El
instituto preparatoriano Sexto Osses se
hallaba en relativa quietud. Los jóvenes atendían sus clases, los maestros se
esforzaban por inculcarles la mejor educación intentando no mantener como
objetivo el cheque a fines de mes; los que tenían hora de Deportes estaban en
el patio escolar calentado o en el gimnasio teniendo algún juego amistoso. En
efecto, todo era normalidad y cada persona realizaba sus actividades comunes.
Todos, salvo tres chicos que ese preciso momento corrían por su bien, evitando
a toda costa que el prefecto los cogiera, o tendrían serios problemas.
Víctor,
Sean y Derek habían dejado escapar las ranas que servirían en la clase de
Biología en la práctica de disecarlas y abrirlas. Más que sentir piedad por los
anfibios, lo habían hecho por diversión, para ver correr las ranas por todo el
instituto y evitar ser atrapadas por sus cazadores, como ellos ahora lo hacían.
Llegaron a un punto donde varios pasillos se cruzaban.
