la danza apoyada sobre su rodilla derecha, manteniendo recta sobre el suelo la pantorrilla de manera que el pie quedó con la planta hacia arriba, la pierna izquierda tendida con tensión hacia atrás, apoyando su pie de lado en el suelo, la espalda arqueada ligeramente atrás, rostro alzado y ambos brazos levantados en línea vertical con las manos abiertas.

La chica no supo si a las otras chicas que habían pasado antes que ella, los jueces les habían aplaudido. Lo que sí supo es que a ella, los cinco jueces le aplaudieron emocionados, hasta se levantaron de sus asientos y uno de ellos le dijo, con voz suave.

—Gracias. Fue muy buena tu presentación. Nosotros te llamaremos.

Andy se desanimó al escucharlo. Casi siempre era así la despedida definitiva. Ese, “nosotros te llamaremos”, era un indiscutible, “no eres apta.”

Trató de no ponerse triste. Le quedaba la satisfacción de que lo había intentado. Total, aún le quedaba el partido del domingo y ese día, estaba segura, obtendrían la victoria. 

Entró a la sala de entrenamiento para tomar su bolso y la bolsa de tejido en donde llevaba unos jean y una playera. Con estos en su poder, se dirigió al vestidor y cambió el vestido de danza por estas cómodas prendas. Guardó en la bolsa de tejido el vestido y las zapatillas, las que suplió por unos zapatos tipo tenis. 

Al salir del edificio en donde se había llevado a cabo la audición, su celular volvió a sonar. Andy no contestó, porque sospechó que era Sora y por el momento, no deseaba hablar con ella. Quizás le insistiría con esa loca idea de que tomara el primer avión para ir a Hollywood. Cuando se lo proponía, Sora podía llegar a ser muy irritante por su hostigamiento.

Lo dejó sonar mientras se dirigía a su auto, el que había estacionado en la acera de enfrente al edificio. Ya era bastante tarde y la calle, alumbrada con los faroles dispuestos a lo largo de las banquetas por ambos lados, puestos estratégicamente para abarcar la claridad entre poste y poste, lucía muy sola. El celular dejó de escucharse, pero al segundo siguiente, volvió a sonar. Andy se subió al auto y sin encender el motor, sacó el móvil. Lo abrió y miró la pantalla.

El letrero, “número desconocido”, le confirmó que era Sora. Algo molesta, apretó el botón verde, se lo llevó al oído y dijo:

—¡Sora, ya te dije que no puedo viajar, que tengo un...!

Se interrumpió sintiendo algo dentro de su pecho. Un presentimiento que le hizo saber que la persona en la línea, no era Sora. Una respiración tranquila y profunda llegó a su oído e inmediatamente después, una grave voz pronunció su nombre.

—Andrita.

Capítulo 3

El deseo de Andy al escuchar la voz, fue la de arrojar el móvil lo más lejos posible de ella, como si de una serpiente venenosa se tratase, pero se controló y monosilabeó:

—Sí.

—¿Cómo estás? —le preguntó la voz.

Andy frunció el ceño. ¿Qué le importaba a él cómo estaba? Pudo haberle contestado que bien, o que estaba muy ocupada con su trabajo, o bromear con un “estoy bien buena”, como bromeaba con Gil cuando este le hablaba por teléfono, pero él no era Gil, su mejor amigo, quien siempre fue su guardián mientras compartió clases con José Yoxall, con el que simplemente jamás se llevó bien y fue un alivio de cierta manera que al ingresar a la universidad, se separaran. Tanto Gil como José, habían entrado a otra diferente a la suya, no obstante, Gil le hablaba lo más que podía, manteniendo la relación de amistad y de vez en cuando pasaba a visitarla.

—¿Qué quieres Joel? —preguntó con frialdad, molesta y sorprendida a la vez por haber reconocido su voz al instante. ¿No se suponía que de Joel, ya no recordaba nada?

Hubo un silencio del hombre, por lo que al no obtener respuesta, ella dijo más fría aún:
 
—No tengo tiempo y no soy adivina, ¿qué quieres? 

El silencio prolongado la irritó. Estaba por colgar cuando finalmente, Joel preguntó:

—¿Te ha llamado Sora?

La irritación de Andy creció. ¿A qué venía todo esto? ¿Esta llamada? ¿Esa pregunta? Hacía años que no lo veía, que no sabía nada de él y mucho menos, jamás se inmiscuyó en su relación con Sora. 

—Joel, mira, estoy cansada. 

—Disculpa —susurró él y el tono en su oído la hizo estremecer provocándole una involuntaria contracción de estómago—, sé que ya es tarde en Italia, pero por favor, dime, ¿te ha llamado Sora?

—¿Por qué no le preguntas a ella? ¿Por qué me molestas a mí? 

Escuchó un suspiro de Joel y ella volvió a estremecerse junto con un nuevo vuelco en el estómago. “¡Oh, Dios!”, pensó incrédula, “¿por qué me afecta de esta manera con sólo escucharlo susurrar y suspirar?”

—No encuentro a Sora, Andy —soltó él y la preocupación suplió su confusa sensación—. Hace días que no se para en su trabajo y estoy preocupado por ella. No quise llamar a tus padres para no preocuparlos y...

—¡Idiota! —lo interrumpió ella, elevando la voz— ¡Eso me hubieras dicho desde un principio! ¿Qué le hiciste ahora? ¿Por qué ha dejado todo?

Andy apretó el celular con fuerza mientras la ira se encendía en su interior. Con voz llena de desprecio, dijo sin pensar mucho en lo que decía.

—¡Oh, sí! De seguro ella también ha llegado a ser un fastidio para ti, ¿verdad? Un estorbo al que detestas y deseas... 

Se detuvo arrepentida de haber dicho eso. Tuvo la horrible sensación de que no hablaba de Sora, sino de ella. ¿Acaso le estaba cuestionando lo que en su día no le había reclamado? ¿Qué estupideces estaba diciendo? 

—Andy, yo… —empezó a decir Joel, pero ella lo interrumpió diciendo:

—Disculpa, tengo que irme. Lo único que puedo decirte es que Sora me habló esta noche. Me dijo que tomaría un avión para venir a Italia. Es todo lo que sé. Adiós.

Y sin decir más, colgó. Al encender el auto, se dio cuenta que estaba temblando. Sentía los nervios alterados y de pronto, una súbita sensación de vergüenza la dominó. Sintió deseos de llorar, pero no lo hizo. No lloraría a causa de Joel Yoxall. Apagó el celular por si a él se le ocurría volver a llamarla, lo que le hizo preguntarse de dónde rayos había conseguido su número… de Sora, por supuesto ¿De dónde más?

Manejó con rumbo a su departamento tratando de quitar de sí el pensamiento de que había hecho el ridículo y logró hacerlo al pensar en el partido del próximo domingo. Se miró en compañía de su equipo recibiendo el premio del campeonato. 

Es cierto que estaba confiando demasiado en su excesiva seguridad, pero esa sensación de triunfo que ya podía sentir correr por sus venas, le ayudó a no pensar en la conversación con Joel, además de que le garantizó que ganarían el campeonato, sin embargo, poco después se recriminó recobrando la sensatez y se situó en la realidad de que en esta ocasión, el equipo rival era muy bueno, tanto como lo eran ellas, por lo que esta vez el partido sería muy reñido, un gran reto, pues había observado jugar a sus contrincantes en los partidos pasados y todas eran excelentes jugadoras. 

Así, con la mente llena de jugadoras, balones, canchas, premios y fanáticos, llegó al edificio en donde tenía su departamento. Al ingresar a la universidad, había descubierto que no le gustaba vivir en ésta, por ello, sus padres le habían permitido rentar un departamento. Al principio lo compartió con una amiga de la universidad llamada Diana, que por cierto, estaba en su equipo, pero luego, ella se enamoró de un compañero de clases llamado Rodrigo y se mudó a la universidad.

Dejó el auto en el estacionamiento del edificio y tomando el elevador, subió al tercer piso, que era donde estaba su departamento. La soledad la recibió al ingresar a su morada, pero a ella no le molestaba el aislamiento, de hecho, ni siquiera extrañó a Diana cuando esta se fue.

Como ya era bastante avanzada la noche, no cenó, aunque más bien fue culpa de la llamada de Joel, porque ésta no había hecho más que robar su paz y al pensar de nuevo en él, maldijo en el interior, pues eso de estar reprimiendo sus emociones era realmente agotador, así que solo se dio una rápida ducha y se acostó, mas descubrió que el sueño huyó de ella en cuanto puso la cabeza en la almohada, porque era por demás que quisiera olvidarla, la voz de esa llamada sonaba una y otra vez en su mortificada mente, sobre todo esa parte donde Joel pronunciaba su nombre y después de una hora de estar dando vueltas en la cama, se sentó en la cama maldiciéndose por ser tan débil.

Y era tal la invasión del recuerdo de aquella voz, cuyo timbre era encantador y el que pensó ya había olvidado, que la inicial preocupación que sintió por Sora, se había esfumado junto con sus buenos deseos de pasar una descansada noche, no obstante, en el fondo sabía que aunque la había notado triste y llorosa cuando la llamó, estaba bien e intentó olvidar todo y dormir.

Pero el paso del tiempo la encontró despierta, así que por la madrugada, sintiéndose muy irritada y también desesperada, se levantó para ir a la cocina en donde se preparó una bebida caliente con leche y miel de abeja, un remedio de su madre contra el insomnio, que había recordado de pronto. Al parecer muy efectivo, pues minutos después, el sueño por fin se hizo presente y su último pensamiento antes de quedarse dormida, fue que era sábado y podía levantarse más tarde. No tenía clases en la universidad, por lo que no era necesario levantarse tan temprano y aunque tenía práctica con el equipo, sería por la tarde.

Sin embargo, el conocido sonido del teléfono al sonar con insistencia, la despertó muy temprano. Somnolienta y sin levantarse, alargó la mano y tomó de la mesita de noche, el aparato que la comunicaría con cualquiera que estuviera llamando.

—Diga —dijo con voz ahogada por un bostezo que no pudo reprimir. Escuchó algo en la línea—. Sí, soy yo.

Escuchó algo más de su interlocutor, lo que la hizo sentarse con rapidez en la cama y bajar al suelo los pies. El sueño se había ido tan rápido, que su voz se escuchó de lo más lúcida.

—¿De veras? —preguntó, mientras un brillo de felicidad iluminaba sus ojos y una sonrisa desplegaba sus labios— ¡Oh, sí! ¡Claro que sí! ¡Sí, sí! ¡Estaré allí lo más rápido que pueda! ¡Gracias!

Colgó y se levantó brincando de alegría. Había obtenido el protagónico para la obra, así que no cabía en sí de felicidad. En un tiempo récord estuvo lista y en pocos minutos ya se dirigía al mismo edificio en donde se había hecho la audición, en donde le confirmaron que había obtenido el papel principal. A partir de ahí, no pudo evitar pasar el día sintiendo una placentera sensación de bienestar, la que le hizo hacer una práctica de baloncesto como nunca.

—¡Vaya! —exclamó Diana, sorprendida del juego que estaba realizando Andy—. Sólo espero que juegues así mañana. ¿A qué se debe ese aire de felicidad? 

Andy sonrió. Tenía una sonrisa de lo más linda. Cuando sonreía, sus facciones se suavizaban y sus ojos brillaban aclarando el café oscuro. Sus ojos y su cabello eran lo que más sobresalía de su belleza.

—Me dieron el protagónico para “Zoroastre”—le informó Andy con voz tenue. No le gustaba presumir mucho de sus logros.

Al escucharla, todas las compañeras la rodearon haciendo un descanso en el entrenamiento. Se encontraban en las canchas de la universidad, la que se encontraba sola. Las únicas personas allí eran ellas, diez chicas diestras en el baloncesto. Una a una la abrazaron, felicitándola por la obra.

—Pero Andy —dijo Diana, cuando terminaron las felicitaciones—, el lanzamiento de esta obra te dará a conocer como bailarina de ballet y te abrirá la oportunidad de otros protagónicos ¿Qué vas ha hacer con el básquetbol? ¿Sabías que mañana estará presente un busca talentos de la WNBA? Si ganamos, se nos abre la oportunidad de obtener un contrato con esta asociación. ¿Has pensado en esto? 

Claro que Andy había pensado en eso y por ahora, seguía en las mismas. Jugar para la WNBA (Women's National Basketball Association), era un sueño que cualquier jugadora de básquetbol tenía. En Estados Unidos fue donde el baloncesto femenil tuvo su explosión y era allí donde se encontraba en auge, así que pertenercer a dicha asociación, era un privilegio imperdible. 

—No sé qué voy a hacer, Diana —respondió Andy, preocupada y triste a la vez. Amaba los dos y en cuestión a cual escoger, no optaba por uno—. Ahora lo que quiero, es estar sin preocupaciones para el partido de mañana. Después, ya veré.

Con eso, se dio por terminado el descanso y volvieron al entrenamiento. Era avanzada la tarde cuando terminaron, yendo enseguida a las duchas para rato después, despedirse en el estacionamiento, tomando cada quien rumbo a su domicilio, anhelantes de un merecido descanso previo al partido del día siguiente, pero el deseo de Andy de estar sin preocupaciones, pasar la velada de manera tranquila, se vino abajo cuando al llegar al edificio donde vivía, se encontró con una no bienvenida visita.

—Sora —musitó al verla recargada en la puerta, esperándola con impaciencia. 

—¡Andy! —exclamó Sora con voz molesta— ¡Por fin llegas! Tengo horas esperándote y estoy rendida. En cuanto te colgué, me fui al aeropuerto en donde estuve en espera tres horas. ¿Tienes idea de lo que es eso? Luego, el vuelo fue largo y tedioso y para colmo llego y tú no estás.

Andy escuchó la queja de Sora mientras metía la llave en la cerradura para abrir la puerta y darle paso, quien entró dejándola a ella a cargo de sus maletas. Andy se acomodó el bolso en el hombro y tomó las dos maletas para arrastrarlas sobre sus ruedas, al interior, en donde ya Sora inspeccionaba con atención todo el departamento, entrando y saliendo de las habitaciones, las que ni eran tantas. El departamento se limitaba a abarcar dos habitaciones medianas, un baño pequeño, una sala, un comedor y una cocina, tampoco muy grande.

—¿Es todo? —preguntó Sora, terminando rápido de inspeccionar— ¡Es demasiado pequeño!

Andy frunció el ceño sintiéndose ofendida. Por supuesto que su departamento no era de la calidad a la que de seguro su hermana se había acostumbrado en los últimos años, gracias a su trabajo, pero era su departamento y allí había vivido por casi tres años.

—Te hubieras dirigido directamente a la casa de nuestros padres —musitó Andy, tratando de que su voz no reflejara la molestia que sentía—. Tal vez su casa te acomode mejor.

Sora la miró seria. A pesar del viaje y de quizás haber dormido poco, porque sus ojos miel lucían irritados, se veía muy bien. Su sedoso cabello, en un corte que la favorecía mucho, caía majestuoso sobre sus hombros. El maquillaje se le veía perfecto, lo que resaltaba su belleza y el vestido de alta costura, con un corte en A, caía seductor sobre su esbelto cuerpo hasta las rodillas. Las zapatillas de tacón alto le daban altura, pero aún así, tenía que levantar el rostro para poder mirar el rostro de Andy.

—Mírate —le dijo Sora con sequedad— ¿Creciste más?

—No tanto como hubiera querido —dijo Andy, dirigiéndose a la habitación contigua a la suya para dejar las maletas de su hermana—. Sólo mido un metro con setenta y seis.

—Pues muchos centímetros más que yo —se quejó Sora, quien por su profesión, deseaba haber sido más alta. Era una bendición que la falta de estatura no le impidiera ser profesional en lo que hacía— ¿Y bien? ¿Qué has hecho de tu vida? ¿Sigues practicando ballet? Algo me dijiste de una audición. 

—Sí. Obtuve el protagónico.

—¡No me digas! —clamó Sora y en su voz se vislumbró algo parecido a la envidia— Bueno, estoy rendida, me voy a la cama.

Andy la miró sorprendida. Ella pensaba que se pasaría el tiempo hablando de Joel, lo que por supuesto, le mortificaba, porque no quería saber nada del hombre, pero Sora parecía haber olvidado por qué había viajado miles de kilómetros. De hecho, Sora se veía cansada, mas no encontró tristeza en ella. En algún momento pensó que Sora estaría patéticamente afectada por el rompimiento, así como pareció estarlo cuando la llamó, sin embargo, la chica estaba muy calmada, como si lo que le había dicho por teléfono, jamás hubiera existido.

—Supongo que quieres comer algo antes de…

—Andy —la interrumpió con frialdad— ¿No escuchaste lo que te dije? Quiero irme a la cama.

Andy se sintió como cuando era niña y su hermana la trataba de esta manera cuando ya había hecho planes con sus amigas.Algunas veces la hizo sentirse torpe y fuera de lugar, pero como siempre, no lo tomó en cuenta y dándole un fuerte abrazo, le dijo con suavidad.

—Sí, claro. Es bueno verte. Que descanses.

La dejó y se fue directo a la cocina. Ella sí tenía hambre y mucha, así que se recalentó un poco del estofado que había hecho dos días antes, el cual se conservaba en buen estado en la nevera. Preparó una bandeja con el plato con guisado, un par de tostadas, una manzana y una botella de agua. Con la fuente en las manos, salió de la cocina, fue a la sala, se sentó en el sillón más pequeño y con el control remoto, encendió la televisión con el volumen bajo y se dispuso a comer.

Estaba por terminar cuando el timbre de la puerta sonó. Masticando uno de los últimos bocados, se preguntó quien sería, pues no esperaba a nadie. Tragó y luego bebió agua. Volvió a sonar el timbre y no tuvo más remedio que acudir a abrir mientras de manera mecánica, se limpiaba la comisura de los labios con los dedos pulgar e índice de la mano derecha, quitando cualquier evidencia de la comida.

Antes de abrir, miró por el redondo y pequeño mirador de cristal que incrustado en la puerta, permitía saber quien era el visitante, pero la persona prefirió permanecer fuera de la vista, entonces sonrió al pensar en alguien. Gil era el único que tenía la costumbre de no dejarse ver. De seguro la visitaba para desearle buen partido mañana, si no es que para volverle asegurar que estaría presente para apoyarla. Se veían poco por las ocupaciones que tenían y siempre era un gran placer cuando se encontraban.

La sonrisa murió en sus labios cuando abrió. Sus ojos se abrieron al máximo y la respiración quedó suspendida en ella a la vez que un fuerte salto en su corazón, marcaba un agitado ritmo.

—¡! —Logró balbucear a duras penas.

Capítulo 4

Andy parpadeó, como si así fuera posible desaparecer la presencia del hombre moreno que la observaba con sus negros ojos en una mirada larga y profunda. La tímida sensación que la envolvió al notar como él la recorría de arriba abajo, fue arrolladora.

—Andrita —murmuró Joel, regresando su mirada al asombrado rostro de ella para detenerla en sus incrédulos ojos y la joven tuvo que hacer un supremo esfuerzo para sostenerle la vista— ¿Creciste más?

Ella levantó el rostro con orgullo. El uno con ochenta de él, no era mucho para ella. Cuatro centímetros era lo que Joel le sobrepasaba, lo que para Andy, no era nada. 

—Más bien, tú ya no creciste, Joel —le dijo con desdén— ¿Qué quieres?

Y al preguntarle, cerró un poco la puerta, comunicándole de esa forma que no lo quería allí.

—¿No vas a invitarme a pasar? —preguntó él, un tanto burlón al ver la acción de ella—. El vuelo fue largo y cansado.

—¿Por qué? —inquirió molesta— ¿Por qué estás aquí? ¡Ve a un hotel o a la casa de tus padres! O vete con tu hermano. Supongo que sabes que tiene un departamento que comparte con Gil y…

—¿Está Sora aquí? —la interrumpió cansado, tratando de mirar adentro—. Supuse que vino aquí, así que no me iré sin verla.

Lo dijo con tal convicción, que Andy dio por sentado que no importaba qué hiciera para que él se fuera. No se iba a ir sin ver a Sora.

—Ya se durmió —le informó, cerrando un poco más—, y yo tengo mucho sueño, así que déjanos tranquilas y ven mañana a buscarla —cerró todavía más la puerta, a tal grado, que sólo asomaba ya medio rostro—. Que pases buenas noches.

—No lo creo —dijo él, metiendo un pie en la angosta abertura—, he dicho que quiero ver a Sora y no me iré sin hablar con ella.

Andy se airó y le lanzó una mirada de ira. ¿Quién se creía para llegar a invadir así su tranquilo hogar? ¡Maldito! Sus miradas volvieron a encontrarse y la de ella lanzó descontento por la insistencia del hombre. En cambio la de él, estaba entrecerrada y no dejaba ver el sentimiento que en ese momento lo invadía. Andy sintió la presión que él hizo con una de sus manos al empujar la hoja de madera, pero ella, ejerciendo un poco de fuerza, la mantuvo inmóvil.

—Si no te vas, llamaré a la policía —lo amenazó entre dientes.

Joel sonrió muy leve, pero aún así, esa sonrisa fue capaz de cambiar su rostro de rasgos serios. Ella sostuvo el aliento al recordar como le gustaba su rostro sonriente cuando eran niños.

—¡Demonios! —masculló, sintiendo como comenzaba a ruborizarse ante el recuerdo— ¡Maldición!

La sonrisa de él creció un poco, lo suficiente para llegar a sus ojos, los que ahora sí, brillaron de manera extraña.

—¿De qué te estás acordando, Andy?

!Rayos!” Se ruborizó más. ¿Acaso la conocía tan bien? ¿Cómo? Ella ya había cambiado y duraron años sin tratarse, sin dirigirse ni una sola palabra. Sí, ella estaba muy cambiada, en cambio él…

Él seguía siendo Joel Yoxall.

El niño que robaba corazones, se había convertido en un hombre cautivador. El negro cabello lo había dejado crecer y lo llevaba sujeto en una coleta baja y su cuerpo, por lo que pudo observar, estaba bien formado. Hombros anchos y cadera estrecha, lo que le daba un atractivo físico muy… sexy.

¿Sexy?” Lo miró espantada y él aprovechó para empujar más fuerte y ella, hecha ya un manojo de nervios, soltó la puerta y se echó para atrás, tratando de alejarse de él porque de pronto, se sintió sofocar ante su cercanía.

—Yo, yo…—tartamudeó, sin saber que más decir. Estaba estupefacta. Había bastado una pequeña sonrisa de su parte, para echar abajo las defensas que por años había levantado. Las lágrimas estuvieron a punto de brotar, pero se mantuvo firme y el recuerdo de su promesa, le hizo recuperarse, así que cuando habló, lo hizo con dureza—. Sora está en esa habitación, despiértala si quieres. Cuando termines de hablar con ella, lárgate de mi departamento y espero no vuelvas más. No eres bienvenido.

Lanzándole una última mirada de irritación, se dio la media vuelta y se fue a su alcoba. Al cerrar la puerta tras ella, se dio cuenta que temblaba. Fue a arrojarse en la cama y se acurrucó sintiendo como su corazón latía con una rapidez asombrosa, lo que le hizo darse cuenta que mientras intercambiaba las palabras con Joel, así había latido sin poder volver a su ritmo normal. Cerró los ojos y agudizó sus oídos, esperando escuchar abrirse la puerta de la habitación de Sora y los gritos de ella, pero lo que escuchó, fueron los pasos de Joel en el pasillo y unas ruedas que giraban en el piso, lo que le anunció que él había introducido su equipaje. O sea, Joel pensaba pasar la noche en su departamento.

La indignación subió como géiser y sintió el deseo de salir de la habitación y sacarlo a patadas, pero desafortunadamente, no fue capaz de hacerlo. Su presencia la había dejado anonadada. Pero claro que eso era porque nunca pensó verlo frente a su puerta y menos si él vivía en Estados Unidos. Jamás lo imaginó pasando la noche a unos cuantos pasos de ella, invadiendo así su precioso espacio de paz.

Con mucho sigilo, se levantó para ponerse el pijama. Ya no quería pensar en Joel, y mucho menos si él pensaba compartir el lecho con Sora, lo que era posible, porque no había más, ni más habitaciones. Sofocó un sentimiento de resentimiento al ser traicionada por su mente e imaginárselos a los dos en la misma cama ¡Diantres! ¡Juntos en su propio departamento! La vida sí que podía ser cruel cuando se lo proponía. 

No, la vida no. Ellos eran los crueles, pero no, en realidad Sora nunca supo lo que ella sentía por Joel, así que el único despiadado era él, como siempre. ¿Y qué demonios estaba haciendo tras Sora? ¿No le había dicho ella que la había terminado ya? Entonces, si había corrido detrás de su hermana, era porque lo cierto es que no habían terminado, o quizás sí, pero quería volver, no podía vivir sin ella y quizás hasta fuera posible que ahora sí le pidiera matrimonio, o a lo mejor…

!Basta, Andy!”, se ordenó, reprimiendo el impulso de gritar. “!Basta, deja de torturarte, tú ya olvidaste a Joel Yoxall!”

Sin embargo, sintió el mismo dolor que cuando su corazón quedó destrozado a la edad de diez años. Un nudo en la garganta casi le impidió respirar, pero no lloró. Ni una lágrima brotó de sus ojos.

Se obligó a dormir, aunque pasaron horas antes de que pudiera conciliar el sueño. Menos mal que el partido lo tendría ya avanzada la tarde, en la cancha de un nuevo edificio. Este era uno de las partidos más importantes, así que casi todos los aficionados al baloncesto estarían como espectadores.

Finalmente, pensando en el juego se quedó dormida, tan profundamente que no escuchó cuando su puerta se abrió y una silueta silenciosa se introdujo hasta detenerse al lado de la cama. Unos ojos llenos de ira la miraron con rencor, casi con odio.

Mirada color miel, brillante por la maldad que había en ellos.

—No será para ti, Andrita —susurró Sora y su voz, al salir entre dientes, se asemejó al sonido producido por una serpiente cuando ésta enseña su lengua—. No será mío, pero tuyo tampoco. 

A continuación, se retiró tan silenciosamente como había entrado. En el pasillo, casi colisionó con Joel, quien recargado en la pared, permanecía en una actitud relajada, con los brazos cruzados sobre su pecho y se asustó al verlo, pues no lo esperaba, pero luego el susto fue cambiado por la furia. Él la miró desconfiado y malhumorado, lo que mostró que no estaba tan tranquilo como aparentaba y la mujer lo envolvió en una mirada llena de rencor.

—¡Vaya, Joel! —exclamó amargada, aunque en voz muy baja—. No creí que vinieras en su rescate tan rápido. ¿Qué pasó con tu viaje a Francia? Creí que la exposición presentada allá era muy importante y no podías faltar.

—Ya ves —replicó con voz helada, en tono bajo también—, no confío en ti.

Sora sonrió burlona, luego poniéndose seria de nuevo, habló ponzoñosa.

—Haces bien. Como te dije hace unos días, ella pagará caro lo que me haces.

—Deja de decir necedades, Sora —dijo Joel pasándose una mano por el cabello, el que había soltado y caía sobre su espalda y hombros desnudos. Se había dado una ducha y su larga cabellera lucía húmeda—. Déjala fuera de esto. Ella no sabe nada.

—Pero lo sabrá. Tú se lo dirás.
 
—Te dije que no. ¿Por qué no me crees?

Sora se acercó a él apreciando su magnífico torso desnudo; el resto vestía un pantalón tipo pants. A causa de la ducha, un agradable aroma a jabón de tocador se desprendía de él y saturó su olfato despertando todos sus sentidos. Se pegó a ese cuerpo que extrañaba en demasía. Lo amaba tanto que había enloquecido por no tener su amor. Lo abrazó temblando de deseo. Hacía muchos días que no la besaba, que no la tocaba. Levantó su rostro buscando sus labios, pero él la hizo a un lado sin mucho esfuerzo. La belleza de Sora no lo movió a sentir nada por ella que no fuera un disgusto amargo.

—Por esto no te creo —le dijo ácida, haciendo un mohín que desfiguró notablemente sus facciones, las que Joel podía ver bien gracias a la luz del pasillo que Sora misma había encendido al salir de su habitación—. No acepto que hayas dejado de amarme.

—Calla, Sora —pidió él hombre con voz ronca—. No volvamos a lo mismo. Sabes que en realidad hace mucho tiempo lo nuestro no es amor. Sabes que desde que me fui a Estados Unidos…

—¡No! —refutó interrumpiéndolo, tan llena de cólera, que parecía destilarla por cada poro—. Si eso fuera cierto, no hubiéramos continuado nuestra relación cuando nos encontramos en América.

—Esa no fue una relación de amor —arguyó él con frialdad—. Fue una relación de dependencia. Era un país extraño, tú y yo nos conocíamos, sentimos necesitarnos en ese momento, pero sabes que el amor entre tú y yo, si acaso lo hubo, hace mucho tiempo que se terminó.

Las lágrimas inundaron los ojos de Sora. Lo miró con encontradas emociones. Nostalgia, ira, amor, deseo, amargura… decepción.

—Acéptalo. Se terminó.

La ira predominó. De un manotazo se secó las lágrimas que ya corrían por sus mejillas, levantó alto la barbilla y pasando a su lado, dijo dirigiéndose a su habitación.

—Ya lo veremos. Lo nuestro no terminará así de fácil y ella pagará por tus palabras, por tu desprecio.

Él apretó los puños con fuerza. Miró a Sora con ojos entrecerrados, apagando el deseo de ir detrás de ella y darle una buena paliza. ¡Qué odiosa era esa mujer! ¡Cómo la detestaba! Se quedó inmóvil hasta que Sora entró a su habitación y cerró la puerta con suavidad, ocultándola de su aguda y penetrante mirada, después fue a la sala, en donde había dejado su equipaje consistente en una maleta mediana. La abrió y sacó una playera, se la puso y se recostó en el sillón más grande. 

Suspiró cansado. Cerró los ojos y al hacerlo, la imagen de Andrita llenó su mente. Sinceramente, la morena se había puesto muy bonita, más que como la recordaba y sí, siempre la tenía en mente, porque nunca pudo olvidarla.
Se movió para colocarse de lado y volvió a suspirar. ¿Cómo había comenzado ese sentimiento que hizo posible que su corazón latiera acelerado cada vez que la veía, escuchaba o pensaba en ella? No, no como, sino cuándo.

En realidad, había sido ese mismo día que él le había roto el corazón con aquellas palabras que fueron como dagas para ella. A partir de ese momento, su mirada llena de dolor, brillante por las lágrimas, no pudo apartarse de su pensamiento. Al mirarla ese día, tan dolida y desesperada, supo que había cometido un mal irreparable y le fue confirmado con el paso del tiempo.

Andrita lo trató con la ley de hielo y él hizo el intento de acercarse nuevamente a ella, de pedirle perdón, pero Andy no volvió a ser la niña que era con él. Con el paso de los años, él trató de olvidar el incidente, sin embargo no pudo. Cada vez que la veía o pensaba en ella, sentía el daño que le había hecho. Por supuesto que tuvo su premio de consolación por romperle su corazón. Ya nadie obstruyó su camino para hacerse novio de Sora.

¡Qué tonto había sido! La belleza de Sora lo había deslumbrado abotagando su capacidad de pensar. Pensó que amaba a Sora, embriagado por su donaire y por la facilidad con que ella caía rendida ante sus caricias, pero había descubierto que no era amor verdadero lo que sentía. Era simplemente atracción física y Sora había descubierto lo que él sentía por ella, aún antes de que él mismo le dijera nada o pensara terminar con la relación que en los últimos meses se había convertido en un yugo doloroso, lleno de peleas, desacuerdos e histeria por parte de la mujer. 

Ese día que ella lo descubrió, lanzó amenazas de muerte. De muerte, sí. Deseaba aniquilar a Andrita, su hermana. 

No lo permitiré”, se dijo, angustiado. “Debo protegerla, no la dejaré sola. No permitiré que Sora le haga daño, porque yo… yo...”

Cerró su mente. No podía ir más allá de ese pensamiento. No tenía derecho de hacerlo, así que se obligó a dormir y lo consiguió cuando bloqueó sus sentimientos.

Capítulo 5

Andy abrió los ojos y miró a su alrededor notando que el sol ya entraba por la ventana a través de la cortina. Por un momento se sintió desorientada, no obstante, los recuerdos de la noche anterior se revelaron en su mente.

Preocupada, retiró las mantas y se levantó calzándose las sandalias caseras. Se acomodó el pijama pantalón, se alisó el alborotado cabello con los dedos de las manos y casi de puntitas, caminó a la puerta, la que entreabrió un poco para asomar la cabeza y mirar por el pasillo, rogando para que Joel Yoxall ya se hubiera marchado.

Luego se dio cuenta que estaba actuando muy tontamente. Si Joel no se había marchado, no andaría por el pasillo. Estaría en la cama al lado de Sora.

Entonces, suplicó en silencio, por favor, que ya se hayan marchado los dos.
El aroma delicioso a café recién hecho llegó hasta ella y la anhelada esperanza murió. Salió resignada a seguir soportando la presencia de los dos. Y fue bueno que se hiciera a la idea, porque quien andaba de aquí para allá en la cocina, era Joel, el que tenía preparado no sólo el café, sino un pesado desayuno. Sorprendida, miró sobre la barra el alimento basado en un rebozado de huevo y pan, queso rallado y todo eso salteado con mantequilla, un platillo típico de Milán. 

—Buenos días —la saludó él en cuanto la vio, con un jovial tono de voz que la tomó por sorpresa—. Ven, siéntate. Espero te guste lo que preparé. 

Andy permaneció inmóvil en el umbral de la puerta, mirándolo boquiabierta e irritada.

—¿Por qué sigues aquí? —le preguntó secamente—. Te dije que no eres bienvenido.

El sonrió ignorándola. Evitando su fría mirada, le dijo con el mismo tono de voz.

—Deja eso y ven a desayunarte. Estás muy delgada, necesitas muchas calorías.

Andy se cruzó de brazos y lo taladró con la mirada. Una mirada tan helada que, si fuera literal, se congelaría todo el entorno. 

—Yo que tú, no probaría eso, Andy —dijo Sora muy seria detrás de ella—, de seguro le ha puesto algún veneno. ¿Sabías que quiere matarme? Por eso me siguió hasta aquí.

Andy se volvió a mirar a Sora. Ella estaba estupenda envuelta en una bata de seda que parecía en realidad un vestido de noche. El color negro de la bata destacaba su piel, tan blanca y perfecta, que Andy se sintió fuera de lugar vestida con su pijama de dos piezas estampado en pequeños corazoncitos y mientras la bata de Sora destacaba sus atractivas formas de mujer, el pijama de Andy se las ocultaba. Además, el maquillaje de Sora estaba intacto, mientras que Andy mantenía su rostro limpio de polvos y qué decir del peinado. Parecía que la almohada no había tocado la cabeza de su hermana, en cambio, la morena sintió que su cabello en comparación parecía un nido de pájaros.

—¿Bromeas? —fue capaz de preguntar Andy haciendo a un lado la sensación de parecer poca cosa al lado de su hermana— ¿Cómo así que quiere matarte? —Le lanzó ahora una aguda mirada de condena a Joel— ¿Por qué?

—¿Por qué crees? —preguntó a su vez Sora pasando a su lado y la nariz de Andy fue golpeada por el exquisito aroma del perfume que llevaba encima—. No haya cómo deshacerse de mí. ¿Verdad, mi amor?

Fue a plantarse delante del hombre, quien sostenía un plato, pues estaba por servirle a Andy cuando Sora hizo su aparición. La hermosa mujer se paró de puntas para depositar un beso en la mejilla de él y aunque fue cálido, Joel lo sintió frío, desprovisto de aquello que se llama gusto. Miró como Andy volvía la vista a un lado para no ver la escena y una amarga sensación lo embargó.

—Sí —musitó Sora, casi para él—, de seguro tiene veneno.

Joel miró el alimento que había preparado y la desconfianza se anidó en su corazón. ¿Tal vez Sora había aprovechado que él se había dormido para ir a poner veneno a los alimentos que Andy tenía en casa? Quizás en la sal, en el azúcar, en las harinas, en el jamón, el tocino, en la mantequilla, en el pan o el cereal. A lo mejor en la leche. Posiblemente en el café. Sora miró esa desconfianza en sus ojos y sonrió feliz.

—Por las dudas, querido —le dijo la mujer sin dejar de sonreír, ahora malvadamente—. Mejor me voy a desayunar fuera. Andy vendrá conmigo, pero también estás invitado.

Su voz disfrazada con suavidad, resaltó la satisfacción que sintió al sembrar la duda en Joel. Y por esa duda, cayó en su juego. Tomó el preparado y lo echó en el triturador apretando el botón de encendido para que el aparato se encargara de desaparecerlo, tirando también el café por el desagüe del lavaplatos mientras Sora dejaba de sonreír, para reír a carcajadas y en todo esto, Andy permaneció muda, sin alcanzar a comprender qué rayos significaba todo eso. Joel no dejó nada que pudiese probarse.

Sora se retiró de la cocina sin dejar de carcajearse. Murmuró satisfecha.

—Ay, Joel, pero qué desconfiado eres.

Andy no se había movido de su lugar y miró a Joel pasmada. Él había quedado en medio de la cocina y se veía desolado. Los hombros caídos manifestaron derrota y mantenía la mirada fija en el suelo. Al sentir su mirada, levantó la suya y la clavó en su figura, luego irguiéndose, caminó hacia ella y le dijo:

—Vamos, Andy. Ve a cambiarte. Desayunaremos fuera.

Hasta entonces, ella salió de su asombro. Dio un paso atrás al sentirlo muy cerca.

—¡Claro que no iré contigo a ningún lado! —le hizo saber con acritud— ¿Y qué diantres fue todo esto? ¿Por qué quieres matar a mi hermana?

—¡No es verdad! —se defendió con convicción—. Tu hermana está paranoica. ¡No creas nada de lo que diga!

A continuación, acortó la distancia entre ellos y la tomó por los brazos. Ella se estremeció ante el contacto. Sus rostros frente a frente se miraron. Andydeseó doblegar la sensación deliciosa que sus manos sobre sus brazos desnudos le hicieron sentir y pensó en escapar, pero la inmovilidad que su tacto le provocaba, le impidió moverse y no pudo utilizar sus cinco sentidos, los que de pronto se nublaron.

—Andy.

La joven no pudo hacer nada, sólo sentir como él de manera repentina la abrazaba, apretándola con suave fuerza contra su pecho, contra su vientre, contra sus muslos, como si quisiera ser uno con ella, pero el abrazo no terminó allí, porque faltaba lo más importante, así que Joel, sin siquiera ordenarse no hacerlo, buscó sus labios con los suyos y el apretado abrazo culminó en un pleno y sorprendente beso, uno como ninguno de los dos había experimentado antes, porque para Andy, ese era su primer beso y para Joel, porque pudo sentir una desconocida sensación que jamás sintió con Sora.

¿Por qué?, alcanzó a preguntarse ella en medio de las brumas que nublaban su mente. ¿Por qué me está besando si me detesta? ¿Por qué está aquí en realidad? ¿Qué hay de Sora? !Sora!

