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Hay ocasiones en las que la imaginación vuela más allá de las estrellas, veces en las que simplemente creas y creas cantidad de leyes diferentes a las conocidas, mundos inauditos, a los que desas dar imágen y validez. Nada mejor que otros vean aquello que piensas para que sea valorado. Disfruten de los universos que se crean aquí y relaciónense con ellos. Vean qué afecta en su vida, qué es igual, cómo lo cambiarían y qué harían en el lugar de x personaje. No sean tímidos y dejen lo que su mente piense en el momento. Sean felices siempre.

sábado, 18 de enero de 2014

Compañía Anhelada


Capítulo 1

El instituto preparatoriano Sexto Osses se hallaba en relativa quietud. Los jóvenes atendían sus clases, los maestros se esforzaban por inculcarles la mejor educación intentando no mantener como objetivo el cheque a fines de mes; los que tenían hora de Deportes estaban en el patio escolar calentado o en el gimnasio teniendo algún juego amistoso. En efecto, todo era normalidad y cada persona realizaba sus actividades comunes. Todos, salvo tres chicos que ese preciso momento corrían por su bien, evitando a toda costa que el prefecto los cogiera, o tendrían serios problemas.



Víctor, Sean y Derek habían dejado escapar las ranas que servirían en la clase de Biología en la práctica de disecarlas y abrirlas. Más que sentir piedad por los anfibios, lo habían hecho por diversión, para ver correr las ranas por todo el instituto y evitar ser atrapadas por sus cazadores, como ellos ahora lo hacían. Llegaron a un punto donde varios pasillos se cruzaban.





—¡Nos separarnos y nos vemos en el lugar de siempre! —les dijo Víctor en tanto cogía por la izquierda.



Sean continuó derecho y Derek se detuvo, confundido. ¿Separarse? Estaba tan concentrado en correr que la sugerencia lo sacó de onda por un corto periodo de tiempo, suficiente para que fuera atrapado por el prefecto.





Derek miró con nerviosismo desde su asiento ubicado en medio de la oficina del director, al susodicho, al vicedirector, al prefecto y a los profesores de Biología, que lo miraban en toda su altura y con molestia, rodeándolo.



—¿Dónde están tus cómplices? —inquirió el director con voz digna del cargo.



—No lo sé.



—No te hagas el santito y dínoslo —Se metió el prefecto—. Sabemos que ustedes son buenos amigos y escuché que quedaron en el lugar de siempre. ¿Dónde es?

—Es que de verdad no lo sé —Y lo decía porque era cierto. Siempre estaban en diferentes lugares, no se acoplaban a uno solo. No les gustaba la monotonía.

—Si no lo dices te verás obligado a hacer servicio comunitario, además de la detención —dijo el vicedirector—. No puedes encubrirlos toda la vida.

Tocaron la puerta, lo que fue un pequeño respiro para Derek. El director dio la orden de entrada e ingresaron a la oficina, el entrenador de Boxeo y Sean.

—Les traigo a este chico. Me enteré que volvió a meterse en otro lío.


Sean y Derek se mantenían en la sala de detención y, por extraño que pareciera, sólo ellos dos eran los integrantes. El maestro a su cuidado leía el periódico en tanto se tomaba su café de media tarde, sin realmente prestarle atención a ambos. En realidad, estaba molesto porque lo pusieron a trabajar.

—¿Por qué te atraparon? ¿Dónde? ¿Cómo?

—Ah, pues mientras estaba corriendo me acordé que tenía práctica, así que fui al gimnasio y pues… me atraparon.

—O sea que fuiste a la trampa.

—Estoy aquí, ¿no?

La puerta se abrió de golpe y Víctor hizo acto de presencia. Los tres se sobresaltaron ante lo inesperado de la visita.

—¡Hey, chicos! Ya están aquí, qué bien —se dirigió con el profesor, quien lo miraba extrañado—. Vengo a pagar mi deuda. Con permiso.

Se acercó a sus amigos y moviendo una silla quedó en medio de los dos.

—Ah, en el lugar de siempre —susurró Derek finalmente entendiendo, pero Víctor logró escucharlo y palmeando su espalda lo vio seriamente.

—¿Y dónde más? —Aplaudió una vez con fuerza—. Se me ha ocurrido una idea interesante. El plan perfecto para este verano. Conseguir novia y disfrutar las vacaciones como Dios manda.

—¿Eh? —exclamaron los dos con la boca abierta.

Derek iba a decir algo, pero viendo sus intenciones, Víctor lo silenció mostrándole el dedo índice.

—Ah, ah, dejen explico. Desde que tengo memoria, nuestras vacaciones han sido nosotros tres y sólo nosotros tres. He pensado muy seriamente en ese problema. La sociedad ya no es como antes…

—¿Qué tiene que ver la sociedad con esto?

—Déjame terminar, Derek. A lo que estoy tratando de llegar, es que ya somos hombres y necesitamos de una mujer en nuestra vida. Estamos en el momento preciso, vamos a salir del instituto. Hemos roto nuestro cascarón, hemos madurado.

—¿Y lo que acabamos de hacer hace unas horas fue…?

Víctor quedó callado unos momentos e inhalando con fuerza, respondió ante la inoportuna pregunta de Sean:

—Aún estamos en el instituto. Pero el caso, ¿alguien se opone?

Sean no se mostraba seguro por el plan e iba a levantar la mano, pero no lo hizo porque vio el dedo de Víctor señalándolo.

—Sean, no levantes la mano. ¿Alguien aparte de él? —repitió la pregunta en tanto miraba seriamente a Derek, acercándose a él segundo a segundo.

—De acuerdo —No tuvo más que aceptar.

Víctor golpeó la butaca y se levantó, triunfante.

—Bien, a partir de ahora, nuestro trabajo es conseguir novia. Chicos, véanlo como algo positivo. A Sean le ayudará con su problema que tiene y a Derek… Am… Te ayudará a… A ser más normal de lo que eres.

La detención terminó y en la puerta principal cada uno se despidió del otro, dispuesto a retornar a su respectivo hogar. Sean Britt, alto con un metro y ochenta centímetros, tez bronceada debido a su constante exposición al sol por todos los deportes que llegó a practicar, cabello castaño y ojos verdes. Ante su constante ejercicio rutinario, como el correr media hora antes de ir a la escuela, había adquirido un cuerpo atlético. Actualmente se centraba en el Box. Su manera de ser, podía describirse como la del chico perfecto, amable, sociable, alegre y prestaba ayuda siempre que podía.

No obstante, a pesar de su supuesta perfección, tenía un gran y enorme defecto o, amablemente dicho, problema de personalidad, y era que no podía hablar con las chicas. A tal grado su cuestión, que ni un hola podía decirles. El supuesto se debía a que creció sin una madre, su padre lo cuidaba y aparte contaba con dos hermanos mayores. Además, estudió primaria y secundaria en un instituto exclusivo de varones, por lo que su contacto con las féminas era prácticamente nulo.

Víctor Montenegro provenía de una familia adinerada, accionistas de una empresa de farmacéuticos muy famosos y bastante vendidos a nivel nacional. Sus padres eran el típico matrimonio rico, en donde ambos mantenían más la mente en la empresa que en el linaje, cosa que en realidad no lo mortificaba tanto, porque vivía feliz. Tenía un hermano pequeño de diez años que cursaba su cuarto año de escuela.

Su estatura era promedio, con metro setenta y cinco. De piel nívea, sus hebras eran doradas cual sol y de ojos grises. Su complexión era delgada porque no hacía mucha actividad física, ya que sus hobbies eran más bien idear planes en los que pudieran meterse en problemas. Tendía a vestir de una manera elegante. A pesar de que la ropa fuera en sí informal, había algo en su aspecto que siempre lo hacía verse refinado. De personalidad extrovertida, inteligente, siempre buscaba divertirse y solía actuar con impulsividad, lo que lo llevaba a no medir sus actos y meterse en situaciones comprometedoras, arrastrando a quien estuviera allí presente. A pesar de todo, su semblante se mostraba mayormente y para los ajenos, serio.

Derek Duarte era el popularmente conocido chico normal. Tenía una vida normal y una familia normal con trabajos normales, todo normal. Lo único anormal en su vida eran los dos chicos descritos arriba. De cabello negro como el ébano, ojos cafés, piel trigueña y de una estatura que quedaba en medio de las de sus amigos. Tenía una hermana mayor que trabajaba como cajera en el supermercado. Su función en el trío era de servir como conciencia de Sean y Víctor, que siempre actuaban sin pensarlo demasiado, preocupándolo por sus precipitadas acciones.

Derek llegó a su casa cuando la oscuridad completa reinaba en el cielo. Ante lo tarde, todos habían comido así que tuvo que recalentar los alimentos. Sus padres veían una película de acción en la sala y como no vio a su hermana rondando por el lugar, dedujo estaría ocupada chateando en su habitación. Terminó de comer y también se dispuso dirigirse a sus aposentos. El resto del tiempo que le quedaba antes de ir a la cama debía aprovecharlo para hacer los deberes escolares. Sin embargo, su mente no dejaba de darle vueltas al asunto de aquella tarde.

El plan de Víctor era complicado. Pudo notar claramente las ganas que tenía Víctor de llevarlo a cabo y hacerse realidad, pero al igual que Sean, no estaba del todo confiado. Ya una vez se había declarado a alguien, cuando estaba en el último año de secundaria, aunque había sido desconsideradamente rechazado. Le daba algo de miedo volver a serlo; sin embargo, también tenía el deseo de conseguir una novia. Era un chico normal, después de todo, y cualquiera querría una.

Negó con la cabeza y se concentró en los deberes. No era momento de desperdiciar valioso pensamientos en algo así. Debía mantener su mente centrada en los estudios. Estaban en periodos de exámenes para ingresar a la universidad y los tres habían decido entrar a una misma, pero el porcentaje mínimo requerido era de 80% y él no era muy bueno en las notas. Víctor era listo y seguro lo pasaría. Sean, a pesar de que también era inteligente, lo ayudaba mucho la beca de deportista. ¿Y a él? ¿Qué o quién lo ayudaba? Nada, así que debía ingeniárselas solo.

Fue así, como el día finalizó.

Capítulo 2

La mañana siguiente llegó y Derek se alistó para ir al instituto. Llegó al centro educativo y se dirigió con paso calmado a su respectivo salón, que era el 3-B. Al ingresar, caminó a su lugar de siempre, que era el tercer asiento contando las butacas de adelante hacia atrás, en la tercera fila. Desde allí podía prestar la atención adecuada a las clases, además de disfrutar de la vista que sus compañeros mostraban. Como en aquel momento, pues muchos de ellos estaban reunidos con sus amigos conversando, otros hacían tarea en el último momento, fuera por sus propios medios o con la ayuda de la tarea hecha de otro. Unos se hallaban fuera del aula y otros hacían cosas que no deberían. Como los que estaban en el fondo, que rayaban las butacas quizás para dejar constancia de su presencia, para adornar o como mera travesura.

—¡Oigan, ustedes!

Una voz femenina se alzó por entre el bullicio. Todas las miradas se concentraron en la dueña, descubriendo a una joven alta, de 1.68, delgada, de cabello suelto, castaño y ondulado que caía grácilmente sobre sus hombros, terminando cuatro dedos bajo ellos. Sus ojos cafés y grandes no podían mostrarse en su esplendor a causa de las gafas de cristal y marco rojo que se sostenían sobre el puente de su nariz. Aquella joven respondía al nombre de Sol Flete y aparte de poseer el título de la chica perfecta, también contaba con el de la jefa de grupo, por lo que entre su personalidad figuraban las cualidades de responsabilidad, inteligencia, el ser lo suficientemente humilde como aceptar consejos pero lo suficientemente autoritaria cuando era debido y, por supuesto, regañona por naturaleza.

—¿Qué se supone que hacen? —Continuó Sol—: El dinero para volver a pintarlas saldrá del dinero para la graduación. Son ustedes lo que pagan cierta cantidad cada semana para tener una fiesta digna del grupo. No los despilfarren así. Vamos, salgan. No quiero verlos aquí si van a seguir destruyendo la propiedad del colegio.

A pesar de las protestas y las disculpas que los chicos le hicieron, Sol no cedió, por lo que no tuvieron más remedio que hacerle caso y salir, por lo menos para tranquilizarla. Después de esto, Sol se encaminó a donde Derek.

—Derek, escuché lo que pasó ayer con las ranas y que de nuevo fuiste a detención. ¿Por qué lo hiciste? ¿En qué estabas pensando? No des más fama al salón, que ya es conocido como el más problemático. Eres un buen chico. Deberías dejar de mantener contacto con gente como Víctor y Sean, que son incorregibles.

—Gracias por el consejo, lo tendré en mente.

Sol lo miró escudriñadora antes de suspirar. Sabía que continuaría con sus amistades. El sonido de bancas siendo arrastradas le impidió seguir con su conversación. Unos chicos estaban a punto de pelearse, amenazadores, por lo que se concentró en ello para intentar aligerar la situación. En eso, el celular de Derek vibró. Había recibido un mensaje de Víctor citándolo detrás del árbol virolo a la hora del almuerzo. Las primeras horas pasaron con normalidad y entonces llegó el receso.

Sean, Víctor y Derek estaban en el árbol que habían nombrado virolo, cuyo adjetivo se le había dado porque el árbol poseía un par de ramas gruesas que sobresalían de entre las demás y ambas parecían tener la figura de un ojo, sólo que uno mostraba el iris fuera de lugar.

—¿Para qué nos llamaste? —inquirió Sean.

—Quiero saber, ¿hay alguna chica que les guste? ¿Que llame su atención?

—No.

La respuesta cortante y sin duda de ambos asombró tanto a Víctor que se echó para atrás, asustado.

—¿Qué? ¿Qué clase de hombres son? Eso no está bien. ¿No existe ni la más remota posibilidad de que una les llene la pupila?

Parecieron meditarlo un buen rato, sumamente pensativos y concentrados. Buscando en el interior de sus recuerdos, en lo más recóndito de su ser…

—No.

—Verdaderamente interesante —dijo Víctor, examinador en tanto se frotaba la barbilla—. En ese caso, pasaremos al plan C.

—¿Y el B? —preguntó Derek, extrañado.

—Y ese es el de ir a la plaza ¡por chicas! —gritó entusiasmado ignorando a su amigo.

—¿Qué? —Se sorprendieron los dos y el más inquieto, Sean, continuó—. Eso requiere hablar con ellas, ¿no? ¿No sabes mi condición respecto a ese delicado tema?

—Es como cualquier juego. Se tiene que practicar para poder ser el mejor y no hay mejor campo que la plaza —avaló el adinerado.

Intentaron rebatir la idea de Víctor e incluso se inventaron algunas excusas, pero él no los dejó rendirse, por lo que terminaron aceptando porque Derek jamás había tenido novia y uno de sus sueños era el de conseguir una. En cambio, Sean añoraba por lo menos poder mantener una conversación normal con una chica, se conformaba con lograr preguntarle su nombre. Así que después de clases, Víctor los buscó y se los llevó a la plaza central. Una vez allí, él habló:

—Bien, ahora que estamos aquí —extendió sus brazos al frente—. Enséñenme de qué están hechos.

—¿No va a ser en grupo? —Sean le ganó la pregunta a Derek. Por eso había ido, porque creyó que todos hablarían juntos. Así se tranquilizaría un poco.

—No, esto es individual. No vamos a compartir las novias. Somos muy amigos, pero no es para tanto…

Y colocándose detrás de ellos, los empujó. Ellos voltearon a verlo.

—¿Y tú? ¿No vienes? —quiso saber Derek.

—Ustedes son quienes necesitan más ayuda ahora, quiero ver cómo lo hacen.

Hicieron un puchero desaprobatorio y se alejaron del rubio. Sean se sentó en una de las bancas de cemento, largas, capaz de admitir seis personas cada una. Se sentó en un una orilla, mientras que en la otra, estaban un par de chicas platicando. Estaba nervioso y mientras se acercaba poco a poco a ellas, deslizándose por la superficie plana, intentó tranquilizarse y desatorarse el nudo que tenía en la garganta, inhalando profundamente y exhalando con lentitud. Además de aclararse la garganta constantemente, llamando la atención de las jóvenes, quienes sonrieron divertidas al verlo, esperando a que ese chico tan guapo terminara de acercarse.

Sin embargo, en el momento en el que faltaba una persona para llegar, se alzó repentinamente y caminó a otro lado. Víctor, desde su lugar como espectador, chocó la palma de su mano contra su rostro en tanto negaba con la cabeza. El asunto era peor de lo que parecía. Dirigió su visión a Derek y se sintió doblemente decepcionado de ver el lamentable cuadro que mostraba. El chico normal estaba de pie en medio de la gente, luciendo perdido completamente. Cuando una chica pasaba por su lado, él intentaba hablar con ella, pero ésta lo ignoraba olímpicamente, sin molestarse siquiera en verlo. Cuando ellos dirigieron su mirada a él, pidiendo en silencio algún consejo, Víctor les hizo señas para que se acercaran.

—En verdad necesitan ayuda —dijo en manera de suspiro y se dirigió a Sean—. Sean, si te resulta tan complicado, imagínatelas como chicos, no importa.

—¿Eh? No puedo hacerlo. Sólo un idiota confundiría a una mujer con un hombre —replicó sobresaltado.

—Era una suposición —Se dirigió a Derek—. Tú, no esperes a que ellas se detengan a hablarte. Es obvio que no lo harán y mucho menos si intentas algo con ellas, a menos que les resultes interesante. Síguelas y háblales de ti, se amigable, cuenta chistes, algo.

—No es tan fácil como las películas lo hacen ver —dijo Derek.

—Les demostraré que sí es sencillo —aseguró Víctor confianzudo.

El rubio se dirigió a la multitud que caminaba por la plaza. Vio a un par de chicas que parecieron un buen objetivo.

—No, es que no es tan fácil —volvió repetirse Derek al ver que se acercaba a ellas. Después notó que comenzaba a hablarles sin aparente problema— ¡Oh!, lo consiguió.

Luego vio que tanto Víctor como ellas sacaban sus teléfonos móviles e intercambiaban números. Después de aquello, se despidió de ellas con una sonrisa amigable y cautivadora, antes de volver con sus amigos.

—Allí lo tienen. E incluso logré que me dijeran cómo contactarlas y cuándo en tan sólo ¿qué? Cinco minutos, tal vez tres. Pueden lograrlo chicos.

El par restante no cabía en sí del asombro. Víctor era increíble.

—En fin, tomen sus números —Les extendió el celular.

—¿Eh? Pero a ti te los dieron…

—No se preocupen, les dije que le presentaría a unos amigos y aceptaron.

Estaban por tomar el celular y apuntar los números cuando éste comenzó a sonar, anunciando una llamada entrante. Víctor vio el número registrado y se sorprendió de ver de quién se trataba.

—Oh, mi padre. Él nunca me llama.


Capítulo 3

Víctor miraba aún con admiración el aparato en su mano. Realmente estaba sorprendido. A pesar de que intercambiaron él y su padre sus números y cada uno se tenía en sus contactos, no se usaban. Era más bien mero compromiso; al fin y al cabo, eran familia. Ni siquiera cuando él estaba fuera y era tarde recibía llamadas de su padre. Si era muy noche, su madre era quien llamaba para saber si estaba bien. Su ser albergaba algo de temor. En el interior esperaba que no se tratara de algo sumamente urgente y que envolviera malas noticias. Presionó la tecla indicada y se llevó el celular a la oreja. No dijo nada, esperó a que su padre hablara.

—En la plaza con unos amigos —-fue su primera respuesta—. ¿Importante?... Sí, sí los recuerdo… De acuerdo… Voy caminando… Está bien, enfrente de Las Fuentes —Colgó y se dirigió a sus amigos—. Lo siento, chicos. Los voy a dejar, pero ustedes sigan practicando. Hubo un… Ah, va a venir un compañero, un amigo; una familia conocida de mi padre y vendrán a cenar. Así que me voy. Ustedes entienden, las formalidades.

Se despidió y se dirigió al lugar de encuentro que él mismo había escogido, esperó a que un auto lujoso y último modelo fuera por él para que lo llevara de regreso a su humilde mansión. Llegó y vio a su madre yendo de arriba abajo haciendo los preparativos correspondientes para la reunión. Ella lo mandó arreglarse, asimismo hizo con su hermano menor, quien jugaba videojuegos, por lo que ambos acataron la orden. Le había preguntado a su madre la razón exacta por la que sus visitantes estarían aquí, pero ella le dijo que se le preguntara a su padre, por lo que decidió esperar hasta la cena.

Tiempo después, la familia Sanz arribó. Sus integrantes eran el señor, la señora y la hija. Pasaron a la sala antes de ir a disfrutar de los alimentos, para que pudieran iniciar una amena conversación entre ellos. Los padres hablaban de negocios y las mujeres hablaban sobre sus hijos. Víctor se acercó a la joven Sanz. Ella poseía largo cabello negro, hasta la cintura, sedoso y brillante, el que solía peinar de diferentes maneras, en esa ocasión lo llevaba suelto. Era dueña de un par de piedras azules cual océano como ojos y a pesar de su estatura de 1.60, su belleza era la compensación adecuada.

—¿Qué tal, Sara? —La saludó Víctor al estar a su lado—. Tengo curiosidad, ¿arreglaste lo del gato que querías comprar?

—No se pudo. Mi padre odia a los gatos. Es alérgico.

—Es lamentable escuchar eso. Pero qué bueno que me dices. Si algún día quiero darte un regalo, no te compraré un gato; a menos claro, que quiera matar a tu padre.

Ella se rio ante el comentario y continuaron hablando entre risas hasta que llegó la hora de la comida. Todos se dirigieron al comedor, donde en una mesa amplia aguardaban los diversos alimentos, listos para ser devorados.

