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Hay ocasiones en las que la imaginación vuela más allá de las estrellas, veces en las que simplemente creas y creas cantidad de leyes diferentes a las conocidas, mundos inauditos, a los que desas dar imágen y validez. Nada mejor que otros vean aquello que piensas para que sea valorado. Disfruten de los universos que se crean aquí y relaciónense con ellos. Vean qué afecta en su vida, qué es igual, cómo lo cambiarían y qué harían en el lugar de x personaje. No sean tímidos y dejen lo que su mente piense en el momento. Sean felices siempre.

viernes, 21 de junio de 2013

Primer Encuentro

Primer Encuentro

Había escuchado de ella, sigo haciéndolo de diversas maneras. Por la calle, en programas de televisión, películas, noticias. Todo el mundo habla de ella; todos la conocen. Es famosa. Sin embargo, nuestro primer encuentro fue cuando tenía once años.

Era lunes, tal vez, no lo recuerdo con exactitud, pero sé que era un día entre semana porque Mamá nos despertó a Hermana y a mí para ir a la escuela. Las dos dormíamos en el mismo cuarto, en camas gemelas. Como siempre, nos quedamos unos momentos bajo la calidez de las mantas a pesar del llamado, hasta que Papá hizo su aparición. Afortunadamente él estaba de vacaciones y en casa… o quizás no. Con todo, Hermana y yo nos erguimos y quedamos sentadas. Era mejor darse prisa; mas no nos movimos. Algo en el ambiente nos impidió movernos con libertad, una opresión desconocida que llegó con Papá, quien se sentó en la cama de Hermana con ella a su lado y yo frente a ambos. Aterradores segundos de silencio antes de que la grave voz masculina se escuchara.

—Saben que su abuelito estaba en el hospital, ¿verdad? —preguntó y asentimos. Lo habíamos ido a ver pocos días atrás, ¿o fue el día anterior? Papá siguió—: Bueno, ya no está en el hospital. Ya ni siquiera sufre.


Esas eran buenas noticias y quise sonreír, feliz, pero la seria expresión de Papá no me lo permitió. ¿Por qué el vacío en sus ojos?

—Su abuelito murió ayer por la noche.

Hola, soy Muerte y soy cruel. Mucho gusto.

Una broma. Era una broma, ¿verdad? Tenía que serlo, no podía ser verdad. Papá amaba hacerlas, era un bromista, pero no de esa clase. No mentiría con respecto a algo tan delicado. No cuando su rostro intentaba ocultar tanto dolor. Miré a Hermana, quien ya lloraba sin reparo, por lo que más dudas no cupieron en mí. Lloré en silencio y abundantemente. Abuelito estaba muerto. Finalmente Muerte se había presentado ante mí, había extendido sus territorios hasta alcanzar los míos; hasta tocar mi fragilidad. Mi familia.

Papá salió y dejó que nos cambiáramos para ir al funeral. Mi cerebro había sido cubierto por una neblina de tristeza y aflicción. Tanto así que olvidé quitarme el short con el que dormía y sobre éste me coloqué mi pantalón deportivo. ¿Pero a quién le importaba? A mí no por lo menos. Cuando estuvimos listos todos —Papá, Mamá, Hermana, Hermanito y yo—, salimos de casa entre lágrimas amargas y llegamos a la funeraria. Su salón de fiestas. Como era de esperarse de la anfitriona, el ambiente en el lugar era lúgubre, lleno de sufrimiento y lo más posiblemente silente. Todas las personas lloraban. Muerte es poderosa. Abrazamos a Abuelita; a quien siempre vi jovial y que en aquellos instantes lucía años mayor, tan frágil que creí la rompería con mi abrazo.

Mamá sugirió que fuéramos a ver a Abuelito. Yo no quería, tenía miedo. No había visto un cadáver con mis propios ojos jamás. Me asustaba hacerlo y más si se trataba de Abuelito. No obstante, Mamá insistió y nos llevó a Hermanito, Hermana y a mí. Lo vi a través del cristal de féretro en el que estaba. Esa caja de madera adornada bellamente que sería su última casa. Estaba allí, pero no; lucía sereno y tranquilo, pero no; parecía dormir, pero no. Simplemente estaba muerto y comprendí más claramente el significado de eso. No más dulces de su parte, no más paseos en su camioneta, no más caminatas por la tarde, no más risas compartidas. No más Abuelito.

No contuve el llanto y lo dejé fluir tan calladamente como me caracterizaba, pero salió inagotable. Mamá y Hermana también lloraron con agonía. Papá y Hermano no lo hicieron. Papá ni siquiera había ido a verlo, sino que estaba con mis tíos y amigos intentando conversar con normalidad. Papá era muy fuerte. Hermanito en cambio, era demasiado pequeño como para comprender la situación o muy tonto. Las horas pasaron y Mamá decidió que fuéramos a casa un momento a comer algo y descansar un poco antes de ir al entierro que se efectuaría esa misma tarde. Así lo hicimos, tratando de calmar nuestros nervios ante lo que vendría a continuación. Papá se quedó en la funeraria.

Después de eso, arribamos al cementerio; sus dominios, su reino, sus aposentos. En cuanto entré, una frialdad inigualable e indescriptible me envolvió por completo, así como una sensación de desasosiego. Deseaba tanto terminar con esto como ralentizarlo cuanto pudiera. Sería el último adiós que le diéramos a Abuelito, la última oportunidad de verlo y Papá debía hacerlo. Todos le animaron a que se acercara y lo mirara. Lo que ocurrió después será algo que jamás olvidaré.

Papá; el hombre fuerte, estricto, sonriente y a quien nunca imaginé verlo derrumbarse, se vino abajo. Lloró cual bebé la pérdida de su padre; estaba destrozado y me sentí terriblemente mal. Ahora, cuando necesitara consejos, ¿quién se los daría? Cuando necesitara ayuda, ¿quién se la otorgaría? Cuando atravesara un momento doloroso como ese, ¿a quién recurriría en busca de consuelo? ¿Quién lo abrazaría con cariño y le diría que todo iría bien? ¿Quién si su papá ya no estaría con él? ¿Qué haría yo si no tuviera a Papá?  Muerte es despiadada.

El tormento siguió presente todo el tiempo que tardaron en encerrar a Abuelito en su estrecha gaveta. Al finalizar, el cementerio fue vaciándose de nosotros, los seres queridos de él que debían continuar con su vida. Creí que todo había terminado, que ella me dejaría con esa finita despedida, pero me equivoqué. Me mostró más de su autoridad en cuanto atravesamos la puerta principal del sacramental.

Hermanito, ese niño tonto del que pensé no sabía nada de lo que pasaba, sorpresivamente se aferró a Mamá, abrazándola con fuerza en tanto alaridos imparables y a voz viva brotaban de su garganta. “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”, gritó en medio de la calle sin contener un momento más la tristeza que albergaba su pequeño corazón. Y más claro no fue para mí.

Muerte no da tregua a nada, a nadie. Chico, grande, mujer, hombre, fuerte, débil. A cada uno lo ataca y lo afecta. Eso aprendí en mi primer y desagradable encuentro con ella. Ahora sé con exactitud qué esperar cuando la hablan por la calle, cuando la anuncian en televisión. La conozco y desearía nunca haberlo hecho, anhelo no tener que encontrarme con ella una vez más; pero sé que es imposible. Es escurridiza, es como el agua y el viento que se adentran hasta el espacio más ínfimo. Vislumbro, por desgracia, que tarde o temprano me encontraré con ella de nuevo y desafortunadamente seré incapaz de evitar los devastadores efectos que cause en mí.

Fin