Pensar en su hermana fue lo que hizo que su mente se aclarara, así que abruptamente se separó de él. Su tez había adquirido un tono rosado que le confería una bonita apariencia. Él la miró sin poder apartar la mirada de ella. Eso que había sucedido, era algo que llevaba mucho tiempo soñando con hacer y se había resignado a que ese sueño nunca fuera realidad, pero se había hecho y lo malo ahora era que sería más difícil para él permanecer ajeno a sus sentimientos respecto a ella.

Se maldijo en silencio por no controlar sus deseos y le dio la espalda para ayudarse a reprimir el impulso de volverla a tomar en sus brazos y darle más, muchos más besos.

—Ve a cambiarte, Andy —musitó con voz ronca, incapaz de mirarla—, haré lo mismo.

Ella había quedado sin ánimos de refutarle nada. En ese instante lo único que quería, era salir de esas paredes que sentía como que la asfixiaban. Se apresuró a su habitación sin ver que detrás de un mueble, escondida para no ser vista, Sora había observado toda la escena y una terrible expresión de odio desfiguraba su rostro.

—¡Maldita! —musitó apretando una mano contra la otra, rabiosa— ¡Maldita! Me cobraré esto.

Para empezar, se la cobró monopolizando todo el tiempo a Joel.
Después de comer algo en uno de los prestigiosos restaurantes y siendo Milán el templo de la moda, Sora se las ingenió para arrastrarlos a visitar las renombradas casas de alta costura, derrochando en diseños de Armani, Dolce & Gabbana y Versace y después de ahí, los llevó a la Piazza Sempione, en donde hizo que Andy le tomara fotos con Joel frente al monumento Arco della Pace y mientras los fotografiaba, Andrita sintió una aguda acidez estomacal al ver de qué manera lo abrazaba, de qué forma le susurraba cosas al oído, los besos que le daba en la mejilla, las caricias de sus manos juguetonas en el torax masculino mientras le ronreía divinamente.

Pero lo que casi la desquició, fue escuchar como le hablaba con voz amorosa, llamándolo cariño,cielito, querido, mi amor y otros. A media tarde, Andy ya se sentía asqueada de tanto empalago. Pero más se sintió herida, porque él no hizo nada por detener a Sora, así que también se sintió confusa, pues, ¿dónde quedó el beso que le dió? ¿Por qué la había besado? ¡Maldito! Estuvo pasivo todo el tiempo, permitiéndole a Sora manipularlo cuanto quiso.

 Y lo peor fue que buscó varias maneras de escapar de ellos, pero no logró hacerlo, pues por alguna razón, tanto Sora como Joel estaban empeñados en no dejarla sola, lo que incrementó su confusión y su irritación. De nada sirvió que les dijera que tenía que irse porque tenía un partido avanzada la tarde. Ellos estuvieron a su lado todo el tiempo. Era como si compitieran para ver quién pasaba más horas a su lado, arrastrándola en una maquinación absurda, porque no entendía qué querían de ella, por qué estaban en Italia, por qué diantres habían invadido su espacio de tal manera, asfixiándola y amargándola.

No obstante, para Andy fue suficiente cuando Sora propuso ir al teatro. La indignación de la menor de las hermanas subió hasta hacerla enrojecer al pensar que Sora deseaba estropearle su presentación al partido, luego se puso firme para romper el lazo de aquella inseguridad que la había llevado a ceder ante sus exigencias. ¡De ninguna manera podía continuar así!, por lo que realmente molesta, les dijo:

 —No tengo por qué soportarlos más. Si desean quedarse, adelante. Yo tengo un compromiso muy importante, así que pueden volver en taxi al departamento, así llegaron anoche, ¿verdad? No me necesitan, adiós.

Y los dejó dirigiéndose a pasos agigantados al estacionamiento donde había dejado su auto, porque era en éste en el que se habían transportado de un lugar a otro y antes de siquiera subir, miró como Joel y Sora le daban alcance, por lo que sin decir nada, todos abordaron y Andy manejó a su departamento en dondese preparó sintiendo mucha ansiedad, pues de verdad que era muy tarde, perola inquietud cedió un poco cuando justo antes de que partiera al campo de juego, tuvo la deseada visita de Gil, aunque la visita fue opacada por la presencia de José, quien había aceptado la invitación del rubio para verla jugar, sin muchos ánimos, por supuesto. 

—¡Gil! —exclamó Andy al abrirle la puerta y verlo— ¡Qué bueno que estás aquí!

 —Dejó de sonreír cuando posó su mirada en José—. Ah, tú también viniste.

—Vamos, vamos —dijo Gil alegre— ¿Hasta cuándo van a tratarse así ustedes? ¿Qué pasa, Andy, por qué no estás ya en el estadio? Vengo de CampusMilano y todas las chicas están enloqueciendo porque no llegas, así que me ofrecí voluntario para venir a ver qué sucede, porque tampoco contestas el celular, ni el teléfono en casa. Creímos que algo te había sucedido.

 —¿Han estado llamándome? —preguntó la joven tomando su celular para mirar por qué razón no lo había escuchado— ¡Qué raro, está apagado!

 Lo encendió mirando todas las llamadas no recibidas. Hacía horas que su entrenadora precisaba de su presencia. No comprendió cómo es que su celular estuviera apagado si ella no recordaba haberlo hecho, pero no pudo decir nada porque Gil la apresuró con voz enérgica.

 —¡Anda, anda que se hace tarde!

 —¡Bah! —soltó José con voz seca—. Ni que fuera a jugar en el Mediolanum Forum. La canchita a donde va no está tan lejos.

 —José, sabes que esa canchita que mencionas está en CampusMilano, el nuevo edificio de espectáculos y no es cualquier cosa —replicó serio Gil, con sus orbes pardos brillantes por tomarse las palabras de José personalmente y antes de que el amigo respondiera, fueron sorprendidos por una conocida voz:

—Yo también iré —dijo Joel haciéndose visible para los recién llegados—. Hola, José, Gil.

Ambos miraron sorprendidos a Joel, más José que no pudo dejar de ir a darle un fuerte abrazo a su hermano.

—¡Joel! —exclamó con voz emocionada— ¡Cuánto tiempo sin verte! Pero, ¿cómo así que estás en Italia? Nuestros padres…

—No saben que estoy aquí —le confirmó Joel—. Llegué anoche.

—¿Y a mí no me saludas, José? —preguntó Sora saliendo de la habitación para reunirse con ellos— ¿Cómo te va, Gil?

—¡Sora! —pronunciaron a la vez José y Gil. Ambos fueron a saludarla con un afectuoso abrazo y un beso en la mejilla. José preguntó— ¿Cómo es que se vienen y no avisan? Nuestros padres van a molestarse por esto.

—Lo siento —dijo Andy interrumpiendo tan animado reencuentro—, se me hace tarde para el partido, así que tengo que irme.

—Vamos —asintió Joel y ella le lanzó una mirada molesta. 

No quería que fueran al partido. Ni Joel ni Sora. No quería, no, ni siquiera José, al fin que al único que necesitaba para apoyarla, era a Gil. Así pues, no los necesitaba, a Joel menos, nunca lo necesitó, entonces, ¿por qué el hombre actuaba como si ella debiera depender de él para todo? Suspiró irritda y no pudo evitar preguntarse de nuevo por qué Sora y Joel estaban ahí. ¿Qué se traían con ella? Todo era tan estúpidamente ridículo y para ella todo el asunto era incomprensible.

Si llegaba a perder el próximo encuentro por haberle trastornado la vida con sus indeseables presencias y sus actitudes posesivas, juró para sí misma que se las pagarían, porque por su culpa había demasiadas cosas en su mente que la desconcentraban y ella necesitaba concentración. 

Se colgó del brazo de Gil para salir del departamento, ignorando a los demás. Él le sonrió alegre y colocando una de sus grandes manos en la de ella que sujetaba su brazo, le dijo por lo bajo:

—No te preocupes, van a ganar el campeonato.

Ella sonrió un poco, relajando así sus tirantes facciones. Era justo lo que necesitaba. Gil siempre sabía que decir para hacerla sentir bien. Inclinó su cabeza y la apoyó en la del rubio. Estaban del mismo tamaño y contrastaban de manera espectacular las cabelleras, por ser una rubia, muy rubia y la otra negra, así apoyadas las cabezas, entraron al elevador. Al darse la vuelta para quedar de frente a la puerta, se encontró con la mirada de Joel y su dureza la sorprendió. 

—¿Son novios? —preguntó Joel sin refrenar sus palabras, lo que debió hacer, porque a él no debía importarle si Andy tenía o no tenía novio, pero le importaba, y mucho. 

—Nosotros…

—¡Qué te importa! —interrumpió Andy a Gil, quien se disponía a dar una explicación—. Mi relación con Gil no es de tu incumbencia. 

Sora sonrió burlona, Gil enrojeció, Joel se molestó y José quedó mal al meterse donde nadie lo llamaba.

—No, Joel. Andy y Gil no son novios. ¿No la has visto? ¿Quién la querría de novia con su altura? ¡Mide lo mismo que nosotros! ¡Se supone que el hombre debe ser más alto que la mujer!

—¡Idiota!—insultó Andy—. Lo que sucede es que ustedes son bajos.

—Andy —susurró Gil apretando su mano para tranquilizarla—, recuerda el partido.

—Perdóname, Gil —lo miró avergonzada—. No es contigo el asunto.

—Yo no soy bajo —se defendió Joel irguiéndose.

Andy le lanzó una mirada burlona y se hizo el silencio, el que fue roto en el estacionamiento al decidir que todos se irían en el auto de Andy, así que el de Gil se quedó en el estacionamiento y ya en camino, José preguntó.

 —¿Escuchan ese extraño sonido en el auto? Parece el motor.

Pero nadie lo escuchó y el auto funcionó bien durante todo el trayecto, así, al llegara su destino, Andy salió corriendo rumbo a la sección deportiva para buscar los vestidores mientras Joel y compañía buscaban lugares frente a la cancha. 

—¡Andy! —exclamó Diana visiblemente preocupada. Se había pasado la última media hora mirando el reloj, además de que el equipo ya había hecho las prácticas de calentamiento y estiramiento— ¿Qué sucedió? ¡Llegas tarde!

—Lo lamento —se disculpó Andy sacando de una mochila el uniforme en un color rojo con vivos blancos—, unas visitas indeseadas llegadas anoche, me han entretenido todo el día.

Capítulo 6

Andy se vistió el uniforme y a partir de allí olvidó todo, menos el partido, así que se dirigió con sus compañeras a la cancha de juego.

—¡Vamos, chicas! —las abordó Mina, la entrenadora del equipo— El partido está casi por iniciar—Miró a Andy reprobando su tardanza— ¿Qué te ha pasado? No has llegado a la rutina de calentamiento.

—Lo siento —volvió a disculparse Andy—. Ahora mismo hago la rutina.

Comenzó con una serie de ejercicios de estiramiento y calentamiento. Esos ejercicios eran pesados y dolorosos para la mayoría, pero para ella eran fáciles de hacer. Tras completar la primera serie de un ejercicio, no descansó más de dos minutos antes de realizar la segunda serie del mismo ejercicio y durante el periodo de descanso, entre una serie y otra se masajeó el músculo que estaba trabajando para relajarlo.

De igual manera hizo al hacer la rutina en serie de saltos, sin embargo, aquí no olvidó que era importante que cuando pasaba de un ejercicio a otro nuevo, por ejemplo, de saltos a elevaciones de gemelos, no descansara nada e inmediatamente cambiara al siguiente ejercicio.

Ambos equipos ya en la cancha, continuaron con el calentamiento mientras daba comienzo el encuentro.

Entre el público, Gil dijo emocionado.

—¡Mírenla, esa es mi chica! Se ve preciosa con ese uniforme. Ustedes no la han visto jugar, pero es buenísima.

Joel lo miró airadamente. La frase, “esa es mi chica”, lo había molestado. No eran novios, así que, ¿con qué derecho utilizaba el adjetivo posesivo? ¿Y él? ¿Con qué derecho la había besado? Con el mismo que tuvo Gil para decir, “esa es mi chica”, o sea, con ninguno.

—Bravo por ella —dijo Sora fastidiada a más no poder—. Este ambiente no es para mí —dicho lo cual, miró con desaire a su alrededor frunciendo el ceño con disgusto. Todo lo que tenía que soportar para hacerle la vida imposible a Joel.

Ajena por completo al sentir de su hermana, Andy detuvo los ejercicios y cerró los ojos para disfrutar de la plática animada del auditorio. Estar rodeada de los espectadores, aficionados que amaban ese deporte como lo amaba ella, la llenaba de emoción. Los abrió y miró a su alrededor notando cada detalle. Para los espectadores, quizás el entorno no pasaba de ser sólo un campo de juego, pero para ellas, las jugadoras de ambos equipos, era más que eso. La cancha por ejemplo, para sus pies era especial, hermosa incluso, porque por ella andarían de arriba abajo, corriendo por sus dimensiones de veintiocho metros de largo por quince de ancho.

Inclusive la iluminación era muy preciada por los equipos, porque ésta debía ser uniforme, de manera que no fuera perjudicial para ellas en ningún momento del juego. 

Y fue en ese momento que el árbitro indicó que daría comienzo el partido. “ChicasReal” -nombre del equipo de Andy-, contra “Big” -nombre del equipo contrario. Cada equipo tenía diez jugadoras, pero sólo cinco participaban en el campo, sin embargo, de las otras cinco que quedaban en la banca, alguna de ellas entraba al juego a suplir a cualquiera de las compañeras cuando era necesario. Los dos equipos, acompañadas por el árbitro, acudieron al centro de la cancha en donde estaba trazado el círculo central de un metro con ochenta de radio, en el que se efectuaría el saque inicial. 

Dentro del juego del baloncesto, se tenían posiciones para situar a los jugadores. Estas eran: “Base”, número 1 en la terminología empleada por los entrenadores y éste era el que dirigía el juego de ataque de su equipo, mandando el sistema del juego y era de los más bajos de estatura. Estaba el “Escolta”, número 2, quien debía aportar puntos al equipo, con un buen tiro, incluyendo el tiro de tres puntos.

A continuación venía otro de los más bajos, pero no más que el 1 y se conocía como “Alero”, número 3. Este jugador era pieza básica para lanzar el contraataque y solía culminar la mayoría de ellos, su altura era intermedia entre los jugadores interiores y los exteriores. El “Ala-pívot”, número 4, servía de ayuda al pívot para impedir el juego interior del equipo contrario y era el que cerraba el rebote, un poquito más bajo que el número 5, llamado “pívot” y el de mayor altura que el resto y también, los más fuertes. El “pivot” usaba su altura y potencia para jugar cerca del aro, conjugando fuerza y agilidad, recogiendo el rebote corto, impidiendo el juego interior del equipo contrario y bloqueando la entrada de jugadores exteriores.

Andy era en terminología empleada por los entrenadores, el 5 y el número que lucía su playera era el 15, para ser reconocida con mayor facilidad, así los comentaristas del partido podían seguir la secuencia de sus movimientos a la hora de narrar el juego. Le seguía Diana, en terminología el 4 y el número en su playera era el 12. Después Lina, número 3 en terminología y el de su playera era el 9 Enseguida María, número 2 y el de su playera, el 7 y por último Raquel, número 1 y en su playera podía verse el 11.

El equipo contrario era similar y el uniforme de ellas era blanco. Una regla en baloncesto es que los equipos deben lucir uniformes en contraste. Color oscuro o fuerte, el contraste es color claro o blanco. En general, las reglas del baloncesto femenino son las propias del baloncesto, con algunas salvedades, como por ejemplo, la circunferencia del balón es de 72, 4 centímetros. 2 centímetros y medio más pequeño.

Así pues, Andy y la pívot de “Big” se colocaron en el círculo central para iniciar el partido con un estupendo saque. Éste se efectuó cuando el árbitro, a un costado de ellas, lanzó hacia arriba el balón y ambas chicas saltaron para golpearlo mientras las otras jugadoras de ambos equipos habían tomado la posición básica que les permitiría desplazarse con rapidez y facilidad en cualquier dirección y sentido, sin cruzar los pies en ningún momento, a la vez que mantenían la visión en observar la trayectoria del balón y a las jugadoras, tanto compañeras como contrarias. 

El balón fue golpeado por la contrincante de Andy y fue interceptado por una de las compañeras de la pívot, quien rápidamente jugó el balón en drible, la única acción que permitía a los jugadores desplazarse de un lugar a otro con el balón.

 Para cada equipo, el medio campo que contiene la canasta que se defiende, se denomina medio campo defensivo y el medio campo que contiene la canasta en la que se pretende anotar, se denomina medio campo ofensivo, así, la chica se desplazó hacia el medio campo ofensivo, botando el balón contra el suelo, recibiendo el rebote del mismo a la altura de la cadera, mientras Raquel corría a la par de esta jugadora para bloquear el avance y detener su carrera.

Las demás jugadoras, de ambos equipos, se habían desplazado al medio campo ofensivo, en el caso de “ChicasReal” era medio campo defensivo. Ellas hicieron el desplazamiento que se conocía como pivoteo, es decir, el desplazamiento sin balón y se situaron en puntos estratégicos cuidando a las contrincantes para evitar que estas recibieran la pelota y encestaran, pero el bloqueo de Raquel fue efectivo. La jugadora de “Big” se detuvo botando el balón en línea vertical, finteando a Raquel, buscando la oportunidad de pasarlo a otra compañera, y cuando la encontró, hizo el pase sin desesperarse. El pase llegó a la receptora -la “Escolta”- y ésta lanzó el balón al aro. El balón pegó en el tablero y rebotó. Andy saltó para recibir el rebote y sin perder un segundo, se desplazó corriendo a su medio campo ofensivo. El drible que hizo en diagonal fue muy bello.

Los dedos parecían acariciar el balón, sin golpearlo, pero sabiendo que el drible excesivo es negativo para el trabajo en equipo, hizo un pase a media cancha a Diana, quien buscó el balón adelante, sin dar chance a las contrincantes de interceptarlo. Las demás jugadoras se desplazaron también. Andy, sin dejar de correr después del pase, se colocó cerca del aro y esperó el balón que le pasó Diana a Lina y ésta se lo pasó a María, quien hizo el tiro por encima del bloqueo de su marca personal, por lo que la pelota rebotó en el aro e inmediatamente Andy saltó con la idea de clavarlo en la cesta, pero “el ala pívot” de “Big”la bloqueó eficientemente para evitar la jugada, sin embargo Andy logró quedarse con el balón.

A continuación, la número 15 de “ChicasReal” plegó la muñeca mientras todavía tenía el balón en las manos, descansando éste en las yemas de los dedos para que la toma fuera apropiada y con una seguridad de encestar, bien concentrada y tranquila, realizó el lanzamiento sin que esta vez la defensa del equipo contrario pudiera bloquearlo. El balón entró limpiamente a través de la red del aro, anotándose así, dos puntos a favor.

El saque, desde atrás de la línea de fondo, fue de “Big”, quien debía sacar antes de cinco segundos ya con el balón a su disposición. El equipo adversario jugó el esférico muy bien hasta situarse debajo del tablero del equipo de Andy. Ahora fue el turno de ellas encestar haciendo una buena jugada cuando Ala Pívotrecibió un pase de “Alero” y con gran soltura traspasó la canasta en un tiro magistral, burlando la marca de “ChicasReal”

María hizo el saque y Raquel lo recibió corriendo con él hacia el tablero del medio campo ofensivo. Ella hizo un pase de pecho, es decir, sostuvo el balón a la altura del pecho, con los codos ligeramente separados del tronco, los dedos separados sobre el balón y los dedos pulgares señalando uno al otro. Desde allí, llevó ligeramente el balón hacia adelante y abajo, atrás y arriba, junto con un paso adelante a la vez que extendió los brazos para dar impulso al balón con las muñecas y dedos, dirigiendo el pase entre la cadera y los hombros de Lina, quien con los brazos semiexpandidos y los dedos separados ligeramente flexionados, recibió el balón llevándolo hacia el pecho para lanzarlo a Diana, quien a su vez se lo lanzó a Andy, realizando la misma técnica que Raquel sin rebasar el tiempo límite que se da para hacer los lanzamientos, tanto de canasta, como de saque, de unos veinticuatro segundos.

Andy, marcada por la “Pívot” de “Big”, tuvo que ingeniárselas para recibir el balón, driblar y lanzarlo al aro, haciendo el doble paso a doble salto que consistió en un doble salto hacia adelante, cayendo primero sobre el pie correspondiente a la mano de lanzamiento, llevando el balón al costado, lo más lejos de la defensa del equipo contrario y luego, realizó el segundo paso con la otra pierna, la cual iba desde atrás y con este último paso hizo un salto hacia arriba y ligeramente adelante, dando cierta rotación al balón al momento de soltarlo para que éste entrara al cesto.

Fue una jugada de ovación. El público se puso de pie y los comentaristas hicieron con sus comentarios, más emocionante el momento.

—¡Es maravillosa! —gritó Gil, aplaudiendo emocionado. Miró a José con un brillo especial en la mirada— ¿No es cierto? —le preguntó y ese brillo especial era para José, como un reto para que aceptara que Andy era maravillosa.

—Bueno —dijo José, como muy desinteresado, pero también se había puesto de pie—, no es tan mala jugando.

—¿No es mala jugando? —repitió Joel, otro puesto de pie y le lanzó una mirada reprobable a su hermano— ¿Qué te pasa? ¡Es maravillosa! ¡Si hasta parece que danza con el balón!

—¡Bah! —masculló Sora, quien era la única que permanecía sentada— ¿Qué les pasa a todos ustedes? ¡Ni que fuera para tanto! Son buenas porque saben jugar en equipo. Si Andy jugara sola, seguro no sería tan genial.

—¿Ah, sí? Pues ya quisiera verte jugar un mano a mano con ella —replicó Gil sin dejar su entusiasmo.

Mientras ellos hablaban, en la cancha se cometió una falta contra Raquel. Cuando iba a lanzar el balón a la canasta, “Ala Pívotde “Big” la contactó con brusquedad excesiva y la sanción, a favor de Raquel, fue de dos tiros libres.
Por lo tanto, el balón fue para ella que se situó en la línea de tiros libres de su zona, a cuatro metros con sesenta de la canasta. Estaba confiada y concentrada. Botó el balón, enseguida, sin forzar el tiro, lanzó con estabilidad y equilibrio, coordinando las flexiones y extensiones de piernas, codos, muñecas y dedos.

El primer lanzamiento fue limpio. El tiro libre anotado sumó otro punto y el segundo sumó otro, no obstante, el equipo adversario pronto empató.

A medida que el partido avanzaba, la multitud emocionada aplaudía y el éxito no era aún para ninguno de los dos equipos. En cuanto a puntos, llevaban los mismos, pues así como subía el puntaje en el marcador para un equipo, el otro lo igualaba, sin embargo, Andy y su equipo ganaron ventaja gracias a una gran jugada que realizaron en el último periodo del juego, los que eran cuatro en total con duración de diez minutos cada uno.

En el minuto siete estaban en el medio campo defensivo y la “Escolta” de “Big” hizo un lanzamiento hacia el cesto, sin embargo, Diana lo interceptó y hizo un drible de velocidad, lanzando el balón hacia adelante para correr más rápido. Pronto estuvo cerca del aro del medio campo ofensivo y la defensa por parte del equipo adversario fue mixta, es decir, una combinación de defensa personal y de zonas, pero ella había ubicado a la siguiente receptora, María, quien recibió el esférico en un pase dado a manera de bolos porque Diana se lo había lanzado con una mano, sacando el balón desde debajo de la cintura simulando el lanzamiento de bolos.

María encestó haciendo el lanzamiento de gancho, con una única mano en posición perpendicular al aro, con el brazo estirado y deslizando suavemente el balón, así fue que consiguieron la ventaja y esto se debió a que María era una excelente tiradora y por lo regular casi siempre encestaba los tiros de tres puntos y ese último había sido uno de esos.

Y aunque el equipo contrario hizo rápido el saque, a media cancha Lina robó la pelota interceptándola en un mal pase y corrió botándola en el mismo drible que antes había hecho Diana y al estar cerca del tablero contrario, se detuvo, miró el cesto, flexionó la piernas como si fuera a saltar y engañó a la chica que la marcaba, quien saltó para atrapar o desviar el esférico en el aire, pero la número 9 no lanzó a la canasta, sino que manteniéndose flexionada, hizo el pase a Andy, la que lo recibió límpiamente adelantándose a su propia marca y escasos segundos antes de que terminara el partido, Andy afirmó la victoria al realizar un lanzamiento de bandeja.

Lo realizó en movimientos y distancias bastante cercanas al aro y lo hizo apoyando un pie en el suelo, el que le dio el impulso que necesitaba para saltar lo más cercano posible al cesto, mientras que la otra pierna quedó flexionada adelante y la mano del lanzamiento fue la contraria a la pierna de impulso, ayudándose con el tablero y el adecuado movimiento de la muñeca para que el balón tomara la rotación necesaria y pudiera entrar al cesto, ante el inútil intento de la defensa de “Big” por evitarlo. 

El silbato que anunció el fin del juego sonó en el preciso momento en que el balón terminó de pasar por la red. Los espectadores no se hicieron esperar para correr a la cancha y rodear a sus jugadoras estrellas, mientras que las integrantes de “Big”, felicitaron a las de “ChicasReal” antes de retirarse, mostrando así lo profesionales que erean, pues no había sentimientos negativos contra las ganadoras.

Con el último lanzamiento habían obtenido cinco puntos más que “Big” Había sido un partido muy reñido y el empate no era opcional. Ambos equipos habían dado todo de sí y aunque la victoria había sido solamente por cinco puntos de diferencia, estos eran demasiados cuando del capeonato se trataba.
—¡Andy! —gritó Gil, abriéndose paso por entre el gentío que llenaba la cancha. En cuanto estuvo frente a ella, no pudo evitar abrazarla, lleno de júbilo por el partido— ¡Felicidades a todas! Fue un gran partido.

Y la hubiera tenido abrazada por un buen rato si no es porque otros brazos lo apartaron con brusquedad. Andy quedó frente a Joel y él, con la mirada bien abierta, iluminada por la admiración, también la abrazó, lo que la tomó por sorpresa, pues era algo que no esperaba. No pudo reaccionar a tiempo, así que permaneció pasiva con los brazos bajos, escuchando la voz de Joel en su oído que le murmuró:

—¡Grandioso! ¡Juegas muy bien! ¡Ni idea tenía de cuánto!

Y en lo único que Andy pudo pensar, fue que no debía oler bien. Sudaba por todos los poros y de seguro estaba despeinada por correr tanto. Además, debía estar colorada hasta en la parte no visible de su piel a causa de tan fuerte abrazo, sin mencionar que comenzaba a faltarle el aire por su cercanía, ¿cercanía? Joel se adhería a ella como un guante. Suspiró cuando ahora, Joel fue apartado de ella y esta vez estuvo frente a José, quien con una gran sonrisa le tendió la mano y ella, boquiabierta, la miró unos segundos, tan largos, que él dijo:

—¿Qué? ¿Tanto me odias que no aceptas mi mano? Es mi manera de felicitarte por el gran partido que han tenido.

Ella aceptó la tregua mediante esa felicitación. José se veía sincero. Al tomar su mano, él la atrajo hacia sí y le dio un rápido abrazo, tan rápido, que Andy se preguntó si no lo había imaginado. Ya no tubo tiempo de verificarlo preguntándole si de veras la había abrazado porque Mirna fue por sus chicas, las que no podían ya con tantos abrazos por parte de sus fans y las llevó al lugar de la cancha en donde les entregaron su trofeo. Una grandísima copa chapada en oro, la que tenía en el frente y por detrás un jugador de baloncesto grabado tan detalladamente, que parecía real.

Las chicas recibieron el trofeo y entre todas lo levantaron ante la ovación y aplausos de sus fans, mientras los fotógrafos de periódicos y revistas de deporte, hacían de las suyas, tomando fotos en abundancia. Después, las cansadas, pero felices jóvenes, se fueron a los vestidores.

Entre tanto, aún sentada en el asiento, Sora había observado todo y su expresión seria permanecía serena, sin embargo, su mirada mostraba ira. Con la mirada buscó a sus tres acompañantes, pero no pudo verlos entre la gente que todavía atestaba la cancha.

Se levantó para ir a la parte del edificio que contenía los vestidores. Sólo que se perdió, porque anduvo deambulando por los pasillos sin encontrarlos. Los selañamientos parecían no estar bien, porque ella no era una tonta como para no saber seguirlos. A quien encontró, fue a un par de hombres que vestían de manera informal, pero sus prendas de vestir eran de calidad. Ella era gran conocedora de la buena y alta costura. 

—Buenas noches —la saludó uno de los hombres, con una sonrisa agradable— ¿Sabe de casualidad dónde están los vestidores de damas? Por lo que hemos visto, este edificio es enorme y creo que nos perdimos y eso que seguimos las señales, parece que nos han conducido a otro lado. Nos informaron que allí encontraremos al equipo ganador y a su entrenadora.

Ni la escasa luz de los pasillos pudo opacar la belleza de Sora, quien se vio aún más bonita cuando sonriendo, preguntó:

—¿Buscan a mi hermana? Soy Sora Miles, Andrita Miles es mi hermana.

—¡Ah, señorita Miles! ¡Es usted la famosa modelo! Gusto conocerla. Nosotros representamos a la WNBA —Sora entornó los ojos sin entender—. Venimos de parte de la asociación Nacional de Baloncesto Femenina —explicó uno de ellos.

—¡Ah, son ustedes los cazatalentos! —exclamó Sora, más para sí que para ellos, sintiendo como el disgusto la hacía palidecer— ¡Qué lástima! ¡Creo que ellas ya se han marchado!

—¿Cómo? —los hombres se miraron preocupados— ¿Dónde podemos encontrarlas ahora? Lo que sucede es que tenemos que marcharnos a los Estados unidos mañana a primera hora. Es urgente que las veamos.

Sora movió la cabeza de un lado para otro. Con voz aparentemente suave, dijo:

—Lo siento. Algo me dijeron de que irían a festejar, pero no se dónde. ¡Qué tristeza no poder ayudarlos! —Sacó su celular mientras hablaba— Pero miren, déjenme le marco, quizás pueda localizar a mi hermana, o a alguna de sus compañeras —fingió marcar unos dígitos y esperó. Después de unos instantes, movió la cabeza y continuó diciendo— No, nadie contesta. La máquina me dice que están fuera de servicio. Creo que no quieren que las molesten.

Los hombres asintieron. Uno sacó una tarjeta de un portafolio que llevaba en mano y se la dio a Sora diciéndole:

—Está bien. Es su noche de éxito. Si llegara a saber de ellas, ¿puede decirles que nos hablen a este número? Es el hotel donde nos hospedamos.

—¡Claro que sí! ¡Yo me encargo!

A continuación, los hombres se marcharon y Sora murmuró con voz llena de ira y amargura.

—Por supuesto que sí, hermanita. Yo me encargo, pero de destruirte. Tan fácil que hubiese sido si hubieras aceptado ir a verme a Estados Unidos. Ya lo tenía todo planeado, pero no, tenías qué negarte.

Miró la tarjeta un instante antes de romperla en pedazos al momento de murmurar con voz amarga.

—¡Hace dos semanas robaste mi esperanza! ¡Y eso no te lo perdono!

Capítulo 7

Dos semanas atrás. Estados Unidos.
 
—¡Por favor, Sora! —pidió impaciente el fotógrafo— ¡Deja de moverte! No logro tomar la fotografía adecuada. Mantén la posición que te dije.

Sora suspiró molesta. En ese momento no le importaba nada que no fuera su relación con Joel, pues tenía días que él estaba distante, frío y cansado.

—¡Que dejes de moverte, maldición!

Sora miró al joven fotógrafo con hastío. Estaban en una sesión de fotos para una de las prestigiadas revistas de moda. Ella lucía un atuendo de temporada, fino, cautivador y elegante y todavía le faltaba modelar otros. La tarde se le estaba antojando demasiado larga y desesperante.

—¡Ya! —dijo, por demás fastidiada—. No puedo concentrarme y solo estamos perdiendo el tiempo, así que creo que mejor lo dejamos para mañana.

El fotógrafo miró la cámara profesional y movió la cabeza al decir:

—No podemos postergar la sesión. Mañana en la tarde estas fotos deben estar en la imprenta. Tú lo sabes.

—Entonces dame un par de horas, necesito mejorar mi mal humor.

—Sora, más tarde no puedo; tengo un compromiso con Ortega —replicó el fotógrafo con gran impaciencia— ¡Hace días que venimos postergando este trabajo! ¿Qué te pasa? ¡No estás siendo nada profesional! ¿Se trata de Joel?

Ella miró a su compañero de trabajo con ojos entornados por un breve momento. Habían hecho una buena amistad, pero no era tan íntima como para divulgarle sus problemas sentimentales. Así que ignorando que él tenía ese compromiso con Ortega, otra de las modelos, se despojó del fino vestido que modelaba, quedando sólo en ropa interior y volviendo la atención a su compañero, dijo con sequedad.

—No te importa, William. Métete en tus asuntos. 

William, un joven alto y delgado, cuyo rostro lucía abundantes pecas, y que para nada se sintió impactado ante la belleza semidesnuda de Sora, sonrió sarcástico cuando exclamó:

—¡Ah, sí se trata de Joel!

Sora le lanzó ahora una mirada de pocos amigos mientras se ponía su falda y la blusa que hacía juego. También se cambió las zapatillas. Las de ella eran de tacón más bajo y diferente diseño, propio del atuendo que llevaba.

—No te enfades por lo que voy a decirte —continuó William apagando un poco su sonriente expresión —, pero he notado que Joel ya no es el mismo. ¿Hay nubes en el horizonte del amor?

—Déjame en paz, Will —pidió Sora, tomando su bolso para dirigirse a la salida del estudio fotográfico—. Volveré más tarde.

—Más tarde estaré ocupado, ya te lo dije, pero te espero aquí en la noche, como a las diez —reatificó Will muy serio.

Sora no dijo más y salió, olvidándolo de inmediato, pues ya en su auto, que corría veloz por la autopista con rumbo al lujoso departamento que compartía con Joel, repasaba de nuevo en su mente la indiferente actitud de su amado, amargándose su corazón de dolor ante sus preocupantes cavilaciones. Ella lo amaba y creía no poder vivir sin él, pero algo o alguien lo estaba apartando de ella. 

¿Quién? ¿Qué? No podía ser falta de amor. No, porque las noches que compartían eran apasionadas, más que eso, lo sentía vibrar contra ella. Si eso no era amor, ¿qué era entonces? Y cerró la mente al pensamiento de que podía ser solo atracción física y nada más.

Llegó al edificio en donde tenían el departamento y en el estacionamiento, notó que el auto de Joel no estaba. Seguramente andaba supervisando alguna de las galerías que había abierto por toda la ciudad. Además, había otras en ciudades importantes de E.U y en alguna otra en el extranjero. Estaba por ir a París, Francia a presentar su más reciente colección y planeaba abrir una galería ahí también.

 Sí, su amado Joel estaba muy ocupado trabajando para deleitar los ojos de sus admiradores, pero en los últimos días se encerraba en su estudio día y noche y ya no tenía tiempo para ella, dándole excusa tras excusa cuando ella pedía de vuelta su atención. 

Sumida en sus pensamientos, se introdujo en el elevador del edificio, haciéndose de nuevo las mismas preguntas que siempre volvían para atormentarla.
¿Qué lo estaba mortificando? ¿Qué lo estaba apartando de ella?

Salió del ascensor y caminó por el pasillo, sonando alto y claro los tacones sobre el brillante piso hasta detenerse ante la puerta del departamento que rotulaba el número 601 del sexto piso, al que entró.

La decoración del departamento era exquisita, digna de ella que tenía buen gusto y no escatimaba gastos en cuanto a complacerse en lo que deseaba. A Joel parecía darle lo mismo, pues ella sola lo había decorado sin que consiguiera la más mínima participación de él, sin embargo, el que Joel no fuera tan detallista no le importaba mientras la siguiera amando.

Porque era su amor lo único que necesitaba, pero algo lo estaba apartando de ella. Ya lo había interrogado, muy sutilmente al principio, pero él no le había dejado entrever nada, y unos celos horribles la martirizaban. Como en ese momento que pensó que quizás Joel aprovechaba cuando ella no estaba para ir a verse con otra persona. Alguien con faldas. Una mujer. ¡Maldita sea la que se atreviera a posar sus ojos en él! 

Al sentir sus entrañas arder por la sospecha, su mal humor se incrementó, otorgándole el deseo terrible de eliminar a alguien, aumentando también su ansiedad por el hecho de que sus ojos no se habían complacido en ver a su amado, ya que por eso había recorrido semejante distancia del estudio al departamento, sólo para verlo. Por estar a su lado solo unos momentos, había dejado botado su trabajo.

Recorrió el departamento, deteniendo la mirada en las hermosas pinturas que Joel había hecho y que adornaban las paredes y si estaban ahí, era porque ella misma las tomó del estudio y les encontró un mejor lugar. Al mirarlas ahora con suma atención, notó algo que ya había visto, pero no le había dado mucha importancia y era que Joel tenía una técnica diferente a los demás artistas que ella conocía.

Los temas de sus pinturas siempre atraían porque había en éstas una variedad de colores entremezclados y cada color representaba una época, una cultura, un ser vivo, un desastre, una agonía, un sufrimiento, una alegría, un abuso, una esperanza, una opresión, una batalla, un triunfo, el amor… en fin, sus pinturas hablaban, emitían sentimientos. ¿Cómo? Solo Joel sabía cómo. 

Quizás fuera que sus pinturas compaginaban con el estado de ánimo del que las observara, porque al examinar una de ellas, él cuadro le habló de dolor, un desconsuelo tal que sus ojos se llenaron de lágrimas a pesar de que la pintura exponía un soberbio paisaje, un gran lago cuya transparente agua reflejaba una cabaña a la orilla de éste, algunos árboles, un hombre pescando con su perro a su lado y algunos cisnes nadando, pero eran tal vez los colores del ambiente del paisaje, lo que le daba esa sensación, porque era uno presagiando tormenta, uno gris que opacaba la luz y el calor.

Se estremeció sintiendo frío y pensó en volver al estudio, pues de pronto se sintió tonta al estar frente a esa pintura que, como todas las demás, veía diariamente, pero no se movió, sino que continuó ahí y su mirar se detuvo en la esquina baja del lado derecho del cuadro. Como a unos cinco centímetros retirados del marco, estaba la firma de Joel, con la que culminaba sus obras, así que todas lucían esa huella y hasta entonces notó que era una firma muy curiosa.

El tamaño de las letras dependía del tamaño de la pintura y era hecha con alguna tinta que contrastara con el resto, siendo sólo su apellido en mayúsculas. Tres de la letras eran extrañas, pero se distinguía muy bien el nombre YOXALL. Vista la Y, era una Y extravagante, porque había algo en ella, pero sin despertar mayor interés, luego en la A, había también algo que la distorsionaba un poco, pero se identificaba con claridad. La L final también lucía extraña, mas a simple vista era como la que le antecedía, así que aunque algunas letras se vieran raras, el apellido YOXALL se leía bien, por lo que no llamaba la atención más allá de ver quien era el pintor.

