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Hay ocasiones en las que la imaginación vuela más allá de las estrellas, veces en las que simplemente creas y creas cantidad de leyes diferentes a las conocidas, mundos inauditos, a los que desas dar imágen y validez. Nada mejor que otros vean aquello que piensas para que sea valorado. Disfruten de los universos que se crean aquí y relaciónense con ellos. Vean qué afecta en su vida, qué es igual, cómo lo cambiarían y qué harían en el lugar de x personaje. No sean tímidos y dejen lo que su mente piense en el momento. Sean felices siempre.

jueves, 13 de diciembre de 2012

El Chico de la Guitarra

La canción que utilizo aquí se llama "No todo lo que brilla es oro" y la canta Liran Roll.



El Chico de la Guitarra

La tarde era avanzada y Justina y Refugio jugaban en el amplio patio delantero de la casa en la que se encontraban. Sus padres habían tenido que viajar aquel fin de semana por asuntos de negocios y como siempre que esto sucedía, ellos se quedaron con su abuela Francia. Ambos amaban estar con ella y pasar el rato a su lado, no sólo por los biscochos y la deliciosa comida que les preparaba, sino que también porque las historias que les constaba eran muy interesantes y como niños de diez y doce años, respectivamente, a ellos les fascinaban. Una mujer mayor, un tanto encorvada y el plateado a punto de cubrir por completo sus cabellos negros, se asomó por la puerta de la casa.

—¡Chicos, es hora de unas galletas!


Los niños dejaron de corretear ante el llamado de su abuela y presurosos se adentraron a la casa, dirigiéndose primeramente y por petición de la mujer, al baño para lavarse las manos y después a la cocina para disfrutar de las galletas con chispas de chocolate caseras y un rico vaso de leche.

—Abuelita, cuéntanos una historia —pidió Justina con la boca llena.

—Sí, sí —apoyó Refugio con voz alegre—. Cuéntanos una aventura.

—No, de esas nos cuenta muchas— protestó la menor en desacuerdo—. Mejor cuéntanos algo romántico.

—Esas son aburridas…

—Niños, niños, no se peleen y no hablen con la boca llena o no les contaré nada —sentenció Francia—. ¿Quieren o no una historia?

—¡Sí! —respondieron al unísono.

—Bien. Esta historia se llama “El chico de la guitarra”. Y es así más o menos.

Había una vez una chica de secundaría que vivía triste y amargada. A su madre nunca la miraron bien en la familia, que era muy conservadora, porque la tuvo a ella fuera del matrimonio, además de que no tenía papá. Tampoco tenían ninguna clase de apoyo y vivían muy pobres. Además, como si la vida estuviera en su contra, su madre había muerto un par de meses atrás. Al ser menor, sus tutores legales pasaron a ser sus tíos, pero eso no mejoró su situación. Era tratada peor que una criada en esa casa. Por si fuera poco, no contaba con amigos y en el colegio era la burla de todos.

“Estoy harta”, pensó una tarde que caminaba de regreso a la casa de sus tíos, que nunca llegaría a ser suya. Caminaba con lentitud, al fin y al cabo no deseaba llegar a su prisión. Quería acabar con su sufrimiento. Su único sostén no existía ya, nada quedaba por delante para ella, salvo terminar con todo. Nadie se daría cuenta. Unas compañeras suyas le habían implantado esa idea y le aconsejaron que la mejor manera era que se echara una pila grande de pastillas. Había muchas de esas en casa. Las robaría, iría al remedo de chiquero, si, remedo porque ni al completo llegaba, que le habían dado como cuarto y nadie se enteraría de su ausencia. Era un plan perfecto. ¿Contaba con el valor para hacerlo? Había muchas cosas que había perdido en sus catorce años, entre ellas el miedo a la muerte y el deseo de continuar viva, así que no le sería problema.

Estaba cansada. Esos seres inhumanos que decían ser su familia la hacían trabajar más que un burro. Dado que caminaba por el centro, se detuvo en la plaza para descansar un poco, sentándose en una de las bancas del lugar. Dentro de poco descansaría de todo, sólo necesitaba aguatar un poco más. Sumida estaba en sus pensamientos negativos y auto-destructivos cuando escuchó una guitarra. Dirigió su apagada y vacía mirada a donde había escuchado el instrumento, realmente sin interés. Distinguió a un chico mayor que ella, quizás de veintitantos, que vestía más que sencillamente, pero muy limpio y que se mantenía frente al protector de la guitarra clásica que sostenía en manos, el cual portaba monedas y billetes, dando a entender que se dedicaba a tocar para sobrevivir.

