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Hay ocasiones en las que la imaginación vuela más allá de las estrellas, veces en las que simplemente creas y creas cantidad de leyes diferentes a las conocidas, mundos inauditos, a los que desas dar imágen y validez. Nada mejor que otros vean aquello que piensas para que sea valorado. Disfruten de los universos que se crean aquí y relaciónense con ellos. Vean qué afecta en su vida, qué es igual, cómo lo cambiarían y qué harían en el lugar de x personaje. No sean tímidos y dejen lo que su mente piense en el momento. Sean felices siempre.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Aceptando el amor


Aceptando el amor

Capítulo uno

El equipo femenil de baloncesto de aquella universidad se encontraba en el gimnasio, en la cancha correspondiente al deporte, acababan de terminar el entrenamiento. El sudor bajó por el cuerpo de Wanda Ríos, quien se acercó a la banca donde solían quedarse algunas jugadoras en el transcurso de algún partido, esperando a ser llamadas, sacando de la pequeña mochila que siempre la acompañaba y que descansaba en la larga banca, una toalla con la que se secó el sudor del rostro, para después tomar la botella de agua que también era su fiel compañera en esas ocasiones y bebió del vital líquido con vehemencia, sintiendo su sed aplacarse lo suficiente. Soltó un suspiro de alivio mientras su agitada respiración se regularizaba.

Wanda —la llamó una de sus compañeras acercándose a ella y sentándose a un lado de la mochila—. Lo hiciste muy bien hoy. Se nota que esto se te da.


Wanda, tan alta como todas allí, sonrió a plenitud mostrando sus blancos dientes que de pronto contrastaron con su piel de un tono más oscuro que el moreno, en tanto sus ojos verdes se iluminaban de emoción.

Tú también lo hiciste bien, Carmen, y sabes que el baloncesto es mi pasión. Además, el torneo estatal es dentro de mes y medio y ya que somos de las universidades que consiguió pasar, no podemos darnos el lujo de perder.

Hablando de eso —se metió otra chica, amiga de ellas—. Los exámenes son pocos días antes del torneo, ¿no?

Es verdad —recordó Carmen—. Y escuché que el subdirector, con apoyo del director, dijo que quien no pase alguna materia no irá al torneo.

¿Qué? —tanto Wanda como la otra se sorprendieron al escuchar aquello.

Es verdad —se acercó la capitana del equipo, quien cursaba su último año de licenciatura—. El entrenador me lo hizo saber hace poco y por eso les digo que no se les ocurra reprobar.

Pero, Alba, el entrenamiento apenas nos deja tiempo para hacer las tareas, no podremos estudiar. ¿No puedes convencer al entrenador de que persuada al subdirector? —quiso saber Zoila, la otra chica.

No sean tontas. Si estaban dispuestas a continuar con sus estudios al mismo tiempo que se inscribían en alguna clase extracurricular como esta, es momento de que lo demuestren. Aquí sólo hay chicas que aman el baloncesto y confían en sus capacidades para mantener el ritmo. Si piensan igual que todas nosotras, pasen esos exámenes y si prefieren darse por vencidas, bien, no necesitamos a indecisas y cobardes.

Dicho eso, Alba se alejó de las tres amigas, dejándolas con un sabor de boca amargo.

No tenía por qué ser tan ruda —se quejó Zoila al verse su idea absurda.

Así es ella y como para el siguiente año no estará más con nosotros, desea que la recuerden como buena líder —explicó Wanda guardando la botella y la toalla.

Es verdad, además se muestra más dura con nosotras por ser de primer año —concordó Carmen—. En fin, me voy yendo. Tengo trabajo que hacer.

Yo también —anunció Zoila—. Debo ponerme a estudiar desde ahora.

¿Vienes, Wanda?

Me quedaré a practicar mis tiros libres.

Wanda, tienes que tomar en serio esta situación —intentó razonar Carmen con ella—. No lo digo con mala intención ni nada, pero recuerda que no eres de la mejores en Química y por reprobar podrías quedarte aquí, ¿eso quieres?

Claro que no. No se preocupen, me esforzaré al máximo —les sonrió para garantizarles confianza.

Bien, si tú lo dices. Sólo recuerda que eres importante para el equipo. Entre las que no pueden faltar al torneo estás tú. Adiós.

Y sin más, ambas jóvenes desaparecieron saliendo del gimnasio. Wanda suspiró sintiendo de pronto una presión que no había sentido en mucho tiempo. Vaya que quería ir al torneo, estaba ansiosa; pero era verdad que las ciencias no se le daban bien y batallaba mucho para entender las Matemáticas y la Física, por eso siempre sacaba notas bajas en esas materias y en alguna que otra ocasión estuvo amenazada con salir del equipo si no las subía, mas la Química le parecía de otro mundo, con su propio idioma, reglas y leyes. Simplemente le eran más que complicadas. Apretó con fuerza el balón que sujetaba entre sus manos. No importaba, ella podía pasar todos los exámenes con notas apropiadas, únicamente debía esforzarse más y organizar bien su horario. Eso haría, lucharía por vencer en la fase de estudios y luego en la de deportes.

Con ese pensamiento optimista, comenzó con lo que se había propuesto desde un principio de practicar los tiros libres y al trascurrir unos minutos se vio tan concentrada en eso que no notó tu presencia detrás de ella, por lo que la sorprendió el hecho de que cuando lanzó el balón y no encestó, fueras tú quien lo tomara con velocidad sorprendente en lugar de ella. Por un momento quedó estática en su sitio, intentando procesar lo que había pasado y cuando sus oídos captaron el sonido del balón rebotar a su espalda, fue cuando se giró ciento ochenta grados y de esa manera pudieron quedar frente a frente. La miraste con la sonrisa tan confianzuda que te caracterizaba, en tanto tus ojos grises la escrutaban con avidez como siempre lo hacías, buscando el más mínimo cambio que pudiera haber en su apariencia, pero como las veces anteriores, no notaste nada fuera de lo común. Dejaste de botar el balón y lo sujetaste entre tu brazo y el costado. Ella se acomodó un mechón de su corto cabello negro y que siempre insistía en salirse de su lugar que era detrás de la oreja.

No estás concentrada –fue tu saludo con voz profunda, tranquila, suave—. No tiendes a fallar tantas veces.

Ella abrió los ojos sorprendida dando un paso hacia ti.

Saúl, ¿has estado viéndome todo este tiempo? ¿Hace cuánto llegaste?

Hace un largo rato —aceptaste sonriendo todavía más.

¿Y qué haces aquí a estas horas? Hoy no les toca entrenar hasta mañana.

Tú también formabas parte del equipo de basquetbol, aunque en el varonil y también irías a competir en el torneo, así como los de otros deportes. Ese hecho te hacía todavía más popular entre los estudiantes, sobre todo entre las féminas, no sólo por tu atractivo físico al ser alto, rubio y bronceado, sino que el pertenecer a un equipo deportivo te daba más fama de la que en verdad necesitabas o querías. Y eso que apenas era tu segundo año en la universidad.