Por lo tanto, Sora pasó por alto la peculiar firma y retirándose de ahí, caminó por el pasillo hasta detenerse frente a la puerta del estudio de Joel, el que por lo regular estaba cerrado con llave. Ella, aunque se mortificaba porque Joel la dejaba entrar poco a su lugar de trabajo, respetaba eso. Sabía que el espacio entre esas cuatro paredes era como su santuario, donde el hombre descargaba sus problemas, emociones, sentimientos, amor, tristezas y todo lo que era él.
Entonces pensó que era seguro que esas cuatro paredes supieran qué lo estaba apartando de ella, quizás si entraba, podía descubrirlo. ¿Sería posible encontrar alguna pista en su santuario? ¿Cualquier cosa que le mostrara el porqué del desamor de Joel para con ella? 

Con mano insegura tomó el picaporte y lo giró, teniendo la certeza de que estaría con llave, así que fue grande su sorpresa cuando el picaporte dio el giro deseado y la puerta, con un pequeño rechinido casi inaudible, se entreabrió, por lo que sin perder tan maravillosa oportunidad, empujó de lleno la hoja de madera para abrirla totalmente y entró, deteniéndose a media habitación para mirar en torno.

Era una habitación muy ordenada, aunque no había gran cosa en cuanto a muebles. Un escritorio de madera pulida, un sillón detrás de este, una mesa de trabajo en donde reposaban todo tipo de pinturas y pinceles, desde el más grueso hasta el más delgado, bocetos en papel, aceites y lijas.
En una de las paredes había un anaquel de tamaño mediano y cosas así se veían en buen orden, además de unas telas en blanco, algunas ya listas para el caballete y otras en rollo, de donde eran cortadas a la medida deseadad. También había marcos de diferentes tamaños y franelas dobladas escrupulosamente, entre otras cosas que Joel utilizaba, pero que ella no sabía que eran.

Caminó por la habitación levantando cosas, ya en la mesa, ya en el anaquel, ya en el escritorio, buscando… lo que fuera que le diera pistas sobre el desapego de Joel, pero no encontró nada que no fuera cosas de trabajo. Sus ojos notaron el caballete que a media habitación, hacía juego con una mesita que estaba a su lado y que servía para colocar las pinturas, franelas y pinceles con los que trabajaba. Pasando rápidamente la mirada sobre la mesita, le llamó la atención una pequeña caja de alfileres, una de palillos y un par de lupas que había a un lado de las franelas, pero después volvió su interés al caballete.

Joel estaba trabajando en un cuadro que incluiría en la exposición que haría en Francia. Al mirar la pintura, descubrió que ya estaba terminada y pensó que era muy bonita mientras la recorría de arriba abajo, entonces, sus ojos quedaron fijos en la singular firma y frunció el ceño.

Bajó la mirada a las lupas que eran de diferente tamaño y a su lado descubrió un lente de aumento, como esos que tienen los joyeros para ayudarlos a examinar los diamantes. Ella no sabía que Joel utilizaba lupas o lentes de aumento para hacer sus cuadros, aunque al descubrirlo, pensó que era comprensible. Había pequeñísimos detalles en las pinturas que sólo así se podían trabajar para que quedaran perfectos.

No tanto por curiosidad, sino porque quería disfrutar el mundo de Joel más de cerca aunque fuera una vez, tomó el lente que estaba hecho para que al ponerlo sobre cualquiera de los ojos, éste quedara sujeto en la órbita ocular. Se lo acomodó sobre el ojo derecho y miró la pintura, sonriendo un poco cuando las líneas de colores saltaron enormes ante su ojo. Recorrió la pintura de un lado a otro, de arriba abajo y fue precisamente en la parte baja donde finalmente se detuvo, observando el detalle que le llamó a grado sorpresivo su atención.

 La firma de Joel. 

Reteniendo el aliento, se quitó el lente con enormes deseos de arrojarlo al suelo para estrellarlo ahí, porque ese pedazo de cristal le había revelado algo por demás increíble. Algo que no podía creer, aunque allí estaba ante ella, invisible a simple vista. Miró la firma y esta apareció normal, salvo esas pequeñas líneas en las letras Y, A y L, cuya alteración no decía nada, pero con el lente o las lupas, decían todo.

 A ella le mostraban todo. El porqué del desamor de Joel. El porqué había dejado de amarla.

Temblando ante la prueba evidente de qué o mejor dicho, de quién apartaba a Joel de ella, volvió a colocarse el lente con manos temblorosas, abrazando en el forndo de su ser la súbita esperanza de que hubiera visto mal, de que su visión alterada por el lente hubiera imaginado todo.

No obstante, la visión de su ojo era perfecta, porque ahí seguía ella. A la vista normal, invisible, pero ahora visible ante el lente ¡Qué tonta había sido todo ese tiempo que creyó que Joel la amaba! ¡Qué ilusión vana al pensar que un día estaría frente al altar, con él a su lado, alguien tocando para ambos la marcha nupcial! ¡Qué ilusa al pensar en un futuro prometedor con él!

Ahora vio a otra tomando su lugar, porque no había duda, Joel la amaba a ella. Era evidente por la forma en que la había plasmado en todas sus pinturas. En todos sus trabajos. En cada uno de ellos. La firma era igual, idéntica. ¿Por qué ella? ¿Por qué su hermana? ¿Por qué Andrita? Y al haberla plasmado en las mismas letras de su nombre, entrelazándolos así tan íntimamente, le aclaraba cualquier duda que pudiera tener al respecto. Joel, su Joel, amaba a Andrita.
Lágrimas de decepción brotaron de sus ojos y se negó a apartar la mirada de ella. Aunque se le nubló la vista, vio con claridad la imagen de Andy. La primera estaba grabada en la Y, en un diseño perfecto y laborioso. Sin duda había implicado mucho trabajo por lo diminuto, pero con la práctica, seguro ya era un experto. La imagen de Andy era inconfundible, pues eran sus rasgos, su cabello… sus ojos acuosos.

 En esa era una niña y estaba de pie recargada sobre la línea inferior de la Y, viendo al frente con una mirada llena de llanto, y las lágrimas iluminaban sus ojos, pero detrás de ese brillo podía verse un dolor tan grande, que Sora gimió por un momento. ¿De donde venía tal sufrimiento? El sentimiento de su mirada, libre de los anteojos que de niña solía usar, se reflejaba en su rostro alterando sus facciones de tal manera que contagiaba.

—¡Oh, Joel! —murmuró Sora, dolida— ¿Cuándo fue que viste así a Andrita? Esa mirada es para ti, ¿verdad?

Ahora dirigió el lente a la A. Allí estaba Andy sentada sobre la línea de en medio de la letra, la que estaba un poco más abajo de lo normal. Se encontraba de lado, su espalda recargada en el arco del triángulo del lado izquierdo, tendidas las piernas sobre la línea central, con sus pies tocando el arco derecho. Tenía sus manos en el regazo y con el rostro vuelto al pintor, veía un punto indefinido, así que su mirar era extraviado. Sonreía, pero su sonrisa no alcanzaba a llegar a sus ojos y tampoco iluminaba su rostro. Más bien, la tristeza parecía desprenderse de toda la imagen, siendo ya en esta, una adolescente.

Sora se estremeció sintiendo esa misma tristeza. Supo con certeza que Andrita sufría por Joel. Jamás lo hubiera sospechado y en su corazón se agrandó la herida. En la última letra, Andy aparecía también de pie, como si ella fuera la línea vertical de la L, y al igual que en la A, sonreía, pero ahora esa sonrisa alcanzaba sus ojos y el brillo de estos parecía decir que lo había superado. Que ante ella se abría una nueva vida sin él. En esta imagen, Andy ya tenía más edad, así como cuando dejó de verla.

—¡Santo Dios! —exclamó más sorprendida todavía, cuando su visión aumentada se detuvo en el punto final de la firma— Te amo… ¿Eso dice el punto? ¿Te amo?

Fue suficiente, se quitó el lente y lo arrojó contra la pintura. El lente rebotó y cayó al suelo rompiéndose, mientras una gran gama de sentimientos se mezclaban entre sí provocándole todo tipo de sensaciones.

—¡Sora! ¿Qué haces?

En el umbral de la puerta, Joel la miró sorprendido y molesto. Ella lo miró furiosa. 

—¿Qué le haces a mi pintura? —inquirió cuando ella no le contestó y entró dirigiéndose a la mujer— ¿Por qué has entrado aquí?

Cuando ella lo tuvo delante de sí, levantó una mano y le cruzó el rostro con una fuerte bofetada a la vez que gritaba.

—¿Cómo puedes hacerme esto? ¿Cómo pudiste enamorarte de ella?

Joel se masajeó la mejilla que le ardió por la bofetada. La miró como si hubiera perdido la razón.

—¿De qué hablas?

—¡De eso! —gritó colérica, fuera de sí— ¡Ya no puedes engañarme! ¡Lo sé! ¡La amas a ella! ¡A Andrita! —señaló la pintura— ¡Allí está la prueba! ¡Hasta lo confiesas con palabras escritas! ¡Maldito! —Y lanzó golpes contra su pecho con los puños— ¡Niégalo! ¡Dime que no es cierto!

Él se dejó golpear y permaneció mudo. Sora levantó la mirada, reflejándose en ella el dolor de la traición y sus ojos le suplicaron en silencio, pero Joel miró sobre la cabeza de ella para no ver la condenadora súplica. ¿Qué podía decirle? ¿Que venía arrastrando ese amor desde que era un jovencillo inmaduro e irresponsable? ¿Que no podía olvidarla y por eso la plasmaba en todas sus pinturas? ¿Que al dibujarla en las letras de su nombre lo hacía sentirse cerca de ella, porque sabía que estaba perdida para él?

—Lo siento —fue todo lo que dijo.

—¡No! —gimió ella y la ira la cegó tanto que sin poderse refrenar, se agachó para tomar un pequeño cristal del lente y con él, se fue contra la pintura y rasgó la tela, arruinándola por completo y gritó desaforadamente— ¡Maldita seas, Andy! ¡Te odio! ¡Te odio!

Joel no intentó detenerla, ni siquiera cuando, por estar tan pequeño el cristal, ella misma cortó sus dedos al sujetarlo. Insatisfecha con el resultado de su ira, Sora volcó la mesita de ruedas, corrió al escritorio y con ambas manos lanzó todo lo que allí había y algunas cosas se las lanzó a Joel, quien sólo cabeceaba o se movía de un lado a otro para evitar que lo golpeara. La enloquecida mujer hizo lo mismo con lo que había en el anaquel y la mesa de trabajo. En cuestión de segundos, el estudio pasó a ser un completo caos.

—¿Ya terminaste? —le preguntó él cuando ella ya no encontró que más destruir.
Respirando odio y agitación, Sora le lanzó una mirada asesina. Con voz ronca dijo:

—No, no he terminado. Ni creas que me vas a botar así como así. Te lo juro, Joel. Tú eres mío. Ahora y para siempre.

—Sora…

—he dicho.

Con eso, salió del estudio azotando con fuerza la puerta al salir. Joel se quedó de pie a media habitación, mirando todo el desorden. Cuando salió del estudio, Sora ya se había marchado. Él suspiró con cansancio. Finalmente Sora podía dar por terminada su relación. Últimamente ya no se sentía bien a su lado, pero no encontraba la manera de hacérselo saber, pues no quería herirla. 

Había pasado buenos momentos a su lado y la estimaba mucho, por eso pensaba en sus sentimientos. No deseaba lastimarla por ningún motivo. En cambio a Sora no le importó lastimarlo a él con sus amenazas, por ello, se dedicó en los siguientes días a buscar apartamento. Fue evidente desde un principio que Sora no lo dejaría partir cuando se mudó a la habitación de un hotel mientras encontraba un futuro hogar, pues la despechada mujer lo siguió hasta allá. 

Pero otro enfrentamiento de los más terribles, lo tuvieron unos doce días después, cuando él encontró departamento y Sora lo descubrió arreglando su maleta para mudarse.

— ¿Y crees que te librarás así de mí? ¡Qué fácil para ti irte y dejarme, después de que te di todos los años de mi vida!

Ella estaba frente a él, lanzando despecho y odio por la mirada, hablando con voz desdeñosa y dura. Mantenía una actitud altiva y a la vez dolida.

—Sora, por favor. Lo nuestro ya no es bueno.

—¡Calla! —gimió ella— ¡No blasfemes de nuestro amor!

—¿Cuál amor, por Dios? ¡Entre nosotros ya no hay amor!

—¡Te amo! ¡Te amo y no puedes dejarme! —se le abrazó por el tórax, apretándolo con fuerza, asfixiándolo con su perfume. Entre más días pasaba a su lado, menos deseaba quedarse— ¡No te vayas!

Su llanto le dolió. No quería hacerla sufrir, pero si se quedaba, sufrirían más los dos.

—Tengo que irme —le dijo con acritud y separándola de él con firmeza—, además, en un par de días viajaré a Francia. Pienso pasar algunos meses allá.

—¡No! ¡Llévame contigo! 

—No, lo nuestro ya no puede ser. ¿No lo entiendes, Sora? No te amo.

—¡Porque la amas a ella! —gritó con desdén, dejando su actitud de súplica— Irás a verla, le dirás que la amas, ¿verdad?


Él titubeó.
—¿Harás eso? —la mirada de ella lo traspasó llena de resentimiento— Joel, te juro que si lo haces, la mataré. ¡La haré venir y la mataré!

—¡No digas tonterías! —pidió él, sacudiéndola con vehemencia para que se retractara de lo dicho— ¡Es tu hermana!

—¡La mataré! ¡Te lo juro!

Y sus miradas se enfrentaron. La de él incrédula, la de ella llena de odio y muerte. Joel se estremeció y se alejó de Sora. ¿Era capaz de matar a su hermana?




Capítulo 8
De momento él lo dudó, pero Sora, temblando de ira, dijo entre dientes, arrastrando las palabras.

—Lo haré, Joel. Déjame y lo lamentarás.

Enseguida, Sora se dirigió a la cocina e ignoró el intento de Joel de hacerla entrar en razón.

—Sora, deja de decir locuras.

—¿Locuras? —ella se detuvo en el umbral de la puerta, desde donde lo miró, pues él la había seguido, y Joel volvió a estremecerse ante el extraño brillo de su mirada... en sí, era un destello donde podía verse la locura—. Déjame te muestro lo que haré con ella.

Entró a la poco utilizada estancia, pues casi siempre solían comer fuera y de una alacena de piso fabricada en fina madera, abrió el cajón que servía para guardar los cuchillos y tomó uno de los medianos; con él en mano miró otra vez a Joel y la luz demente de sus ojos se incrementó. 

Joel retrocedió cuando ella se dirigió a él, listo para defenderse en el caso de que ella quisiera atacarlo, pero Sora pasó a su lado y dirigiéndose ahora a la sala, fue directamente a un mueble, en donde sostenida por un porta retratos, estaba una fotografía de Andy enmarcada en uno de plata y un cristal nítido por su transparencia, la protegía del polvo. La fotografía había sido tomada en un momento en que ella lucía una sonrisa apacible, lo que le daba al rostro una expresión serena.

Sora tomó el marco y lo golpeó contra el mueble que lo había contenido. El cristal se hizo añicos permitiéndole sacar la fotografía. Después arrojó la imagen de su hermana sobre el sofá y con fiereza, la traspasó una y otra vez hasta que la foto de Andy quedó hecha pedazos y el sofá recibió también las arremetidas del cuchillo.

—¡Así! ¡Así le haré! —decía Sora con voz transformada, riendo desquiciada.

—¡Dios, mío! —murmuró Joel para él mismo, mirando la escena con perplejidad y disgusto— ¡Ha perdido la razón! Definitivamente no puedo seguir a su lado.

No obstante, en vez de salir del departamento con maleta en mano, entró a la habitación y se sentó en la cama. La risa de Sora llegó hasta allí, rodeándolo como si de cadenas se tratasen, sí, porque se sintió atado a ella y sintió la sofocación de la sujeción.

—¡Cielos! —murmuró afligido, pasándose nervioso los dedos por el cabello en un intento de tranquilizar el torbellino emocional que lo angustiaba— ¡No puedo irme! ¡Sí es capaz de matarla!

Y esa era la realidad. No podía irse por temor de que Sora le hiciera daño a Andrita. Levantó la mirada cuando sintió la presencia de ella y no pudo evitar mirarla dolido. Sora fue a sentarse a su lado, envolviéndolo en una mirada llena de dulzura, como si la acción anterior no hubiera existido y llevando una mano a la cabeza de él, dejó libre su cabello que tenía recogido en la nuca y tomando un mechón, lo llevó a su nariz oliendo su fragancia, extasiándose en el olor masculino, acariciando su propio rostro con el cabello.

—Somos el uno para el otro, Joel—le dijo, acercando ahora sus labios a su oído para seguir murmurándole con voz provocativa—. Hazme tuya, olvida a esa niña que no se compara conmigo.

Haciéndola a un lado, el hombre se levantó con lentitud, rechazando así sus atenciones y su proposición.

—¿Me rechazas? —Inquirió la mujer con voz herida. Era verdad que hacía tiempo que él no estaba con ella da la forma que deseaba, pero no la había rechazado tan directamente como ahora— ¿Por qué? ¿Por qué no puede ser lo que era? —Y su mirada mostró la humillación de la desaprobación.

—No me iré, Sora, me quedaré. No le diré nunca a Andy que la amo, pero déjala tranquila, por favor.

Ocultando la ignominia y el dolor, Sora se levantó. 

—Bien —dijo con voz opaca—, acepto eso, pero quiero que la olvides.

—Lo haré —respondió en el mismo tono de voz que Sora había empleado, uno aparentemente mesurado.

Pero Sora no le creyó, ¿Acaso él creía que era estúpida? Por eso, esa noche, sin presentarse a la cita que tenía con su fotógrafo, se dio a la tarea de recorrer los más bajos tugurios de la ciudad buscando a alguien que se atreviera a quitar la vida. Desde ese momento, su plan se fue maquinando de tal manera que ya se veía sin el estorbo que era Andy, porque nadie, ni siquiera su propia hermana, le arrebataría el amor de Joel.

Y se dedicó con todo su ser a realizar su obsesión, que no supo que por la tarde del día siguiente, Joel recibió una llamada de su agente. Estaba preocupado por la modelo. Sora no se había presentado a las sesiones programadas para las fotos de modelaje y había faltado a la entrevista que un programa de televisión famoso le haría. Además de eso, al día siguiente tenía un ensayo en una casa de modas, el que era muy importante, porque a mitad de semana tendrían el gran desfile de temporada en New York.

Así que Joel también se preocupó. Para que Sora hubiera dejado botado todo su trabajo, era porque andaba detrás de algo y su instinto le dijo que ese asunto tenía que ver con su hermana. Presintió que Sora seguía con su intento de dañar a Andrita.

—¿Dónde has estado?—le preguntó esa noche, o la madrugada, porque Sora había llegado al departamento a las dos—. Tu agente ha estado llamando, está preocupado por ti. Estás faltando a tu trabajo.

Sora lo miró con indiferencia. Se encontraba pasada de copas y parecía muy feliz. Sin decir nada, se fue directamente a la cama sin siquiera despojarse de la ropa de calle y se quedó dormida. Joel se acostó a su lado, pero le dio la espalda, dispuesto a no dormir para vigilarla, sin embargo, se sentía tan cansado que el sueño lo venció y cuando despertó, ella ya no estaba. 

Maldijo su debilidad. ¿A dónde había ido? "Serénate", se dijo mientras una opresión rara oprimía su pecho. "Sora está muy lejos de ella, no puede dañarla", no obstante, la opresión no cedió. Sintió la necesidad de tener a Sora frente a él y no quitarle la vista de encima. Después de ducharse, aunque el sol aun no despuntaba en el alba, hizo algunas llamadas, pero no la localizó. Buscó en la lista de llamadas hechas en las últimas horas y descubrió que había llamado al extranjero. Llamó al último número que Sora había marcado, porque necesitaba saber con quién había hablado. 

Sora, ya te dije que no puedo viajar, que tengo un...

Joel cerró los ojos al escuchar a la dueña de sus firmas. Por teléfono, la inolvidable voz sonó muy tierna a pesar de la visible seriedad. Ella tenía un timbre muy lindo. No pudo evitar la sensación de nostalgia que lo llenó al escucharla ¡Cuánto tiempo había pasado! No supo, sino hasta ese momento, lo mucho que la extrañaba.

Andrita —dijo él tratando de que su voz sonara firme y segura, aunque lejos estaba de sentirse así. Más bien se sentía exaltado y nervioso tan solo con escucharla. 

Sí.

Un solo monosílabo y tan significativo para él, porque hacía años que no oía su maravillosa voz y... ¡Santo Dios! Deseaba seguir escuchándola, por eso le preguntó:

¿Cómo estás?

Y deseó que le contestara, ¿qué cosa? ¿Que estaba extrañándolo mucho? ¿Tanto o más que él? ¿Que lo perdonaba por haber roto su corazón? ¿Que ya había olvidado lo idiota que había sido? ¿Que lo perdonaba porque sabía que había sido un niño estúpido? Sin embargo, Andrita lo que dijo fue:

¿Qué quieres, Joel?

Y la frialdad de su voz lo congeló y lastimó profundo su corazón. Ella lo despreciaba. Un sabor amargo invadió su boca. ¿Cómo responder a su frialdad? ¿Cómo desaparecer esa frialdad que él mismo se había ganado? Pero como tardó en responderle, ella dijo:

No tengo tiempo y no soy adivina, ¿qué quieres? 

Le sonó más helada. Su corazón se agrietó ante tanta frialdad. No podía hablar, pero haciendo un esfuerzo, porque era importante salvarla de su hermana, la que había enloquecido de celos, de despecho y de odio hacia ella, y además, porque presintió que ella estaba a punto de colgarle, le preguntó:

¿Te ha llamado Sora?

Pero la joven no quiso cooperar con él, lo que lo angustió más. ¿Cómo podía protegerla si ella no se dejaba? ¿Pero tambien, cómo podía dejarse ayudar si no sabía nada? ¿Le diría él, "tu hermana ha enloquecido y quiere matarte porque descubrió que te amo? 

"¡Por favor!", diría ella, sorprendida primero y quizás después burlona. "Déjate de cuentos, Joel", continuaría la joven, "sé cuánto me detestas" Sí ¿Cómo olvidar esas palabras? Si él no las había olvidado... la evasión de Andy al contestarle, le mostró que ella tampoco, todavía no.

Joel, mira, estoy cansada. 

Y esa evasión podía costarle la vida y él... la amaba. No quería que Sora le hiciera daño. De pronto sintió como un par de lágrimas escapaban de sus ojos. Se sorprendió, porque no era tan débil en sentido emocional, así que esta era la primera vez que le sucedía eso. Entendió en ese momento que el amor que sentía por Andrita no era un simple amor. Era un inmenso amor y comprenderlo fue lo que le hizo insistir suplicante, en un susurro aun cuando sabía que Sora sí la había llamado, pues estaba su número registrado, mas deseaba saber lo que Sora le había dicho, si acaso la había invitado a ir a los Estados Unidos, ¡qué sabía él! Pero estaba seguro que algo le dijo Sora y necesitaba saber qué para poder interpretar los planes de la modelo.

Disculpa, sé que ya es tarde en Italia, pero por favor, dime, ¿te ha llamado Sora?

Pero la negación de ella a cooperar volvió a manifestarse. En vez de contestar lo que él deseaba saber con desesperación, interrogó.

¿Por qué no le preguntas a ella? ¿Por qué me molestas a mí? 

Él suspiró y otro par de lágrimas saltaron de sus ojos. La angustia desesperada casi lo impelió a gritarle o mejor aún, quiso estar frente a ella y sacudirla con fuerza para que no fuera tan evasiva. Pedirle que se dejara proteger por él. En cambio, controlando su voz, porque el llanto la hacía temblar, dijo valiéndose del cariño que Andy sentía por Sora.

No encuentro a tu hermana, Andy, hace días que no se para en su trabajo y estoy preocupado por ella. No quise llamar a tus padres para no preocuparlos y...

Okey, había exagerado en lo de días. Un día o dos días no era gran cosa, pero algo debía inventarse para que Andy respondiera positivamente, porque de verdad desconfiaba de Sora horriblemente y su paranoia era culpa de haber visto la forma de apuñalar su fotografía, por lo tanto, ya no podía dudar que era capaz de... todo. Además, ¿en donde había estado las últimas horas? Si en su trabajo no, entonces, ¿en dónde? La voz de Andy lo interrumpió notándose muy preocupada.

¡Idiota! ¡Eso me hubieras dicho desde un principio! ¿Qué le hiciste ahora? ¿Por qué ha dejado todo?

Idiota, sí lo era. Y aceptar eso le dolió y el que Andy se lo dijera, le dolió más y su pecho estalló cuando lo culpó que su hermana lo había dejado todo por él, aunque mirándolo bien, eso era verdad. Las siguientes palabras de ella lo hicieron encogerse de vergüenza y... desesperanza.

¡Oh, sí! De seguro ella también ha llegado a ser un fastidio para ti, ¿verdad? Un estorbo al que detestas y deseas... 

El desdén en su voz terminó por encogerlo y el tormento en su corazón no se hizo esperar para crecer, invadiendo todo su ser, como mala hierba que echa raíz hasta lo más profundo de la tierra. Así lo invadió el sufrimiento por el desprecio de ella. Lo que decía Andrita confirmaba lo que ya sabía. Que no había olvidado aquellas palabras que él había pronunciado.

Andy, yo...

Comenzó a decir, dolido en toda su alma. Arrepentido por haber dicho aquello que quería borrar, pero no sabía como. Si tan solo pudiera retroceder en el tiempo.

Disculpa, tengo que irme. Lo único que puedo decirte es que Sora me habló esta noche. Me dijo que tomaría un avión para venir a Italia. Es todo lo que sé. Adiós.

Así lo cortó y él miró el aparato receptor por algunos minutos, como si esperara que la voz de Andy volviera a sonar por él. No obstante, tuvo que reaccionar porque las palabras de Andy daban vueltas en su cabeza.

"Me dijo que tomaría un avión para venir a Italia"

Se levantó como sonámbulo. Debía ir a Italia. Sora estaba viajando hacia allá, era seguro que sí. Andy lo necesitaba y lo aceptara o no, él la protegería, aún en contra de su voluntad. Si para ello debía plantarse en su casa, lo haría. Se convertiría en su sombra. Sería uno con ella. Aunque debía viajar a Francia para su próxima exposición... ¡Bah! ¡Eso no era importante! Si Sora había botado su trabajo por Andy, él botaría sus galerías también por ella. 

Y fue así como ambos, Joel y Sora, invadieron la vida de Andy, la que, mientras compartía la ducha con las compañeras después del partido, pensaba de qué manera le iba a hacer para deshacerse de ellos.

—¿Qué pasa, Andy? —preguntó Diana haciendo espuma con el jabón al frotarlo contra su cuerpo, a la vez que miraba fijamente a Andy—. Te noto distraída. ¿Acaso no estás feliz porque ganamos?

Las demás chicas, las que participaron en el partido, se acercaron a ellas para escuchar mejor, pues el ruido del agua que caía de las regaderas opacaba un poco las voces. Andy les lanzó una mirada de advertencia. Era muy tímida al compartir la ducha, ya que pensaba que su desnudez debía ser sólo para ella y un día tal vez, para el que llegara a ser su esposo. 

Por eso la timidez y esta crecía si las chicas se acercaban mucho o miraban fijamente algún punto de su cuerpo. Realmente odiaba esa clase de duchas, pues eran colectivas y no privadas, por lo que casi siempre prefería regresar a casa toda sudada, pero no esa noche, pues esperaban verse con el representante de la WNBA. Las chicas se detuvieron a prudente distancia, lo suficiente para poder escuchar y no cohibir más a Andy, quien se volteó de espalda a ellas, como si el hecho de no verlas, significara que ellas no la veían. 

—Tengo visitas en mi departamento —respondió la morena cuando notó que Diana comenzaba a impacientarse al no recibir respuesta.

—¡Oh, sí! —dijo Raquel poniéndose bajo una regadera para enjuagarse—. Vi a tu amigo el rubio y a otros dos. ¿Quiénes son ellos? Sólo conocemos a Gil.

—Ellos son los Yoxall —informó Andy sin deseos de hablar de los hermanos y menos de Joel—. Mi hermana y su novio, uno de los Yoxall, se hospedan conmigo.

"¿Se hospedan?", se preguntó Andy, "más bien, invadieron mi departamento, mi vida, mis cosas, mis pensamientos, mis emociones, mi..."

—¿Y por qué están aquí? —inquirió Diana interrumpiendo los pensamientos de Andy, quien envolviéndose en una larga y gruesa toalla, terminó así con su ducha— ¿No es tu hermana la famosa modelo? Creí que estaría en el gran desfile de temporada que se llevará a cabo a mitad de semana en New York.

Andy no quería seguir hablando del tema, por ello, secándose con energía, dijo:

—Hace horas que Mirna salió de la ducha y de seguro ya nos espera con impaciencia en el salón principal. ¿Olvidaron que nos dijo que el representante de la WNBA nos estaría esperando?

—¡Es verdad! —exclamó otra de las chicas, vistiéndose con rapidez y contagiando a sus compañeras—. Si la hacemos esperar, nos dará una buena reprimenda.

Todas rieron ante la imagen que se les vino a la mente y sin dejar de conversar con alegría, se dieron prisa para salir de ahí y dirigirse por los diferentes pasillos a donde Mirna las esperaba, sin embargo, al llegar no encontraron a nadie en el salón.

—Qué raro —dijo Andy—, estoy segura que dijo que aquí, ¿no?

—Sí —confirmó Diana—, vamos a buscarla. Separémonos y en unos minutos nos vemos aquí.

Estuvieron de acuerdo. El campo de juego de baloncesto estaba en el interior de una enorme y reciente construcción que tenía varias secciones. Era un edificio hecho especialmente para eventos importantes, desde partidos de baloncesto y cualquier deporte que pudiera practicarse a puertas cerradas, hasta un teatro, donde se representaban importantes obras, tanto de baile como de actuación. Contaba también con un gimnasio, y varios salones, de los cuales algunos servían para exponer obras de arte y otros para cubrir alguna necesidad urgente, como eventos escolares, por ejemplo las graduaciones, pero varios de ellos todavía no se habían inaugurado.

Así que Andy tomó el pasillo que la condujo al gimnasio, una sección ya abierta al público, pero con un horario regulado por el momento, así que seguramente a esa hora ya estaba vacío. No creía que Mirna estuviera ahí, pero de cualquier modo quiso cerciorarse, aunque tal vez las chichas ya la habían encontrado.
Entró al gimnasio y de acuerdo a lo que sabía del horario, estaba solo, pero de hecho, era posible que casi todos los que habían asistido a ver el partido, ya se hubiesen marchado también y entre esos que se fueron, esperó que también Sora y Joel. En silencio suplicó que decidieran tomar un taxi para dirigirse al departamento, recogieran sus cosas y de ahí se marcharan a un hotel.

Se detuvo a medio gimnasio mirando a su alrededor, contemplando no solo lo iluminado que estaba el local -lo que le hizo suponer que el guardia de seguridad andaría por ahí-, sino también las pesas y demás aparatos que servían para ejercitar todo el cuerpo. 

Le llamó la atención los discos que marcaban cien k. Estos estaban en los extremos de un largo y delgado tubo de acero, uno a cada extremo, así que levantando el tubo, el total de kilos era de doscientos. Mucho peso sin duda, pero había visto en la televisión que había hombres que podían levantar el doble de esa cantidad o hasta más, lo cual le parecía exagerado. Seguro eran súper hombres.

Ella se ejercitaba en el gimnasio del instituto, pero jamás había levantado esa clase de pesas, luego de pronto pensó en Joel. ¿Levantaba pesas Joel? ¡Maldición! ¡Qué le importaba si levantaba pesas o no! Sin embargo, su aspecto físico se negó a salir de su mente. Por su aspecto, pensó que sí levantaba pesas ¡Diantres! Manoteó delante de ella, como si así pudiera deshacer la imagen, como si fuera literal y la tuviera enfrente.

Suspiró molesta con ella misma. ¿Por qué tenía qué pensar en él? Antes no lo hacía. Pero antes no lo había visto. Duró años sin verlo, lo que agradecía porque pudo olvidarlo... mas antes tampoco la había besado.

"!No!", gimió al recordar el beso. "!No recuerdes eso, por favor!" Su mente traicionera y sus sentimientos delatores le hicieron sentir el deseo de ponerse a levantar esas pesas. Tal vez el esfuerzo que le supondría hacerlo nublara su mente y se despojara de tan indeseados pensamientos. Claro que estaba loca, sólo por pensar que podría levantar semejante cantidad de kilos. 

Estuvo a punto de inclinarse para poner sus manos en medio del tubo cuando un sonido tenue, algo así como un "Click", se escuchó y seguidamente, la negrura lo invadió todo. Andy retuvo la respiración por unos segundos ante tal oscuridad. Parpadeó varias veces para acostumbrar sus ojos a la falta de luz, pero estaba tan oscuro que por más que sus órbitas oculares se dilataron, no pudo ver nada.
Ahora, un estruendoso ruido la sobresaltó y la llenó de miedo. Alguien estaba con ella en esa habitación. El que había tirado una pesa o alguna otra cosa que había en el gimnasio y la caída de ese objeto al dar contra el suelo, fue lo que se escuchó, así que el que estaba ahí con ella, tampoco podía ver nada, pero con ventaja a pesar de todo, porque conocía su ubicación y la joven desconocía la de la persona.

—¿Quién es? ¿Quién está aquí? —preguntó tratando de frenar el miedo, porque su intuición le dijo que no se trataba del guardia de seguridad.

Capítulo 9

Andy trató de recordar si en algún momento ubicó el interruptor de la luz cuando al entrar al gimnasio miró en torno, sin embargo, estaba segura que no se había fijado en él, así que no podía saber en qué pared estaba y se mordió los labios preocupada, creciendo su ansiedad al notar que afuera, el pasillo también había quedado a oscuras.

Se movió con la intención de ir hacia la puerta, pero había olvidado que delante de ella estaba la barra con los discos de 100 k, así que se tropezó con esta y cayó de bruces cuan larga era, extendiendo los brazos para protegerse un poco. Afortunadamente en su caída no dio contra alguna máquina que se utilizaba para hacer músculo. Su grito de sorpresa y susto terminó cuando llegó al suelo.

Maldijo por su torpeza y dejó su cuerpo en el piso, sintiéndose muy tensa por la desorientación, así que mantuvo su cabeza de lado, rogando que volviera la energía, pero en vez de que la luz llegara a sus ojos, lo que le llegó fue un ruido casi imperceptible, más bien una vibración que sintió en su oído pegado al suelo. Levantó la cabeza dirigiendo su ciega mirada a donde le pareció que brotó la vibración.

—Hola, ¿hay alguien ahí?

El silencio sólo roto por su respiración de zozobra, fue lo que le contestó. Puso las palmas de las manos contra el piso y se irguió quedando de rodillas. En ese momento sintió dolor en uno de sus pies.

—¡Rayos! —musitó enfadada— ¡Creo que me lastimé!

Se sentó para tomar su pie izquierdo, el que le dolía sobre el empeine. Se había golpeado con la pesada barra cuando tropezó con ella y ahora esa parte le palpitaba de dolor. Se dio masaje preocupada. A media semana comenzaban los ensayos para la obra de "Zoroastre". Sintió ganas de llorar. Sus pies no podían sufrir ningún daño. 

En el estremecedor silencio, se escuchó un fuerte sonido, por lo que Andy abrió sus ojos y oídos al máximo al darse cuenta que lo que producía ese ruido se dirigía a ella. Sintiendo que su corazón latía acelerado por la adrenalina que sintió correr por sus venas, porque no sabía exactamente qué sucedía -y eso la estaba asustando demasiado-, se levantó con rapidez y retrocedió ciegamente, pero la misma barra que la derrumbó, se le atravesó otra vez y ahora la hizo caer de espalda. 

Andy gritó y el dolor de la caída fue espantoso, pero no tanto como escuchar que contra uno de los discos de la barra, se estrellaba aquella cosa que iba contra ella, hasta pudo ver desde su posición en el suelo, chispas saliendo a causa del choque y el ruido fue parecido al que se produce al chocar hierro contra hierro. Reteniendo los gemidos de dolor, se puso de rodillas, apoyó otra vez las palmas de las manos en el piso y caminó a cuatro "patas" hacia donde había visto las chispas. 

Tocó con manos temblorosas y descubrió otro disco. Uno que había rodado hasta ella buscando hacerle daño. ¿Por qué? ¿Quién quería lastimarla?

—¡Joel! —gritó asustada en medio de la oscuridad— ¡Basta! ¡Esto no es gracioso!

¿Y por qué pensó que era Joel? ¡Porque él era el único que la detestaba!
Se levantó temblando de incertidumbre. Ahora logró oir unos pasos, aunque muy ligeros, pudo escucharlos a cierta distancia de ella. Su pecho se comprimió por la indecisión de qué hacer. Dio unos pasos de lado, sin olvidar ya la barra que por dos veces consecutivas la había derrumbado. Su pie seguía doliéndole, así que cojeó al caminar. La pierna derecha chocó de lado con lo que parecía era una silla. La palpó con manos temblorosas tocando las dos barras que se alzaban de ella. La silla tenía un respaldo reclinable y sobre el respaldo, había una barra que era sostenida por las otras dos y en esta podían colocarse discos de diferente peso. Era una banca olímpica para pecho.

Pasó la banca caminando ahora de frente, con los brazos extendidos. Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, y aún cuando no podía ver casi, sí pudo vislumbrar un mínimo de claridad, casi nada, pero lo suficiente para notar la alta figura que en el extremo opuesto a ella se movió también. Su corazón palpitó más veloz y en silencio suplicó para que el que la atacaba, también estuviera confundido. Ella había cambiado su ubicación, así que quizás eso fuera una ventaja.

Sin embargo, si tuvo algún beneficio, lo perdió cuando llegó hasta un aparato para abdomen, de esos que parecen sillas al ras del suelo, las que tienen a la mitad de una de sus orillas una barra, de la que se desprendían tres niveles para discos. Chocó con esta banquita y lanzó una maldición. No cayó de bruces porque logró mantener el equilibrio.

-o-

Mientras, en el estacionamiento del edificio multiusos.

—Estoy fastidiado. ¿A qué hora se supone que vamos a irnos? Hace horas que terminó el partido.

Gil miró con paciencia a José. Con una pequeña sonrisa le dijo:

—No podemos irnos sin Andy, además, Joel y Sora tampoco han venido.

—¡Demonios! —masculló José— No debí hacerte caso y dejar el auto. Ahora hay que llevarlos a su departamento, bajarnos de éste e ir a subirnos al otro ¡Qué complicado! Te dije que era mejor venirnos por separado.

—Pero si todos cabemos aquí, ¿para qué traer otro vehículo? A ti no te gusta cuidar el ambiente, ¿eh?

José le lanzó una mirada furibunda. Estaban adentro del coche y era bastante cansada la espera, sobre todo para José, quien abrió la portezuela dispuesto a bajar.