El joven afinaba el instrumento, preparándose para tocar alguna canción que supiera, cuando giró su cabeza y sus ojos azules chocaron con los cafés de ella. Le sostuvo la mirada unos segundos, parpadeando repetidas veces. Ella lo miró también, pero sin interés alguno y la falta de brillo en sus orbes llamó la atención de él. Sufrimiento e inagotables lágrimas era lo que sus ojos parecían decirle. Se acercó para quedar frente a frente. Le sonrió intentando infundirle un ánimo que creyó necesitaba, sin obtener una respuesta satisfactoria de su parte. Colocó su pie derecho sobre la banca y apoyó la guitarra en su muslo en tanto sujetaba la plumilla y la pasaba por las cuerdas, que comenzaron a crear notas que combinadas se volvieron una melodía.

“Escucha, nena, y deja de llorar,
que en esta vida también hay un sufrir”.

Comenzó a cantar con su voz grave, suave y serena, llamando la atención de no sólo los que caminaban por allí, sino de ella misma.

“Olvida todo y empieza a sonreír,
que en esta tierra hay que vivir.
Y si alguna vez, has pensado acabar con todo,
date cuenta que tal vez, no todo lo que brilla es oro.
Escucha, nena, y deja de llorar,
mira esta vida y su felicidad.
Yo por mi parte, te canto esta canción.
Y si alguna vez, has pensado acabar con todo,
date cuenta que tal vez, no todo lo que brilla es oro.
Sal de la tierra de la soledad.
Visitarla es bueno, pero no vivir allí.
Olvida todo y empieza a sonreír.
Y si alguna vez, has pensado acabar con todo,
date cuenta que tal vez, no todo lo que brilla es oro.
Escucha nena, problemas siempre habrá.
Olvida todo y empieza a sonreír”.

Hizo un solo de guitarra para finalizar la canción, intentando imitar a un verdadero rockero, y hubiera sido perfecto si no fuera porque, sin que se lo esperara, una de las cuerdas se reventó, asustándolo a tal grado que lanzó un grito chillante y agudo, parecido al de una chica, contra su voluntad. El ambiente pareció muerto unos instantes antes de que las risotadas de ella se escucharan, incapaz de contenerse. Ese grito había estado espectacular.

—Mira que eres una muchachita cruel —dijo el chico de la guitarra sacudiendo su mano—. La cuerda me dio en el dedo, me duele, ¿sabes?

Ella lo ignoró olímpicamente sin dejar de reír.

—Bueno, supongo que ha valido la pena. ¿Te ha gustado la canción? Era especialmente para ti.

—¿Para mí? —ella dejó de reír al oírlo—. ¿Por qué?

—¿Te has visto en un espejo últimamente? Luces triste y sin esperanza. Creo que necesitabas un poco de ánimo, por eso la canción. Sí, en esta vida se sufre, pero hay muchas cosas valiosas por las que puedes seguir adelante. Cosas que brillan más que el oro.

—¿Ah, sí? Sería genial que me dieras un ejemplo —su voz adquirió un tono amargo—. No tengo el placer de conocer nada con tal brillo.

—La sonrisa que me has mostrado hace un momento fue radiante. Deberías cuidarla.

—¡Por favor!

Se levantó con brusquedad y le dio la espalda al chico de la guitarra. Comenzó a caminar con paso lento y cansado.

—Puedes venir cada vez que quieras —le dijo él sin moverse de su sitio—. Te cantaré hasta que vuelvas a sonreír. No seas tu verdugo. ¡Piensa positivo y serás feliz!

Ella no le dio ni una señal para demostrar que lo escuchaba y siguió su camino. ¿Y a él que más le daba cómo fuera o cómo viviera su vida? Era un entrometido, eso era y no sabía cantar, además la canción había sido de muy mal gusto a su parecer. Pero para mayor desgracia suya, esa mala canción no salió de su cabeza en lo que restó del día, lo que la molestó ya en la noche y mucho más la enfadó no sacarse al chico de la guitarra de la mente, mas lo que terminó por hundirla en la ira completa, fue que no llevó a cabo el plan que había ideado y que la llevaría al descanso eterno. Fue como si algo sin importancia se hubiese pospuesto. Como si se sumara a una lista de espera olvidada.