No, pero vine a entregar un trabajo atrasado y pasé a ver quién seguía por aquí. ¿Lista para el torneo? —inquiriste alargando el brazo con balón en mano, invitándola a que lo tomara.

Wanda acortó más la distancia entre ambos y cuando estaba a punto de sujetarlo, hiciste una maniobra que consistió en pasar rápidamente el balón a la otra mano botándolo, al tiempo que te alejabas de ella dando unos pasos hacia la izquierda, logrando confundirla por unos instantes. Parpadeó varias veces sorprendida, observándote con extrañeza. Le devolviste la mirada con una traviesa mientras volvías a ofrecerle el balón. Ella trató de tomarlo una vez más sin éxito cuando hiciste un movimiento parecido al anterior.

Saúl —se quejó colocando sus manos en su estrecha cintura, que no se notaba por el gran y holgado uniforme del equipo que vestía.

Te lo pregunto una vez más: ¿Lista para el torneo?

Ella frunció el ceño y la boca con frustración, después cerró los ojos y sonrió divertida, para finalmente lanzarse sobre ti en un nuevo intento de arrebatarte el balón, comenzando de esa manera un juego de uno a uno en el que logró quitarte la esfera un par de veces antes de que volvieras a tenerla en tu poder. Cuando no quisiste arriesgarte más, alzaste el balón a lo alto, reposándolo en tu palma y como eras, a pesar de la estatura de ella, mucho más alto, no pudo tomarlo.

No es justo, eres un tramposo —te dijo con voz agotada y con reproche.

Wanda pateó el suelo con rabia y se alejó de ti cruzada de brazos. Tú bajaste la pelota hasta tu pecho.

Esto que acaba de pasar demuestra que no estás preparada para el torneo.

No, significa que no sabes jugar limpio.

¿Entonces estás preparada?

Por supuesto.

¿Ah, sí? ¿También para la próxima evaluación parcial? Todos saben que no eres de las mejores estudiantes.

Wanda se encogió de hombros sintiendo que la presión la oprimía todavía más. ¿Por qué tenía que recordárselo todo el mundo? Ella sabía que tenía que sacrificarse mucho para conseguir lo que quería. Se irguió totalmente y cruzó sus brazos sobre su nuca mientras alzaba la vista al techo del gimnasio.

Está bien, ya he tomado una decisión —confesó y la miraste expectante, deseando saber a lo que se refería—. Conseguiré un tutor.

¿Un tutor? —las palabras de ella lograron asombrarte. Eso indicaba que en realidad estaba dispuesta a hacer lo que estuviera a su alcance para pasar esos exámenes. Después de todo, nadie deseaba a un estilo maestro a domicilio—. Suena buena idea. ¿Ya lo tienes?

No, quería a alguien conocido, pero será imposible. En el programa de tutores de aquí no hay nadie que conozca, así que tendré que conformarme.

Yo puedo ayudarte. Tal vez no lo creas, pero mis notas son de las tres primeas en el aula.

Eres el chico perfecto, Saúl, no tendría por qué dudarlo, pero honestamente no me infundes del todo confianza por lo que declino tu oferta.

Ella no lo supo, pero sus palabras te dolieron sobremanera. Apretaste el balón con fuerza.

Bueno, tengo que irme. Nos vemos después —ella se encaminó a la banca de la que tomó su pequeña mochila.

Wanda —la llamaste y cuando ella se volvió a verte le lanzaste el balón—. Haz tu mayor esfuerzo.

Y con esas palabras de ánimo, de las cuales ella no captó el tono triste con las que las pronunciaste, saliste del gimnasio dejándola sola una vez más.

El día siguiente llegó y Wanda se hallaba en la oficina de la coordinadora general, con quien tenía una simpática amistad.

Así que, Wanda, quieres que uno de nuestros estudiantes que se ofrecen voluntariamente a estar en nuestro programa de tutores vaya a tu casa, ¿cierto?

Así es, cordi, necesito ayuda con Química más que nada. En verdad intento comprender las explicaciones del profe, pero no puedo y no tiene sentido que quiera estudiar por mí misma o repasar los apuntes si sigo sin entender. Por eso necesito que alguien me lo enseñe de una manera más sencilla.

Muy bien, entiendo, no te exaltes. Veamos —la mujer de edad madura aunque carácter jovial, buscó unos papeles de entre los tantos que había en su escritorio y halló una lista de nombres que era lo que buscaba—. ¿Quieres que sea chico o chica?

Eso es lo de menos, con que le entienda.

De acuerdo —señaló un nombre que Wanda no alcanzó a ver—. Como te noto tan desesperada, tu caso quedará en urgente, así que llamare a tu tutor lo más pronto posible para que vaya a tu casa.

¡Muchas gracias, cordi! —casi gritó Wanda de alegría y estaba a punto de salir cuando la mujer volvió a llamarla.

Espera, Wanda, espera. ¿Qué días quieres que vaya? ¿Cuándo tienes los entrenamientos?

Ah, es verdad. Hm —lo pensó un poco—. ¿Puede ir dos días a la semana?

Los que quieras, ellos se ajustan al horario.

Pues qué voluntariado tan más extraño… En fin, los lunes y los jueves no tengo práctica, que vaya esos días.

Bien —la coordinadora anotó algo en una libreta—. Todo está listo. La próxima semana empiezan.

Gracias otra vez —volvió a decirle Wanda sonriente antes de desaparecer de su vista.

Fue de aquella manera en la que, para Wanda, los días trascurrieron en un abrir y cerrar de ojos, no porque deseara con ahínco estudiar la materia que más se le dificultaba y que la odiaba, sino porque en su mente estaba el anhelo de estar en el torneo junto a todo su equipo y para ello debía pasar las evaluaciones que se avecinaban. Por ello, el lunes siguiente, ya por la tarde y estando en su casa, Wanda caminaba de aquí para allá, de alguna manera sintiéndose nerviosa, contagiando tanto a su madre como a su pequeña hermana de diez años, Ana.

Hija, deberías sentarte o harás una zanja en el piso —le aconsejó su madre una vez terminaron de recoger la cocina entre las tres.

A mí está mareándome —confesó la niña sujetando su cabeza con las manos.

No puedo —miró el reloj que indicaban minutos pasados de las cuatro—. Ya se tardó.

¿Te dijeron a qué hora llegaría? —preguntó la madre.

No, pero siento que ya se tardó.

Relájate, hija. ¿Por qué no aprovechas el tiempo y haces algo de tarea?

Necesito tener mi mente completamente centrada en lo de hoy. Quizá haga la tarea al final de la sesión.

Transcurrieron otros minutos.

Uh, creo que iré a mi habitación en tanto espero —aceptó finalmente sabiendo que si no lo hacía, enloquecería a su madre y a sí misma.

Comenzó a subir las escaleras que daban acceso a la planta alta, que era donde estaban todas las habitaciones: la suya, la de Ana y la de sus padres. Sin embargo, a media escalera el timbre resonó por toda la casa provocando un pequeño sobresalto en las presentes.