—¿A dónde vas? —preguntó Gil mirando a su amigo todavía con paciencia—. Si te vas y vienen, ahora tendremos que esperarte a ti.

—Pues me esperan. Iré a ver qué pasa. Hace rato que Joel se fue a buscar a esas mujeres. A mí se me hace que él y Sora están perdiendo tiempo por allí, escondidos en algún rincón oscuro, disfrutándose mutuamente, por eso no vienen —y sonrió de manera cínica al decir eso.

—¿Y Andy?

—¿Qué pregunta es esa? Es obvio que Andy no está como ellos, ¿quién la querría a ella?

Suficiente. Con eso Gil perdió la paciencia. Le lanzó a su amigo una mirada de advertencia y esta sonó en su voz cuando dijo molesto.

—Deja eso, José. A Andy todo mundo la quiere, menos tú. ¿Qué tienes contra ella? Si yo no supiera que me rechazaría si le hiciera una propuesta de noviazgo, se la haría, créemelo.

Ahora fue el turno de José de mirar a su amigo con molestia, cuyo tono se percibió en su voz.

—¡No estás hablando en serio!

Gil sostuvo con firmeza su vista, aunque era poco lo que podía percibirse en esas miradas. El alumbramiento del estacionamiento era poco y la luz del foco interior del auto no se había encendido cuando José abrió la puerta y mantenía abierta.

—Muy enserio —respondió Gil con firme convicción—, pero sé que ella está enamorada de alguien más.

—¿De veras¿ ¿De quién? —preguntó José sonriendo con algo de incredulidad— ¿Y, es correspondida?

Gil entrecerró la mirada al momento de decir:

—¡Qué te importa! ¡Es la vida de ella y ni tú ni yo debemos meternos!

—No me vengas con cargos de conciencia, Gil, ¿cómo es que si no te metes en su vida, sabes que está enamorada? ¿Ella te lo dijo?

Gil desvió su mirada al frente. Se reclinó en el asiento y con voz apagada, respondió:

—No, ella no me lo dijo. Ella no sabe que lo sé. Es todo.

—¡Vaya! —exclamó José algo divertido—. Me gustaría felicitar a ése que se atrevió a poner sus ojos en ella ¡Qué valor tiene!

—José —resopló indignado Gil, sin volverse a mirarlo—, vuelve a hacer un comentario así y...

—Está bien, me retracto —Se bajó del auto y cerró la portezuela. Colocó las manos en la ventanilla que estaba abajo e inclinándose para mirar a Gil, soltó—. Además, estoy sacando conclusiones. Tú dijiste que ella está enamorada, pero nunca dijiste si es correspondida, así que después de todo, ese tipo no es tan valiente como supuse.

—¡José! —gritó Gil y tomó la manivela de la puerta para salir, pero al empujar la puerta, fue detenida por una figura que también se inclinó para mirar adentro del auto y preguntar:

—¿Qué pasa? ¿Dónde está Joel?

Gil miró el hermoso y serio rostro de Sora y sonrió. En la ventanilla del lado opuesto, el rostro de José también sonrió al verla.

—Creímos que estaban juntos —le informó José— ¿No estabas con él?
De ventanilla a ventanilla, Sora y José se miraron pasando por alto a Gil, que en medio de las miradas, se recargó lo más que pudo en el asiento para no estorbarles. 

—¿Tampoco Andy ha venido?

—No, tampoco.

El rostro de Sora se enfrió más. Se irguió y miró hacia donde estaba la entrada del edificio. Con voz gélida dijo:

—¿Han pensado en ir a buscarlos?

—Yo estaba por hacerlo —dijo José irguiéndose también y rodeó el auto para ir a plantarse al lado de la modelo— ¿Quieres venir?

Sin responder ni esperarlo, Sora comenzó a caminar hacia la entrada del edificio, así que José la siguió. Adentro, la mayor parte estaba en penumbras. Podían escuchar una que otra voz, las que pertenecían a los afanadores que estaban limpiando la parte que se había utilizado para el partido. 

-o-

Y lo siguiente sucedía en el salón principal.

—¡Los muy malditos! —La voz de Mirna se escuchó ahogada por la rabia— ¡Se han ido sin entrevistarnos! ¡Los representantes de la WNBA se han marchado! ¡No logré encontrarlos por ningún lado! Y sé que vinieron porque los vi antes del partido. ¡Demonios! Si fueron ellos mismos los que me dijeron que nos veríamos aquí, o en la entrada de los vestidores, pero no se presentaron los muy irresponsables.

Las chicas del equipo rodeaban a Mirna, quien las miraba con ira mal disimulada, pero todas sabían que esa ira no era para ellas. Mirna se abrió paso por entre sus jugadoras y caminó inquieta de aquí para allá. Después de un largo suspiro, dijo:

—Ni modo, chicas. Tal vez para la otra será.

Pero su voz denotó inconformidad. Ella había soñado en el éxito rotundo de pertenecer a la asociación de la WNBA. Allí es donde debían estar sus chicas. Eran geniales en la cancha. 

—¿Y no hay manera de comunicarnos con ellos? —preguntó Raquel.

Mirna movió la cabeza de un lado para otro. Después, con voz apagada informó.

—No. Me comunicaron que habían alargado unas horas su estancia en Italia a causa de este partido. Chicas, ustedes saben que fue casualidad que ellos estuvieran en Italia, que por fortuna escucharon de nosotras y les interesó, por eso alargaron su estancia, pero también sabíamos que no era nada oficial. Esta era sólo una oportunidad para dar el gran salto y me parece que lo hemos perdido.

—Mirna —habló Diana, su voz llena de esperanza—, nuestro error es querer dar ese gran salto sin pasar primero por la Liga Nacional de Baloncesto en nuestro país.

—Tienes razón, Diana —asintió Mirna animosa—, tenemos que jugar contra otros países representando el nuestro. Si queremos llegar lejos, tenemos que hacer juegos extracurriculares. Apenas empezamos y ya queremos la gloria. Por cierto, ¿dónde está Andy?

Todas se miraron entre sí.

—No regresó, ¿verdad? —opinó una de las chicas—. Su hermana y sus amigos vinieron con ella, tal vez ya se fue.

—Bueno, nosotras también tenemos que irnos. Ya es muy tarde —ordenó Mirna colgándose su mochila al hombro y las demás la imitaron y nadie notó que una mochila yacía sobre un asiento.

Al salir del salón, descubrieron lo tarde que era. Casi todo el edificio había quedado en la oscuridad. Recorrieron el camino a la salida del edificio casi en tinieblas tratando de no perderse en el laberinto que formaba toda esa entrecruzada de pasillos, cuyos señalamientos al parecer estaban mal colocados, quizás fuera porque aún no se abrían todas las secciones. Lo que fuera, su ubicación era errónea.

Y en uno de esos corredores, Joel estaba bien perdido. Se encontraba en un andador que le parecía ya había pasado una y otra vez, pero al salir de él, entró a otro que le pareció ya había recorrido. ¡Maldito edificio! ¿Cómo es que se había perdido? ¡Maldito arquitecto! ¿Por qué no había diseñado el edificio de manera que tuviera varios pisos y así hacerlo más pequeño en su área. 

¿A quien se le ocurría hacer una construcción de cientos de kilómetros cuadrados en un solo piso? Está bien, exageraba en lo de cientos de kilómetros, pero ya había caminado metros, metros y más metros y sumados todos, hacían muchísimos kilómetros. Bueno, había exagerado otra vez, pero en verdad, sus pies ya le dolían de tanto caminar ¡Y por donde mismo, además! ¡Y él lo único que quería, era encontrar los vestidores de mujeres perteneciente al pabellón de baloncesto! ¡Maldito arquitecto! ¿Por qué no puso los vestidores cerca de la entrada? ¡Malditos trabajadores también, que no sabían poner correctamente las señales! Era probable que Andy y los demás ya se hubieran marchado dejándolo allí. No lo dudaba, Andy lo quería bien lejos de su persona, pero él la quería a ella bien lejos de su hermana.

Lanzó la luz hacia adelante y frunciendo el ceño, reconoció el pasillo. ¡Seguro! ¡Ya había pasado por ahí! Se lanzó la luz ahora al rostro y se murmuró.

—¡Estúpido! ¡Se nota que eres malo para la geografía! ¡No te ubicas!

Sus negros ojos miraron el foquito de su celular que estaba situado en la parte superior y servía como una pequeña linterna. Cuando lo compró, Sora se había burlado de él y le hizo saber que parecía niño de campamento con su lamparita. ¡Cuánto le estaba ayudando haber sido infantil! Porque sin esa lucesita, estaría vagando en completa oscuridad.

Entre tanto en el gimnasio...


Capítulo 10

Andy se llevó la mano a la boca para no gritar. Habíase escondido entre una de las cuatro paredes del gimnasio y un instrumento para ejercitar pecho, brazo y hombros. El hueco entre la pared y la barra era tan estrecho que apenas le permitía enroscarse, por lo que se sintió claustrofóbica y por una vez en su vida renegó de su altura, porque si hubiera sido más baja, fácil se hubiese ocultado mejor.

La figura rondaba muy cerca de ella buscándola. Se detuvo a pocos pasos de la barreta que la ocultaba y Andy supo que la persona sabía que estaba ahí, porque permaneció cerca del instrumento, como si el atacante pudiera escuchar su trémula respiración, entonces la figura se movió y se detuvo ahora frente al ejercitador, justo a la mitad que era su ubicación y la chica pudo oír cómo aquél se apoyaba en la mesa y se lo imaginó asomándose a donde ella y no supo si moverse para salir de su escondite o quedarse inmóvil.

"!Por favor, por favor!", suplicó la morena, sintiendo opresión en el pecho. "¡Qué se vaya de aquí!"

La joven prefirió encogerse más y retuvo la respiración en un afanoso intento de no delatarse, pero de pronto, un repentino dolor se le incrustó en la coronilla de la cabeza haciéndola lanzar un gemido. El puñetazo que le dio la figura por sobre la mesa fue doloroso, así que se movió para salir del estrecho, deslizándose a gatas, pero no logró avanzar mucho, porque las manos de la persona la alcanzaron y tomándola ahora por el cabello —el que traía suelto y todavía podía sentirse húmedo por la ducha—, la inmovilizó e inmediatamente después, tiró del cabello con salvajismo para levantarla, haciendo gritar a la chica de dolor y las lágrimas saltaron con angustia de sus ojos, los que mantuvo bien abiertos en un afanoso intento de ver con claridad lo que estaba pasando.

—¡Detente, por favor! —suplicó ella llevando las manos a su cabeza, intentando recatar su cabello.

Pero la persona no se detuvo, sino que con otro brutal tirón, la hizo caer de espalda sobre el colchón de la barra, que era lo único que los separaba y Andy manoteó en el aire tratando de alcanzar a su atacante.

—¿Quién eres? —preguntó ahora con voz ronca, llena de miedo y llanto, tocando las manos que la sujetaban de la cabellera— ¿Por qué haces esto?

Sin responder, el agresor movió las manos con rapidez y sin soltar la larga cabellera de la joven, la utilizó como soga y con gran precisión rodeó con el cabello el cuello de ella apretando con fuerza, por lo que la joven sintió como era privada del amado oxígeno. Pataleó con energía intentando a la vez quitar el cabello de su cuello que la estaba asfixiando, pero las manos que lo manipulaban eran muy fuertes. Lágrimas de agonía saltaron de sus ojos desorbitados. Los jadeos y gemidos por tomar aire se escucharon fuertes y los movimientos de piernas y manos eran desesperados.

Andy sintió que comenzaba a nublársele la mente. Iba a morir. Sabía que iba a morir y lo que más la sorprendió, fue pensar que su propio cabello era el instrumento de su verdugo para quitarle la vida. El dolor de su cuero cabelludo no se comparó con el dolor de su alma al comprender que le quedaban segundos de vida.

Cuestión de segundos.

"Joel", gimió con desesperanza. "Joel, si tan sólo me hubieras querido un poco. Joel."

El amado nombre se repitió constante en su aturdida mente. El oxígeno en sus pulmones se terminaba poco a poco y la energía de sus movimientos decaía. Se estaba quedando sin fuerzas y no podía luchar más para salvar su vida. Su verdugo la mantenía atravesada sobre la barra, con su cabeza y cuello al aire, hombros y espalda sobre la barra, cintura y cadera en el aire y pies sobre el piso, los que se levantaban al mover las piernas con desesperación mientras sus manos seguían en aquel intento inútil de retirar el cabello que le impedía respirar.

"Joel, voy a morir". Pensar en Joel hizo que su llanto se acrecentara, pero de súbito lo refrenó y en medio de su agonía, parpadeó para retener las lágrimas. No. No iba a seguir llorando y menos por Joel y su desprecio. Ni en la muerte rompería con su promesa.

Sin embargo, a pesar de su resolución de no romper su promesa, fue precisamente pensar en Joel, lo que le dio la fuerza de voluntad para continuar con vida, porque necesitaba demostrarle que podía vivir sin él, que no le hacía falta, que antes había salido adelante sin él y seguiría haciéndolo, pero para demostrarle todo eso, necesitaba vivir.

Así que utilizando esa fuerza de voluntad, levantó las piernas con ímpetu y luego las arrojó atrás pasando sobre su pecho y cabeza en una acrobacia inesperada para el verdugo, al que logró golpear con los pies en el pecho, tan fuerte, que tomada por sorpresa, la persona retrocedió por el impulso, soltándola cuando se fue contra alguna otra pieza de ejercicio, porque el ruido al caer fue estrepitoso.

Andy quedó de pie, de frente al costado de la barra donde había estado sujeta. Jadeando y con manos temblorosas, se retiró el cabello del cuello aspirando profundas bocanadas de aire sintiendo casi enseguida el alivio al permitir la entrada del oxígeno a sus pulmones. Sus sienes palpitaban a ritmo salvaje así como su pulso y corazón, pero no se quedó inmóvil esperando a recuperarse bien, sino que tocando la barra con las manos, se movió guiándose con el tacto para alejarse de la persona, la que se estaba levantando ya, podía escucharlo.

La joven se apresuró y fue detenida por una silla flexible para abdominales. La movió a un lado con el pie, ya que era más de resortes y cojines, por lo que no pesaba. A un lado de la silla, había algunas colchonetas para aerobic, por lo que casi se cae con ellas, sin embargo, logró eludir el obstáculo.

Caminó lo más rápido posible con los brazos extendidos. Detrás escuchó que su asesino la seguía, eludiendo los mismos obstáculos que ella y el palpitar de su corazón se aceleró. Temió que le diera un infarto, pues no podía lograr apaciguar los latidos. Sus pies, a la altura de la espinilla, dieron con algo. Se inclinó para palpar lo que la había detenido y al momento de inclinarse, una pequeña ráfaga pasó sobre su cabeza y luego un sonoro ruido de cristales cayendo y haciéndose añicos, la sobresaltó. Adelante de ella, a unos dos metros, se encontraba una enorme vitrina con el frente de cristal y pudo darse cuenta que de ella había provenido el sonido de cristales rotos. Al escuchar los cristales cayendo, su mente hizo el plano de la vista que tuvo al entrar al gimnasio y por eso estaba segura que se trataba de la vitrina y gracias a eso, ahora también sabía cuál era su ubicación.

Pero a pesar de saberlo, permaneció abajo bastante confundida. Su verdugo estaba detrás de ella y la vitrina adelante. ¿Qué había sucedido para que el cristal de la vitrina se rompiera así? Miró hacia adelante y se volvió a escuchar un impacto y nuevamente, el cristal rompiéndose en mil pedazos, no sólo por el impacto, sino al caer al suelo.

"¡Balas!", gritó en silencio, mordiéndose la lengua para no hacerlo en voz alta y darse por descubierta. ¡Su verdugo le estaba disparando! A gatas se movió, rodeando la cama para ejercitar brazos y piernas. Si su plano mental estaba bien, no muy lejos de ahí estaba la salida, pero debía tener cuidado, porque cerca estaba...

—¡Auch! —se quejó cuando su cabeza dio contra el mostrador que estaba a un lado de la puerta de salida y al momento, se lanzó cuan larga era sobre el suelo al darse cuenta que su verdugo la había ubicado. Miró para atrás justo en el momento en que a unos cuatro metros, un fogonazo en la oscuridad anunció otro disparo.

La bala fue a dar contra el mostrador de madera haciendo volar en el aire algunas astillas, rociando la cabeza de Andy, quien se levantó y se dirigió a la puerta, rogando no ser alcanzada por una bala, pero no fue un proyectil lo que la detuvo, sino que justo en el momento en que alcanzó el pasillo, fue derribada por su asesino cuando este se lanzó contra ella y ambos cayeron al suelo. Los forcejeos en la oscuridad denotaron que se liaron en una feroz lucha.

Por su excelente condición física, Andy era fuerte y la ventaja que ahora tuvo, fue que pudo defenderse, así que se desprendió de su atacante dándole una patada en el rostro cuando él —ya no le quedaba duda de que la persona era un hombre—, intentó detener su huida sujetándola de las piernas, estando ambos boca abajo sobre el piso, pero la chica pudo liberar uno de sus pies utilizándolo con abundante energía.

Luego le atinó otro golpe bien dado en la frente, así que la persona aflojó el agarre de su otra pierna lanzando una maldición, por lo que Andy, aprovechando la momentánea debilidad del hombre, se levantó y emprendió la huida corriendo por el largo pasillo y aunque todo permanecía oscuro, el buen sentido de la orientación, además de su deseo de salir del alcance de su asesino, la hizo dar vuelta en uno de los corredores correctos y luego en otro, aunque logró hacerlo tocando una de las paredes a medida que corría, para poder guiarse y no le importó que la velocidad de la carrera provocó que las yemas de los dedos que iban sobre la pared, le ardieran horrible. Detrás de ella, los pasos veloces de su perseguidor se dejaron escuchar y el miedo, que en ningún momento la habían dejado, la hicieron aumentar la velocidad, teniendo la extrema sensación de que un disparo la alcanzaría.

En uno de los pasillos más adelante, se mostró algo de iluminación, por lo que corrió hacia esa añorada luz.

—¡Maldita sea! —lanzó Andy al aire, escuchando la carrera de su atacante— ¿No se dará por vencido?

Andy llegó al pasillo iluminado y se detuvo respirando con agitación. Vio al frente, a la pequeña luz puesta sobre ella, luego miró hacia atrás y a ambos lados asustada y mordiéndose las uñas, una tendencia que tenía cuando estaba súper nerviosa, escogió una ruta de escape. Adelante, alguien le echaba esa lucecita y atrás, la distancia entre ella y su atacante se acortaba. ¿Podía, ése que la iluminaba, ser cómplice de su verdugo? No iba a averiguarlo, así que corrió hacia un lado para tomar un pasillo a su costado derecho, pero una voz la detuvo:

—¿Andy? ¿Eres tú?

Joel se había detenido al ver aparecer la alta figura de esa joven. Le lanzó la luz sorprendido, por un momento sin reconocerla en absoluto. El largo cabello caía desordenado y cubría casi todo el rostro, sin embargo, al mirarla con detalle la reconoció, sobre todo por esa actitud de comerse las uñas. Frunció el ceño, maravillado. Creía que ya había dejado esa manía, pero lo que más lo impresionó, fue notar que ella se veía muy asustada.

Andy se detuvo al escucharlo, sin poder creerlo. Joel estaba ahí. Sin pensarlo dos veces se fue contra él, le quitó el celular, lo tomó de la mano y lo hizo correr a la par con ella sin decir ni una sola palabra.

Y él, dejándose llevar, porque adoraba sentir el cálido contacto de su mano en la suya, la miró sorprendido mientras corrían juntos, además, de seguro ella los sacaría de ese laberinto del que ya estaba harto. Andy alumbró con el celular reconociendo en qué lugar de la construcción estaban. Antes del partido, ella y las chicas del equipo habían inspeccionado el edificio, reconociendo el terreno donde se jugaría la final, así que conocía lo suficiente como para saber dónde estaba la salida, aunque claro, siempre y cuando viera por donde iba.

Tomó los corredores apropiados sin dejar de mirar atrás de su hombro. Su perseguidor no se veía.

—¿Qué pasa Andy? —preguntó Joel notando el temor de ella al mirar atrás y confirmándole que sí estaba más que asustada. Se preocupó con angustia— ¿Alguien te persigue?

—Tú sólo sigue corriendo —ordenó ella con voz sofocada por la carrera.

No se detuvieron ni cuando en uno de los pasillos, el único que quizás tenía luz, escucharon voces:

—¡Que no es por aquí! —gritó Sora con voz furiosa— ¡Eres un inútil, José! Nos has perdido.

—¡Deja de insultarme, Sora! —pidió José, también furioso— ¡No soy un inútil! ¡Yo sé que este pasillo lleva a la salida!

—¡Pues creo que ya pasamos por aquí varias veces y no he visto ninguna salida! —volvió a gritar Sora mirando airada a José— Ni creas que volveré a esos pasillos oscuros. No creo que nadie ande por ahí.

La aparición de Joel y Andy de uno de esos pasillos la desmintieron. Sora y José se quedaron boquiabiertos mirando como ellos pasaban a alta velocidad a su lado y se alejaban sin detener el paso. Se miraron un momento antes de emprender la carrera detrás de ellos. José alcanzó a la pareja y preguntó:

—¿Por qué corren como si los persiguiera el diablo?

—Tú solo sigue corriendo —ordenó Joel.

—¡Alto! —gritó Sora detrás de ellos— ¿Qué pasa? ¿Por qué corren así?

Ninguno de los tres se detuvo, así que no tuvo más opción que esforzarse por alcanzarlos y seguirlos en esa loca huida, en la que se habían visto involucrados.

Ante el volante, Gil los miró salir del edificio y llegar al estacionamiento a gran velocidad. No tuvo tiempo de preguntar qué sucedía, porque Andy abrió la puerta, lo empujó por le hombro ordenándole:

—¡Muévete, Gil! ¡Yo manejo!

—Pero, Andy, ¿qué es lo que pasa?

Andy lo ignoró y lo hizo moverse al asiento del copiloto, así que ella tomó su lugar detrás del volante e inmediatamente encendió el motor mientras gritaba desesperada:

—¡Suban todos ya, por Dios!

Se subieron todos, quedando Sora en medio de los Yoxall. Andy sacó el auto del estacionamiento sin ningún cuidado, pues su intenso deseo era irse lo más rápido de ese lugar. Esa horrible sensación de que algún disparo les llegara, persistía haciéndola temer ahora no solo por su vida, sino por la de los otros.

—¿Cuidado con los autos, Andy! —gritó José cuando ella pasó entre dos autos, los únicos que quedaban ahí, para ahorrarse camino a la salida del estacionamiento y el espacio entre ellos era muy reducido— ¿Qué te pasa? ¡Por poco los golpeas!

Ella había logrado pasar sin soltar el acelerador, el que estaba hundido a un grado considerable.

—¡Cuidado! —gritó ahora Sora cuando Andy se subió a la banqueta al distraerse al mirar a la entrada del edificio cuando pasó enfrente— ¿Quieres que nos matemos?

La figura vestida de negro en el umbral de la entrada del edificio, heló la sangre de Andy haciéndola sentir frío, porque sin duda era el asesino, pero, ¿quién era? ¿Por qué intentó matarla? Su verdugo se quedó inmóvil mirando desaparecer el auto que alcanzó gran velocidad.

—¿Era ése?—preguntó Joel con ansiedad— ¿Era ése el que te seguía? ¿Te hizo daño?

—¿De qué hablas? —interrogó Sora con interés, al escuchar las preguntas de Joel— ¿Cómo que alguien persigue a Andy?

—Sí —habló Gil con voz muy alta— ¿Cómo es eso? Andy, explícanos qué sucedió allá.

Hasta entonces, Andrita se percató de la preocupación de sus compañeros, sobre todo la alcanzó la ansiedad en la voz de Joel y es que él más que nadie había notado como temblaba sin poder evitarlo. Sus manos aferraban el volante con fuerza y se habían vuelto pálidas por la fuerza de la sujeción, siendo también la palidez la que desteñía su rostro.

—Andy —susurró el hombre con mayor preocupación, pero su voz sonó muy suave—, detén el auto, Andy.

Cegada por las lágrimas, Andy parpadeó dándose cuenta que había desviado el rumbo y transitaba en calles desconocidas. Los faroles que las iluminaban le mostraron que eran ajenas al camino de su departamento, así que metió el freno hasta el fondo y no se volteó de atrás hacia adelante sólo porque había aminorado la velocidad un minuto antes, pero aun así las llantas derraparon sobre el asfalto haciendo un ruido escalofriante y se cimbreó saltando de adelante al pasar sobre una especie de tope.

Ante tal frenada, los de atrás se fueron con violencia para adelante, pero el cinturón de seguridad que se habían puesto cuando Andy había arrancado como loca del estacionamiento, los protegió de sufrir algún daño, tanto a ellos como a Gil y por fortuna ella salió también bien librada a pesar de no haber utilizado el cinto de seguridad.

Así quedó el auto detenido por completo en medio de una calle que ahora estaba sin tráfico, aun el motor dejó de ronronear cuando ella lo apagó y ninguno de ellos notó que había quedado atravesado sobre unas vía ferroviaria.

—Andy —dijo Sora moviéndose para acercarse a la morena, pero sin soltar el cinturón—, explícame, ¿cómo dice eso Joel? ¿Alguien te atacó?

Y pudo notarse incredulidad en su voz. No esperaba que sucediera algo así, a menos que...

—¡Contéstame, Andy! ¿Quién te atacó? —insistió Sora al no recibir respuesta.

Andy parecía perdida. No dejaba de temblar y su único pensamiento era esa figura que la asfixiaba en la oscuridad. Se llevó la mano al cuello y por un momento sintió quedarse sin aire. Se perdió en la sensación de estar muriendo y no evitó lanzar un gemido de agonía y solo la voz de Joel la volvió en sí cuando le dijo:

—Toma mi lugar, yo manejo.

Con la mirada brillante por las lágrimas, ella asintió, así que bajó para intercambiar su lugar con Joel y en el preciso momento en que él se puso el cinturón antes de encender el auto, una cegadora luz cayó sobre ellos y el fuerte silbato del tren que se les venía encima los dejó paralizados a todos.

Capítulo 11

Salieron de su asombro cuando Gil, el primero en reaccionar, gritó espantado.

—¡El tren! —E inmediatamente, el rubio trató de desabrochar el cinto de seguridad, casi sintiendo que la locomotora caía sobre él, porque tanto el joven como Andy eran los que estaban del lado del monstruoso transporte— ¡Maldición! ¡No desabrocha!

—¡Maldita sea! —siseó Joel cuando tampoco pudo desabrochar sucinto, pues su primera reacción también había sido la de bajar del auto— ¿Cómo es que ese tren aparece de pronto?
Había una gran curva en el trayecto del tren, por eso había pasado desapercibido para ellos y no lo vieron hasta que el silbato los espantó.

—¡Oh, por Dios! —gritó Andy cuando Joel trató de encender el motor del auto para moverlo de las vías, pero éste no encendió— ¿Qué sucede? ¡No enciende!

—¡Dios mío! —lagrimeó Sora, y la siguiente en la fila, aunque realmente no importaba si eras el primero o el último; la locomotora era enorme y arrasaba con todo lo que se le pusiera enfrente— ¡Muévanse! —golpeó a Andy y a José para que la dejaran bajar, con agitados movimientos histéricos— ¡Déjenme salir!

José desabrochó su cinturón y bajó ayudando a Sora. Ambos corrieron lo más lejos del auto, el que pronto sería arrollado y el silbato al máximo, junto con el sonido de las ruedas al deslizarse por las vías de hierro, fueron realmente estremecedores, así que la ansiedad de todos creció al por mayor. La máquina acercándose cada vez más, jalando una gran cantidad de vagones, pareció una figura infernal a los ojos de los que aun estaban en el auto y el pánico asomó a sus miradas, modificando las expresiones de sus rostros.

—¡Baja, Andy! —gritó Joel mirando a la joven— ¡Baja ya!

Ella bajó también alejándose, sin embargo, tanto Gil como Joel estaban teniendo problemas con el cinturón y por alguna razón no pudieron abrirlos.

—¡Voy a morir! —vociferó Gil, pálido como la cera, mientras veía cómo el tren avanzaba en su recorrido— ¡Socorro! —gritó a pulmón abierto sin dejar sus manos quietas que con gran empeño, intentaban abrir aquella cinta que lo sujetaba haciéndolo prisionero del asiento. Sus manos temblaban tanto que sus movimientos eran torpes, pero aun así pulsaba el botón rojo una y otra vez sin éxito, luego estiraba la banda por todos lados, como si así fuera posible romperla.

—¡Gil! —lo llamó Joel mirándolo con ojos pasivos, pues quería transmitirle calma al asustado joven— ¡Tranquilo! Trata de abrirlo con suavidad. Empuja el cinturón hacia adentro de la caja y pulsa el botón, suavemente.

—¡No abre, Joel! —chilló el rubio presa del pánico total— ¡Vamos a morir! —y miró a Joel con los ojos brillantes por la desesperación, el terror y las lágrimas.

—¡Gil! —habló Joel, pero esta vez con voz plagada de desesperada impotencia— ¡Entonces, saca todo lo que tiene de juego el cinturón y trata de salir de él!

Pero Joel sabía que eso también era inútil, él ya lo había intentado y el cinturón no tenía nada más que pudiera extenderse. Había sido hecho justo a la medida, pero Gil lo intentó estirándolo a todo lo que daba, lo que no fue mucho. No hubo el suficiente espacio para obtener la libertad.

—¡Dios, mío! —gimoteó Gil tratando de pasarse el cinturón por encima de la cabeza, la parte que atravesaba el vientre, pero no le fue posible— ¡No se puede! ¡No se puede!

Andy miró desesperada la escena, los intentos fallidos de los hombres por salir del vehículo. Con los ojos desorbitados, reflejados en ellos el terror, pasó su mirada de Gil a Joel y de Joel a Gil. Amaba a esos dos hombres y el tren estaba a punto de matarlos. Sin pensarlo siquiera, regresó sobre sus pasos dispuesta a dar su vida por ellos, sin embargo, sabía que no podía ayudarlos a los dos. Estaban en asientos separados y en puertas extremas, de hecho, no sabía si podía ayudar a alguno de ellos. Mientras se acercaba, buscó a su alrededor, sobre el suelo, algo cortante para trozar los cinturones, porque al parecer, esa era la única solución.

—¡Joel! ¡Gil! —gritó José saliendo de su estupor al mirar el intento arriesgado de Andy por salvar a los hombres, así que quiso imitarla, pero Sora lo abrazó para detenerlo— ¡Joel! ¡Hermano!

—¡No vayas! —le pidió Sora aferrándose con fuerza a él— ¡No tiene caso! ¡Morirás también si vas!

—Joel, Gil, Andy —musitó José con un nudo atravesado en la garganta, mirando aturdido la traumática escena.

—¡No! —clamó Joel cuando vio acercarse a Andy— ¡Vete de aquí, Andy!— ¡Con un demonio! —Miró el cinturón y volvió a pulsar el botón que lo abría, pero éste continuó bloqueado— ¡Ábrete, con un demonio! —sus manos temblaron por la desesperación de no poder salir y salvar a su Andy querida.

La joven llegó al lado de su querido amigo. Los ojos del rubio la miraron asustados y asombrados por verla junto a él.

—Andy —musitó en un hilo de voz—, vete, sálvate.

—Gil —dijo ella, aturdida por el infernal ruido que hacía el tren que estaba velozmente acortando la distancia y cegada por la potente luz que caía sobre ellos— ¡Vamos! ¡No voy a dejarte aquí! —gritó, atormentada por la cólera que le daba la misma impotencia— ¡Sal de este auto! ¡Ábrete, demonios, ábrete! —y jaló ahora ella el cinturón, con una desesperación enfermiza.
Pero también sus intentos fueron inútiles, pero no los de Joel, pues este, por azares del destino quizás, por fin logró abrir el suyo y se apresuró en bajar y al segundo siguiente, estaba al lado de Andy, quien ya lloraba abundantemente porque no podía salvar a su amado amigo, detestándose incluso por no tener en sus manos algo cortante que ayudara en tan imposible tarea.

—¡Andy! —Gil miró con ojos llenos de lágrimas a su mejor amiga, temiendo también por su vida y de pronto, su rostro asustado cambió, tomando una expresión de calma. Miró ahora a Joel con súplica—¡Joel! ¡Llévatela! ¡Sálvala!

—¡No! —se negó Andy con voz desgarrada, luchando contra Joel cuando éste la abrazó por la espalda para llevársela de allí— ¡Suéltame, Joel! ¡Gil! ¡No!

Ella luchó feroz por soltarse del abrazo de oso de Joel, pero él, empleando su fuerza, la alejó del auto caminando hacia atrás. Ella alargó los brazos hacia Gil, quien los vio alejarse con tristeza, miedo y... resignación.

—Andy —musitó él y sus miradas se encontraron por última vez—, te amo.

—¡Gil! ¡No! ¡Nooooo! —gritó ella hasta lastimarse la garganta, que ya estaba lastimada por el intento que hicieron de ahorcarla. Estiró los brazos lo más que pudo en un penoso afán de alcanzarlo.

En ese momento, Andy deseó poder alargar los brazos y tomar a su rubio querido y sacarlo del auto. Quiso tener rayos X en la mirada para deshacer el cinturón que lo apresaba. Deseó tener súper fuerza para detener el tren que ya estaba encima de Gil, o retirar el auto de las vías, pero lo único que pudo hacer, fue pasar su mirada del tren al auto y ver impotente como el gusano monstruoso se lo llevaba en un impacto horrible lanzando pedazos de metal a los lados a medida que lo fue arrastrando, en medio de ese espantoso ruido que los ensordeció por un momento sin piedad.

—¡No! ¡No! —Chilló sintiendo como su corazón se deshacía de dolor por tan espeluznante escena, en donde su amigo querido había muerto de la manera más horripilante— ¡Gil! —Lloró desconsolada, llevándose las manos a la cabeza, jalándose el cabello y causándose dolor, como si así pudiera salir de lo que quería fuera una pesadilla— ¡Gil!

Sus lágrimas cayeron sobre las manos de Joel, las que tenía entrelazadas por los dedos sobre el estómago de ella, justo debajo de su pecho, temeroso de soltarla. El tren continuaba pasando y temió que ella se arrojara debajo de las enormes ruedas de hierro, porque la joven aún se impulsaba en afanoso deseo de soltarse de sus brazos.

—Andy —susurró en su oído con voz dolida, sintiendo en su corazón el dolor de haber perdido al mejor amigo de su hermano—, lo siento mucho.

Ella se estremeció sollozante y bajó las manos para depositarlas sobre las de él. Lloraba un río de lágrimas y no podía detenerse. El tren terminó de pasar y Andy, flechada por el dolor y el sufrimiento, cayó de rodillas cuando Joel finalmente la soltó y fue incapaz de seguir sosteniéndose de pie. Joel cayó con ella y abrazándola de nuevo, la apretó contra su pecho, intentando quitar del delgado cuerpo de la joven, el temblor que comenzó a sacudirla cuando miró los restos del auto.

Del otro lado de la vía habían quedado José y Sora y mientras el tren pasaba, las dos parejas fueron separadas, pero ahora pudieron ver como José recorría el lugar, buscando los restos de Gil. El horror del joven se reflejó en su rostro y no pudo evitar mirar al cielo y gritar con dolor:

—¡Gil, amigo! ¿Por qué?

Sora se alejó de la vía temblando por la sensación de náuseas con sólo imaginarse como había quedado Gil... o qué había quedado de él. Ella había ocultado el rostro en el hombro de José al momento del impacto, y ahora se negó a ver hacia los restos del rubio. En cambio Andy miró con ansiedad, buscando a su amigo, suplicando internamente verlo como era, mientras las lágrimas hacían borrosa su vista.

No pudo soportar más aquella visión, pues era horrorosa, así que la bendita inconsciencia llegó liberándola por muchas horas de semejante impresión.

-o-

Andy miró a su alrededor. Estaba en un cuarto de paredes blancas y lo único que había allí era una cama y era algo muy raro, porque ella yacía sobre ese lecho y fue sobre su cuerpo que detuvo su mirada, notando que las mantas que la cubrían eran también blancas y que yacía en un profundo sueño.

La puerta del cuarto fue empujada de pronto. Ella desvió de sí misma la mirada para dirigirla a la puerta. El rechinido que la hoja hizo al abrirse le causó un estremecimiento, porque algo en el ambiente le dio la sensación de que todo estaba mal, así que se acercó a la cama para tratar de despertarse, no obstante, no pudo hablarse ni tocarse. Era como si ella, la que estaba de pie, no existiera.

Miró con ansiedad la sombra de la persona que se reflejó sobre el piso a causa de la luz del pasillo que entró por la puerta al ser abierta. Esa sombra oscura fue alargándose a medida que el que había abierto, se introducía en la habitación. Andy abrió aterrada la mirada cuando miró al recién llegado. Era otra sombra. Una figura delgada vestida de negro, con el rostro cubierto con un pasamontañas. Lo único que podía verse eran sus ojos. Rojos como la sangre misma cuando mana de una herida. Gritó. Ni siquiera pudo escucharse ella misma.

La figura de negro se detuvo a un lado de la cama, ante ella que seguía dormida profundamente, así que no se dio por enterada cuando la sombra tomó una almohada que sacó de debajo de su cabeza y a punto estaba de ponerla sobre su rostro, cuando por la puerta abierta entró Gil, sonriendo con una gran sonrisa, la que quedó inerte en su rostro cuando la sombra, sacando un arma de fuego, le disparó y el arma fue tan poderosa que deshizo a su amigo en cientos de pedazos.

Ella, la que estaba viendo todo, gritó el nombre de su amigo y se fue contra la sombra en un intento de vengar a su amigo, pero lo traspasó. Pasó por el cuerpo de la figura de negro sin tocarlo. La impotencia, junto con el agudo dolor que la embargó la hizo gritar. Gritos mudos que nadie escuchó. Miró impotente como la sombra colocaba la almohada sobre su rostro y presionaba con fuerza, robándole el aire, robándole la vida. Ella se movió con espasmos de agonía sobre la cama, mientras sentía ahogarse horriblemente, tocando las manos que aplastaban la almohada sobre su rostro, con intensión desesperada de quitar lo que le obstruía el oxígeno, porque sus pulmones colapsarían de un momento a otro.

—¡Gil! —gritó incorporándose en la cama, saliendo de su pesadilla y jalando aire con desesperación mientras se sentía húmeda por su propio sudor. Descubrió que efectivamente, se encontraba en el cuarto de un hospital y como en su sueño, era por completo blanco.

Joel se levantó de la silla, en donde había pasado el resto de la noche y parte de la mañana para acudir presuroso hasta la cama, al lado de Andy que jadeaba fuertemente. Ella lo miró con sus ojos llenos de angustia y miedo.

—Y... ¿Gil? —preguntó, ansiosa de que Joel le dijera que todo había sido una pesadilla, no solo la que acababa de tener, sino también lo del tren.

—En la funeraria. Todos están allá ahora. Sus padres, nuestros padres, tu hermana, mi hermano y todos los demás.