—Ah, esta es una deliciosa comida —halagó la señora Sanz.

—Es verdad —concordó el hombre con su mujer—. Espero que Sara pueda ser una buena ama de casa y pueda preparar una cena tan buena como esta, ¿no te parece, Víctor?

—Sería bueno. Después de todo, el corazón de un hombre se conquista por medio del estómago.

—Eso es perfecto —exclamó el hombre y miró a su hija con una sonrisa—. Allí lo tienes, Sara. Después de su matrimonio tendrás muchos años para llenarle bien el estómago.

Víctor, de estar comiendo placenteramente, detuvo su tenedor a medio trayecto del plato a su boca. Alzó la vista y clavó sus grises ojos en el señor Sanz.

—¿Disculpe? ¿Qué dijo?

—Me alegra que nuestros hijos estuvieran de acuerdo en llevar este compromiso —siguió diciendo Sanz, mirando al cabeza de la familia anfitriona.

Víctor hizo además de decir que no sabía absolutamente nada de lo que hablaban, cuando su padre lo interrumpió:

—Así, es. Él acepta gustoso.

Víctor miró a su padre, incrédulo; se sentía engañado, usado. No lo habían puesto al tanto de nada. Ni siquiera le habían dado una idea de por qué la reunión y ahora le decían que estaba comprometido. ¿Qué significaba todo aquello? Dado que la madre se dio cuenta del pesado ambiente, intentó iniciar una conversación diferente y siguiendo ésta, la cena transcurrió hasta que llegó la hora de que los Sanz se fueran.

—Bueno, hemos disfrutado mucho —habló el hombre en representación de su familia antes de salir de la casa; luego miró a Víctor—. Espero que Sara cuide bien de ti.

Y lanzando una risotada divertida, se retiró. Una vez solos, Víctor dejó escapar todos los sentimientos que en su interior remolinaban pujando por salir, entre los que figuraban la confusión, la sorpresa, la frustración y demás.

—¿A qué ha venido todo esto? ¿En qué estás pensando? ¿Por qué me vendiste a los Sanz? —Fueron las preguntas que le lanzó a su padre, deseando obtener respuesta—. Apenas estoy en el instituto ¿y ya hay planes para casarme?

—Ya eres un hombre y necesitas a una mujer en tu vida. Estás en el momento preciso, vas a salir del instituto. Has roto tu cascarón, has madurado.

Fueron amargas palabras que le recordaron a alguien. Esas mismas oraciones les había soltado a sus amigos el día anterior y ahora se las decían a él. Comprendió cómo se sentían ellos y lo que surgió en aquel momento en sus mentes, que surgía en la suya propia en esos momentos. “No estoy listo”.

—Es exactamente con la hija de esa familia con la que te casarás porque nosotros somos los principales accionistas en la empresa. Es como una garantía de reafirmación de que continuaremos trabajando juntos y apoyándonos.

—No combinen los negocios con la vida de sus hijos. ¿Qué derecho tienen? Nosotros también somos seres individuales que tomamos nuestras propias decisiones. Y a mí personalmente no me interesa si la empresa se va a la quiebra o no.

—¡Claro! —A este punto, ambos ya elevaban bastante la voz—. Eso pasa cuando tienes como amistades a personas como esas con las que te relacionas que no tienen nada. Te hacen creer que es posible vivir sin dinero. Que puedes encontrar la felicidad sin trabajo duro y esfuerzo.

—¡Trágate tu dinero, pero déjame en paz!

—En ese aspecto eres un inmaduro todavía. No sabes lo que estás diciendo. Es por tu bien, es por mi bien, ¡es por el bien de la familia! ¿No entiendes eso?

—Ya basta, es suficiente —interrumpió su madre disgustada de verlos pelear—. Entiendo tu reacción, hijo. No te dijimos nada y eso estuvo mal, pero no es tan malo el asunto. Sara es una buena chica; es linda, amable… Es más, te sacaste la lotería.

—Ese no es el problema…

—Suficiente de esta conversación. Lo hecho, hecho está y no hay vuelta atrás. Ella ya aceptó y tú debes hacerlo.

Y sin más, el hombre se retiró a sus aposentos a descansar. Su madre miró a su hijo y trató de decirle algo, pero él lanzó una exclamación de frustración alzando su mano, indicando que no quería saber más. Tan sólo deseaba ir a su habitación.

A la mañana siguiente, detrás del árbol virolo y por urgencia de Víctor, los tres se hallaban reunidos nuevamente.

—…Y por esa razón estoy comprometido.

—Ah, eso es genial, Víctor. Ya nos ganaste —dijo Sean feliz por su amigo.

—Está comprometido. Eso va mucho más —opinó Derek sorprendido, sintiendo la obligación del asunto.

—Oh, ¿y ahora que voy a hacer? —se preguntó el rubio en tono muy desanimado.

—¿Y en serio es tan malo? Según lo que dijiste, se ve que ella es dulce.

—Ese no es el problema —dijo Derek.

—¿Verdad que no? Es un enorme problema porque a mí me gusta alguien más.

Los dos lo miraron anonadados. Era la primera vez que escuchaban eso de la boca de Víctor y la curiosidad los embargó e instantáneamente fue respondida su pregunta mental, asombrándolos aún más.

—Sol Flete es la única mujer que está en mi corazón.

—¿Eh? —exclamaron los dos y Derek continuó—. ¿Y qué piensas hacer? Tu situación es mala. ¿Tienes un plan o algo?

Víctor pensó un poco y luego los miró fijamente a ambos. Primero a uno y luego al otro. Un plan, ¿eh?

—No, no tengo ninguno.

—¿Entonces? —quiso saber Sean.

—No lo sé. Ahora tengo las ideas revueltas. Necesito pensar un poco más, aclararme más; pero se me ocurrirá algo, se me ocurrirá algo. En fin, dejado eso de lado, ¿cómo les fue ayer? —Se acercó a ellos con la inquisición a flor de piel, mirándolos inquisidor.

—Nos fuimos.

La escueta respuesta de ambos lo golpeó con fuerza. ¡Vaya par de amigos tenía!

—Derek.

Un chico del salón del nombrado se acercó a ellos; lo miraron incautos.

—Derek, el consejero te busca.

—¿A mí?

Eso lo extrañó un poco. Miró a sus amigos, quienes se encogieron de hombros, completamente ignorantes. Se levantó diciéndoles que los vería después y se dirigió a donde la oficina del consejero escolar. Tomó asiento frente al escritorio del hombre, en tanto él se mantenía del otro lado, sentado también para luego decir:

—¿Recuerdas que me contaste que querías ir a cierta universidad? Bueno, estuve viendo tu récord estudiantil y temo decir que con tus calificaciones será un reto. Si quieres lograrlo, necesitarás asesoramiento; es decir, un tutor.

—¿Y cómo lo consigo?

—Es alguien que tiene buenas calificaciones y que quiere entrar en esa universidad también.

En eso, la puerta se abrió y dejó ver a Sol.

—Oh, ya está aquí —anunció el hombre con una sonrisa.

Derek miró sorprendido a Sol. Su tutora iba a ser la chica que le gustaba a uno de sus mejores amigos, ¿qué tan bueno podía ser eso? 


Capítulo 4

En cuanto Derek se fue, Víctor continuó su insistencia para con Sean de que conversara con alguna chica.

—Mira, mira. Allí hay un par, ve y háblales. Anda.

Sean suspiró repetidas veces y se acercó a ellas. Comenzó a mover las manos de arriba abajo, haciendo ademanes como loco, intentando encontrar algo de valor en sus movimientos. Abrió la boca y nada pudo salir de ella. Bajó la cabeza, avergonzado de sí mismo y se retiró de ellas para que continuaran su camino. Frunció el ceño con frustración y se pellizcó el puente de la nariz.

“Vamos. Hablar con chicas es como un deporte. Hablar con chicas es como un deporte. Soy bueno en los deportes, así que puedo conseguirlo”.

Se animó mentalmente en tanto lanzaba golpes al aire, como si estuviera en medio de un entrenamiento. Hizo una señal de victoria alzando los brazos y bajándolos rápidamente para luego girar ciento ochenta grados, encontrándose frente a frente con otras dos jóvenes, quienes se vieron sorprendidas por la acción tan repentina de él. Sean volvió a abrir los ojos y alzó su dedo índice, con rostro decidido. Pasaron algunos segundos que a su parecer resultaron eternos.

—¡Oye, Sean! —Escuchó a uno de sus compañeros y por sobre los hombros de ellas pudo verlo—. Ven a ayudarnos a pintar las bancas del gimnasio.

Sean respiró hondo y sonrió.

—¡Ya voy! Nos vemos, Víctor.

Y cual bala, salió disparado hacia ellos.

—Cobarde —masculló el rubio por lo bajo al verse solo.

El receso terminó y cada uno volvió a su respectivo salón. En el suyo, Derek se mantuvo más distraído de lo que quizás solía ser, pensando en lo que poco antes había pasado en la oficina de su instructor. Definitivamente debía decirle a Víctor que Sol sería su tutora, pero no quería imaginarse cómo se pondría. ¿Cuál era el problema? Sencillo. Convivencia, relaciones estrechas, mucho trato el uno con el otro. Ah, de sólo pensarlo se le revolvía el estómago. ¿No estaba traicionándolo de alguna manera? Aunque igual no era su culpa… o tal vez sí, ¿quién le mandaba ser tan malo en clases? En serio, eso estaba acabando con su conciencia.

Las clases finalizaron y los estudiantes se apresuraron a dejar sus aulas, deseosos de salir de aquella prisión educativa. Derek caminaba por el patio delantero. Sus días de ahora en adelante estaría ocupados, muy ocupados. Escuchó pasos veloces detrás de él y cuando menos esperó, una pesada mano lo golpeó en la espalda, sacándole un gemido de dolor.

—¡Hey, Derek! ¿A dónde con tanta prisa? —le preguntó Víctor, sonriente.

—Eso dolió, ¿sabes? A casa, pero no llevo prisa.

—Ah, qué bien…

—¡Muchachos! —Sean se le unió—. ¿Qué les parece? ¿Vamos a Los Antojitos? Santiago está vendiendo tortas a mitad de precio.

—¿En serio? Es una oportunidad que no puede desaprovecharse —dijo Derek, contento de que ese día lo tuviera libre.

—Entonces vamos.

En ese momento un celular se dejó oír. Víctor lo sacó de la bolsa de su pantalón. Miró el número y descubrió que se trataba de Sara Sanz. Cerró los ojos y soltó una exclamación de frustración. No quería contestar, no tenía ganas de contestar. No tenía problema con ella; la conocía un poco y se deducía que en verdad era buena chica, pero desde esa noticia no podía verla como antes.

—¿No piensas contestar? —le preguntó Sean al ver sus pocos deseos de hacerlo.

—Ah… —Se frotó la frente, entonces el móvil dejó de sonar—. Se detuvo, demasiado tarde. ¡Qué lástima! —En eso volvió a escucharse—. Qué insistencia —susurró.

Esta vez el llamado no duró demasiado; como si hubiese sido una marcada por error, lo que extrañó a Víctor hasta que un mensaje le llegó.

Siento molestarte. Supuse que ya habías salido de la escuela y tan sólo quería hablar contigo por lo de ayer. Si estás disponible, te estaré esperando frente al parque municipal.

—Bueno, ¿qué tal si mejor vamos al parque? Venden unos deliciosos elotes allí y puedes pedirlos como quieras. Con chile, con crema, con limón, queso…

—Víctor, se trata de Sara, ¿cierto? —cuestionó Derek.

—Sí —aseveró con abatimiento.

Después de esto, podía observarse a los tres escondidos detrás de un auto estacionado cerca del punto de encuentro, en el que ya se encontraba Sara, esperando.

—Ah, es muy bonita —dijo Sean al verla—. Es aún más bonita que Sol —susurró a Derek y sintió un leve golpe por parte de Víctor.

—Te escuché, no digas eso.

—¿Y qué piensas hacer? —le preguntó Derek.

—Recurriré al plan B…

—¿Dónde está el A? —preguntó ahora Sean.

—…Romperé con ella.

E iba a salir de su escondite para llevar a cabo su plan, cuando sintió que alguien lo estiraba del brazo para que volviera a su lugar. Miró a Derek, confundido.

—No puedes hacer eso —le dijo el pelinegro de inmediato.

—¿Por qué no? No me gusta.

—Porque… Porque… ¿Has pensado un poco sobre ella? ¿En lo que siente? Piensa un poco. ¿Por qué aceptaría el compromiso? ¿Por qué querría verte? Tal vez le gustas.

—¿Le gusto? ¿Qué tal si me llamó para decirme que no quiere nada qué ver con eso?

—No, Víctor, estoy de acuerdo con Derek. Ve los sentimientos de ella; sería algo malo, ¿no? Eso.

—¿Y tú me hablas de esto? —Víctor miró a Sean con ironía. Era el menos indicado para hablar de esa clase de cosas—. Ah, voy a aclarar con ella los asuntos —Soltó un tanto molesto de todo aquello.

—Sí, habla con ella —acordó Derek—. Dile lo que piensas, pero modera tus palabras y procura usar tacto.

Finalmente Víctor salió del escondite, pensado en realidad qué iba a decirle. Después de todo, ¿cómo romper con ella si ni siquiera estaban saliendo? Y si consideraba un poco las preguntas de Derek, llevaba algo de razón. ¿Cómo se sentía ella con respecto a todo esto? ¿Y si era verdad que le gustaba? Si ella le contaba a su padre que la rechazó, su padre le contaría al suyo y un problema enorme se armaría en la casa. Era un gran dilema. ¿Su felicidad o la de las familias?

“No, definitivamente están primero mis sentimientos. Así que a aclarar las cosas con ella”.

—Hola —lo saludó ella al verlo, con una sonrisa—. ¿Cómo has estado?

—Escucha —Comenzó saltándose las formalidades en tanto se rascaba la cabeza y cambiaba su peso de un pie al otro—, sobre lo de ayer, no estoy de acuerdo. Eso lo hizo mi padre solo, pero no estoy de acuerdo.

—Lo sé —Su respuesta lo sorprendió bastante—. Pude darme cuenta por tu reacción en la mesa. También supe que no estabas enterado hasta ese momento. Sin embargo, me gustaría una oportunidad; quiero probarte que puedo ganarme tu corazón.

Víctor soltó una pequeña risa mezclada con incredulidad y diversión. No es que no creyera en las segundas oportunidades, más bien no creía que alguien pudiera introducirse en el corazón de una persona que ya estaba ocupado por alguien más. La miró una vez más antes de finalmente darse la vuelta e irse, sin soltar otra palabra. Ya había dicho lo que deseaba expresar. Podía continuar con el “juego” del compromiso hasta que fuera ella quien lo rompiera. Ya se encargaría él de que lo hiciera y en el remoto caso de que ella llegara a ganar... pues ganó.

—¿Qué pasó? ¿Cómo quedaron las cosas? —inquirieron ellos cuando Víctor se les acercó.

—Plan C. El que se dé primero; pero vamos, no nos deprimamos por esto. Continuemos con nuestros planes y vayamos a Los Antojitos.

De esta manera, los tres fueron a donde acordaron en un principio y el día pasó sin mayores contratiempos, esperando con ansias el día siguiente, pues como sábado, podían disfrutar de un pequeño descanso de las materias escolares. Víctor y Sean se encontraban por la mañana en la nevería Las Fuentes, el lugar más popular entre jóvenes. Ambos disfrutaban de un helado banana Split y conversaban amenamente.

—Por ejemplo, está el gimnasio —siguió Sean con lo que estaba diciendo—. Ahora mismo lo están alistando para la ceremonia de graduación y todos los de tercero estamos haciéndolo, pero la responsabilidad mayor es de los que lo usamos; los que están en equipos deportivos, y como sabes, yo estoy en tres, por lo que tengo mucho trabajo que hacer. Estoy tan ocupado que...

De repente, guardó silencio cuando vio que Víctor se recostó sobre el respaldo de su asiento y echaba la cabeza para atrás en tanto soltaba un suspiro de frustración, aparentemente por todo lo que estaba diciendo.

—¿Te pasa algo?

—Me extraña que Derek no nos haya acompañado.

—Ah, eso. Creí que mi conversación era aburrida.

—Por ejemplo, le dijimos en la mañana que viniera y nos dijo que no podía porque tenía que esperar a alguien en media hora. ¿No es algo extraño?

—Bue...

El golpe seco en la mesa sorprendió a Sean y miró confundido a Víctor, quien había posado sus manos sobre la superficie en tanto se levantaba.

—¡Eso es! Debe tratarse de una chica, ¡Pero! ¿Por qué no nos dijo nada? Somos amigos, ¿no? Estamos en confianza.

—Bueno, yo no creo que sea eso —confesó Sean pensándolo bien—. Pero hablando de confianza y de esos malos amigos que no cuentan a sus amigos que tienen a una chica especial, ¿por qué no te le has declarado a Sol?

—No, no, no. Es que no se trata solamente de eso. No soy un ignorante y estoy seguro de que si en estos momentos me le declaro así como así, obtendré una respuesta negativa. ¿Qué posibilidades hay de que acepte salir con alguien con quien no tiene ninguna clase de trato? Por ello me voy a acercar poco a poco para que me conozca mejor.

—Oh —exclamó Sean asombrado. Víctor era un genio; siempre pensando en todas las posibilidades—. Pero una cosa no me queda clara. ¿Por qué nos involucraste en eso de conseguir una novia para el verano? Quiero decir, tú ya tienes a alguien en mente, ¿por qué meternos a nosotros?

—Te contaré una historia real. Cuando entré a la preparatoria, escuchaba rumores de un chico solitario que había sido rechazado en gran medida y de manera despiadada en sus días de secundaria. A tal grado el asunto, que sus ex-compañeros de secundaria se burlaban de él incluso después de tanto tiempo, logrando así, que este pobre chico se encerrara en una burbuja y se alejara de los demás, perdiendo la confianza en todos.

—Ese es Derek, ¿cierto?

—Después, escuché otros rumores de otro joven que era genial, atractivo, amable, generoso, bondadoso y con un gran corazón. Siempre presto a ayudar a los demás, pero que no podía ni dirigirle una palabra a una chica.

—¿Ese soy yo?

—Vean esto como una oportunidad para ustedes, para crecer como personas. Tú para que puedas tener una conversación sólida con una chica, te des cuenta que no es nada fuera de lo normal y no es algo a lo que debas temer. Y Derek, para que pueda conocer a alguien mucho mejor que la que lo rechazó. Por eso el plan.

—Entiendo. ¿Te doy las gracias por adelantado o después?

—Después, cuando el trabajo esté hecho.

—Una última cosa. ¿Cómo es que te sentiste atraído a Sol? Porque la verdad siempre hemos sido amigos y no recuerdo que dieras indicio de nada. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué?

—Fue recientemente. El otoño pasado, de hecho, fue cuando empecé a notarla. Estaba saliendo de una ventana del salón y ella me vio. Ambos nos sorprendimos al vernos. Se acercó sin decir nada ni preguntar nada y cuando se asomó al aula, vio allí el ir y venir de las culebras que había dejado en libertad momentos antes. Hubieras visto la reprendida que me dio; obligándome a ir con el prefecto y contarle todo. La manera en la que me regañó y me obligó, tan... con esa confianza; eso... me llegó, tocó las puertas de mi corazón. Y ese pequeño sentimiento dentro de mí ese día, creció y se convirtió en amor.

—Ah... Yo me creía una historia más romántica, pero bueno, estamos hablando de Víctor.

—Oye, te escuché. 



Capítulo 5
Derek se encontraba sentando en una de las tantas mesas que había en Los Antojitos para los comensales. Esperaba a Sol. Le había dicho que se vieran allí para arreglar los horarios de la tutoría y demás detalles. De alguna manera se sentía nervioso, ya que nunca había tomado clases con un tutor y mucho menos si era alguien de su edad, chica y con un temperamento de algo de cuidado. Pero era por su bien, así que debía acoplarse a la situación. No tuvo que esperar demasiado, Sol y su brillante puntualidad hicieron aparición.

—Bien, dime qué días puedes estudiar y de qué horas a qué horas. Espero que podamos llegar a un acuerdo con los horarios.

Así inició todo, directa, concisa y al grano. No cabía duda de que Sol era alguien que se tomaba muy en serio sus papeles, responsabilidades y trabajo.


Víctor caminaba por las calles del centro de la ciudad. Se había despedido de Sean hacía unos momentos. Parecía ser que el chico tenía planes a esta hora todos los sábados con unos niños, a los que les había prometido enseñarles jugar fútbol en el parque. ¡Ese Sean! Tan caritativo como siempre. Ensimismado estaba en sus cavilaciones profundas, cuando su celular vibró en el bolsillo del pantalón antes de que el ring-ton se dejara oír. Lo sacó y vio un mensaje de Sara.

“Me preguntaba si podrías acompañarme a la inauguración de un nuevo restaurante que acaban de abrir en las afueras de la ciudad. ¡Harán buffet!”

—Ah, esta mujer, ¡qué molesta! Me envía muchos mensajes desde aquella vez —se dijo en voz alta guardando el celular, ignorando olímpicamente el mensaje—. Estoy ocupado ahora.

Continuó con su trayecto hasta ver el negocio de comida más popular entre los estudiantes del otro lado de la cera. Su atención se centró en una pareja que podía verse a través de la ventana, dada la ubicación en la que estaban sentados. Frunció el ceño, aclarando la vista. Él los conocía sin duda, eran familiares. Cruzó la calle y ni siquiera tuvo que pisar la otra banqueta para descubrir que se trataban de Sol y su amigo. Sentimientos encontrados lo golpearon; sorpresa, ira, confusión y demás.