¡Es para mí! —se apresuró a decir Wanda iniciando el descenso de los escalones con rapidez, por lo que en el último peldaño tropezó y cayó de bruces al suelo, logrando sacarle un grito de preocupación a su madre y a Ana, más bien que a ella.

¡Hija…!

Estoy bien, estoy bien —quiso calmarlas cuando se levantó de la misma manera en la que cayó y aún con prisa, acudió al llamado de la puerta, abriéndola.

Esa fue la primera vez que nuestros ojos se encontraron.


 
Capítulo dos


Cuando esa lucha entre piedras preciosas dio inicio, fue como si el tiempo se hubiese detenido unos instantes, en donde ni ella ni yo pudimos apartar nuestros ojos el uno del otro, siendo sus esmeraldas fuertes luchadoras y mis zafiros azules grandes resistidores. Pudieron haber pasado muchas horas de no haber sido porque vi como una delgada línea de sangre salía de los labios de ella y me preocupé.

Estás sangrando —Fue mi saludo descortés en tanto levantaba mi mano derecha y la colocaba sobre mis labios—. Allí.

Ella me imitó y tocó el líquido rojizo, logrando que detallara la herida de la caída anterior, provocándole un repentino ardor en la zona afectada. Ahogó un gemido de dolor.

¿Estás bien?

Ella levantó un poco su vista hacia mí, no mucho porque sólo le sacaba unos centímetros, y me miró de una manera que no pude decifrar; después bajó su rostro y observó nuestros calzados en tanto un rubor que no pudo explicarse la invadió. Fue entonces que recordé qué hacía allí. Me aclaré la garganta.

Disculpa mis modales. Soy Tom Paredes y busco a alguien llamada Wanda Ríos porque formo parte...

Tú —me interrumpió volviendo a mirarme con ojos bien abiertos—. ¿Tú eres mi tutor?

¿Tú eres Wanda? —Ella asintió con lentitud—. Ya veo. En ese caso sí, soy tu tutor.

Y nos quedamos nuevamente en silencio hasta que fue su turno reaccionar.

Oh, lo siento, pasa por favor —Se hizo a un lado para permitirme el acceso a su casa.

Después de ti.

Ella se adentró primero conmigo detrás y pude detallar lo limpia y acogedora que era su casa. Me limité a seguirla sin saber a dónde me llevaba, sólo supe que comenzamos a subir una escalera, pero me hallaba tan ensimismado en mis pensamientos que no noté cuando ella se detuvo hasta que choqué con su espalda y tuve que esforzarme por mantener el equilibrio para no irme escalera abajo.

Lo siento —me disculpé como un acto reflejo.

Ella se giró sobre el escalón en el que estaba, quedando frente a mí y con otro sonrojo en su rostro comenzó a jugar con sus manos.

No podemos estudiar en mi habitación.

Enarqué una ceja, confundido.

Es que tú eres chico y yo chica y si estamos los dos solos en mi habitación pues...

Se le apagó la voz ante la vergüenza y aunque bajó su rostro una vez más para que yo no la viera, se le olvidó que como estaba un par de escalones más abajo que ella, pude ver con claridad todos su gestos.

Descuida. Estudiaremos donde a ti te parezca mejor.

Vayamos a la sala.

Me hice a un lado para que ella pasara de mí y bajara para después encaminarnos a la sala, donde se hallaban su madre y Ana.

Vamos a estudiar aquí, mamá —le informó Wanda.

¿Tú eres el tutor? —me preguntó la señora.

Soy Tom Paredes a sus órdenes.

Un gusto. Los dejamos para que se concentren.

Con esto, la señora tomó a la pequeña y ambas abandonaron la estancia. Una vez que Wanda me imvitó a sentarme en uno de los sillones con ella a mi lado, descolgué la mochila que llevaba en mis hombros y saqué un par de libretas usadas, un libro viejo y uno papeles. Le eché una rápida mirada a los papeles.

Según me dijo la coordinadora, necestias especial ayuda con Química —Ella asintió—. De acuerdo, tuve que hacer unos repasos del libro de primero porque este año no me están dando Química, pero no te preocupes, haré lo que pueda para que todo te quede claro y si tienes alguna pregunta no dudes en hacerla.

Wanda asintió a todo lo que le dije por lo que, sin esperar un segundo más, comenzamos con las pequeñas clases y conforme la tarde avanzaba, también avanzaba nuestro conocimiento en cuanto a nosotros, ya que le hacía preguntas entre ejercicios y explicaciones con tal de que no se fastidiara o se le hiciera muy pesado. Para mí, su compañía era muy agradable pues era una chica bastante tranquila y sumisa, ya que hacía todo lo que le pedía y respondía lo mejor que podía a las interrogantes que le planteaba, además de que era muy inteligente. Finalmente, después de un par de horas, decidimos que era suficiente por ese día. Guardé todo en la mochila y levantándome del sillón la miré en toda mi altura, mientras ella continuaba sentada y observaba su propia libreta de notas.

Increíble —la escuché murmurar—. Pude entenderte la mayor parte de las cosas. Eres bueno para esto.

Gracias, pero gran parte del mérito es tuyo. Tu disposición por captar adecuadamente las cosas es sorprendente. Bueno, nos estamos viendo.

Ah, sí —se levantó presurosa y me acompañó a la puerta—. Muchas gracias.

No hay de qué.

Desaparecí de su vista mostrándole una gentil sonrisa y ella todavía permaneció bajo el umbral de la puerta unos momentos más, en tanto algo en su interior se agitaba nervioso y sentía como el corazón le golpeaba con frenesí el pecho, en tanto se preguntaba por qué no había actuado como normalmente era y por qué no fue ella quien inició la conversación al hacer múltiples preguntas para saciar su innata curiosidad. ¿Por qué había estado turbada todo ese tiempo? Negó con la cabeza para dispersar aquellas cuestiones y entrando a la casa, recogió todo lo que había utilizado para estudiar, convenciéndose de que su reacción había sido normal dadas las circunstancias. Después de todo, era la primera vez que experimentaba la tutoría.

Al día siguiente, por la tarde, tanto el equipo femenil como el varonil de baloncesto se hallaban en el gimnasio, dispuestos a iniciar con el entrenamiento. Ambos bandos hacían los calentamientos correspondientes, manteniéndose cada grupo en un extremo de la cancha.

Miren quién va allí —dijo de pronto Carmen moviendo los ojos a la dirección que mencionaba.

Ah, es la engreída de Nicole —dijo Zoila en un tono de voz despectivo al reconocer a una joven castaña que acababa de ingresar al gimnasio.

No entiendo qué tienen en su contra —habló al fin Wanda sin dejar de estirar sus músculos—. Siempre tienen que estar hablando mal de ella y ya me tienen harta. No me gusta escuchar esa clase de comentarios.

Lo dices porque no sabes cómo trata a la gente. Se cree superior a todos —informó Zoila.