Ella bajó la mirada para que él no viera todo el dolor que la dominó, no obstante, su llanto acompañado con fuertes gemidos se lo hizo saber.

—Es mi culpa, yo detuve el auto sobre esa vía.

Su voz destrozada y llena de culpa, doblegó el corazón de Joel. Se aclaró la voz para decir:

—No es tu culpa, fue un accidente. Nadie lo previó.

—Yo lo maté —gimió ella, llevándose las manos al rostro para ahogar los gemidos cuyo volumen estaba elevándose— ¡Yo maté a mi amigo querido!

Joel retiró las manos de su rostro y tomando su mentón con una de sus manos, le hizo levantar la mirada hasta él.

—Escúchame —le dijo con firmeza—, tú no tienes la culpa. Tú hiciste todo lo que pudiste para salvarlo, incluso arriesgaste la vida, así que deja de culparte. Ahora, piensa en tu propia vida. Alguien te la quiere quitar. Anoche alguien atentó contra ti, ¿verdad? ¿Pudiste verlo? ¿Puedes identificarlo? Andrita, no dudo que ese mismo maniobró en esos cinturones y el motor de tu auto.

Ella soltó su mentón y negó con la cabeza mientras la mirada de él oscurecía de rabia. No podía tolerar que ella hubiera estado en peligro y él, que había viajado miles de kilómetros para protegerla, no había estado allí para hacerlo.

Inútil, bueno para nada. Eso era él.

Mientras ella estaba desmayada, había examinado su cuello. La marca del intento de ahorcamiento había quedado grabada en su piel y la sospecha de que alguien había manipulado su auto, se hizo fuerte. Ya no le cabía ninguna duda de que alguien intentaba matarla, pero ¿quién? ¿Sora? Pero ella había estado expuesta también al peligro en la vía.

Sintió que la ira por no poder protegerla se incrementaba al recordar que además de la marca del cuello, el médico que la examinó, había descubierto golpes en el resto de su cuerpo e incluso sus pies mostraban algunos moretones.

Y lo peor de todo era que no podía acusar a nadie, porque no tenía idea de quién era el asesino.

—Lo único que sé —dijo ella con voz acusadora—, es que desde que tú y Sora volvieron a mi vida, todo ha salido mal. Yo como sé si ese asesino no fue contratado por ti.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, convirtiéndose para Joel en una pesada tonelada que caía sobre él, aplastándolo, deshaciendo la esperanza de que ella confiara en él. Se retiró de la cama y regresó a la silla para que ella no percibiera como lo había herido con esas palabras. Desde allí la miró, disfrazando su herida con frialdad, reflejándose ésta en su mirada y su voz:

—¿Qué te hace suponer eso, Andy? Esa es una acusación grave.

Ella le lanzó una mirada airada. Con voz temblona, afirmó:

—Sora dijo que la querías matar y a mí me detestas.

Joel soltó una carcajada; pero ésta fue de amargura. Sí que esa señorita dudaba horriblemente de él. ¡Que gran desilusión y dolor! ¿Cómo decirle que lejos estaba de odiarla? Serían palabras dichas al viento. Ella no le creía nada.

—¿Y por qué estoy en el hospital? —preguntó irritada, aunque sin dejar de llorar. Bajó los pies de la cama—. Quiero ir al funeral, necesito ir al funeral.

Su voz se resquebrajó y las lágrimas se convirtieron en un gran torrente. Hacía años que no lloraba como ahora, de hecho, la última vez que lloró así, fue ese día que se hizo la promesa. Andy se levantó y fue al closet a buscar su ropa, pues la bata blanca de hospital la cubría.

—¿Y por qué estás tú aquí? —le preguntó, mirándolo enojada, irracional a causa de su tormento— Ni que fueras mi perro guardián y si lo eres, serás un perro guardián rabioso, un peligro para su dueña. A esos perros se les sacrifica.

Joel se levantó de la silla, sintiéndose muy insultado y herido. Ella no sabía lo mucho que lo lastimaba al hablarle así, pero comprendió que era su intenso dolor lo que la hacía ser insultante, como que deseaba desquitarse con alguien y ese alguien era él y llenaba los requisitos para ser el chivo expiatorio. Él era la persona que Andy más odiaba.

"No importa que me odie", se dijo triste, mientras ella entraba al baño a cambiarse, "no importa que me compare con un perro guardián con rabia, estaré con ella aunque no me quiera, Y sí, es mi dueña, aunque no lo sabe". Después del atentado que había sufrido, menos se separaría de ella.

Andy salió del hospital sin el permiso del médico. Ella había pasado muchas horas inconsciente y debía estar bajo observación médica. No obstante, lo único que ella quería, era llegar a la funeraria en donde tenían a Gil. Joel detuvo un taxi y dando la dirección, fueron conducidos allá. Fue sorprendente que al llegar a la funeraria, el lugar estaba a reventar de personas. Todos los compañeros de la universidad, estaban presentes para darle el último adiós a aquel agradable rubio.

Andy y Joel se abrieron camino entre el gentío y se acercaron al ataúd donde reposaban los restos del muchacho. La joven se detuvo a un lado del féretro y con mano temblorosa, lo acarició. La caja, de un hermoso color caoba, se mantenía cerrada, pues no había nada que ver, pero Andy repasó en su mente como había quedado su fiel amigo y abrazándola, dejó salir un poco de su sufrimiento en abundantes lágrimas. Su lastimoso llanto contagió a los presentes y al siguiente instante, todos, o cuando menos los que estaban más cerca, lloraban.

—Debiste dejarla en el hospital —le dijo Sora a Joel, irritada. A ella le molestaba tanto llanto. Ya se encontraba muy nerviosa y si estaba allí, era por la insistencia de sus padres. El deber de buen vecino, según ellos, era primero. Había hecho el berrinche de su vida al ser arrastrada hasta la funeraria por sus padres y por ello, dejar a Joel solo con Andy. Él se había negado a abandonar el hospital, se había negado a dejarla— ¡Mírala! ¡Sólo vino a hacer el ridículo!

Joel la tomó del brazo y casi la arrastró a un lugar menos concurrido.

—¡Suéltame! —siseó Sora, rescatando su brazo— Sabes que no me gusta que me trates así.

Él la fulminó con la mirada. Sin andarse con rodeos, le dijo:

—Sé que intentaste matarla. Contrataste a alguien para que la matara.

Capítulo 12

Sora levantó las cejas al mirarlo mientras una ligera sonrisa curvaba sus labios.

—Joel, Joel —le dijo con voz cínica—¿Tienes pruebas para acusarme así? ¿Sabes que puedo demandarte por difamación?

—¡Sora! —la voz de una joven mujer que se acercaba a ellos, impidió que Joel contestara y ambos se miraron con rencor antes de volverse a mirar a quien había llamado a la bella modelo— ¡Mírate, Sora! ¡Cuánto tiempo sin vernos!

Isabel Gallego y detrás de ella, Alejandra Limón, se detuvieron a su lado y mirando alegres a Sora, la abrazaron con gran muestra de cariño.

—Chicas —susurró Sora, sorprendida de ver a sus amigas de toda la vida, en un lugar como ese, en esas circunstancias tan tristes— ¡Qué gusto verlas!

Después de los abrazos, vinieron los regaños por parte de las amigas:

—¿Cuánto hace que estás en Milán? ¿Por qué no nos llamaste? —inquirió Isabel con voz llena de reproche.

—Mínimo nos hubieras avisado que pensabas venir —recriminó ahora Alejandra—, tuvimos que encontrarte aquí para que supiéramos que estás en Italia.

—Lo lamento, chicas. Mi venida a Italia fue repentina...

Y se enfrascaron en una plática llena de risas olvidando por completo en qué lugar se encontraban. Joel, ignorado todo el tiempo y sumamente molesto, dijo con frialdad:

—Creo que deben dejar su alegría para otro momento.

Enseguida, se dio la vuelta para alejarse de ellas, pero Alejandra lo detuvo por el brazo y acercándose a él para abrazarlo, le dijo:

—Joel, no te enojes, a ti también nos da gusto verte.

Le estampó un beso en la mejilla. Isabel hizo lo mismo y preguntó después:

—Supongo que esta visita tiene que ver con su futura boda, ¿verdad? Han venido a hacernos partícipes de que finalmente han decidido formalizar su relación y contraerán matrimonio. Los felicito por ello, ya es tiempo de que lo hagan.

La molestia de Joel creció al escuchar a su ex compañera de clases y Sora sonrió con fingido bochorno.
—Disculpen —fue lo que dijo él—tengo que hacer algo.

Y se retiró de ellas dirigiéndose al lado de Andy, quien seguía aferrada al féretro llorando sin que nadie la pudiese consolar, por eso él ni lo intentó. Sólo permaneció allí a su lado y a partir de ese momento, no se separó de ella ni un segundo y comenzó a desconfiar de cualquier cosa por muy insignificante que fuera, como sucedió en el cementerio.

Perdida en su sufrimiento, Andy fijó su mirada, sin ver en realidad nada, a un lugar entre unos frondosos árboles después de bajar el ataúd a la fosa que se había cavado. Joel, notando que miraba hacia allí con aquella fijeza, escudriñó el lugar con su profunda y negra mirada y descubrió que una persona parecía esconderse detrás de uno de aquellos gigantes tupidos de ramas.

—¿Es él? —le preguntó a Andy, quien perpleja, retrajo su mirada para verlo, parpadeando para salir de su ensimismamiento.

—¿Qué?

—El que intentó asesinarte. ¿Es ése de allí?

Hasta entonces, Andy notó al hombre que Joel había visto. El asombro se escuchó en su voz cuando dijo:

—¡No! No lo sé.

—¿Por qué se esconde? ¿Te está espiando?

— ¡No! No lo creo. Yo...—volvió a mirar al hombre que ahora estaba de lado, medio oculto detrás del tronco del árbol— En realidad, no se me hace sospechoso.

—A mí sí, iré a ver —dijo Joel y salió de entre las personas que habían acudido al cementerio para seguir acompañando a los dolientes de Gil, los que estaban concentrados en mirar como la tierra caía sobre el ataúd, ocultando para siempre los restos del rubio.

Andy suspiró con exasperación. ¿Qué le pasaba a ese hombre? Miró como la tierra había desaparecido por completo el ataúd. Las lágrimas volvieron a fluir sin control.

"Gil", gimió en silencio. "Nunca voy a olvidarte". Se llevó las manos al pecho, en donde sintió el filo del dolor y supo que para siempre, en su corazón habría un vacío que nadie llenaría. Gil jamás sería reemplazado. Su amigo. Su único y mejor amigo al que debía decir adiós dejándolo partir aunque ella no quisiera.

Levantó la llorosa mirada hacia Joel. Él ya se aproximaba al grupo de árboles y si hubiese podido ver su rostro, se hubiera espantado, porque el hombre tenía una expresión de furia asesina y estaba listo para descargar su ira contra el sujeto que seguía ahí entre los árboles.

—¡Oye! —gritó, deteniéndose a unos tres pasos del sujeto— ¿Quién te mandó a espiar a mi novia? ¿Quién eres? —"¿Su novia"? Qué bueno que Andy no lo había escuchado. No quería escucharle otro insulto, igual o peor que el de "perro rabioso."

El hombre, uno muy joven, un año o dos mayor que Joel, salió de atrás del tronco y lo miró muy sorprendido. Brindándole una temblorosa sonrisa, le preguntó:

—¿Me hablas a mí?

Joel se acercó hasta él y tomándolo del cuello de la camisa, lo atrajo hacia sí y con mirada fría, habló entre dientes:

—Claro que te hablo a ti. Quiero que sepas que ella no está sola.

—¡Por favor! —suplicó una voz llena de espanto— ¡No le haga daño a mi novio!

Joel se volvió a la voz y abriendo desmesurado los ojos, miró a la chica que suplicante, lo miraba asustada. Sintió enrojecer de vergüenza. Soltó al joven y alisándole las arrugas que había hecho sobre su camisa al tomarlo con esa violencia, dijo:

—Yo... lo siento. Lo he confundido con alguien más.

Se dio la vuelta con rapidez y se alejó de la pareja enamorada reprochándose por su estupidez, mientras los jóvenes lo vieron como si se hubiese vuelto loco y Joel, sintiendo la mirada que le otorgaba el premio de la demencia, se dijo que sí había perdido la razón. Había actuado de una manera muy impulsiva. Llegó al lado de Andy y la escuchó preguntarle con voz sarcástica, a pesar de que su rostro mostraba sufrimiento y sus ojos seguían brillantes por las lágrimas:

—¿Era el asesino?

—¡Cállate! —susurró él, muy fastidiado.

Gil terminó de ser despedido y poco a poco, las personas comenzaron a marcharse, no sin antes darles las últimas palabras de aliento a los dolidos parientes y amigos cercanos del muchacho.

Entonces de pronto, se escuchó una voz sorprendida entre las pocas personas que restaban por dar el último pésame.

—¡Ay, por Dios! —Y al volverse todas las miradas a la voz, identificaron a su dueña, Isabel.

La joven se había puesto pálida y el asombro dominaba sus facciones mientras que algunos de los espectadores comenzaron a correr despavoridos al reconocer el disparo.

—¿Qué sucede? —gritó Sora sin dejar de ver a su amiga, quien tenía una mano cubriendo su hombro y entre los dedos fluía un líquido rojo, pero no supo distinguir a qué se debía la herida ni tampoco comprendió en ese instante por qué corría la gente— ¡Isabel, ¿qué te ha sucedido?

Joel miró la sangre en el hombro de la muchacha, luego ubicó que detrás de Isabel estaba Andy, por lo que la amiga de Sora parecía ser su escudo, de hecho, la joven herida estaba recargada en Andrita, pues el sorpresivo impacto sobre su hombro, la había echado atrás sin llegar a caer porque Andy la detuvo, así que le ayudó a erguirse mientras con ojos desorbitados, Isabel concentraba su atención en la sangre que seguía filtrándose por sus dedos, empapando la blusa por un costado, sin llegar a entender por qué estaba herida.

—¡Andy! —llamó Joel al captar que la bala que había herido a la muchacha, iba dirigida a ella y la joven lo miró sorprendida por encima de la cabeza de Isabel, puesto que le sacaba varios centímetros— ¡Al suelo! ¡Tírate al suelo!

Por inercia, Andy se agachó en el preciso momento en que otra veloz bala pasó sobre la cabeza de Isabel, destinada a la frente de Andy. Isabel gritó espantada y fue cuando supo que la herida de su hombro era a causa de un balazo y aunque no lo supiera, había salvado a Andrita al atravesarse en su camino.

—¡Dios! —Exclamó Alejandra, corriendo a ocultarse detrás de una enorme y gruesa cruz fabricada en granito que adornaba una de las tumbas—¡Muévete Isabel! ¡Corre por tu vida! ¡Nos están disparando! ¡Ven conmigo! —y en cuestión de segundos, recibió a su amiga en brazos, ocultándose ambas sin dejar de abrazarse.

Sora miró en torno e igual que Joel, trató de descubrir de donde provenían los disparos, sin embargo, a parte de las personas que corrían para ocultarse, no vieron a nadie más.

"¿Quién?", se preguntó Sora al momento de que José la hizo correr, ambos inclinados para buscar protección, la que encontraron detrás de un enorme ángel también de granito que había en la cabecera de una lápida. "¿Quién es el que hace esto?"

Por su parte, Joel se apresuró a llegar a Andy, la que de estómago al suelo, miraba para todos lados, buscando al que estaba causando semejante alboroto... o estrictamente mejor dicho: al que quería asesinarla.

—¡Vamos! —le dijo Joel, ayudándole a levantarse— Salgamos de aquí.

Otra bala pasó silbando cerca de su oreja y ésta fue a incrustarse en el ángel que ocultaba a Sora y amigo.

—¡Basta, maldito! —gritó furiosa la joven modelo— ¿Quién eres? ¿Por qué nos disparas? —Y casi deja su refugio, pero José la detuvo.

Joel y Andy, tomados de la mano, corrieron alejándose del lugar, infiltrándose entre las tumbas, buscando siempre protección en los enormes ángeles o cruces que podían ocultarlos y detener las balas que no dejaban de impactarse adelante, a los lados y atrás de ellos, pues la desconocida persona los siguó sin dejar de dispararles. Una bala se incrustó a unos cinco centímetros de los pies de Andy, haciendo saltar tierra y pasto, en dos ocasiones.

Pero sin detenerse, los muchachos corrieron en zigzag, lo que les ayudó a eludir las balas y perderse de la vista del asesino cuando llegaron a la puerta de una cripta familiar. Se recargaron en la puerta para tomar aire, pues la carrera los había dejado sin aliento. Joel miró la hoja notando que la madera estaba podrida en algunas partes por el tiempo y quizás por el descuido de la tumba, la puerta sólo estaba cerrada con un travesaño de metal. Joel lo quitó y la puerta se abrió.

—Entra —le ordenó a Andy.

Ella miró el interior y el olor a muerte llenó su olfato. Pero por supuesto que no quería entrar. A ella los cementerios le daban escalofríos.

—¡Entra! —volvió a ordenar Joel, algo impaciente por la demora de ella, incluso la miró con dureza— ¡Ya, ahora! —La empujó con firmeza cuando ella siguió inmóvil.

Andy refunfuñó, pero se dejó manipular y ambos ingresaron al interior de la tumba. Había seis escalones también de madera que conducían a la parte inferior, a lo que era en sí la tumba y al bajarlos, el olor se hizo más fuerte y Andy sintió enormes deseos de vomitar. Se llevó las manos a la boca y nariz para bloquear el desagradable aroma. Una nube de mosquitos negros, de tamaño muy fino los rodeó y Andy sintió como algunos se posaban sobre su rostro y brazos, así que la repugnancia creció. Sabía de donde habían salido esos animalitos y sentirlos sobre ella le dio escalofríos. Sintió horror cuando algunos trataron de entrar a sus ojos cuando a su nariz y boca no pudieron ingresar porque ella seguía cubriéndolos con la mano.

Antes de descender, Joel había utilizado el mismo travesaño de madera que cerraba por afuera, para cerrar ahora por adentro, así que la joven comenzó a sentir mucha ansiedad mientras que ambos miraban a su alrededor detallando todo. La tumba se componía de cuatro paredes con una altura de dos metros y medio. En las paredes había gavetas, unas vacías y otras ocupadas y los epitafios sobre las lápidas lucían el mismo apellido: Taffelli, repitiéndose varias veces los nombres: Paul Taffelli I, Paul Taffelli II, Paul Taffelli III y así. Por las fechas inscritas, la tumba familiar venía de una época muy remota.

La cámara era amplia y tenía también lo que parecían mesas, pero éstas eran de material resistente, una mezcla de concreto con varillas. En algunas mesas había ataúdes, unos más viejos que otros y de diferente material. Joel anduvo de ataúd en ataúd, inspeccionando y Andy lo miró con desesperación. ¿Qué hacían allí? No sabía que era saqueador de tumbas. ¡Sólo eso faltaba!

—Joel.

Joel se volvió a verla. Casi sonrió al verle únicamente los ojos y eso solo en una ranura, pues el resto de su rostro continuaba oculto por sus manos, batallando con los mosquitos y la sofocante pestilencia, entonces, en ese instante, unos pasos afuera se escucharon y se detuvieron ante la puerta, oyendo ahora el intento de alguien por abrirla, pero el travesaño la mantuvo en su sitio.

Andy miró horrorizada a Joel, quien haciéndole una seña con la mano, le pidió se acercara a él. Ella caminó los pasos que los separaban con mucho sigilo, cuidando de no hacer ruido y de igual manera, él abrió el ataúd que estaba a su lado, el que tenía un par de aldabas de metal que lo cerraban por afuera, una en cada extremo. Ella abrió con horror los ojos y no gritó porque las manos sobre su boca lo impidieron, pero desvió la mirada del interior del ataúd manifestando así su protesta.

Joel acercó su rostro al de ella y le murmuró sobre su oído:

—Entra al féretro.

Ella retiró su rostro y lo vio con ojos muy abiertos, moviendo la cabeza de un lado a otro. El brillo de su mirada mostró el miedo que le daba el pensar en entrar a esa caja, una que ni siquiera estaba vacía.

—Que entres, te digo —volvió a susurrar él y a pesar de lo bajísimo de su voz, Andy notó que era una orden que no podía desobedecer. Unas lágrimas rodaron y pasaron sobre sus manos. Volvió a mover la cabeza, pero Joel la miró impaciente.

Afuera, la puerta fue golpeada y la madera destrozada voló por el aire. El asesino, porque sabían que se trataba de él, estaba haciendo un hueco golpeando en uno de los puntos más débiles de la puerta, aquél que estaba de lo más podrido y como seco estaba el material, asimismo era con el cuerpo en el féretro al que la chica debía entrar.

Andy miró al muerto... lo que quedaba de él y cerrando los ojos con fuerza, sin dejar el llanto, pero controlando los gemidos para seguir conservando el completo silencio, se quitó las manos del rostro para apoyarlas en la orilla del ataúd y ejerciendo presión en los músculos de los brazos, se impulsó hacia arriba y ayudada por Joel, logró entrar a la caja, recostándose a un lado del esqueleto vestido con un descompuesto traje que, al igual que su dueño, había tenido mejores días, haciéndose más potente el olor de la putrefacción.

Así que la joven dominó las vías respiratorias, pero no podía simplemente dejar de respirar aunque quisiera hacerlo, tampoco quería ver a su lado el cadáver, por lo que en ningún momento abrió los ojos y fue Joel el que movió un poco al morador del féretro para que ella pudiera acomodarse. Gimió en su mente y tembló al sentir a su lado la frialdad de los huesos, lamentando casi sofocada, requerir el lecho de ese difunto señor.

—Descuida —le susurró Joel inclinado sobre ella—, te sacaré pronto de aquí, lo prometo. Estarás bien.

Por primera vez, Andy dejó que su voz la tranquilizara. Él tenía una voz grave y varonil y susurrada, la hacía temblar de amor, pero en esta ocasión, Andy se estremeció por la esperanza de salvación que le transmitió su voz.

Como seguía todavía con los ojos cerrados, solo sintió el leve roce de los labios de Joel sobre los suyos, como si así sellara su promesa, luego escuchó cerrarse la caja y el sonido de las aldabas de metal al fijarse en las argollas que aseguraban la puerta, retumbó con exageración en sus oídos. De nuevo, al saberse encerrada, la ansiedad que sintiera cuando ingresó al lugar, se convirtió en claustrofobia otorgándole un creciente terror.

No pudo evitar sentise aislada de todos y de todo, excepto de una tenebrosa y pesada sombra que identificó como la muerte que se levantó sobre ella. Sus manos, incapaces de permanecer quietas, tocaron las paredes del ataúd con desesperación e intentó abrir la puerta, pero al no lograrlo, el pánico se potenció.

"!No! ¡Dios mío, voy a morir aquí!", gritó aterrada, pero en silencio.

Capítulo 13


 Con esfuerzo agotador, empujó la tapa del féretro sintiendo que no soportaría ni un segundo más estar encerrada allí, pues el pensamiento anterior había superado su ansiedad.

Pero el sentido común le hizo ordenarse guardar calma, no obstante, aunque logró deominar sus impulsos, un frío sudor comenzó a humedecerla. Abrió los ojos y fue si no lo hubiera hecho. El ataúd estaba fabricado en un resistente material a la corrosión y seguía intacto a pesar de los agentes putrefactos del cadáver por lo que no dejaba pasar la luz del exterior, así que oscuridad fue lo que vio.

"Tranquila", volvió a repetirse. "No estás sola, Joel está aquí". Trató de agudizar el oído para poder escuchar lo que sucedía afuera y al prestar tal atención a los sonidos, logró oír pasos apresurados, los que reconoció como los de Joel, mientras aquellos golpes en la puerta, los que daba el asesino para poder entrar, continuaban arruinando la madera podrida que crujía como lamentándose al deshacerse.

Afuera del claustrofóbico espacio de Andy, Joel fue a colocarse a un lado de la puerta para esperar paciente a que el asesino de su "novia" entrara, justo en la orilla del reducido descanso que estaba antes de los peldaños. Su respiración inalterada parecía denotar que estaba de lo más sosegado, no obstante su mirada entrecerrada y la manera como estaba parado, así como las manos en un puño, señalaban que estaba muy nervioso. Miró sin parpadear como el asesino lograba hacer un hueco en la madera que le permitió introducir uno de los brazos y a tientas, llegar al travesaño, el que retiró permitiéndole la entrada a la cripta familiar.

En cuanto el hombre puso los pies en el descansillo, Joel no esperó a que lo descubriera, sino que aprovechó para recibirlo con una poderosa patada en el costado izquierdo, por lo que el sujeto, tomado por sorpresa, se tambaleó dando un paso de lado, hacia los escalones y antes de que recuperara el equilibrio, Joel, quien había girado sobre su eje al golpearlo, levantó el otro pie y lo impactó de nuevo y esta vez el sujeto cayó sobre los escalones sin detenerse hasta que llegó abajo, dando contra el suelo y sin querer darle tiempo de reponerse, Joel se lanzó desde arriba con el objetivo de caerle encima al hombre que tenía el rostro cubierto con un pasamontañas.

Sin embargo, el hombre era muy listo, pues alcanzó a visualizar su lanzamiento, lo que lo hizo actuar con rapidez colocándose de espalda al suelo y levantar las piernas con la intención de recibir a Joel con los pies, pero aún en el aire, éste miró la acción del sujeto, así que se movió de tal manera que logró hacer una magnífica pirueta que cualquier acróbata envidiaría y al girar sobre su cuerpo, logró apoyar las manos en las suelas del calzado del atacante e impulsándose desde allí, hizo otra pirueta para termirar de pies en el suelo, ocurriendo todo tan rápido, que bastó el tiempo de una fracción de segundo para lograr tal acrobacia.

Prontamente, el hombre se puso de pie y ambos se analizaron. El asesino se llevó la mano al costado golpeado, sin dejar de observar a Joel, quien solo podía verle los ojos, aunque no fue necesario verle el rostro, pues por el estiramiento de la tela sobre la boca, Joel supo que el hombre sonreía. La sonrisa iluminó los ojos oscuros y su voz la reflejó cuando le preguntó:

—¿Dónde está? ¿Dónde la escondiste? ¿Crees que puedes ocultarla de mí?

Adentro del ataúd, Andy se estremeció al escuchar la voz. Aunque los sonidos de afuera eran sordos y opacos, pudo escucharlos bien y no le quedó duda de que si la encontraba, la mataría, por lo que su pánico creció, ya que estaba segura que daría con ella.

—¿Por qué? —preguntó ahora Joel— ¿Quién eres? ¿Por qué haces esto?

"Qué maravillosa voz", pensó Andy sofocando su pánico. Tenía que centrar su atención en algo, de lo contrario, ella misma se delataría. "Él no va a permitir que me encuentre. ¡Joel, sálvame!"

—¡Oh, no es nada personal! —anunció el sujeto—. Son sólo negocios.

—Entonces, dime, ¿quién te contrató para hacer esto? —indagó Joel moviéndose en círculo cuando el sujeto comenzó a moverse de igual manera—. Yo puedo pagarte más de lo que te ofrecieron.

El hombre volvió a sonreír, pero ahora la sonrisa se transformó en risa, la cual siguió aún después de decir:

—Lástima, mi ética no me permite la traición.

Joel levantó las cejas con sarcasmo. Obviamente burlón, dijo:

—¿Cómo? ¿Un asesino con ética? Creí que se vendían al mejor postor.

—No en mi caso —respondió el asesino molesto—, y eso me ha ofendido, porque tú no sabes nada, así que dime ya dónde la tienes, si lo haces, te perdono la vida.

Seguían moviéndose en círculo y sus miradas se tornaron más frías, más amenazantes, porque ninguno estaba dispuesto a ceder.

—Mi vida sólo le pertenece a ella, a esa chica que quieres asesinar, así que no voy a permitir que le hagas daño —concluyó Joel puesto ya en guardia para el siguiente ataque.

"¿Cómo?", se preguntó Andy incrédula por lo que escuchó de Joel. "¿Se refiere a mí? ¿Su vida me pertenece?" Su corazón latía acelerado, pero esas palabras lo aceleraron más. Deseó salir para preguntarle a Joel qué rayos significaban esas palabras y no salió nada más porque no pudo. La puerta no podía abrirse, aunque volvió a intentarlo olvidando por un momento el peligro en el que se encontraba.

—Entonces tendrás que morir también —dijo el asesino y se lanzó contra Joel con un poderoso ataque de sus puños.

El primer golpe, Joel lo recibió en la mejilla, el segundo en el costado y uno tercero en la mandíbula. Los golpes lo lanzaron hacia atrás, pero no cayó a pesar de que la velocidad de las manos del asesino fue imprevisible y sorpresiva. El golpe de la mejilla había abierto una herida interior y la boca de Joel se llenó del sabor a cobre de su propia sangre, la cual escupió limpiándose después la boca con el dorso de la mano. Miró al sujeto, sintiendo respeto por él, porque sin duda era hábil con los puños, además de muy veloz. Su posición de guardia no le había servido de ayuda.

El sujeto volvió a reír bajo la máscara mientras volvían a moverse en círculo y Joel maldijo por dentro al sentir como vibraban de dolor su costado y mandíbula, lo que lo hizo preguntarse si lospuños del sujeta eran de plomo, pues sí que pegaba duro.

El siguiente ataque que recibió fue con los pies y en la técnica de la patada voladora, el asesino también resultó ser muy veloz, pues no solo le dio con potencia en el estómago, sino que aun antes de tocar el suelo, ya estaba recibiendo otra sobre el pecho, lanzándolo contra una mesa en la que se golpeó la espalda en el bolde, deslizándose después para quedar sentado en el suelo. Joel lanzó una serie de maldiciones en medio de gemidos de dolor.

"¡Joel!", gritó muda Andy al llegar a sus oídos los gemidos de él. "¡Joel!" Las lágrimas llenaron sus ojos al imaginárselo golpeado hasta lo inimaginable. El dolor que sintió no se comparó en nada con lo que sentía por estar encerrada en ese ataúd, porque temió por la vida de él; no quería que Joel muriera. Una lágrima rodó por el rabillo del ojo, no obstante, detuvo las demás, porque no iba a llorar. No y no. Le dolió la garganta. Se le tensó la quijada por el esfuerzo de sofocar el llanto, pero se lo tragó, reacia a dejarlo libre, pues no lloraría aunque Joel muriera. "¡Maldición!", siguió gritando en silencio, "!No quiero que muera!", pero a pesar del dolor que oprimía con sofoco su pecho, retuvo el torrente, fiel a su promesa.

—Vamos —dijo el asesino—, dime en cual ataúd la has escondido, porque sé que está en uno de estos, así que anda, facilítame el trabajo, hombre.

Desde el suelo, Joel miró como el asesino se dirigió a uno y quitando el cerrojo, levantó la tapa. Un cuerpo aún en descomposición fue lo que el hombre encontró, y mantuvo la tapa levantada sin tomar en cuenta que un cadáver en descomposición, produce unos doscientos cuarenta clases de gases tóxicos que pueden generar enfermedades respiratorias crónicas para el ser humano.

—Mira —se volvió a mirar a Joel y con voz sarcástica le informó—, así terminará tu chica, ven a ver —. Regresó su mirada al cadáver sin importarle tampoco el fuerte olor.

Joel se levantó y la furia que sintió lo hizo moverse con gran velocidad e irse contra el burlón asesino en un ataque sorpresivo, así, como si fuera un tackle, —jugador de futbol americano—, se lanzó contra el hombre lanzándolo al suelo, pero el sujeto se puso de pie casi de inmediato, no obstante, Joel ya lo esperaba con uno de sus pies, así que aun antes de quedar erguido, le propinó un gran golpe en la cabeza, en la sien derecha, por lo que el asesino quedó visiblemente aturdido.

"¿Qué está pasando?", se preguntó Andy, aun estremecida por el gran sonido de la tapa que había caído. "¿Qué fue ese ruido? ¡Joel! ¡Ven, sácame ya de aquí!" La ansiedad que sintió por no saber nada, la hizo mover de nuevo las manos en inútil intento de abrir su prisión. "¡Joel! ¡Por favor!"

Entre tanto, Joel quiso aprovechar el aturdimiento del sujeto para ir por Andy, sacarla del ataúd y huir —no es que huyera por cobardía, sino por su miedo de que ese tipo dañara al amor de su vida, así que era para protegerla—, pero apenas se había dado la media vuelta cuando el peso del hombre sobre él lo derribó al suelo boca abajo y rápidamente el atacante lo maniató montándose en su espalda. Joel sintió un agudo dolor y no evitó lanzar un gemido de dolor y sorpresa.

—Vas a morir —siseó el asesino en su oído al momento de sacar una afilada navaja que le había clavado en el músculo infraespinoso—, debiste decirme donde está, de cualquier manera la voy a encontrar.

Joel sintió el viscoso y tibio líquido brotar de la herida y percibió como el asesino levantaba la mano al momento de tomarlo por la quijada para mover su cabeza hacia atrás y así descubrir la garganta de él con la intensión de degollarlo con la navaja.

El asesino mantenía los brazos de Joel sujetos contra el suelo colocando sus rodillas y pantorrillas sobre ellos, por lo cual aparte de ser doloroso por el peso del hombre, le impedía cualquier movimiento, aunque él intentó zafarse para impedir su degüello, pero al no conseguir su liberación, gimió de impotencia. El hombre era muy fuerte y lo había inmovilizado por completo.

"Andy", se dijo triste, "no podré salvarte"

Cuando en espera estaba de su final, escuchó un golpe seco, después, el asesino se derrumbó inconsciente quedando sobre su espalda. Enseguida alguien lo retiró y la voz de José se escuchó:

—Hermano, ¿estás bien?

—José —musitó Joel, aceptando la ayuda de su salvador para levantarse. Miró al asesino y fue a descubrir su rostro. Era un hombre joven y la herida que José le había hecho al golpearlo con el travesaño de metal en la cabeza, parecía seria.

—Creo que lo he matado —dijo José con alta voz—, tendré problemas por ello.

Joel se inclinó y tomó el pulso del asesino. Afortunadamente para José, él hombre aún estaba vivo.

—Está vivo, no te preocupes —Lo tranquilizó Joel mientras iba a abrir el ataúd donde Andy esperaba con gran impaciencia. Escuchando la conversación entre los hermanos, había concluido que la pesadilla terminaba y que por fin estaban a salvo.

La mirada de Andy nunca había reflejado tanta alegría como en ese momento que miró levantarse la tapa de su guarida. Joel la ayudó a salir y ella no pudo evitar que las lágrimas volvieran a sus ojos. En esta ocasión no las retuvo, porque no lloraba por Joel, sino porque había sido liberada de su prisión. Se acercó a José y con voz baja le dijo:

—Gracias.

José la miró y encogiéndose de hombros, preguntó:

—¿Por qué? Lo hice por mi hermano.

—De todos modos, gracias —y le dio un fuerte abrazo.

José se la quitó de encima y frunciendo la nariz, dijo con asco:

—¡Apártate, muchacha! ¡Necesitas un buen baño!

Andy se olió y estuvo de acuerdo, pues olía a muerte, aunque se sentía más viva que nunca. Dirigió ahora su mirada al asesino. Acercándose a él, dijo:

—No conozco a este hombre.

—¿De veras no lo conoces? —preguntó Sora desde la puerta. Detrás de ella dos oficiales de policía hicieron su entrada a la cripta familiar—. Pues al parecer, él si te conoce y lo más interesante es que intentó matarte en dos ocasiones.

Joel se acercó a Sora, quien había entrado también y ahora estaba plantada ante el asesino mirándolo con seriedad. La policía lo levantó para llevárselo a la jefatura de policía e interrogarlo, aunque primero tendría que pasar al hospital.

—Tendrán que acompañarnos y establecer una demanda —les dijo uno de los oficiales—, pero usted debe ir en la ambulancia, para que atiendan esa herida —Señaló la sangre en la camisa de Joel.

—No, oficial —Joel, sin dejar de mirar al asesino, dijo resulto—, iré a la jefatura y no me moveré de allí hasta que sepa quien es este hombre y quien lo ha mandado a hacer esto —y miró a Sora al decir lo último.

Sora sonrió sarcástica al momento de decir:

—Sí, Joel. A mí también me gustaría saber quien lo ha mandado. Ahora salgamos de aquí, no soporto este olor.

Dicho lo cual, salió muy irritada de la cripta siguiendo a los oficiales que, llevando al asesino, lo introdujeron en una patrulla que no estaba muy lejos del lugar. José siguió a Sora y detrás de ellos, Andy Joel. Andy dijo en voz baja mientras se dirigían al auto de José:

—Joel, yo... gracias.

—Haría todo por ti, Andy —susurró él.

Ella se detuvo y lo miró con ojos muy abiertos.

—¿Por qué? Me detestas.

El se detuvo también y mirándola con desesperación, dijo:

—Pues así y todo, daría la vida por ti.

—¿Van a venir con nosotros o qué? —les gritó Sora ya adentro del auto de José.

La escena de ellos mirándose con esa mirada llena de empalago, mirada que ella sólo notaba, la llenaba de furia desesperada. Hasta ahoa, no había podido evitar que Joel le mostrara cuánto la quería. Menos mal que Andy era una ingenua y no sabía nada del amor... aún cuando estaba muy enamorada de Joel. Ya lo había notado. ¿Cómo pudo ser tan estúpida como para no haberlo visto antes? Bufó de ira. Si tan sólo Andy hubiera aceptado ir a los E.U. Probablemente que ya habría solucionado ese problema, aunque después lo dudó, pues alguien ya intentó borrarla del mapa, sin conseguirlo.

En la jefatura, alguien tuvo la delicadeza de atender la herida de Joel, la que por fortuna no era grave. La otra buena noticia fue que no había sido necesario llevar al hospital al asesino. Él había recobrado el conocimiento en el camino, así que al llegar a la jefatura, el interrogatorio comenzó de inmediato, después de ver que la herida de la cabeza no suponía un riesgo para su vida.

De esta manera, pese a que el interrogatorio llevó mucho tiempo, pues el hombre no quería incriminarse más revelando la verdad, obtuvieron al final del día un resultado positivo, lo que fue bueno para los que, en la sala de espera, esperaban —Joel, Andy, Sora y José—, negándose a marchar, pues querían conocer el motivo de tales ataques, así que en cuanto entró un oficial, fue Joel quien hizo la primera pregunta:

—¿Ya saben quién es?

—Su nombre es Miguel Lozano y es novio de esta chica —Les mostró la fotografía de una sonriente y bonita joven— ¿La conocen?

Andy tomó la fotografía en sus manos y abriendo desmesurada los ojos, exclamó:

—¡Es una de las chica que hizo la audición junto conmigo para la obra "Zoroastre!". Me dijo que estaba muy nerviosa, que había mucha competencia, pero ¿qué tiene ella qué ver en todo esto?

—Resulta que fue ella la que mandó a Miguel Lozano a producirle un daño que la eliminara de la obra. Supuestamente, ella sólo deseaba que usted se lastimara un pie, imposibilitarla para presentarse a los ensayos, y por ende, al estreno de Zoroastre. Según él, nunca fue la intensión de la novia asesinarla. La idea fue de él.