—¡Así que por esto no vino con nosotros! ¡Sí se trataba de una mujer! ¡Y qué mujer!

Vio que Sol se levantaba de su asiento, se despedía y se iba de allí, dejando solo a Derek, lo que aprovechó para entrar y hacerle cara. Esa se las pagaba.



El chico normal miraba el papel donde había apuntado los horarios en los que había quedado con Sol. Tendría que ponerlos en un lugar visible de su casa o se olvidaría de sus compromisos. Quizás hasta tendría que hacer varias copias y colocarlas en cada una de las habitaciones. En eso escuchó la voz del dueño que se hallaba detrás de la barra.

—¡Hey, Víctor! ¡Qué bueno verte!

Derek saltó sobre su lugar, nervioso, asustado y en pánico. Ahora sí se lo llevaba el que lo trajo. En un intento vano por esconderse, se agachó para que la mesa lo ocultara.

—Ni lo intentes que ya te vi —le advirtió la voz molesta de Víctor, lo que obligadamente lo hizo volver a sentarse adecuadamente—. ¿Qué pasa? ¿Por qué estabas con Sol? ¿Qué hay entre ustedes? ¿Por qué no mencionaste nada? ¿Por qué no me contestas?

—Cálmate, cálmate, no pasa nada. Es un malentendido; te explicaré. Verás, nuestro consejero de grupo me quiere ayudar con mis notas, por lo de la universidad a la que entraremos, así que me asignó a un tutor y como Sol es de las que tienen mejor calificación, pues ella me tocó. Esa es la pura verdad.

—Ah, era eso —dijo el rubio visiblemente aliviando en tanto suspiraba y se sentaba en el lugar que había ocupado la chica en cuestión minutos atrás—. Está bien, entiendo la situación, pero ten mucho cuidado. He leído muchas historias en internet en las que el tutor y el alumno se quedan juntos.

—Oye, ¿qué clase de pasatiempos tienes?

Víctor simplemente sonrió y aprovechando que ya estaba allí, pidió algo de comer junto con Derek. Acababan de ponerles su plato de comida frente a ellos, cuando el celular de Víctor volvió a oírse.

—¡Válgame Dios, qué insistencia! —Bufó él en tanto buscaba el aparato—. Lo apagaré… —Sus palabras se vieron tragadas al ver que se trataba de su padre, otra vez. Ahora sabía que eso no podía significar nada bueno. Contestó—… Con un amigo… —Víctor rechinó los dientes e hizo muecas de fastidio al escuchar a su padre, pues le informaba del nuevo restaurante y de que tanto padre como hija Sanz los esperaban allí. Ya había quedado formalmente por lo que él no podía faltar—… Enfrente de la plaza —Colgó y se dirigió a Derek—. Afortunado Derek, buen provecho.

Acercó su plato al de su amigo y levantándose se fue del negocio de comida, asegurándole que le contaría después lo que pasaba.


Sean estaba despidiéndose de los niños a pesar de que ellos lo rodeaban y le suplicaban que no los dejara; que continuara jugando con ellos. Él les sonrió tranquilizador, prometiéndoles que volvería la siguiente semana, pero que en ese momento debía irse porque tenía más compromisos que cumplir. Debía ayudar a su vecino a limpiar su garaje. Con esto, finalmente salió del parque y retomó su camino. Andaba con paso tranquilo cuando vio un gran tráiler de mudanza estacionado cerca de una casa que hasta hacía poco estaba vacía. Parecía ser que los del lugar tendrían vecinos nuevos.

Del camión bajaba todos los muebles y cajas de la mudanza un hombre grande y fornido. Al no ver al conductor del camión, Sean supuso que se trataba de él. Después vio que de la casa salía otro chico, de estatura promedio, pero delgado, que portaba una especie de pañoleta en su cabeza sostenida con una gorra. Dado el calor intenso y el ardiente sol que había a esas horas, no era para menos que se refugiara. Vio que el chico se disponía bajar un tocador de mediano tamaño; sin embargo, era obvio que estaba demasiado pesado para él. Lo alzó un poco durante unos segundos, pero sus fuerzas flaquearon y el mueble habría dado un golpe en el suelo, de no ser porque lo sintió de pronto más ligero.

—Hey, hey, ten cuidado, chico —Sean se había apresurado a ayudarlo con el utensilio—. No te sobre esfuerces si no puedes.

—Ah, gracias por la mano —dijo el chico en tono algo chillón, mas no desagradable, centrándose en su labor.

—¿Por qué estás aquí? No te ofendas, pero considero esto un trabajo para hombres con mayor físico.

—Ah, bueno, no es como si trabajara toda la jornada, es sólo medio tiempo. Además es inevitable que me involucre en actividades de este tipo dado que es papá quien maneja la compañía de mudanza.

—Ya veo —Llegaron al interior de la casa y atravesando un pasillo, llegaron a la habitación en la que les habían indicado que dejaran el mobiliario—. Aquí está.

—Gracias otra vez.

—No hay problema. Veo que les faltan unos cuantos trastos para que terminen. Déjenme ayudarlos.

—Sería molesto, ¿no? No tienes la obligación.

—Pero quiero.

—Se lo preguntaré a Rigo, aunque no creo que quiera pagarte.

—No soy interesado —Se hizo el ofendido.

El otro rio y se dirigió a pedir la opinión del otro hombre. Ante la afirmación de éste, ambos jóvenes continuaron en el trabajo en tanto entablaban una conversación amistosa. Gracias a la ayuda de Sean, terminaron más pronto de lo que hubiesen imaginado.

—Otra vez gracias —dijeron los dos y Rigo siguió—: Has sido de gran ayuda.

—Fue un placer y ya me tengo que ir porque tengo otro compromiso.

—Pues que te vaya bien —volvió a hablar el mayor y extendió su mano, que presuroso Sean tomó—. Me gustaría saber al menos el nombre de esta persona tan amale que nos ayudó.

—Sean Britt, cuando quieran, Rigo y…

—Karen Galindo.

Y Sean quedó congelado. Un tic se apoderó de su ojo y comenzó a temblar. Por una extraña razón, a pesar de que había tenido la plática con él/ella, sintió que una enorme grieta los separaba. Ya no pudo decir nada; no estando del todo seguro si quedó mudo por su problema o por el impacto de saber que había hablado con una chica. ¿Cómo debía sentirse? ¿Alegre, feliz y contento por conseguirlo? ¿O tonto, idiota y estúpido por confundirla con un chico?

—Bueno me voy.

Y sin más, se dio media vuelta y corrió todo lo que sus años de ejercicio le permitieron, dejando a los otro dos, quienes montaron el tráiler.

—¡Qué buen tipo! —soltó Karen estando en su lugar del copiloto deshaciéndose de la gorra y el paño, dejando ver su corto cabello negro, a la altura del mentón, que combinaba perfectamente con sus ojos miel y su piel morena clara—. Es difícil encontrar chicos tan atentos hoy en día, ¿no crees?

—Tienes razón. Espero que por eso no se lo hagan tonto algún día. Pero hey, hey —Rigo la golpeó ligera y repetidas veces con el dorso de la mano—. Se te quedó viendo, te fijaste. Puede significar algo; le llamaste la atención.

Karen negó con una sonrisa divertida e incrédula.

—No, no lo creo. Me confundió con un chico, eso quiere decir que no podrá haber nada. Vámonos ya.

El tráiler encendió motores y se alejó del lugar.


Capítulo 6

La mañana del día domingo llegó normal para la familia Duarte. La señora preparaba el desayuno en tanto Derek continuaba en su habitación. Se había despertado momentos antes, pero no salió de ella, sino que esperaría a que le dijeran que la comida estaba lista. Mientras eso pasaba, se puso a repasar los apuntes que tenía del viernes. Dado que Sol se encargaría de orientarlo, no quería importunarla demasiado. El timbre de la puerta principal resonó por toda la casa, dejando claro que alguien llamaba. El ama de casa desatendió un momento sus actividades para dirigirse a abrirla.

—¡Buenos días, señora! —saludó Víctor animoso.

—Hola, Víctor. Hacía mucho que no te veía por acá. Buscas a Derek, ¿verdad? Voy a llamarlo —Se volvió para ver el interior de la casa y notando a su hija, la llamó—. Ester, háblale a Derek y dile que lo buscan.

La aludida hizo lo indicado y tocó la puerta del cuarto de su hermano, consiguiendo su atención casi al instante e informándole que requerían de su presencia. En su cuarto, Derek se puso los tenis en tanto refunfuñaba una que otra vez, confundido y cansado.

—Es domingo por la mañana, ¿qué querrá?

Cruzó la puerta que lo llevaría al pasillo, donde Ester continuaba plantada, haciéndose a un lado para hacerle campo, aunque antes lo sujetó del brazo y lo haló hacia ella para que se acercara lo suficiente.

—¿Aún se sigue juntando contigo? —preguntó en un susurro. Él asintió extrañado—. ¡Ah, qué envidia! Tener un amigo rico; ir a lugares caros y esas cosas debe ser genial. ¡Ah! Lo que daría por tener un amigo así, ¡no!, un novio…

Al ver las intenciones de su hermana mayor, Derek se soltó del agarre e ignorando sus fantasías, se dirigió a la entrada.

“Ni siquiera he ido a su casa”, pensó con sarcasmo. “¿Y a qué se refirió con lo de ‘aún se junta contigo’?”.

—¿Qué sucede, Víctor? —preguntó al verlo.

—Estuve dándole muchas vueltas al asunto de ayer y llegué a la conclusión de que es una buena idea que Sol sea tu tutora.

—¿A qué te refieres? —Escuchar eso lo ofuscó un poco.

—Bueno, tú eres amigo mío, ¿cierto? —Derek asintió—. Entonces tú debes entablar una conversación con ella sobre mí…

—¿Una conversación? ¿Y sobre ti? —interrumpió, incrédulo y anonadado.

—Pregúntale cosas sobre lo que piensa de mí; háblale de mis virtudes y uno que otro defecto para que no sospeche. En conclusión, quiero que ella piense en mí, pero no te preocupes, yo también haré mi trabajo.

—¿Crees que funcione?

—Claro que sí. Escucha, a ella le gusto, sólo que todavía no lo sabe; así que si piensa en mí y habla de mí, se dará cuenta del verdadero sentimiento de cariño que tiene hacia mí. Ese sería el primer paso y necesito de tu ayuda, así que por favor, ayúdame simplemente con esto.

—Está bien, lo intentaré —aceptó al final.

Ver la emoción en su amigo le impidió negarse; además, sabía que Víctor era una persona inteligente y que todo lo que planeaba —aunque fuera un tanto impulsivo y a veces se veía saldría mal— finalmente resultaba bien. En eso, los celulares de ambos sonaron al recibir un mensaje. Sacaron lo móviles de sus pantalones y leyeron el mensaje, el que había sido enviado por Sean, quien escribía que quería hablar con ellos de algo sumamente importante.

—Debió ganar de nuevo la lotería de la tienda de electrodomésticos —comentó el rubio guardando su teléfono de nuevo.

Ambos amigos se dirigieron a la plaza, el lugar donde quedaron en encontrarse con Sean. Al llegar, lo vieron esperándolos, aunque parecía un poco inquieto, estaba atípicamente feliz por algo desconocido. Al estar juntos, Víctor lo saludó enérgicamente recibiendo un saludo igual de animado.

—Parece que te sucedió algo muy bueno —dijo Derek al verlo con tanta vitalidad.

—Así es. Ayer por fin puede hablar con una chica.

—¡¿Eh?!

El par se quedó en shock ante la inesperada noticia; en realidad, por un instante ni siquiera la creyeron. Sean solo; hablar con una chica; sin ellos… Siempre habían creído que si eso llegaba a suceder sería en grupo, los tres, con ellos como apoyo, ¿pero solo?

—¿Es eso verdad? —quisieron saber, aún atónitos.

—Sí y de la misma forma me quedé esta mañana al despertar, recordarlo y cerciorarme que no fue un sueño.

—Eso es algo estupendo —lo felicitó Víctor—. Por demás espléndido. Hasta ganas de llorar me dieron.

—Aunque al principio la confundí con un chico, pude platicar con ella.

—¿La confundiste? No creo que eso sea algo bueno —opinó Derek.

—Eso no importa; era una chica al fin y al cabo —aseguró Víctor—. ¿Y luego? Cuando supiste que era chica, ¿qué sucedió?

—Nada. Me quedé mudo y no supe que decir —informó sonriente. Víctor y Derek se golearon la frente con la palma de la mano.

—Por lo menos le hubieses preguntado dónde vive o su nombre —sugirió el rubio.

—Su nombre es Karen y su padre es dueño de una empresa de mudanza.

—Karen… —Derek se dirigió a Víctor—. Aun así está bien, ¿no? Después de todo, aunque la haya confundido sigue siendo mujer y si la vuelve a ver podrán tener una conversación en común.

—¿Qué sentiste al hablar con ella antes de saber que era chica? —Víctor colocó sus ojos grises en el castaño.

—Nada —Se encogió de hombros—. Nada, fue normal.

—¿Cierto? Eso pasa con cualquier chica; es todo normal, nada inusual. Claro, está el hecho de saber qué decir. Por ejemplo, no puedes llegar y decirle “hey, ese vestido no te va” o algo así, pero es normal. También debes tener en cuenta que no puedes llegar y bromear con ellas y esas cosas… Bueno, eso no viene al caso ahora, pero si se vuelven a ver, lo que tienes que hacer es saludarla ya que has hablado con ella anteriormente; con eso bastará.

—De acuerdo, creo que será mejor irme —dijo Derek dándose media vuelta para retirarse a su humilde morada, pero Víctor lo detuvo.

—Espera, ¿a dónde vas?

—A casa; quiero estudiar un poco.

—¿Estudiar? Si es domingo. Es un día perfecto para ir a buscar a tu chica; a tu compañera.

Derek no entendió a lo que se refirió y notándolo, Víctor continuó:

—Sean tiene a Karen, la primera chica con la que habló y con quien tiene posibilidad de otra plática; y yo ya tengo a Sol, ¿pero tú? ¡Así que vamos a la piscina!

Y con esto dicho, los tres regresaron a sus hogares para alistarse e ir al lugar acordado. Al entrar estaba la recepción, donde se pagaban las entradas, donde se compraban trajes o toallas y demás artículos de esta índole; así como chalecos salvavidas o en forma de animales para los niños. Después de pasar aquella zona techada, se encontraban las piscinas de diferente tamaño y profundidad, para cumplir el gusto de cualquier cliente. A lo largo del borde de las albercas se hallaban situadas las sillas plegables para broncearse. Al fondo del terreno a la derecha, estaba una pequeña tienda donde vendían comida y bebidas frías. Las mesas estaban fuera de la tienda, cubiertas por sombrillas grandes para evitar el abrasador sol.

El plan de Montenegro era que él y Sean molestarían a una chicha, Derek tendría que defenderla y quedar como el héroe del día. Después de todo, ¿quién no se enamoraría de un héroe?

—Así que, ¿quién te llena la pupila? —le preguntó el rubio al pelinegro al verse instalados.

Derek miró su alrededor. Muchas de ellas eran muy bonitas, pero una en particular llamó su atención. La joven era morena y de largo y lacio cabello café; estaba cerca de la tienda de refrigerios, recargándose en la barra en tanto bebía una malteada, observando la piscina frente a ella.

—Ella —notificó apuntándola sigilosamente.

—De acuerdo, vamos.

Víctor le hizo una señal a Sean para que lo siguiera, quien no hablaría, sino que se limitaría a quedarse serio y con los brazos cruzados, luciendo amenazante, mientras Víctor entraba en acción. A como diera lugar, Derek debía conseguir una chica para ese verano.

—Hola, guapa, ¿por qué tan sola? —Se acercó y se recargó en la barra a un lado de ella, quien sólo lo ignoró al ver sus intenciones—. ¿Cómo te llamas? Eres muy seria. Qué te parece si —Se acercó un poco más a ella y susurró—, nos divertimos tú y yo solos.

—Déjame en paz —Fue su seca petición y sin mirarlo. A pesar de que se trataba de un joven apuesto, no iba a caer en sus trucos de malas intenciones.

—Una chica tan bella como tú debería estar con alguien como yo.

Víctor dirigió su mano a su brazo, indicando que la sujetaría, pero ella lo apartó apenas se rozaron y volvió a exigir que la dejaran en paz, aunque elevando la voz. Ese era el momento perfecto. Derek, que había estado al tanto de la situación un poco alejado de ellos, caminó hacia ellos como todo un hombre, serio y genial.

—Oigan ustedes… —Fue todo lo que alcanzó a decir porque fue interrumpido por otra voz masculina, iracunda.

—Dejen en paz a mi novia, imbéciles.

—¿Novia?

Los tres se quedaron estáticos en su lugar, incapaces de decir algo. Ella ya tenía a esa persona especial; ¿por qué no había pensado en esa posibilidad? ¡Ah, sí! ¡Por idiotas!

—¿Qué es lo que intentan hacer con ella? —El tipo empujó agresivamente a Derek al ser el más próximo a él—. ¿Quieren pelea, estúpidos?

—Lo siento —se disculpó Derek en defensa, que aunque no había intimidado a la chica, no hizo nada para detener el plan de su amigo.

—Dejémoslo así, vamos —se interpuso Sean al ver que Derek estaba asustado del sujeto airado.

—Ese tipo me dijo que nos fuéramos él y yo solos —acusó ella señalando a Víctor.

El novio miró al perpetuador del crimen y se encaminó a él con cara de pocos amigos. El rubio sonrió con nerviosismo.

—Lo siento mucho, no volverá a pasar —se disculpó con sinceridad.

Lo mejor era hacer caso a las palabras de Sean e irse de allí, pero el molesto novio no los dejaría escabullirse de la escena así sin más; sin que obtuvieran un merecido castigo. De ello que levantara su brazo haciendo puño su mano y lo dirigiera contra Víctor, dispuesto a golpearlo; pero en el trayecto alguien se interpuso tomándolo de la muñeca velozmente, siendo el aire de la fuerza del puñetazo lo único que tocara al joven de mirada gris. El novio se volvió lanzándole una mirada asesina a Sean, quien lo soltó y dijo en tono calmado:

—Lamento nuestra inmadurez, pero no queremos pelear; sólo queremos irnos…

No lo dejó terminar. Con dignos reflejos de un deportista, Sean esquivó el golpe que iba a recibir del hombre, que no se daría por vencido tan fácilmente; prueba de ello el hecho de que volviera a intentar golpearlo a pesar del errar anterior. Sean volvió a esquivarlo. No quería pelear, pero al estar rehuyendo tantos puñetazos, inconscientemente tomó la pose de defensa del boxeo, comenzando a dar pequeños saltitos repetidos. La gente los rodeó al ver la pelea en proceso justo en el momento en que, como acto reflejo, Sean le asestaba un derechazo al novio, quien al recibir el impacto de lleno en el rostro, se desequilibró y cayó al suelo. Se tocó la nariz y el labio superior notando el rojo de la sangre, saboreándola; el porrazo había sido fuerte. Se levantó mayormente enojado deseando esta vez con todas sus fuerzas darle un buen escarmiento a Sean; mas no resultó. Después de otros intentos errantes, Sean se agachó rápidamente al verse posicionado estratégicamente frente a él y golpeó su estómago en un punto certero. El novio retrocedió con la respiración faltándole, tosiendo a más no poder y tocándose la parte afectada, sintiendo un agudo dolor provenir de ella. El tipo era bueno.

—Oye —Víctor se dirigió a la novia en tono preocupado—, mi amigo es boxeador.

—¿Boxeador? —La chica miró el espectáculo, incrédula. Alzó la voz para llamar la atención de su novio—. ¡Martín, déjalo ya! ¡Puede ser profesional! ¡Es boxeador!

—¿Boxeador?

Martín abrió los ojos sorprendido al ver frente a sus ojos el puño de Sean, muy cerca. El sujeto quedó conmocionado y miró una vez más a Sean, impactado y con ojos bien abiertos.

—Lamento los problemas —se disculpó Sean una vez más—. No volverá a pasar.

De esa manera, Sean se hizo paso por entre la gente que seguía rodeándolos, testigos de todo. Sus amigos fueron tras él.

—Estuviste increíble —Las palabras llenas de emoción de Derek no fueron muy bien recibidas por el castaño—. Nunca te había visto pelear; una que otra vez te vi entrenando, pero nunca usando los puños.

Derek lanzó unos golpes al aire, procurando imitar a Sean.

—¡Ahh! —Sean revolvió su cabello con sus manos, sintiéndose frustrado—. Si el entrenador se entera que luché fuera del ring me censurará.

Víctor y Derek sintieron el pesar de su camarada. Sabían muy bien que un luchador con miras a la profesionalidad nunca debía usar su fuerza fuera del ring, y que a pesar de que Sean no era en sí un profesional, cualquiera que entrenara, fuera o no el mejor, debía cuidar sus puños, pues se había convertido en armas letales. Después de ese incidente, los tres salieron de la piscina y fueron a otro sitio a pasar el resto de la tarde ese domingo de una manera más agradable. 


Capítulo 7

En las instalaciones escolares era la hora del almuerzo. Derek y Víctor observaban a través de las grandes ventanas del salón del último. Veían a los jóvenes estudiantes conversando y a un jardinero retocando los arbustos que adornaban el edificio. Sean había ido a ayudarle a sus compañeros con el gimnasio. Los de tercer año, más que los otros grados, estaban muy atareados debido a que iban a salir de la preparatoria y pronto comenzarían sus días como universitarios; lo que ya de por sí ocasionaba bastante presión.

—¿Alguien llama tu atención?