Exacto, no tiene nada bueno.

A mí no me ha tratado mal así que me niego a seguir participando en esta conversación —Wanda comenzó a distanciarse de ella.

Hey, no te molestes —Carmen le dio alcance con una sonrisa pícara—. Muy bien, hablemos de la única cosa buena que tiene.

¿Y es?

Su novio —respondió Zoila sonriendo con complicidad.

¡Ustedes! Si tienen tiempo para los chismes aprovéchenlo en la práctica de hoy —las reprendió Alba al ser consciente de todo lo que hablaban.

Hey, Saúl —te llamó uno de tus compañeros robando tu atención del equipo femenil, o más concretamente, robando tu atención de Wanda.

¿Qué quieres? —Tu disgusto no pudo esconderse tras la pregunta.

Tu novia te busca —informó señalando la sección de los espectadores.

Tú lograste distinguir a Nicole y dando un pequeño bostezo que te asaltó de pronto, te encaminaste a ella. Al estar a una corta distancia, ella te sonrió a plenitud en tanto se colocaba de puntitas y levantaba los labios en busca de un beso; no obstante, no te inclinaste para ofrecerle lo que quería, cosa que la extrañó un poco, más no lo suficiente. Frunció el ceño y cruzó los brazos, molesta.

¿Qué haces aquí? —preguntaste con voz monótona.

¿Qué hago aquí? Se supone que estés feliz de que esté apoyándote. ¿Qué pasa contigo? Desede hace mucho que actuas extraño. Ya no te alegras de verme, ya no salimos, ya no me buscas. ¿Qué sucede?

Cosas que definitivamente tienen que ser aclaradas, pero este no es el momento ni el lugar. Cuando termine el entrenamiento iré a ducharme, luego pasaré a tu casa y hablamos. Hasta entonces.

Oye, yo... ¡Hey! ¡No pienso irme de aquí!

No dije que lo hicieras.

Te alejaste de ella y regresaste con los demás, sin embargo, el entrenador del equipo femenil se acercó a ti.

Rivera, ¿podrías encargarte unos momentos de las chicas? Me surgió un imprevisto y debo ir a arreglarlo. Será rápido o eso pretendo.

Encantado, profe —aceptaste de inmediato.

Te las dejo.

El hombre se retiró y tú fiste a notificárselo a tu entrenador, para finalmente ir con las jóvenes. Al llegar distes unas palmadas para llamar su atención.

My bien, chicas. Por asuntos de fuerza mayor, seré yo quien las supervise. Órdenes directas de su encargado.

A pesar de que las incógnitas comenzaron a formularse entre la mayoría, la emoción de que estuvieras entre ellas las invadió por completo.

De acuerdo, practicaremos los pases. Cada una tome a una de sus compañeras, trabajarán en parejas. Wanda, tú conmigo.

¿Eh? —Su expresión se tornó confusa—. No es justo, Saúl. El equipo está completo y si practico contigo, alguien se quedará sin pareja.

No, está bien —se metió una de las chicas—. María no vino.

¿Lo ves, Wanda? Quien no tendría pareja serías tú, así que prepárate —tomaste un balón y se lo lanzase con fuerza. Ella consiguió atajarlo con un poco de dolor en sus manos—. Más te vale que esta vez sí estés concentrada.

E inició el entrenamiento y aunque Wanda cumplía adecuadamente cada una de las instrucciones, sabías que su mente no estaba completamente dirigida al deporte. Y así era, sus pensamientos estaban muy lejos, ubicados en la tarde pasada, en su nuevo tutor. Por una razón que no lograba asimilar, no había podido sacarme de su cabeza. Todo el día había sido un ladrón en su concentración y eso la frustraba. Además, ese calorcillo desconocido que la invadía de cuerpo entero al recordarme la hacía sentir vulnerable y la sensación no le agradaba en lo más mínimo.

¡Wanda!

El grito de pánico de una de sus amigas la alertó, aunque muy tarde. Cuando reaccionó vio con impotencia como el balón se dirigía velozmente a ella, dispuesto a golpearla sin piedad, por lo que no pudo más que cerrar los ojos y esperar un golpe que nunca llegó. Lo que sí pudo sentir fue el tibio cuerpo de alguien más que se pegaba al suyo. Abrió los ojos y lo primero que vio fue tu ancha espalda, pues te habías movido con prisa al ver lo que pasaría hasta colocarte frente a ella y lograr detener el balón con tus manos.

Lo siento —se disculpó en un murmuro que sólo tú entendiste.

¿Estás bien, Wanda? —se acercaron Carmen y Zoila.

Tomemos un pequeño descanso —anunciaste soltando la esfera con un tono de voz que Wanda interpretó con uno de desepción.

No solemos tomar descansos —te dijo Alba extrañada dejando a un lado su fuerte carácter un momento.

Lo sé, pero siento que lo necesitan —No pudiste evitar mirar a Wanda en tanto la preocupación crecía en tu interior. ¿Qué le pasaba?

Esa misma pregunta se hacía ella estando en el baño de mujeres al tiempo que se echaba agua al rostro, en un intento de despejarse. No entendía por qué actuaba tan distante. Así no era ella y mucho menos si estaba de por medio el baloncesto, se suponía que no existía nada que la desconcentrara de él. Se miró en el gran espejo y acomodándose su mechón rebelde se dio unos golpecitos en el rostro. No era nada, estaba segura de que todo volvería a la normalidad en cuanto ese asunto del torneo y estudiar para los exámenes terminara. Sí, eso era. La presión estaba volviéndola loca. Se dispuso a salir del baño y antes de cruzar la puerta nuestros ojos volvieron a encontrarse porque yo también salía del baño de hombres, que estaba frente al de las damas. Sonreí al reconocerla y cerrando los ojos, alcé mi mano derecha.

Hola.

Mi voz sonó alegre y al abrir lo ojos no la capté, por lo que muy extrañado miré a mi alrededor, buscándola, mas no logré ubicarla de nuevo. Me rasqué la cabeza, extrañado, creyendo de repente que el haberla visto no había sido más que una ilusión mía, un producto de mi mente que no había podido sacarla desde la tarde anterior y sin entender qué pasaba, me alejé de allí, sin saber en aquel momento que ella había entrado nuevamente al baño cuando me vio, por demás confundida, mucho más que yo. Se preguntó por qué esa reacción. De manera misteriosa una vergüenza que nunca había experimentado se apoderó de su ser al descubrir que la vi salir de ese lugar y le pareció por demás tonto. Todo el mundo tenía necesidades. Incluso yo había salido del baño. Su cara ardía y el corazón volvió a saltar desbocado dentro de su pecho. Se sentía enferma; en verdad necesitaba ponerle un alto a todo eso.

