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Hay ocasiones en las que la imaginación vuela más allá de las estrellas, veces en las que simplemente creas y creas cantidad de leyes diferentes a las conocidas, mundos inauditos, a los que desas dar imágen y validez. Nada mejor que otros vean aquello que piensas para que sea valorado. Disfruten de los universos que se crean aquí y relaciónense con ellos. Vean qué afecta en su vida, qué es igual, cómo lo cambiarían y qué harían en el lugar de x personaje. No sean tímidos y dejen lo que su mente piense en el momento. Sean felices siempre.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Una típica noche



Una típica noche

Era media noche y como era costumbre en aquel hogar, su habitante se había ido a dormir temprano, por lo que la tranquilidad reinaba en el ambiente y la oscuridad rondaba sin ninguna clase de luz artificial dentro. Todo podría tornarse en silencio y paz de no ser por el constante y molesto chirrido de una silla mecedora que resonó por cada habitación y rincón, atravesando sin piedad y escalofriantemente las paredes, asentándose en su habitación, penetrando su cabeza sin misericordia con agudeza despiadada.


Soltó un suspiro de fastidio ante el sonido del vaivén de la mecedora al ir y venir en su propio lugar. ¡Apenas que comenzaba a ser abrazado por Morfeo! Se sentó en la cama, molesto, frustrado y con prominentes ojeras que denotaban un nulo signo de descanso desde días pasados. Miró la hora en el reloj que descansaba sobre el buró a un lado de la cama y otro suspiro, ahora de cansancio, brotó de sus labios. Se colocó las pantuflas, se levantó con pesadez sin dejar de oír el infernal y desquiciante chirrido, abrió la puerta para aventurarse al pasillo que lo llevaría a la sala, a mano derecha. Allí lo vio. Al hombre sentado en la silla, quien no había dejado de mecerse manteniendo sus ojos cerrados, disfrutando el movimiento.

—¿Podrías dejar de mecerte? —le pidió con aparente amabilidad, pero sin conseguir ocultar su total enfado.

El hombre abrió los ojos y giró su cabeza a un lado para mirarlo, apoyando todo su peso en el respaldo, haciendo que la silla se quedara quieta y el sonido dejara de taladrar el entorno.

—Es tu culpa. Deberías ignorar el ruido.

—Lo he intentado —se defendió suspirando por tercera vez—, pero no puedo. ¿Dejarás de mecerte?

—No lo sé. ¿Lo haré? —clavó su visión en él, detenidamente y con semblante serio—. Después de todo, soy un producto de tu imaginación. En el momento que desees puedes dejar de escucharme.

Él se dio la vuelta y emprendió el recorrido de vuelta a su recámara, oyendo nuevamente cómo la mecedora chirriaba con potencia. Hacía tiempo que había dejado de dominar su mente hasta el grado de poco a poco perdiendo el hilo con la realidad…

“Pide ayuda”, le había aconsejado el hombre. Aún tenía tiempo; no era demasiado tarde.

Fin