—¿Aún sigues con eso, Víctor? No tengo prisa; además, si me llega, me llega. Sólo hay que ser pacientes.

Víctor se viró para recargar la espalda en el vidrio de la ventana y mirar el salón vacío. Suspiró profundamente.



—Estoy aburrido, hay que salir… —Se interrumpió él mismo al divisar a Sol por el pasillo—. ¡Oh! Ahora vengo.

Y sin esperar ninguna respuesta por parte de Derek, se acercó a la puerta y vio que Sol cargaba un par de cajas, una encima de la otra. Al ver que casi se le cae la de arriba, presuroso se acercó y la tomó.

—¿Te ayudo?

—Muchas gracias —Cuando la caja no obstaculizó su visión, Sol se dio cuenta de que se trataba de Víctor—. Eres tú.

—“Eres tú”, ¡qué respuesta tan fría!

—Es que nunca imaginé que serías tan amable —confesó ella sonriendo divertida.

—Eso lo dices porque no me conoces. ¿Me quieres conocer? —Sol no pudo evitar reír ante la pregunta—. ¿A dónde llevas esto?

—A mi salón.

Los dos se dirigieron al aula de Sol y dejaron las cajas sobre el escritorio del profesor.

—¿Qué hay allí dentro?

—Son latas de pintura en su mayoría. Mi grupo tiene el aula más sucia de todas. Piso manchado de las suelas de zapatos, butacas rayadas, paredes descuidadas y tachonadas; así que tenemos mucho trabajo que hacer —Sol colocó sus manos sobre su cadera y miró el salón—. Casi todos los fondos de cooperación se fueron en esto —Golpeó una de las cajas.

—¿Vas a dejar eso allí? El profesor se enojará.

—Claro que no; lo dejaré en aquella esquina.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes? Para eso estoy aquí.

Víctor tomó una caja y la dejó en el lugar que le tenían designado e hizo lo mismo con la otra.

—¿Sabes? Recuerdo mucho aquella vez que te atrapé dejando esas víboras en el salón.

—¿En serio? ¡Qué casualidad! Yo también pienso mucho en ese día.

—Siempre me pregunté qué es lo que Víctor piensa. Siempre metiéndose en líos y detrás de él sus amigos.

—Escuché que vas a ser tutora de Derek.

—Sí y realmente quiero ayudarlo. Ustedes tres se prometieron entrar a esa universidad, ¿no? Creo que su amistad es muy bonita y también creo que aunque pareces una persona seria, no lo eres con tus amigos; con ellos eres amable.

—Pero no sólo con mis amigos; puedo serlo con otras personas.

Sol vio la hora en su reloj.

—Se me hace tarde —Miró al rubio—. Gracias de nuevo por la ayuda.

Salió del salón dejándolo solo. Sol volvió a pasar frente al salón de Víctor y vio a Derek mirando la ventana hacia afuera.

—¡Derek! —lo llamó y él se volvió para verla—. No se te olvide que hoy a las cinco voy a ir, así que no hagas ningún plan.

—No te preocupes, no tenía planeado hacerlo.

Sol siguió su camino y Derek continuó con su actividad. El receso terminó y las clases trascurrieron normalmente. Esa vez, en lugar de quedar con sus amigos, Víctor se dirigió a las mayormente tranquilas afueras de la ciudad donde un amigo suyo poseía una tienda de artesanías variadas. Le gustaba ver las cosas nuevas que le llegaban y ayer le había llamado informándole que productos refinados y bastante llamativos habían arribado. Llegó y se encontró una nada grata sorpresa. Sara estaba allí.

—Rayos —masculló por lo bajo e iba a darse la vuelta para salir del local cuando su amigo lo interceptó, acercándose a él.

—¡Hey, Víctor! Te esperaba.

—Hola, Aarón —lo saludó sin ganas al ver que Sara también se había percatado de su presencia.

—Mira, te presento a Sara Sanz. Fue una intercesora para que los proveedores decidieran dejarnos sus artesanías valiosas.

—Sí, ya tengo el placer —dijo ella sonriente—. Es mi prometido.

Víctor le dedicó una mirada que le indicó que no hablara de cosas innecesarias.

—¿Sabes, Aarón? Recordé que tengo cosas más importantes de que preocuparme. Otro día vengo a ver tus nuevas adquisiciones —se excusó el joven tornándose verdaderamente incómodo.

Y como alma que se lleva el diablo, Víctor salió del establecimiento y virando a la izquierda siguió con su camino, sabiendo que Sara lo seguía porque ella lo llamaba. La muchacha se había dado cuenta demasiado tarde de que el comentario que había hecho no había sido nada agradable, por lo que quería disculparse con el rubio; no obstante, éste se limitó a continuar su camino ignorándola de plano, simplemente fastidiado de su presencia. Y entonces ocurrió lo que los estrecharía más de lo que hubiesen imaginado o se hubiesen propuesto.

Víctor pasó una calle con Sara a un par de metros alejada —y es que él caminaba a grandes zancadas—; no obstante, por estar tan preocupada en obtener la atención de él, ella no detalló en nada que diera aviso de la motocicleta que, como caballo salvaje desbocado y sin jinete, dio vuelta en la esquina a velocidad sorprendente, sorprendiéndola, asustándola y paralizándola como para enviar algún mensaje de auxilio a su cerebro. Sería cruelmente arrollada por aquel animal mecánico de dos ruedas; o eso pensó, porque en realidad no ocurrió. Y es que Víctor, a pesar de también hallarse sumido en sus pensamientos, logró escuchar desde antes el rugir acelerado del motor y el derrape de las llantas de la moto al dar la vuelta bruscamente; por lo que, visualizando de antemano lo que pasaría, presuroso se dirigió a la joven y lanzándose sobre ella, la sacó de la zona de peligro.

Impersonal ante la situación que provocó su imprudencia, el conductor del pequeño vehículo no se detuvo y continuó, dejando a los dos jóvenes tirados a la orilla de la calle; él sobre ella. Víctor se alzó un poco por sobre el cuerpo de la chica para no aplastarla tanto y quiso, antes que nada, regañarla por su distracción; sin embargo, la palidez en el rostro de ella y el que sus cobaltos estuvieran bañados de terror lo retuvo de hacerlo. Pudo sentirla temblar bajo él ante el impacto de la escena pasada; podría asegurar que incluso escuchaba el fuerte y temeroso latido de su corazón. Con todo, la imagen de ella le pareció al rubio tiernamente conmovedora y, tomado por sorpresa ante sus propios pensamientos y el repentino latido de su propio corazón, desvió la mirada de ella y masculló por lo bajo una maldición, sonrojándose. La cortísima distancia entre ambos no ayudaba a calmar sus nervios.

—Vamos —intentó hablar él, levantándose—. No ha sido nada.

La ayudó a ponerse de pie, pues estaba tan conmocionada que simplemente no atinaba a actuar de manera correcta. Sara todavía podía oír la motocicleta acercarse y casi arriba de ella. Los espasmos sacudían su pequeño cuerpo y, antojándosele más frágil de lo que una vez lo creyó, Víctor la rodeó de los hombros con su brazo, protector.

—Todo está bien —dijo, tranquilizador—. Te acompañaré a tu casa. Apóyate en mí y no te alejes, ¿bien?

—¡Señorita Sara! ¡Señorita Sara! —Un hombre de mediana edad, ataviado de un traje elegante, chaparro, regordete y medio calvo, se acercó a ellos—. ¿Está bien, señorita?

—Jaime —lo nombró Sara, recuperando el color en su piel—. Estoy bien.

—¿Es usted el chofer? —inquirió Víctor observando al hombre.

—Así es, joven.

—En ese caso no habrá necesidad de acompañarla hasta casa. ¿Se la encargo?

—Ni qué decirlo, joven.

De esa manera, Víctor condujo a Sara hasta el auto en el que había llegado y la subió a éste con cuidado, no deseando efectuar un movimiento en brusco que la altera más de lo que estaba o la mareara de alguna manera.

—Con cuidado —le advirtió al chofer.

—Muchas gracias, Víctor.

Sara lo miró con sus ojos brillantes y llenos de gratitud antes de cerrar la portezuela y así el auto pudiera perderse en la lejanía, dejando a Víctor plantado en su sitio un espacio de tiempo que resultó más largo de lo que pensó. Rememoró cada segundo que vivió después del incidente tan desagradable y con abatimiento cargado de un atisbo de recriminación, chochó la palma de su mano en su frente. ¡Qué torpe era! No estaba cumpliendo para nada con su plan de mantenerse alejado de Sara y mantenerla alejada. Para que funcionara, la idea no era precisamente tratarla con tanta amabilidad y cariño. Sacudió la cabeza negativamente, decepcionado de sí mismo. Debía ser mucho más cuidadoso a partir de ahora o podría terminar en un camino en el que no debía.



Sean caminaba por las calles de la ciudad con la intención de regresar a su casa. Acaba de dejar la escuela. Con eso de que sus compañeros y él estaban arreglando el gimnasio, la labor consumía mayor tiempo del que muchos disponían o deseaban regalar. De cualquier manera, él se mostraba presto a ayudar. En medio de su trayecto, el que difería del usual porque le gustaba pasear y conocer otras partes de la urbanización en la que vivía, se encontró con un parque de béisbol. En éste pudo distinguir a un montón de niños, quienes rodeaban a alguien, que a su vez parecía instruirlos en cuanto al deporte; dados los ademanes y aparentes consejos que les daba.

Se detuvo por completo observando el cuadro un momento. De pronto la situación le recordó a él. Una sensación de bienestar lo invadió. Era gratificante hacer algo por los demás y descubrir que no era el único que se tomaba las molestias de hacerlo lo llenó de felicidad. Entonces vio que los niños fueron dispersándose, dispuestos a dejar el parque, pues parecía ser que se lo turnaban y la hora de que los mayores lo usaran había llegado. La persona entrenadora de los pequeños, al irse acercando más a Sean, que estaba muy cerca de la entrada del parque, consiguió reconocerlo y que él la reconociera. Era Karen.

—¡Hey! —exclamó ella al distinguirlo, caminando en su dirección.

Turbado a más no poder, el castaño se dio media vuelta, dudando si retirarse del lugar o no; luego volvió a girar ciento ochenta grados, pero ahora manteniendo su visión lejos de la chica que casi se colocaba frente a sí, de alguna manera, ignorándola. La rigidez en su postura combinando con el nerviosismo impreso en sus facciones, eran reacciones dignas de ver.

—¡Vaya! —Karen llegó y le proporcionó un ligero y amistoso manotazo en el brazo—. ¿A quién tenemos aquí? ¡Ah! Descubres que soy chica y ya no eres tan atento, ¿eh?

Sean se limitó a bajar la cabeza y rascarse la nuca con inquietud, evitando los ojos miel de la chica. Karen lo miró detenidamente. Había pensado que la razón de actuar tan contrario en cuanto supo que era una chica se debía a que él debía despreciarla por algo. Quizás era de esos desagradables misóginos sin razón. No obstante, siendo perceptores y observadores, su actitud era muy diferente a alguien déspota y prejuicioso. Era más bien como un cachorrito indefenso y asustadizo. Suspiró ligeramente, sonriendo, para luego hablar:

—Todos los lunes y miércoles vengo a enseñar a estos niños un poco de béisbol. Me encanta el deporte y creo que es una manera divertida de recreación. Ya sabes, preferible gastar energías corriendo y golpeando bolas que frente a un televisor, ¿no?

—Opino lo mismo —confesó con voz tenue.

—¿Verdad? —le sonrió, agradable—. Bueno, está haciéndose tarde y debo irme. Si quieres, puedes venir cuando quieras. A veces necesito una mano para aquietar a tantos pequeños. Nos vemos.

Y despidiéndose moviendo su mano, se perdió en el horizonte y quedó fuera del alcance de la vista de Sean, quien se mantuvo en su lugar un momento más, pensando en lo que acababa de vivir. Había dicho una simple línea, ¿no era un progreso?

Capítulo 8

En la casa de la familia Duarte, en la habitación de Derek, tal como habían quedado anteriormente, Sol había asistido para darle sus clases de tutoría y aunque ella se mostraba normal, él se hallaba un tanto avergonzado. No tanto por el hecho de que Sol estuviera allí, sino porque su hermana, desde que atendió la puerta y supo que se trataba de una chica la que lo buscaba, lo tenía en su mira y no era una muy cómoda mirada. A pesar de que le explicó la razón por la estaba allí, parecía no calmar sus extraños pensamientos. Se hallaban frente al escritorio ubicado al lado izquierdo de la puerta, ingresando luego y luego a la recámara. El inicio fue normal; se sentaron, tomaron libros y libretas en tanto Sol explicaba. No obstante, estaba totalmente desconectado de las clases a domicilio. Su mente divagaba, centrándose principalmente en el plan de Víctor.

—¿Puedo hacerte una pregunta, Sol? —inquirió él, inseguro, después de unos quince minutos de lección.

—Claro —respondió algo extrañada—. Para eso estoy aquí; para responder tus preguntas.

—Sí, bueno, esta es un poco más personal.

“Es demasiado personal”, pensó con nerviosismo.

Sol se tornó un poco desconfiada al principio, manteniendo una postura silente; no obstante, después asintió con la cabeza. Al fin y al cabo, lo conocía en general. Era un buen chico.

—Claro, pregunta.

—¿Qué opinas de Víctor y Sean? —No se animó a hacerle la verdadera inquisición, así que tuvo que disfrazarla introduciendo a Sean también.

Sol pareció meditarlo un poco, resultándole bastante fuera de lugar la pregunta. No era tan personal como creyó que sería. Colocó su mano sobre el hombro de él, en señal de apoyo.

—Sí crees que son buenos amigos, sigue estando con ellos, Derek.

Abatido a más no poder, Derek casi volvió el rostro al lado contrario de Sol. No había sido la respuesta que esperaba. Ella confundió el propósito de la interrogante. No buscaba consejo de orientación de amistad ni nada.

“Lo siento, Víctor; hice lo que pude”.

Y otra pregunta similar no se dio a partir de aquel momento, así que se vieron entrados en continuar con lo que Sol realmente había ido allí. La tarde trascurrió normal.



Al día siguiente en la escuela, en el receso, en el árbol virolo; Derek había recibido dos mensajes, uno por parte de Sean y otro por parte de Víctor, diciendo que necesitaban encontrarse urgentemente allí. Y en el momento en el que arribó al lugar, donde ya estaban el rubio y el castaño, el primero explotó.

—¡He cometido el acto heroico más grande de mi vida que viene siendo el más estúpido también! No sabes lo horrible que fue. Mis padres y sus padres ¡estuvieron felices!

—No te entiendo, no te entiendo —le dijo Derek tratando de calmarlo—. Respira, respira y cuéntame con tranquilidad.

—En ese momento no hubo… no hubo espacio personal, ¿sabes? —susurró, traumado.

Derek miró a Sean y él le explicó todo lo que había pasado el día anterior con Sara.

—¿Y tú? ¿Por qué estás tan emocionado? —le preguntó Derek a Sean y por un momento Víctor dejó de lado su angustia para prestar atención al deportista.

—Ayer por fin volví a entablar conversación con Karen, sabiendo cien por ciento que era chica —dijo tan alegre que la misma dicha lo obligó a hacer una considerable pausa entre cada palabra.

—¡Eso es lo mejor que ha sucedido! —exclamó Víctor contagiado de la felicidad y luego, dirigiéndose a Derek, cuestionó, deseando escuchar maravillosas noticias—: ¿Le dijiste? ¿Qué te dijo ella? ¿Le gusto o no le gusto?

Derek se echó para atrás al sentir que tanto Britt como Montenegro se acercaban a él, cómplices en desear saber la respuesta, mirándolo tan penetrantemente que lo hizo sudar frío, a punto de robarle a él su espacio personal.

—¡Ah! Hice lo que pude, pero… pero…

—No… No me digas eso, por favor —Las ilusiones de Víctor se vinieron abajo. Era demasiado sufrimiento para él; hizo algo terrible y no tenía buenas noticias. ¿Peor podía irle?

Para Víctor y Derek el ambiente se volvió tenso y apesadumbrado. El primero al verse succionado por la desdicha y el segundo a causa de su amigo. En contraste completo, Sean se hallaba alegre en su mundo. El receso terminó y las clases continuaron como debían ser.



Derek caminaba por el centro comercial más famoso de la ciudad. Como típica hermana mayor abusadora que era, Ester se lo había llevado a fuerzas a acompañarla de compras. No tuvo el poder para negarse o quedarse en casa. Cuando se lo proponía, Ester podía ser verdaderamente aterradora. No obstante, como ella tardaba más de una hora, sin exagerar, en cada apartamento y negocio, ya fuera ropa, calzado o accesorios, decidió ir a pasear por su cuenta en tanto terminaba de probarse lo que quería.

Caminaba por los extensos pasillos de la construcción, viendo los diferentes establecimientos, pensando que quizás alguno llamara su atención. El lugar era tan concurrido como se esperaría, por lo que debía ser cuidadoso al andar para no chocar con otras personas. En esas estaba, cuando a lo lejos visualizó un acto de vandalismo… en menor grado. Detalló que un tipo chocaba con una chica, la que le daba la espalda, haciendo que soltara su bolsa y al caer ésta, dejó escapar todo lo que su interior guardaba. El sujeto simplemente continuó recto, sin importarle lo que había hecho ni prestar ayuda la joven, por lo que Derek, como buen ciudadano que era, se acercó para ayudarla a recoger sus pertenencias.

—Permíteme.

Se colocó frente a ella de cuclillas al tiempo de decir eso, captando su atención, por lo que levantó su mirada de sus cosas y clavó sus ojos en los de Derek. A él por un momento el corazón dejó de latirle al reconocerla. Era Sara. Sus hermoso ojos azules, abiertos ante la sorpresa de ser ayudada por un desconocido, lo escrutaban con tanta curiosidad, que Derek sintió un pequeño escalofrío recorrer su espalda; sin embargo, no pudo apartar su mirada de ella. Era como cien veces más bonita a corta distancia que a larga y su corazón, que se había detenido unos segundos, de pronto se vio en la necesidad de trabajar a una velocidad doble e incapaz de controlarlo, un sonrojó invadió su rostro.

Volviendo a la razón, Derek continuó con su labor y la ayudó a conseguir todo lo que era suyo. También la ayudó a ponerse de pie.

—Muchas gracias por la ayuda —le dijo, con una pequeña sonrisa.

—No hay de qué.

Y como una linda aparición, Sara simplemente siguió su camino. Derek se dio la vuelta para regresar a donde había dejado a Ester, cuando pudo distinguir, a un par de metros de él, un bultito rectangular. Era un celular de tapa, de carátula rosa y no necesito ser un genio para saber que se trataba del de Sara. Lo recogió y buscó a la muchacha, esperando verla por entre la multitud y entregárselo, pero fue imposible. Se había perdido entre el mar de gente. Lo miró con aire pensativo. Era un objeto importante; debía volver a sus manos a como diera lugar.

Una hora más tarde ya se hallaba de vuelta a su hogar, cargando las bolsas de Ester. Tuvo que acomodarse todas en un brazo para poder sacar su celular y llamar a Víctor.

—¿Qué pasa? —escuchó la voz de su amigo del otro lado de la línea.

—¿Estás muy ocupado en este momento?

—No. Estoy en mi cuarto, aburrido, ¿por qué? ¿Quieres salir conmigo o qué? ¿Dónde nos vemos y a qué horas? —Su diversión se le contagió y no pudo evitar soltar una risilla.

—En mi casa.

—Oh, a ese nivel hemos llegado —dijo con broma, luego se tornó serio—. Ya voy para allá.

Colgó. Luego de unos minutos, Derek y Ester arribaron a su casa y momentos después, se escuchó el timbre. Ester atendió el llamado encontrándose con el rubio.

—Ah, Víctor. Pasa, espera en la sala mientras Derek sale del baño.

Víctor se adentró a la morada y se dirigió a la habitación asignada, tomando asiento en el sillón grande.

—¿Se te ofrece algo? ¿Agua, refresco, jugo? —ofreció ella.

—No, gracias.

Ester se sentó en el sillón anexo para hacerle compañía mientras su hermano se desocupaba y, sin rodeos, preguntó:

—¿Tienes novia?

—No, aún no.

—Oh, ¿y no te llaman la atención las mayores?

Víctor simplemente la miró sin saber qué responder, pero por demás incómodo. En eso, su salvador hizo acto de presencia.

—Ah, mi querido Derek. Vamos, vamos, a tu habitación.

Y levantándose prontamente, empujó a su amigo por el pasillo hasta su recámara, saliendo de tan extraña situación. A Derek le pareció rara su actitud, pero lo entendió un poco mejor cuando cerraron la puerta tras de sí y Víctor suspiró al tiempo de decir:

—No ha cambiado nada —Víctor se sentó en la cama—. ¿Qué pasó? ¿Qué quieres decirme, mostrarme o lo que sea?

Derek se rebuscó en el bolsillo trasero de su pantalón y sacó el celular de Sara.

—¿Se lo puedes regresar a Sara, por favor?

Víctor se echó para atrás un poco, impactado por las palabras de Derek y mirándolo, exigiendo una explicación. ¿Por qué tenía él el móvil de Sara? Derek comprendió su mirada.

—Ah, es que me la encontré en el centro comercial. La ayudé a levantar unas cosas que se le cayeron y se le olvidó esto. No lo vio y yo tampoco en su momento, hasta después que la perdí de vista.

—¿Te la encontraste? ¿Los dos se vieron? —inquirió, pero con un trasfondo de maquinación, pensando algo, planeando.