Regresó al gimnasio con la mentalidad de que no dejaría que aquellos síntomas tan extraños volvieran a ella. De ahora en adelante levantaría un muro contra la presión o lo que fuera que estviera quitándole la confianza en sí misma y pensó que la próxima vez que estuviera conmigo, sería la chica poco penosa y nada nerviosa que era. Con ese pensamiento llegó el jueves por la tarde y ya nos encontrábamos en la sala, dispuestos a iniciar con la sesión de estdios. Wanda me parecía muy animada. Había abierto la puerta con una sonrisa muy linda y a pesar de que me había saludado con voz temblorosa, no lo vi raro, sólo pensé que pudiera estar enferma de la garganta o algo. Lo que no sabía es que agradecía interiormente que estuvieramos sentados porque si continuaba de pie a mi lado sus piernas no soportarían su peso al verse deblilitadas de un momento a otro, tambaleantes.

Pues a empezar —volvió a decir con jovialidad.

Claro, pero antes de hacerlo quiero obsequiarte algo —busque el dichoso “algo” en la mochila—. Quizás sea muy atrevido de mi parte, pero quiero dártelo —encontré lo que buscaba y se lo ofrecí. Era un brochecito con una margarita azul como adorno—. No sé si tienes y no usas porque no te gustan, mas consideré que ese mechón debe quedarse quieto. El lunes vi que te causaba muchas molestias.

Ella me miró por demás impactada y aquella barrera que había levantado se vino abajo de la manera más súbita y el corazón volvió a emprender una apresurada carrera. Eso no era bueno.


Capítulo tres


El segundo lunes había llegado y en esta ocasión nos hallábamos en el comedor estudiando. Wanda decidió que sería más fácil y cómodo por la mesa y era verdad, era más práctico. En tanto yo me concentraba en explicarle las fórmulas de una manera que pudiera entender, Wanda intentaba prestar atención al máximo, pero no había parado de tener estremecimientos cada vez que mi piel rosaba con la suya, poniéndosela de gallina y creí que estaba enferma, por lo que siendo preso de la inquietud, me acerqué más y coloqué mis manos en sus brazos, encontrándome yo detrás de ella, en un medio abrazo y pregunté:

¿Te sientes bien?

Ante el contacto, ella se puso de pie con brusquedad, sorprendiéndome. Ella volvió a temblar y apretó sus puños con fuerza evitando verme al rostro. Negó con la cabeza.

No me siento bien —confesó abrazándose a sí misma—. Por favor, retírate. No estoy dispuesta a estudiar hoy.

La miré unos momentos y noté que era verdad, por lo que comenzé a guardar mis pertenencias en la mochila para finalmente ponerme de pie.

Espero que te mejores. Intenta descansar y repasa lo que vimos la semana pasada. Cuídate.

Ella asintió a todo lo que dije y lanzándole una última mirada llena de preocupación con una mezcla de cariño, salí de su casa. Ella pudo relajarse por completo y respirar con total libertad. De verdad que la presión estaba haciendo estragos para mal en ella. Dado que necesitaba despejar su mente, decidió tomar un paseo esperando que con éste, todos sus síntomas se fueran al olvido, así como yo que seguía clavado en su memoria. Caminó varios minutos sin un rumbo específico hasta que sus pasos la condujeron a un pequeño parque que estaba cerca de su barrio. Al llegar, lo recorrió deleitándose del paisaje verde y disfrutando de la vista que las personas, que hacían lo que ella, o la de los niños que jugaban contentos, le presentaban.

Piensa rápido, Wanda —escuchó una voz tras ella.

Giró sobre su eje y miró como un objeto esférico se dirigía a ella y como la situación la tomó por sorpresa, sólo atinó a encojerse de hombros al tiempo que alzaba los brazos a manera de protección y cerraba los ojos esperando un golpe que no tardó en llegar cuando sintió que la pelota aquella aterrizó justamente sobre su cabeza. Lo que le resultó extraño fue que el golpe había sido más leve de lo que imaginó; apenas le había dolido. Escuchó una sonora risa divertida y al volver a abrir los ojos te vio.

Saúl.

Ay, Wanda, si sigues así, en el torneo van a hacerte papilla —le dijiste tomando de nuevo la pelotita para niños que era de plástico blando.

¿Cómo te atreves a golpear a una dama?

¿Dama? —miraste a tu alrededor sobre su cabeza—. No veo a ninguna dama, sólo a ti.

Eres un irrespetoso —te dio la espalda disgustada.

Vamos, no te enojes, fue una broma —pediste inclinándote para quedar a su altura y le picaste la mejilla con el dedo.

Por cierto, ¿qué haces aquí?

Le compré esta pelota a mi sobrino. Le gustan mucho. ¿Tú que haces por aquí? ¿No es día de que estés en casa estudiando con tu tutor?

No...no me sentía bien para estudiar.

Pero sí para salir a caminar, ¿eh?

Wanda bajó la mirada, apenada, y la analizaste con detenimiento para después encojerte de hombros dado que no eras quién para juzgar y desviaste el tema.

¿Cómo están tus padres y Ana?

Bien, gracias. Ana quiere que vayas a jugar con ella un día de estos —Wanda recordó lo mucho que su hermana quería a Saúl y no era para menos, el tendía a ser muy carismático y juguetón con los niños, por lo que ellos se sentía atraídos a él.

Oh, cualquier día iré y puede que lleve a mi sobrino.

Sería genial... Y, ¿cómo está tu familia? ¿Cómo van las cosas con Nicole? —más que otra cosa, hizo las preguntas por cortesía.

Mi familia está bien, mas no puedo decir lo mismo sobre Nicole. Terminamos.

¿Por qué? —eso no se lo esperaba—. Quiero decir, eran la pareja perfecta, todos lo pensábamos. Se veían tan bien juntos.

¿Y qué es más importante? ¿Cómo se ven las personas o lo que realmente sienten?

Lo último —reconoció con extrañeza—. ¿Por qué era tu novia, entonces? ¿No la querías?

Le tengo cariño, aunque no estoy enamorado de ella y sí, acepto que fue mi culpa. En cuanto me conoció se me insinuó y comenzaron los rumores de que salíamos juntos, pero como nunca me molesté en corregirlos, ella concluyó que eran ciertos. Sin embargo, tuve que terminar la relación porque acabo de darme cuenta de lo mucho que amo a alguien más.

La miraste con intensidad dejándole ver que era ella a la que te referías, esperando que lograra captar el mensaje, no obstante, no lo hizo.

Pues no entiendo del todo. Me voy ya. Ha sido suficiente aire. Nos vemos.

Estaba a punto de retirarse cuando la sujetaste por el brazo para imedir que continuara y con increíble fuerza, aunque con cuidado de no lastimarla, la atrajiste a ti. Ella te miró más confundida que nada y con expresión seria recorrriste sus facciones milímetro a milímetro.

¿Te han dicho lo bella que eres?

Ella parapdeó varias veces preguntándose a qué venía esa cuestión, mas no le resultó una molestia contestarla, ni mucho menos tomarla como algo vergonzoso.

A decir verdad sí, muchas veces —Frunciste el ceño comenzando a ser víctima de los celos—. Mis padres me lo dicen con frecuencia y Carmen y Zoila también.