Estupefacta, Andy preguntó:

—Pero, ¿por qué? ¿Por qué no quiere que me presente al estreno?

—¡Qué boba eres, Andy! —soltó Sora impaciente—. Seguramente no sólo es por envidia, sino porque ella ha de ser tu reemplazo —Se volvió al oficial—. Seguramente esa chica quedó seleccionada para suplir a Andrita en caso de no poder ella con el papel, ¿me equivoco?

—No se equivoca.

Andy le regresó la fotografía al oficial sintiéndose triste de pronto. Su voz lo denotó al preguntar:

—¿Qué va a pasar con ellos?

—Ambos serán consignados. A ella es posible que se le den cargos menores, pero a él no. El intento de asesinato es muy grave. Señorita Miles, ya no tiene qué temer. El señor Lozano recibirá su justo castigo.

Andy suspiró aliviada, luego se despidieron del agente y los cuatro salieron de la jefatura. José los llevó al departamento de Andy donde los dejó para irse al propio.

Había sido un día de muchas emociones. Todos estaban cansados, pero sin deseos de dormir. Mientras Andy iba a darse una ducha, Sora llamó al hospital a donde habían llevado a Isabel para atenderle la herida. Alejandra, que no se había separado de ella desde entonces, le dio buenos informes y Sora pudo colgar tranquila el teléfono, pues siendo esas dos chicas sus amigas desde siempre, sentía un aprecio profundo por ellas. Joel se entretuvo pidiendo algo para comer a un restaurante italiano que había cerca, así que la cena no tardó mucho en llegar, aunque los tres comieron poco.

Poco antes de terminar de cenar, Andy miró a sus compañeros y les preguntó con voz áspera:

—Y ustedes, ¿hasta cuando piensan invadir mi espacio? Realmente no sé por qué están aquí. Y su relación me importa un comino, así que quiero despertar por la mañana y tener la dicha de no verlos más por mi departamento.

Lanzándoles una mirada de irritabilidad, se levantó de la mesa y se retiró a su habitación. Sora miró sonriente a Joel.

—No sé que le ves si ella no te quiere ni poquito. ¿Qué haces aquí, Joel? ¿Por qué no te vas de una buena vez?

Joel se levantó también y lanzándole una mirada desagradable, le dijo:

—Me iré cuando te vayas, pero bien lejos de ella. A miles de kilómetros. A la luna, de ser posible. No confió en ti, Sora.

—Estás paranoico, amorcito. ¿Sigue en pie tu acusación? ¿Crees que saldrá otro asesino que atentará contra ella? ¡Por favor!

Joel le dio la espalda y comenzó a caminar para salir del comedor. Sin volverse le dijo:

—Sé que planeas algo, por eso estás aquí. No la dejaré, así que ya lo sabes.

Se marchó dejándola furiosa. Sora temblaba por el rechazo de él, al que simplemente no podía acostumbrarse, pues amó a ese hombre, lo amaba ahora y lo amaría para siempre. Recargó los codos sobre la mesa y enterró el rostro en las manos al momento de decir con voz llena de rencor:

—¡Maldita sea! ¿Por qué tuvo que fallar ese hombre en el intento de quitarte la vida? ¡Estuvo tan cerca! ¡Pero tuvo que morir quién no debía!

Se levantó y se fue a su habitación en donde se encerró dando un gran portazo que hizo cimbrar las paredes. En la habitación de Andy, ella se cubrió la cabeza con la almohada. Ni siquiera intentó preguntarse a qué se había debido semejante estallido de cólera por parte de Sora. Así que siguió en su intento de dormir. Se relajó a pesar de que sus mejillas estaban húmedas por el llanto. No podía parar de llorar por su querido amigo Gil. Se quedó dormida preguntándose si le lloraría toda la vida.

Un sonido agudo la sacó de su sueño. Abrió los ojos y percibió que todavía estaba oscuro. Identificó el estridente sonido y se sentó en la cama mirando en torno en la penumbra. El sonoro sonido era la alarma de incendios. Olfateó en el aire para identificar cualquier olor a humo, pero no olió nada fuera de lo normal.

Se levantó y salió al pasillo en el preciso momento en que Joel y Sora se hacían también presentes. Sora estaba vestida en un ligero camisón que revelaba casi todo de su delgado y curvilíneo cuerpo. Andy vestía su acostumbrada pijama pantalón estampada en corazoncitos. Joel en cambio sólo vestía el pantalón de un pijama, liso y en color azul oscuro.

—¿Qué pasa? —preguntó Sora, bostezando.

—Algo serio, al parecer —anunció Joel—, vamos, tenemos que salir del edificio.

En el pasillo de afuera del departamento, podían escucharse las carreras de los que residían en el edificio y una voz de hombre que gritó:

—¡Salgan todos! ¡Hay un incendio!

 Capítulo 14


 Los tres se apresuraron a la puerta para salir del departamento, pero antes de que Joel la abriera, Sora dijo preocupada:

—Esperen, no puedo salir así a la calle.

Hasta ese momento, Joel y Andy se fijaron que la modelo andaba muy ligera de ropas.

—No hay tiempo, Sora —replicó Joel algo irritado—, además andas más cubierta que cuando modelas biquini.

Sora le lanzó una mirada de enfado. Con voz irritada, dijo:

—Es diferente. Ese es mi trabajo.

—Pues ahora es tu vida, así que vamos, salgamos —Y Joel abrió la puerta y empujó a Sora para que saliera.

Sora dijo algo entre dientes que no entendieron y ya en el corredor miraron que este se había quedado solo. Un leve olor a humo llegó hasta ellos, pero no había señales de fuego y aunque la alarma seguía sonando, el sistema de los rociadores no había funcionado, lo que era realmente curioso dado a que este estaba fabricado para combatir el fuego en cuanto se detectaba cualquier amenaza de incendio, pero siguiendo la corriente, caminaron a lo largo del pasillo hasta que las chicas se detuvieron ante las puertas del elevador, mas Joel pasó de largo diciendo:

—Cuando hay un incendio, lo que no debes hacer es entrar al elevador. Bajemos por las escaleras.

Ellas lo siguieron. En el descanso del segundo piso, Joel miró hacia el pasillo que conducía a los departamentos. Allí también se podía oler el ligero aroma a humo, pero tampoco había indicios del fuego y los rociadores seguían inactivos, lo que lo hizo fruncir el ceño preocupado, pues, ¿qué era todo aquello?

—¿Qué pasa, Joel? —preguntó Andy mirando también para todos lados.

Joel dejó el descanso para adentrarse al corredor, mirando a su paso a ambos lados. Las puertas de los departamentos habían quedado abiertas por la rápida fuga, así que se asomó en algunos de ellos y su expresión de inquietud se acentuó. Andy lo siguió e imitó lo que él hizo sin entender su actitud.

Sora se había quedado en el descanso y desde allí gritó más molesta:

—¿Qué sucede con ustedes dos? ¡Salgamos de aquí! ¡Estamos en medio de un incendio!

—No —dijo Joel en voz baja—. Creo que es una falsa alarma.

Andy lo miró sorprendida. ¿Cómo que era una falsa alarma? ¿Por qué sonaba entonces? ¿Qué la había activado? Y ese olor a humo, ¿de dónde provenía?

—Esto es extraño —murmuró Joel y regresando sobre sus pasos, llegó al descanso donde estaba Sora, quien sólo lo miró cuando él pasó a su lado sin detenerse. Andy lo siguió, aunque ella sí se detuvo cuando Sora le preguntó al pasar a su lado:

—¿Qué diablos pasa?

Andy la miró, se encogió de hombros y siguió a Joel, quien llegó al descanso del primer piso. Al igual que en el segundo piso, se introdujo por el pasillo. También ahí había un leve olor a humo, pero el fuego brilló por su ausencia. El panorama era igual que en el piso anterior.

—Qué raro —volvió a susurrar Joel, pero la duda pudo definirse en el tono.

—Joel —Andy se detuvo a su lado y lo miró con desazón—, dime, ¿qué está pasando? ¿Por qué se te hace raro todo esto?

Sora llegó al lado de ellos y preguntó con fastidio:

—¿Hay o no hay incendio?

—No hay incendio —informó Joel—. Es sólo ese olor a humo y si lo notan, ya está desapareciendo.

—¡Es verdad! —exclamó Andy— ¿Qué fue todo esto, entonces?

—Una falsa alarma —dijo Sora dándoles la espalda para comenzar a caminar y regresar al departamento—. Yo regreso a dormir.

—¡Sora! —gritó Andy caminando detrás de la modelo— ¡No estamos seguros que haya sido una falsa alarma! ¿Qué tal si el incendio comenzó en el último piso y por eso no hay indicios de fuego aquí?

Sora se detuvo. Miró a Joel con una interrogante en la mirada.

—Yo digo que no hay fuego, pero lo que Andy dice puede ser posible. Sugiero que salgamos, por las dudas.

Refunfuñando, Sora dirigió sus pasos al pasillo que la llevaría afuera del edificio. Joel y Andy la siguieron. En la calle, todos los que vivían en el edificio formaban una pequeña multitud plantados a media avenida y miraban hacia el edificio, el que no mostraba por ninguno de sus pisos, quema alguna.

Era ya entrada la noche y la única iluminación que podía verse, era la de las lámparas, tanto de la calle como del edificio, así que hubiera sido muy fácil ver las llamas en medio de la oscuridad, pero estas continuaron siendo fantasmas.

—¿Qué sucede? —se escuchó una voz de mujer de entre los observadores—. Yo no veo que haya fuego.

Los murmullos pronto se elevaron y al segundo siguiente, las quejas abiertas de los residentes del edificio se escucharon en medio de la noche.

—¡Alguien nos jugó una broma muy pesada! —gritó uno entre ellos—. Y lo peor es que no podemos volver sino hasta que los bomberos revisen el edificio y nos den luz verde para ingresar. ¡Qué fastidio!

Y esa era una verdad de ley, así que como buenos servidores de la sociedad, el departamento de bomberos no tardó en hacer su aparición conteniendo la ansiedad de los moradores del edificio, el que examinaron con rigurosa responsabilidad, mientras tanto, Sora no dejaba de quejarse.

—¡Odio al que hizo esto! —Su voz irritada manifestaba el sentimiento que en ese momento sentía—. Porque estoy segura que alguien lo hizo —También fastidiado, Joel rodó los ojos, pero guardó silencio como Andy, limitándose a escucharla—. Me siento muy cansada, además de cada vez más incómoda. No dejan de mirarme.

Andy miró a su alrededor y notó por qué se sentía incómoda su hermana. Todos, pero todos los varones tenían sus miradas puestas en su figura. No es que no hubiera otras mujeres en paños menores, era sólo que como ella era una figura pública, a la que consideraban inalcanzable, les llamaba más la atención y era seguro que más de uno, estaba fabricándose fantasías con ella en ese momento en que la tenían tan cerca.

Andrita sonrió con ironía, porque a pesar de su profesión, Sora mostraba timidez. De pronto, al seguir mirando, su mirada fue más allá del grupo que formaban sus vecinos y la sonrisa murió en sus labios echándose inconscientemente hacia atrás, pegando su espalda contra el pecho de Joel. Su rostro palideció y abrió grandes los ojos cuando su mirada se detuvo en un hombre que retirado del grupo, la miraba con insistencia. Estaba situado en una parte donde la luz artificial no llegaba, oculto por las ramas de un árbol, pero ella había visto lo suficiente para notar que el hombre se cubría el rostro con un pasamontañas negro y casi pudo ver el rojo resplandor de su mirada.

"Estoy paranoica", se dijo recordando su pesadilla. "No puede ser la sombra" Parpadeó para alejar la imagen de su mente y de su vista, lo que pareció funcionar, pues con esos breves parpadeos, había logrado desaparecer al hombre y el lugar donde estaba quedó vacío. "Fue sólo una visión, el asesino ya fue detenido", se dijo estremecida. Joel notó su estremecimiento y colocando sus manos sobre sus hombros, le preguntó:

—¿Qué pasa, Andy?

Ella permaneció pegada a él, sintiendo como el calor de las manos en sus hombros logró calmar la ansiedad que sentía. Por primera vez agradeció su contacto, así que moviendo de un lado para otro la cabeza, murmuró:

—Nada, me pareció ver algo allá, pero creo que no es nada.

Joel miró hacia el lugar que ella le señaló y escudriño con su mirada sin ver nada extraño.

—Vamos —dijo con suavidad, pues los bomberos por fin les habían permitido acceder a sus departamtos explicándoles que todo había sido una falsa alarma—, entremos.

Ambas asintieron, mirando como los vecinos entraban en tropel, entonces Sora se colgó del brazo de Joel sonriéndole coqueta y él sólo la miró irritado, aunque se dejó llevar por ella.

De esta manera, poco a poco la calle comenzó a vaciarse.

Sin embargo, al llegar a la recepción del edificio, Joel decidió esperar un poco para subir, porque los ocupantes de los diferentes pisos seguían en masa, queriendo llegar a su hogar lo más rápido posible, así que saturaban tanto los elevadores como las escaleras.

—Qué fastidio tener que esperar —musitó Sora sin soltar el brazo de Joel.

—Anda —musitó a su vez él—, no tienes por qué esperar.

—¿Y dejarte solito? —Levantó la mirada para verlo con dulzura, alzándose de puntas para susurrarle al oído— ¿Y con ella?

Andy, sintiéndose mal por la escena de intimidad, se alejó un poco de ellos para no escucharlos, tragándose el amargo sabor que llenó su boca, dolida en el corazón al comprender que la amargura procedía de unos terribles celos. Se sentía celosa, y reconocerlo la lastimó, pues nunca antes se había sentido así por su hermana. Había sentido muchas cosas: herida, tristeza , decepción, incluso humillación y resentimiento, pero jamás celos.

Y descubrió que eso era envidia y que ese sentimiento podía llegar a ser la emoción más devastadora que podía existir, porque daba deseos de hacer lo impensable, como en ese momento que le nació a ella la pretensión de golpear a Sora y retirarla de Joel, sin embargo, haciendo un supremo esfuerzo, suspiró profundo para calmarse. Ella ya había olvidado a Joel. Ya no sentía por él más que... amor.

No podía engañarse más. Amaba a Joel y ese fuerte sentimiento que desde niña sentía se hizo más grande y fuerte. El escozor de las lágrimas hizo arder sus ojos. Apretó las manos negándose a llorar. No lloraría. Gimió en su interior, pero no lloró y para distraerse, su mirada brillante comenzó a vagar por el lugar, desenfocándola de aquellos dos que tanto dolor le causaban y no supo cuanto tiempo pasó recorriendo el conocido lugar, pero de pronto, su vista errante fue atraída por un movimiento, así que se detuvo en la puerta de entrada, notando en seguida los dos enormes maceteros, uno a cada lado y en uno estaba plantada una planta alta de hojas grandes y en el otro una palma y fue precisamente en ésa, que Andy alcanzó a ver la figura vestida de negro, tratando de ocultarse entre las ramas verdes, apoyándose en las penumbras para no ser descubierto.

—Vamos, Andy —escuchó a Joel—, ya podemos subir.

Ella se volvió a mirarlo dándose cuenta que se había desprendido de Sora, quien a su vez la miró con ira mal disimulada, sintiendo sorprendida como por un momento la envolvía con un profundo odio, pero pasó el sentimiento por alto y antes de ir hacia ellos, volvió a mirar a donde la palma ocultaba la figura, no obstante ya no la vio. Movió la cabeza diciéndose que su imaginación estaba esa noche muy vívida. Quizás fuera por todas las emociones que había experimentado en las últimas horas.

Se dirigió a Joel que la esperó mientras Sora ya caminaba hacia el elevador, el que ya era solo para ellos, pues al parecer todos los moradores estaban ya en la seguridad de su hogar, luego, al llegar a su lado, en silencio fueron detrás de la modelo, pero Andy no pudo evitar mirar atrás antes de entrar al elevador, en donde Sora ya estaba, manteniendo la puerta abierta visiblemente impaciente.

Andy trataba de convencerse que la figura del hombre que cubría su rostro con el pasamontañas, era producto de su imaginación, una visión irreal nacida de la pesadilla que tuvo en el hospital, pero ver en el preciso momento en que retrocedía su vista que la figura de ese hombre se movía entre las penumbras del pasillo para ocultarse en otro lugar, la alarmó sobre manera, despertándose el miedo, porque no le quedó duda, ese hombre era real, tanto como ella. Comenzó a sentirse mal, físicamente enferma.

—Joel —susurró, tomando con mano temblorosa el brazo de él mientras la palidez robaba el color de su rostro—. Creo que nos están siguiendo.

—¿Qué?

—Allá, está oculto por ahí. Lo he visto.

Sora salió del elevador al escucharla. Tanto ella como Joel, miraron hacia donde Andy señaló y no vieron nada. El elevador cerró su puerta y emprendió su viaje rumbo a los departamentos de arriba. Frunciendo el ceño y con voz molesta, Sora dijo:

—¡Por Dios, Andy! ¿Te has vuelto loca? El asesino ya está tras las rejas. ¿Quién puede seguirnos ahora?

Andy movió enérgicamente la cabeza. Su voz perturbada y llena de miedo, respondió:

—¡No lo sé! Estoy segura que lo he visto. Afuera también lo vi.

—Aguarden aquí —pidió Joel y se encaminó al lugar señalado.

Las mujeres esperaron.

—Creo que la pérdida de Gil te ha hecho perder la razón, Andy —le dijo Sora, enfadada—.Ya tienes delirio de persecución. Ese es un síntoma de la esquizofrenia.

Fue interrumpida por un escándalo cerca de los maceteros. Una alta y fornida figura vestida de negro se había lanzado contra Joel y ahora ambos estaban liados en una feroz pelea. Las jóvenes miraron horrorizadas como el hombre, que efectivamente llevaba el rostro cubierto por un pasamontañas, sacaba una navaja y con ella, le lanzaba navajazos a Joel, quien moviéndose con rapidez, logró esquivarlos.

—¿Ahora quién demonios es? —preguntó Sora a gritos— ¡Estoy harta de esto!

—¡Corran! — les gritó Joel sin dejar su posición defensiva, pero distrayéndose al mirar a las mujeres—. Llamen a la policía.

Así que aprovechando su lamentable distracción, el hombre le dio una patada en el pecho a Joel y este voló por el aire yendo a parar sobre uno de los maceteros. La planta de hojas grandes se dobló con su peso quebrándose de en medio. Joel gimió de dolor por el duro aterrizaje. La herida de su espalda se abrió al ser lastimada con una rama de la planta y la sangre comenzó a fluir con libertad, pero eso no fue todo, sino que el golpe que se dio en la cabeza contra la pared donde estaba la puerta, lo noqueó al instante y quedó allí sin sentido.

—¡Joel! —gritó Andy con angustia, deseosa de ir en su ayuda, pero ya el hombre se dirigía a ellas.

—¡Maldición! —Vociferó Sora, pulsando la puerta del elevador— ¡Maldición!

Como el elevador no abría, Sora no esperó. Corrió aterrada a la escalera y el hombre la siguió, lo que sorprendió a Andy, pues había supuesto que ese hombre iba por ella y por un momento se sintió confusa, pero el hombre la sacó de su confusión al decirle con voz distorsionada por el pasamontañas:

—No huyas, nena. Esta vez no escaparás de mí como sucedió en el gimnasio. Ahora vuelvo por ti. Antes, debo evitar que esa tonta llame a la policía.

Andy abrió enorme los ojos al escucharlo. ¡Era el asesino del gimnasio! ¿Cómo? Asustada, retrocedió mientras Sora ya corría por la escalera. El hombre la siguió y le dio alcance al pasar por el descanso que había entre la planta baja y el primer piso, unos tres escalones después, lanzándose sobre ella y derribándola al abrazarse de sus piernas. Ella cayó de estómago en los escalones y sintió como el hombre rápidamente la jaló hacia sí colocándola bajo su cuerpo, así que la espalda de ella quedó pegada al pecho de él. Sentirlo adherido a ella cuan largo era, la llenó de espanto.

Armándose de valor, Andy subió con agilidad la escalera y llegó a donde el hombre había maniatado a su hermana. La corpulenta y alta figura estaba sobre Sora y Andy no pudo verla, ya que no era tan grande y permanecía perdida abajo del sujeto.

—¿Qué le has hecho a mi hermana? —le gritó acercándose a su lado y propinó un puntapié con la intensión de darle en el costado al hombre, sólo que no se lo dio a él, sino que su pie se enterró en el costado de Sora. Ella lanzó un ahogado gritó y el hombre rió burlón— ¡Sora! ¡Perdón! ¡No fue mi intensión!

—Ya entiendo por qué no te gusta tu hermana —le susurró el asesino a Sora y ella se tensó más.

—¿Qué? —preguntó en un murmullo, deseosa de salir de la posición en la que el sujeto la mantenía— ¿Qué dices? ¿Quién eres?

Andy volvió a levantar el pie para propinar otro puntapié, pero él lo tomó con una mano y utilizando su fuerza, la arrojó hacia arriba, por lo que Andy, sostenida sólo en un pie y el empuje, perdió el equilibrio, pero su entrenamiento como bailarina de ballet vino en su rescate. No por nada había entrenado durante años el equilibrio en las piruetas y acrobacias que desempeñaba con frecuencia en una sola pierna, así que moviéndose con agilidad, se mantuvo en pie, aunque descendió algunos peldaños, pero en cuanto recuperó totalmente el equilibrio, volvió al ataque, sólo que en esta ocasión, el hombre levantó una de sus piernas y recibió con ella a Andy dándole tremenda patada en el estómago.

Ahora sí, Andy no pudo hacer nada para detener su caída. Se sintió ir por el aire y luego el suelo la recibió. Había bajado los ocho escalones del primer descanso en un santiamén. La caída de espalda casi la noqueó y no se le quebró un hueso tal vez por la condición física que tenía, no obstante,e quedó sofocada por un tiempo, lo que no le permitió levantarse al instante.

Sora, desesperada por no ver nada y por mantenerse debajo del hombre, el que resolpló en su oído, clamó:

—¡Quítate de encima, maldito! ¿Qué crees que haces?

Y se movió indignada cuando lo escuchó reír por lo bajo.

—¡Basta, maldición! —Y las lágrimas brotaron sin remedio.

—Creo que voy a preferir que me pagues con tu cuerpo. Eres preciosa —musitó él lamiendo su oreja.

Sora se estremeció de miedo. Con voz temblorosa por el llanto, preguntó:

—¡Maniático sinvergüenza! ¿A qué te refieres?

—Soy yo, Sora. ¿Cómo es que me has olvidado tan pronto?

—No sé quién eres —gimoteó ella—, me estás confundiendo.

El lanzó una maldición, furioso, luego, utilizando su fuerza tomó a Sora de una manera que en un segundo, la volvió para que quedara de frente a él. Ahora estaban pecho con pecho. Ella miró el rostro cubierto y en su mirada bien abierta podía verse el temor. El levantó la mano para acariciar su rostro y ella lo movió a un lado, pues no soportaba sus manos. No soportaba estar debajo de él, no soportaba ya esta situación.

Él volvió a lanzar otra maldición, la indignación se emparejó con la ira. Se llevó la mano a la cabeza y de manera lenta, se quitó el pasamontañas. La iluminación aunque escasa, no ocultó el rostro del hombre castaño claro que la miró con sus brillantes ojos azules. Ella parpadeó cuando el rostro del hombre se hizo manifiesto en sus recuerdos.

—¡Tú! —siseó perpleja, quedándose sin aliento— ¡Tú!





Capítulo 15
                 

—Yo sí, yo —dijo él con voz molesta— ¿Creíste que desaparecerías así nada más, sin cumplir con nuestro acuerdo? ¿Tienes idea de lo irritante que fue viajar, detrás de ti a este lado del planeta? ¡Hicimos un trato, Sora!

Ella movió la cabeza de un lado para otro por completo perpleja. Con voz ronca y asustada, dijo:

—Pero... nuestro acuerdo era que la haría ir a Estados Unidos. Tú la secuestrarías en el aeropuerto y la eliminarías sin dejar rastro ¡Pero en Estados Unidos! ¡No aquí dónde muchos la conocen! Cometiste un error al venir a...

El hombre levantó una de sus grandes manos para ponerla sobre la boca de ella y silenciarla. Ella lo miró con los ojos muy abiertos y brillantes por la perplejidad y el susto.

—¡No! Nuestro convenio es que yo debo deshacerme de tu hermana. ¡Me importa poco dónde sea!

Sora sintió ira, porque sus planes no habían sido esos. En Estados Unidos nadie conocía a su hermana, así que podían eliminarla de manera más discreta, pero aquí estaba ese bruto descerebrado, el asesino que había contratado en aquél país y el que no alcanzaba a comprender que en Italia, el asesinato de Andy era más complicado, así que con energía renovada, se movió debajo de él y con voz fría, pidió:

—¡Quítate de encima, Kief! ¡Ahora!

Kief acarició su rostro por última vez antes de levantarse mientras que a su espalda, Andy logró ponerse de pie y su visión fue borrosa por el aturdimiento que le provocó la caída. Miró al sujeto y subió tambaleante la escalera. ¿Qué le había hecho a Sora? Pudo verla tendida en el piso por entre las piernas del hombre. ¿La había matado? Una angustiante presión comprimió su pecho.

—Viene Andy.

El susurró de Sora puso sobre aviso al tipo, quien se colocó el pasamontañas para volver a cubrir su rostro al mismo tiempo que la modelo se ponía de pie.

—Esto te va a costar más de lo que acordamos, preciosa —le dijo Kief antes de volverse a mirar a su verdadera víctima dispuesto a cumplir con su "trabajo."

—¡Sora! —exclamó Andy cuando la miró ponerse de pie y una sensación de alivio la invadió— ¿Estás bien?

Ignorándola, Sora se dio la vuelta y comenzó a subir los escalones de prisa, sin deseos de ver como Kief la mataría, porque a pesar de todo era su hermana y muy en el fondo, la quería, no obstante, una voz detuvo su ascenso y se volvió para mirar la figura detrás de Andy.

—¡No sigas avanzando, Andy! —ordenó Joel deteniendo también a la bailarina—. Retrocede.

La chica se giró a mirar a Joel, quien desde abajo, observó al hombre que se mantenía en medio de las hermanas, notando la amenaza que despedía el atacante y aunque la cabeza le dolía por el golpe y la herida en su espalda sangraba, estaba decidido a darle su merecido esta vez, sintiendo arder en su interior la ira, pero lo que más lo enardecía, era que Andy no tenía cuidado e iba directamente a las manos del asesino. ¿Qué pensaba hacer esa descuidada inocente? ¿Derrotar al asesino con sus piruetas danzarinas? Si a él mismo le costaba trabajo derrotarlo.

¡Con un demonio! Miró a Andy que permaneció inmóvil, sin acertar que hacer.

—¡Que retrocedas, dije! —le gritó con dureza y su cólera creció.

Andy comenzó a retroceder centrando su mirada en el hombre, quien también comenzó a descender. En cuanto la espalda de la chica tocó el pecho de Joel, él la puso detrás de sí y ambos retrocedieron hacia atrás. El hombre llegó abajo y dijo:

—¡Dámela! ¡Te perdonaré la vida si me la entregas!

Joel bufó airado. ¿Es que los asesinos no se sabían otra frase?

—Ven por ella —dijo con frialdad, sin perder detalle de todos los movimientos del asesino.

Kief sonrió burlón. Llevándose una mano al vientre, sacó un arma de fuego que ocultaba debajo del suéter negro que vestía y la que sujetaba con la pretina del pantalón, apuntando con esta a Joel. Andy lanzó una exclamación de pavor.

—Tranquila —susurró él con aparente despreocupación, pero su mirada se posó en el arma con temor.

Desde su lugar, Sora observó la escena, lo que la hizo llevarse una mano al pecho al sentir angustia, pues matar a Joel no estaba dentro de sus planes. A pesar de lo que Joel pudiera pensar de ella, lo amaba. Estaba ciega y locamente enamorada de él y de ningún modo podría tolerar su muerte, no la de él, así que de manera involuntaria, comenzó a bajar los escalones. Llegó al lado del asesino y pidió:

—¡Kief, no! ¡A Joel no!

Los tres se volvieron a mirarla. Andy con gran confusión, Joel con desagrado y Kief con ira. El último dijo:

—¡Estúpida! ¡Te has delatado!

—¡Lo sabía! —gritó Joel lleno de cólera— ¡Sabía que era obra tuya!

Las lágrimas llenaron los ojos de Andy al entender la verdad del intercambio de palabras. Con voz temblorosa, preguntó:

—¿Sora? ¿Por qué?

Sora se irguió y alzando soberbia la barbilla, respondió con voz aguda, llena de resentimiento:

—¿Por qué? ¡Mírate! ¡Lo tienes todo! —Su vista herida fue para Joel cuando recalcó— Todo.

—¿De qué hablas?

Los ojos de Sora lanzaron desprecio al encontrarse con los de Andy. La hermana menor se estremeció ante el manifiesto desdén. ¿Desde cuándo la aborrecía tanto? Las lágrimas que había retenido brotaron rodando por sus mejillas de manera silenciosa. No quiso ver más tal rencor, tal odio en esa mirada que la hería en lo más profundo, así que ocultó su rostro detrás de la cabeza de Joel.

—No lograrás salirte con la tuya, Sora—dijo Joel de manera áspera—. Mejor dile a tu asesino que se vaya y vete tú con él. Si hacen eso, no levantaré cargos contra ustedes.

Sora levantó una ceja vislumbrando un gesto sarcástico y después rompió a carcajadas, pero su risa no se distinguió por la alegría, sino por la amargura y el enojo.

—Bien —dijo de manera cínica—, nos iremos, pero primero tengo que vestirme. Acompañen a Kief, vamos al departamento.

Ese "acompañen" no era más que una orden indirecta a Kief para que los condujera. Así que moviendo la mano que sostenía el arma, le indicó que se dieran la vuelta, de ese modo el atacante y la modelo quedaron detrás de ellos.

—Vamos, caminen al elevador y no quiero más escándalo, porque juro que cualquier intento de gritar para pedir ayuda, los mataré —sentenció Kief agradeciendo en silencio que ninguno de ellos hubiese atraído la atención de los inquilinos del edificio, deseando encontrarse en la seguridad del departamento, de ahí que optara por la vía más rápida, pues subir tantos peldaños le supuso más riesgo.

Joel movió a Andy para que ella caminara delante de él, por lo que en fila india se dirigieron todos a tomar el elevador, yendo Sora detrás de Kiel y al ascender, Joel buscó cualquier oportunidad de contraatacar, pero el hombre, a prudente distancia de ellos, no dejó de apuntarles en ningún momento.

Llegaron al piso indicado, por lo que abandonaron el ascensor caminando ahora por el solitario corredor que los condujo a la puerta del hogar de Andy, el que como muchos, había quedado abierto, aunque ya era el único que permanecía así. El hombre cerró la hoja de madera tras de sí al ingresar todos al interior.

—¿Qué vamos a hacer, Sora? —le preguntó Kief con irritación. Tal vez su molestia se debía a que no había podido saciar su instinto asesino todavía—. Yo opino que los matemos a los dos y nos...

—¡Guarda silencio! —siseó ella, ya hastiada con todo esto—. Llévalos a la sala, que se sienten allí y vigílalos mientras voy a cambiarme.

—Ya escucharon —dijo Kief—, ustedes conocen el camino. ¡Maldición! Si por mí fuera, los mataba ahora mismo.

—Así que tú hiciste el simulacro del incendió, ¿verdad? —le preguntó Joel caminando detrás de Andy, quien apenas entró a la sala, se sentó en la orilla del sofá. Su expresión era impenetrable. Joel la miró sentándose a su lado y no supo qué pensamientos cruzaban por su mente. Volvió su atención a Kief— ¿Y por qué hiciste eso? ¿No era más fácil entrar y tomar por sorpresa a Andy mientras dormía?

Kief le lanzó una mirada desdeñosa. ¿Qué sabía ese ingenuo como trabajaba él? En su círculo, la mayoría de sus compañeros habían asesinado a sus víctimas en sus departamentos o casas, en la propiedad de ellos.

Sí, se habían encargado de ejecutar, desde su punto de vista, el plan perfecto, no obstante, la ciencia médica forense había evolucionado a tal grado, que la mayoría de ellos ya estaban tras las rejas y la casi totalidad de esos asesinos, había sido sentenciados a muerte y a los pocos que se libraron de esa pena, se les impuso hasta dos cadenas perpetuas, algo que él no entendía, porque si vivías sólo una vida, ¿cuándo pagabas la segunda cadena perpetua? En la actualidad, hasta el crimen más perfecto era imperfecto ante la minuciosa investigación de la ciencia con la que contaban los detectives médicos. Hoy día, con la avanzada tecnología, ya no era tan fácil matar sin dejar huellas. Cualquier cosa te delataba. Hasta lo inimaginable.

Estaban tan avanzados que a los detectives ya se les había posibilitado descubrir y encarcelar asesinos que habían burlado la justicia años atrás. Quizás ellos ya ni se acordaran de que habían matado a alguien.

Por eso, él prefería ejecutar a sus víctimas al aire libre, o si el lugar era cerrado, que éste fuera público, es decir, donde fuera posible que las huellas que pudiera dejar, fueran destruidas por otras personas o confundidas con las demás. Por eso, no tuvo reparos en atacar a la hermana de Sora en el gimnasio. Ese era un lugar en donde todo el día concurría gente, además, esa noche había sido especial, pues muchas personas desconocidas al propio gimnasio, habían andado por ahí antes de que cerrara, entrando y saliendo por simple curiosidad mientras se hacía la hora del partido, puesto que muchos fans llegaban temprano a dichos eventos, aunque por supuesto, en el fondo tenía la esperanza de que no fuera necesario utilizar el gimnasio como escena del crimen.

Antes confiaba en que el desarreglo que le había hecho al auto de la chica, hiciera su trabajo, aunque se espantó un poco cuando vio a Sora subir a ese vehículo, pues al seguirlos todo el día, se había dado cuenta que la hermana de Sora no quería ni verlos en pintura, así que había supuesto que ella se iría sola al partido, pero no, ahí estaban todos abordo y cuando sucedió lo que esperaba, de nuevo estaban todos juntos, siendo otra persona la que muriera, pero cuando menos no había sido Sora, ya que él jamás atentaría contra la vida de esa bella mujer conscientemente.

Y realmente se sentía furioso ¡No había tenido éxito en ninguno de sus dos intentos de eliminar a la muchacha! En el gimnasio, la chica se había defendido muy bien y después, su amigo tomó su lugar, así que aprendió a no subestimarla. El plan del falso incendio había sido para sacarla del departamento y matarla afuera, pero aunque era bueno en el tiro al blanco, no era de ninguna manera un francotirador , así que casi de inmediato se dio cuenta que no era tan fácil como había pensado a causa de tantas personas que se atravesaban protegiéndola sin saberlo y cuando finalmente la tuvo en la mira, ella lo descubrió detrás de aquél árbol, haciéndolo maldecir en especial a ese cretino que no se le despegaba por nada, siendo como su escudo personal ¡Demonios! Ese tal Joel parecía su sombra, por lo que en el preciso momento en que ella lo vio, el cretino pareció ponerse en alerta buscándolo con la mirada, entonces comprendió que tenía que esperar.

Y debió seguir esperando, así hubiera evitado ser descubierto y aunque ninguno de los dos había visto su rostro, se sintió muy comprometido.

Notó que Joel lo miraba y recordó que le había hecho una pregunta, la que por cierto ya había olvidado. ¿Qué le importaba la pregunta? Lo que quería en realidad era salir de esas paredes que lo estaban poniendo nervioso y más cuando descubrió que Joel lo miraba con más confianza. ¿Qué estaba planeando el sujeto? Apretando los dientes con fuerza, le apuntó en la cabeza y dijo con frialdad:

—Ni se te ocurra —Y en serio lo mataría pese a la orden de Sora.

Pero la advertencia llegó junto con la acción, pues Joel levantó con rapidez la pierna derecha y le dio con el pie en la mano que sujetaba el arma, siendo tan sorpresivo que la pistola salió volando mientras Joel dejaba el sofá para arrojarse sobre Kief, quien lo recibió y ambos cayeron al suelo. Kief de espalda y Joel encima de él, lo que aprovechó el último para darle algunos puñetazos en el rostro cubierto.

Andy también utilizó la momentánea ventaja y se levantó para ir a tomar el arma que había caído atrás de un sillón.

—¿Qué pasa aquí? —gritó Sora entrando a la sala y mirando la escena, captó al instante la situación.

Se lanzó contra Andy para evitar que tomara el arma, no obstante, su hermana la evadió y alcanzó a tomarla, pero antes de hacer algo con ella, Sora levantó la pierna derecha y con el pie golpeó la mano armada de manera tan violenta y dolorosa, que la soltó, así que el objeto de fuego fue a dar sobre una de las mesas de esquina y el florero de cristal que la adornaba se rompió desparramándose sobre la mesa e inmediatamente la modelo se apresuró para obtenerla, pero la bailarina consiguió detenerla por el cabello tomándola por la nuca.

Sora gimió y lanzó una maldición cuando tuvo que retroceder a causa del dolor que le provocó el estirón de cabello. Andy la acercó hacia sí con nada de amabilidad y la abrazó con fuerza, quedando la espalda de Sora pegada en su pecho y vientre, con los brazos a sus costados, inmovilizados por el cerco.

—Sora, por favor —suplicó en su oído—, para esto, por favor.

—No —siseó Sora, moviéndose con ira para soltarse del abrazo, pero como Andy la tenía bien sujeta y siendo Sora mucho más menuda, no logró zafarse— ¡Suéltame!

No la soltó, sino que pareció apretarla más, así ambas miraron la lucha entre los hombres. Kief había logrado quitarse de encima a Joel y ahora ambos estaban de pie, lanzándose golpes con los puños y las fintas del asesino eran tan certeras, que la mayoría de los golpes de Joel fueron esquivados, pero el último no pudo eludir casi ninguno de los de su oponente, luego, por un momento Andy retuvo el aliento cuando Kief levantó con una fuerza descomunal al pintor, para arrojarlo contra el sillón más pequeño, dando el hombre con toda su humanidad en el respaldo, tan brutal el golpe que el sillón se volcó respaldo atrás, por lo que Joel quedó tendido en el suelo. Andy volvió a respirar cuando lo miró moverse, dispuesto a enfrentarse de nuevo a Kief, que ya iba contra él con la intensión de darle patadas aprovechando su visible desventaja.

Andy sintió el fuerte deseo de ir en su ayuda, así que aflojó el abrazo, lo que Sora aprovechó, pues tuvo libertad de darse vuelta y ya frente a ella, rescatar su mano derecha y levantarla en un puño para estamparlo justo en su boca. La joven danzante lanzó un pequeño grito y terminó por soltarla, retrocediendo mientras se llevaba una mano a la boca, lamiendo la sangre de su labio inferior reventado.