Derek se asustó. Conocía esa mirada. El rubio se levantó de la cama y caminado de un lado a otro unos momentos, en tanto sacudía su enhiesto dedo índice frente a él, exclamó:

—Eso es… ¡Eso es bueno! Ese era el plan A. Que tú o Sean la enamorara; pero lo descarté porque, bueno, Sean obviamente nunca y tú… evidentemente eres muy normal. Pero ahora que se han visto, puede ser —Se acercó a él y le rodeó los hombros con su brazo—. Vamos por tu segundo encuentro. Tú le entregarás el teléfono.


Capítulo 9
 
Derek se hallaba frente a la enorme casa de lo Sanz, preguntándose aún por qué había cedido. Recordó entonces la insana persistencia de Víctor, que consiguió persuadirlo. En realidad creía que le había lavado el cerebro. Le había dicho que era una buena oportunidad para él y que además, Sara era bonita, cosa que no negaba. Pero de verla por casualidad a ir a buscarla existía un gran trecho, ¿mas que podía hacer ya? Estaba allí ahora y no quería enfrentarse a Víctor si se enteraba que no había realizado el plan. Acercó su dedo tembloroso al timbre de la mansión, dispuesto a tocarlo con los nervios a flor de piel. Lo que más lo perturbaba era que se trataba de alguien de la altura de Víctor. Cuando finalmente apretó el botón, el ama de llaves hizo su aparición.

—¿Sí? ¿Qué se le ofrece?

Derek tragó duro. Fácilmente podía entregarle el celular a la mujer, explicándole que era de Sara y que en un descuido lo había perdido, ¡pero no! Tenía que hablar con la chica cara a cara, frente a frete, si no, Víctor no lo perdonaría. Pensó en el plan del rubio que había maquinado anteriormente. Si abría alguien diferente a Sara, debía preguntar por la señorita Sanz, si es que vivía allí, y en caso de que se rehusara, que insistiera diciendo que deseaba verla personalmente para asegurarse de que era la persona que buscaba.

—¿Puedo hablar con la señorita Sanz?

—¿De parte de quién?

—Derek Duarte.

—Permítame.

La mujer se adentró a la casona una vez más. Un espasmo de alivio sacudió a Derek. Primera fase completada. La segunda consistía en que cuando llegara Sara, fingiera confortación y actuara como si encontrara a quien deseaba ver. Y eso fue exactamente lo que hizo cuando la vio.

—¡Ah! Sí eres tú, me alegra saberlo. Toma se te olvidó tu celular —dijo, extendiéndoselo.

—Oh, gracias, lo buscaba —Ella lo tomó—. ¿Cómo diste con mi casa?

—Eh… Ah, en medio del celular estaba una tarjeta del señor Frank Sanz y allí venía esta dirección. Supuse podría ser tuya o por lo menos podría tener una referencia en cuanto a ti. De allí que quisiera entregártelo personalmente; quería asegurarme que era tú la chica del otro día.

Sara levantó la tapa del teléfono y, efectivamente, la tarjeta personal de presentación de su padre estaba allí. No recordaba tener una, pero quizás se coló por allí entre sus cosas.

—Otra vez gracias por tomarte las molestias de venir hasta acá y dármelo, ¿Derek?

—Así es y de nada. Por cierto, me gusta la calcomanía de Arco. Es mi personaje favorito de esa caricatura.

—¿Oh, sí? A mí también me encanta. Me gusta su lealtad.

—Es verdad. Un amigo leal vale por dos. Es una cualidad que a muchos nos falta cultivar.

Y a partir de aquí, se inició una conversación que duró más tiempo del que ambos se percataron. En realidad, cuando el ama de llaves vio que estaban extendiéndose demasiado, invitó a Derek a entrar y tomar algo. Fue entonces que los dos se concientizaron y dieron fin a la plática, despidiéndose y tomando cada uno su camino.


Al día siguiente, con ocupada vida de siempre al ayudar en la limpieza y preparación de las instituciones escolares, Sean salió tarde otra vez e iba a tomar uno de sus tantos trayectos para ir a casa, pero sus piernas lo llevaron a otro lugar al recordar a Karen. En efecto, en el parque aquel, se encontraba ella, practicando con los niños. La alegría que emanaba era palpable y contagiosa, pudo deducir. A pesar de que sabía que no era fácil lidiar con pequeños, ella parecía pasársela realmente bien. Gozaba enseñar y amaba los niños; tanto o más que él. Se sentó en una de las tantas bancas para continuar contemplándola y el tiempo corrió indetenible, aunque nada perceptible para él. No salió de su ensimismamiento hasta que vio a los adultos ocupar el parque y notar que los niños se despedían de ella, felices.

Karen terminó de atender a cada uno de los infantes y cuando se vio libre de ellos, recorrió con su mirada todo el lugar, pasando por el equipo que yacía en el cambo, calentando antes de iniciar su partido de práctica, para luego posar sus dorados orbes en la zona de espectadores, descubriendo a Sean. Sonrió al verlo y se encaminó a él con las manos en los bolsillos.

—Así que decidiste venir un rato, ¿eh? —le dijo sentándose a su lado. Él tan sólo asintió y apenas—. Bueno, me alegro, aunque creo que te hubieses divertido más si nos acompañabas en el juego, ¿no te parece?

Sean volvió a asentir, lo suficientemente confiado como para no salir corriendo, mas con los nervios y timidez necesarios como para no mirarla directamente, hacer algún tipo de contacto físico, o procesar en su cabeza algo que decir. Sin embargo, a Karen no pareció importarle su actitud reservada y continuado con su atención en los jugadores, con una brillante mirada, continuó hablando.

—Mi padre, antes de conseguir el puesto de jefe de la empresa, me enseñó todo cuanto pudo acerca del béisbol desde que era pequeña. Ama el deporte y me inculcó ese amor a mí. De ello que practicara constantemente en la primaria, y en la secundaria me uní al equipo femenino de béisbol; fueron bueno años. Sin embargo, la preparatoria ya no contaba con un equipo en el que las chicas pudieran participar. Intenté crear uno yo misma, pero el apoyo era prácticamente ninguno, así que no pude hacer más. Dos años sin practicarlo hasta que estos niños me lo devolvieron este año. Admito que estoy algo oxidada, pero me esfuerzo por instruirlos de la mejor manera al tiempo que yo misma lo disfruto.

Para ese punto, Sean se mostraba bastante interesado y no pudo evitar mirarla más directamente unos momentos, antes de volver su visión al campo, tornándose pensativo. Ambos siguieron disfrutando del juego, una pequeñísima parte de él en silencio, ya que Karen se vio tan entrada en éste, que no se contuvo de aclamar a los participantes, apoyándolos al momento de batear, correr o atajar la pelota. Incluso en algunas ocasiones se vio como árbitro al dar alusión a las bolas, faltas o strikes cometidos. Ante el enérgico entusiasmo de la muchacha, Sean se vio contagiado y no pudiendo abstenerse de callar un segundo más, también la acompañó en su algarabía y gritería, recreando un momento por demás placentero para ambos.

La llegada del ocaso anaranjado anunciando la despedida del sol, también dio informe del fin del juego y los deportistas comenzaron a alistarse para irse.

—Quizás también deberíamos irnos; es tarde —comentó Karen.

—Espera aquí —le pidió Sean en tanto se levantaba velozmente de la banca y se alejaba a paso veloz.

Karen no logró articular ninguna palabra antes de que el castaño estuviera fuera de su alcance. Confundida, observó como él se acercaba al grupo de hombres y les decía algo. Transcurrieron unos minutos de conversación antes de que Sean regresara con ella.

—Vamos —la invitó señalando a algunos de los sujetos que retomaban su posición en el diamante.

—¿Eh? —Karen parpadeó más que extrañada.

—No será un partido completo, pero los convencí para jugar una entrada amistosa con nosotros dentro del equipo.

—¿Por qué? —inquirió, ladeado la cabeza, todavía impactada, aunque curiosa también.

—Bueno, tal vez puedas recordar cómo era en la secundaria —respondió mirándola una palabra sí y otra no, cohibido.

Los de Karen se ensancharon a tal grado que lucieron más grandes de lo que eran, simplemente anonadada; sensación que le duró poco, ya que después, su expresión se llenó de ternura.

—Gracias —agradeció, sonriente, cautivada por la dulzura de Sean.

Sean asintió y luego se dirigió con los jugadores que ya los esperaban, con Karen detrás de él. La entrada dio inicio y muy llenos de vitalidad y emoción, los dos se acoplaron a sus puestos respectivos y gozaron de un buen partido entre amigos. Los dos habían quedado en bandos opuestos, lo que simplemente hizo más emocionante las cosas. El joven de mirada verde se dio cuenta de que, a pesar de que Karen estaba oxidada, como ella misma había dicho, tenía muy bien infundadas las bases, sorprendiéndolo con sus buenos reflejos y su velocidad, la que aumentaba dada su altura de 1.71. Los otros compañeros incluso se vieron asombrados de lo bien que se movía. Eso sí, todos se vieron sorprendidos por el rendimiento de Sean, quien como amo de los deportes, dio una excelente lucha.

Al final, casi los dos equipos tenían la misma puntuación. A lo largo de la entrada había anotado dos carreras. En ese momento el equipo de Karen defendía y ella ocupaba un lugar en la segunda base, en tanto esperaba que uno de sus compañeros hiciera un buen golpe y le permitiera hacer la carrera que les daría la victoria; mas con dos outs las cosas se complicaban. Expectante en su lugar como campocorto o parador en corto, que era el designado entre la segunda y la tercera base, Sean vio como el pitcher de su grupo lanzaba una bola con efecto que logró el cometido de primer strike. Se le entregó la bola y preparándose una vez más, volvió a lanzarla.

El sonido del bate al golpear de lleno la bola hizo eco en oídos de todos y, casi que robando base, Karen se echó a correr como alma que se lleva el diablo. Sean no pudo hacer nada, pues la pelota pasó de su límite y se dirigió a los jardineros. La trayectoria de la bola fue cargada más hacia la izquierda, así que el jardinero de esa zona rápidamente se dirigió a ella, sin apartar su vista de ella, dispuesta a atacarla. Karen estaba escasos metros de la tercera base cuando la bola fue atajada, terminado el juego. La alegría por parte de los ganadores no se hizo esperar, acompañada de vítores de victoria. Sin embargo, Karen también compartió esa dicha. Se la había pasado tan bien; había vuelto a su mundo después de mucho tiempo y Sean, viéndola contenta, se sintió él mismo feliz.

La sonrisa que no se había borrado del rostro de ninguno de los dos en todo el juego, ni siquiera se esfumó cuando éste terminó y, despidiéndose de los amables hombres que compartieron su tiempo y utensilios, cada quien se retiró a su respectivo hogar, rememorando aquella tarde que jamás olvidarían.  

 
Capítulo 10

Al día siguiente, por la tarde, Derek y Sol se hallaban en la habitación del joven, estudiando. El chico normal se mostraba mucho más concentrado en sus lecciones que la primera vez, lo que indudablemente lo alegraba no sólo a él, sino que a su tutora también al ver sus buenas respuestas. Derek deseo que las cosas continuaran de esa manera, pero después de cuarenta minutos desde que habían iniciado, su celular comenzó a sonar.

—Lo lamento, permíteme —se excusó él y ante el asentimiento de ella, se levantó de la silla y se arrinconó del otro lado del cuarto, cubriendo su boca con la mano y hablar quedo—. ¿Diga?

—¡Hey, Derek! Estoy aburrido, vamos al cine. Ya le hable Sean y nos veremos donde siempre.

—No puedo ahora —susurró cubriéndose un poco más—. Estoy en medio del estudio…

—¿Sol está allí? —La emoción se reflejó en su voz—. ¡Eso es genial! Voy para allá; cancelaré con Sean.

—No, espera… —El característico sonido del teléfono al ser colgado lo interrumpió. Bajó la cabeza, abatido—. Oh, no.

Volvió a su lugar a un lado de Sol.

—¿Listo?

—Sí —contestó no tan confiado.

Toda la concentración que en un principio había tenido se fue a la borda al concentrar sus pensamientos en Víctor. Iba a arruinar el momento entre él y Sol… profesionalmente hablando. Dicho y hecho, a los pocos minutos, el timbre se dejó oír y después la voz del rubio.

—¡Derek, amigo mío!

Se oyeron las pisadas atravesar el pasillo hasta detenerse en la puerta y que ésta se abriera de par en par.

—¡Derek! —Víctor vio a los dos y se hizo el súper sorprendido—. ¡Oh, oh, lo siento! No sabía que estaban ocupados. Sólo quería traerle este pastel a mi querido amigo.

Derek simplemente lo miró con vergüenza ajena; por otro lado, Sol lo miró con condescendencia. ¿Qué podía pensar? Eran buenos amigos y los amigos se visitaban mutuamente, aunque era obvio que no estudiarían ya.

—Continuaremos mañana, Derek —le dijo mientras guardaba sus cosas—. Repasa lo que vimos hoy.

Se levantó despidiéndose de ambos antes de salir del cuarto y Víctor iba a ir detrás de ella de no ser porque Derek lo detuvo, tomándolo por el hombro.

—¿Qué haces, Víctor? —quiso saber, irritado porque su sesión de estudio se fue al caño. Era importante.

—Espera —le dijo con voz muy baja—, esta es una oportunidad que no desaprovecharé —Luego siguió, alzando la voz—. Ah, Derek, recordé que tengo algo más importante que hacer. Toma, nos vemos.

Le entregó el pastel y casi salió corriendo de la casa cuando vio que Sol ya la había dejado por completo. Afuera, miró ambos lados para ubicarla y la descubrió varios metros alejada de él. Se le acercó a grandes zancadas hasta colocarse a un lado de ella.

—¿A dónde con tanta prisa? —inquirió, sonriente.

—A mi casa.

—¿Puedo acompañarte?

—¿Por qué? —preguntó a su vez, extrañada.

—No es de caballeros dejar que una dama ande sola por la calle.

—No es la primera vez que voy por este camino, sola. Además, es un barrio tranquilo y vivo cerca, así que realmente no necesito que me escolten.

—Oh, entiendo.

Sin embargo, Víctor no hizo además de alejarse de ella y conforme continuaban su camino, comenzó a sacar algún tipo de conversación para que el trayecto no resultara tan incómodo; ya fuera que apuntaba la belleza natural o hablara de los horarios del camión de la basura. En esas estaban, cuando un fuerte ladrido se escuchó antes de que de la nada, un gran y fuerte perro bulldog, saliera de una casa, escapando de sus dueños, echándoseles encima en una veloz carrera. Ambos se asombraron ante lo improvisto de la situación; no obstante, la estupefacción fue por motivos diferentes. Ella porque le tenía una fobia de cuidado a los canes y él, porque sintió como Sol lo tomaba de la mano, tan sorpresivamente como el perro se le había aparecido, y lo jalaba para que corriera junto con ella.

Obviamente que, dócil como paloma, Víctor se dejó llevar a dondequiera que se dirigieran. El animal continuó detrás de ellos a pesar de que los dos ya se habían alejado de su territorio. En eso, Sol distinguió una camioneta en un alto y sin pensarlo mucho, porque sentía el perro la mordería en cualquier instante, se trepó en la cajuela junto con Víctor, viéndose a salvo de la mascota. Dado que la camioneta tenía cubierta la cajuela con una lona, tapando las aristas del cubo-rectángulo que formaba, salvo la de la entrada, el conductor no los pudo ver. Ninguno de los dos se había mantenido fuera de por propio mundo, por lo que no notaron que la camioneta seguía su curso; mas un fuerte olor a pastura fermentada trajo a Sol de vuelta a la realidad. Miró por todos lados el lugar en el que se encontraban. No estaba ni cómoda, pues el toldo de lona era más pequeño de lo que parecía. Al fondo estaban los paquetes de pastura a punto de volverse rastrojo. Abrió los ojos impactada.

—¿Dónde estamos? —Miró al rubio con alerta—. ¿Por qué no me dijiste nada?

Víctor no contestó y ni siquiera le devolvió la mirada, avergonzado. ¿Qué iba a decirle? ¿Que se emocionó tanto con su agarre que perdió la noción del entorno? ¿Que sentir su mano sobre la de él lo llevó al cielo? ¿Que su corazón, más que por la carrera, latió con frenesí dentro de su pecho por su tacto? Era evidente que no.

De pronto, el conductor, demostrando ser un salvaje detrás del volante, dio una vuelta a la izquierda con la delicadeza digna de un tornado y prácticamente sin frenas; así que ellos se movieron con violencia de su sitio al no verse asegurados con cinturones ni nada, ocasionando que Sol cayera de lleno sobre el adinerado, quedando frente a frente y sin mucho espacio personal. El pulso de Sol incrementó al saberse en una situación tan comprometedora y el escarlata se apoderó de su rostro al descubrir que Víctor era muy agradable a la vista. En cambio, la situación le parecía tan magníficamente perfecta al rubio; como una de las típicas escenas románticas de las historias que leía por internet, que quedó absolutamente en blanco y su mente no pudo procesar pensamientos ni reacciones. Fue por ello que quien terminó por alejarse de él, luciendo muy abochornada, fue Sol. Se colocó del otro extremo del ancho de la cajuela.

—L-lo siento mucho —se disculpó avergonzada—. Hay que llamar la atención del conductor para que se detenga.

Se dirigió al fondo de la camioneta a gatas e intentó golpear el vidrio de la parte de atrás, pasando por entre la lona, pero como ésta estaba muy tensa y era gruesa, no logró ni tocarlo.

—Es inútil —se dijo con desaliento procurando alejar la incomodidad de su ser—. Habrá que esperar a que se detenga por completo.

—No, no, no —negó Víctor saliendo de su ensoñación—. En un altito que haga, nos bajamos.

Casi al instante, el automóvil se detuvo y fue la oportunidad que vio el rubio para descender, por lo que alzándose inclinado, se dirigió a la entrada y apenas iba a sacar un pie, cuando el automóvil volvió a arrancar, no tan suave, y se habría salido dándose tremendo golpe de no ser porque Sol reaccionó rápido y lo sujetó abrazándolo del estómago, regresándolo al interior.

—¿Eres tonto o qué tienes en la cabeza? —le preguntó realmente molesta porque había cometido una gran imprudencia—. Intentemos gritar.

Así lo hicieron hasta que quedaron afónicos, mas parecía que no los escuchaban.

—No funciona —observó él.

—Eso parece. En esta ocasión lo mejor es esperar a que se detenga por completo.

Se sumieron en un silencio lleno de aburrición conforme pasaron los minutos. Candado de éste, Montenegro propuso lo primero que se le vino a la mente.

—¿Y si jugamos a algo para entretenernos? ¿Qué tal al abecedario de animales? Yo digo uno cuyo nombre inicie con la letra a y luego tú la b y así sucesivamente.

—Hm, está bien.

—De acuerdo. Eh… abeja.

—Burro.

—Camello.

—Delfín.

—Eh… ¿Y qué tal van con la pintada? —Cambió de tema ya que no lo convenció el juego.

—Lo haremos al final del curso porque si lo hacemos ahora, volverán a destrozarlo y sería volver a gastar innecesariamente. ¿Y ustedes? ¿Cómo va su clase con los preparativos?

—Casual, tranquilo. El jefe de grupo se lo lleva al paso. Por cierto, cuando corriste hace rato, ¿es porque te asustan los perros a algo?

—Sí. Cuando era pequeña, mi familia tenía una granjita de gallinas y pollitos. Un día, el vecino se le escapó su perro, se metió al corral y no sé si lo hizo a propósito o por jugar, pero mató a todas las gallinas y los pollitos. Fue una carnicería bastante desagradable. Ahora cada vez que uno viene hacia mí, me imagino como uno de esos pollitos.

—Es una pena. Yo nunca tuve mascotas. Mi hermano tiene unas tortugas, pero son ajenas a mí. Una se llama Claudio y la otra Martina y ambas son hembras. Es raro.

Y con ese comentario la hizo reír, aligerando el ambiente. Así, entre más pláticas divertidas y risas, llegaron hasta donde tenían que llegar, que eran las afueras de la ciudad, en un rancho anexo. Se bajaron de la camioneta descubriendo con sorpresa y no, a un muy anciano conductor, quien también se asombró de verlo allí y, después de las explicaciones, ambas partes se disculparon apropiadamente.

—¿Necesitan otro aventón de regreso? —les preguntó el anciano, afable.

—No, no se preocupe —se apresuró a negar Víctor para no incomodarlo; debía estar cansado y ya era tarde—. Yo puedo hablar a alguien para que venga por nosotros.

—Muy bien. Cuídense.

De este modo, Víctor llamó a su chofer y minutos después, éste apareció y los llevó a la ciudad, dejado a Sol en su casa y luego ir directamente a la de Víctor, quien se hallaba reflejando dicha por cada poro de su ser, al ver pasado una tarde completa con su sol. Arribaron y en cuanto entró al recibidor, la sorpresa menos deseada lo recibió.

—Buenas noches, Víctor —lo saludó Sara con una sonrisa tímida.

Él frunció el ceño olvidando su anterior contento.

—¿Qué haces aquí? —inquirió con frialdad, pensando pasarla de largo de plano.

—Vine más temprano y me dijeron que no estabas, por lo que decidí esperarte. Quiero que me acompañes a cenar. En el patio trasero hay una mesa bajo las estrellas, con una vela en el centro, rosas en un vaso de cristal y un violinista. Quiero agradecerte apropiadamente lo que hiciste por mí el otro día al salvarme.

Víctor iba a soltar un crudo y rotundo no, cuando en eso la puerta se abrió y Frank Sanz penetró en el vestíbulo.

—Víctor, hijo mío —lo saludó con alegría al verlo—. Me enteré que salvaste a mi hija. Ese es un muy buen comienzo para un marido ejemplar, ¿sabes? Así que he planeado esta cena, para que ustedes dos estén solitos y se conozcan más. Un buen matrimonio inicia con buena conversación.