Así que es eso —la soltaste con una sonrisilla de medio lado, burlándote en silencio de lo ingenua que podía ser y pensaste que tendrías que ser más directo de lo que imaginabas—. Bueno, nos vemos mañana y procura esquivar los balones que se dirijan a ti, ¿quieres?

Sin añadir otra palabra, caminaste por tu propio rumbo, dejándola con un sinfín de incógnitas sin responder. Éstas no duraron demasiado cuando sus propios referentes a mí regresaron a su mente y la única solución que hasta ahora había encontrado volvió a asaltarla. Quizás no sería justo, pero era lo mejor. Decidida, se encaminó a casa y al día siguiente, estando en la oficina de la coordinadora, puso en práctica esa solución.

¿Ya no quieres que Tom te enseñe? ¿Por qué? —inquirió la mujer por demás sorprendida—. ¿No hace bien su trabajo? —No es que lo creyera porque era de los mejores, pero tenía que preguntar.

No, es my bueno.

¿Entonces? ¿Te ha tratado mal?

No, no. Es muy amable y caballeroso.

¿Entonces? —insistió no entendiendo nada.

Tan sólo no me siento bien con él, es todo. Y si siguen así las cosas no prestaré atención y no me conviene. Por favor, cordi, cámbiemelo por una chica.

No es común hacer cambios ya, pero este programa quiere lo mejor para los ayudados, así que si te sientes mejor con alguien más, bien. Desde este momento Tom Paredes deja de ser tu tutor.

¿Por qué?

Acababa de entrar al despacho y tan sólo escuché las últimas palabras por lo que la interrogante formulada no pudo retenerse y salió de mis labios. Las dos me miraron con asombro y un silencio incómodo y abrumador nos envolvió. Miré a Wanda con confusión notable y ella evitó a toda costa que nuestros ojos se encontraran.

Gracias por todo, cordi —dijo ella antes de salir lo más velozmente que pudo.

Me olvidé por completo de lo que iba a hacer en la oficina y de lo que le diría a la coordinadora, salí tras ella de la misma manera que lo había hecho, en tanto una revuelta de situaciones se formaba en mi cerebro.

Espera, Wanda, detente, por favor —pedí en vano porque ella siguió caminando—. Necesito saber por qué me cambiaste. ¿Es por mi culpa? ¿No hago sencillas las sesiones, divertidas? ¿Son demasiado pesadas? Puedo ajustarlas.

No, te suplico que no me sigas —me dijo con voz quebrada.

Pero necesito saber. Sé que no tengo derecho a exigirte ninguan explicación, pero me gustaría que me la dieras. Es para estar seguro y si el problema es por mí intentaré arreglarlo y nos eforzaremos por trabajar juntos otra vez, ¿qué tal? —a pesar de que no me veía sonreí con esperanza.

No es por ti —confesó al fin sin detenerse.

¿Entonces?

No me pidas que te lo diga... —“que ni yo misma la sé”, pensó con agobio—. Por favor, no me sigas más.

Su deseo se cumplió cuando te interpusiste en mi camino y me miraste furioso.

¿Eres sordo o algo? Dijo que no la molestaras.

Con ira mal contenida me empujaste con ambas manos. Wanda detuvo su andar y se acercó a nosotros. La tensión fue haciéndose cada segundo más densa.

El asunto no es contigo, retírate, por favor —te pedí con expresión seria.

Todo lo que tenga que ver con ella, tiene que ver conmigo —respondite desafiándome con los ojos y con otro fuerte empujón. Mi paciencia estaba por agotarse.

Saúl, es suficiente —pidió ella imaginándose lo peor, pero sus palabras no llegaron a nuestros oídos.

No quiero problemas —dije con voz calmada.

Pues yo sí.

Estabas por empujarme una vez más, pero en esta ocasión lo evité cuando puse las manos entre el hueco que hacían tus brazos extendidos, logrando desviarlos a ambos lados cuando yo abrí los míos y no hiciste más que empujar el aire. Me miraste ahora con sorpresa porque mi movimiento había sido rápido e inesperado, no obstante, tu asombro duró poco y la fiereza volvió a opoderarse de tu rostro. Nos miramos fijamente y con reto, en tanto Wanda, quien decidió callar al ver que no hacíamos caso de sus llamados, pasaba sus orbes confusos de mí a ti, esperando que el ambiente de pelea que ya se palpaba no se hiciera realidad en actos porque entonces no sabría que hacer. Quien rompió el contacto visual fui yo al dirigir mi atención nuevamente a ella. Le sonreí para tranquilizarla al ver su preocupación.

En verdad deseo que me digas qué te orilló a tomar esa decisión —volví a decírselo—. Me retiro ahora porque veo que no estás dispuesta en estos momentos, mas espero que cuando te sientas mejor puedas contármelo con confianza, como un amigo.

Volví mi visión a ti, que habías permanecido en amenazante silencio, y borrando mi sonrisa me despedí.

Hasta luego.

No impediste que me alejara de ustedes, te limitaste a seguir clavando tus ojos asesinos en mi espalda. Wanda pudo soltar el aliento que de manera inconsciente había estado conteniendo ante aquella peligrosa situación.

Saúl —se plantó frente a ti— ¿Por qué actuaste así?

Porque estaba molestándote.

No es verdad...

¿Por qué lo defiendes?

La pregunta la obligó a apartar su vista de ti, avergonzada.

No lo defiendo, es sólo que... —se silenció al descubrir que no tenía argumento que pudiera excusarla—. Es que... Él tiene razón. No era tu asunto, ¿por qué te metiste?

¿Por qué? —frunciste el ceño con frustración. ¿En verdad era tan ciega, o mi presencia la hizo así?—. ¿Por qué, dices? Te lo diré: porque te amo.

Retrocedió un par de pasos, completamente incrédula, como si lo que había escuchado se tratara de un golpe que de alguna forma la dañó. Negó con la cabeza. No era posible.

Mientes —susurró con voz sofocada.

Te molestaste por su comentario y con algo de brusquedad la sujetaste por los brazos y la atrajiste a ti.

¿Por qué dices que miento? Mírame a los ojos y ve en ellos si lo hago o no. Que ellos te digan si esto es una broma o no. ¡Míralos!

Así lo hizo y con temor pudo descubrir nada que no fuera la verdad impreso en ellos; nada que no fuera la honestidad y como gritaban con desesperación el intenso amor que tú, su dueño, le profesabas a su persona. No pudo seguir viendo aquello y desvió la mirada. La soltaste poco a poco, sin reales deseos de despegarla de tu cuerpo.

¿Cómo ha pasado esto? —se preguntó ahora con culpabilidad—. ¿Por qué, Saúl? Nunca te di motivos para que sintieras esto.

En el corazón no se manda, Wanda. Tu mera existencia me cautivó.

No. Eso no puede ser porque... Nicole. ¿No me digas que por mí terminaste con ella?

De acuerdo, no te lo diré.