Sus pensamientos estuvieron libres de esas ideas algunos días más, hasta que un nuevo incidente con sus compañeros le recordó que ella tenía pendiente su suicidio. Sin embargo, después de la escuela, una fuerza desconocida hizo que sus pasos la llevaran a la plaza, hacia el chico de la guitarra, quien al verla, comenzó a cantar otra estúpida canción optimista. Maldijo a aquella fuerza extraña. ¿Destino? No, ése no existía. Era más bien, la fuerza atrayente de desear vivir mejor, como cualquier joven de su edad querría y que era impulsada por el típico chico alegre y entusiasta que vivía en extrema pobreza. ¡Qué horror! ¿Ahora dependería de eso? Se sentía por demás incompetente.

—¡Hey! ¿Qué tal esta canción? Ahora hablaba de las cosas de las que puedes disfrutar. Una puesta de sol, el amanecer, comer un helado...

—Cantas en verdad espantoso.

—¡Cielos, qué honesta! No le tomes importancia a la voz, sino a la letra.

—Es imposible, no puedo concentrarme cuando escucho algo tan malo.

—En verdad eres buena ofendiendo, ¿eh?

Ella no le contestó y dándole la espalda se retiró de allí. El chico de la guitarra se limitó a observarla. Estaba bien. Estaba feliz porque había ido, pues creyó que no volvería a verla. Que lo insultara si lo deseaba, que sus encuentros fueran cortos y que se desahogara con él si de esa manera se sentía mejor. No importaba, en tanto no tuviera esa expresión que le vio aquel día. Una que decía claramente que dejaría de vivir. Todo estaba bien si mantenía el brillo.

Las semanas transcurrieron anormalmente rápido para ella y sus visitas al chico de la guitarra se hicieron más frecuentes y sus conversaciones se hicieron más largas cada día y eran no sólo para que ella le dijera algo hiriente, sino que eran productivas. ¿A quién engañaba? Ese tipo había sabido cómo animarla y en su mayoría utilizó canciones un tanto extrañas, pero eficientes, para conseguirlo. Era increíble. Logró ver lo maravilloso hasta de la más mínima cosa, como lo era un insecto y cosas así. No, sus problemas no se fueron, pero al menos supo cómo afrontarlos mejor y eso la hizo sentirse orgullosa de sí misma. Quizás por ese simple sentimiento ya no podía ni pensar en el suicidio. Ya tenía por qué vivir. El sentirse bien con ella misma era motivo suficiente.

Como casi todos los días después de unos meses de estar haciéndolo, ella se dirigió a
la plaza para visitar a su nuevo amigo, el primero que tenía. Era lunes y dado que los fines de semana no tenía permitido salir, no podía ir a verlo sábado y domingo, por lo que lo extrañaba mucho. Llegó y se extrañó de no verlo en su habitual lugar. No era posible que fuera a otro lugar, cuando eso pasaba la ponía al tanto de dónde cantaría y le daba la dirección. ¿Se le olvidaría? Quizás, él no era perfecto, siempre recordaba ese importante hecho. Se encogió de hombros, bien, ya lo vería mañana.

Pasó el resto del día y la mañana siguiente llegó. La escuela se había vuelto un poco más soportable, al ver que ignoraba por completo a sus atacantes, tal como el chico de la guitarra le había dicho que lo hiciera, muchos de sus compañeros comenzaban a tenerla en buena estima por valiente y ya había hasta quien la defendiera, al fin y al cabo siempre había personas que admiraban la fuerza, valentía y determinación de la gente. Por esa razón ahora no se le hacían tan largas las clases, lo que agradeció porque cuando el timbre de salida sonó, ella fue directamente a la plaza, deseando verlo, pero como el día anterior, no estaba. Eso la extraño, no siempre tenía muchos lugares a los que pudiera ir a cantar que no fuera la pública plaza, en la que apenas lo soportaban también.