Víctor se sintió entre la espada y la pared; acorralado, atrapado; hundido en la desesperación. ¿Ahora sí cómo iba a escaparse de esa? Vio una lucecita de salvación cuando el timbre se oyó.

—Déjenme atiendo, déjenme atiendo —pidió ansioso y se dirigió a la puerta. Todo con tal de respirar un momento.

Capítulo 11

Derek y Sean se encontraban frente a la gran puerta de la majestuosa mansión, preparándose mentalmente para tocarla. Sean había sido el de la idea y llamando a Derek para hacérselo saber y llevárselo consigo como buen amigo, era la razón por la que estaban allí; para calmar sus ansias de conocimiento.

—Insisto en que no es buena idea —volvió a decir Derek, dudoso y sin atreverse a pulsar el timbre.

—¿Por qué no? También te mueres de curiosidad por saber cómo es la casa de Víctor. No es justo que él sepa dónde vivimos cada uno de nosotros y que nosotros no sepamos dónde vive él.

—¿Y si abre alguien de la servidumbre? —preguntó sin despojarse de la inseguridad.

—¿Hay servidumbre? —Sean lo pensó un poco—. No importa, preguntamos por Víctor.

Sean iba a tocar cuando Derek lo detuvo otra vez.

—Espera, espera, ¿y si ni siquiera vive aquí?

—¿Eh? Vamos, Derek, no pasa nada. Total, pedimos disculpas y nos vamos.

Vio que el castaño dirigía su dedo al botón e iba a detenerlo de nuevo, preguntando ahora por si el rubio se molestaría ante la inesperada visita, ya que no fueron invitados; pero no logró hacerlo. Sean tocó y desde su lugar consiguieron escuchar el ding-dong. Aguardaron escasos segundos, pensando que la servidumbre era muy eficiente por atenderlos tan rápido al ver que la puerta se abría; mas se sorprendieron al descubrir al mismísimo Víctor.

—¿Chicos? —Su reacción fue por demás opuesta a la que imaginaron. Después de hacer a un lado el asombro, los ojos del adinerado brillaron con intensidad, inmensamente feliz—. ¡Chicos! ¡Oh, chicos! ¡Qué maravillosa sorpresa! Vamos, entren, entren. Llegaron en el momento preciso. La cena está por ser servida.

Sean y Derek apenas tuvieron oportunidad de mirarse mutuamente, ya que casi al instante se vieron literalmente hablando, arrastrados al interior de la mansión y postrados frente a los Sanz. Sara se asombró de ver a Derek; lo conocía.

—¿Derek? —preguntó como queriendo confirmar el nombre que conectaba con su rostro.

—¡Ah! —exclamó Víctor haciéndose el sorprendido, aunque con una ligero son de picardía—. ¿Ya se conocen?

—Sí, ya tenemos el placer —respondió Sara porque Derek no respondió nada, cayendo en cuenta lo que podría sobrevenirles.


Nerviosismo, tensión e incomodidad, sobre todo ésta, era lo que reinaba sobre el ambiente aquella bella noche estrellada. Derek, Sean, Víctor y Sara se mantenía sentados frente a la mesa que lucía las hermosas rosas y era iluminada por la vela, en completo y devastador silencio. Para rematar, el violinista tocaba una melodía romántica, obviamente en total desacorde con la situación. En cuando Víctor les medio informó lo que pasaba al presentarlos como sus grandes camaradas frente a Frank y Sara, Sean y Derek supieron de inmediato que nada tenían que estar haciendo allí, y más claro les quedó al ver la mesa. Evidentemente se trataba de una íntima cena para un par de tórtolos. Sin embargo, no pudieron escabullirse de las manos de Montenegro y los Sanz no tuvieron poder de objeción en las decisiones tomadas; después de todo, Víctor era el dueño de la casa. Pero las cosas estaban para morirse.

Mientras esperaban la cena, cada uno se mostraba incómodo en su lugar. Sean no apartaba sus vivaces ojos verdes del blanco mantel bordado con tela fina, como si se tratase de la cosa más interesante del mundo, sabiéndose en un momento muy inoportuno. Derek se removía inquieto y ansioso sobre su lugar, en tanto sus piernas oscilaban bajo la meda de arriba abajo, zapateando el piso, nervioso e impaciente por salir de allí. Víctor, aunque se mostraba feliz, planeaba el siguiente movimiento que Derek debía hacer para aligerar el pesado ambiente. Sara se mantenía encogida sobre sus hombros, turbada, creyendo que definitivamente no había sido una buena ocasión para que sus amigos lo visitaran; esa noche la había pensado para ellos dos exclusivamente.

La chica se ubicaba en un extremo de la mesa redonda y los jóvenes en el otro; quedando Víctor en medio, Sean a su izquierda y Derek a su derecha, muy pegados. El rubio le dio un ligero codazo a Derek para llamar su atención y cuando la consiguió, lo miró insinuante antes de mover su cabeza hacia donde Sara repetidas veces. Derek entendió a la perfección lo que intentaba decirle.

“Vamos, haz algo. ¡Conquístala!”

“Estás loco”, le dijo a su vez con los ojos. “Esta es tu cena, no mía.”

“Pero es tu chica, ¡vamos!”

“¿Desde cuándo?”

“Habla, rompe el silencio. Cuenta una anécdota, chistes, lo que sea; todo vale.”

“Tú di algo, Víctor. Di algo como: ‘Ellos ya se van’.”

“No. Los quiero aquí.”

Habrían continuado con su debate mental de no ser porque en ese preciso momento, llegaron sus platos bien servidos. Esperando que con ello, las cosas se alivianaran un poco, todos comenzaron a comer, pero fue más difícil de lo que esperaron, pues la comida se les atoraba en la garganta al ver dónde y cómo estaban. Quien rompió finalmente el silencio, fue quien menos se esperaría, Sean.

—¡Qué buen plato de comida! ¿Dónde está el chef que quiero felicitarlo? Es lo mejor que he probado.

—Oh, él está en la cocina —respondió rápidamente Víctor, haciendo el ademán de levantarse para decir “yo te llevo”, cuando Sean se esfumó de su vista en un parpadeo.

Víctor se recargó en el respaldo de la silla, esforzándose por que un tic nervioso no se le presentara en el ojo. Enseguida, se escuchó el celular de Derek, quien velozmente lo cogió y miró el contacto, casi suspirando de alivio.

—Ah, son mis padres. Debo comunicarme con ellos.

Y sin esperar un segundo más, se levantó y se alejó de ellos, adentrándose en la mansión, dejándolos solos. Víctor miró a Sara directamente por primera vez en toda la velada, notando que ella tomaba su bolsa, se levantaba y le decía, ofendida:

—No debí haber venido y esta cena no debió existir.

Caminó alejándose de su prometido y también ingresó a la casona. Estaba realmente dolida. Había detallado las acciones de los tres chicos, su contrariedad; pero sobre todo, había visto con claridad la desesperación de Víctor por no estar con ella a solas y eso la hería profundamente. Se sentía vilmente rechazada, indeseada. Lágrimas lucharon por salir de sus ojos, pero las retuvo.

Derek estaba en el pasillo, cerca de la puerta que lo llevaría al patio trasero. Acababa de colgarle a sus padres, asegurándoles que ya regresaba a casa. Iba a dar el primer paso para salir de aquella casa del demonio, cuando vio pasar frente a sí a Sara y en su rostro pudo distinguir el sufrimiento que la embargaba. Sus ojos cristalinos a causa del llanto sin derramar y el que se mostraran empañados de tristeza y dolor, movió algo en su interior y un sentimiento de empatía surgió hacia ella. Sintió el tremendo deseo de ir y consolarla, pero no se creyó lo suficientemente capaz de conseguirlo, por lo que la dejó ir. Miró al lado contrario y descubrió a Víctor acerándosele con una sonrisa victoriosa y otro sentimiento se apoderó de él al verlo de aquella manera: aversión. Con eso, la noche terminó.


Al día siguiente, en la habitación del joven Duarte, éste se alistaba para asistir al instituto y en lugar de que se mostrara feliz de que una semana más de escuela terminara al ser viernes, su mente cavilaba en otros asuntos. La presión que ejercían sobre él los trámites para la graduación estaba pasando factura. Al ser miembro del grupo más desastroso de la escuela, las actividades parecían redoblarse con el mantenimiento del salón y todo eso. Además, las clases extracurriculares que tomaba con Sol también lo presionaban mucho; no podía perder el tiempo. Algo más acudió a sus memorias al tiempo que salía para encaminarse al colegio.

El tormentoso mohín de Sara que la noche pasada había apreciado, lo golpeó con ímpetu. El día anterior Víctor lo había decepcionado de varias maneras. No sólo cuando lo privó de sus clases, la que necesitaba indudablemente, al interrumpirlos a él y Sol con semejante descaro, sino también porque los había metido a Sean y a él en una situación inadecuada y a propósito. Sin embargo, lo que más lo desilusionaba de la actitud del rubio, fue la manera tan bruta con la que trató a Sara. No se esforzó por disimular su descontento, no intentó explicarse amablemente, no usó tacto y la había hecho sufrir; fue un insensato insensible. La emoción de rechazo hacía su amigo volvió y deseó no verlo en todo el día.

Las clases trascurrieron con normalidad al arribar a las instalaciones educativas y aunque en el receso tuvo que verse con Montenegro, quien se disculpó con él y Sean por el lío en el que los metió y al mismo tiempo les agradecía porque lo salvaron, Derek se mantuvo mayormente silente y serio ante las palabras del rubio, demostrando así sus pocas ganas de hablar o estar con él. El día de escuela trascurrió normal para el pelinegro y, procurando despejarse un momento al tomar su camino de regreso a casa, decidió desviarse a Las Fuentes y comprarse un helado. Algo bueno entre tantos caóticos pensamientos no haría nada malo a su salud.

Arribó al establecimiento y dada la hora, que era en la que la mayoría de los colegios terminaban clases, la multitud de estudiantes llenaban el local, por lo que supo tendría que hacer fila para obtener su pedido. Al esperar, se concentró en recorrer todo el lugar y a algunos pasos de él, luciendo un tanto desorientada aunque pareciendo buscar algo o a alguien, la chica que casi toda la mañana había ocupado su cabeza se materializó frente a él, tan elegante y linda como siempre.

—Sara.

El nombre salió sin querer de sus labios y más alto de lo que hubiese deseado, pues, escuchándolo, la susodicha dirigió su atención a él, chocando sus celestes con sus cafés.



Capítulo 12

—Hola, Derek, ¿cierto? —Lo saludó Sara al percatarse de su presencia, cortés.

—Hola —regresó el saludo y aprovechando la ocasión, alargó la plática—. Qué sorpresa verte por aquí. No me parece un lugar que tiendas frecuentar.

—Es verdad. Yo no, pero Víctor sí.

“Víctor”; un nombre que no quería escuchar en ese momento. Además, la actitud de Sara lo confundía. Víctor había sido realmente grosero con ella la noche anterior y sin embargo, parecí ano afectarle en lo más mínimo; hablando de él sin problemas. Como si leyera su mente, Sara continuó hablando otorgándole respuestas.

—Víctor no es malo. De alguna manera lo entiendo. La noticia del compromiso lo afectó. Antes de eso, lo poco que lo traté, se comportaba muy bien conmigo. Fue a partir de la noticia que se hizo frío, pero sé que realmente no es así.

Derek no dijo nada no estando seguro de comprender. ¿Por qué le contaba todo eso? Era un asunto bastante personal y ella no lo conocía bien; tan sólo sabía su nombre y éste siempre acompañado de una interrogante.

—No creo que Víctor vaya a aparecerse por aquí hoy —dijo él para romper el silencio que se formó—. Para que no te dieras la vuelta por nada, ¿qué tal si comemos un helado o algo? Yo invito.

Sara asintió sonriente, estando de acuerdo. Los dos se sentaron en una mensa que se desocupó una vez hicieron sus pedidos e iniciaron una pequeña conversación la que tuvo lugar, nuevamente, gracias a la curiosidad de Derek.

—Por cierto, ¿vas a la escuela? ¿Estudias algo en particular? ¿Tomas clases privadas? ¿Te gustaría aprender algo en específico?

—Sí, voy al instituto, uno privado. Me gustaría ser veterinaria; me gustan los animales.

—¡Oh sí! ¿Cuál es tu favorito?

—Los felinos en general.

—Entonces tienes mascotas, ¿un gato, quizás?

—No, no. Mi padre es alérgico a ellos. ¿Tú tienes mascota?

—No, nunca he tenido ninguna clase de animales en casa.

—¿Y no te gustaría tratar con alguno después? ¿Tal vez cuando tengas tu propia casa?

—Quizás. Si lo tuviera me gustaría tener algo que no requiera tanto cuidado. Peces o tortugas o aves.

—Ya veo. ¿Y has pensado que estudiar?

—Quiero graduarme de técnico en computación.

Y de aquella manera, continuaron con la conversación que los llevaría a conocerse un poco más.



En cuanto salió de la escuela, Sean se encaminó a la casa del tío de uno de sus compañeros. El hombre iba a mudarse y necesitaba ayuda con algunas cosas pequeñas para meterlas en su auto. Arribó al lugar; era un departamento en el segundo piso. La mudanza todavía no llegaba. Saludando cordialmente al señor y presentándose, inició con su labor de ayuda. Al cabo de media hora o poco después, el camión de la mudanza hizo acto de presencia. Desde su lugar como conductor, Rigo vio que Sean salía del apartamento con una caja en sus manos y lo reconoció, recordándolo.

—Oh, mira quién está aquí —le dijo a Karen a su lado—. El chico ayudador de la otra vez.

Karen, dejando de prestar atención al juego de avioncitos en su celular, clavó sus ojos al frente y visualizó a Sean. Invadida por una emoción desconocida, se aventuró a sacar la mitad del cuerpo por la ventanilla del camión aún en movimiento, sentándose en el borde de ésta, para sacudir su brazo derecho con enérgica vitalidad y gritar contenta:

—¡Hey! ¡Hola! ¡Yuju!

Al observarla, Sean simplemente sonrió extrañado y alzó la mano en señal de saludo. El camión se detuvo por completo y presurosa, Karen se bajó para ir al encuentro del castaño e inquirir por su presencia en aquellos lares. Cuando éste le informó de todo, también dijo que no tendría problemas en ayudarlos con los muebles como la vez pasada. Encantados, los dos se dejaron ayudar y de ese modo terminaron velozmente con la carga, dispuestos a ir ahora a la nueva dirección. Karen iba a amontar nuevamente el tráiler, pero Rigo la detuvo.

—Creo que por hoy es todo para ti.

—¿Qué quieres decir? Me necesitas para descargar.

—Me las arreglaré solo, no es como si fuera la primera vez. Puedes ir y disfrutar del resto de la tarde. Es más, si quieres, hasta puedes invitar al ayudador a algún lado.

—¿Pero qué tal si está ocupado? Es un chico muy diligente.

—No sé, ve y pregúntale. Si te dice que tiene algo qué hacer, pues te vienes conmigo, ¡ya qué!

—Ah, eso significa…

—No, no; tú ve, tú ve.

Rigo casi, casi que la empujó para que alcanzara a Sean que ya se había despedido del ex-dueño del apartamento y caminaba a paso tranquilo, alejándose de allí. Karen lo siguió y lo detuvo.

—Espera un momento. ¿Tienes algo qué hacer en este momento o más al rato?

—La verdad no tengo nada planeado.

—Oh, si no estás ocupado, ¿te parece si damos una vuelta por los alrededores? —preguntó como quien no quiere la cosa.

No viendo problema alguno, Sean aceptó. Karen se viró para mirar a Rigo, quien le alzaba el pulgar en señal de victoria para después subir al tráiler e irse, dejando al par de jóvenes con su paseo. Mientras caminaban, Karen hablaba.

—Me gusta caminar… bueno, en general me gusta ser muy activa, pero sobre todo dar paseos porque a mi perrito Mimo le encanta pasear. Tiene seis meses; es un dálmata. ¿Tienes mascotas?

—Ahora no, pero los tuve. Llegué a tener un perro, un gato, un concejo, un hámster. En la sala teníamos una gran pecera con varios peces de color; en el patio trasero teníamos una jaula con diversos pericos y tenía un par de tortugas, pero debido a mi falta de tiempo para atenderlas se la regalé a mi amigo Víctor.

—¡Wow! Sí que tenías animales. Te gustan mucho, ¿eh? Entonces le agradarás a Mimo. Espero que un día de estos podamos pasear con él.

—Me parece bien.

—Por cierto, ¿has escuchado del nuevo boliche que abrieron en el barrio alto?

—Sí, de hecho ya fui un par de veces.

—¡Ah, qué bien! Yo no he tenido la oportunidad de ir, pero realmente me gustaría intentarlo. Nunca he jugado bolos, pero sé que es divertido —confesó Karen, sonriente.

—Lo es. Tal vez podamos ir los dos en otra ocasión —invitó Sean.

—Genial, me apunto. ¿Y tú has probado subir a los botes del lago?

—No, eso no lo he intentado.

—¿No? Está cerca de aquí, ¿por qué no vamos?

Sean asintió y se dejó guiar por Karen al puertito del lago que disponía tanto de botes con remos, especialmente diseñados para las citas de enamorados, como por lanchas, diseñadas para las familias o cualquiera que deseara pasar un agradable momento y velocidad. Los dos se inclinaron por las lanchas y embarcándose, junto al lanchero, recorrieron el lago completo con más amenas conversaciones y risas. Así, el día concluyó.



A la mañana siguiente, con ansiedad e inquietud porque tenía algo muy importante que decir, Víctor se dirigió al hogar de la familia Duarte y al hallarse frente a la puerta, tocó con prontitud y con golpes desesperados. Ester atendió al llamado.

—¡Qué sorpresa, Víctor! Bueno, no tanto. Últimamente has estado viniendo mucho. ¿Por qué no te quedas, mejor? Podemos compartir cuarto; puedo convencer a mis padres de eso.

—Busco a Derek, ¿puedo pasar a su habitación?

—Oh, sí. Pasa.

Recorrió el camino para llegar a la recámara deseada y si llamar antes, abrió la puerta de golpe, asustando a Derek quien escuchaba música recostado en su cama y lo miraba con sorpresa.

—¿Qué…qué? ¡Me asustaste! —reclamó el pelinegro quitándose un audífono.

Víctor se acercó a él con los nervios casi de punta.

—Es que se me ocurrió una gran idea —exclamó emocionado.

Derek se dispuso a colocarse nuevamente el audífono, indicando que deseaba ignorarlo, pero el rubio se los arrebató con todo y reproductor Mp3.

—No, no, escucha. ¡Es para tener una cita con ellas! Así que márcale a Sara e invítala a salir mañana que yo haré lo mismo con Sol.

Derek se levantó y lo encaró, sumamente desconcertado.

—¿Estás loco?


Capítulo 13

Con preocupación y ansiedad, Derek vio que Víctor sacaba su celular y marcaba números que creía eran los de Sol, pero se dio cuenta de que no cuando el rubio se colocó el móvil en la oreja y hablaba con el que respondió del otro lado de la línea.

—¡Hey, Sean! Vamos, tengo un plan para salir con las chicas, pero necesito que me digas si hay algo en especial que a Karen le guste, un lugar o lo que sea —Silencio—. Oh, perfecto, el boliche. De acuerdo, mira, invitas a Karen a salir mañana en la tarde y por la mañana nosotros nos vemos en casa de Derek…

—¿Por qué siempre en la mía? —se quejó el joven Duarte haciendo que Víctor rodara los ojos.

—Muy bien, nos vemos en tu casa, Sean. Hasta entonces —colgó y se dirigió a Derek—. Lo que quiero hacer es que cada quien, el día de mañana, este cada uno con su chica y en un lugar que ellas disfruten. Por ejemplo, a Sara le gusta mucho la ópera y mañana habrá una presentación; por eso hoy conseguiré entradas para eso. Y me enteré que Sol nunca ha ido a un parque de diversiones y le gustaría ir, por lo que la llevaré a uno.

Derek suspiró y volvió a sentarse en su cama. Era un plan problemático. No es que no quisiera salir con Sara, pero no estaba de acuerdo porque se sentía obligado. ¿No se suponía que una cita real era cuando ambos tenían las mejores intenciones de estar juntos, nacido del corazón? Saliendo de sus pensamientos, escuchó la voz de Víctor, quien había marcado el número de la residencia de Sol.

—¡Tengas gloriosas mañanas hoy y siempre, Sol!... Oh, oh no, lo siento. ¿Puedo hablar con Sol, por favor?... Gracias —Un minuto de silencio—. ¡Hola, Sol! Lo que pasa es que un pajarito me dijo por allí que nunca has ido a un parque de diversiones y da la tremenda casualidad que yo tengo dos boletos para uno. Iba a invitar a mis amigos, pero son sólo dos boletos y no puedo elegir entre alguno de ellos y pensé que ¿por qué no?, invitarte a ti. ¿Qué dices?

Una pausa más en la que Víctor mostraba sus dedos cruzados a Derek, esperando que dijera que sí. Y así fue.

—Muy bien, Sol, nos vemos mañana —Víctor colgó y dejó escapar toda su alegría, alzando los brazos, vencedor—. ¡Sí! ¡Sí! ¡Dijo que sí! Ahora te toca a ti, Derek. Háblale a Sara y dile de la obra.

El pelinegro volvió a suspirar y tomando su propio celular, le marcó a Sara en su casa, cuyo número tenía gracias a Víctor. Pidió hablar con ella cuando respondieron.