¡Saúl!

¿Ahora qué hice?

Yo no puedo corresponder tus sentimientos —soltó finalmente las palabras que esperabas escuchar y a pesar de que te dabas una idea, que salieran de su propia boca te hirió más de lo que pensabas.

¿Por qué no? ¿Es porque amas a alguien más? —Necesitabas estar seguro de tus suposiciones.

La pregunta la tomó por sorpresa una vez más y de un momento a otro yo llegué a sus recuerdos. Sacudió la cabeza con rapidez.

No... No amo a nadie, no de esa forma —respondió sin estar segura.

Eso es perfecto, así podrás darme una oportunidad...

¡No!

Traición. Esa palabra la asaltó ante la posiblilidad de que lo que decías se hiciera realidad. La cuestión era, ¿traicionar a quién? Una vez más acudí a su mente.

¿Por qué no?

No quiero darte falsas esperanzas.

Estará bien. Úsame como quieras, te doy permiso. Toma mi corazón y hazlo el más feliz del mundo para después despedazarlo, volverlo trizas y pisotéarlo si lo deseas, no importa. Seré un simple títere en tus manos. Tira de mis cuerdas como te plazca sin miedo a lastimarme, pero déjame estar a tu lado el mayor tiempo posible. Dame una oportunidad, voy a estar bien, no te preocupes...

No pidas esas cosas —te interrumpió con voz a medio quebrar—. No las pidas porque no las voy a hacer. No sabes el cariño que te tengo, Saúl, pero sólo como un amigo, un hermano, no como algo más. Lo lamento en verdad, pero no puedo hacerlo.

Y sin poder retener más tiempo las lágrimas, comenzó a llorar al tiempo que se alejaba de ti, dejándote más triste que nada, con un vacío en tu interior que creíste nada ni nadie podría volver llenar. Quedaste inmóvil en aquel lugar durante varios minutos más, repitiendo en tu cabeza la escena anterior una y otra vez, dañándote por ti mismo mucho más.


 
Capítulo cuatro


Había entendido todo cuando el jueves llegó y no fui a casa de Wanda por el cambio que había ocurrido. Toda la tarde me la pasé inquieto, sintiendo que algo me faltaba y nuevamente ella se negó a apartarse de mi mente, a salir de ella, y fue cuando lo descubrí y entendí. No necesité un gran análisis para comprenderlo, únicamente tuve que aceptarlo tal y como era, y así lo hice. Acepté que me había enamorado de Wanda y por ello me había lastimado tanto saber que me rechazaba como su tutor, por eso sentía la imperiosa necesidad de verla y estar a su lado. Sin embargo, también descubrí que era probable que el que ella me evitara estaba estrechamente relacionado con mis sentimientos. Quizás los había demostrado de manera inconsciente, cuando aún no me daba por enterado de las cosas, y la había incomodado, por eso su reacción, fue natural que actuara así; no la culpaba, debió haber sido desagradable para ella.

Por esa razón en aquel momento había decidido ir a disculparme con ella y por lo mismo es que caminaba en el extenso patio de la universidad, dirigiéndome directamente al gimnasio. Le confesaría lo que sentía abiertamente aunque ya se diera una idea y luego le pediría perdón por todas las incomodidades que le ocasioné y al imaginarme su respuesta, lo mejor sería alejarme de ella por completo. Pensar eso me hundió en la tristeza, mas en verdad no quería ocasionarle disgustos. Estaba por llegar al gimnasio cuando mi trayecto fue bloqueado por ti. Fruncí el ceño en respuesta del tuyo que estaba igual, mientras el ambiente se tensaba.

Obstruyes mi camino ¡Muévete! —te dije con dureza.

¿A dónde vas? —inquiriste con brusquedad.

A ver a Wanda —No tenía por qué ocultarte nada, así como no tenía por qué dar más explicaciones.

Pues ella no quiere verte. Le eres una molestia, un fastidio, un problema, y no es necesario que me lo dijera, es evidente por su actitud que no te soporta, aunque de cualquier manera me lo hizo saber con palabras.

No te preocupes, el problema y su molestia terminan hoy, y para eso lo único que necesito es hablar con ella, así que con permiso.

Me hice a un lado para continuar con mi camino, pero extendiste el brazo frente a mí para evitar que lo hiciera.

Es una lástima —usaste el mismo brazo para empujarme y retrocedí un par de pasos—. No vas a pasar.

¿Y quién va impedirlo?

Yo...

Que no eres más que otro estudiante de esta universidad que no tiene ninguna autoridad sobre nadie y mucho menos sobre mí, por lo que no tienes derecho a detenerme ni puedes, mas te lo pediré una vez más: Hazte a un lado.

No te moviste ni un milímetro y de mi boca salió un gruñido de frustración, comenzabas a irritarme sobremanera. Volvimos a mirarnos con reto y con sorpesa que no mostré, vi como sonreías con altanería o burla, no lo supe con claridad.

¿Para qué quieres verla? ¿No me digas que acabas de darte cuenta que la quieres a pesar de que apenas llevan un par de semanas de conocerse y ahora vas a ir a declarártele?

No te respondí con palabras, pero estuve seguro que mi mirada fue más que suficiente para que tu incrédula interrogante fuera contestada. En efecto, al ser consciente de las cosas dejaste de sonreír y tu expresión fue tornándose cada vez más iracunda, sin embargo, ésta duró muy poco porque ahora lanzaste una carajada divertida.

¿De verdad es eso? ¡Vaya iluso! Te advierto que piertes tu tiempo, Wanda no está interesada en ti ni en nadie. Evítate una humillación...

¿Como la que tuviste tú?

Volviste a la seriedad y a la cólera en tanto me matabas con los ojos.

Sé que ella me rechazará, las probabilidades son altas, pero no necesito que ella acepte mis sentimientos, me conformo con que los sepa de la manera más clara. No pienso esconderlos.

Y sin más, volví a hacerme a un lado para caminar y me asombró que no estorbaras mi acción. Lo que no pude ver fue que comenzabas a sacudir los hombros en tanto procurabas que una loca risa no brotara de tu garganta. Giraste sobre tu eje y miraste mi espalda.

¡Oye! —escuché tu voz más cerca de lo que pensé y cuando me volví a encararte tu puño dio de lleno en mi rostro, tomándome desprevenido, fue por eso y por la fuerza del golpe que me vine abajo, cayendo al suelo sobre mis posaderas—. ¡Te dije que no pasarías!