Con lágrimas en los ojos miró como Sora iba por el arma, por lo que olvidando su dolor fue tras ella, llegando justo en el preciso momento en que la modelo tomaba aquél preciado objeto, valioso, sí, porque en ese instante todos lo querían, pero formando un puño con los dedos de ambas manos entrelazados, Andy golpeó la de su hermana y el lanza balas volvió a la mesa. Ahora, la morena hizo el intento de tomarla, pero Sora la empujó llena de furia ayudándose con el hombro, haciéndola caer cuan larga era. Desde el suelo, Andy miró como Sora alargó la mano para coger el arma, pero la bailarina levantó un poco los pies y con estos, envolvió una de las patas de la mesa y la movió arrastrándola hacia ella.

El movimiento de la mesa impidió que Sora cogiera el arma, sin embargo, volvió a intentarlo poniendo su palma sobre la mesa para que no volviera a moverla, pero aun así la deslizó de nuevo, esta vez a un lado, hasta donde le permitió el espacio que había alrededor del mueble, porque se encontraba entre unos sillones. El ejercicio de mover la mesa con los pies, pues estaba ejerciendo mucha fuerza dado a que Sora trataba de ponerle peso con el apoyo de sus palmas, pronto hizo que Andy transpirara, así que cuando la modelo, lanzando palabras poco dignas para el vocabulario de una dama, fue a darle unas patadas en las piernas para que dejara de moverla, Andy, cansada ya, tanto por el tremendo esfuerzo como del sonido chirriante de las patas al ser arrastradas, la soltó, e inmediatamente después se colocó de lado, levantó el pie izquierdo y golpeó la pata, la misma que había tenido sujeta con sus extremidades.

La mesita era más alta y más angosta que la mesa central de la sala, en la que precisamente estaba aterrizando kief en ese momento, destruyéndola por el peso de su cuerpo y la velocidad de la caída. El diseño de las mesas era muy fino, de formas delicadas y estilizadas, muy elegantes, pero a pesar de su belleza, eran muy frágiles, siendo las patas muy delgadas, así que no fue difícil para Andy quebrar la que golpeaba y mientras ella le daba a la pata, Sora arremetía contra sus piernas.

Con tres patas, después de haber sido rota la cuarta, no pudo sostenerse y se ladeó, por lo tanto, todo lo que tenía encima cayó a los pies de Andy y Sora, dejando de golpearla, posó la mirada en el arma yendo veloz a recogerla, mas Andy la movió con uno de sus pies, girando en el suelo de costado. Sora volvió a lanzar una serie de palabrotas y Andy sacudió la cabeza al escucharla. Finalmente, Andy logró poner debajo del sillón más grande, la pistola. Sora, más que enfurecida, intentó darle ahora patadas en el vientre, pero Andy tomó sus pies con las manos y la hizo perder el equilibrio, por lo que la modelo cayó sobre ella lanzando un grito por la indignación y clamando venganza, quiso utilizar sus uñas que parecían garras para arañar el rostro de Andy.

—¡Maldición! —gimió Andy tomando sus manos para apartarlas de su rostro— ¿Quieres dejarme marcada para siempre?

A continuación, puso las manos en el pecho de Sora y ejerciendo presión en sus brazos, la empujó lanzándola a un lado en el justo momento en que Kief aterrizaba a su lado, al parecer noqueado.

Andy se arrastró para ponerse junto al sillón grande y metiendo el brazo debajo, buscó el arma. Cuando estuvo en el poder de su mano, se levantó y miró a Joel que estaba en el extremo opuesto a ella. Sora y Kief habían quedado en medio de los dos, cerca de la mesa destrozada. Se sorprendió por el aspecto de Joel. Él jadeaba con agitación, sangrando de nariz y boca. Un moretón alrededor del ojo izquierdo le daba la apariencia de ser más pequeño que el otro, pero era por la inflamación que estaba desarrollándose.

En su tórax desnudo lucía también varios moretones por los golpes recibidos. Andy sintió su corazón estallar de amor al verlo. Deseó apresurarse a su lado y sanarle las heridas y golpes, pero se quedó inmóvil, sin poder expresar con palabra o acción lo que sentía. En cambio, él preguntó:

—¿Estás bien?

Sintiendo como los ojos se le iluminaban por el repentino llanto al notar la preocupación de él, asintió tragándose las traicioneras lágrimas. Su atención se la robó Sora que se levantó y mirándolos a los dos, murmuró con rencor, sin poder aceptar que Andrita fuese más fuerte que ella, aunque era natural que lo fuera dado a las profesiones de su hermana.

—Me van a pagar esta humillación.

—Basta ya, Sora —dijo Andy, dirigiéndose a Joel para que él tuviera el arma y apuntándole a Sora con ésta cuando pasó al lado de ella y Kief—. Ya me está hartando tu actitud. Tiéntame y seré yo la que te de un tiro.

—¡Yo creo que no! —dijo Kief, tomando desprevenida a Andy, a la que sujetó por los pies de manera tan repentina, que la hizo perder el equilibrio y Sora con presteza, arrebató el arma de su mano antes de que ella llegara al suelo, a un lado de Kief.

—¡Andy! —gritó Joel angustiado, dando un par de pasos hacia ellos.

—¡No te muevas! —gritó a su vez Kief, levantándose con rapidez asombrosa y asimismo, apoderarse de la pistola, sorprendiendo incluso a Sora por la manera en que se la quitó.

Joel se quedó inmóvil, mirando como Kief le apuntaba. Desde abajo, Andy miró al asesino y pensó con sorpresa cómo en cuestión de segundos, podía cambiar todo.

—¡Levántate! —le ordenó Kief sin dejar de apuntarle a Joel— ¡Hazlo o lo mato!

—Kief.

—¡Cállate Sora! —ordenó Kief con ira, aceptando al fin que en esta ocasión, cegado por la belleza de esa mujer, no había sido nada profesional. ¡Maldición! ¡Si hasta parecía un novato! ¿Cómo es que había fallado tantas veces? Había roto muchas de sus reglas haciendo un pésimo trabajo y eso de verdad lo enfurecía, lo enloquecía de rabia—, las cosas como querías hacerlas tú no resultaron, ahora se harán a mi manera— ¡Diantres! ¡Me duele todo! —Utilizando la mano libre, se quitó el pasamontañas, porque ya no quiso seguir ocultando su identidad, pues los mataría a los dos, así que lo mismo daba y fue cuando se dieron cuenta que tenía el rostro muy lastimado por los golpes que Joel le había dado. De hecho, lo tenía más que el mismo Joel— ¡Vamos! ¿Qué esperas? ¡Levántate!

Andy se levantó y casi de inmediato, unos toques en la puerta se escucharon, lo que no era de sorprender, pues hicieron tanto ruido que los vecinos habían sido atraidos. Kief lanzó una blasfemia y ordenó con señas a la chica, mientras tragaba la sangre que brotaba de sus labios dañados, que se acercara a Joel. Andy fue a ponerse a un lado del moreno y lo miró asustada. "Nos va a matar a los dos", le dijeron sus ojos. Imperceptiblemente, él asintió.

—¡Andrita! —se escuchó una voz de hombre desde afuera— ¿Está todo bien? ¿Algún problema? ¿Qué es tanto barullo? —Luego alguien quiso entrar, pero el americano había puesto el seguro.

Kief tomó con brusquedad el brazo de Andy y sin dejar de apuntar a Joel, la condujo a la puerta, en donde le ordenó en un susurro:

—Responde, diles que todo está bien y cuidado con lo que dices. ¿No quieres que muera, verdad?

Andy se aclaró la garganta e intentando que su voz saliera firme, a pesar de que sabía que de todos modos iban a morir, contestó sin abrir la puerta, por supuesto.

—¡Estoy bien, no pasa nada! Lamento el ruido, es que estoy moviendo de lugar algunos muebles.

—¿A esta hora? —inquirió ahora una voz femenina.

—Lo siento, sí, es que con esto del incendio falso todavía estoy nerviosa y tuve que ponerme a hacer algo para calmarme, pero prometo hacerlo mejor en el día!

Silencio afuera, luego escucharon los pasos alejarse por el pasillo. Si los vecinos que habían acudido a ver qué pasaba con ella se habían creído ese cuento, no sabían y como no lo supieron, Kief se puso más nervioso, por lo que ya debía marcharse, pero no antes de cumplir con su comisión, porque para eso había sido contratado, aunque de plano su profesionalidad se había ido a la basura.

—No saldrán vivos de aquí —les dijo y un brillo de locura iluminó sus ojos cuando lanzó hacia Joel a Andy, luego retiró el seguro del arma produciendo un sonido espeluznante.

—Kief —susurró Sora alarmada yendo hacia él.

Kief la miró y el brillo de su mirada la espantó. Ese hombre no era el de minutos antes. Éste era realmente el asesino. El que se complacía en segar vidas. El que se regocijaba de sus triunfos, como si recibiera trofeos por quitar la vida de inocentes.

Con el espanto reflejado en su mirada, Sora miró el arma y la dirección en la que apuntaba.

— ¡No, Kief!— pidió con voz atormentada, lamentando haberlo conocido en aquel bar de mala muerte en Hollywood, arrepintiéndose ahora de poner en peligro la vida de su eternamente amado pintor— ¡No!

El arma apuntaba directamente al pecho de Joel y como Kief tenía buena puntería, daría justamente en su corazón. El martilleo de la activación del arma para que disparara se escuchó y la modelo se movió sin pensar en lo que hacía, porque en una fracción de segundo, su mente rememoró los recuerdos maravillosos que pasó al lado de Joel, cuando el sentía si no amor, sí cariño y afecto y mientras sintió eso por ella, fue muy feliz. Atesoró esa época de felicidad, pues Joel la trató con amabilidad, cariño, ternura, respeto y la honró con dignidad y perdida en sus felices remembranzas, se interpuso entre el arma y Joel, sujetando la mano de Kief que sostenía el arma en el preciso momento en que la bala salió.

El dolor combinado con el ardor que la bala le produjo al entrar de lleno en su vientre, atravesando y quemando su blanda carne, tardó unos segundos en sentirse. Miró a Kief con sus lindos ojos muy abiertos, los que iban llenándose de lágrimas y tristeza y el hombre, el que había sido tomado por sorpresa, porque no esperaba dicha acción, ni siquiera sintió como ella le quitaba el arma de la mano a la vez que se estremecía con el frío de la muerte, mientras pensaba que no vería más a Joel, despidiéndose silenciosamente de él:

"Adiós, Joel, mi primer y único amor. Adiós. Sé feliz, muy feliz, porque lo mereces. Perdóname."

El trémulo de su cuerpo se intensificó al sentir como se escapaba su vida. La sangre que brotaba de su vientre, rápido bajó por el resto de su cuerpo. Si agudizaba bien el oído, podía escucharla chorrear sobre el piso. Casi pudo ver la palidez en su rostro, porque sintió como huyó de sus mejillas el sonrosado y delicado color de su piel. También advirtió como Andy y Joel la miraban a su espalda, estupefactos, asustados, dolidos, pues ciertamente sabía que ninguno de los dos deseaba que muriera. En ese momento más que nunca estuvo consciente de que Andy la amaba y le hubiera perdonado su atentado contra ella, porque Andy era una gran hermana.

No se derrumbó en el suelo porque Kief, que seguía mirándola con asombro, la sostuvo en sus brazos, los que degustaron ese delicado y agonizante cuerpo que deseaban para sí, entonces Kief abrió mucho más sus ojos al sentir en su propio vientre ese mismo dolor y ardor que Sora sentía después del silencioso tiro, sonriéndole ella al momento de dispararle. El castaño la soltó y retrocedió unos pasos y mientras Sora caía al suelo, sin soltar el arma, Kief se miró espantado el abdomen. La herida provocada por la bala, rápidamente comenzó a desangrarlo. Retrocedió unos pasos más hasta que se le atravesó el sofá en el que cayó sentado. Miró a Sora, todavía incrédulo por lo que ambos habían hecho. Él solo quería complacerla, porque desde que la conoció, ella lo había conquistado, por eso la había seguido hasta ahí y los celos que sentía por el cretino eran horribles y esos quizás fueron los que lo hicieron cometer tantos errores, el peor de todos querer matarlo, porque era el que le estaba costando su propia vida.

—¡Sora! —gritó Andy saliendo de su estupor, apresurándose hacia ella para arrodillarse a su lado mientras Joel acudía al teléfono para llamar una ambulancia y a la policía— ¡Sora, no! —Las lágrimas cayeron sobre el pálido rostro cuando Andy la tomó para abrazarla— ¡No te vayas! ¡No de esta manera! ¡Sora!

Sora hizo una mueca de dolor. Bien sentía como se le escapaba la vida. Levantó una mano para acariciar la melena de Andy que lucía toda enmarañada, pero aún así, se veía muy bonita. Ahora supo que no la odiaba. Lo que odiaba era perder el amor de Joel, pero al dar su vida por él, comprendió también que si era capaz de hacer algo así, entonces también era capaz de dejarlo ir y desearle felicidad con la mujer que él amaba. Y esa mujer estaba allí frente a ella, pero Andy necesitaba descubrirlo por ella misma, necesitaba verlo con sus propios ojos.

—Andy —susurró. El aliento le faltaba ya—. Escucha, Andy... Las pinturas de Joel, tienes que verlas... la lupa, Andy, la firma de Joel... sus pinturas.

—No entiendo, Sora —susurró Andy sin dejar de llorar, pensando que la agonía la hacía delirar, aunque comprendió que su delirio fuera sobre algo que amaba, porque sin duda, Sora era la primera admiradora del arte de Joel.

Sora se aferró a la playera del pijama de Andy para acercarla a sí y pedir:

—Prométemelo ¡Prométemelo! ¡La lupa! ¡La firma!

Se notaba tan angustiada, que Andy musitó sin realmente comprender:

—Lo prometo, Sora. Lo prometo.

Era todo lo que esperaba escuchar para morir. Cerró los ojos y descansó en paz, seguida de inmediato por Kief, quien murió sentado en el sofá.

 Capítulo 16

Andy cerró los ojos cuando las primeras paladas de tierra cayeron sobre el ataúd que contenía el cuerpo sin vida de Sora, luego intentó secarse las lágrimas que caían sin poder detenerse. Abrió los orbes y miró a sus padres, ella en medio de ellos, notando en sus decaídos rostros el profundo dolor, aunque su llanto caía en silencio. Enfrente, al otro lado de la profunda excavación en donde habían bajado el féretro, se encontraba Joel, quien permanecía impávido. Unas gafas negras ocultaban sus ojos, sin embargo, sabía que su mirada estaba fija en ella, pues podía sentirla. Isabel y Alejandra estaban a su lado, llorando también inconsolables, porque sin duda, Sora había sido una amada amiga para ellas.

Andy suspiró muy triste al recordar el acuerdo al que habían llegado mientras la policía y la ambulancia llegaban. Ambos estuvieron de acuerdo en que la versión que darían sería que Kief, cuyo nombre ignoraban, por supuesto, había entrado al departamento a robar después del falso incendio. Joel lo había sorprendido, se habían liado en una feroz lucha, la que atrajo a las jóvenes que ya en sus habitaciones se preparaban para dormir y cuando el hombre le iba a disparar a Joel, Sora se interpuso recibiendo el balazo, pero antes de morir, había desarmado al ladrón y le había disparado con su propia arma.

Una verdad a medias que dejó a Sora como la heroína, lo que a ellos no les importó. En realidad, Sora sí había salvado sus vidas.

Después del entierro, los asistentes comenzaron a despedirse, no sin antes dejar el acostumbrado pésame a la familia Miles y amigos.

—Hija, Andy —dijo su madre, poniéndose unas gafas, también oscuras para ocultar lo irritado de sus ojos—, creo que será conveniente que vayas a pasar unos días con nosotros.

Andy movió la cabeza de un lado para otro al momento de decir:

—Lo siento, mamá, pero no. Los ensayos para la obra han comenzado y no puedo faltar.

—Déjala, mujer —intercedió el señor Miles—, no creo que interrumpir sus actividades sea bueno para ella. La vida debe continuar.

—Joel —se escuchó la voz de Alejandra, quien era una de las contadas personas que continuaban en el cementerio— ¿Qué piensas hacer ahora? ¿Cuáles son tus planes?

Andy no volteó a verlo, pero esperó ansiosa su respuesta.

—No lo sé —respondió él mirando el perfil de Andy. Todos los conocidos creían que el regreso de él y de Sora a Italia, se debió a la formalización de su compromiso. No tenía caso desengañarlos—. Quizás me quede algunos días.

—Eso será bueno, hermano —dijo José, quien también seguía allí.

Andy continuó sin mirarlo aunque su corazón saltó al escucharlo. Se quedaría unos días en Milán ¿Y a ella qué? Era obvio que entre ellos no podía haber nada. Nunca lo hubo y ahora menos que nunca, a pesar de aquel beso que compartieron. La memoria de Sora se interponía entre ellos, así que no debía hacerse ilusiones. ¡Jamás habría nada entre ella y Joel! Por lo tanto debía continuar fiel a su promesa. Esa promesa que se hizo cuando tenía diez años.

La remembranza de su promesa le hizo recordar una segunda. Le había prometido a Sora que vería las pinturas de Joel. Frunció el ceño sin comprender todavía por qué ella le había pedido semejante cosa, lo que la comprometía a pesar de que pensaba que solo había sido delirio de Sora, pero tal vez no lo fuera, porque jamás había visto una pintura de Joel y su hermana querría en su última voluntad que las viera. Suspiró confundida. Siempre rehuyó todo lo que tenía que ver con ese hombre que la detestaba. La palabra desdén le sonó demasiado contradictoria ahora. El hecho de que arriesgara su vida para protegerla, decía lo contrario.

¡Maldición! Se sentía en verdad muy desorientada. Ya no sabía qué pensar en realidad.

—Puedes quedarte en mi apartamento, Joel —estaba diciendo José, algo emocionado por la idea de que el hermano mayor podía pasar unos días con él.

—Sí, Joel —dijo Alejandra, colgándose de su brazo—, y así aprovechas para abrir una galería aquí en en Italia. No es justo que en todas partes hayas abierto galerías y ninguna aquí en el país en que radicaste casi toda tu vida.

De reojo, Andy miró las manos de Alejandra, de qué manera rodeaba el brazo de Joel y sin poderlo evitar, un amargo sentimiento de disgusto la invadió. Le dio la espalda sintiendo como las lágrimas, que ya había controlado, volvían a descontrolarse.

—Mamá, papá —pidió con voz ahogada, deseosa de irse de allí— ¿Pueden llevarme a mi departamento, por favor?

—Claro que sí, Andy —respondió su padre y tanto él como su madre la tomaron del brazo para emprender camino al auto.

—Andy.

Se detuvieron al escuchar la voz de Joel, quien se había desprendido de las manos de Alejandra y caminaba detrás de ellos. Andrita no se volvió al inquirir.

—¿Sí, Joel?

—Me gustaría ir por mi equipaje.

—Claro —asintió la joven poniéndose en marcha de nuevo. Joel todavía tenía su maleta en su departamento—. Puedes venir con nosotros si quieres, para que lo recojas de una vez.

—O con nosotras, Joel —intercedió Alejandra volviéndolo a tomar del brazo—, ven, allá está nuestro auto. ¿Sabías que Isabel y yo somos vecinas? Ella está especializándose en neurología y yo me recibí de catedrática. Imparto clases en una preparatoria.

Y sin dejar de parlotear, arrastró a Joel con ellas. Él se dejó guiar porque Andy lo había ignorado totalmente cuando Alejandra le ofreció llevarlo, pues no volvió a repetir que fuera con ella y sus padres, sino que se alejó presurosa de él, casi haciendo trotar a los Miles. Estaba claro que la morena no lo quería a su lado. ¿Y por qué le sorprendía? ¿No había sido así desde el principio? ¿Desde que tenía diez años? ¿Desde que lo escuchó hablar con tanto desprecio de ella?
Para cuando llegaron al auto de Alejandra, ya el vehículo de los Miles había desaparecido.

—Joel —opinó José que iba detrás de ellos—, yo creo que lo más conveniente es que yo te lleve al departamento de Andy. Si te vas a mudar conmigo, no es necesario que Alejandra e Isabel se desvíen de su camino.

—¡Oh! —balbuceó Alejandra—No nos importa desviarnos.

—Gracias, Alex —dijo Joel—. Eres muy amable, pero José tiene razón. Me voy con él.

Con desgana, Alex asintió y no le quedó más remedio que subirse a su auto donde ya la esperaba Isabel. Cuando Joel y José se subieron al propio, José dijo mientras salían del cementerio.

—Siempre tuve la impresión de que le gustabas a Alejandra, pero hoy me convenzo de que así es. Si no hubiera sido por Sora, ella te hubiera tendido sus redes, ¿eh?

—No digas tonterías, José —Con eso, Joel cayó en un silencio sepulcral. Así llegaron al departamento de Andy— ¿Vienes? —preguntó cuando bajó en el estacionamiento.

—No, aquí te espero.

Joel subió al piso de Andy. Había visto en el estacionamiento que el auto de los Miles no estaba, así que tal vez todavía no llegaban, pero de cualquier modo timbró en su departamento y se dispuso a esperar paciente, mas casi enseguida, la puerta se abrió y Andy lo miró con frialdad. 

Ella se hizo a un lado para dejarlo pasar. Él fue directamente a recoger sus artículos personales que tenía en el baño para guardarlos. Tomó el pantalón pijama que usaba para dormir y que usualmente escondía debajo de uno de los cojines del sillón y también lo guardó. Después fue a la habitación de la lavadora y recogió la ropa usada que no había lavado para meterla también en la maleta. Ya luego iría a la lavandería. Al terminar de guardar todas sus cosas, miró a su alrededor, apreciando por primera vez el entorno.

El desorden por la pelea seguía presente, pero él vio más allá de eso. Vio la decoración que le decía mucho de la personalidad de Andy. Suspiró con tristeza. Era un departamento muy bonito. Se imaginó a Andy caminando por él, en todas las facetas. Por la mañana, cuando recién se levantaba, vestida con ese ya conocido pijama que usaba para dormir, con el largo cabello revuelto y el rostro limpio de maquillaje. Se la imaginó más tarde, cuando estaba arreglada para salir a la calle, luciendo su belleza al máximo por el arreglo, por la noche, al regresar cansada después de un largo día de duras actividades, saliendo del baño, envuelta quizás en una toalla después de la ducha. Se la imaginó en la cocina, preparándose sus alimentos. La pensó también en su soledad. ¿Era feliz?

 Y de pronto, sintió el deseo de no marcharse nunca de allí, de quedarse para siempre a su lado. Sintió la enorme urgencia de gritarle que la amaba y que no podía separarse de ella, que le permitiera disipar su soledad... ¿Su soledad? No. Era él quien se sentía morir si se quedaba solo, sin ella.

—¿Ya terminaste? —la voz de Andy, que no se había retirado de la puerta, lo sacó de su ensimismamiento—. Estoy cansada y quiero dormirme ya.

Arrastrando su maleta, Joel se dirigió a la puerta. Se detuvo frente a ella y la miró directamente a los ojos. Andy se sorprendió por la oscura mirada. Esta reflejaba un raro brillo. Parpadeó por el esfuerzo de sostenérsela.

—Andy...—musitó él con voz ronca, pero la joven lo interrumpió.
 
—Joel, vete ya. No quiero verte más. ¿No entiendes eso?

Palabras que lastimaron su corazón como puntiaguda daga que se clavó allí para no salir más. Recorrió su rostro con ansiedad. Su peor error había sido volver a verla. Antes, pudo vivir sin su amor, ahora...

No. No podía, así que dejando caer la maleta en el suelo y sin previo aviso, tomó a Andy en sus brazos y la apretó con fuerza, sin poder controlar el temblor que lo recorrió por sentir la suavidad de su delgado, pero firme cuerpo. Ella colocó sus manos en el pecho para empujarlo y liberarse del sofocante abrazo, pero él no se lo permitió y fue más allá al tomar sus labios por asalto minando toda la lucha por parte de Andy, quien gimió atormentada por las diferentes emociones que la hicieron sucumbir.

—¡No! —gimió derrotada contra sus labios que saboreaban salvajemente su sabor. Las lágrimas brotaron de los ojos de ella y el que Joel las sintiera e incluso las probara, fue lo que le devolvió la cordura que había perdido por un momento. La soltó respirando con dificultad.

—Lo... siento —se disculpó con rapidez. Tomó la maleta y salió por fin del departamento dejándola hecha un mar de lágrimas.

Andy cerró la puerta y como sonámbula, se fue a su habitación. Se dejó caer en la cama y faltando a su promesa, lloró amargamente durante casi toda la noche. Se sintió muy mal por no ser fiel a esa promesa que se había hecho, pero aún así, lloró mucho. Todo el llanto retenido a lo largo de tantos años pareció brotar en esas horas. Y todo ese tiempo lloró por él. Por Joel, descubriendo así que no era tan fuerte. El intenso amor que sentía por él la hacía débil, tan débil que no pudo permanecer a sí misma fiel. También lloró por eso.

Y lo peor de todo era que después de esa noche quedó muy sensible y para no estar llorando cada vez que recordaba a Joel, tuvo que someterse de lleno a las actividades de la universidad, a la rutina de entrenamiento en el equipo y a los ensayos para la obra. 

Sin embargo, no podía recobrar su vida anterior, aunque se empeñó por hacerlo.

—No puedo acostumbrarme del todo a este ejercicio ¡Es muy doloroso! —se quejó Diana un día. Se encontraban terminando el entrenamiento en una de las canchas de la universidad. Mirna las vigilaba con atención, dispuesta a someterlas a hacer un ejercicio perfecto si veía un error en ellos. El resto de las compañeras estuvo de acuerdo, aunque sabían que era un ejercicio necesario.

—Anímense —las animó Andy—es el último y lo hacemos sólo una vez por semana.

Y como poniendo el ejemplo, se colocó en cuclillas con las piernas dobladas en un ángulo de noventa grados; con los muslos paralelos al suelo y una posición de sentado. Con la espalda completamente derecha, dejó su peso en la punta de sus pies, con los talones despegados del suelo. Esto lo consiguió manteniendo la cabeza alta y mirando al frente, así como levantando los talones. Estuvo sentada, pero ligeramente apoyada en las puntas de sus pies. Para equilibrarse, tomó un balón de baloncesto y lo sujetó en frente de ella con las dos manos, cogiéndolo como si fuese a hacer un pase de pecho. Mirando al frente, realizó el ejercicio manteniendo dicha posición y saltó, no más de tres a cinco pulgadas. Sus muslos nunca perdieron su posición paralela. Con cada salto, realizó una repetición.

Sus compañeras la imitaron, no obstante, ninguna de ellas abusó de este ejercicio, porque con el tiempo, podían atrofiársele los músculos, por ello sólo lo practicaban una vez a la semana.

—¡Andy! —gritó Mirna de pronto—. Aquí te buscan.

Andy terminó con la última repetición y sudando mucho, se levantó y fue a donde estaban las toallas. Tomando una se secó el sudor que corría por el rostro y miró al visitante. Una amplia sonrisa se dibujó en sus labios al ver a su compañero de ensayos en la obra Zoroastre. Él se acercó y Andy apreció la buena apariencia de un joven blanco, de cabello marrón dorado y el que, con una gran sonrisa, la saludo además de que depositó un suave beso en su mejilla. Ella tuvo que bajar su rostro levemente, ya que su compañero de danza era un par de centímetros más bajo que ella.

Lo que en realidad no importaba mucho, porque la angelical apariencia de Leo Vittorino compensaba eso. Su elegancia al moverse podía impactar a cualquier chica. A Andy la había impactado.

—¡Leo! —murmuró la chica, complacida de verlo— ¿Qué te trae por aquí?

—A los chicos se les ha ocurrido la idea de reservar una mesa en el Stella para celebrar que el día del estreno de la obra, no habrá ningún lugar vacío.

Los chicos eran los demás integrantes de la obra y el Stella era un moderno y lujoso restaurant. 

—¡Woo! —Exclamó Andy con admiración— ¿Quieres decir que se han agotado los boletos?

—Exactamente. Los chicos pensaron que este suceso debía celebrarse en grande. 

—Ya veo. El restaurante Stella es de los mejores, si no es que el mejor.

—Es el mejor —afirmó Leo— ¿Qué dices? ¿Paso por ti a las siete?

En realidad, Andy no quería salir esa noche, pero tampoco podía ser antisocial. De hecho, durante el tiempo que llevaban los ensayos, se había hecho muy amiga de todos, en especial de Leo.

—Está bien —dijo colocándose la toalla sobre el hombro—. Te espero a las siete. Sé puntual.

—Sabes que me gusta la puntualidad —replicó él y se despidió de ella con un beso en la mejilla. Andy lo miró partir con una pequeña sonrisa.

—¡Andy! —las chicas la rodearon. Sus miradas brillaban emocionadas— ¿De donde salió ese galán? Está divino. ¡Y noté como te mira!

Andy se ruborizó y miró a Raquel, quien era la que había dicho eso. Dejando de sonreír, les informó: 

—Se llama Leo. Es uno de los principales bailarines de la obra.

—¡No me digas que es tu pareja! —dijo Lina y suspiró románticamente emocionada.

—¡No! —murmuró Andy—. Como soy ligeramente más alta, no pudo ser mi pareja, así que me asignaron a alguien más.

—Claro —habló María, con algo de mofa—, no podría contigo, pues tu pareja te cargará y te hará dar vueltas y te lanzará por el aire y todo eso, ¿no es cierto? 
 Ese papacito no podría cargarte.

Las demás rieron divertidas y Andy las miró algo herida.

—Está bien —dijo María—, me retracto, no dije nada. Además, se nota que ese papacito tiene unos músculos...

—Además —se defendió Andy con voz agria— ¡Ni que yo estuviera gorda!

—Vamos, Andy, no te enfades —pidió con suavidad Raquel—, no es para tanto. Es sólo broma.

Las chicas no dijeron más. Habían notado que Andy estaba muy susceptible, pero culpaban a la muerte de Sora. Era normal que su amiga tuviera esos repentinos cambios de humor. La habían visto triste, irritada, distraída, efusiva en exageración y todo que fuera en contraste.

—Ya, muchachas —les gritó Mirna—, vayan a las duchas. Se hace tarde.

Muy obedientes se fueron a las duchas, despidiéndose más tarde, así cada quien se fue a su casa. Andy llegó al departamento y se preparó algo para comer, aunque sólo picoteó con el tenedor la comida. La nostalgia la invadía en cuanto entraba al departamento.

Retiró el plato con la comida casi intacta. Si seguía así iba a enfermar. Lo sabía. Le bajarían las defensas por no alimentarse bien y enfermaría. Y eso no debía ocurrir, porque entonces no se presentaría a la obra, pero...

Joel.

No podía sacarlo de su mente. Y es que, apenas ingresaba al departamento, la imagen de él llenaba su mente. A donde quiera que mirara, encontraba su recuerdo. Joel había dejado su departamento impregnado de él. No bastaban todos esos días que habían pasado para borrar el aroma de su loción para afeitar, el que parecía concentrarse en el baño y en la sala. El sofá donde pasó esas noches que estuvo ahí, aún olía a él. Y ella, tonta e ilusa, se había dado a la tarea de recostarse en ese sofá, como si así pudiera hacerlo volver, lo cual era ridículo.

Se levantó de la mesa y fue precisamente a sentarse en mencionado sofá y allí, volvió a llorar. ¿Qué había sido de su promesa? Había quedado en el olvido. Temió que lloraría a Joel por el resto de su vida, como a Gil.

Como siempre desde que cedía a esa tentación, sintió rabia. Se levantó y con resolución secó las lágrimas. Debía dejar de llorar si no quería verse horrible esa noche ante sus nuevos amigos. Sobre todo, ante Leo. Suspiró al recuerdo de él. Leo era lindo y comenzaba a mostrar mucho interés por ella. El pensar eso le dio ánimos para arreglarse. Buscó en el closet y encontró un vestido formal en color azul celeste, con un hermoso diseño que se ajustaba al talle resaltando su esbelta cintura y se iba ampliando a partir de la cadera, por lo que la tela caía de manera elegante debajo de las rodillas. Acompañó el vestido con unas zapatillas de tacón bajo. No quería verse mucho más alta al lado de Leo. Se maquilló de manera discreta, resaltando sus grandes ojos con una sombra tenue. El color que uso para los labios fue lo más fuerte. 

Después del maquillaje, se peinó la oscura cabellera en un moño bajo. Tampoco quería que un peinado alto le aumentara su estatura, de cualquier modo, al terminar su arreglo, descubrió que había quedado muy bella y justo a tiempo, porque en ese momento sonó el timbre.

Como no quería hacer esperar a Leo, tomó rápido su bolso y fue a abrirle. Él la miró complacido, sin ocultar su deleite por verla.

—¿Lista? —preguntó ofreciéndole su brazo de manera galante.

Ella asintió, cerró la puerta y tomó el brazo de él. La condujo por el pasillo en silencio. No hacía falta que hablara, pues ella se sentía bien a su lado como fuera, de esta manera descendieron y ya en la calle, frente al edificio los esperaba una limusina. No era por presumir, pero se había hecho amiga de un joven que era millonario y la sencillez de él era lo que le agradaba, porque Leo era diferente a otros millonarios petulantes que había conocido. 

Como todo un caballero, le abrió la puerta del lujoso vehículo y esperó a que ella se acomodara en el largo asiento de piel para cerrar la puerta. Luego rodeó la limusina para subirse y sentarse a su lado. Algo que le gustó a ella fue que él no esperó que el chofer le abriera la puerta y todo eso. Él mismo lo hizo y por eso era diferente. Tenía el poder de disponer de la atención de sus trabajadores, pero no abusaba de ella. A él le gustaba atenderse solo. Eso lo había descubierto Andy en las veces que había salido con él y por eso Leo le gustaba.

Ahora sí, platicando un poco de todo, llegaron al restaurante Stella, en donde ya los esperaban los demás integrantes de la obra. El bullicio de ellos pronto hizo que la reunión para cenar, pareciera una gran fiesta. De hecho, a alguien se le había ocurrido reservar la mitad del restaurante y en poco tiempo todos comían, bebían y hablaban de la obra y los duros ensayos, riéndose de las cosas graciosas que todos habían vivido más de una vez en dichos entrenamientos.
En la otra zona del restaurante, algunos clientes miraban divertidos la fiesta que se estaba dando lugar en aquella mitad, pero no a todos les parecía divertida esa algarabía.

—¡Qué escándalo están haciendo esos! —exclamó algo disgustada una joven rubia que deseaba aprovechar la milagrosa invitación a cenar del hombre que le gustaba, pero el escándalo de aquella fiesta le estaba robando la atención de ese hombre que la había invitado más de compromiso que de ganas.

La rubia miró hacia donde miraba el moreno y se quedó perpleja. Él miraba a alguien muy conocido por los dos y la expresión en el rostro de él, la impacto. La mirada oscura tenía un brillo de ira, su mandíbula apretada hizo crujir sus dientes unos contra otros y los labios terminaron en una fina línea mientras su respiración se hacía profunda, como si estuviera aspirando y expirando para controlarse.

—Joel —susurró preocupada— ¿Qué te pasa?

Joel la ignoró, pues pareció no escucharla. Alejandra volvió a mirar al bullicioso grupo y notó como aquel joven de cabello marrón dorado que estaba al lado de Andy, la abrazaba por los hombros y la acercaba hacia él para murmurarle algo al oído. Ella sonrió divertida.

Eso era lo que estaba mirando Joel, el que sumamente molesto, retiró la silla que ocupaba echándola atrás y con voz fría dijo, mientras se levantaba.

—Ahora vuelvo, necesito arreglar algo.

 Capítulo 17

Sin que Alejandra pudiera detenerlo, Joel se dirigió directamente a la mesa donde Andy reía por lo que le había dicho Leo y se plantó justo enfrente de ella, así que lo primero que la joven vio, fue un par de brillantes zapatos, ya que tenía la mirada clavada en el suelo.

Subió la mirada arriba y fue recorriendo la raya del bien planchado pantalón del traje. Su vista pasó por el frente de la estrecha cadera, la que estaba oculta por el chaque del traje negro, pasando después el vientre y detenerse un momento en el pecho, sorprendida de ver a través de la camisa azul y que el chaque abierto dejaba ver, la agitación de una respiración mal controlada. No fue sino hasta que su mirada subió al cuello y de allí a la mandíbula, que reconoció al dueño de esos zapatos brillantes.

—¡Joel! —exclamó levantándose con gran inquietud.

Enfrentó la penetrante mirada que parecía lanzar fuego, el que pareció abrazarla porque se sintió arder por completo. El rostro de él continuó inexpresivo, pero la delgada línea que seguían siendo sus labios y la respiración descontrolada, mostraron la gran furia que lo invadía.

Andy se sintió mal por un momento, como si él la hubiese descubierto haciendo algo indebido, luego levantó orgullosa la barbilla. No tenía por qué sentirse así. Ella no estaba haciendo nada malo, no obstante, la voz de él la condenó cuando dijo, siseando las palabras.

—¿No hace tanto que murió tu hermana y tú ya estás de fiesta?

El dolor por sus palabras se reflejó en la mirada de Andy. La vida debía continuar con o sin Sora. ¿Qué tenía de malo eso?

—¡Oiga! —intervino Leo levantándose también de la silla, colocando una mano en el brazo de Andy—. Mida sus palabras. ¿Quién es usted? ¿Por qué viene a molestar a Andrita?

Joel miró la mano sobre el brazo de la chica y maldita sea, sintió enormes deseos de cortarla para que nunca más la posara sobre Andy. Los celos lo mataban y no soportó verla al lado de ese sujeto, por eso había irrumpido en su fiesta, aunque comprendió que no debió decir lo que dijo. No quería lastimar más a Andy, pero la había lastimado y maldito fuera él porque seguiría lastimándola, ya que seguidamente perdió el poco control sobre sí mismo al ver ahora como el de cabello marrón pasaba el brazo alrededor de la cintura de ella y la acercaba a él en un abrazo que ante sus ojos de fuego, pareció posesivo.

—¡No la toques así! —masculló Joel sin detener el puño que levantó para impactarlo en el rostro de Leo.

El puño no tocó el rostro del bailarín, pues una grande mano lo detuvo a escasos milímetros. Joel miró a su lado y descubrió al que lo había interceptado, un hombre mucho más alto que él, de apariencia apacible y que lo miró con frialdad al decirle.

—No queremos pleito, señor. Entienda que si se mete con uno, se mete con todos.

Y lo invitó a mirar a su alrededor. Joel lo hizo y notó que habían sido rodeados por todos los compañeros de Andy, hombres y mujeres, los que eran bastantes. Amargado por completo, aceptó su derrota. Rescató su puño de la mano que aún lo detenía y mirando a Andy con una profunda tristeza, dijo:

—Tenemos que hablar.

Leo se puso enfrente de Andy y fue él quien afirmó.

—Será en otra ocasión. Ahora Andy está ocupada.

Ella permaneció muda. Rehuyó la mirada de Joel sintiendo el tormento en su corazón. ¿Por qué volvía a aparecer en su vida? Ya se había hecho a la idea de no verlo más ¿Y qué quería decirle? Con un gran nudo en la garganta, le dio la espalda haciéndole saber con eso que no quería hablar con él. No más. Nunca más. Una vez pudo olvidarlo aplicándole la ley de hielo, esta vez volvería a hacerlo si usaba el mismo método.