Quiso preguntar por él, pero no supo a quién. Después de todo, no era como si la diferente gente que iba y venía todos los días lo conociera a fondo. Ella parecía ser la única que se atrevía a hablar y entablar amistad con el que parecía un vagabundo sin educación. Un pensamiento que siempre la llenaba de orgullo al saber qué clase de persona era él, pero que en esa ocasión la puso un poco triste y avergonzada de sí misma. ¿Qué clase de amiga era si ni siquiera se había molestado en preguntar su nombre? Y en cambio él sí que sabía el suyo y hasta le había medio inventado una canción en honor a su nombre. Una muy mala y graciosa por cierto. Sonrió un poco. Ni hablar, la próxima vez le pediría, no, le exigiría su nombre. No era justo que él pudiera desgastar el suyo y ella el de él no.

Dado que no se movió de donde estaba, observó a un hombre mayor que todos los días tomaba asiento a un lado de donde él se colocaba para tocar y siempre lo escuchaba. Incluso había visto que intercambiaban palabras de vez en vez. Se acercó a él, dispuesta a preguntar si de casualidad sabía algo de él, esperando que le diera una noticia.

¿El chico de la guitarra que toca aquí? repitió el hombre la pregunta de ella. ¿No lo sabías, niña? Tuvo un accidente. Justo en esa calle de allí señaló la calle adyacente a la que estaba frente a ellos—. Un auto lo atropelló.

—¡No! —Interrumpió Justina la historia nada conforme—. ¿Qué clase de historia es esa? Es fea, fea, fea.

—Aún no termino de contarla —les dijo Francia con una sonrisilla—. No saben lo que pasará.

—¿Va al hospital donde lo tienen y lo ve y viven felices los dos cantando canciones? —pregunta Refugio intentando adivinar el final.

—Me temo que no. No consiguió más información y ella no volvió a verlo.

—¡Aaah! ¡No! ¡Es cruel! —gritó Justina tapándose lo oídos.

—Vean el lado bueno. Ella supo cómo afrontar los problemas recordando la actitud de su amigo.

—Pero él se fue —volvió a reclamar la niña con tristeza.

—Qué extraña historia —aceptó el muchacho extrañado—. Por eso prefiero las de acción.

—Y yo las de romance.

Una nueva pelea entre los niños surgió y Francia los miró con algo de diversión. Ellos debían entender que la vida no siempre estaba llena de momentos felices y emocionantes, por eso había decidió contarles esa historia. Quizás algún día tendrían que verse en una situación difícil y debían esforzarse por salir adelante siempre.

Al día siguiente, Francia, después de que su marido se fuera a atender la dulcería que tenía, limpió un poco la casa y luego fue a la casa de retiro de la ciudad. Allí tenía a una parejita de viejecitos, mucho más viejecitos que ella, cabe aclarar, de los que había decidió encargarse, dándoles una que otra cosita para vestir y visitándolos constantemente. Al fin y al cabo, podía ser que un día ella estuviera en su lugar y estaría muy agradecida de que alguien fuera a verla con constancia. Al llegar se encontró con una enfermera de mediana edad de la que era muy amiga. La mujer empujaba a un hombre mediante una silla de ruedas.

—Señora Francia, tan puntual como siempre —fue su saludo al verla—. El matrimonio López estará feliz de verla otra vez. ¿Cómo va todo? ¿Qué tal don Rigo?

—Ahora está mejor, fue un susto repentino, pero el cardiólogo dijo que con medicamento y descanso necesario todo estaría bien.

—Menos mal. Ah, me gustaría hablar un poco más, pero el señor Diego necesita ir a tomar aire fresco, ¿verdad señor Diego?

El hombre miraba con expresión ausente a Francia.

—El señor Diego es de los que tienen peor condición. El Alzheimer es de las peores enfermedades que existen. Él ya no puede retener información nueva y la anterior está casi al olvido por completo. No reconoce a sus parientes. Ni a mí que lo atiendo todo el día —dijo la enfermera con una sonrisa triste—. En fin, nos vemos, señora Francia.

La mujer asintió y siguió con su camino, sin notar que el hombre en la silla de ruedas movía su cabeza hacia donde ella se alejaba. Con reflejos rápidos cogió un brazo de la enfermera cuando ésta se dispuso a acomodar el cobertor que mantenía caliente sus piernas. La enfermera se sorprendió y mucho más al ver que en los ojos azules del hombre, un brillo que nunca le había visto resplandecía con intensidad.

—¿Señor Diego?

Cinco únicas palabras salieron de la boca del hombre:

—Sé tocar la guitarra. Francia.

Fin