Te miré desde el suelo. La sangre apareció de un pequeño desgarre de piel de mi mejilla izquierda, sobre el pómulo. La toqué mirándola mientras la ira me tomaba robándome el razonamiento que intentaba tener contigo, así que sin pensarlo ni avisar, me levanté con una agilidad que no esperabas y lo siguiente que tú viste y sentiste, fue mi puño dándote en tu propia mejilla. Mi inesperada acción te lanzó hacia atrás y ahora fuiste tú el que dio contra el suelo, también de posaderas y te miré hacer exactamente lo mismo que había hecho yo. Tocaste la herida sobre tu pómulo mirando el líquido precioso. Tu mirada lanzando ese odio asesino, no obstante, para cuando te pusiste de pie, yo ya estaba en guardia, esperando tu siguiente golpe, el que recibí levantando una de mis piernas para poder detener con mi pie, el tuyo. En esta ocasión, habías utilizado tus piernas para golpearme y en el instante de bloquear tu pie, diste un salto para girar y utilizar la otra pierna deseoso de darme ese golpe, no obstante, logré leer tu movimiento, así que de igual manera giré y utilicé mi otra pierna para detenerte.

Ambos nos miramos con ese gran reto y nuestras piernas permanecieron cruzadas en el aire por unos instantes, luego, bastante rítmicamente, las bajamos y dimos un salto hacia atrás tomando la posición de guardia y rogué en silencio que no notaras que mi respiración comenzaba a elevarse. No quería que te dieras cuenta de mi mala condición física, en cambio, te vi sereno, como si el pelear fuera algo que hiceras todos los días.

Sonreíste mientras sentí tu mirada recorrerme, analizándome. Al lanzarte de nuevo contra mí, supe que te habías dado cuenta, pero desconocías la velocidad de mis reflejos, los que te mostré al esquivar una, dos, tres veces tu puño, cabeceando hacia los lados y hacia atrás, pero lo que no pude esquivar, fue tu pierna derecha que se levantó con una velocidad sorprendente para incrustar tu pie en mi pecho en un doloroso impacto que me hizo retroceder algunos pasos. Me encorvé por el dolor mientras aspiraba con ansiedad. Esa patada había interrumpido la ventilación del aire a mis pulmones, entonces sentí en mi mandíbula tu pie izquierdo y me vi volar en el aire hasta que mi espalda rebotó en el duro cemento del suelo.

Me sentí patético. Estaba demostrado que no era un gran rival para ti. No es que yo me incorporara, sino que me vi incorporado por ti cuando me tomaste del cuello de la camisa y ahí fue que noté en realidad por qué razón no era rival para ti. Al levantarme, pude sentir tu fuerza. Eras atlético, fuerte, y muy rápido. Aunque yo tenía muy buenos reflejos, comprobé que tú también los tenías, incluso mejor que yo, pero aún así, todavía intenté hacerte pagar por esto que me estabas haciendo y por ello te lancé uno de mis mejores puñetazos, el que no te alcanzó porque tu mano lo detuvo a escasos centímetros de tu nariz mientras con la otra seguías sujetándome por la camisa.

Volviste a sonreír, burlón. Sabías que habías ganado esta pelea, así que lanzando mi puño, utilizaste esa mano que me lo sujetaba para hacerme llegar un derechazo debajo de mi mandíbula. Mi cabeza se inclinó dolorosamente atrás y mis ojos brillaron por lo que menos quería que apareciera en ese momento. Unas traicioneras lágrimas producidas por el dolor. A continuación, estabas por darme el siguiente golpe cuando su voz detuvo tu puño en el aire:

¡Saúl!

Al escucharla, no supiste que hacer y por un instante miré miedo en tus ojos y... sentí lástima por ti. Me soltaste lanzándome por último lejos de ti y para mi fortuna, logré mantenerme firme en mis pies. Me erguí para mirarla, pero no solo la miré a ella, sino que a nuestro alrededor había muchos compañeros. Nos habían rodeado sin que nos diéramos cuenta y habían presenciado la pelea en completo silencio.

¿Qué sucede aquí?—inquirió Wanda colocándose en medio de los dos, mirándonos en completa confusión.

Te miré tragar saliva y ahora fui yo el que sonrió. Nunca creí que la amaras con tanta intensidad que temías perder lo que fuera que ella te daba.

Saúl, ¿por qué lo agrediste? Te conozco, sé que tú comenzaste esto.

Te miré ahora palidecer, pero aún así cobraste valor y trataste de decirle aquello que ya antes le habías dicho:

Wanda, lo que siento por ti...

¡Basta!—ella se acercó a tí y la mirada que te lanzó fue muy triste. Debías comprender que no podía sentir más de la amistad que sentía y no sabía cómo hacértelo entender, así que volvió a repetirte lo que ya sabías, pero esta vez delante de todos— Saúl, ya fui muy clara contigo. No te amo, no de esa manera. Te quiero como amigo, pero nada más. Por favor, no esperes más de mí. No puedo.

sus ojos se llenaron de lágrimas. Toda la situación le producía un sentimiento doloroso, además, se sentía muy avergonzada del espectáculo que estábamos dando, sin embargo, a pesar de eso se volvió a mirarme y con voz temblorosa por estar reteniendo las lágrimas, me dijo:

En el nombre de Saúl, te pido disculpas por los golpes que te dio.

Te miré y tú desviaste la mirada, molesto. Intenté sonreír. Para entonces mi rostro ya me dolía mucho por la inflamación.

Disculpa aceptada. Verás, Wanda, todo esto inició porque necesitaba... necesito hablar contigo y no me iré sino hasta que me escuches. Por favor, perdóname.

Wanda clavó su mirada sobre mí. Leí su interrogante. No comprendía por qué le estaba pidiendo perdón.

Perdóname—repetí acercándome a ella—porque te hice sentir mal, porque te lastimé sin que yo lo supiera, porque no me soportas a tu lado, perdóname porque no fui un buen tutor. Perdóname por enamorarme de ti. Sí, Wanda, te amo y aunque sé que no me corresponderás, esto es algo que necesitaba decirte. Te amo.

Me di la vuelta para irme de allí, porque ella había quedado muda y no me dijo nada. No podía saber lo que en su interior estallaba. Un torbellino de emociones que no la dejaban reaccionar, sin atreverse a detenerme. Indecisa, sobrecogida de amor, pero sin poder hacérmelo notar y mientras yo me alejaba, tú la empujaste para que pudiera salir de su encierro emocional.

No pensarás dejarlo ir, ¿verdad?—y volviste a empujarla— Es un buen muchacho. ¡Corre! ¿Qué esperas?

Y fue de la manera en que las piernas de Wanda reaccionaron y corrió a alcanzarme, lanzándose sobre mi espalda, deteniendo mi andar, apresándome con sus brazos cruzándolos sobre mi pecho. Pude sentir su aliento agitado sobre mi cuello, entonces tomé sus manos alzándolas para besarlas y después, dándome la vuelta, quedé frente a ella y... la besé.

Un beso espectacular, pero ni siquiera escuchamos los vítores de los compañeros y mucho menos notamos tu sonrisa. Finalmente te sentías contento. Ella era feliz. Te volviste a las chicas y preguntaste:

¿Alguien quiere una cita conmigo?

Las chicas saltaron jubilosas y estaban por rodearte, cuando Alba se colocó entre tú y las chicas diciendo:

Antes que nada, tienes que ir a curarte esas heridas— y tomándote por la oreja, te llevó a la enfermería.

Fin