Decepcionado, Joel apretó las manos, luego mirando a la joven por última vez, salió del círculo y temblando de ira, dolor y amargura, regresó a su mesa sentándose frente a Alejandra, quien había permanecido molesta por tener que presenciar el ridículo que Joel había hecho.

—Espero que hayas arreglado lo que tenías que arreglar —lo sermoneó la rubia con irritación—. ¿Qué te pasa, Joel? ¿Por qué te importa tanto Andy?

Joel no respondió, se limitó a tomar la copa de la que bebía antes de ir a hacer el ridículo, y de un trago se terminó lo que restaba del licor.

—Vámonos de aquí, Alejandra —ordenó después y se levantó sin esperar la protesta de ella, que sin más remedio se levantó y lo siguió.

Desde su lugar, de nuevo en la silla, Andy los miró marchar. Su mente y corazón heridos lo único que habían captado, era que Joel estaba muy bien acompañado. Por lo visto, Alejandra había tomado el lugar de Sora.

—Leo —pidió con voz algo elevada para hacerse oír en medio del bullicio de los compañeros—, si no te molesta, me gustaría irme.

Los deseos de Andy eran como órdenes para Leo. Él se levantó inmediatamente y con una pequeña sonrisa, le tendió la mano para ayudarle a levantarse.

—Por supuesto que no es molestia. Vamos —Volvió a rodear su cintura con el brazo derecho y antes de emprender camino para salir del restaurante, se dirigió al hombre alto y le dijo—: Marcial, gracias por la ayuda. Si ese puño me hubiera dado...

—Hubiera arruinado tu rostro —lo interrumpió Marcial—. Tu apariencia debe estar en perfectas condiciones puesto que pasado mañana es el estreno, así que debemos cuidar nuestra imagen. No tienes que agradecer.

En el auto, de camino a casa, Leo rompió el silencio después de varios minutos, ansioso por saber quien era el violento sujeto.

—¿Y bien? —preguntó mirando de reojo a Andy. Las luces del alumbrado público que asomaba escasamente adentro del auto, le permitió ver la seriedad de ella—. ¿Quién era ése?

Andy no lo miró, sino que concentró su atención en las manos que tenía entrelazadas por los dedos sobre su regazo. Aclaró su voz para decir:

—Ése era el novio de mi hermana. Joel Yoxall.

—Está celoso.

Andy abrió mucho los ojos y ahora concentró su atención en el perfil de Leo. Él no necesitó verla para saber que la incredulidad se había dibujado en todo su rostro a causa de sus palabras. 

—No digas tonterías, Leo.

Leo sonrió al advertir la ligera emoción en la temblorosa voz de ella, reafirmando lo que sabía. Lo supo en cuanto él se plantó frente a ella. La reacción de Andy le dijo lo enamorada que estaba de ese violento sujeto. Amplió su sonrisa. Bien, a él le gustaban los retos. Le gustaba luchar por lo que quería y en los últimos días había fijado un nuevo objetivo en su vida. Andy le gustaba y mucho. Lucharía por su amor. Ese amor que sintió crecer en su corazón al emocionarse por el reto que implicaba ganarse las atenciones románticas de Andy. Tenía competencia y a él la idea le resultó demasiado atractiva.

—No es gracioso, Leo —replicó Andy—. Deja de reírte de mis palabras.

Él se puso serio. Ni cuenta se había dado que sonreía abiertamente.

—Lo siento —se disculpó al momento de aparcar el auto enfrente del edificio de Andy. 

Bajó y rodeó el auto para ir a abrirle la portezuela a ella, quien aceptó su mano y bajó dejándose conducir después al interior del edificio, enseguida al elevador y finalmente a su puerta, la que abrió con la llave.

—Gracias —musitó ella con voz suave—, fue una reunión muy interesante.

Leo le impidió entrar al tomarla en sus brazos. Por un momento, Andy se quedó inmóvil, sintiendo como él la pegaba a su cuerpo bien formado por todo el ejercicio que implicaba el ballet. Sólo unos brazos la habían abrazado así en toda su vida. Los de Joel. ¿Estaría abrazando en ese momento a Alejandra? ¿Así, de esa manera? ¿Estaría haciendo con la rubia lo que Leo hacía en ese momento? 

Andy sintió los labios del hombre sobre los suyos en un beso suave, lleno más de ternura que de pasión.

¿Sería el beso que le diera Joel a Alejandra así de tierno? O al contrario, ¿ese beso sería apasionado? ¿Más que los que compartió con ella?

Leo interrumpió el beso al notar la pasividad de ella. La miró descubriendo que la joven no estaba presente en mente. Frunció el ceño. ¿En qué pensaba? Sus entrañas se removieron al recuerdo de Yoxall, pues era seguro que ella pensaba en él. La lección era que no debía subestimar al enemigo, porque en ese instante descubrió que éste era poderoso.

—Buenas noches, Andy —Se despidió con voz ronca—. Nos vemos mañana en el último ensayo antes del estreno.

Andy parpadeó varias veces para volver su atención a Leo. Obligándose a sonreír, asintió al mismo tiempo que respondió:

—Sí, buenas noches. Que descanses.

Lo miró alejarse por el pasillo y no entró al departamento sino hasta que él se perdió en el elevador. Cerró con seguro la puerta y se fue directamente al sofá donde Joel había dormido. Ahí permitió derrumbarse su fortaleza. No lloró, pero dejó que el dolor la devorara lentamente hasta que encontró alivio con el sueño. Su último pensamiento fue que debía olvidarlo. 

Pero, ¿cómo podía olvidarlo si él se empeñaba en aparecer en su vida una y otra vez? Porque la siguiente ocasión fue en el estreno de la obra.

Ese día en los camerinos, en particular el de las mujeres, el bullicio era muy especial. Las jóvenes iban apresuradas de un lado a otro para terminar buscando lugar enfrente del largo y ancho espejo que colgaba de la pared para examinar que el vestido gasa con maillot que vestían, luciera adecuado sobre sus cuerpos. Había dos colores que dividía a las chicas en grupos. Rosa y blanco. Andy no pertenecía a ninguno de los dos grupos. Siendo ella la protagonista principal, estaba vestida de diferente color. Ella lucía un maillot con falda ligera y corta color beige, del mismo color las medias, pero eso sí, los peinados de todas eran parecidos. Habían fabricado con sus cabellos elegantes moños en lo alto de la nuca despejando por completo el rostro que lucía bello con el perfecto maquillaje.

El anuncio de la primera llamada les hizo sentir mariposas en el estómago. La obra estaba a punto de comenzar y ese primer anuncio era para que comenzaran a tranquilizarse. El segundo llamado fue para que salieran del camerino y fueran a tomar su lugar detrás del telón. El primer grupo de bailarinas abriría la obra con una majestuosa y rítmica danza que serviría para presentar a los personajes principales. 

Los hombres, vestidos con su entallado traje de ballet, las alcanzaron detrás del telón. Cada hombre se emparejó con su pareja. Al lado de Andy, se colocó la figura alta de Marcial. Entre todos los elegidos fue el único que sobresalía su altura y el único también capaz de acoplarse con ella en la danza. De hecho, habían formado una alianza de baile fenomenal.

La obra consistía de cinco actos. 

Para cuando se anunció la tercera llamada, el primer grupo ya estaba en su posición mientras el público, que había llenado el famoso teatro de ópera La Scala, guardaba silencio a las primeras notas de la orquesta mientras el telón iba levantándose. En cierto momento de la melodía que la orquesta tocaba en los diferentes instrumentos, las bailarinas y sus parejas comenzaron a salir al iluminado escenario, saliendo las chicas de un extremo y del contrario, los hombres, moviéndose con pasos elegantes y precisos al compás de las notas, encontrándose con ellas en medio del escenario en donde ejecutaron una excelente danza llena de sentimiento, la que terminó al ir disminuyendo el sonido de la orquesta, y el grupo de bailarines, sin dejar de bailar, se dirigió a una parte de la tarima poco iluminada en donde, tomando una pose artística, quedaron inmóviles. 

Entonces, las notas que habían disminuido, volvieron a escucharse y Andy entró por su extremo y Marcial por el suyo ejecutando los pasos requeridos para emocionar al público. Después de algunos pasos más, se les reunieron Leo con su pareja y enseguida de ellos, el segundo grupo y aquí fue en donde comenzó realmente la obra, cuya representación con el baile, destacó un complicado argumento lleno de transformaciones, batallas y ceremonias religiosas. La música bellísima combinó interludios orquestales y danzas.

Fue complicado, porque la obra se llevaba a cabo solamente con música, así que los bailarines tenían que expresar los diferentes sentimientos que a lo largo de la actuación fueron manifestándose. Como los que surgieron en la batalla del bien contra el mal, en las escenas de amor, o en los remordimientos del algún personaje. 

Y fue solo al finalizar, cuando el júbilo del público se manifestó en atronadores aplausos, que supieron que se habían expresado con excelente emoción. Habían satisfecho las expectativas de todos, hasta las de ellos mismos. Cuando cayó el telón, todos se miraron satisfechos. Tomados de las manos, formados en fila de frente al público, esperaron que el telón volviera a levantarse, porque los aplausos no dejaban de sonar y debían agradecer otra vez.

Después de despedirse del público, felicitándose entre ellos, se retiraron a los respectivos camerinos para mudarse la ropa.

—¡Tuvimos gran éxito! —exclamó una de las chicas ya en el camerino—. ¿Escuchan? ¡Aún aplauden!

Andy sonrió y asintiendo, se dio prisa en cambiarse, pues quería ir a buscar a sus padres. Les había enviado una invitación y deseaba verlos ya para compartir con ellos su logro. Al estar lista, se despidió de las compañeras que seguían comentando su rotundo éxito y salió olvidando su bolso, el que hubiese recordado sin duda después de algunos pasos por el pasillo, pero se encontró con Leo, quien fue directamente a abrazarla para felicitarla por lo bien que había bailado, distrayéndola aun más.

—Tú no estuviste tan mal —susurró ella en su oído—. El papel de malo te queda a la perfección.

—Y a ti, el papel de heroína te queda perfecto.

Estuvo a punto de permitirle darle un beso, pues, ¿por qué no? Románticamente hablando, sentía que ella le gustaba mucho, aunque él a ella...

—¡Andy! —la voz de su padre interrumpió sus pensamientos, rescatándola así de una situación comprometedora, pues tampoco era que quisiera entusiasmar falsamente al joven.

Leo se echó para atrás liberándola del abrazo. Se volvió y miró acercarse a sus padres, quienes la abrazaron ahora ellos y la felicitaron, haciendo después lo mismo con Leo cuando Andy se los presentó.

—Este éxito amerita una cena en...

—Que no sea en el Stellainterrumpió Andy a Leo— ¿Por qué no vamos a mi departamento y cenamos allí. Yo cocino.

—No, querida —intervino su madre—. Yo cocinaré. Tú por ahora no debes hacer nada más que disfrutar tu éxito. Vamos.

Caminaron por los pasillos para dirigirse a la salida del teatro y no fue sino hasta que estuvieron en el estacionamiento, que Andy recordó que había dejado su bolso de mano en el camerino y no pudo evitar recriminarse en silencio por su torpeza.

—Papá, mamá —Se escuchó muy avergonzada—. ¿Por qué no van adelantándose al departamento? Olvidé mi bolso.

—Si, vayan —asintió Leo con su carismática sonrisa, que la señora Miles se sintió completamente conquistada por él y no dejó de pensar que era un excelente prospecto para su querida hija—. Yo la acompaño y nos vamos en mi auto, al fin que yo la traje, yo me la llevo.

Eso era verdad. Desde el accidente con el tren, Andy había estado indecisa de comprarse otro auto, así que utilizaba taxi o Leo se ofrecía para hacerla llegar a algunos lugares.

—Está bien —aceptó su padre—. Vamos, mujer, así le vas aventajando a la preparación de la cena, sabes que muero de hambre.

—Lo glotón no te lo quita nadie, cariño —susurró su madre moviendo la cabeza de un lado a otro, pero con una ligera sonrisa de diversión.

Mientras ellos subían al auto, Andy y Leo volvieron a entrar al teatro, abriéndose paso entre la gente que salía. Como pudieron, llegaron al camerino, en donde todavía estaba una tercera parte de sus compañeras.

—Ahí está tu bolso, Andy —le informó una compañera—. Te lo habías dejado olvidado, así que pensábamos llevártelo después.

—Gracias, chicas, pero lo recordé antes de irme. Nos vemos. Buenas noches.
Después de tomar el bolso volvieron a despedirse y ella y Leo regresaron a los pasillos tomando los menos concurridos, así, de nuevo en el estacionamiento, buscaron el auto de Leo. En esta ocasión, él había llevado su auto personal y no había chofer.

—¡Andy!

Ella se congeló al escuchar la conocida voz, por lo que fue incapaz de darse vuelta para ver a su dueño. Cerró los ojos deseando que fuera una pesadilla y más cuando Leo se volvió a enfrentarlo.

—¡Ah! Joel Yoxall.

Joel se acercó hasta ellos y como Andy seguía de espalda, fue a pararse enfrente de ella e ignoró a Leo. Ella bajó su mirada y la dejó fija en el pecho de él, reacia a mirar sus ojos que quizás la estuvieran viendo condenadores.

—Andy.

Su voz baja y quebrada la hizo levantar la vista y se enfrentar sus orbes, en los que no había condena, sino sólo algo inesperado. Tristeza profunda. El brillo de esa mirada se había apagado y lucía opaca. Andy levantó las cejas sin comprender por qué lucía así.

—Vamos Andy, tus padres nos esperan —habló Leo tomándola del brazo para guiarla al auto. Joel la tomó del otro brazo diciendo bastante irritado por el atrevimiento del hombre.

—Espera, Andy. Habla conmigo.

—Ella no quiere hablar contigo, entiéndelo —informó Leo poniéndose entre ella y Joel—. ¿Por qué no la dejas en paz? 

La ira que Joel sintió logró dar algo de brillo a su apagada mirada. 

—¡Tú déjala en paz! —masculló sosteniendo la acusadora mirada de Leo y ambos se miraron con desdén— ¡Sólo quiero decirle que...!

—¡Basta! ¡No más! —lo interrumpió Leo empujándolo con violencia.

Joel dio unos pasos atrás por el empujón. Comenzó a quitarse la chaqueta aceptando así el reto de Leo. El de cabello marrón hizo lo mismo y Andy, reteniendo el aliento por la angustia, miró a los dos hombres sintiéndose enferma.

—¿Por qué hacen esto? —gritó enfadada con los dos— ¡Basta ya! ¡Leo, hablaré con Joel!

Pero ya los dos estaban más allá de las palabras. Andy se alejó de ellos al sentir como pasó cerca de ella el brazo de Leo que fue dirigido a Joel con la mano convertida en puño. Joel cabeceó a un lado y esquivó el golpe. Ahora, él lanzó el siguiente, pero Leo se movió atrás con unos fantásticos pasos de baile.

Lo que demostró que sí podía defenderse utilizando piruetas de danza, porque inmediatamente, de manera casi rítmica, levantó la pierna y utilizó el pie para darle a Joel una patada en el estómago. Joel volvió a dar unos pasos para atrás, pero se sostuvo de pie, no obstante, mientras él retrocedía esos pasos, Leo preparó otro paso de baile y como si de una gacela se tratara, saltó abriendo las piernas en todo el compás y con el pie de una le dio en la mandíbula y dando un giro de ciento ochenta grados en el aire, le dio en el cuello con el otro. Fue una maniobra que hasta Andy, que podía hacer esos pasos, admiró. Jamás hubiera pensado que podía ser un paso de ataque preciso. 

Miró caer al piso a los dos hombres. Joel cayó de costado, quedando tendido cuan largo era y Leo en un pie, levantando el otro para colocarlo a la altura de la rodilla, formando el número cuatro y utilizando un equilibrio digno de envidia. El bailarín miró a Joel con soberbia, quien se levantó dando masaje a su barbilla. Miró a Leo, de alguna manera, también admirado por los pasos que había utilizado. 

Era una verdad dolorosa. ¡El ballet estaba a punto de hacerlo papilla! ¡Maldición! ¿Por qué siempre terminaba golpeado? Oh, sí, sí sabía por qué. Se la había pasado los últimos años encerrado en su estudio, que había olvidado por completo su entrenamiento físico. Es cierto que iba al gimnasio, pero eso no era suficiente. Tenía que pensar muy seriamente en tomar clases de Kárate, como cuando era niño. Bien, ahora necesitaba esas clases que de seguro por allí estaban, perdidas en algún lugar de su memoria. Lo malo era que su cuerpo no parecía recordarlas. Se sentía lento y pesado al lado de esa gacela bailarina, porque al mirar con más cuidado a Leo, pudo notar que precisamente parecía una ágil, acrobática y bella gacela. Sus negras cejas resaltaban entre la blanca piel de su rostro y el cabello marrón dorado, por lo que ese entusiasta, orgulloso y fuerte danzarín se asemejaba a una gacela Thomson.

—¿Te rindes? —le preguntó la gacela bailarina.

Joel sonrió por la comparación que había hecho de Leo. Sintiendo sobre él la angustiada mirada de Andy, arguyó con firmeza.

—No. Pelearé por ella, ganaré y me la llevaré de aquí.



Capítulo 18

—Eso será si yo lo permito —gritó Leo yendo contra él en otra serie de pasos inesperados, levantándose en el aire a una gran altura, sólo que antes de alcanzar a golpear a Joel, éste saltó atrás esquivando los pies de leo.

—Serás muy bueno en el ballet —Se burló Joel—, pero yo soy bueno para... 

—Para huir —lo interrumpió Leo mientras caía al suelo apoyándose en ua pierna, quedando la otra extendida con el pie a escasos centímetros del pecho de Joel, mostrando su cuerpo de lado.

—Ni que fuera yo un cobarde —replicó el moreno con molestia, luego levantó su pierna y dando un golpe con el pie, retiró el de Leo que lo apuntaba y con el movimiento, la gacela bailarina giró y quedó de espalda a Joel.

Era obvio que el pintor no iba a desaprovechar la oportunidad de tenerlo de espalda, así que pensando que Leo estaba desprevenido, se lanzó al ataque en un movimiento de Kárate, y una patada voladora fue directa a su cabeza, pero el bailarín, que pareció tener ojos en la nuca, se inclinó hacia adelante y Joel pasó sobre éste como si volara, algo que aprovechó Leo, pues realizando una maniobra inesperada, se impulsó con fuerza en los dos pies para levantar a continuación la pierna derecha, pero hacia atrás y le dio una patada al pintor en el costado izquierdo al mismo tiempo que giraba en una elegante pirueta para caer parado, en tanto Joel, de manera dolorosa; iba a dar al suelo, sorprendido de nuevo por la agilidad de la gacela bailarina. 

—¡Oh, por Dios! —gritó la chica con enojo— ¡Basta los dos!

—¡Oh, no! —masculló Joel obstinado, levantándose con gran indignación— ¡Basta no! ¡Ni que fuera yo un debilucho para rendirme!

—No, no eres un debilucho —aseveró Leo con gran calma—. Eres algo peor, ¿qué tal un perdedor?

—¡Soy todo lo que quieras! —vociferó Joel, furioso— ¡Menos eso!

Se dejó ir una vez más contra Leo. En esta ocasión, sus puños lograron dar en el blanco, y es que su airada terquedad le dio una fuerza y un aguante fuera de lo común. 

Primero, no sería el bufón de ese sujeto delante de la mujer que amaba.

Segundo, no permitiría que él se la quitara. ¡Claro que no! 

Y tercero, estaba harto de la autosuficiencia de esa gacela bailarina. 

Por lo que, si tuvo un antepasado guerrero, la herencia en sus genes brotó en ese momento, pues en poco tiempo Leo fue acorralado contra un auto, llevado hasta allí poco a poco al levantar su defensa en retroceso ante los golpes que Joel le arrojaba con puños y piernas en una lucha pareja entre los dos, no obstante, Joel pareció tener la ventaja al sitiarlo sin darle oportunidad de moverse atrás y, cuando estaba a punto de asestar el golpe final en un puñetazo en el rostro de Leo que seguro lo noquearía, sorpresivamente se detuvo al sentir a su lado la presencia de Andy.

—Por favor, basta ya —le suplicó la joven mirándolos a los dos. Ambos estaban bastante heridos y sangraban. Los últimos golpes habían sido brutales.

Joel bajó el puño, aparentemente cediendo a la petición de ella, pero entonces repentinamente, dio un fuerte empujón al bailarín, quien cayó de lado al suelo e inmediatamente después tomó a Andy en brazos y levantándola, se la echó al hombro como si de un costal de papas se tratase y moviéndose con rapidez, casi corriendo, se dirigió a su auto. No fue difícil cargarla ni moverse con ella, pues la joven era muy delgada y su estatura tampoco le estorbó.

—¡Oye! —objetó la muchacha, primero sorprendida y luego irritada— 
 ¡Suéltame! ¿Qué te propones? —Y golpeó su espalda con los puños— ¡Bájame!

Leo, saliendo de su sorpresa, se levantó y refutó corriendo detrás de ellos.

—¡Hey! ¡No te la lleves! ¡Bájala inmediatamente! ¡Eres un tramposo, me tomaste desprevenido!

Joel llegó al auto ya con llave en mano y mientras sentía como Leo casi los alcanzaba, metió la llave en la cerradura, abrió la puerta y obligó a Andy a entrar, moviéndola con premura al siguiente asiento para él ponerse detrás del volante y encender el motor en un tiempo que rompió récord. Leo llegó al vehículo y golpeó el techo con los puños cerrados.

—¡Déjala libre! —gritó golpeando ahora la ventanilla— ¡Andy, baja!

La chica trató de abrir la puerta de su lado, pero Joel había puesto el seguro eléctrico, el especial para bebés.

—¡Bribón! —Rabió Leo moviéndose con el auto cuando Joel dio la marcha— ¡Esto es jugar sucio y lo sabes!

Joel sonrió y sin detenerse, rugió.

—¡Ni siquiera lo intentes... perdedor! ¡Aprende que en la guerra y en el amor todo se vale!

Andy había estado maniobrando con la manija y el seguro, sin importarle que el auto cobrara velocidad, decidida a lanzarse de él aun así, sin embargo, se quedó inmóvil cuando escuchó las palabras de Joel.

"En la guerra y en el amor todo se vale."

Miró el perfil de Joel con una expresión de incredulidad pintada en su rostro. ¿De qué se trababa esto? ¿Qué era? ¿Guerra o... amor? 

—Joel —susurró sintiendo opresión en el pecho. No quería ilusionarse por esas palabras. No quería mal interpretarlas. Se movió un poco para mirar atrás y ver la silueta de Leo que quedó inmóvil a la salida del estacionamiento, cansado de perseguirlos. Lo único que pudo hacer, fue levantar la mano y decirle adiós con movimientos de la misma, aunque después la bajó, pues de pronto le pareció más una burla que una despedida. Volvió a hablar, pero esta vez lo hizo en voz alta—. ¿A dónde me llevas?

Él la miró con brevedad antes de decirle:

—No te preocupes, no vamos lejos. Te dejaré libre cuando escuches todo lo que tengo que decirte. 

—¿Qué puedes decirme que no sepa ya? —preguntó bastante molesta.

—Esto no lo sabes, Andy —Le respondió también molesto, quizás mucho más que ella—, y yo no pensaba decírtelo nunca, porque sé que cuando te lo diga, tú no me lo vas a creer, pero no puedo irme de Milán sin hacer el intento, así que me vas a escuchar lo quieras o no.

—¿Vas a irte? —preguntó con voz apenas audible. La sola idea de él partiendo de Italia rompió su corazón de dolor y desilusión— ¿Cuándo?

—Apenas hable contigo. Ya tengo reservado el boleto para esta misma noche. Lo que me retuvo aquí fue el estreno de la obra. Quería verte bailar. Nunca te había visto bailar, yo...

Guardó silencio. No tenía palabras para hacerle saber lo hermoso que había bailado. Lo que le hizo sentir mientras la observaba dando esos pasos que hablaban por sí solos de sufrimiento, dolor, alegría, tristeza y supo que ella al bailar, sentía lo mismo que él al pintar. Cuando se fuera de Italia, se llevaría algo más que recordar. Su artística figura dando saltos y giros en los pasos más bellos que había en la danza.

Llegaron al lugar donde Joel hablaría con ella. El departamento de José.
—¿Por qué aquí? —Inquirió cuando entraron al departamento, mirándolo con desconfianza— ¿Qué te propones?

Joel sonrió de lado mientras encendía todas las luces del departamento. Con voz fría, le dijo:

—¡Pero cuánto recelo, por Dios! Descuida, prometo no manchar tu honor, además, aunque José no está ahora, volverá pronto.

Andy se ruborizó un poco. Trató de relajarse, no obstante, eso no le fue posible, porque Joel le informó:

—Antes de que hablemos, ¿me permites dar una ducha? —Se miró a sí mismo y Andy notó su lamentable estado. Sangre que se había secado, no sólo en su rostro, sino en su ropa—. Y si entro al baño, ¿me prometes no escapar? ¿Por favor?

De hecho, huir en cuanto él la dejara sola había sido el primer pensamiento de Andy, pero la súplica en la mirada de él la contuvo, además, ya estaba ahí, ¿por qué no escucharlo de una buena vez para así librarse ya de él? Porque si Joel cumplía su palabra, después de eso saldría de su vida para siempre y pensar en su partida la envolvió en una tremenda tristeza.

—Prometo esperarte aquí —aceptó en tono contrito.

Confiando en ella, el hombre fue a la ducha y al quedarse sola, ella se mantuvo inmóvil por un momento, sin saber qué hacer mientras él volvía, pero luego su mirada comenzó a recorrer el entorno, fijando su atención en los cuadros que colgaban de las paredes. Se acercó a las hermosas pinturas y supo por la firma que eran de Joel. Jamás había visto una obra de arte de él, porque en todos esos años pasados había mantenido la distancia no solo con el hombre, sino de todo lo que le pertenecía o representaba, así que con un nudo en la garganta, las observó una por una, apreciando la grandeza de éstas, sintiendo en todo su ser lo que el artista quería decir con sus trazos, con las escenas y colores.

"Andy, las pinturas de Joel, tienes que verlas... la lupa, Andy... la firma de Joel."
Las palabras de Sora vinieron a su mente. Acercó su vista a uno de los cuadros más grandes para mirar con curiosidad, pero por más que escrutó en la firma, no descubrió otra cosa que no fueran letras. Qué la firma era curiosa, sí, pero nada extraordinario. Estaba tan absorta buscándole sentido a las palabras de Sora, que se sobresaltó cuando Joel, acercándose a ella, le preguntó en voz baja.

—¿Qué haces?

Ella se volvió con rapidez para verlo y se alejó un poco antes de decirle con nerviosismo.

—N... nada. Sólo miro tus pinturas. Nunca las había visto. Pintas muy bien.

Y desvió su mirada de él porque el hombre se veía de lo más atractivo, vestido con ropa limpia y formal. El cabello húmedo brillaba bajo la luz de las lámparas, además el aroma de su loción la mareó de sensibilidad. Su aroma le hizo recordar aquellos besos inolvidables y...

¡Deseó repetirlos!

El terror se apoderó de ella. ¿Qué estaba pensando? Joel la detestaba. ¡Dios, santo! Esa excusa ya no parecía funcionar. Se alejó más de él. 

Joel entrecerró su oscura mirada al verla, sintiéndose de pronto más herido de lo que ya estaba, pues, ¿acaso había descubierto lo que había en su firma? ¿Cómo? Su vista tendría que ser de águila o de mínimo más aguda que la de los demás. Ella usaba lentes de contacto y sabía que siempre fue miope, así que debían tener aumento, mucho aumento, pero no, ¡qué ridículo! Tenían el aumento suficiente para que pudiera ver bien, no para ver más allá de eso.

¿Entonces? ¿Por qué esa actitud de... repulsión? Dolor cruel martirizando como nunca su corazón, porque a pesar de sus dudas, ganó el pensamiento de que de alguna manera, Andy había descubierto por sí sola su verdad. Ya no era necesario que él se lo dijera. Ella lo odiaba y no quería su amor. El amor lo había encontrado en esa acrobática gacela bailarina que llevaba por nombre Leo.

—¡Vamos, Joel! —le pidió ella y su voz sonó fría y su actitud mostró que deseaba salir corriendo de allí—. ¡Dime ya lo que tengas que decirme!

"Por favor, por favor", suplicó Andy silenciosa, ansiosa de poner distancia de por medio entre ella y Joel, porque si no era así, se lanzaría a sus brazos y no podría soportar su rechazo. "Termina ya con esto y dime lo que tengas que decirme para poder irme... o quedarme. De ti depende, Joel."

Y mientras su tormento crecía y también su deseo, miró al hombre ocultando sus deseos y dolor en una mirada helada, reflejada en su voz.

—Joel, estoy cansada y necesito llegar a mi departamento.

Él dejó caer los hombros derrotado. Movió la cabeza a un lado al anunciarle:

—Está bien, Andy. Ya no es necesario decirlo. Acepto esto. Vamos, te llevo a tu departamento.

Andy retuvo el aliento. ¿Cómo que ya no era necesario decirle nada? ¿Para eso la había "secuestrado" y llevado a un lugar donde pudieran hablar? ¿Para no decirle nada? Se sintió herida y burlada. Se tragó su dolor. Así era Joel. ¿Por qué se sorprendía? Realmente era un desconsiderado. Ni siquiera notó la tristeza de él, porque ella misma no podía con la suya. Sin replicarle nada, porque no tenía caso, se dejó conducir a la puerta, pero se detuvo al ver a su paso una pintura, la mejor desde su perspectiva, así que poniéndose ante ella, pidió.

—Joel —Y aunque su voz tembló por el llanto, siguió hablando—, yo... me gustaría tener algo tuyo —de manera discreta, se limpió una lágrima que rodó rebelde—. Sé que estas pinturas son de José, pero...—De igual manera, se limpió otra lágrima indiscreta—. Me gustaría tenerla.

—Por supuesto —dijo él descolgándola de la pared—. No te preocupes, ya le mandaré más a José. 

Le dio la espalda en cuanto puso el cuadro en sus manos y se dirigió a la puerta con rapidez, sin esperarla. Ella se sintió más herida, creciendo el amargo sentimientos mientras recorrían las avenidas de la ciudad, y minutos más tarde; ya frente a la puerta de su departamento hasta donde él la acompañó por caballerosidad, sus ojos brillaron por la anunciada inundación de las lágrimas que difícilmente podía controlar ya.

—Te deseo lo mejor. Espero que seas feliz con Leo.

Ella suspiró soportando el caudal que quemaba sus ojos, queriendo mostrarle una última imagen de ella digna, así que trató de sonreír, pero sólo pudo hacer una rara mueca.

—Lo mismo te deseo yo con Alejandra. ¿La llevarás contigo?

La sorpresa se reflejó un momento en la mirada de Joel ante la pregunta, no obstante, su dolor no lo dejaba pensar con claridad y aunque no entendiera qué tenía que ver Alejandra en todo eso, intentó responder con indiferencia.

—No lo sé. Adiós Andy. Tal vez volvamos a vernos algún día.

Ella asintió y se metió al departamento antes de que él se diera vuelta para marcharse, cerrándole la puerta en la nariz, así, de esa manera tan grosera. Se recargó en la puerta apretando el marco de la pintura con fuerza mientras las lágrimas cedían sin control y poco a poco se fue deslizando por la puerta y quedó sentada, con el cuadro a un lado. 

Levantó las piernas y las abrazó enterrando el rostro en ellas, no dispuesta a seguir ocultando todo ese dolor que a lo largo de los años se había acumulado, desgarrando todo su ser por una promesa que no le permitió sacarlo por medio del llanto. Ya no volvería a prometer algo semejante, pues comprendió que debía llorarle a Joel. Por eso esta vez deseó tener algo de él, por eso había pedido la pintura, porque ésta le ayudaría a visualizarlo. Lo amaba y no quería deshacerse de dicho amor. 

Afuera, Yoxall, quien había permanecido inmóvil sin ser capaz de moverse, ya que no quería irse, ¡no podía irse!, puso las manos en la puerta pegándose a ella, como si quisiera traspasarla y entrar, así fue que pudo escuchar sus sollozos y algo dentro de él se rompió. Ya no su corazón, porque su corazón estaba hecho pedazos. Esta vez fue algo que ni él mismo sabía que existía, por eso no reconoció qué fue. Lo único que supo, fue que el dolor fue indescriptible. 

Y ese mismo fue lo que le impidió marcharse.

"Andy, las pinturas de Joel, tienes que verlas... la lupa... la firma de Joel."

En medio de su llanto, a la joven le pareció escuchar la voz de Sora. Levantó su rostro y fijó su llorosa mirada en la pintura. Se levantó y la tomó. Se dirigió al comedor y la dejó en la mesa. Después, sin dejar de plañir, fue a su habitación y del cajón del buró sacó una pequeña lupa que utilizaba para leer cuando en ocasiones, por su poco tiempo disponible, se le pasaba llevar a actualizar sus lentes con el oculista y la graduación de estos ya no le servía hasta que se los volvían a graduar.

Con la lupa en su poder, volvió al comedor en donde encendió todas las luces, para poder ver mejor. Fue entonces que sobre la mesa, descubrió la nota. La tomó y leyó.

"Hija, llevamos un rato esperándolos, pero no han llegado. Tu padre está cansado y quiere retirarse al hotel a descansar. Le he pedido que nos quedemos aquí contigo, pero ya conoces a tu padre. No quiere molestarte. Suponemos que tú y ese encantador joven han decidido ir solitos a algún restaurante para festejar su triunfo y... quizás algo más. Así que no te preocupes por nosotros. Te amamos, tus padres. PD. Háblanos temprano mañana y cuéntanos cómo te fue."

Andy dejó la nota a un lado agradeciendo a a su compañero de baile por no haber intentado contactar a sus padres y preocuparlos sin motivo cuando Joel la "secuestró", pero olvidando de inmediato el asunto de la cena con sus padres y Leo, volvió su interés al cuadro.

"La firma de Joel, sus pinturas."

¿Qué cosa era tan importante en la firma de él para que en su último aliento, Sora no dejara de mencionarlo? ¿Para que incluso, le arrancara la promesa de que la miraría, con lupa y todo?

Entonces colocó el lente de aumento directamente sobre las letras de la firma y palideció mientras descubría la gran verdad de Joel, aunque tuvo que pasarla una y otra vez sobre las letras para poder creer lo que veía. Ahí estaba ella en las tres etapas de su desarrollo y no le quedó duda que eran sus retratos, pero lo que más le impactó, fueron esas dos palabras en el punto que decían: 

Te amo.

Su corazón se detuvo por un instante, pero después comenzó a latir a velocidad alarmante. Sintió arder sus mejillas a medida que crecía en su interior la cálida sensación que causa la emoción de un correspondido amor y finalmente sentir crecer la llama que la invadió toda al convertirse ese sentimiento en una gran felicidad.

¡Felicidad que estaba a punto de perder si no obligaba a sus piernas moverse!

Así que corrió por el departamento y abrió la puerta gritando alarmada, angustiada y desesperada más allá de todo límite.

—¡Joel! ¡Por favor, no..!

Se apagó su voz cuando lo miró. Él se había sentado en el suelo, al otro lado del pasillo y recargaba su espalda en la pared del departamento de enfrente. Tenía su rostro perdido entre las piernas, justamente en la misma posición que ella había optado antes de ver con el lente el cuadro, pero lo levantó cuando la escuchó. Allí estaba, frente a él, agradecido porque al parecer sus ruegos habían sido escuchados y ahora lo único que los separaba era ese pasillo que de pronto a ella le pareció muy ancho, además de que lo miró levantarse con lentitud desesperante.

—¿Sí, Andy? —preguntó él con voz ronca y sus ojos estaban irritados. 

¿Había llorado? El corazón de ella se llenó de ternura, porque ya libre de sus prejuicios, logró ver más allá de lo que a simple vista había notado antes. No solo vio ese amor que le tenía, sino que lo percibió en forma de una energía arrolladora. ¡La amaba! ¡En serio que la amaba!

Loca de felicidad atravesó el pasillo y se lanzó a sus brazos y las únicas palabras que se escucharon, fueron por parte de Andy.

—Te amo, Joel. No quiero que me dejes. No quiero que te vayas. Ya no quiero hacer promesas locas.

Después de eso, ella no lo dejó decir palabra alguna, pero antes, lo arrastró a su departamento en donde lo introdujo cerrando la puerta con el pie, puesto que sus manos, las de ambos, estaban muy ocupadas.

-o-

La feliz joven se acuclilló y depositó el enorme ramo de flores sobre la lápida que decía:

"Aquí yace Sora Miles. Hija y hermana amada. Siempre estarás en nuestro corazón."

—Gracias, Sora —musitó Andy, secándose las lágrimas—. Finalmente interviniste en nuestra felicidad y yo cumplí la promesa que te hice.

Se levantó aceptando la mano de Joel. Ambos se encaminaron ahora a otra tumba. Allí, tomó de las manos de él otro enorme ramo y arrodillándose, lo colocó sobre la lápida grabada que decía:

"Aquí yace Gilberto Márquez. Amado hijo. Amado amigo. Jamás se olvidará tu alegre y carismática persona. Siempre estarás en nuestra memoria y corazón."

—¡Ay, Gil! —Andy suspiró con nostalgia. El dolor seguía presente, pero se había suavizado. Acarició la lápida al continuar hablando— ¡Cómo extrañé tu presencia en mi boda! —Extendió su mano izquierda al decir—. ¡Mira! Te hubiera gustado mi anillo de compromiso y también el de matrimonio.

—Andy.

Ella levantó la mirada y sonrió al ver la preocupación de su esposo. Se puso de pie y se dejó consentir por Joel, quien la guió a la salida del cementerio.

—Siempre que venimos aquí te pones triste, Andy. Eso no es bueno.

—¡Oh, claro que es bueno! ¿Qué no ves que así consigo que me consientas más?

—¡Ah, tramposa! ¡Con que por eso te pones triste!

Ella suspiró y recargando la cabeza en el hombro de él, dijo:

—Lo siento, no puedo evitar sentir tristeza. Los amaba mucho... Los amo mucho.

—Lo sé. También yo los extraño y a ti te amo y siempre te amaré.

—Yo también te amo y siempre te amaré. Y para que me demuestres ese amor, me tienes que acompañar a ver a Mirna. Va a poner el grito en el cielo cuando le comunique que dejo el equipo. Tú tendrás que ser mi escudo cuando explote de indignación. 

—Ella tendrá que entender que es muy pesado para ti cumplir con el equipo y la obra. Además, pronto saldrán de gira y los ensayos para la siguiente están a la vista. No puedes estar en dos lados al mismo tiempo. Si yo entendí que Leo es sólo un buen amigo tuyo, es más fácil para ella entender que no puedes estar ya en el equipo.

—Sí, bueno. Vamos a verla y le explicas eso.

—Yo le explico lo que quieras, pero amerito un premio por mi valentía.

Y ella lo premió. Le dio un cálido y profundo beso que pronto se convirtió en fuego absoluto.

¡Lastima que estuvieran en la calle, porque si no...!

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