—Buenos días, Sara, ¿cómo amaneciste?... Me alegro. El propósito de mi llamada es decirte que mañana conseguiré entradas para la ópera y me preguntaba si te gustaría acompañarme —Silencio—. Es bueno saber que aceptas. Entonces hasta mañana.

Colgó y aún después de que el rubio se retiró, él se quedó intentando mentalizarse para el próximo día, el que llegó más pronto de lo que hubiese querido. Después de almorzar y alistarse, se encaminó a la residencia de su amigo el deportista. Al llegar lo recibieron tan bien como siempre y descubrió que Víctor ya estaba allí, en realidad, había desayunado con la familia Britt. Los tres se dirigieron a la habitación del castaño, la que estaba adornada de estantes con infinidad de premios que había ganado a lo largo de su corta vida, además de diferentes balones o pelotas de fútbol, tenis, básquet, béisbol y más. Las paredes estaban forradas por los pósteres de los reyes de diferentes deportes. Aunque el cuarto estaba muy ordenado, con tanto tiliche parecía un desastre.

—Y aquí están, señores. Los respectivos boletos hacia su felicidad.

Víctor sacó unos sobres de su bolsillo y hasta les mostró el contenido, dejándolos en el escritorio de Sean, luego se dirigió especialmente a Derek.

—Por favor, Derek, por nada del mundo te vayas a dormir. Por más aburrido que esté, no te duermas porque es una falta de respeto.

—Lo intentaré —respondió no muy seguro.

—De acuerdo —Víctor miró su reloj notando que la hora en que habían quedado con ellas estaba llegando—. Bueno, vámonos ya que no hay que hacer esperar a las damas.

Los tres tomaron su sobre y se despidieron de cada uno tomando caminos diferentes y dirigiéndose a prepararse para sus citas y luego asistir a los puntos de encuentro que habían acordado con ellas. Víctor arribó al negocio de los taxis donde Sol ya lo esperaba.

—Lo siento, ¿te hice esperar mucho? —se disculpó él acercándosele.

—Hm… no, acabo de llegar, casi.

Víctor sacó el sobre para ver los billetes de entrada y desagradable sorpresa fue encontrar los de la ópera en el interior. Hizo sonido de sorpresa con su boca combinado con un sentir de tragedia. Miró a Sol con pesar.

—Dime, Sol, ¿no hay algún otro sitio al que te gustaría ir? ¿O alguna actividad especial que quieras hacer? ¿Caminar, patinar, subir a un bote del lago? —le preguntó mientras guardaba los boletos de nuevo.

—Espera, espera —lo detuvo ella y señaló el sobre—. ¿Qué es eso?

—Pases para la ópera, pero no era lo que planeaba. ¿A dónde quieres ir?

—Podemos usar eso. No hay necesidad de gastar. Tampoco he ido a la ópera, puedo intentarlo.

—Bueno, si quieres —aceptó no muy convencido.

Los dos subieron a un taxi que los llevaría al teatro. De camino, los pensamientos de Víctor viajaron hacia sus amigos. ¿Con quién había intercambiado sobres? Esperaba de todo corazón que les fuera bien. Un deseo que no cumplió su cometido en el caso de Derek, quien al llegar a la plaza mientras esperaba a Sara, abrió el dichosos sobrecito para sacar las entradas advirtiendo que eran los pases para el boliche. Los papeles temblaron en su mano. Eso no era bueno, no era nada bueno. Supo que lo era mucho menos cuando vio a Sara llegar usando un vestido; atavío nada apropiado para la situación.

—Hola —lo saludó gentil al llegar a su lado.

—Hola —contestó sin ganas y sombrío—. Hay problemas.

—¿Qué pasa? —Sara se preocupó mucho.

—No, no, son solo las entradas. No son para la ópera, son de boliche.

—Oh, eso. ¿Quieres que vayamos?

—¿Quieres ir?

—No he ido realmente —informó ella.

—Yo tampoco —confesó él.

—Sería algo nuevo para ambos, ¿no? ¿Por qué no probar?

Derek asintió y subiéndose al auto de ella y su chofer los llevó a su nuevo destino. Mientras tanto, Sean caminaba por la acera del parque aquel en el que Karen enseñaba a los niños y donde había quedado con ella. Cuando dio la vuelta en la esquina que daba acceso a la puerta principal del mismo, descubrió que la chica también iba llegando.

—¡Hola! —Saludó Karen alzando su mano derecha con tono alegre y un poco escandaloso—. ¿Listo para hacer un montón de chusas?

—Pues sí, aquí están los boletos.

Sean le alcanzó el sobre y ella lo tomó entusiasta, abriéndolo para verlos. Ladeó la cabeza desconcertada. No eran boletos para hacer chusas, eran para quedarse afónicos.

—O cambiaron la presentación de los boletos o estos son para un parque de diversiones —notificó mostrándoselos al castaño.

—¿Qué? —inquirió extrañado viéndolos y parpadeó varias veces, procurando hallar una hipótesis de lo que pudo haber sucedido. Tal vez los otros cambiaron de planes. Bueno, tendrían que disfrutar al máximo, teniendo en cuanto que también había tiquetes para los diversos juegos—. ¿Te molestaría si vamos hoy a este lugar?

—Claro que no. Lo importante es divertirse.

De esa manera, los dos llamaron a un taxi y se dirigieron al parque de diversiones, dispuestos a pasar un excelente rato. En cuanto pisaron los territorios de los juegos mecánicos, ambos se enfrentaron a la difícil tarea de escoger a cuál de todos subirían primero. Estaba la montaña rusa, el traván, el martillo, la licuadora, el tornado, el bongee, entre otros. Después, esperando que la adrenalina les bajara un poco, se dispusieron comer algo y sentarse en una de las tantas mesas al aire libre bajo la ligera sombra de una sombrilla. Sin desperdiciar ningún valioso segundo, al terminar de degustar sus alimentos, se dirigieron a los puestecitos de juegos varios, tales como el tiro al blanco, el hockey sobre mesa, tirar las botellas de leche, el juego del mazo o mandaría, entre otros.

Indudablemente el tiempo que pasaron juntos fue sumamente entretenido y divertido, un contraste completo con lo que pasaba con Víctor y Sol. La ópera había empezado hacía una hora después de hacer una larga fila en la que estuvieron por veinticinco minutos, enseguida de esperar otros tantos ya después de sentados para que la actuación iniciara. Lo peor de todo, según Víctor, era que la presentación mataba de aburrimiento y prueba de ello su compañera, quien cabeceaba a punto de dejarse abrazar por Morfeo. El colmo era que le había advertido a Derek que no se durmiera. Él al menos estaba acostumbrado porque cuando lo castigaban de pequeño lo llevaban a ese sitio… por lo menos él lo veía como castigo.

—Sol —le susurró disimuladamente cubriendo un costado de su boca para sofocar el ruido, tratando de llamar su atención sin perturbar a los demás que, como aristócratas delicados, se molestarían por el más mínimo ruido—. Sol, Sol.

La bella durmiente siguió en sus sueños y él se vio tentado a darle un codazo para revivirla. Notó el que hombre sentado del otro lado de ella giró su cabeza para mirarla y cómo una mueca de desagrado y desilusión surcaba sus facciones. Víctor se hundió en su asiento, por un momento deseando desaparecer ante la vergüenza. Un receso se presentó para preparar a todo para la segunda parte del espectáculo y aprovechar para hablar de lo maravillosa que había sido la primera parte. Conversación que no surgió entre nuestros personajes.

—De verdad lo siento muchísimo, Víctor —se disculpó Sol con él, avergonzada hasta la médula ósea porque en serio se había dormido—. Es que se me hizo muy aburrida. No tengo perdón.

—Nah, no te preocupes, a mí también se me hacen aburridas y si no estás acostumbradas a ellas, puedes dormirte.

—Espero no quedarme dormida en la siguiente…

—No, no, no —la interrumpió suplicando y pensando en que no era lo que ella quería—. Si quieres, aquí lo dejamos y vamos a otro lugar.

Mayormente abochornada, supo que era lo mejor, por lo que los dos dejaron el teatro.

—Creo que es mejor que vaya a casa —le dijo ella sintiéndose aún culpable—. Fue un lindo detalle que me invitaras, pero creo para la próxima sería mejor que invitaras a esa chica especial.

“Acabo de hacerlo”, pensó el rubio con ironía.

—Seguro le encantará —siguió diciendo ella con una sonrisa soñadora—. A mí me gustaría que el chico que me gusta me invitara.

Ante sus palabras, Víctor se hizo de piedra y casi pudo sentir que se hacía pedazos. A Sol le gustaba alguien y no era precisamente él. ¿Quién? 


Capítulo 14

Derek y Sara arribaron a los bolos dirigiéndose al recepcionista y entregándole los boletos, pidiendo orientación de cómo jugar porque ninguno de los dos sabía. Antes que anda, el hombre les entregó un par de zapatos adecuados a cada uno, sacándole a ambos un gesto de desconfianza. ¿Cuántos pies no habían entrado allí ya? Pero sin poder hacer nada, los tomaron y se los pusieron. Luego siguieron al sujeto a las pistas conocidas como boleras en donde estaban, al final, los respectivos bolos que habría que derribar; a ellos les tocó la catorce.

Según les explicó las reglas, debían lanzar la bola, que era pequeña y sin hoyos al tratarse de amateurs, y hacer todo lo posible por derribar los bolos. Los canales ubicados a un lado de las boleras eran obstruidos por plástico, así que les daban ventaja de que la bola no se fuera por ellos, facilitándoles la tarea. En cada bolera había una televisión con un control, en la que se incrustaban el nombre de cada jugador y dependiendo de los puntos que hiciera, se les sumaría en las tiradas, con una oportunidad de tres lanzamientos cada una, excepto cuando se hiciera chusa. Derek y Sara debían mantener actualizadas sus puntuaciones.

Con esas explicaciones, el hombre se fue, asegurándoles que si necesitaban ayuda, no dudaran en pedírsela. El ruido del habla de la gente, su gritería al realizar buenas jugadas, su llanto al hacer malas; el desliz de la bola sobre la madera junto con los claros pasos sobre la misma y el sonido de los bolos al ser derribados, se alzaba ensordecedor para nuestros jóvenes amantes de la tranquilidad, ocasionándoles dolor de cabeza.

—Hm, ¿quieres empezar? —le preguntó Sara a Derek después de unos minutos de estar parados sin hacer nada.

El pelinegro asintió agarrando una de las muchas bolas que estaban a un lado de las máquinas llamadas el retorno, encargadas de devolver la bola a la zona de acercamiento después de cada lanzamiento. Se preparó para arrojarla y lo hizo, con un resultado de un bolo derribado. Mientras tanto, Sara se mantenía sentada observándolo no sabiendo si aplaudirle o no. Derek se volvió a mirarla con angustia, pensando qué hacer; quería decir, ¿qué tenía de divertido lanzar una esfera y tirar bolos? Se le acercó.

—¿Quieres intentarlo? —le preguntó.

—Pero el hombre no dijo que si no los tirábamos todos, teníamos la oportunidad de tres lanzamientos. Te faltan dos.

Derek regresó a la línea de lanzamiento y tomó una bola en cada mano, arrojándolas casi, casi que al mismo tiempo; una enseguida de la otra y cuando desparecieron junto con un total de ocho más derribados, volvió a mirar a Sara.

—Listo, puedes intentarlo.

Apretó el botón para que la barredora recogiera todos los pinos y los mandara a la fosa, para que después la mesa de pinos colocara otros diez. Sara se levantó y se dispuso también a tomar una esfera y tirarla; lo hizo sin la fuerza necesaria porque a mitad de recorrido, ésta se detuvo por completo. Giró sobre su eje y miró a su acompañante con una clara expresión de “¿y ahora qué?”. Derek se le aproximó.

—No te preocupes —intentó tranquilizarla—. Yo me encargo.

Tomó otro par de bolas y comenzó a lanzarlas esperando que golpearan a la detenida y la obligaran a moverse; siendo los intentos nefastos cuando la perfección de la puntería del pelinegro hacían que pasaran de largo o que cuando la golpeaban, sólo la movían poquito a los lados, estancando a las demás. En la bolera siguiente, había un grupito universitario de cinco jóvenes que comenzaron a mirar con irritación las manobras de Derek. ¡Qué falta de respeto al boliche era esa! Uno de ellos llamó la atención de él, arrimándosele.

—Oye, oye —lo detuvo de lanzar a lo imbécil con voz molesta—. ¿Qué te crees que haces?

—Sí, ¿qué te crees que haces? —se acercó otro—. ¿Quieres dejar de jugar?... Vale, vale, que estamos aquí para jugar, pero no así. Respeta, niño, respeta.

Derek se sintió atacado y avergonzado, invadiéndolo un temor enorme al ver que cada uno de ellos tenía en su mano una bola, y casi sintió se la arrojarían en cualquier momento. Los jóvenes siguieron reprendiendo y seguro habrían continuado de no ser porque Sara intervino, disculpándose.

—Lo lamentamos mucho, pero es nuestra primera vez jugando y la verdad no sabemos qué estamos haciendo. Fue mi error que la bola se detuviera allí y, ¿qué hacemos?

—Oh, muy fácil —se metió un tercero—. Sólo vas, la recoges y la vuelves a lanzar; así de sencillo.

Al ver que los menores se avergonzaron más todavía, el primero ofreció, sonriente.

—Pero bueno, si es su primera vez, aquí nosotros podemos enseñarles, ¿les parece?

Derek y Sara se miraron antes de decidir aceptar. Después de enseñanzas básicas, decidieron reiniciar la partida y dado que sólo se podían poner en la pantalla seis nombres, Derek quedó fuera por voluntad propia y así, los cinco chicos y Sara se la pasaron jugando. En su asiento como espectador, el chico se sintió feliz por ella, porque la estaba viendo gozar sin la molesta incomodidad de al principio, lo que agradecía de corazón. De esa forma, terminaron las tiradas correspondientes y con ellas, el plazo de los boletos. Los jóvenes se despidieron encantados de Sara, esperándola una próxima vez, y de Derek al ser su acompañante. La pareja salió del local.

—Fue realmente divertido —comentó Sara, con una sonrisa. No obstante, a pesar de su alegría, él pudo notar en los ojos de ella un vacío; como si el día no hubiese estado completo.

—Veo que en un grupo más grande es más divertido. Tal vez la siguiente ocasión podamos invitar también a Víctor y a otro amigo.

—Eso sería genial.

Esta vez, Derek pudo observar que su rostro realmente irradiaba felicidad y supo que fue debido al nombre de su rubio amigo y el pelinegro supo que él nunca podría hacerla completamente feliz; y fue extraño entenderlo porque lo molestó un poco. Sin mayor problema, los dos subieron al auto de ella y su chofer llevó a Derek a su morada, para después llevar a Sara a la suya, terminado su cita.

A la mañana siguiente, a la hora del almuerzo, el pelinegro se dirigió al árbol virolo. Había recibido un mensaje de sus dos amigos, citándose allí; seguramente para comentar cómo les fue. Al llegar, se encontró con escenarios completamente diferentes en ambos. Mientras Sean irradiaba felicidad que consiguió alcanzarlo, contagiándolo, Víctor lucía desanimado y casi pudo ver la nube de tristeza sobre él, en tanto se apoyaba en el tronco del árbol. El rubio posó su atención en Derek y acercándosele peligrosamente, lo sujetó fuertemente por los hombros y preguntó, exasperado.

—¿Quién es el tipo que le gusta a Sol?

—Ya te dije que Sol y yo nos reunimos para estudiar, no para socializar —le aclaró por centésima vez con tranquilidad, luego su expresión cambió a una de estupefacción—. ¿Qué? ¿Cómo que a Sol le gusta alguien?

—Sí, lo mencionó en mi cita de ayer —le informó Víctor enfatizando la palabra “mi”—. Bueno, olvidando mis penas, ¿cómo les fue a ustedes, picarones?

—Me fue bien —contestó Sean sonriente.

—Perfecto, Derek, ¿cómo te fue a ti?

—Ah…Sara se divirtió mucho —respondió, dudoso.

—¿Eso es todo? —inquirió Víctor después de un silencio en el que esperó que Derek continuara—. Sara se divirtió, ¿y? ¿Pudieron conocerse más o algo?

—Yo lo dudo. Es que, a pesar de que se divirtió, algo le hizo falta, Víctor —aquí lo miró insistentemente.

—Pues claro que algo le hizo falta. ¡Más de ti! Vuelve a invitarla a salir; debe conocer más chicos.

Y Derek estuvo totalmente de acuerdo con esas palabras. Sara debía conocer a jóvenes que la valoraran, no Víctor, que era ciego. Y cuando Víctor le dio la tarea de investigar quién era el chico que le gustaba a Sol, se preguntó por millonésima vez por qué seguía siendo su amigo si era un pesado. Sin más, el receso terminó y regresaron a clases. Al finalizar los cursos, el rubio se encaminó al centro con paso casual y tranquilo. Estaba pasando por Las Fuentes sin decidir entrar a comparar algo, pero en una de las mesas logró distinguir a Sol, solita y ansiosa de compañía, por lo que se adentró al local y la saludó.

—Hola, Sol, ¿qué haces? —Se sentó a su lado sin importarle interrumpirla.

—Estudio para los exámenes de admisión de la universidad —respondió ella sin levantar la vista de los apuntes.

—Oh, sí, la universidad. He oído que irás a la misma que yo. Qué coincidencia, ¿verdad?

—Supongo —dijo la chica sin más, continuando con su escritura.

—Eh… —Víctor pensó qué más hablar al verse completamente ignorando; parecía que no estaba tan de buenas—. ¿Y ordenaste algo?

—No.

—Oh, yo tampoco.

Y quedaron en un silencio que al chico le resultó muy incómodo y seguramente habrían de continuar así ya que, conversando o no, él no iba a desistir de estar a su lado, de no ser porque alguien se les acercó, llamando a la muchacha.

—Hey, Sol, ¡qué sorpresa!

La voz conocida para ella, fue lo suficiente para desviar si interés de los estudios y dirigirla al recién llegado, notando a un joven alto, cuatro años mayor que ella, de cabello castaño y rizado, semi-largo, de gentiles ojos cafés y que le sonreía amigablemente.

—¡Aldo! —Lo nombró ella levantándose de su asiento velozmente, con un súbito sonrojo en sus mejillas en tanto los nervios la consumían—. ¡Qué sorpresa! Hace rato que no pasas por la casa.

Desde su lugar, con sorpresa y desconfianza, Víctor observaba la escena en silencio, gustándole nada la turbación de Sol ante la presencia de ese sujeto.

—Sí bueno —dijo el llamado Aldo encogiéndose de hombros—. He estado ocupado y quedé hoy con Ismael de vernos aquí. ¿No lo has visto rondando?

—No, lo siento —se disculpó ella, avergonzada—. Mi hermano siempre es impuntual a la hora de las citas.

—Ah, ahora entiendo por qué no tiene novia —comentó Aldo con una sonrisa divertida; en eso, sonó su teléfono y lo sacó de su bolsillo para ver el número—. Hablando del rey de Roma —Contestó y después de un par de monosílabos, colgó—. Cambió el lugar de la cita; es en tu casa. Bueno, me voy.

—Espera, espera —Sol se apresuró a guardar sus cosas aunque no había terminado—. Yo también voy para allá, vamos juntos.

Aldo asintió y los dos se perdieron de la vista disgustada del olímpicamente ignorado Víctor, quien después de inhalar hondamente y soltar el aire con parsimonia, se dijo:

—Peligro. Aldo es peligroso.

Y siendo evidente quién era la persona que le gustaba a Sol, se aseveró que no se la ganaría.



Capítulo 15

Derek y Sean se habían quedado en el gimnasio del instituto. Sean practicaba en el saco de arena, ya que dentro de poco tendría una última confrontación con otro de sus compañeros de boxeo para ver quién participaría en las inter-escolares de verano, las que serían las últimas para los de tercero, por lo que debía entrenarse duro. Mientras tanto, Derek le hacía compañía o ambos se hacían compañía. La realidad era que el pelinegro quería desahogarse y nadie mejor para eso que el deportista; era atento a pesar de estar entrenando, sabía escuchar sin criticar y regañar y lo más importante, le infundía seguridad y confianza, pues era discreto. Con Víctor no podía tomarse esas libertades.

—Es en serio, Sean, Víctor es tonto. No es por hablar mal de él, es mi amigo y lo quiero, pero a veces no se mide y no lo comprendo. ¿Por qué no quiere darle una oportunidad a Sara? Quiero decir, ella es una buena persona; es amable, sonriente y tiene sentido del humor. Su único problema es que no deja de hablar de Víctor y cuando lo hace, se le nota a leguas de distancia que piensa en él.

—Pues parece que sí lo quiere, ¿no? —dijo el castaño deteniéndose un momento de golpear el saco.

—Sí —respondió sin muchas ganas.

—¿Y a ti te gusta ella? —inquirió directo y al grano, retomando su actividad.

Derek no contestó de inmediato; era una cuestión complicada. Era fácil y agradable estar con ella y le molestaba que Víctor no la mirara como la persona que se interesaba sinceramente por él, pero de eso a sentir maripositas en el estómago; no. Le gustaba como persona, pero no podía decir que estuviera enamorado.

—No de esa clase de gustar, gustar, pero sí.

—¿Y cómo te fue ayer? Supe que intercambiamos boletos y eso. También me enteré que a ti te tocó ir a los bolos; aunque gracias a eso me divertí mucho en el parque.

—Hubieras visto, Sean —Derek recordó la noche pasada, sonriendo con gracia—. Sara llevaba un vestido de noche muy elegante. Imagínatela allí, lanzando bolas con los zapatos característicos del boliche. Se veía bien, se veía linda. Aunque los dos no sabíamos cómo jugar y por un momento nos quedamos muy atorados hasta que vinieron unos tipos… amigables y la divirtieron a ella; yo quedé como espectador, pero la pasé bien porque ella lo hizo. Es esa clase de personas en las que si es feliz, tú lo eres.

—Me hubieras llamado para ayudarte con tus problemas de atascamiento; conozco el juego.

—No, ¿cómo crees? Tú estabas pasándotela genial con Karen. No iba a interrumpirlos.

—Hubiéramos estado los cuatro. En esa clase de juegos, entre más personas, mejor. Además, originalmente Karen y yo íbamos a ir allí. De hecho, si podemos ir los seis será más divertido.

—No creo que el que los seis estemos juntos sea buena idea en este momento.

Y entre más conversación de diferentes temas, pasó el tiempo y luego el día.


Al siguiente, después de la escuela y de hacer los deberes correspondientes, ya por la tarde, Víctor, aburrido de no hallar nada bueno que hacer en internet porque se había leído todas las actualizaciones de las historias románticas que seguía y la televisión estaba absolutamente obsoleta para él, decidió ir a molestar a su hermanito Alan, picándole la rodilla, picándole el hombro; en fin, picándole todo lugar que fuera picable, en tanto el niño estaba pacíficamente sentado en la sala, jugando videojuegos.

—¡Mamá! —Gritó al fin el chiquillo, harto de su hermano mayor—. Víctor está molestándome de nuevo.

—Deja de fastidiar a Alan, Víctor —pidió su madre.

—Es que no tengo nada que hacer —se quejó, aburrido.

—Sal con tus amigos.

—Están ocupados, seguramente.

—Oh, hijo, no tienes vida.

El rubio optó por ir a dar un paseo a pie, pensando que su madre tenía razón; en definitiva, necesitaba una compañera. Anduvo por las calles del vecindario contiguo al de Derek, de pronto pensando que podía ir a hacerle una visita sorpresa, sin embargo, su idea se esfumó cuando distinguió la figura de Sol, que cruzaba la calle paralela a la suya, caminando con calma. Sonrió feliz y se le acercó para colocarse a su lado.

—Hola, Sol —saludó, enérgico.

—Ah, Víctor, últimamente nos hemos encontrado mucho, ¿no te parece?

—Sí, es que nosotros y las coincidencias, ya sabes, están escritas por una misma pluma —Sol lo miró con recelo y él cambió el tema—. No, era sólo una broma. ¿A dónde vas?

—A mi casa.

—¿Puedo acompañarte? Yo voy a pasar por allí de todos modos.

—Si quieres, no tengo problema.

Anduvieron conversando gracias a los intentos de Víctor, sólo que esta vez resultaron más favorables que el día anterior y el rubio comprendió que cuando Sol estudiaba, mejor era ni acercársele. En esas estaban, obviamente entre risas por parte de ella dadas las ocurrencias de Víctor, hasta que de una tienda de electrónicos, salió una persona conocida para ambos, aunque para Víctor resultaba extrañamente insoportable y para Sol lo contrario.

—¡Aldo! —lo llamó ella con una sonrisa radiante, aproximándosele a paso veloz, ignorando de nuevo al rubio, quien no iba a permitir que el otro ganara terreno, por lo que la siguió.

—¿Qué tal, Sol? —Fue el saludo del joven y miró a su acompañante—. ¿Amigo tuyo?

—Es amigo del chico al que le ayudo con las clases.

—Sí, sí, me llamo Víctor Montenegro —Se metió alzando la barbilla, orgulloso, preguntándose por qué siempre parecía que todos los demás chicos eran más altos que él. ¡Hasta su padre era más alto!

—Eso no importa —dijo Sol centrándose en Aldo—. ¿Qué haces aquí? ¿Vienes de casa o vas a ver a Ismael apenas?

—Iba a verlo ahora para llevarle unas cosas. Sabes cómo es él; le han dado ganas de hacer una computadora y me ha parecido interesante la idea, así que lo ayudaré.

—¡Ja! —Se burló Víctor—. Es mejor comprar una; seguramente será más eficiente.

—En realidad —arguyó Aldo—, es más eficiente una computadora hecha por uno, si sabes cómo hacerla, claro.

—Por supuesto —fingió entusiasmo el adinerado—, habla el experto; el nuevo Steve Jobs.

—¿Cuál es tu problema, niño? —preguntó ya irritado, pues ni siquiera lo conocía y ya se burlaba de él.

—Oíste, Sol —dijo Montenegro, ofendido—. Me ha llamado niño. Eres un ofensor, una mala compañía. No te juntes con él, Sol.

—Pero si estás actuando como un niño, ¡inmaduro! ¿Qué estás haciendo aquí? —concordó ella y Víctor se sintió todavía más ofendido. Miró a Aldo con enfado.

—¿Ves lo que has hecho? La has puesto en mi contra —Luego miró a Sol—. Estoy haciéndote compañía. Estábamos caminando juntos, los dos, solos.

—Entonces será mejor irme —dijo Aldo tornándose incómodo—. No quería interrumpir su cita.

—¡No es una cita! —Se apresuró a corregir la joven y apuntó a Víctor—. Jamás saldría con un tipo como él.

—¿Ah, no? —El rubio la miró incrédulo—. ¿Y la cita que tuvimos el domingo?

—Esa no fue una cita —se defendió de nuevo, roja hasta la médula ósea por el bochorno de la vivencia y porque Aldo estaba presente y podría confundir las cosas—. No quiero que confundas lo que pasó el domingo, que no fue una cita.

—Yo tengo que irme —dijo Aldo ya viendo la tensión a tope—. Dile a tu hermano que… vaya a mi casa.

Y deseando salir de ese ambiente, corrió alejándose del par de jóvenes, haciendo que Víctor sonriera triunfante y que Sol sintiera tristeza por el malentendido, aunque ese sentimiento fue desplazado por la ira; miró al chico con disgusto y el ceño fruncido.

—Eres tal y como pensé que eras. Un problemático. No quiero que vuelvas a hablarme, no quiero que te acerques a mí —Y comenzó a caminar.

—Espera, Sol, yo… —Él intentó seguirla, pero se detuvo cuando ella lo encaró nuevamente.

—¡Tú nada! No te me acerques, déjame en paz. No quiero hablar contigo, ni quiero verte. Así que no me sigas.

Y retomó su andar, pero esta vez al trote, dejando plantado en su lugar al rubio, cabizbajo, sintiendo cosas que jamás había experimentado y que parecía algo así como culpabilidad. ¿Por qué le daba la sensación de que la había regado? Desanimado, dirigió sus pasos a la casa de los Duarte; necesitaba hablar con alguien. Llegó, tocó, Ester abrió y después de las típicas preguntas acosadoras, caminó al cuarto de Derek y ya instalado, habló:

—Creo que he hecho algo mal. Algo que será muy difícil componer.

—¿Qué hiciste? ¿Qué pasó?

—¿No me estás escuchando? Hice algo malo.

—Bueno sí, pero no me has dicho nada concreto.

Derek lo percibió distraído, muy preocupado, y pensativo de una manera que nunca había visto en él.

—Te ves diferente, Víctor, ¿qué sucedió? —La inquietud también lo invadió.

—Me siento diferente —Pasaron unos minutos de silencio antes de que prosiguiera—. Voy a hablarle a Sara para tener una cita.

Derek se echó para atrás, demasiado atónito, abriendo los ojos y lanzando una exclamación de impacto. ¿Le daría una oportunidad? No sabía exactamente qué había sucedido; si fue algo para bien o para mal, pero parecía ser que era para bien. Y sin embargo, una incertidumbre lo envolvió; una parte de él estaba feliz, pero por otro lado no tanto, y no estaba seguro de por qué. Víctor marcó el número de la joven Sanz; ella contestó inmediatamente al ver que se trataba del rubio.

—Sara, ¿estás disponible ahora? —Se saltó todos los saludos y formalidades.

—¿Disponible? —preguntó ansiosa—. Sí, Víctor, ¿por qué?

—Te parecería que, si quieres, podamos tener una cita dentro de una hora.

—¡Claro que sí, Víctor! Me encantaría.

El chico tuvo que despegarse el aparato ante su eufórica afirmación e incluso Derek pudo escucharla con claridad, haciendo que algo dentro de él saltara y no necesariamente de emoción, sino de mortificación.

—Nos vemos en el centro de la plaza. Adiós —Y colgó mirando a Derek—. Alístate.

—¿Para qué? —frunció el ceño, confundido.

—Porque quien irá a la cita, serás tú, no yo. Aprovecha y consuélala.

Una cólera que nunca creyó sentir hacia él, brotó desde el interior de Derek y procurando controlarse, con el rostro rojo, crispando los puños y temblando, preguntó entre dientes y voz sofocada por la ira:

—¿Estás escuchándote?

—Esta mañana recibí un mensaje de parte de Sara invitándome a los bolos —comenzó a explicar Montenegro, sereno—. Eso quiere decir que no se divirtió contigo y que todo el tiempo pensó en mí. Yo quiero que ella sienta decepción de mí y que tú estés a su lado y la consueles; por eso irás tú a la cita diciéndole que tuve cosas más importantes que atender.

Y Derek no puedo más, siendo el detonante el hecho de que Víctor estuviera consciente de los sentimientos de Sara hacia su persona y aun así actuara como lo hacía. Por ello, se le dejó ir con un puñetazo en el rostro, tomándolo desprevenido, por lo que lo tumbó al suelo; pero sin darle chance de nada, el pelinegro lo sujetó por la solapa del cuello de la camiseta y lo obligó a levantarse, acorralándolo entre él y la puerta, golpeando su espalda duramente. Los ojos de Derek ardían en furia.

—Ni se te ocurra dejarla plantada porque tú la invitaste y tú vas a tener esa cita.

—¡Yo no voy a ir! —declaró Víctor con firmeza y aparentemente sin amedrentarse—. Y no sé cómo le vas a hacer, pero tienes menos de una hora para decidirlo.

E intentó zafarse procurando no demostrar su miedo a ser golpeado de nuevo, sin embargo, no logró liberarse; y eso que Derek no era tan fuerte.

—¿Me puedes soltar ya? —Lo hizo, pero le advirtió otra vez:

—Vas a ir con Sara y personalmente vas a cancelar, como debe ser.

—No voy a cancelar. Piénsalo, Derek.

Y antes de que volviera a ser agredido, salió de la recámara como alma que se lleva el diablo, luego se fue de la casa, dejando a Derek con tanta fatiga, que hasta tuvo que recostarse en la cama, llevándose las manos al estómago por el repentino dolor que se le presentó; toda esa situación iba a sacarle úlceras. Después de un rato de estar así, agarró el celular y vio que faltaba media hora para la cita. Se llevó una mano a la cabeza, revolviéndose los cabellos; se levantó de la cama y salió de su habitación.



Capítulo 16

Sara arribó al lugar acordado diez minutos antes para esperar a que Víctor llegara. Estaba muy emocionada; era la primera vez que tenían una cita decente, aunque le resultaba extraño que de la nada decidiera invitarla. A lo mejor quería ir a los bolos, de allí que en esa ocasión se vistiera con un pantalón deportivo y una camisa cómoda. Aguardó a que se hiciera el tiempo, sin saber, que metros alejado de ella, escondido detrás de los tantos árboles que adornaban la plaza, Derek la miraba, preocupado, diciéndose:

—Ay, Víctor, que si no apareces… —Negó con la cabeza—. Ni se te ocurra de verdad dejarla plantada.

Vio el reloj notando que los minutos transcurrían y la hora estaba próxima, inquietándose más, en tanto pensaba qué hacer. Sumido en sus pensamientos estaba, que resultó ajeno a que, en el otro extremo y también escondido, Víctor vigilaba a Sara con un mohín ansioso.

—Ay, Derek, que si no apareces… Es tu oportunidad, aprovéchala, aprovéchala —Miró la hora—. No vas a dejarla plantada en serio, ¿verdad?

Y así se mantuvieron los minutos siguientes, checando segundo a segundo el reloj y mirando a Sara, quien también veía constantemente el tiempo. Cuando llegó la hora y al ver que Derek no aparecía, Víctor se vio sin otra opción que la de salir de su escondite e ir a la cita que él mismo había pedido; de cualquiera manera, no pensaba dejarla botada allí. No obstante, después de dar unos pasos, regresó a su escondite al distinguir que su pelinegro amigo se aproximaba a Sara.

—Hola, Sara —saludó Derek entre avergonzado y molesto porque Víctor en verdad planeaba dejarla allí.

—Hola, Derek —Sara mostró una sonrisa opaca que le hizo saber que sospechaba que algo no andaba bien.

—Lamentablemente, Víctor no podrá venir y venía a decírtelo, lo siento.

—No te preocupes; es un chico ocupado, lo entiendo —comentó después de suspirar, desanimada—. Gracias por tomarte la molestia de venir hasta acá y decírmelo. Yo me retiro.

Víctor, quien sigilosamente se había acercado lo suficiente para escucharlos, pensó:

“Derek, no la dejes ir, no la dejes ir”.

—Espera —la detuvo Duarte—. ¿Has comido ya? Porque si no, podríamos ir a algún lado ya que estamos aquí. Yo no lo he hecho todavía.

Sara pareció pensarlo un momento antes de aceptar, pues ella tampoco se había alimentado y porque no sentía desconfianza hacia él; ya lo conocía un poco mejor y era una buena persona. De esa forma, los dos decidieron ir a un lugar que ella recomendó, así que caminaron, sin enterarse que Víctor les seguía el paso para vigilar que Derek no hiciera una tontería, estando tan concentrado en su espionaje, que no notó que Sean pasaba por allí, deteniéndose cuando los reconoció a los tres y como el rubio le quedaba más cerca, se le acercó.

—¿Qué pasa, Víctor?

La repentina pregunta lo sobresaltó y mirando al castaño con pánico, lo chichó.

—Shhh, baja la voz. Estoy siguiendo a Derek.

—¿Y por qué lo sigues?

—Está con Sara.

—¿Y por qué lo sigues?

—Porque está teniendo una cita.

—Eso es de mala educación, Víctor, por si no lo sabías. ¿Por qué no los dejas tranquilos?

—Solamente voy a vigilar que Derek no haga nada mal y cuando la situación esté estable, me voy, lo prometo.

Y continuó siguiéndolos, solo que esta vez en compañía de Sean que había decidido quedarse gracias a una extraña fuerza conocida como curiosidad. Llegaron al lugar y Derek se sorprendió porque se trataba de un restaurante de buena calidad, lo que lo hacía más caro que los restaurantes típicos y familiares a los que estaba acostumbrado; este parecía más para personas de negocios. Con todo y sus fachas, pidieron su mesa y se sentaron. Víctor y Sean también ingresaron y se sentaron a varias mesas detrás de ellos.

—Lamento mucho lo que pasó con Víctor —se disculpó una vez más Derek—. No te hubiera invitado a no ser que estuviera cien por ciento de que no iba a hacer nada.

—No es su culpa. Derek. Sé que Víctor es impulsivo y muchas veces hace las cosas de un instante a otro sin analizarlo demasiado. Seguramente cuando me llamó fue de uno de esos impulsos y ya después se dio cuenta que no iba a poder. Él es una buena persona y su personalidad se moldea fácilmente con la de los demás, haciéndolo agradable. Lo sé porque en las reuniones de los accionistas que hacen de vez en cuando, él se desenvuelve bien, siendo él mismo y le tienen mucha estima; a pesar de que me había dicho que no le gustaba tanto ese ambiente. Él prefiere la informalidad…

Sara siguió extendiéndose en el tema de Víctor Montenegro y Derek entendió una cosa; con ella no se podía hablar mal de su amigo porque se ponía a la defensiva inmediatamente y hasta le daba la sensación de que ella se ofendía. La expresión de la joven no denotaba que consideraba al rubio el chico perfecto, sino que, a pesar de estar consciente de sus defectos, ya que también contaba de algunas travesuras de él, se esforzaba por enfocarse en sus virtudes. La comida les había llegado momentos antes y entre anécdotas que platicaba Sara, comieron sin prisas.

Mientras tanto, Víctor los observaba asintiendo con aceptación; parecía que las cosas iban bien. Dado que tenía que girarse para verlos, se sentó recto y descubrió que Sean, sentando frente a él, degustaba un flan salido de una mesita con ruedas que tenía muchos más flanes y que habían colocado a un lado de su mesa. Se le quedó viendo con desaprobación al notar que la llevaba varios terminados.

—¿Qué estás haciendo? —Sean le señaló el alimento.

—Es el mejor flan que he probado en mi vida. Mira, prueba —Le ofreció un poco y Víctor aceptó.

—Es verdad, ¡está buenísimo!

Y enfrascándose en el delicioso postre, ninguno de los dos se fijó que Derek se había levantado para ir al baño y que al terminar y salir, fugazmente recorrió la estancia, localizándolos, enfocando su visión principalmente en el adinerado, frunciendo el ceño con irritación. ¿Cómo se atrevía a presentarse allí? Se dirigió a ellos con sigilo esperando que Sara no los viera, pero como les daba la espalda, no hubo tanto problema.

—Víctor —masculló el nombre sentándose a un lado de él—, ¿qué haces aquí?

—Hola, Derek —Se sorprendió demasiado de que lo hallaran in fraganti, pero respondió a la pregunta con humor—. Nada, aquí, teniendo una cita con Sean, me lo encontré en el camino.

Derek se llevó las manos pasándolas por el cabello, incapaz de entenderlo y negó con la cabeza.

—Quiero que se vayan de aquí —ordenó apuntando la puerta con el dedo—. En especial tú, Víctor. No quiero que Sara te vea.

—Estás celoso, ¿verdad? Celoso, celoso.

—Yo le dije que era de mala educación, pero no me hizo caso —intervino Sean ganándose una mirada punzante por parte del rubio.

—Sólo me lo dijiste una vez y ahora estás muy tranquilo comiendo flan, ¿no?

—Ya te lo advertí, Víctor —sentenció Derek levantándose para regresar con Sara. Sean también se levantó.

—Tengo cosas que hacer; gracias por los flanes, Víctor.

Y sin permitirle protestar, salió corriendo. Sin remedio alguno, Víctor iba a retirarse, por lo que pidió la cuenta de los flanes y cuando le llegó, fueron dos.

—Disculpe, disculpe —le habló al mesero antes de que se retirara y señaló el papel que cobraba más y que no reconocía—. ¿Podría decirme de qué es esta cuenta?

—De los chicos que estaban en la mesa 16. El joven dijo que usted pagaría.

El mesero se retiró y Víctor abrió la boca, impactado, en tanto se giraba sobre el asiento y veía que ya estaban limpiando la mesa donde su amigo y Sara habían comido.

—Derek —nombró con resentimiento apretando el papel.

No teniendo más opción, pagó ambas cuentas y retornó su camino a casa y después de que el manto nocturno se adueñara del cielo, llegó la mañana siguiente. Víctor se levantó para ir a la escuela, se alistó y como tenía costumbre antes de salir, se sentó frente al computador y se conectó al foro en el que era usuario para ver las actualizaciones de las historias que seguía. Habían subido el último capítulo de una de sus historias favoritas, hecha por el usuario Bore-kun, a quien admiraba mucho porque todas sus historias eran románticas, lindas y color de rosa. Leyó.

—¡¿Qué?! —Gritó al leer el fin—. ¡No! Yo quería que Tare y Mina se quedaran juntos; sufrieron mucho, se merecían mutuamente. Este no es un final lindo.

Vio la lista de los usuarios que seguían conectados y notó que Bore lo estaba, por lo que entró a su perfil y le escribió a manera de exigencia que debió hacer otro final. Entre discusiones, pláticas y risas, el tiempo voló y se le hizo tarde para ir a la escuela, por lo que decidió faltar; sin embargo, se enteró de algo emocionantemente interesante. Bore vivía en la ciudad anexa, así que hicieron planes para verse, conocerse y aprovechando que Víctor no fue a la escuela y que el otro no iba porque trabajaba por la tarde, se citaron ese día. De esa forma, se montó a su auto y le dijo al chofer que lo llevara a la dirección indicada y después de una hora de camino, arribaron a la ciudad y se dirigieron a la biblioteca. El rubio bajó del automóvil pidiéndole al chofer que no se preocupara por él y que se fuera; ya regresaría a casa por su cuenta.

Mientras esperaba sentado en una de las tantas mesas, decidió releer algunas de las obras de Bore por medio del celular. Al rato, uno más largo del que el rubio creyó que esperaría, aunque igual no notó al estar entretenido leyendo, el esperado llegó; se saludaron, se presentaron oficialmente, charlaron de varios temas, gustos y demás, pasando un buen tiempo, para finalmente despedirse. Víctor salió de la biblioteca y se encaminó a la central de autobuses, y varias cuadras antes de llegar, se buscó la cartera para tener el dinero del boleto preparado; no obstante, con pesar descubrió que no la llevaba encima. Por las carreras se le había olvidado, así que no había de otra que llamar a su chofer y cuando estaba buscando el número, ¡zaz!, el pantallazo negro; la pila se había agotado. ¿Y ahora qué iba a hacer? ¿Mendigar? Claro que no, tenía dignidad.

Esperando que de alguna manera le llegara la inspiración para sacarlo de su problema, vagó por las calles aledañas a la central, meditando posibilidades. En eso, vio un tráiler que le resultó familiar. Lo miró y el nombre de la compañía pintado en el mismo ciertamente le parecía conocido y cuando vio a la joven que salía del otro lado del camión, la reconoció enseguida.

—¡Karen! —la nombró sorprendido.

Ella, reaccionando a su nombre, extrañada, volteó en dirección a donde lo había escuchado.